DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. (NARUHINA CANON!)

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

CAPÍTULO X

CELOS. PARTE I

Ibiki la había detenido cuando la encontró alzando unas pesadas cajas del suelo. En seguida se las quitó de las manos como sí éstas le estuvieran quemando y la remitió a una oficina de cristal no muy lejana. Al veterano hombre se le veía consternando intentando arreglar unos papeles tirados sobre un comedido escritorio donde al parecer la acomodaría. Ya se lo habían presentado anteriormente, específicamente el día en que se le hizo la inducción a la corporación Uchiha. Él era Morino Ibiki; el jefe de bodega.

Según las ordenes que le habían dado esa mañana, debía presentarse al departamento de carga y prestar sus servicios. Así lo había hecho. Al estar ahí, una mujer de cabello rubio desarreglado y anteojos de botella le había ordenado alzar unas cajas y trasladarlas a una de las tantas bodegas. Al principio supuso que había sido un mandato de Uchiha Sasuke, pero luego se enteró que lo estaban haciendo con gran parte del personal administrativo. Bueno, debía de acostumbrarse...

Habían pasado dos semanas desde que se encontraba trabajando en la corporación Uchiha, y pese todos sus pronósticos, había logrado sobrevivir. El primer día había sido para borrar de sus recuerdos, y así lo había hecho. Se propuso olvidar el mal comienzo con el azabache; desechó sus recriminaciones, incluso su propia culpa. Claro que los días iniciales fueron difíciles, y que no se atrevió a verlo a los ojos. Sasuke también había parecido omitir ese incidente. Esto no significó un cambio en su trato. Su actitud seguía siendo fría y lejana, pero aguantable. Pláticas entre ellos no se daba, y cuando sí, solo era para darle órdenes o uno que otro reproche por su desempeño, cosa que pasaba a menudo.

El azabache era muy estricto en cuanto al trabajo… aunque no dudaba que con ella era mucho más severo que con los demás. La reprendía muy seguido y a veces por tonterías "Eres lenta como una tortuga", "¿Qué tienes que estar ayudando al gerente de ventas? Eres mi asistente", "¡Cuántas veces tengo que repetirte que mi café es sin azúcar!", bueno, en algunos casos él tenía razón, pero la verdad, es que cada día lo apreciaba más irritable y exigente.

Lo que sí la inquietaba en sobremanera era el impuesto recorrido en coche. La ponía muy nerviosa estar tanto tiempo con él. Honestamente no había tomado sus palabras en serio aquella noche, sin embargo, cuando lo vio estacionado enfrente de su casa, a las siete de la mañana y pitando como un desquiciado para que saliera, le creyó. Habría querido decirle que no era necesario que lo hiciera, realmente, que no lo deseaba, pero había desistido. Su predecible reacción había sido la razón.

Podía decir que pese a la extraña relación con el azabache, se estaba acostumbrando a trabajar en la empresa Uchiha. A excepción de Sasuke y Karin, todos la trataban bien, sobre todo el gerente de Ventas, quien se había convertido en un buen amigo. Uchiha Itachi era similar en apariencia a su hermano, pero sus personalidades diferían completamente. Él era muy atento y siempre la recibía con una sonrisa. Agradecía su calidez. Sí de ella hubiera dependido, estaría trabajando bajo sus órdenes. Sin duda se hubiera ahorrado algunos litros de lágrimas...

Ibiki la sacó de su pequeño ensimismamiento al detallarle con excesiva amabilidad el trabajo que debía hacer. Le pareció extraño. El hombre se le notaba nervioso, quizás, desmesuradamente complaciente… Cuando al fin se fue, soltó un largo suspiro y repasó las interminables pacas de productos que se alzaban hasta el techo. Se sintió afortunada de estar detrás de aquel vidrio y no asándose bajo la inclemencia del calor y el ajetreo. Tal vez aquel privilegio era obra del atento Uchiha.

No pudo reprimir una dulce sonrisa al creer deducirlo.

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

— Uchiha-sama, ya he instalado a la joven Hinata en la oficina de la bodega tres. Cómo usted lo supuso habían mandado a la señorita al lado de cargas… Pero no se preocupe— apresuró—. Llegué a tiempo para quitarle las cajas que recién cargaba.

Sasuke gesticuló una mueca de contrariedad, aunque no tardó en recapacitar.

—Puedes retirarte— sentenció al final. Ibiki expulsó el aire que había estado conteniendo, visiblemente apaciguado por la reprimenda que no sufrió. No tardó en regresar a sus labores.

