Capítulo 10: Encrucijada
Aquel ruido que tanto replicaba a un trueno parecía venir desde lo más profundo de su interior similar a un ronquido procedente de una garganta maltrecha. Era tan poderoso que equivalía a un sonido característico de una tormenta. Como el gruñido de un perro embravecido, pero amplificado, y que se extendía hacia todos los horizontes. Embestía los oídos con brutalidad y erizaba la piel.
Podía sentirse el galope de los caballos, la fricción de las cuerdas de los equipos, el chirrido metálico de las cuchillas y un sinfín de gritos desesperados que provocaban un nudo en el estómago a causa de los nervios. Pude haber estado en medio de todos ellos, cooperando, ayudando a mis pares, pero tuve que detenerme a mitad de camino cuando divisé a Armin en el momento en que el polvo comenzó a difuminarse. Fue de gran ayuda el agua que había comenzado a caer a cántaros y, a la vez, la misma nos condenó a las peores maldiciones de los confines del infierno. El lodo que se estaba formando no era un buen apoyo. Los caballos terminaban con las patas pegadas al suelo o resbalaban, y si para ellos era así, era de imaginarse como resultaba para nosotros. Sin embargo, algunos titanes también habían resbalado, estampándose contra el suelo, y logrando que fuese más fácil eliminarlos.
Ver a Armin en las condiciones que lo encontré encendió la flama en mí, y me sumergí en un estado de supervivencia y sobreprotección. Armin yacía tirado en el suelo, cubierto de lodo y sangre. Su caballo muerto estaba aplastándole una pierna, lo que no le había permitido llegar más lejos. Valiéndome de quienes luchaban con todas sus fuerzas, tomé la egoísta decisión de sacarlo de ahí. Llegué a su lado y lo tomé de las axilas para que se reincorporara. Apenas se movía, pero él, aun estando herido y aturdido, luchaba por recuperar su conciencia cuanto antes.
―¡Armin! ―chillé, halándolo, mas era imposible moverlo de esa forma.
Lo solté y lo dejé sentado, mientras trataba de mover al caballo que, al encontrarse muerto, se había vuelto más pesado de lo normal.
―Mikasa ―Armin habló con tono adolorido y sin ritmo―, tienes que ir a ayudar, déjame aquí.
―¡Jamás! ―grité, y reuní todas mis fuerzas que luego se acumularon en los músculos de mis brazos.
La ira ascendió como sangre ardiendo a llama viva por mis venas, y la chispa que mantenía mansa en mi interior, emergió sacándome una sonrisa maliciosa, porque sabía que, en manos de aquel poder, yo era capaz de cualquier cosa.
Apenas hubo un espacio, Armin sacó la pierna de inmediato. No estaba quebrada, ni dislocada por lo que pudimos constatar a primera vista. Solo tenía algunas heridas y dolor.
Halé mi caballo que estaba a un costado un tanto inquieto y lo atraje hasta nuestra posición. Volví a tomar a Armin para que se pusiera de pie, y lo logró, tambaleándose un poco.
―Gracias ―se veía magullado y, aunque me entristecía verlo así, cuando permitía a la adrenalina fluir por mis venas, no había forma de traerme de vuelta, hasta que hubiese matado lo suficiente. No había cabida para la amabilidad.
―Cállate y sube a mi caballo, rápido. Vete de aquí ―le gruñí, indicándole que no había tiempo para tonterías.
Armin debía seguir la parte de la formación que podía entrar en el bosque, para quedarse seguro allí. O, en último caso, acompañarse de alguien, todo menos quedarse sentado en el suelo.
―Pero, Mikasa, ¿y tú? ―dudó, sacándome de quicio, sabiendo que a nuestro alrededor una matanza despiadada se llevaba a cabo.
―¡Ahora! ―vociferé, dándole un buen golpe a mi caballo en el muslo para incitarlo a correr. El animal obedeció de inmediato, y vi a Armin desaparecer.
Yo no importaba.
Yo tenía mis cuchillas y mi fuerza.
Yo no tenía miedo.
Apuré el paso en la dirección en la que se estaba desarrollando la batalla. Estaban llegando titanes comunes de todos los rincones posibles. ¿Cómo? Si antes no había habido ninguno.
Corrí a toda velocidad, intentando asimilar el escenario que se había formado a mí alrededor. Todos luchaban. La formación ya no estaba estructurada, se había esparcido por todo el terreno en forma de cuerpos regados sin vida y de otros heridos, mientras que otros volaban de un lado a otro queriendo frenar las hordas de titanes que llegaban en masa a flujo constante y sin templanza alguna.
A medida que me iba adentrando al centro del enfrentamiento, alcé mi vista hacia donde había estado el titán anteriormente. No había podido atacarlo por su inmensidad y me había retractado también, para ir en busca de Armin. Estaba allí mismo, pero no hacía más que esquivar los ataques que le llegaban. No parecía interesado en comer, ni nada. Es más, un pensamiento fugaz vino a mi mente y pensé que, tal vez, ese titán no fuese más que un señuelo que atraía a los otros. En ese caso, mientras el ágil no muriese, la horda no iba a detenerse en ningún momento. Sin embargo, antes de poder enfrentarnos a él, había que reducir la cuota de titanes que teníamos entre nosotros, porque apenas habían conseguido aniquilar unos pocos.
Entré en acción guiada por ese objetivo, sabiendo que los demás no tenían conocimiento de ello, pero ya vería cómo resultaba todo. Si lo lograba, mi teoría era cierta, y eso era información valiosa.
Apreté los pistones para impulsar los ganchos y afirmarme del cuerpo de un titán. Corrí por el suelo y me dejé arrastrar por el tirón de las cuerdas que me elevaron por los aires con fuerza. Tomé las cuchillas y con gran furia colérica las enterré en la nuca del titán, rebanando el trozo de carne, dejando una abertura que no tardó en humear.
Me solté de inmediato para seguir con otro. Me sentía hambrienta de muerte, de violencia. Vi a dos hacia un costado, tratando de devorar a unos tipos que apenas podían moverse por el pánico.
«Novatos», pensé.
Lancé el gancho en dirección al que estaba más lejano y me adelanté a buen ritmo, con las cuchillas firmes en las manos, para propinarle un golpe seco en la parte trasera de la cabeza a aquel titán que estaba más cerca. El corte fue exitoso y el maldito cayó al suelo. Apenas llegué al hombro del otro, no tarde en enterrar las cuchillas, nuevamente, soltando un grito desgarrador ocasionado por la adrenalina.
Pegué un salto en el aire y esperé que su cuerpo estuviese tendido en el suelo para aterrizar sobre él. Me dejé caer con pesadez y corrí para asistir a los tipos que estaban entumecidos en su posición.
―¡Rápido! ―les grité, irritada por su aspecto. Odiaba la inoperancia de los reclutas nuevos. Era una pésima idea llevarlos con nosotros, y aunque entendía que de alguna manera tenían que aprender, no recordaba que con mis amigos hubiésemos sido así de inútiles―. Informen a los demás que tenemos que matar al titán ágil. Solo eso detendrá el flujo ―asintieron, atemorizados y salieron corriendo de inmediato.
Corrí hacia una imagen un tanto difusa que, en primera instancia, era una masa de soldados volando de un lado a otro, mezclados con titanes en una lucha insostenible. Pude reconocer, entre ellos, al Escuadrón de Operaciones Especiales eliminando titanes con una fluidez envidiable, pero incluso eso no era suficiente para mermar la cantidad.
De pronto, la lluvia torrencial dejó de estar de nuestro lado. El ruido ambiental no hacía más que incrementar el escándalo y eso, con el paso del tiempo, era nocivo: el sonido ensordecedor de la tormenta, los gritos, las pisadas de los titanes y los gruñidos estruendosos que salían del hocico del maldito titán ágil que movía sus brazos con total avidez, esquivando todo presunto ataque de algún soldado. Como si supiera en qué dirección exactamente se iban a mover.
Salté hasta el tumulto y me encontré con todos luchando allí. Vi a Connie cortar los pies de un titán para que se desequilibrara mientras Sasha se disponía a darle el corte mortal. Jean se balanceaba de un lado a otro tratando de dar con el cuello de un titán, pero no tenía éxito en ello. Asistí en su ayuda en cuanto lo vi, y agradecí mi instinto. La mano del ser de unos siete metros iba directo a su cuerpo para estamparlo contra el suelo. Volé fugaz y pasé por debajo de su muñeca con las espadas en alto para rebanarle la mano antes de que diera con Jean. El maldito idiota se quedó observado su extremidad cercenada, lo que me dio tiempo de volar hasta su nuca y terminar con su despreciable existencia. Jean me contemplaba atónito, pero me alejé de inmediato de su imagen cuando vi a Eren tratando de proteger a Christa, quien también estaba herida.
Lamentablemente, Eren no podía utilizar el poder de titán, y si desacataba esa orden era probable que terminase siendo disecado. Debido a que no podía controlarlo del todo, no podíamos arriesgarnos a que lo utilizara de inmediato, porque no teníamos una noción clara de cómo iba a terminar. Por lo que siempre se descartaba hasta el final.
La vibración de la rabia viajó por cada fibra de mi cuerpo y en un arranque imparable me aventé contra el titán que trataba de hacerle daño a Eren. La imagen de su vida corriendo peligro no dejaba de ser el mejor estimulante de mi cólera.
Primero, pasé por al frente de los ojos del titán, distrayéndolo. No tardó en voltear a verme y tratar de atraparme con sus asquerosas y torpes manos lentas. Escuché a Eren llamar mi nombre y a Christa chillar que tuviese cuidado.
Sentí con delectación como la cuchilla entraba en la carne hirviente del titán y, en un solo movimiento de brazo, conseguí agrandar el corte, hasta desprender el fragmento de carne perfectamente seccionado.
Me acerqué a ellos para brindarles la misma información que había entregado a los novatos. Christa tenía una pierna herida y Eren la llevaba a cuestas. Me daba igual si Eren no luchaba por tener a Christa bajo su responsabilidad, para mí era mejor que no se expusiera. Sin embargo, el muy desobediente insistía en entrar en la batalla. En una conversación rápida e histérica le dije que llevara a Christa con Armin. Que tenía que estar cerca del bosque. Me preparé y corrí para entrar de nuevo en acción.
Corté, corté y corté. Mis cuchillas eran imparables y mi brío también, haciéndome parecer una desquiciada en medio de todos los que se esforzaban por conseguir matar un titán. Me sentía irritada y eso me llevaba a actuar con arrebato y rencor. Odiaba a los titanes, me daban asco y quería cortar su inmunda carne. No quería que nadie más corriese peligro. No quería volver a perder por su causa. Tenían que desaparecer.
De pronto, pareció como si todos estuviesen enterados de que el titán ágil tenía la culpa de lo que estaba sucediendo. Para mi tranquilidad, la voz se había esparcido con rapidez y poco a poco se fueron formando grupos de ataque destinados a acabar con el muy maldito. Aquella había sido mi idea, y un poco de orgullo palpitó en mi pecho, incitando a mi energía a fluir con más ímpetu.
Quedaban menos titanes, y lo que tardaran los demás en llegar era el tiempo que necesitábamos para acorralar al titán ágil y acabarlo entre todos. Me integré en un grupo cualquiera, daba igual. Solo había que permanecer juntos. El que se quedaba solo no tenía muchas opciones de vivir. En el grupo al que me había arrimado estaba Jean y la chica del escuadrón de Levi, Petra.
«Tanto se disolvió la formación», pensé.
Parte de ella corrió a refugiarse en el bosque o nos quedaríamos sin efectivos para continuar la expedición.
Cuando me di cuenta, incluso Erwin estaba en medio de la batalla, comandando ahora a los equipos para lanzarnos al ataque. Lo interesante fue que, cuando el titán nos vio a todos dispuestos para saltar sobre su figura, se incorporó de inmediato de un solo salto y se apoyó en sus cuatro extremidades cual animal al acecho.
«¿Qué demonios?», fue lo primero que vino a mi mente. «¿Por qué sabe tanto de nosotros?», fue lo segundo.
Acumulaba toda esa información, como diese lugar, para manifestarla cuando la calma hubiese vuelto. Todas mis especulaciones y teorías aparecían en los momentos menos precisos, pero tenía que retenerlas porque eran bastante reveladoras.
