No había nada que hacer. Ron llamó de todo a la profesora McGonagall y eso le pareció muy mal a Hermione. Hermione puso cara de «mejor así», lo cual consiguió enfadar a Ron aún más, y Harry tuvo que aguantar que todos sus compañeros de clase comentaran en voz alta y muy contentos lo que ha rían al llegar a Hogsmeade, Lily se acerco a el tomándole la mano y dándole apoyo.

—Por lo menos te queda el banquete. Ya sabes, el ban quete de la noche de Halloween.

—Sí —aceptó Harry con tristeza—. Genial.

-no eres el único que lo piensa, yo me moría por ir –dijo dramáticamente Lily, los otros solo rieron por su ocurrencia.- al menos tengo a mi hermano conmigo, ya veré el año entrante, ojala tío Charlie pueda obtener tu custodia y te vengas a vivir con nosotros –completo.

-sonriendo- ojala Lily, ojala y me alegra tener aquí conmigo hermanita –la muchacha solo sonrió, Ron y Hermione no dijeron nada pero se sintieron felices por su amigo, en su corazón les deseaban lo mejor, que pudieran estar juntos.

El banquete de Halloween era siempre bueno, pero sa bría mucho mejor si acudía a él después de haber pasado el día en Hogsmeade con todos los demás. Nada de lo que le di jeran le hacía resignarse. Dean Thomas, que era bueno con la pluma, se había ofrecido a falsificar la firma de tío Vernon, pero como Harry ya le había dicho a la profesora McGona gall que no se la habían firmado, no era posible probar aque llo. Ron sugirió no muy convencido la capa invisible, pero Hermione rechazó de plano la posibilidad recordándole a Ron lo que les había dicho Dumbledore sobre que los demen tores podían ver a través de ellas. Lily solo escuchaba todo eso, en realidad Charlie si le había firmado el permiso, pero al saber que su hermano no podía ir tuvo que entregárselo al profesor Lupin, a final de cuentas esa fue la condición de su tío, si su hermano iba ella iba de lo contrario nada, aunque se preguntaba por lo de la capa invisible, en fin ya preguntaría después.

Percy pronunció las palabras que probablemente le ayu daron menos a resignarse:

—Arman mucho revuelo con Hogsmeade, pero te puedo asegurar que no es para tanto —le dijo muy serio—. Bueno, es verdad que la tienda de golosinas es bastante buena, pero la tienda de artículos de broma de Zonko es francamente peli grosa. Y la Casa de los Gritos merece la visita, pero aparte de eso no se pierden nada.

-Que modesto –susurro Lily

La mañana del día de Halloween, Harry se despertó al mis mo tiempo que los demás y bajó a desayunar muy triste, pero tratando de disimularlo. Lily lo noto, lo único que pudo hacer fue acercarse y tomarle de la mano.

—Les traeremos un montón de golosinas de Honeydukes —le dijo Hermione, compadeciéndose de ellos.

—Sí, montones —dijo Ron. Por fin habían hecho las pa ces él y Hermione.

—No os preocupéis por mí —dijo Harry con una voz que procuró que le saliera despreocupada—. Ya nos veremos en el banquete. Divertíos.

-Y diviértanse bien en nombre de estos dos pobres desamparados que no tienen permiso de hacerlo –dijo dramática Lily, los otros solo se rieron- en serio chicos no se preocupen por nosotros, al menos estamos juntos los dos así que no nos aburriremos, -dijo- Harry crees poder jugar unas carreritas en las escobas estará bien, bueno es eso o ir a la biblioteca todo el día –menciono pensativa.

- Ya veremos cual de las dos, tal vez se nos ocurra otra cosa en el proceso –respondió Harry, aunque le agradaban las ocurrencias de su hermana, en eso un pensamiento llego a su mente- "se siente bien tener alguien de la familia con quien pasar el tiempo, ojala nunca cambie"

Los acompañaron hasta el vestíbulo, donde Filch, el conser je, de pie en el lado interior de la puerta, señalaba los nom bres en una lista, examinando detenida y recelosamente cada rostro y asegurándose de que nadie salía sin permiso.

—¿Te quedas aquí, Potter? —gritó Malfoy, que estaba en la cola, junto a Crabbe y a Goyle—. ¿No te atreves a cruzarte con los dementores? –volteando a ver a Lily – lamento que te tocara un idiota como ese de hermano, si quieres cuando vuelva podemos ir a dar una vuelta, para que sepas lo que es bueno. –completo.

