Hola a todas!

Capi nuevo. Sí, a mí tb me da miedito Cora a veces.

Para mi querida hija whasapera que va un review atrasada;) y mi musa, para que sonreía :D

Gracias por leer y comentar. Y espero que os guste.

CAPÍTULO 10

Y yo, que he tenido cientos de corazones rodando entre mis manos, que he podido sentirlos, que he soñado con estrujarlos. Yo, que construí un muro para esconderme del mundo de mi alrededor y lo protegí con todo lo que tuve, con todo lo que pude para no sentir más dolor. Ahora yo quiero destruirlo, derrumbarlo, abrirlo para ti, que lo sepas todo, que lo veas todo, que me veas a mí. Que me conozcas, que me quieras, que me aceptes. Lo quiero todo aunque nada tenga. Llámame egoísta, llámame temeraria, pero con cada nuevo sonrojo te llevas un pedazo de mi alma.

SQ-

— Madre, ¿qué haces aquí tan pronto?

Mi cuerpo entero tembló ante la oscura e imponente visión de Cora Mills en la entrada de mi cuarto. Me esforzaba por controlarlo, como si ella fuera un animal y creyera que podría oler mi miedo. Pero, de alguna forma, realmente creía que lo hacía.

— Dímelo tú, hija querida. —Se acercó a mí caminando con sus lánguidos pasos que no predecían nada bueno. —Dime por qué he tenido que venir corriendo del club, en mitad de importantes reuniones, cuando un reputado miembro de nuestra selecta sociedad me ha informado de que habías faltado a las últimas horas de clase.

— Mmm… es que no me encontraba bien. Tengo el estómago algo revuelto, madre. Lo siento mucho. Debí haber aguantado más, pero no quería arriesgarme a contagiar a nadie. —Técnicamente no era falso, sentía el estómago extraño, aunque no fuese por virus alguno.

— Regina, Regina, Regina, tesoro mío, ¿aún no has aprendido que no debes mentir a tu pobre y querida madre? — Su mano se deslizó como una fría caricia sobre mis mejillas.

— No te miento madre…

— ¡Silencio! —La mano que descansaba en mis mejillas me apretó con fuerza, clavando sus uñas en mi tierna piel y estirando mi cuello hacia arriba. —No creas que no he escuchado los rumores sobre que andas en nueva compañía. ¿Quién es esa chica? —No podía saber de Emma, no podía.

— Nadie madre. No es nadie.

— ¿Qué he dicho sobre mentir, querida? —Me apretó incluso más fuerte. Nuestras narices prácticamente se rozaban y solo podía sentir sus uñas adentrándose en mi piel.

— Lo juro, madre. Solo nos mandaron hacer un trabajo juntas, el señor Gold —Añadí sabiendo que podría corroborar mi historia. —Yo prefería hacerlo sola, pero no me dejó más opción.

Mi explicación pareció calmarla y sentí el alivio instantáneo de la pérdida de sus dedos en mi rostro.

— Así me gusta, querida. — Sus manos, que antes me aprisionaban, pasaron a acariciar mi cabello. — Sabes que lo hago por tu bien, Regina. He escuchado los rumores sobre esa chica. La clase de persona de las que siempre he intentado protegerte, hija mía, a ella solo le interesa una cosa de ti y no es tu insulsa conversación, querida. —Y, por si quedaban alguna duda, su mirada se paseó por mis atributos femeninos.

— No, madre — dije escandalizada. — Ella no es así.

— Que la defiendas solo demuestra que eres una ingenua. Mírate, por qué ibas tú a gustarle a alguien. Tan anodina, tan callada, sin personalidad ni atractivo. Querida, se aburrirá de ti enseguida y entonces querrás volver corriendo a los brazos de tu madre con el corazón roto y hecho pedazos.

— Pero madre…—Quise protestar.

— O lo que es peor, quizás solo te use para conseguir dinero, ¿no lo has pensado? ¿Qué tienes tú que ofrecer si no es la fortuna de tu padre, Regina? Tan solo querrá engañarte, extorsionarte, aprovecharse de ti para costear sus horrendos vicios. Hazme caso Regina, madre sabe lo que te conviene.

No quería creer en las palabras de mi madre, pero, al mismo tiempo, no podía evitar que una parte de mí las escuchara. En el fondo, tenía razón. El tiempo y el mundo me lo habían demostrado, la gente no se acercaba a mí por amor.