El titán era grande, muy grande. Macizo en realidad. Se mecía burlonamente en su posición esquivando los primeros ataques. De la nada, se enderezó mostrando su tamaño completo, unos quince metros y lanzó una patada que, por milagro divino, logramos evadir saltando hacia los costados. Muchos soldados se adhirieron a su cuerpo con la ayuda de los equipos y las cuchillas, pero el titán movió sus manos habilidosamente, tirando de las cuerdas, y haciendo girar en círculos al racimo de personas que pendían de dichos cables. Los azotó contra el suelo y la sangre formó una explosión colorida en el aire. Vi la cara de impacto de muchos, mientras yo fruncía el entrecejo y apretaba los dientes hasta hacerlos rechinar. La tirria picaba en mi estómago nublando mi cordura y arrastrándome a actuar con fiereza.
Los ganchos me llevaron volando hasta la cintura del titán y luego hasta su hombro. Me sintió de inmediato y comenzó con el movimiento de manos de un lado a otro, contoneándose para hacerme más difícil el trabajo. No obstante, aquello que parecía muy riesgoso para mí, resultó muy productivo para los demás. Comenzaron a encerrarlo, y a herirlo con múltiples cortes mientras yo pendía de sus espaldillas afirmándome con una cuchilla enterrada en su firme carne. Los incesantes giros y vueltas que daba para zafarse del ataque colectivo que estaba recibiendo, no me permitían llegar más arriba y cortarle la nuca.
Para nuestra sorpresa, estaba dispuesto a agotar todas sus posibilidades y se dejó caer al suelo de espaldas arrastrando a varios que aún permanecían pegados a su cuerpo. Por mi parte, alcancé a reaccionar en el acto, y me solté antes de que tocara el suelo y me terminase aplastando. Pero eso no fue todo. Luego de estamparse contra la tierra, levantando lodo por todas partes, se incorporó de nuevo con rapidez, resbalándose un poco y volviendo a sostenerse en sus cuatro extremidades. Era como intentar domar un caballo gigante. Era imposible.
Recordé el día en que uno de esos titanes había atacado el muro, y pudimos vencerlo entre todos… No, no era imposible, solo más difícil.
Me uní a ayudar a mis compañeros, cortando diversos puntos del cuerpo del titán que soltaba gruñidos por doquier, confundiéndose con las ráfagas de la tormenta.
«Tus amigos están lejos, ¿no?», pensé, al no ver más titanes llegar luego de sus llamados.
El titán tenía una pierna bastante destruida luego de exhaustivo trabajo. Se apoyó en una rodilla, mientras tenía su otra extremidad flectada, y seguía luchando por liberarse de nosotros. Su cuerpo hizo un ángulo en diagonal perfecto que me permitió subir corriendo por su torso. Usamos la misma técnica que con el primero que habíamos derrotado. Cansarlo. Con una pierna herida ya no parecía tan ágil como antes.
Frente a mis ojos, apareció la imagen fugaz de Levi volando, atrayendo una de las manos del titán hacia él. Supuse que él entendería mis movimientos, siempre lo hacía. Así que cuando estuve suficientemente alto, me impulsé con el equipo para llegar arriba, por sobre la cabeza del titán, atrayéndolo hacia mi posición. Alzó el brazo en el aire para alcanzarme, y Levi aprovechó para pasar por debajo de su brazo y darle un buen corte en la axila. La extremidad bajó de golpe. Celebré ese excelente movimiento en mi mente y la conexión que se había forjado allí.
Sin embargo, el júbilo acabó en ese preciso momento.
De pronto, como en un sueño, vi a Sasha cruzarse frente al rostro del titán, no supe si intencionalmente o por un giro desatinado. ¿Qué estaba haciendo? No iba a poder con él. La vi girar en el aire con su increíble habilidad, pero el titán utilizó su última fuerza para impulsarse con su única pierna útil y atraparla en el aire. Las fauces enormes la envolvieron, cerrándose, haciéndola desaparecer frente a mis ojos.
―¡Sasha! ―grité hasta carraspear. Sentí que los pulmones se me desgarraban mientras la veía esfumarse en la boca del maldito monstruo.
Me apresuré para llegar hasta el cuello del infeliz, pero Levi se me adelantó y apareció con un giro fugaz, hecho todo un torbellino, y rebanó la garganta del titán sin cuestionarse nada, ni siquiera que podía haber herido a Sasha.
Apenas se abrió la piel, la sangre salió explosiva como una cascada. El titán tiró la cabeza hacia atrás como por inercia y dejó entreabierta su cavidad que permitió entrever una bota. Aún no la tragaba. Todo sucedió a velocidad incontable. Simplemente, tomé la pierna y la halé con toda mi fuerza sacando a Sasha de adentro. Lamentablemente, la mucosidad y la sangre no me permitieron sostenerla con firmeza y se resbaló cayendo hasta el suelo. Se golpeó con fuerza, aunque no cayó desde tanta altura. Quedó totalmente inerte tirada en el suelo, y yo tuve que resistirme para desistir de mis labores e ir a socorrerla.
Me solté del cuello y volé girando, dando la vuelta para dar con la nuca del titán. No iban a quitarme otro ser querido. Había tocado algo que no debía. Hijo de quién mierda seas.
Escuché a Levi gritarme algo que no pude descifrar porque estaba enceguecida y no tenía nada más en mente excepto matar al titán.
Enderezó de nuevo su cabeza y me lanzó una mirada tétrica. La última. Realicé el corte exitosamente y no una vez, muchas. No conforme con haber logrado su muerte, seguí cortándole la nuca, una y otra vez, a toda velocidad, en todas direcciones salpicando trozos y sangre a todos lados. Me desplomé junto él sin dejar de cortar. Estaba desenfrenada, sin control.
Sentí cómo llegaron a detenerme, pero me zafé inquieta, lazándoles patadas y manotazos a todos. Apenas volví en sí, recordé a Sasha y me bajé del cuerpo que comenzaba a emanar aquel vapor caliente al que no nos podíamos acercar mucho. Corrí a ver su cuerpo y vi algunos soldados rodeándola sin saber qué hacer.
―¡Quítense! ―reclamé ante sus miradas curiosas y de poca ayuda.
Jean llegó a mi lado y sostuvo a Sasha entre sus brazos apoyando el cuerpo de la pobrecilla en su regazo. La sangre que la había cubierto, ahora comenzaba a evaporarse. Yo me hinqué a su lado, mientras la zarandeaba de los hombros, pero ella no reaccionaba. Tomé su rostro y le di pequeñas palmaditas para que espabilara, pero no había resultado.
Un frío despiadado recorrió toda mi médula, petrificándome en ese momento. Vi a Jean esconder el rostro mientras evadía los sollozos que amenazaban con salir. Su pulgar estaba en el cuello de Sasha… ¿no sentía su pulso? ¿Por eso estaba llorando?
Acomodé mi rostro en el pecho de Sasha, pero no pude oír nada. ¿Sería por el estruendo de la tormenta? Aunque ya estaba más menguada… ¿o por los murmullos inquietos a mi alrededor? No sabía quién estaba a mi lado mirándome. Solo podía concentrarme en la imagen de Jean, totalmente destruido, y en Sasha que parecía no querer despertar.
―¡No puedes hacerme esto, patata viviente! ―vociferé, lanzándome contra ella para recostarla en el suelo. Jean se apartó en el acto, exaltado por mi reacción.
Junté mis dos manos al lado izquierdo de su pecho, donde debía encontrarse su corazón, y comencé a empujar fuerte.
Un, dos, tres. Un, dos, tres.
No tuve escrúpulos para darle respiración boca a boca. Tenía que salvarla. Justo ahora que le estaba tomando el cariño y me acostumbrara cada día más a ella. Justo ella se había ganado ese espacio recóndito en mi corazón que muy pocos tenían. No podía irse sin más. Tenía que intentarlo.
Un, dos, tres.
―Mikasa ―musitó Jean, negando con la cabeza, mientras permanecía de rodillas a mi lado mirando todo con total desamparo―… Nada va a funcionar. Está mue…
―¡Cállate! ―le gruñí con fuerza como animal furibundo―. Está bien.
Un, dos, tres. Respiración de nuevo. La muy desgraciada no reaccionaba.
Sentí como algo caliente resbalaba por mis mejillas. Lágrimas de ira que se camuflaron con la lluvia, mas prefería que así fuese. No quería verme débil, yo no era débil. Podía salvarla, así como siempre solía salvar a todos.
Me imaginé llegando a la habitación. Me la imaginé vacía, sin su presencia atosigante, pero reconfortante a la vez. Imaginé que nunca más iba a oírla chillar, que nunca más iba a seguirme a la cocina cuando tenía yo turno, imaginé que nadie más iba a fastidiarme por tonterías, y yo quería que me fastidiara, porque añadía cosas nuevas a mis días planos.
No podía irse así. No podía irse. Eso pensaba, mientras mis manos empujaban su pecho con fuerza y ella no me demostraba ninguna reacción.
Me rendí, descansando mis manos sobre mis muslos y encorvándome a causa del dolor que me había provocado su imagen.
«Sasha. Tú no, por favor».
Vi a Armin acercarse a mi lado. Pasó su mano por mi hombro y apoyó su mentón sobre mi cabeza, y eso no pareció hacerme mejor. De hecho, me resultó más desalentador. No podía darla por muerta. Esa palabra no cabía en mi cabeza.
―Creo que puedo probar algo ―me dijo Armin, y volteé a verlo con mucha esperanza en mi rostro. Mi corazón palpitó con fuerza, sabiendo que las soluciones que provenían de él eran indiscutibles.
Armin se acercó a Sasha con cuidado y se sentó a su lado. Sacó de su ropa, nada más ni nada menos, que una cantimplora con agua y un trozo de pan. ¿De dónde había sacado eso? No quise preguntar, si eso ayudaba.
Puso el pan sobre la boca de Sasha y esperó.
Nada.
Pasaron los segundos.
No había respuesta.
―¿Eres idiota? ―se quejó Jean, a quién mandé una mirada de odio por referirse así a Armin.
Sin embargo, mi atención se desvió cuando vi a Sasha toser y abrir los ojos con dificultad.
―¿Pan? ―preguntó con incertidumbre y los ojos bizcos tratando de comprobar si lo que estaba sobre sus labios era una pieza de aquello que le resultaba tan apetecible.
―¡Sasha! ―Armin la tomó de inmediato, con sumo cuidado y fue su apoyo para mantenerla sentada.
Llegué a su lado como un rayo hecho de furia y le propiné un golpe ligero en la cabeza. Soltó un «ay» como respuesta y se encogió de hombros, quedándose en esa posición, pensando que iba a golpearla de nuevo. Pero no. Me senté a su lado también y me llevé los dedos hasta el entrecejo, presionando con fuerza.
―No vuelvas a hacerme eso ―bufé, extenuada por todo lo que acababa de ocurrir.
―Salvaste mi vida ―me habló con dificultad, mientras Armin le acercaba la cantimplora para que bebiera. Tenía que oxigenarse de algún modo.
―No fui yo. No del todo ―murmuré. Luego dirigí mi vista alrededor.
Vi a todos observarme con desaprobación y me importó un carajo. No iba a abandonar a Sasha, pero entendía que teníamos que salir de ahí cuanto antes.
Me encontré con la imagen de Levi en la distancia: estaba conversando con su escuadrón. Estaban todos bien.
―Braus ― el comandante Erwin llegó a nuestro lado y se quedó de pie observando la escena―. Tienes suerte ―alzó las cejas espesas en un gesto sincero―. Vamos a entrar al bosque ahora. No perdamos más tiempo ―habló para los demás.
Nos movimos sin pensarlo más. Y yo me encargué de llevar a Sasha a cuestas para poder sacarla de ahí. Menudo susto me había dado.
Nos quedamos en el bosque, guareciéndonos de cualquier otro posible ataque y sacando cuentas de las bajas y pérdidas. Llevábamos solo un par de horas fuera de los muros y nos habían destrozado por completo. Un poco más de tiempo y hubiésemos perdido casi la mitad de los efectivos. Perdimos, en un rato, el treinta y cinco por ciento, un número que no era menor. Era abrumante si pensábamos que para volver tendríamos que perder la misma cantidad.
El Comandante Erwin dio la orden de no recoger los cuerpos y se armó un escándalo tremendo a causa de sus mandatos. Insensible, sin sangre en las venas, tirano, entre otros calificativos se ganó por las decisiones que estaba tomando. Yo no me opuse mucho al respecto. No podíamos darnos el tiempo de recoger cada cuerpo y resguardarlo, sabiendo que antes de morir, el titán había dejado un llamado en el aire. No podíamos arriesgarnos por cadáveres que ya no tenían esperanza.