Harry y Lily no le hicieron caso y volvieron solos por las escaleras de mármol y los pasillos vacíos, y llegó a la torre de Gryffindor.

—¿Contraseña? —dijo la señora gorda despertándose sobresaltada.

«Fortuna maior» contestó Harry con desgana. Lily solo lo vio.

El retrato le dejó paso y entró en la sala común. Estaba repleta de chavales de primero y de segundo, todos hablan do, y de unos cuantos alumnos mayores que obviamente ha bían visitado Hogsmeade tantas veces que ya no les interesaba.

—¡Harry! ¡Harry! ¡Hola, Harry! —Era Colin Creevey, un estudiante de segundo que sentía veneración por Harry y nunca perdía la oportunidad de hablar con él—. ¿No vas a Hogsmeade, Harry? ¿Por qué no? ¡Eh! —Colin miró a sus amigos con interés—, ¡si quieres puedes venir a sentarte con nosotros!

—No, gracias, Colin —dijo Harry, que no estaba de hu mor para ponerse delante de gente deseosa de contemplarle la cicatriz de la frente—.Yo... he de ir a la biblioteca. Tengo trabajo. Además debo recuperar el tiempo con mi hermana, vamos Lily –le dijo, la muchacha solo asintió y le siguió

Después de aquello no tenían más remedio que dar media vuelta y salir por el agujero del retrato.

—¿Con qué motivo me has despertado? —refunfuñó la señora gorda cuando pasó por allí.

Harry anduvo sin entusiasmo hacia la biblioteca, Lily le seguía con la misma expresión pero a mitad de camino cambiaron de idea; no les apetecía trabajar. Dieron media vuelta y se toparon de cara con Filch, que acababa de despedir al último de los visitantes de Hogsmeade.

—¿Qué haces? —le gruñó Filch, suspicaz.

—Nada —respondió Harry y Lily con franqueza.

—¿Nada? —le soltó Filch, con las mandíbulas temblan do—. ¡No me digan! Husmeando por ahí ustedes solos. ¿Por qué no están en Hogsmeade, comprando bombas fétidas, polvos para eructar y gusanos silbantes, como el resto de tus desagrada bles amiguitos?

Harry se encogió de hombros.

—Bueno, regresen a la sala común de su colegio —dijo Filch, que siguió mirándolo fijamente hasta que Harry y Lily se perdieron de vista.

Pero Harry y Lily no regresaron a la sala común; subieron una escalera, pensando en que tal vez podía ir a la pajarera de las lechuzas, (Harry) y en como hacer que tu hermano te enseñe a jugar correctamente el ajedrez mágico, aunque claro estaba Ron, pero el chiste era su hermanito lindo (Lily) e iban por otro pasillo cuando dijo una voz que salía del interior de un aula:

—¿Harry? ¿Lily? —Harry retrocedió para ver quién lo llamaba y se encontró al profesor Lupin, que lo miraba desde la puer ta de su despacho, Lily también lo imito —. ¿Qué hacen? —le preguntó Lupin en un tono muy diferente al de Filch—. ¿Dónde están Ron y Her mione?

—En Hogsmeade —respondió Harry; con voz que fingía no dar importancia a lo que decía.

-Disfrutando del fin de semana –respondió Lily

—Ah —dijo Lupin. Observó a Harry un momento—. ¿Por qué no pasas? Acabo de recibir un grindylow para nues tra próxima clase. –luego observo a Lily- tu también princesa ya es hora que lo veas por ti misma

—¿Un qué? —preguntó Harry.

-En serio –dijo Lily

Entraron en el despacho siguiendo a Lupin. En un rincón había un enorme depósito de agua. Una criatura de un color verde asqueroso, con pequeños cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal, haciendo muecas y doblando sus dedos largos y delgados.

—Es un demonio de agua —dijo Lupin, observando el grindylow ensimismado—. No debería darnos muchas difi cultades, sobre todo después de los kappas. El truco es des hacerse de su tenaza. ¿Te das cuenta de la extraordinaria longitud de sus dedos? Fuertes, pero muy quebradizos.

El grindylow enseñó sus dientes verdes y se metió en una espesura de algas que había en un rincón.