— Con todo lo que he hecho por ti. —Continuó mi madre, ajena a mi turbulento corazón. —Yo, que sacrifiqué mis mejores años por ti, que di mi belleza, mi atractivo y soporté horas de dolor y sufrimiento para traerte a este mundo, ¿y así me lo pagas? Dejándote engañar por una vulgar muchacha que tan solo busca tu dinero.

Aquella revelación me hundió como una gigante losa que cayera sobre mi cabeza. Sintiendo mi cambio de ánimo, madre me acunó rodeándome con sus brazos.

— Oh, Regina, siento tanto tener que decirte estas cosas. —Susurró— Pero lo digo por tu bien. Sabes que solo quiero lo mejor para ti. Al fin y al cabo, ¿quién puede quererte más que te propia madre?

— Nadie, madre. —Acepté, dejando que el peso de aquel día arrasara lo que quedaba de mí.

— Así me gusta. Ahora, ponte a estudiar. ¿No queremos que algo tan tonto como esto afecte a tu rendimiento, verdad?

— No, madre.

— Bien, bien. —Ella se despegó de mí. Aunque ni siquiera extrañé su abrazo, era demasiado frío como para ser considerado real.

Dio unos pasos hacia la puerta. Yo seguía mirando al suelo, cuando volvió la mirada.

— Ah, y Regina, estarás unos días sin ir a clase y metida en tu cuarto. No queremos arriesgarnos a que tu malestar de hoy fuera contagioso, ¿cierto?

— Sí…madre. —Mi voz sonaba tan abatida como me sentía yo.

La puerta se cerró por fin. El ruido fue la señal que necesitaba mi cuerpo para dejar de sostener mi propio peso y caer al suelo de rodillas. Lágrimas que no quería derramar habían acudido a mí a traición.

Tendría que haber aprendido, ya tendría que haber aprendido. Pero era tan tentadora la idea de poder tener a alguien más en mi vida, algo más a parte de aquellas cuatro paredes que me asfixiaban. Era tan distinto poder hablar con alguien que me escuchara, que me protegiese, que se preocupara por mí.

Supongo que ya debería de haberme hecho a la idea de que la suerte no estaba de mi lado en asuntos de amor. Y era irónico porque era casi lo único que había deseado desde que era pequeña, sentirme amada, poder mirarme desde los ojos de otra persona y creer que era algo más que la hija trofeo y vacía que mi madre había hecho de mí. Pero hay deseos para los que ni siquiera la magia está preparada.

SQ

A los quince años, las chicas suelen dejar de creer en los cuentos de hadas y cambian las carrozas por coches; las aventuras por fiestas salvajes; los príncipes azules por los chicos más mayores. Imagino que mi ritmo siempre fue un poco distinto al del resto de personas de mi edad. Y, a los quince años, yo seguía suspirando por aquel amor verdadero que pudiera venir a rescatarme de mi torre.

Era una tarde de verano, aunque el viento traía consigo un frescor impropio para la época. Como hacía en cada minuto que podía robarle al tiempo, estaba asomada en mi balcón viendo mi manzano crecer y formar los frutos que estarían listos para cosechar en apenas un mes.

Quería ir con Rocinante, pero madre me había dicho que me necesitaría aquella tarde, así que no podía salir de casa. Ni siquiera me había molestado en preguntarle qué era lo que quería, no me lo habría dicho. Madre disfrutaba tanto reinando en mi vida como si fuera un títere en vez de una persona. Desearía poder escaparme, volar de allí, ser libre como los pájaros que sobrevolaban mi cabeza y a los que espiaba desde el suelo. Ser un ave y surcar las nubes buscando las formas más extrañas que no se pueden definir mirándolas solo desde la tierra.

Aunque lo que más me gustaba pensar, cuando miraba desde mi balcón, era la llegada de un príncipe a lomos de Rocinante, que llegara a por mí y cambiase mi vida. Últimamente, dicho caballero había tomado el rostro de Daniel. Y, quizás, él no había entrado en mi vida con la fuerza con la que a menudo había imaginado que lo haría mi alma gemela, quizás lo nuestro había sido sencillo, natural, sin que mis sentimientos se descontrolasen ni mi corazón palpitase, al principio. Pero había aprendido a palpitar. Había aprendido a aceptar sus palabras con una sonrisa y a aceptar sus caricias sin que mi cuerpo se tensase.

Quizás era todo a lo que podía aspirar tras una vida de vacío y emociones apagadas. Quizás, yo no estaba hecha para aquellos amores que llenaban las páginas de las novelas. Quizás, yo había nacido para escribirlas en vez de vivirlas y aquello era todo lo que me reservaba el Destino. Y sería suficiente, con tal de permitirme salir de aquel lugar y dejarme sentir algo, aunque fuese poco.