Las carrozas de suministros quedaron resguardadas entre los árboles y los caballos también. Ahí llevábamos algo de comida, agua y algunos implementos para realizar curaciones.
Ocupamos las ramas más grandes y gruesas de los árboles para poder apoyarnos con facilidad y poder descansar si era necesario, aunque evidentemente no íbamos a poder pegar pestaña esa noche.
Sasha fue llevada a una rama de preferencia. La más gruesa y estuvo a cargo del cuidado de Jean y Connie. En la misma rama se encontraba Christa que estaba en mejores condiciones. Ymir no había salido con nosotros en la expedición, así que supuse que iba a armarse una grande cuando volviéramos a los muros.
La lluvia había cesado, dejando el ambiente glacial, crudo. La humedad se sentía fuerte y dolía respirar a causa del frío. Sabíamos que podíamos toparnos con algo similar, por lo que traíamos nuestros abrigos. Largos, gruesos y con capucha. No llevábamos sacos de dormir, por lo que los abrigos serían nuestra mayor fuente de calor durante la noche, y ya comenzaba a atardecer, pero la oscuridad no se detenía, avanzaba veloz acorde transcurría el tiempo.
Armin se había quedado sin su caballo por lo que había perdido, junto con él, todo lo que traía cargado. Se había quedado con lo puesto. Estaba sentado en una rama, apoyando su espalda contra el tronco del árbol. Tenía la mirada perdida y estaba sucio, como todos, a decir verdad. Me acerqué a él, saltando de rama en rama hasta llegar a destino, y me senté manteniendo un grado de distancia. Alzó la vista para verme y me sonrió.
Se podía ver a los soldados comunicándose con señas para no hacer ruido demás y atraer más titanes, aunque, a decir verdad, los titanes comunes no funcionaban bien de noche, se volvían torpes y más lentos. Lo preocupante era que volviera otro anormal. De ser así, teníamos todas las de perder.
―Mikasa ―dijo Armin con un hilo de voz algo tembloroso por el frío―, ¿cómo supiste que el titán ágil estaba llamando a los demás?
Era cierto. También tenía información para compartir y no había encontrado la ocasión, porque el comandante Erwin estaba ocupado yendo de un lado a otro. Sin embargo, estaba segura de que nos daría una visita dentro de poco. Tenía que dejarnos órdenes antes de irnos a dormir.
―Lo deduje ―comenté para luego morderme el labio y hacer memoria―. Excepto por Sasha, ese titán no intentó comer a nadie más. Parecía estar de adorno allí, emitiendo esos sonidos vibrantes incómodos y, mientras lo hacía, los titanes no paraban de llegar. La información vino rápido a mi cabeza y creí que era lo correcto, por lo que me las ingenié para repartir la información.
―Eres increíble ―asintió Armin―. De no ser por ti, todavía estarían luchando.
―Aprendí del mejor ―dije, enseñándole una sonrisa desaliñada y adolorida.
Armin se frotó los brazos con las manos y pareció encogerse aún más en su lugar. Se arregló la capa, envolviéndose en esta, y se acomodó la capucha para evitar el frío en el rostro.
―Lo curioso es que ―hizo una pausa, mientras mantenía una expresión fruncida―… si antes no nos habíamos topado con titanes de este tipo, ¿por qué ahora? ¿De dónde vienen? ¿Evolucionan? ―meneó la cabeza sin poder dar con la respuesta ante esas interrogantes.
Sentí pasos en la rama y giré en el acto, pero tuve que alzar la vista para ver con claridad el rostro de la persona que estaba frente a nosotros. El comandante Erwin se quedó erguido, mirándonos con mucha atención, y casi esperando que continuásemos con la conversación.
―¿Señor? ―se notó el nerviosismo en la voz de Armin, mientras se estremecía.
―Arlert. ¿Qué estás diciendo? ―aunque sonaron como palabras tajantes, le habló con amabilidad sin despeinarse ni un solo cabello.
Armin dudó unos segundos, y ambos cruzamos miradas cómplices. Yo asentí con sigilo, para que ese movimiento solo fuese perceptible para mi amigo. Tenía que hablar, era importante, aunque él tuviese algún trauma por haber sido llamado blasfemo alguna vez en su vida., ahora nadie iba a decírselo.
―Que me parece curioso el hecho de que nuevos tipos de titanes aparezcan ―comentó cabizbajo―. ¿De dónde vienen? Es como si alguien los estuviese creando ―esa última teoría ni yo me la esperaba. Fue un golpe fuerte, en cierta medida, pero sonaba bastante cuerdo―. Disculpe, comandante, no quería lanzar un comentario tan poco acertado.
―No lo es ―dijimos a coro con Erwin.
Me tensé por haber interceptado su comentario, mas no había sido intencional.
―Los titanes anormales tienen un objetivo ―solté después para reponer mi arrebato.
―¿Ackerman? ―enarcó una ceja, mirándome con incertidumbre.
―El titán grande estaba llamando a los demás ―enuncié con total seguridad.
Erwin se quedó pensando durante mucho tiempo, el que resultó un tanto incómodo para Armin (y para mí), pude verlo en su rostro que me enviaba tímidas miradas de vez en cuando. Finalmente, el comandante se aclaró la garganta y habló:
―Bien. Arlert y Ackerman, necesito que redacten un informe con toda la información que tengan o teorías posibles. Todo nos sirve para zafarnos de la Corte cuando volvamos a los muros ―habló con pesadez, entendía cuánto le molestaba dar explicaciones―. Mañana nos iremos temprano. No podemos seguir perdiendo efectivos. No creí que el ambiente fuera de los muros se hubiese vuelto tan hostil.
Dijo esa última parte casi en un susurro y se retiró a paso lento, para luego saltar y volar con el equipo hacia otras ramas en las que descansaban otros soldados. La visita fue breve, pero no menos inquietante. Erwin tenía actitudes extrañas en ocasiones y aunque podía ser un excelente líder, a veces, nos dejaba en blanco con su proceder.
Pensándolo bien, tenía razón con volver en el acto. Desde la última expedición que era así. No podíamos salir por más de un día, las pérdidas eran considerables y dentro de un lapso de tiempo muy breve.
Volviendo a la escena, Armin había comenzado a temblar y sus dientes castañeaban. Además, estaba herido, aunque medicado, pero su pierna aún debía doler. Se movía de un lado a otro, amoldándose contra el árbol como si eso fuera a darle calor. Decidí que no podía soportar verlo de esa forma y comencé a sacarme el abrigo para pasárselo.
Pero, entonces, otro abrigo cayó casi del cielo y envolvió el cuerpo de Armin por completo. Volteé para ver de dónde provenía tan noble gesto; eso mientras arreglaba mi propio abrigo.
Levi estaba de pie detrás de mí. Nunca me percaté del momento en el que llegó. Pero ahí estaba, abrigándose solo con la capa, para darle su abrigo a Armin. Pestañeé muchas veces tratando de asimilar el hecho de que fuese él realmente quien estaba haciendo eso.
―Abrígate, mocoso ―rezongó bastante molesto.
―¡Capitán! ―se exaltó Armin, tratando de quitarse el abrigo de encima, moviendo las manos en todas direcciones―. ¿Cómo podría…?
―¡Que te abrigues! ―lo retó con un tono de voz alto e imponente, que dejó a Armin reducido en su posición, esta vez, poniéndose la prenda.
―¡Gracias, capitán! ―chilló asustado.
Levi se alejó de la manada para refugiarse solo, en el árbol más lejano. Lo vi desaparecer entre los ramajes y la oscuridad que ya no se hacía la tímida y llenaba todos los rincones del bosque. Pequeñas luces se atisbaban en las lejanías, los faroles de los otros soldados en los árboles. Poco a poco, esos pequeños centelleos se apagaron de a uno, hasta no divisarse ninguno más. No podían tener nada a la mano que pudiese significar un señuelo. Erwin ya nos había dado instrucciones a todos, así que solo quedaba esperar el amanecer.
Cuando me di cuenta de que no quedaba más por hacer, me despedí de Armin quien estaba reteniendo los estornudos para no ensuciar el abrigo que le habían prestado. No era que no quisiera pasar la noche allí compartiendo la misma rama, pero mi atención, como lo era últimamente, estaba enfocada en otro punto.
Me alejé con mucho cuidado, luchando contra la oscuridad abrumante y tratando de dar con los lugares exactos para apoyarme y seguir avanzando sin terminar azotándome contra las raíces del árbol. Palpaba todo cual persona ciega y, a medida que mi visión se acostumbró a la escasez de luminosidad, mis ojos comenzaron a distinguir sombras y figuras.
En la rama más gruesa y alta de un árbol, mi objetivo estaba sentado. Me arriesgué a escalar hasta llegar a su lado, pasando de rama en rama y afirmándome de todo. No importaba si era una hoja endeble, todo me sirvió para saltar hasta la rama en la que estaba. Noté que tenía las piernas recogidas y los brazos apoyados sobre éstas. Estaba muy callado y no pareció inquieto por mi presencia ahí. Me senté cerca de él de la misma forma que había hecho con Armin, manteniendo una distancia menor en esta ocasión.
―El que va a morir de frío ahora eres tú ―musité, y el vaho que salió de mi boca en forma de una pequeña tiniebla me dio la razón. El aire estaba congelado a causa de la humedad de la lluvia. Muchos iban a enfermar.
―Tch ―fue lo único que oí salir de su boca.
Me hizo soltar un gruñido con su actitud.
Comencé a sacarme mi abrigo lentamente. Podíamos compartirlo, a mí no me molestaba en lo absoluto, menos si se trataba de él.
―Ten ―dije, extendiéndole mi prenda que aún expedía mi calor.
―¿Qué haces? ―sonó molesto.
¿Cuándo no sonaba así? Ojalá hubiese podido tomarse sus gotas para que no anduviese con ese genio atravesado tóxico. Sin embargo, no estábamos en el mejor lugar del mundo, ni mucho menos para él, el más limpio. Habíamos pasado por un mal momento horas antes y entendía que su aspecto no fuese el mejor. Solo que yo estaba ahí con él ahora.
―Ponte el abrigo. Vamos a compartirlo. Dudo que resistas toda la noche solo con la chaqueta y la capa ―empujé su pecho con la mano en la que tenía empuñado el abrigo.
Bufó y aceptó a regañadientes, envolviéndose en el calor de la ropa.
―Mucho mejor, ¿no? ―quise bromear.
―Ven aquí ―habló más tranquilo, pero no menos rígido.
Me acerqué a él con cuidado y me escabullí entremedio de sus piernas que estaban abiertas. El equipo molestaba un poco, pero solo tenía que apoyar los cartuchos de las cuchillas sobre sus piernas. Me acomodé de espaldas a él, mientras nos envolvía en el abrigo. La tela rindió lo suficiente para que yo la cerrara frente a mí. Quedamos cubiertos por completo y Levi aprovecho para pasar sus brazos por debajo de mis senos y abrazarme. Me tensé por tal gesto y me sonrojé a punto de asimilarme a una tetera hirviendo.
Su rostro se apoyó en mi espalda y se quedó quieto para recibir calor. Podía sentir su cuerpo frío a mis espaldas y eso me obligaba a presionarme más contra él. Entendió el mensaje y me estrujó las costillas con fuerza. Y aunque eso solo fuese una manera de darnos calor, y estuviéramos sobre una rama dura, sucios y cubiertos de sangre ajena, me sentí más cómoda que nunca. Tampoco era el mejor momento, ni el lugar, pero el cosquilleo en mi estómago no cesaba.
Levi apoyó su mandíbula en mi hombro y yo volteé el rostro hasta encontrarme con su nariz helada. Retraje el rostro de inmediato y volví mi cabeza a su posición inicial. De apoco, nuestros cuerpos se abrigaron, haciendo que el frío ambiental pasara desapercibido.
Provechosamente, en aquel sector, nadie iba a vernos ni a molestarnos. Todo permanecía en silencio sepulcral y quieto. Tenían que estar todos descansando. Y estábamos en una rama privilegiada por la intimidad que proveía, así que todo se tejió para hacernos sentir a gusto en ese momento tan breve.
Despertar fue otro asunto.