—¿Una taza de té? —le preguntó Lupin, buscando la te tera—. Iba a prepararlo.

—Bueno —dijo Harry, algo embarazado.

-si muchas gracias –dijo alegre Lily

Lupin dio a la tetera un golpecito con la varita y por el pitorro salió un chorro de vapor.

—Siéntense —dijo Lupin, destapando una caja polvorien ta—. Lo lamento, pero sólo tengo té en bolsitas. Aunque me imagino que estarás harto del té suelto Harry, en cuanto a ti Lily vi que es lo que tomas en tu casa.

Harry lo miró, Lily sonrió. A Lupin le brillaban los ojos.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Harry, volteo a ver a su hermana – en serio tu tomas así el té –su hermana solo afirmo

—Me lo ha dicho la profesora McGonagall —explicó Lu pin, pasándole a Harry una taza descascarillada—. No te preocupa, ¿verdad?

—No —respondió Harry

Pensó por un momento en contarle a Lupin lo del perro que había visto en la calle Magnolia, pero se contuvo. No quería que Lupin creyera que era un cobarde y menos desde que el profesor parecía suponer que no podía enfrentarse a un boggart.

Algo de los pensamientos de Harry debió de reflejarse en su cara, porque Lupin dijo:

—¿Estás preocupado por algo, Harry?

—No —mintió Harry. Sorbió un poco de té y vio que el grindylow lo amenazaba con el puño—. Sí —dijo de repente, dejando el té en el escritorio de Lupin—. ¿Recuerda el día que nos enfrentamos al boggart?

—Sí —respondió Lupin.

—¿Por qué no me dejó enfrentarme a él? —le preguntó.

-esa es buena pregunta ¿Por qué no dejaste que lo hiciéramos alguno de los dos? A mi también me lo evitaste –cuestiono Lily

Lupin alzó las cejas.

—Creí que estaba claro —dijo sorprendido.

Harry, que había imaginado que Lupin lo negaría, se quedó atónito. Lily estaba en la misma condición.

—¿Por qué? —volvieron a preguntar.

—Bueno —respondió Lupin frunciendo un poco el en trecejo—, pensé que si el boggart se enfrentaba contigo adoptaría la forma de lord Voldemort, en tu caso Harry, en cuanto a Lily me preocupe que se convirtiera en la vampiresa que la esta persiguiendo para acabar con su vida.

Harry se le quedó mirando, impresionado. No sólo era aquélla la respuesta que menos esperaba, sino que además Lupin había pronunciado el nombre de Voldemort. La única persona a la que había oído pronunciar ese nombre (aparte de él mismo) era el profesor Dumbledore. Lily solo bajo la cabeza recordando a la vengativa vampiresa que intento atacarla unos días antes del cambio para volver a casa, pero luego vino un recuerdo que le erizo los pelos.

—Es evidente que estaba en un error —añadió Lupin, frunciendo el entrecejo—. Pero no creí que fuera buena idea que Voldemort se materializase en la sala de profesores. Pen sé que se aterrorizarían.

—El primero en quien pensé fue Voldemort —dijo Harry con sinceridad—. Pero luego recordé a los dementores. –Lily le dio la razón en eso.

—Ya veo —dijo Lupin pensativamente—. Bien, bien..., estoy impresionado. —Sonrió ligeramente ante la cara de sorpresa que ponía Harry—. Eso sugiere que lo que más miedo te da es... el miedo. Muy sensato, Harry.

Harry no supo qué contestar; de forma que dio otro sor bo al té.

—¿Así que pensaban que no les creía capaz de enfrentarse a un boggart? —dijo Lupin astutamente.

—Bueno..., sí —dijo Harry. Estaba mucho más conten to, hablando por los dos—. Profesor Lupin, usted conoce a los dementores...

Le interrumpieron unos golpes en la puerta.

—Adelante —dijo Lupin.

Se abrió la puerta y entró Snape. Llevaba una copa de la que salía un poco de humo y se detuvo al ver a Harry y a Lily. Entor nó sus ojos negros.

—¡Ah, Severus! —dijo Lupin sonriendo—. Muchas gra cias. ¿Podrías dejarlo aquí, en el escritorio? —Snape posó la copa humeante. Sus ojos pasaban de Harry a Lily, y de Lily a Lupin—. Esta ba enseñando a Harry y a Lily mi grindylow dijo Lupin con cordia lidad, señalando el depósito.