Regina. —Escuché la voz de madre y me moví al instante, respondiendo a su llamada.

¿Sí, madre?

Baja al salón, tenemos invitados.

Sí, madre.

Sabía que existían ciertas normas que debían respetarse cuando había invitados. Etiqueta, compostura y refinamiento. Así que me arreglé antes de unirme con mis padres en el salón.

Nunca había sentido especial curiosidad por ningún invitado de mi madre, aunque en aquella ocasión sí que me sorprendí al hallarme con dos personas: un caballero de calvicie prominente y barbas blancas y una chica de aproximadamente mi edad.

Regina, te presento al alcalde, Leopold Blanchard, y a su preciosa hija, Mary Margaret.

Encantada Respondí, prácticamente haciendo una reverencia.

Me he encontrado con nuestro querido Leopold en el club y me ha hablado de los deseos de su pequeña de aprender a cabalgar. Y, entonces, perdóname querida, pero no he podido evitar relatarle lo bien que se te da a ti la hípica. —Fue explicando madre con una brillante sonrisa, que solo sus más allegados sabrían decir que era falsa, y la mano en el pecho.

Oh, Cora querida, es completamente normal. ¿Qué padre no disfruta hablando de sus hijos?

Muy cierto, Leopold. Pues como decía, querida, entonces Leopold ha tenido una maravillosa idea y hemos concluido que tú serías la maestra ideal para la pequeña Mary Margaret.

¿Yo? Pregunté confundida. —Pero madre nunca he dado clases, no soy tan experimentada como para…

Bobadas, hija mía Me cortó con fuego en la mirada—No seas tan modesta. Ya le he hablado a Leopold de tu talento. Serás su instructora, está decidido.

Los ojos de mi madre me decían, sin demasiada sutilidad, que tan solo podía aceptar.

Por supuesto, será un auténtico placer enseñarte Mary Margaret.

Leopold y su hija todavía permanecieron unos minutos más en casa hasta que terminaron su té.

Habiéndose despedido y marchado, volví mi mirada hacia madre.

Creía que odiábamos a los Blanchard, madre.

Oh, pero hija, ya sabes lo que dicen: mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos, todavía más. Este acercamiento será provechoso, estoy segura de ello.

Tan solo pude soltar mi frustración al volver a ocultarme en la protección de mi habitación. Oh, odiaba a mi madre. Por sus juegos de poder y riquezas, ya ni siquiera mi tiempo libre sería mío, ni Rocinante, ni Daniel… La odiaba.

SQ

El primer día que pasé en casa me entretuve adelantando los deberes, pero para el segundo ni siquiera me quedaban tareas por hacer.

En unas cuarenta y ocho horas no había podido dejar de pensar en las palabras de mi madre que, en mi mente, se enfrentaban contra las palabras de Emma, en una lucha sin cuartel para ganar mi confianza.

Aquella segunda noche, estaba en el balcón mirando mi estrella favorita desde la ventana. La más brillante del firmamento a mis ojos, tanto, que ni siquiera el fulgor de la luna podía apagarla. La estrella a la que iban a parar todos mis deseos, anhelos y lágrimas. Mi estrella…

— Hey, princesa.

Mi mano fue más rápida que mi cerebro y se apresuró a acallar mis labios. Aquella fue la única razón por la que no grité en el momento en que Emma apareció por la baranda del balcón y aterrizó a mi lado.

— Estás loca, ¿qué haces aquí? —Medio grité, medio susurré.

— No te he visto en dos días en clase. Y yo solo voy a clase para verte, así que he venido aquí. — Y encima sonreía.

— Me has dado un susto de muerte. —Admití mientras seguía intentando que mi corazón volviese a la normalidad.

— Perdona, princesa, no quería asustarte. Solo sorprenderte.

— Ah, pues lo has logrado. — Trataba de sonar un poco enfadada, porque una no puede ir por el mundo escalando muros ajenos.

— Pero he venido a verte. —Y aquellos ojos suplicantes de cachorrito tenían que ser enternecedores.

— Está bien. No pasa nada. —Emma sonrió—Pero no puedes quedarte aquí, si mi madre te ve…

— No podrá hacerme nada, princesa. Además, soy muy buena escalando y saltando, ya lo sabes. Si la oímos acercarse, desapareceré tan rápido que llegarás a dudar que estuviera aquí contigo. De todas formas, es muy tarde y me he esforzado escalando. Deja que me quede un poquito contigo para recuperar el aliento.