La mañana vino acompañada por una neblina espesa que no dejaba ver nada, aunque al menos el frío se había reducido bastante. Era temprano aún, pero nada de eso importaba en esos momentos. Estábamos perplejos, todos encaramados aún en los árboles, y con la espalda adherida al tronco, sin querer movernos.
Nos despertó un trueno. Un trueno fuerte y poderoso que nos hizo espabilar de golpe, no hubo tiempo para pensar ni para reaccionar correctamente. Nos quedamos fijos en nuestro lugar, mientras Erwin estaba de pie en pose recta, sosteniendo las espadas en sus manos, y mirando hacia abajo con una expresión bastante preocupante. A sus costados, pero en distintas ramas, el Escuadrón de Operaciones Especiales mantenía la misma postura y dirigía su mirada en la misma dirección.
Los segundos que esperamos porque algo fuese a aparecer desde la niebla fueron abismantes. No podíamos movernos, no podíamos hablar, no podíamos hacer nada hasta estar seguros. Y el tiempo no pasó sigiloso, hizo notar su presencia, al menos para mí, porque los demás estaban compenetrados mirando al suelo y esperando oír otro trueno.
Pude divisar en un árbol cercano a Eren y tras él a Armin, ambos expectantes a lo que fuera ocurrir. Si los podía ver, significaba que, progresivamente, la niebla comenzaría a dispararse.
En eso pensaba, cuando lo que sucedió frente a mis ojos fue tan rápido que no pude reaccionar. Simplemente, la imagen se filtró ante mis ojos, dejándome estupefacta, sin poder mover un solo músculo.
Una mano gigante apareció entre la bruma y alcanzó la rama en la que se encontraban Eren y Armin. Logró quebrarla y hacerlos desaparecer junto a ella. Los vi esfumarse y, por un segundo, el impacto clavó mi pecho, robándome la respiración.
Luego de eso, todo lo que sucedió fue obra del caos.
Escuché gritos, alaridos fuertes que no tenían lógica en mi mente. Todos comenzaron a volar con sus equipos, y se sumergieron en la perdición blanquecina bajo los árboles.
«Eren».
«Armin».
Mi cerebro trabajaba a toda velocidad, pero sentía como si mi cuerpo se hubiese desconectado de las órdenes que le comandaban mis neuronas. Entré, supongo, en lo que conocíamos como estado de shock. Necesitaba una bofetada en ese mismo momento, no obstante, me armé de fuerzas para luchar contra mí aturdimiento y así volver a la realidad.
La figura apareció de pronto. Se alzó derecha y sondeó la copa de los árboles, buscando más soldados. Tenía la boca repleta de sangre, salivaba mucho, y olfateaba el aire con afán.
«Sangre».
Acabé pensando lo peor y exploté. Exploté como un cañón y, con la misma fuerza de una bala, me aventé por los aires con arrebato y coraje, aprovechando que mi consciencia comenzaba a nublarse, inhibiendo la humanidad de mi interior y convirtiéndome en una bestia salvaje y asesina.
Apenas el titán sintió el ruido de mi equipo, giró para verme con atención. Tenía el cabello desparramado por el rostro y estaba húmedo. Su nariz era demasiado grande para su rostro y su boca estaba cercada por una sonrisa desagradable y ancha, manchada con espeso material carmesí. Sus ojos estaban agrietados por venas rojas que provocaban escalofríos en la espalda, misma sensación que al encontrarte con un depredador, excepto porque ahora, ese carnívoro medía por lo menos doce metros.
Me sumergí en la niebla, ahora un poco más consumida y vi como en las extremidades inferiores mis compañeros trabajaban sin descanso. Cortaban de un lado a otro, y el titán se inclinaba para removerlos con las manos. Me sentía cada vez más iracunda así que opté por quedarme arriba y acabarlo. Había podido con el anterior, podía con este. Podían ser ágiles, pero yo era imparable.
Pegué un salto hasta el hombro del titán y agité las cuchillas para propinarle cortes por donde alcanzara, pero, a cambio de eso, resopló un gruñido similar a los truenos que emitía de su garganta, tan estruendoso, que me logró desequilibrarme, tras recibir toda la vibración del sonido sobre mi cuerpo.
―¡No vas a llamar a las mierdas de tus amigos, cobarde! ―gruñí, aferrándome a su hombro con las cuchillas.
El ser lanzaba manotazos a todos lados y movía las piernas, pateando todo y a todos a su alrededor, para quitárselos de encima. Yo ya estaba cerca del cuello, solo tenía que soltarme y volar hasta él, era tan simple.
«Vamos», me obligué, y me solté de su carne que no tardó en humear.
Apreté los pistones y los ganchos se clavaron en su cuello. La ponzoña hervía en mi sangre; quería acabar pronto con él para ir a ver a Eren y a Armin, y asegurarme de que estuviesen bien, de que la sangre que brotaba del apestoso hocico titánico no era la de mi familia.
Solo eso quería. Pero nada fue como lo quise…
Cegada por la ambición de asesinarlo, no me percaté de que su atención se había centrado en mi cable. Sin mayor vacilación, lo haló hasta arrancárselo del cuello, lo sostuvo por un momento, y luego lo tiró casi con odio, logrando atraerme junto con el cable, y me llevó a estamparme contra el suelo con violencia bruta.
Todo se volvió confuso. Sentí el mareo que me provocaron las vueltas que terminé dando por el suelo, bote a bote, sintiendo como mis órganos se revolvían dentro de mí. También sentí las piedras, ramajes y protuberancias del suelo atacar mi cuerpo sin contención alguna. Creí oír incluso como la tela de mi ropa se rasgaba, si es que no había sido mi propia piel la víctima de tal mutilación, y me detuve con un golpe de costado contra un árbol, que, a mi percibir, me había roto las costillas.
Me quedé boqueando en el suelo frío y húmedo, mientras oía gritos y mi nombre en la lejanía. El dolor de mi magullado cuerpo no me permitía respirar y, por eso, mi boca abierta buscaba el preciado oxígeno que se negaba a entrar. No podía gritar, y era evidente, ni siquiera podía inhalar.
Mi vista se volvió borrosa y las imágenes se meneaban de un lado a otro, todo se desenfocó. Los árboles no eran árboles, eran una copia abstracta, indefinida, creada por mi aturdimiento. Recuerdo que el olor del pasto me dio asco y dejé caer mi rostro para no volver a levantarme más.
Aunque mis ojos permanecieron abiertos por unos segundos, perdí el sentido, y antes de que todo se volviera negro, pude ver unas botas correr hacia mí. No supe de quién.
«Hay un lugar al que todos vamos cuando morimos. Mikasa, no debes tener miedo. Nos volveremos a encontrar».
Eso es un recuerdo, en la oscuridad. En la oscuridad que me absorbió y me dejó inexistente. Pero pienso. Estoy pensando. ¿Aún existo? ¿Dónde estoy?
Escondida en mis pensamientos, inconsciente, ¿muerta? Temporalmente. O estoy atrapada en el abismo de la muerte antes de desaparecer del todo.
«Siempre cuidaremos de ti, no importa donde estemos».
Otro recuerdo doloroso. Mi infancia. Palabras de mi madre y mi padre cuando les pregunté si ellos algún día iban a tener que morirse. Lo pregunté como si creyera que tenían que cumplir con alguna obligación y si podían postergarla. Que ingenuos son los niños…
«Vamos, vamos a casa. A nuestro hogar».
Más recuerdos.
Eren.
¿Por qué están aquí estas frases que parecen existir solo en mi mente? No es como si pudiese oírlas.
No es como si pudiese sentir siquiera; no soy, no existo, pero estoy.
Sáquenme de aquí. Sáquenme de esta oscuridad. No quiero estar aquí.
Sentía como si estuviera aquí y a la vez no. Como si flotara de una forma surreal, en otra realidad que no es la misma que compartimos día a día. Era liviana, existente en un plano mental y no físico.
«No seas estúpida, Ackerman» …
Levi.
No quiero desaparecer. No puedo desaparecer. No todavía.
Estaba hundida en la penumbra, la que me hacía sentir miserable, me hacía sentir la nada. No comprendía la forma en la que funcionaba esa realidad. Simplemente, quería despertar. No quería irme. Me sentía cansada, somnolienta. Sentía el escaso peso de mi existencia desvanecerse en el aire y sabía que, si me dormía, no volvería a despertar.
Estaba en el límite; el horizonte entre la vida y la muerte. Podía cruzar al otro lado y terminar la tragedia, pero dejar otra detrás, o volver a matar titanes.
Me aferré a la vida en alma, porque mi cuerpo se negaba a responder. Había tanto bullicio a mí alrededor.
Espera… Ruidos. Ruidos es igual a vida.
Estoy volviendo.
Poco a poco, lo que era imperceptible en mi estado, comenzó a crearse a mi alrededor, como un escenario armable que tomó forma por sí solo.
Sentí unas manos firmes sostenerme.
Mis ojos lograron entrever los rayos del sol escabulléndose entre las ramas. Ya no llovía. Se oía todo tan lejano. Vi imágenes fugaces y borrosas.
Mi visión comenzó a volver, aunque torpe. Sentía que la mitad de mi cuerpo seguía muerto, escondido en la oscuridad, y mi otra mitad intentaba entrar de nuevo a la vida.
Tenía que luchar por mantenerme despierta.
Vi el rostro de Levi, preocupado, iracundo.
Mi mano intentó tocarlo, y creí haberlo hecho, pero no es más que una alucinación. Nunca pude alzar la mano, no alcancé a llegar hasta su suave piel.
«Dámela, estará bien, Levi», reconozco la voz de Hange.
«Tenemos que sacarla de aquí», ¿Erwin?... No lo sé con exactitud. Hay mucho revuelo a mi alrededor.
Si ellos están ahí, significa que el titán murió.
«Déjala. No me la quites», oí a Levi gruñir, mientras seguía sosteniendo mi cuerpo con fuerza.
Estoy bien, gruñón. Creí que me había escuchado, pero esas palabras solo estaban en mi mente. No las dije realmente.
¿Por qué no podía moverme? ¿Por qué no podía hablar? Se suponía que ya estaba despierta.
¿Y si mi conciencia me estaba engañando? Tal vez, estaba muerta y veía todo como en un sueño.
Sueño de nuevo. Si me dejo llevar ahora, moriré y esta vez en serio. Lo sentía.
Atrápame en tus brazos, Levi. No dejes que me vaya.
Blanco. Esa fue la primera impresión. Mucho blanco. Mucha luz. Sensación de perdición, de poseer un cuerpo lánguido y liviano. Sensación de inmovilidad, de incapacidad de ejercer participación física alguna. Confusión. Sensaciones estériles. Sin olor, sin sabor, sin color, sin emoción.
Desde ese punto de abstracción, comenzaron a surgir pequeñas corrientes a todo lo que parece ser mi organismo. Tragué con dificultad. Dije tragar. Siento. Comienzo a sentir de a poco. ¿Por qué no puedo ver nada más excepto este color frío y sin vida? Quiero vida. Pero vida es igual a dolor, y eso es exactamente lo que sigue. Por cada nervio que recorre mi cuerpo se forma un punto sensible y punzante.
Intento permanecer quieta para no forzar más la presión aguda que se propaga por mis extremidades. Hasta respirar se vuelve un acto doloroso.
Ciertamente. Respirar. Estaba respirando.
Pude percatarme de que mi cuerpo estaba recostado completamente y aquello que obstruía mi visión de los colores vivos, no era más que el techo de una sala de enfermería. Me arriesgué a levantar la cabeza, sintiendo el agarrotamiento de los músculos de mi cuello y sondeé rápidamente.
El tono neutral se terminó cuando divisé algunas paredes de madera y el suelo del mismo material. Algunos muebles, la puerta que estaba cerrada y una ventana por la que entraba vigorosa luz.
Mi cabeza se fue de golpe contra el almohadón al no resistir la fuerza que necesitaba para mantenerla alzada. Me contraje por completo al experimentar la sensación desagradable que eso me produjo y me acomodé en mi lugar.
No recordaba muy bien lo que había pasado. Tenía muchas inconsistencias en mi mente. ¿Había estado a punto de morir? Solo en eso podía pensar.
«Soy Mikasa Ackerman», vino de golpe a mí, como si tratara de comprobarme a mí misma que no había perdido la memoria. Quizás solo estaba confundida.
«Mi hermano adoptivo es Eren Jaeger. Mi mejor amigo es Armin Arlert».