—Fascinante —comentó Snape, sin mirar a la criatu ra—. Deberías tomártelo ya, Lupin.

—Sí, sí, enseguida —dijo Lupin.

—He hecho un caldero entero. Si necesitas más...

—Seguramente mañana tomaré otro poco. Muchas gra cias, Severus.

—De nada —respondió Snape. Pero había en sus ojos una expresión que a Harry no le gustó, Lily sospechaba de que trataba la cosa pero prefirió ocultárselo a su hermano. Salió del despacho retrocediendo, sin sonreír y receloso.

Harry miró la copa con curiosidad. Lupin sonrió.

—El profesor Snape, muy amablemente, me ha prepara do esta poción —dijo—. Nunca se me ha dado muy bien lo de preparar pociones y ésta es especialmente difícil. —Cogió la copa y la olió—. Es una pena que no admita azúcar —añadió, tomando un sorbito y torciendo la boca.

—¿Por qué...? —comenzó Harry.

Lupin lo miró y respondió a la pregunta que Harry no había acabado de formular:

—No me he encontrado muy bien —dijo—. Esta poción es lo único que me sana. Es una suerte tener de compañero al profesor Snape; no hay muchos magos capaces de prepa rarla.

El profesor Lupin bebió otro sorbo y Harry tuvo el im pulso de quitarle la copa de las manos.

—El profesor Snape está muy interesado por las Artes Oscuras —barbotó.

—¿De verdad? —preguntó Lupin, sin mucho interés, be biendo otro trago de la poción.

—Hay quien piensa... —Harry dudó, pero se atrevió a seguir hablando—, hay quien piensa que sería capaz de cualquier cosa para conseguir el puesto de profesor de De fensa Contra las Artes Oscuras.

Lupin vació la copa e hizo un gesto de desagrado.

—Asqueroso —dijo—. Bien, Harry, Princesa. Tengo que seguir tra bajando. Nos veremos en el banquete.

—De acuerdo —dijo Harry, dejando su taza de té. La copa, ya vacía, seguía echando humo.

Lily quien solo estuvo observando el ultimo intercambio siguió a su hermano, pero antes le dio un beso en la mejilla al profesor Lupin y corrió para alcanzar a su hermano, Lupin solo sonrió al ver la unión que tenían esos dos.

—Aquí tienen —dijo Ron—. Hemos traído todos los que pu dimos.

Un chaparrón de caramelos de brillantes colores cayó sobre las piernas de Harry y en las de Lily. Ya había anochecido, y Ron y Hermione acababan de hacer su aparición en la sala común, con la cara enrojecida por el frío viento y con pinta de habér selo pasado mejor que en toda su vida.

—Gracias —dijo Harry, cogiendo un paquete de peque ños y negros diablillos de pimienta—. ¿Cómo es Hogsmeade? ¿Dónde habéis ido?

-Cuenten, cuenten –decía Lily apoyando a su hermano

A juzgar por las apariencias, a todos los sitios. A Dervish y Banges, la tienda de artículos de brujería, a la tienda de ar tículos de broma de Zonko, a Las Tres Escobas, para tomarse unas cervezas de mantequilla caliente con espuma, y a otros muchos sitios...

—¡La oficina de correos, Harry! ¡Unas doscientas lechu zas, todas descansando en anaqueles, todas con claves de co lores que indican la velocidad de cada una!

Honeydukes tiene un nuevo caramelo: daban mues tras gratis. Aquí tienes un poco, mira.

—Nos ha parecido ver un ogro. En Las Tres Escobas hay todo tipo de gente...

—Ojalá te hubiéramos traído cerveza de mantequilla. Realmente te reconforta.

—¿Y ustedes que han hecho? —le preguntó Hermione—. ¿Han trabajado?

—No —respondió Harry—. Lupin nos invitó a un té en su despacho. Y entró Snape...

Les contó lo de la copa. Ron se quedó con la boca abierta.

—¿Y Lupin se la bebió? —exclamó—. ¿Está loco?

Hermione miró la hora.

—Será mejor que vayamos bajando El banquete empezará dentro de cinco minutos.

Pasaron por el retrato entre la multitud, todavía hablando de Snape.