Era demasiado buena persona.

— Vale, pero solo hasta que recuperes el aliento. —Dije en tono firme.

— Claro. —Me dijo.

Media hora después, las dos estábamos tumbadas sobre una manta en el suelo del balcón mirando las estrellas.

— Estoy en tu casa. —Emma susurró rompiendo el silencioso murmullo de la noche.

— Muy aguda.

— Y me dijiste que si venía, me enseñarías alguna de tus historias. —Fruncí el ceño.

— Vaya, lo había olvidado. —Dije sonriendo tratando que mi encanto me salvara.

— Pues yo no, princesa, así que ya sabes. Ve desempolvando alguno de tus cuentos.

Hice memoria sobre lo que había escrito últimamente, y lo cierto es que nada me parecía digno de mostrar a ojos ajenos.

— No tengo nada a mano. —Emma iba a protestar, pero la interrumpí antes. —Pero, ¿qué te parece si te cuento una historia mientras miramos las estrellas?

— Me gusta. Además, será una historia original para mí. —Sonrió.

— Siempre tan humilde. —Bromeé. — Bueno, está bien. Vamos allá. Erase una vez, en un reino muy lejano, llamado el Bosque Encantado, nació una pequeña princesa a la que su madre decidió encerrar en una alta torre para su mayor seguridad, diciéndole que el mundo era peligroso y que allí estaría a salvo hasta que llegara el día de su coronación. Así que la Princesa vivió encerrada, soñando con grandes aventuras, con galopar en los enormes prados que veía desde su ventana, con volar en los claros cielos que gustaba de observar. Y el día en el que sus sueños fueron ya demasiados para una sola cabeza, decidió empezar a escribirlos para que no cayesen en el olvido y pudiera, algún día realizarlo. Sus sueños se tornaron poco a poco en historias y así siguió, escribiendo las hazañas que tan solo podría imaginar.

«Mientras, en otro reino vecino, nació otra hermosa princesa. A diferencia de la primera, esta no vivió en una torre, sino que se crió con sus padres y amigos, siendo feliz, libre, cada día. Hasta que un día, la Oscuridad se cernió sobre su reino, el mal tomó su reino y la princesa se vio obligada a escapar. Sola y lejos de su hogar, la princesa se perdió y olvidó cómo regresar. Mas, se prometió que, algún día, volvería a hallar su reino y le retornaría la felicidad. Así, la Princesa Perdida emprendió grandes aventuras para sobrevivir en aquel enorme mundo y buscar su añorado reino.

Los años pasaron, tantos y tantas aventuras, que la Princesa Perdida había acumulado una importante colección de cicatrices fruto de sus batallas. De algunas se sentía orgullosa, pero de la mayoría no tanto, pensaba que afeaban su cuerpo, antaño níveo e impoluto, de princesa y que ya nadie podría amarla. Así que se resignó a haberse perdido y siguió vagando sin rumbo alguno en busca de hazañas cuando el Destino quiso que se topara con un papel en forma de grulla que descansaba sobre unos arbustos.

Resultó que, aquel extraño papel, era una de las historias que la Princesa Atrapada había escrito en su encierro y que, aburrida, había lanzado por la ventana para que vieran los mundos que ella no podría ver. Y la Princesa Perdida decidió que su nuevo empeño sería conocer a quien hubiera escrito aquellas maravillosas historias.

Comenzó a andar, siguiendo el sendero de pistas que habían creado las historias en forma de grulla que habían volado con el viento, hasta llegar a una enorme torre de piedra gris desde la que vio a otra bella princesa.

— Y se enamoró al instante. —Casi me había olvidado de aquella historia no era solo para mí.

— Bueno, —le dije. —aún no tengo claro el final.

— No era el final, era como sigue la historia. A partir de ahí, continúa como quieras.

— Todavía no sé cómo sigue. Solo sé que se conocieron y resultó que la Princesa Perdida tenía una extraña afición por escalar y se empeñó en subir por la torre de la Princesa Atrapada, varias veces, bajo riesgo de abrirse el cráneo. Lo que pasará después, todavía no lo sé. —Confesé. Y me giré sobre la manta para poder mirarla a los ojos.

— Entonces, tendré que venir al balcón alguna que otra noche para saber cómo sigue. No me gusta dejar historias inacabadas.