Recordar sus nombres me provocó una clavada tortuosa que vino de la mano con un conjunto de imágenes fugaces y entrelazadas sobre lo que había sucedido… Una expedición. Y traté de salvarlos. ¿Pude? Mi corazón comenzó a bombear con desesperación y desasosiego, provocándome una desesperación inmensa.
No había nadie cerca. La sala estaba vacía y tampoco se oían voces próximas. ¿Cómo saber si estaban vivos aún? Podía haberme golpeado y accidentado de muerte, pero algo que no podía erradicarse de mí, era la porfía y la sobreprotección que le daba a mis seres queridos.
Ellos no podían haber muerto. Tenía que salir a comprobar que estuviesen bien. ¿Y cómo salir?
Me moví en la cama, comprobando mi estado físico, y me di cuenta de que no era mejor que el de un huevo quebrado. Me dolía todo, desde la punta del cabello a los pies, si así pudiera decirlo. Me sentía afiebrada y decaída, pero aquello no era impedimento para querer ver a Eren y Armin. Tenía que verlos, tocarlos, olerlos. No iba a quedarme sentada, aunque tuviese que quebrarme las piernas para llegar a ellos.
Tiré las sábanas con arrebato y me senté en la orilla de la cama, apretando los ojos para sobrellevar el mareo de mejor manera. Sentía mucha fatiga y sed. El cuerpo me temblaba completo, obstaculizándome el poder ponerme de pie y caminar correctamente.
Tuve que apoyarme en la cama para avanzar un par de pasos, los que no me llevaron muy lejos. No podía sostenerme sobre mis piernas, y eso generaba más ansiedad en mí, porque lo único que quería era salir de ahí y encontrarme con alguien que me dijera que mis cercanos estaban sanos y salvos.
Resbalé muchas veces y enterré los dedos en el colchón para afirmarme bien. No iba a rendirme tan fácilmente.
Me impulsé a la fuerza contra la puerta, pero solo logré chocar, golpeándome sin ningún tino y empeorándolo todo. Me admiré mejor esta vez, y noté que traía puesto un camisón blanco que me tapaba las rodillas. La parte de mis pantorrillas que era visible estaba cubierta por manchones amoratados, oscuros y verdosos en algunas partes. Me asemejaba a una fruta magullada.
Abrí la puerta sin preámbulos y salí del enclaustro, del que no tenía idea, ni mayor conocimiento de cuánto tiempo llevaba ahí. Me demoré más que un par de minutos para poder atisbar en ambas direcciones del pasillo. ¡Cómo dolía! No me encontré con nadie que merodease la zona, así que escogí el lado derecho y avancé con un caminar atrofiado, de piernas endebles, rozando las paredes para llegar a un destino. El que fuese.
Iba ensimismada en mi desesperación y angustia, cuando vi a alguien frente a mí. Un tipo de buen físico, aunque no mucha estatura, cabello oscuro y ojos azules. Su presencia me robó la respiración, las fuerzas, y fui a parar contra el suelo con brusquedad.
El tipo corrió en mi ayuda y me tomó entre sus brazos, retándome y refunfuñando.
«Mi persona especial».
Y un calor reconfortante bajó por mi médula. No me había olvidado de nada. Solo estaba confundida.
Me sentía tan acabada, que no protesté cuando me cargó de vuelta al cuarto en el que había estado antes. Me llevó a la cama de inmediato, acomodándome y arropándome. Se quedó con las manos en la cintura, mirándome con desaprobación y gran molestia.
―¿Se puede saber qué mierda intentabas hacer? ―exclamó con el rostro arrugado por el enojo y sus cejas a punto de tocarse.
―Levi ―mi voz no se equiparaba en nada a la suya. Apenas soltaba el aire―. ¿Armin? ¿Eren? ―susurré, sintiendo un nudo de frustración en el estómago al verme tan reducida.
―Están bien ―rezongó―. Han descansado y comido suficiente. Ahora les toca almorzar. Están bien rechonchos y bien mocosos, como siempre ―dijo sin mayor interés.
―¿Por qué estás tan molesto? ―indagué curiosa y jadeante por el sobresfuerzo que había realizado.
―¡Llevas una semana dormida! ―perdió un poco los cabales, para retomar la compostura en el acto―. He pensado lo peor ―hizo una pausa larga―… y ahora te encuentro caminando por el pasillo como si nada. Mocosa estúpida. Pudiste haberte golpeado la cabeza.
―No me conocen por quedarme siempre sentada, sin hacer nada ―comenté, logrando que enarcara una ceja, molesto. No tenía tiempo para discusiones, no me sentía bien―. ¿Qué fue lo que sucedió? ―pregunté, incapaz de hacer memoria, y mirando a todos lados.
―Al final de la expedición, cuando nos proponíamos volver, nos atacó un titán anormal. Estabas tratando de luchar contra él sola, sin refuerzos, y logró acomodarte un buen azote contra el suelo. Por poco, mueres ―dijo lo último casi en un susurro. No esperó respuesta de mi parte y caminó hacia la puerta para retirarse.
―¿A dónde vas? ―exigí. Acababa de verlo y ya se iba.
―A buscar un médico, evidentemente ―sonó mordaz.
Lo vi desaparecer tras la puerta de madera que se cerró con fuerza.
Me llevé las manos al rostro para refregarme la piel. Me sentía embrollada en una situación tan confusa y nueva para mí. No recordaba haberme accidentado tan gravemente con anterioridad. Además, había sido en medio de una batalla, y era un poco entendible en cierta medida. ¿Acaso estaba tan enceguecida para no haberme percatado del ataque del titán? Al parecer sí, y eso me asustó. Haciendo un análisis rápido sobre aquello, mi energía tenía arranques breves que me dejaban indefensa al cabo de unos minutos. Sentí curiosidad y tuve la sensación de que aún tenía que aprender cosas de mi misma y, por cierto, tenía que aprender a controlarme.
Al cabo de un rato, llegó un médico y su asistente a revisarme por todos los rincones. Parecían contentos por verme despierta. Según parecía, habían perdido las esperanzas de verme despertar. Sé que no todos se reponen de la caída que yo sufrí, sé que muchos mueren en las mismas condiciones, sin embargo, allí me encontraba yo, con cara de hastío, fulminando a los personajes que me daban vueltas de un lado a otro, como a un pavo relleno.
Cuando se convencieron de que milagrosamente me encontraba bien, me dejaron sentada en la cama, apoyada sobre grandes cojines y a la espera de mi almuerzo. Eso fue lo único que les celebré, porque apenas se fueron y la habitación volvió a la calma, oí a mi estómago rugir insistente. Me sentía al borde de la inanición. Así que esperé pacientemente a la enfermera que traería la anhelada comida.
Y así fue que, unos minutos más tarde, mi enfermera Levi entró por la puerta con una bandeja ancha cubierta por un pequeño mantel, repleta de cosas. Al parecer, almorzaría conmigo.
Al lado de la cama, habían situado una mesita y bancas. Aún no recibía visitas, pero esperaba ansiosa por ver a los chicos y, a pesar de que hace muchos años me había hecho la idea de que podían morir en cualquier momento, no podía negar el apego que sentía por ellos. Compartíamos los día a día juntos, no era tan simple de ignorar. Además, por sobre todos ellos, quería ver a Armin y a Eren. Lo necesitaba.
Levi había traído consigo dos recipientes de estofado de verduras, dos platos con un trozo de ternera en salsa de tomate, panes calientes, queso, té y manzanas. Era tanta comida, pero estaba segura de que iba a comérmelo todo, y si él no me frenaba, iba a comerme su porción también, sobre todo la ternera. A la mayoría de los soldados no nos daban carne, así que supuse que este ofrecimiento era algo que provenía de sus influencias.
Almorzamos juntos, en silencio, y por poco pedí un deseo al cielo tras darme cuenta de que esa era la primera vez que veía a Levi comer. Era muy minucioso, comía lento y casi con elegancia, observando con cautela cada ingrediente de la comida. La limpieza iba más allá de los inmuebles. A diferencia mía, por supuesto, que por poco iba a terminar acabando con los cubiertos y los recipientes. Tenía demasiada hambre.
Para la tarde, me dieron mi diagnóstico: severas contusiones por todo mi cuerpo que, para mi suerte, no terminaron en fracturas. La más complicada se encontraba en mi rodilla. Eran contusiones directas en la cara anterior de la articulación, lo que me provocaba el intenso dolor y la limitación de mi funcionamiento cotidiano. Entendí por qué no podía mantenerme de pie tan fácilmente.
Aquello había sido producido por el traumatismo violento, es decir, el golpe contra el suelo. Una vez confirmado el problema, me extendieron un tratamiento que exigía reposo absoluto de la articulación, vendaje elástico para mi rodilla, la aplicación de calor en la zona afectada y algunas medicinas para el dolor y la cicatrización de otras heridas. Eso fue lo que Armin logró traducir para mí. Había pasado a verme luego del almuerzo y la habitación estéril y sin vida se llenó del calor de Eren, Armin, Sasha, Connie, Jean, Christa e Ymir, quien, en realidad, solo estaba acompañando a Christa. Había pasado una semana, y aún todos se veían terribles… pero vivos. Y eso era lo que importaba.
Lo peor de todo mi diagnóstico fue cuando me informaron que el proceso de curación duraba por lo menos entre diez a quince días. Adiós entrenamiento y rutinas por dos semanas. Luego de eso, podía volver a mis actividades frecuentes, pero sin dejar de lado los requerimientos médicos. Por supuesto, todos estaban muy dispuestos a ayudarme, mientras yo maldecía internamente, porque odiaba que me ayudasen. Creía que podía hacerlo todo yo sola y no me equivocaba, la mayor parte del tiempo me las arreglaba así. La ayuda de terceros me entorpecía y estaba segura de que podía demostrar que lograría reponerme sola. No los necesitaba sobre mí todo el tiempo como si yo fuese una pobre criatura. Me bastaba con saber que vivían y que estaban bien.
La primera semana se volvió tediosa, porque tuve que permanecer en la enfermería y con los médicos sobre mí todo el tiempo para que pudieran estar al tanto de mi avance. Procuraban que estuviese en buenas condiciones antes de firmar mi alta. Cualquier error podría resultar comprometedor para mi salud y mis superiores insistían que se tuviera total atención conmigo por el valor que suponía para las tropas.
Durante ese tiempo, recibí visitas todos los días, de los chicos. Sabían que me aburría en la enfermería, la que no tenía mayor decoración, ni menos suponía un lugar de entretenimiento, para nadie. Armin, incluso, me había llevado algunos libros para pasar el tiempo, y resultó que estaba tan hambrienta de actividades, que los leí todos como tres veces cada uno.
Levi fue el protagonista principal de mi recuperación. Estaba de pie al lado de los médicos cuando me notificaban mis avances y cuando había que darme medicinas, corría al pueblo para buscarlas por mí. Inclusive, terminaba arrastrando a Hange cuando había algo que no conocía demasiado bien.
Los masajes que tenían que hacerse en mi articulación, los hacía él. Como si a mí me preocupara que alguien más me tocase, menos si era con fines médicos. Pero ahí estaba él, con las mangas arremangadas, totalmente concentrado, presionando las compresas calientes contra mi rodilla. Finalmente, aplicaba ungüentos, unos que tenían un olor muy fuerte, y me envolvía la pierna con las bandas elásticas.
No pasé por alto su preocupación. No pude. Si bien no me visitaba todos los días, y nuestros encuentros eran a causa de los masajes y curaciones, podía sentir cuánto de su esfuerzo estaba poniendo para que mi salud volviese a estar del todo bien. Se sentía extraño y no era que estuviese disconforme, pero, aunque hubiese aceptado tener una relación con él, seguía siendo un misterio el interés que ponía en mí. Él nunca se había interesado por nada, ni por nadie de una manera que no fuese profesional. Siempre había sido tan apático y cerrado, negándole a todo aquel que se le acercara la posibilidad de entablar un diálogo ameno. Y ahora estaba poniendo todo de sí en mi recuperación. ¿Tanto significaba yo para él? ¿Por qué?
«Hace un año».
Otro recuerdo vino a mi mente de manera fugaz, clavándome el cráneo con un martilleo insoportable.
Hace un año, Levi se había fijado en mí. Pero, ¿por qué? Y una nueva incógnita que no había logrado contestar, ni siquiera con mi entrevista a Hange, apareció en mi repertorio de cuestionamientos.