—Pero si él..., ya sabéis... —Hermione bajó la voz, mi rando a su alrededor con cautela—. Si intentara envenenar a Lupin, no lo haría delante de Harry y tampoco delante de Lily, se ve que la aprecia un poquito.

-según se soy la viva imagen de mi madre, claro con los ojos de mi padre, tal vez por eso, pero no quita nada a fin de cuentas soy una Potter –comento Lily

—Sí, quizá tengas razón —dijo Harry mientras llegaban al vestíbulo y lo cruzaban para entrar en el Gran Comedor.

Lo habían decorado con cientos de calabazas con velas den tro, una bandada de murciélagos vivos que revoloteaban y muchas serpentinas de color naranja brillante que caían del techo como culebras de río.

La comida fue deliciosa. Incluso Hermione y Ron, que estaban que reventaban de los dulces que habían comido en Honeydukes, repitieron. Harry no paraba de mirar a la mesa de los profesores. El profesor Lupin parecía alegre y más sano que nunca. Hablaba animadamente con el pequeñísi mo profesor Flitwick, que impartía Encantamientos. Harry recorrió la mesa con la mirada hasta el lugar en que se sen taba Snape. ¿Se lo estaba imaginando o Snape miraba a Lu pin y parpadeaba más de lo normal? Lily solo seguía la mirada de Harry a la vez que se preocupaba un poco por todo el asunto de la poción.

El banquete terminó con una actuación de los fan tasmas de Hogwarts. Saltaron de los muros y de las mesas para llevar a cabo un pequeño vuelo en formación. Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor; cosechó un gran éxi to con una representación de su propia desastrosa decapi tación.

Fue una noche tan estupenda que Malfoy no pudo en turbiar el buen humor de Harry al gritarle por entre la mul titud, cuando salían del Gran Comedor:

—¡Los dementores te envían recuerdos, Potter!

Harry, Lily, Ron y Hermione siguieron al resto de los de su casa por el camino de la torre de Gryffindor, pero cuando lle garon al corredor al final del cual estaba el retrato de la se ñora gorda, lo encontraron atestado de alumnos.

—¿Por qué no entran? —preguntó Ron intrigado.

Harry miró delante de él, por encima de las cabezas. El retrato estaba cerrado. Lily tuvo un mal presentimiento en ese momento, algo estaba mal.

—Dejadme pasar; por favor —dijo la voz de Percy. Se es forzaba por abrirse paso a través de la multitud, dándose importancia—. ¿Qué es lo que ocurre? No es posible que na die se acuerde de la contraseña. Dejadme pasar, soy el Pre mio Anual.

La multitud guardó silencio entonces, empezando por los de delante. Fue como si un aire frío se extendiera por el corredor. Oyeron que Percy decía con una voz repentinamen te aguda:

—Que alguien vaya a buscar al profesor Dumbledore, rápido.

Las cabezas se volvieron. Los de atrás se ponían de pun tillas.

—¿Qué sucede? —preguntó Ginny, que acababa de llegar.

Al cabo de un instante hizo su aparición el profesor Dum bledore, dirigiéndose velozmente hacia el retrato. Los alum nos de Gryffindor se apretujaban para dejarle paso, y Harry; Lily, Ron y Hermione se acercaron un poco para ver qué sucedía.

—¡Anda, mi madr...! —exclamó Hermione, cogiéndose al brazo de Harry.

La señora gorda había desaparecido del retrato, que ha bía sido rajado tan ferozmente que algunas tiras del lienzo habían caído al suelo. Faltaban varios trozos grandes.

Dumbledore dirigió una rápida mirada al retrato es tropeado y se volvió. Con ojos entristecidos vio a los profe sores McGonagall, Lupin y Snape, que se acercaban a toda prisa.

—Hay que encontrarla —dijo Dumbledore—. Por favor; profesora McGonagall, dígale enseguida al señor Filch que busque a la señora gorda por todos los cuadros del castillo.

—¡Apañados vais! —dijo una voz socarrona.

Era Peeves, que revoloteaba por encima de la multitud y estaba encantado, como cada vez que veía a los demás preo cupados por algún problema.

—¿Qué quieres decir, Peeves? —le preguntó Dumbledo re tranquilamente. La sonrisa de Peeves desapareció. No se atrevía a burlarse de Dumbledore. Adoptó una voz empala gosa que no era mejor que su risa.