— ¿Ya estás auto-invitándote? ¿Y si tengo otros planes para las noches? —Me ofendía que insinuase que estaría siempre a su disposición.

— ¿Tienes planes? —La pregunta del millón.

— No.

— Pues ya los tienes, princesa.

No supe qué decir tras aquella falta de educación que resultaba tan encantadora, así que me limité a reír y a desviar mi mirada hacia las estrellas de nuevo.

— Eres imposible, Emma Swan.

— Y tú eres preciosa. —Me giré sorprendida para encontrarme con la mirada divertida de Emma, quien seguía tan tranquila, con la cabeza apoyada sobre la mano.

— ¿De dónde ha salido eso? —Pregunté, casi escandalizada.

— De mi boca.

— Oh, ¿no me digas? Me refería a por qué lo has dicho.

— ¿Y por qué no? Es la verdad.

No podía creerla, por más que quisiera. No era horrible, pero no era preciosa. Madre siempre mencionaba cómo mis ojos eran demasiado oscuras, mis facciones demasiado marcadas, mis rasgos demasiado hispánicos para su gusto, algo que había heredado de papá y que ella no toleraba y ocultaba lo mejor que podía.

— No soy preciosa, Emma. No hace falta que inventes halagos.

— ¿Inventar yo? No contigo, princesa. Te soy siempre total y absolutamente sincera.

— ¿Por qué?

— No lo sé realmente. Creo que porque, normalmente, me cuesta mucho confiar en la gente. Pero contigo no. No sé qué tienes para romper mi muro de esta manera, pero confío en ti. —No esperaba aquella respuesta, desde luego.

— Oh…Supongo que yo confío demasiado en la gente. Y ya debería haber aprendido y madre siempre me lo advierte, pero al final siempre termino cayendo en la misma trampa. —Confesé a mi vez.

— Yo no te engañaré, princesa. —La sinceridad en su voz se tradujo en un fuerte nudo en mi garganta. Demasiados recuerdos.

— Am… es tarde, Emma, y mañana tienes que ir a clase. Yo todavía no sé si podré ir. Pero tú deberías descansar. —Le dije para cambiar de tema.

— No te preocupes por mí. Siempre estoy despierta a estas horas. Normalmente, no puedo dormir hasta pasadas las tres de la madrugada.

— ¿Por qué? —Estaba casi horrorizada porque para mí las horas de sueño eran sagradas.

— Por nada en especial. —Puso las manos bajo su cabeza mientras se encogía de hombros y disimulaba un bostezo. —Lo hago solo para evitar las pesadillas.

Sentí algo extraño con aquella confesión. Supongo que era porque yo también conocía el oscuro mundo de las pesadillas que te visitan cada noche para robar horas de sueño y años de vida con sus tenaces garras que oprimen tu pecho y bañan tu cuerpo en sudor. Despertarse gritando, luchando contra unas sábanas tan ajenas al sueño como el resto de los durmientes.

Así que volví a recostarme a su lado y le di la mano, como había hecho una tarde no demasiado atrás, y dejé que el silencio de la noche nos envolviera.

— Tú solo imagina, cuando estés en tu cama, que estás aquí, a mi lado, que huele a manzanas porque mi querido manzano está empezando a dar sus frutos, que el techo que te cubre es en realidad el cielo estrellado y no hay más sonidos que el de algún grillo perdido entre la hierba. —Fui susurrando.

— ¿Puedo imaginar que estás a mi lado?

— Supongo que sí.

— Bien. Será mejor que me vaya ya. —Me dijo.

— No, no es necesario. Puedes quedarte aquí. —No sé de dónde salieron aquellas palabras, pero no quería dejar a Emma sola con sus pesadillas.

— Estoy bien, princesa. Son muchos años conviviendo con mis pesadillas y eso no va a cambiar por más que intentes relajarme. Así que mejor me voy ya. Te he tenido demasiado tiempo despierta. Quizás sea un poco egoísta porque ya sabía que yo no iba a dormir igualmente, pero no quería marcharme todavía. —Se levantó y mi mano entrelazara con la suya hizo que me levantara al mismo tiempo.

Emma me guiñó un ojo antes de saltar sobre la baranda del balcón y escalar muro abajo.

— Algún día te abrirás la cabeza, Emma Swan.

— Ese día habrá merecido totalmente la pena. Buenas noches, princesa.

— Buenas noches.

Cuando Emma se marchó, volví a mi cama y me dejé arropar por la tranquila oscuridad. Aquella noche, soñé con princesas y torres.

Mañana más. Muchos besos. Gracias por leer :)