«No es bueno pensar en esto ahora», me reté a mí misma, sabiendo que mi estado no era el mejor.
Al final de la primera semana, me dieron el alta. Ese día Armin me fue a buscar a la sala de enfermería. Estaba sentada en la cama, vestida con una camisa blanca y una falda tono rosáceo. Armin me ayudó a acomodarme los botines cafés, mientras yo luchaba forzosamente para inclinarme un poco hacia adelante. La espalda era algo que no dejaba de dolerme, no importaba qué.
Toqué la tela de mi ropa, intentando recordar cuando había sido la última vez que había vestido de esa forma. Había perdido el recuerdo de usar ropa del día a día, luego de pasar mucho tiempo utilizando uniforme o ropa cómoda para entrenar. Por otro lado, estaba obligada a usar falda para no provocar ningún tipo de presión en mi rodilla.
―Armin ―comenté, luego que terminase de acomodarme el calzado. Se incorporó y alzó las cejas para ponerme atención―, solo he causado preocupaciones. Lo siento.
Sonrió adoloridamente y asintió.
―Sí, pero me salvaste la vida, y la de Sasha. Tal vez, no todo salió bien al final, pero no de ser por ti, no estaríamos acá de vuelta ―puso su mano en mi hombro para darme una caricia leve―. Además, un error lo comete cualquiera. Errar es humano.
Armin siempre repetía esa frase cuando algo no nos salía bien. La había sacado de uno de sus libros más antiguos, y funcionaba muy bien cuando los días no eran los mejores.
―Vi a alguien correr en mi ayuda antes de que me desmayase, ¿quién fue? ―averigüé con real curiosidad. No me había olvidado de esa imagen.
―Yo fui ―comentó, agachando la cabeza―. Sabía que nadie iba a dejar de luchar por ir en tu ayuda, así que lo hice yo.
―Corriste con tu pierna herida ―le tomé la mano que estaba en mi hombro―. Armin, ¿sabes que te debo más que mi vida? ―me sentí mezquina, miserable.
Le debía tanto que ya no sabía qué hacer para pagarle todo lo que había hecho por mí.
Armin soltó una risilla nerviosa y se rascó la cabeza.
―Siempre te digo que eres mi amiga. ¿Por qué habría de dejarte de lado? ―me echó una ojeada con una expresión cálida y familiar. Me alegraba estar de vuelta―. Aunque, luego de eso, y de que el capitán Levi terminase matando él solo al titán, muchos se acercaron a ayudar. Pero el capitán llegó para sostenerte y no soltarte más. Volvimos de inmediato luego de eso. Aparecieron titanes normales, pero no propusieron mayor desafío.
Escuchar a Armin hablar me dejó un poco descolocada.
―Levi se está exponiendo demasiado ―entristecí, bajando la mirada hasta mis manos que jugaban nerviosas sobre mi regazo.
―En lo absoluto ―se encogió de hombros―. Todos saben que el capitán se preocupa por sus soldados. Nadie ha hecho ningún comentario sobre lo ocurrido ―meneó la cabeza, negando, e intentando pensar si había oído algo parecido―. No, creo que no.
Tal vez, por mi propio bienestar mental, me obligué a quedarme tranquila con eso. Además, podía confiar totalmente en Armin. Él no me mentiría jamás.
Lo bueno del alta fue que pude volver a mi habitación y entrar en ella. Después de tanto tiempo, no fue menos extraño. El olor que aspiré luego de abrir la puerta me provocó una cosquilla de felicidad. Sentí como si esa sensación me hubiese llevado a algún recuerdo lejano y grato. Era tan familiar, era parte de mí. Incluso el aroma de Sasha en la habitación fue agradable. Tranquilizante.
Lo que no era tan bueno era que aún me quedaba una semana de reposo y, tal vez más, si luego de mi próximo control no había mejoras significativas. Al menos, habían decidido que el ejercicio sería esencial para mi recuperación o iba a entumírseme la pierna. Sin embargo, no eran la clase de ejercicios que me hubiese esperado. No iba a salir a correr por las mañanas, ni a patear sacos. Eran secuencias de ligeros movimientos que tenía que realizar con la ayuda de un tercero.
«Debí haberme muerto».
Pero tenía que dejar a un lado la altanería si quería recuperar mi vida normal. Asumí todo lo que se vendría para mí desde entonces, y me propuse seguir adelante con el mejor ánimo posible.
Durante algunos días, salí al terreno junto con Armin y Sasha para que me ayudasen a realizar los ejercicios que se me habían encomendado. Resultaron ser cosas como estirar la pierna, flectar la pierna, estirar la pierna, flectar la pierna, y así hasta que el dolor me avisara que era suficiente. También, podía sentarme y hacer algo similar a columpiar las piernas, sin agitarme demasiado. En general, la mayoría de los ejercicios eran de flexión y estiramiento, solo que en distintas posiciones. Entendí que ese era el motivo por el que necesitaba la ayuda de alguien más.
Pasé toda esa última semana comiendo sano, hidratándome mucho y cumpliendo al pie de la letra con mi medicación. Todo el esfuerzo del mundo para que me dijeran que iba a tener que esperar un poco más para poder recuperarme de la rodilla. Si bien todo el resto de mi cuerpo parecía estar en perfectas condiciones, la maldita rodilla no tenía intenciones de mejorar.
Eso me deprimió infinitamente. Aquel día de visita al médico lo hice en compañía de Eren, que, desde hacía unos días, traía un comportamiento extraño e insistía en querer acercarse a mí. No era molesto, para nada, pero era raro viniendo de él. Él, que nunca quería pasar tiempo conmigo porque lo hostigaba, ahora me buscaba y quería estar al tanto de mi condición.
«Tal vez, porque estuviste a punto de morir, sonsa».
Eren podía ser muchas cosas, pero no un desalmado que hubiese pasado por alto mi muerte. Así que concluí que, probablemente, estuviese preocupado por mí, y quería ayudar.
No lo hizo mucho, en realidad. Solo calló mientras volvíamos al castillo, luego de ver mi cara de funeral y sentir la tensión de mi silencio tajante. No tuve mucho que decir. Me sentía débil, y ese sentimiento en mí era como sal en una herida. Tampoco esperaba que Eren tuviese la astucia de darme un consejo o palabra de aliento y, en todo caso, agradecí que no lo hiciera, porque quizás con su poco tino lo hubiese empeorado. Me valí de su presencia allí para no derrumbarme. No estaba sola y eso me alentó de alguna manera.
Terminaron mis dos semanas de reposo obligatorio y aunque seguí bajo la prescripción de los médicos, al menos, podía moverme por el castillo y no morirme de aburrimiento. Me paseaba por los pasillos y me daban tareas ligeras para que el estrés no me hiciera matarlos a todos. Podía ayudar en la cocina de vez en cuando, cepillar ―solo cepillar― los caballos, barrer los comedores, trasladar reportes que llegaban desde la ciudad ―los traía el encomendado y yo los llevaba a las oficinas, porque no podía ir más lejos que eso―, y, por cierto, también podía dedicarme a mis tediosos y monótonos ejercicios.
Durante todos esos días de ajetreo médico, ejercicios y tareas simples, sentí una extraña sensación en mi estómago. Una sensación quisquillosa y anhelosa de algo que no podía percibir en primera instancia. Sentía que algo faltaba en medio de todo eso y que, probablemente, aquello me hubiese dado más ánimo que nunca. Sin embargo, últimamente, me encontraba abstenida de ese algo y mi organismo comenzaba a reclamarlo.
Jamás creí que algo como eso pudiese ocurrirme a mí: extrañaba. Ese era el problema, echaba de menos, extrañaba a Levi. Y ese sentimiento era tan desagradable, como gustoso. Similar a una sensación agridulce.
Por supuesto que quería estar con él. Ya no era el enano insoportable, ni tampoco el capitán (al menos, en la soledad), ahora era…
Solté un largo suspiro al pensar en eso. Me costaba enunciar esas palabras. Sonaban inverosímiles: pareja, novio… No sé qué otra palabra se usaba para describir una relación sentimental, pero ninguna de ellas me hacía sentir conforme. «Pareja» me hacía pensar en un par de zapatos, y «novio» me sonaba a matrimonio, demasiado formal para nuestra breve historia que empezaba a tomar más forma que antes. Entonces, ¿cómo?
Un vago recuerdo de mi infancia vino a mí:
Un día, antes de la cena, papá sostenía unos papeles en sus manos. Yo ayudaba a mamá a poner la mesa, mientras él se mostraba molesto ante el papeleo.
―¿Qué sucede? ―preguntaba mamá, sin quitarle la vista de encima.
―Odio este papeleo. Jaeger siempre con sus asuntos ―reclamaba―.Además, odio estos títulos: esposa, cónyuge; son tan fríos. Tú no eres eso.
Mamá se detuvo a verlo con preocupación.
―¿Qué dices?
Él le sonrió,
―Tú eres mi amor.
«¿Amor?».
¡Imposible!
Me sonrojé y sentí hervir mi cara y mis orejas. Era demasiado pronto para algo como eso. Mis padres se amaron durante mucho tiempo y habían construido una familia. Era distinto, era otra historia. No podía comparar.
Levi era su nombre y así se quedaba. Ponerles nombre a las cosas era una actitud lingüística instintiva de los seres humanos. No iba a forzarme a hacerlo con mi vida. Tal vez, tenía que dejar para después pensamientos de ese tipo. Lo único que permaneció en mi mente, luego de eso, fue que aún lo extrañaba.
Un día, al caer la noche, me paseé por la cocina, intentando distraerme. Pronto iba a ser hora de cenar y se podía oler en el aire la comida recién preparada. Algunas soldados de un escuadrón novato se movían de un lado a otro para terminar pronto con la comida, comenzar a servir, y así hacer el llamado para el resto.
―Está lista la cena del capitán Levi― le oí decir a una. Enunciado que llamó totalmente mi atención.
―Alguien debe llevárselo. Estará ocupado el resto de la noche ―dijo otra.
Vi cómo en los ojos de las más jóvenes hubo un destello de luz y esperanza. Luego, se miraron entre todas con recelo y desdén, casi peleándose la bandeja que estaba sobre la mesa lista para llegar a destino. Sabía que muchas chicas iban tras él, pero, por primera vez, me molestó infinitamente.
Petra apareció en escena, con su sonrisa de hada, para calmar el nerviosismo de las chicas que parecían pelearse con dientes y garras el reparto a la habitación. Petra tenía un aura cristalina y suave. Su presencia no era molesta, como la de algunas personas. Tenía una simpatía única, aún a pesar de ser una soldado aguerrida y que sacaba a relucir un genio duro en momentos difíciles. Pero, justo ahí, era amable y alegre con las demás.
―Se acabó la discusión ―les sonrió―. Me lo llevo yo ―las demás chicas corrieron a sus puestos de trabajo, haciéndose las desentendidas, y volvieron a concentrarse en lo que les concernía.
Sin embargo, yo me quedé viendo a Petra con el disgusto empalagado en mi boca y sin ningún deseo de seguir contemplando esa escena.
¿Qué pasaba? Me sentí extraña, pero no supe por qué. Me encogí de hombros y tomé la bandeja con seguridad, dispuesta a ser yo quien se la llevara. Me acerqué de golpe a la mesa y tomé la bandeja con determinación.
―¡Mikasa! ―se sorprendió, y luego insistió con su rostro contento―. Está bien. Espero que no te moleste ―se encogió de hombros y sonrió divertida.
―No es nada.
Yo no tenía el talento del carisma, ni tampoco había intentado practicarlo alguna vez en mi vida, por lo que mi voz no fue muy cordial con ella. No por gusto, yo no tenía otra forma de ser. Hasta Sasha había aprendido, en algún punto, a tratar con mi personalidad hosca. Al principio, se hería fácilmente, ahora hasta me gastaba bromas.
No tenía mayor interés en quedarme en la cocina, así que, con la bandeja en manos, salí apresuradamente del lugar, ignorando cualquier comentario que pudiese hacerse a mil espaldas. Tal vez, no dijeron nada, tal vez sí. Daba igual. Usualmente, se hacían comentarios entre los demás sobre mi mal genio y eso para mí era una costumbre.