—Le da vergüenza, señor director. No quiere que la vean. Es un desastre de mujer. La vi correr por el paisaje, ha cia el cuarto piso, señor; esquivando los árboles y gritando algo terrible —dijo con alegría—. Pobrecita —añadió sin con vicción.

—¿Dijo quién lo ha hecho? —preguntó Dumbledore en voz baja.

—Sí, señor director —dijo Peeves, con pinta de estar me ciendo una bomba en sus brazos—. Se enfadó con ella por que no le permitió entrar, ¿sabe? —Peeves dio una vuelta de campana y dirigió a Dumbledore una sonrisa por entre sus propias piernas—. Ese Sirius Black tiene un genio insopor table.

El profesor Dumbledore mandó que los estudiantes de Gryf findor volvieran al Gran Comedor; donde se les unieron, diez minutos después, los de Ravenclaw, Hufflepuff y Slytherin. Todos parecían confusos.

—Los demás profesores y yo tenemos que llevar a cabo un rastreo por todo el castillo —explicó el profesor Dumble dore, mientras McGonagall y Flitwick cerraban todas las puertas del Gran Comedor—. Me temo que, por vuestra pro pia seguridad, tendréis que pasar aquí la noche. Quiero que los prefectos monten guardia en las puertas del Gran Come dor y dejo de encargados a los dos Premios Anuales. Comu nicadme cualquier novedad —añadió, dirigiéndose a Percy, que se sentía inmensamente orgulloso—. Avisadme por medio de algún fantasma. —El profesor Dumbledore se detuvo an tes de salir del Gran Comedor y añadió—: Bueno, necesita reis...

Con un movimiento de la varita, envió volando las lar gas mesas hacia las paredes del Gran Comedor. Con otro movimiento, el suelo quedó cubierto con cientos de mullidos sacos de dormir rojos.

—Felices sueños —dijo el profesor Dumbledore, cerran do la puerta.

El Gran Comedor empezó a bullir de excitación. Los de Gryffindor contaban al resto del colegio lo que acababa de suceder.

—¡Todos a los sacos! —gritó Percy—. ¡Ahora mismo, se acabó la charla! ¡Apagaré las luces dentro de diez minutos!

—Vamos —dijo Ron a Hermione, Lily y a Harry. Cogieron tres sacos de dormir y se los llevaron a un rincón.

—¿Creéis que Black sigue en el castillo? —susurró Her mione con preocupación.

—Evidentemente, Dumbledore piensa que es posible —dijo Ron.

—Es una suerte que haya elegido esta noche, ¿os dais cuenta? —dijo Hermione, mientras se metían vestidos en los sacos de dormir y se apoyaban en el codo para hablar—. La única noche que no estábamos en la torre...

—Supongo que con la huida no sabrá en qué día vive —dijo Ron—. No se ha dado cuenta de que es Halloween. De lo contrario, habría entrado aquí a saco.

Hermione se estremeció. A su alrededor todos se hacían la misma pregunta:

—¿Cómo ha podido entrar?

—A lo mejor sabe cómo aparecerse —dijo un alumno de Ravenclaw que estaba cerca de ellos—. Cómo salir de la nada.

—A lo mejor se ha disfrazado —dijo uno de Hufflepuff, de quinto curso.

—Podría haber entrado volando—sugirió Dean Thomas.

—Hay que ver; ¿es que soy la única persona que ha leído Historia de Hogwarts? —preguntó Hermione a Harry, Lily y a Ron, perdiendo la paciencia.

-oye yo también lo he leído, esta muy interesante –comento entre divertida y ofendida la joven Potter

—Casi seguro —dijo Ron—. ¿Por qué lo dices?

—Porque el castillo no está protegido sólo por muros —indicó Hermione—, sino también por todo tipo de encanta mientos para evitar que nadie entre furtivamente. No es tan fácil aparecerse aquí. Y quisiera ver el disfraz capaz de en gañar a los dementores. Vigilan cada una de las entradas a los terrenos del colegio. Si hubiera entrado volando, también lo habrían visto. Filch conoce todos los pasadizos secretos y estarán vigilados.

-Eso es muy cierto, esto parece una fortaleza –dijo Lily

—¡Voy a apagar las luces ya! —gritó Percy—. Quiero que todo el mundo esté metido en el saco y callado.