Caminé en paz hacia la habitación de Levi, mirando el escuálido contenido de la bandeja. Un trozo de carne bastante mísero a mi criterio y papas cocidas en cubos. Todo acompañado por una taza de té y una rodaja de pan. Una rodaja… Fruncí el ceño ante tal disparate de cena y me pregunté por qué le daban tan poca comida.
Llegué hasta la puerta de su cuarto y traté de equilibrar la bandeja con una mano, para golpear con la otra. Tres toquecitos breves y obtuve respuesta.
―Está abierto ―escuché su voz y se me apretó el estómago.
Solo él tenía la capacidad de ponerme los nervios de punta.
Empujé la puerta con mi cuerpo, entrando en reversa hasta alinearme y avanzar derecha.
―Su cena ―hablé en voz alta y firme con la bandeja en manos.
―¿Así que me traes la cena? ―volvió la vista a sus asuntos, luego de encontrarse con mi figura en el umbral.
Había luz escasa, una que emanaba de unas cuantas velas encendidas. Levi estaba sentado, dispuesto en su escritorio, rellenando y rellenando reportes. Lotes de un tamaño no menor se hallaban regados por todo el mesón. Iba a estar muy ocupado.
Se quedó escribiendo, con la vista pegada en la hoja, y sin distraer su atención de su trabajo. En ese momento, pude ver que tomaba la pluma de una forma muy peculiar y que su letra era muy bonita. Un garabato ilegible, pero bonita. Cursiva.
Dejé la bandeja a un costado del mesón que no estaba ocupado con nada. Divisé una silla que estaba allí y la tomé para sentarme cerca de él, a un costado del escritorio. No parecía inquieto con mi presencia. Estaba totalmente inserto en su tarea. Tanto que me molestó. Estaba esperando que me dijese algo, pero no hubo caso. Así que tuve que tomar la iniciativa de hablarle yo, sacándole provecho a la instancia, toqué el tema que me traía curiosa.
―¿Por qué tan poca comida? ―indagué, posando mi mirada sobre su rostro, logrando que espabilara un poco.
Miró la bandeja unos segundos y siguió escribiendo.
―No puedo comer de noche ―soltó sin más.
―¿Por qué? ―insistí.
No era que saberlo fuese un acto de vida o muerte, pero sucedía que tenía ganas de pasar tiempo con él y esa era mi tonta excusa. Preguntarle algo que no me incumbía.
Paró su puño en seco y devolvió la pluma al tintero. Descansó su espalda en el respaldo de la silla y me contempló con su expresión indiferente en silencio. Eso provocó que le diera una mirada más capciosa, entonces, noté que llevaba puesta ropa casual: una camiseta de manga larga y pantalones oscuros.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó de golpe sin ninguna sutileza.
No se podía esperar que él fuese sutil, pero no tenía que ser así conmigo.
―Si te molesta, me retiro ―me puse de pie de inmediato para salir de ahí, pero me tomó la mano en el acto, dándome un tirón para que me volviese a sentar.
Bufé, fastidiada.
―Pensé que estabas tomando reposo ―se corrigió, pero sin dejar el tono oscuro y grave.
―Estoy aburrida de tomar reposo ―mascullé.
―Así que vienes a verme porque estás aburrida ―no parecía triste ni molesto por eso, pero aproveché ese reproche para seguir el juego.
Removí un poco la bandeja sobre el mesón, dejando un espacio para acomodar mis brazos y mi cabeza sobre estos. Desde ese ángulo lo miré intensamente, con travesura, pero manteniendo mi expresión asesina. Y supe que con eso lo tenía en mi poder.
―Estoy aquí porque quería verte ―enuncié en tono amenazante, pero atrayente.
Soltó un suspiro con los labios entreabiertos y relajó los hombros. No lo pensó mucho y se retiró del escritorio, poniéndose de pie. Caminó hasta un costado de su cama y se quitó la camiseta. Me quedé un poco perpleja ante su reacción, pero mentiría si dijese que no contemplé su musculatura fornida y fuerte, con una curva bien delineada, y unos agujeros en la base de su espalda muy tenues y agradables a la vista.
Se recostó sobre su cama, gruñendo y acomodándose. Me quedé en la silla expectante hasta que se me erizó toda la piel cuando me llamó. Caminé hasta su lado sin tapujos y me senté en el borde de la cama. Me dediqué a observarlo mientras esperaba respuestas.
―Estoy cansado ―entrecerró los ojos y habló con suavidad.
―Lo sé ―le toqué la frente con mi mano fría―. Casi no te he visto ―asentí algo triste―. ¿Hay muchos problemas con la corte? ―indagué.
―Muchos. Y no con Eren, precisamente ―bufó.
Se veía ofuscado a causa de esos problemas. Él y Erwin siempre eran los principales responsables de todo lo que sucedía. Entendía el peso que debía cargar en sus hombros. Sentí mucha compasión por todo el esfuerzo que ponía para que todo saliera bien.
Asentí en silencio, mientras me acomodaba un mechón de cabello tras la oreja.
―Tómate un respiro ―le sugerí al verlo tan contrariado.
Se sentó en la cama y me rodeó con sus brazos.
―Entonces, dame ese respiro ―susurró en mi oído y sentí cómo me derretía con esas palabras.
Me estremecí, pero le seguí el juego. De todas formas, yo también lo esperaba.
A tientas, y un poco entorpecida por la poca fuerza que tenía, me incorporé sobre su cuerpo. Él me ayudó, sosteniéndome con sus manos, y me hizo bajar lentamente hasta que mi cuerpo quedó sobre el suyo, descansando.
La noche estaba fría, quieta. Pero Levi estaba cálido, y su corazón saltaba lleno de energía en mi oído.
La necesidad ansiosa que había estado torturándome comenzó a sanarse, pero no se terminó. Traté de entender por qué me hacía tan bien, por qué terminaba necesitándolo y queriendo estar a su lado, ¿qué era él para mí?, y pude llegar a una conclusión bastante certera.
La vida encuentra una forma de equilibrio que se forja en relaciones antónimas. La vida existe por el vínculo de cosas opuestas. La vida existe por el calor y por el frío que le contiene. Existe por la oscuridad para el descanso y por la luz para el despertar. Antagónicos entre sí, ambos necesarios. No puede existir el uno sin el otro. En ese punto intermedio de incompatibilidad, me encuentro junto a Levi. Desiguales e inseparables. Juntos éramos ese equilibrio.
Por eso lo necesitaba. Por eso, él me necesitaba. No podía entenderlo antes, pero, a su lado, mi mente se abrió a todo horizonte posible. Comencé a ver las cosas de distinta manera.
Entre sus brazos, me encontraba gélida, pero poco a poco su calor comenzó a derretirme, envolviéndome como si me traspasara su energía vital. Respiré su olor, absorbí su calor, sentí su suavidad, estaba rodeada e inmersa en él, y no quería que terminara. Había encontrado en él las mismas absurdas debilidades que yo tenía escondidas. Los soldados más fuertes de la humanidad tenían secretos que solo podían comprender ellos mismos.
Su respiración tranquila y quieta lograba calmar todos mis sentidos que no descansaban de estar en alerta, pero que, entonces, tenían toda su atención en él. Nada calmaba más a la bestia que oír a Levi respirar. Y, aunque hubiese sido yo la que había estado en peligro, no había nada que me aterrase más que el corazón que hacía resonar su palpitar en mi oído se detuviera.
Sabía que mi cuerpo era más pesado que el suyo, pero sabía también que Levi no era débil y que podía sostenerme. Sentía cómo mi cuerpo subía y bajaba con el ritmo de su respiración pausada y dócil. El silencio no era incómodo, era dulce, como las caricias de sus manos sobre mi espalda. Las yemas de sus dedos trazaban caminos imaginarios sobre la tela, haciéndome adivinar qué línea va a dibujar con cada toque.
Levi parecía estar meditando. Tenía los ojos cerrados y estaba concentrado en mi presencia. También hacía yo lo mismo, deleitándome con los latidos de su corazón. Podía sentirlo al colocar mi mano sobre su pecho. No le pertenecía a nadie más. Solo era la coexistencia de nuestros pulsos, suyo y mío. Esa era nuestra más absoluta verdad. La respuesta.
Y no cambiaba eso por nada. No deseaba estar en ningún otro lugar, ni con ninguna otra persona, no quería otra vida. Solo estar justo ahí, en la paz de su existencia.
Luego de pasarme minutos sobre su cuerpo, sentí algo que se encendió dentro de mí y que no podía explicar. Sucedió tan repentinamente, que no me dio tiempo de meditar bien mi actuar. El instinto me guio en cada movimiento.
Me incorporé sobre mis manos para mirar a Levi. Sus ojos eran los mismos, frívolos, pero ahora me contemplaban con un deje de incontinencia. Nunca antes había estado en una situación igual, pero no era tan ingenua para no darme cuenta de ello…
Bajé mi rostro con cuidado hasta llegar a su estómago y deslicé mis labios por sus abdominales perfectos, tibios y suaves. Me había encantado besar cada pequeño cuadradito de músculo perfectamente definido, y a él también. Lo deduje al ver cómo su piel se erizaba al sentir mi aliento. La luz de la luna llena me permitía percibir esos detalles tan genuinos.
Devolví mi mirada hacia su rostro y me encontré con su expresión de embeleso. Tenía los labios entreabiertos, mientras respiraba tranquilamente, sin dejar de observarme con su expresión misteriosa, perversa y única.
Subí hasta su rostro y me senté a horcajadas sobre su cuerpo. No tenía valor moral ni racional a esas alturas. Actué sin pensar, sin permitirle a mi consciencia lanzarme cuestionamientos de lo que estaba haciendo, no me importaba en lo absoluto. Además, el hombre que yacía bajo mi cuerpo tampoco me dio espacio para pensar en qué estaba bien y qué no.
Me acerqué a su rostro, sintiendo su halito febril sobre mi boca ansiosa por besarlo, pero corrompí mis anhelos, y me retracté jugando un poco. Sentí cómo una de sus manos tomó mi cara. Su pulgar me acarició, paseándose por mis labios, mandíbula, hasta mi lóbulo y el resto de sus dedos rozaron mi nuca. Siguió acariciando mi cuello, bajando lentamente por mi clavícula hasta descansar su palma sobre mi pecho. Sus yemas se deslizaron entre las protuberancias de mis pequeños senos, soltando el botón de mi blusa en el camino.
Sentí su respiración volverse más cargada y tensa debajo de mi cuerpo. Lo sentí moverse, acomodándose, mientras me sostenía de las caderas para que me estrechase más contra él, y eso me hizo perder la poca cordura que me quedaba.
Me incliné hasta su rostro y vi como mis mechones largos y lisos descansaron sobre sus mejillas. Mordí con cuidado su labio inferior y lo halé con mis dientes hasta que se resbaló. Sentí la cosquilla inquieta en mi estómago, pero esta vez no sucumbió allí, se trasladó a cada rincón de mi cuerpo, dejándome sensible y ansiosa.
Levi me tomó de la mandíbula con fuerza, sin llegar a hacerme daño, y me besó con los labios tan relajados, que sentí el arrastre de su caricia más cálida e invasiva de lo normal. Nuestras bocas se encontraron en toques suaves, pero agradables y no menos placenteros. Hasta que, luego de un rato, encajamos a la perfección, como solo nosotros podíamos hacer. Abrimos la boca al mismo tiempo y nos besamos con apetito. Sentí cómo me hundía en ese delirio. Mi cuerpo no estaba bien del todo, y yo estaba exigiéndole por sobre lo permitido.
Levi despegó su boca de la mía para depositar besos por todo mi rostro, mientras lo sostenía con ambas manos, las mismas que se deslizaron por mis hombros para despojarme de la camisa. Los botones le entorpecieron, por lo que me retraje, intentando ayudarlo con mis manos temblorosas, pero me detuvo, sosteniéndome de las muñecas y bajando mis brazos para dirigirse a mi pecho con su rostro. Con su boca comenzó a darle tirones a mi camisa para abrirla lentamente, botón a botón hasta que lo logró, dejándome solo con el sujetador, y terminó depositando besos en mi abdomen, robándome suspiros entrecortados.
Nunca me había sentido como me sentía en ese momento. Era extraño y agradable. Me sentía acalorada, me hervían las mejillas, y, por cada beso y caricia que Levi repartía sobre mí, sufría espasmos que terminaban en una dulce cosquilla en mi estómago. Me sentía inquieta, pero no incómoda. Era territorio desconocido y ajeno para mí, no sabía cómo reaccionar. Nunca le había permitido a nadie tocarme de esa forma. Levi era el primero.
Terminó sentado en la cama, conmigo sobre él, y me encerró completamente con uno de sus brazos para voltearme en un solo movimiento y dejarme, esta vez, a mí abajo. La pobre camisa salió expedida hacia algún lugar que no pude ver al estar con la mente en otro mundo. En ese mundo en que solo existíamos los dos.
Debajo de él, el calor se multiplicó el doble: el suyo y el mío, construyendo una llamarada que comenzaba a consumirme. Apoyó sus manos en mi cintura y las subió hasta mis costillas antes de llegar a mis senos. Arqueé la espalda efecto de sus caricias tan intensas sobre mi cuerpo inexplorado. No se atrevía a tocar más, y yo estaba enloqueciendo a causa de todas aquellas sensaciones nuevas para mí.
Continuó, deslizando sus manos, acariciando mis brazos que estaban estirados por sobre mi cabeza, y entrelazó sus manos con las mías, mientras me besaba con ese talento que, podía jurar, solo le pertenecía a él. Solté un gemido de lo más vergonzoso cuando la piel de mis senos recibió su suspiro. Besó mi pecho y subió hasta mi cuello, luego mi mandíbula y, finalmente, de nuevo se encontró con mi boca que entreabierta buscaba oxígeno. Me privó del aire y lo reemplazó por su aliento, y para mí, ese gesto fue infinitamente reconfortante.
Se reincorporó y se acomodó entre mis piernas. Desde esa perspectiva me deleité con sus pectorales y su abdomen. No dudé en llevar mis manos hasta su suave y firme piel que ardía. Lo tomé de la cintura para ascender hasta su rostro y seguir besándolo, pero entonces un mareo enorme me ganó y me llevó de vuelta contra la cama en un golpe no muy cómodo.
Me llevé ambas manos a la cara, apoyando la base de mi palma contra mis ojos, y soporté la clavada que me atacó sin piedad.
―¿Mikasa? ―indagó Levi, con un susurro forzoso a causa de su respiración agitada.
―Me dolió la cabeza ―exhalé con dificultad, tanto por el dolor como por las sensaciones que aún no se iban de mi cuerpo.
Levi siempre me dejaba tan susceptible a la sensorialidad.
―Necesitas descansar. Estás débil ―comentó, mientras se sentaba en el borde la cama.
No hubo decepción ni enojo en el tono de su voz. Simplemente, neutralidad.
―¡Pero! ―protesté, tratando de moverme sin mayor éxito.
―Hasta aquí está bien ―insistió con un gruñido leve.
―¡Levi! ―no iba a darme por vencida.
Se me acercó y me besó con delicadeza.
―Dije que hasta aquí está bien ―acarició mi rostro con su pulgar. Lo fulminé con la mirada manifestando mi reclamo, pero no cedió―. Eres una mocosa ―meneó la cabeza en negación―. Se supone que tengo que cuidarte.
Estaba armándome de fuerzas para patear su trasero, pero no pude. Definitivamente, estaba exhausta. Aún me dolía un poco la zona lumbar. Sabía que iba a costarme tiempo reponerme del todo.
Tampoco sabía qué quería en ese momento exactamente. ¿Qué estaba reclamándole a Levi? ¿Qué quería conseguir?... Me sentí confundida y me sonrojé ante mis pensamientos acelerados y dominados por el poder hormonal. Preferí omitir ese suceso, no lo que habíamos hecho, sino mis quejas, y me dispuse a obedecerle.
Recogió la camisa que había sido descartada con anterioridad, y la acomodó sobre mis hombros. La miré con desinterés y desprecio.
―¿Entonces? ―dije sin más.
―Tampoco quiero que te resfríes. Te traeré una manta ―se puso de pie y caminó hasta el armario para encontrar algunas mantas allí.
―¿No vas a dormir tú también? ―pregunté al ver que toda la atención estaba centrada en mí.
―Tengo que trabajar ―se encogió de hombros y miró hacia el mesón.
―Puedo ayudarte ―manifesté―. No te dejaría con todo ese papeleo insoportable toda la noche.
Volvió a mirar el mesón tras haber calificado como «insoportable» su labor.
―Déjalo así. No me falta tanto, he estado peor en otros días.
―Bueno. Pero dos trabajan mejor que uno ―además, así distraía mis pensamientos de lo que acababa de suceder.
Finalmente, aceptó, y nos quedamos gran parte de la noche rellenando reportes. Entre tanto, lo obligué a comerse la comida, orden que acató sin objeciones, y, al contrario de lo que creía, no hubo mayor problema como para que dijese que no podía comer de noche. Tal vez, eran cosas suyas, como sus rituales de limpieza.
Cuando terminamos, nos fuimos a dormir. Los más insomnes y noctámbulos lograron dormir esa noche y durmieron bien. Como cada vez que estaban juntos. Era la segunda vez que dormía con él, y a diferencia de la primera, no dormimos separados. Levi se quedó tumbado, de espaldas, y yo me acurruqué a su lado, curvándome y apoyando mi cabeza sobre sus costillas. Sus manos se quedaron jugando con mi cabello hasta que el cansancio me venció y no lo sentí más.
Con la última expedición, el caos se había desatado. La Corte Marcial nos acusó de fraude por la salida en la que se perdió el cuarenta por ciento de los pocos efectivos que habían salido. Tal y como yo lo había previsto, volvimos los mismos de siempre. Como si eso fuese poco, no habíamos llevado evidencia tangible que comprobaran las teorías que traíamos entre manos y peor aún, nuestras mismas teorías cavaban nuestra propia tumba al tenerse conocimiento de que salir de los muros ya no era factible. Comenzaba una nueva lucha contra los poderes reales para retomar las actividades de la legión.
Darius, un poco más condescendiente, aceptó la prórroga del comandante Erwin y les dio una oportunidad para entregar un informe completo y de grueso contenido sobre las hipótesis que teníamos y un número considerable de argumentos que las apoyaran. Sumado a eso, se pedía un adjunto del reporte de la expedición y, también, resúmenes de testimonios de los soldados que llegaron con vida. Todo eso tenía un plazo límite bastante amplio, así que ahí estaríamos encerrados hasta nuevo aviso. Y no sería hasta ese nuevo aviso que podríamos tomar las acciones necesarias para volver al sótano de la casa de Eren. Todo se había derrumbado por culpa de la última expedición, que para nosotros había sido un sacrificio que nos entregaba significativa información, pero que, para la Corte, había sido un fracaso catastrófico.
Así que, como soldados subordinados, no tuvimos más trabajo que volver a nuestras rutinas y empeñarnos en preparar el mejor testimonio que había existido jamás. Yo estaba dispuesta a conseguirle libros a Armin para poder inspirarme e idear un buen argumento con poder y que los dejase a todos atónitos. Y, al parecer, todos estábamos en la misma situación.
Respecto a mi salud, durante la tercera semana de mi recuperación, me permitieron trotar, pero de forma muy leve y por tramos de tiempo breve. Sasha, mi enfermera número dos, me acompañaba al terreno y me tomaba el tiempo, anotaba y, también, iba en mi ayuda cuando mi pierna no me permitía avanzar más. Por lo menos, me sentía mejor, porque comenzaba a sentirme más libre de hacer cosas. Iba a volverme loca sin hacer nada más que labores pequeñas.
Dentro de la Legión, las cosas no parecían ir muy bien. El ánimo de mis compañeros no parecía ser el mejor. Todos estaban preocupados y nerviosos por el dictamen de la Corte, sin embargo, Erwin acostumbrado ya a esos berrinches tan típicos, permanecía guardando la calma y preparándose para dar lo mejor de sí.
Luego de un largo día de entrenamiento y ejercicios, preciados ejercicios, llegó la hora de prepararse para la cena.
Me di un baño largo y reparador. Una vez que estuve en mi habitación, me vestí con pantalones, un poco cansada de llevar faldas todo el tiempo y, por otro lado, por el frío que amenazaba con venir esa noche. Si bien en primera instancia me habían pedido no llevar ropa ajustada, luego me recomendaron protegerme del frío o las contusiones dolerían más. Me puse una camiseta y un chaleco grueso. Me acomodé el colgante que no había usado desde la expedición y dejé la bufanda de Eren sobre la cama a mi lado. Trataba de acomodarme unos botines, cuando sentí que golpeaban la puerta.
―¡Adelante! ―autoricé, desdoblando los pliegues del zapato que habían quedado mal puestos.
La puerta se abrió tímidamente, dejando entrever una figura esbelta y temerosa. Seguí en lo mío, poniéndome el segundo zapato; la persona, al no ver mayor interés de mi parte, entró en el cuarto, cerrando la puerta detrás de sí.
―Mikasa ―murmuró, mientras se apoyaba en una pared con un hombro y me observaba ladeando el rostro.
―¿Qué sucede, Eren? ―enderecé la espalda al terminar con mis zapatos y descansé mis manos en mis rodillas.
Alcé la vista para mirarlo y esperar que me dijese porqué estaba ahí.
―Vine a conversar contigo antes de la cena. Ya sabes. Nunca hay tiempo ―parecía cabizbajo, pero serio.
―Sí ―dije a secas.
Seguí esperando más respuestas sin moverme de mi posición. Era apocalípticamente extraño verlo en mi habitación, y buscándome a mí, precisamente. No entendía muy bien de qué iba todo, pero fui paciente para darle espacio a comunicarse.
―¿Cómo estás? ―empezó con esa cláusula predeterminada para romper el hielo―. Digo, tu salud.
―Mejor ―no me sentía comunicativa en ese momento, sobre todo después de tantas cosas que habían sucedido con Eren y que habían quedado en el aire. Sin olvidar que me llamaba enormemente la atención que estuviese ahí.
Relajó sus hombros y acercó a mí. Mis músculos se tensaron como respuesta inmediata en defensiva a su acercamiento. Se arrodilló frente a mí y me observó con prudencia, esperando que mejorase mi semblante, pero no sucedió. Finalmente, suspiró y fue al grano para omitir silencios incómodos e innecesarios que solían ser pérdidas de tiempo.
―Lo siento ―salió de su boca. Subió la mirada para dar directo con la mía e insistió―. Lo siento mucho.
―Eren ―pegué un saltito a causa de la impresión―. ¿Qué…?
―Por todo. Lo siento por todo. Creo que no he reaccionado muy bien últimamente ―traté de interrumpirlo, de decir algo, pero no me lo permitió. Siguió hablando sin parar―. Tuviste que estar en peligro para que me diese cuenta de cuán importante eres. Soy un idiota por eso. Lo siento mucho, Mikasa ―se puso de pie―. Eres mi familia, mi amiga. Eres parte de mi vida. Yo quiero protegerte a ti y a Armin siempre, así que permanezcamos juntos, no importa qué.
Un momento… ¿Qué?
Sus palabras me dejaron sin aliento y mi corazón empezó a latir tan fuerte que por poco acaba saliéndose por mi boca. ¿Qué estaba diciéndome? Aquello que tanto había anhelado tiempo atrás... ¿Por qué ahora?
―Eren… ―susurré, perdiendo el aliento.
Tomó la bufanda que estaba en la cama y la sacudió. La sostuvo entre sus manos durante un par de minutos y, luego, me miró con una ligera sonrisa en el rostro.
«No. Por favor, no lo hagas», pensé, pero no fui capaz de emitir sonido alguno.
Me enrolló la bufanda en el cuello, arreglándola para que me diese calor y, como lo supuse, los recuerdos de infancia vinieron a mi mente, atacándome sin piedad, haciéndome doler cada fibra. Me ahogué en mis sentimientos, torturándome con la imagen en la que me veo aterrada, bajo la lluvia, sola y sin saber dónde ir. Eren me lleva consigo, me abriga con su bufanda y comparte su hogar. Me da una familia, una oportunidad de vivir.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas frías. Lo detuve de inmediato, sosteniéndole las muñecas que sujetaban los extremos de la bufanda ya puesta.
―Abrígate, hace mucho frío. Y no llores, te pones fea ―me retó, en broma―. Todo está bien ahora. Vamos a cenar.
No podía moverme. Aquello que antes había estado enterrado, salió a la luz a causa de sus palabras y de tan significativo gesto, como abrigarme nuevamente con esa misma bufanda que hacía tiempo no usaba.
Todas mis murallas se vinieron abajo y me quedé mirándolo sin saber qué hacer.