Todas las velas se apagaron a la vez. La única luz venía de los fantasmas de color de plata, que se movían por todas partes, hablando con gravedad con los prefectos, y del techo encantado, tan cuajado de estrellas como el mismo cielo ex terior. Entre aquello y el cuchicheo ininterrumpido de sus compañeros, Harry se sintió como durmiendo a la intempe rie, arrullado por la brisa. Lily solo rezaba porque nada malo pasara, principalmente a su hermano tenia miedo por él.

Cada hora aparecía por el salón un profesor para com probar que todo se hallaba en orden. Hacia las tres de la ma ñana, cuando por fin se habían quedado dormidos muchos alumnos, entró el profesor Dumbledore. Harry vio que iba buscando a Percy, que rondaba por entre los sacos de dormir amonestando a los que hablaban. Percy estaba a corta dis tancia de Harry, Lily, Ron y Hermione, que fingieron estar dormi dos cuando se acercaron los pasos de Dumbledore.

—¿Han encontrado algún rastro de él, profesor? —le preguntó Percy en un susurro.

—No. ¿Por aquí todo bien?

—Todo bajo control, señor.

—Bien. No vale la pena moverlos a todos ahora. He en contrado a un guarda provisional para el agujero del retrato de Gryffindor. Mañana podrás llevarlos a todos.

—¿Y la señora gorda, señor?

—Se había escondido en un mapa de Argyllshire del se gundo piso. Parece que se negó a dejar entrar a Black sin la contraseña, y por eso la atacó. Sigue muy consternada, pero en cuanto se tranquilice le diré al señor Filch que restaure el lienzo.

Harry oyó crujir la puerta del salón cuando volvió a abrirse, y más pasos.

—¿Señor director? —Era Snape. Harry se quedó com pletamente inmóvil, aguzando el oído, Lily estaba en las mismas—. Hemos registrado todo el primer piso. No estaba allí. Y Filch ha examinado las mazmorras. Tampoco ha encontrado rastro de él.

—¿Y la torre de astronomía? ¿Y el aula de la profesora Trelawney? ¿Y la pajarera de las lechuzas?

—Lo hemos registrado todo...

—Muy bien, Severus. La verdad es que no creía que Black prolongara su estancia aquí.

—¿Tiene alguna idea de cómo pudo entrar; profesor? —preguntó Snape.

Harry alzó la cabeza ligeramente, para desobstruirse el otro oído.

—Muchas, Severus, pero todas igual de improbables.

Harry abrió un poco los ojos y miró hacia donde se en contraban ellos. Dumbledore estaba de espaldas a él, pero pudo ver el rostro de Percy, muy atento, y el perfil de Snape, que parecía enfadado.

—¿Se acuerda, señor director; de la conversación que tuvimos poco antes de... comenzar el curso? —preguntó Sna pe, abriendo apenas los labios, como para que Percy no se en terara.

—Me acuerdo, Severus —dijo Dumbledore. En su voz había como un dejo de reconvención.

—Parece... casi imposible... que Black haya podido en trar en el colegio sin ayuda del interior. Expresé mi preocu pación cuando usted señaló...

—No creo que nadie de este castillo ayudara a Black a entrar —dijo Dumbledore en un tono que dejaba bien cla ro que daba el asunto por zanjado. Snape no contestó—. Tengo que bajar a ver a los dementores. Les dije que les in formaría cuando hubiéramos terminado el registro.

—¿No quisieron ayudarnos, señor? —preguntó Percy.

—Sí, desde luego —respondió Dumbledore fríamente—. Pero me temo que mientras yo sea director; ningún demen tor cruzará el umbral de este castillo.

Percy se quedó un poco avergonzado. Dumbledore salió del salón con rapidez y silenciosamente. Snape aguardó allí un momento, mirando al director con una expresión de pro fundo resentimiento. Luego también él se marchó.

Harry miró a ambos lados, a Ron y a Hermione, ya que sabia de la total atención de su hermana hacia él. Tanto uno como otro tenían los ojos abiertos, reflejando el techo es trellado.

—¿De qué hablaban? —preguntó Ron.

NOTA:

Perdonen el atraso pero tuve un leve bloqueo de ideas, ya esta resuelto, además estoy preparando una sorpresita para todos, espero les gustes, Bye