El azabache continuó con la supervisión por los almacenes, deteniéndose intencionalmente en la bodega de su interés. Nadie se percató de su presencia, por lo que se sintió libre de tomarse un momento y apoyarse sobre la portezuela de la entrada. Su mirada no esperó en posarse en ella, como siempre solía pasar. Se vislumbraba encantadora. Sus largos cabellos estaban sueltos pero volados a un lado de su hombro. Sus labios apretados figurando un puchero. Y sus ojos bien abiertos, exponiéndole al mundo la belleza de su color y tamaño. Tenía que aceptarlo, la Hyuga no era la niñata mimada y conformista que había supuesto. En el corto tiempo que llevaban trabajando juntos le había atribuido severos regaños, burlado innumerable veces de su torpeza y negligencia, y aun así ella seguía obstinada en demostrarle que tenía la capacidad de hacerlo mejor. Se lo había llegado a mostrar, pero claro, nunca se lo diría.

Una minúscula sonrisa apareció en su rostro al otearla refunfuñar algo. Por el movimiento de sus labios, algún inocente improperio. Se le antojaba encantadora cuando demostraba un poco de carácter, aunque la verdad, todas sus facetas le cautivaban.

—Al parecer ya te has encariñado con Hina-chan— escuchó aquella voz a su lado. No lo vino venir. Drástico, borró cualquier suavidad en su rostro y volvió en sí las típicas expresiones de suficiencia y molestia.

— ¿Qué haces aquí, Itachi?— le soltó, más en forma de reproche que de pregunta—. Se suponía que estuvieras en la junta con el vicepresidente de los Akatsuki.

—Hidan canceló la reunión en el último momento— contestó resuelto—. Reprogramó para la próxima semana, por lo que temo que tendrás que atenderlo tú. Tengo previsto un viaje a corea en esa fecha y no puedo posponerlo.

—Ya veo…— farfulló.

Inconscientemente apartó su atención de él y la volvió hacia el frente, específicamente, hacia su constante tormento de cabellos negros y ojos grisáceos.

—Sasuke, ¿Por qué has transferido a Hina-chan a la bodega?

No previó esa pregunta. Es más, no le vio sentido a ese necio interés por ella. Contuvo su surgida irritación

— Pensé que ya se estaban llevando bien— continuó—. ¿A qué se debe ese cambio tan repentino? No me parece que la hagas…

—Lo que haga o deje de hacer con ella no te importa— lo cortó. No pudo contenerse más. Se le había asentado un extraño amargor en la boca que necesitaba disipar—. Además… todo ha sido por tu culpa— quiso disimular su desazón.

— ¿De qué hablas?

Sasuke se reintegró de la portezuela y se volvió directo él.

—Tú quedaste en hacerte cargo del personal de la bodega, pero al parecer lo has olvidado—emitió con reprensión.

Cuando se trataba de negocios el azabache era muy rígido. No distinguía entre familia o empleados. En eso se parecía mucho a su padre, el fallecido Uchiha Fugaku.

—Los pedidos esta semana aumentaron— prosiguió—, y los trabajadores no daban abasto. Tuve que transferir temporalmente a algunos de nuestros colaboradores administrativos para que nos apoyaran en el área de carga.

—No me regañes— le apeló algo nervioso—. Lo que sucede es que tengo demasiado trabajo, y a diferencia tuyo, no tengo a una linda asistente como Hina-chan que me facilite las cosas…

Reprimió una mueca, o esperó haberlo hecho. Era la tercera vez que la llamaba con ese cariñoso apelativo. ¿Con qué confianza lo hacía? Acaso, ¿Su amistad estaba tan desarrollada?

—Deja de decir estupideces— trató de restarle importancia—. Esa mujer no facilita mi trabajo en lo absoluto, sino lo opuesto. Siempre debo de estar pendiente de cada cosa que haga. Es muy torpe— sentenció con indiferencia.

Era un hecho que le amargaba su relación, pero jamás lo evidenciaría. En varias ocasiones los había encontrado juntos, sonriendo o departiendo como viejos conocidos. Le ofuscaba en sobremanera. No sabía cómo se había contenido aquellas veces y no la había alejado de él. ¡Qué más deseaba que encerrarla bajo cuatro llaves! No quería que nadie se le acercara o le hablara, ella era tan inocente que nunca tenía pista de las intenciones de los hombres, pero él sí. Y le indigestaba cada vez que sucedía.

—Si… si, no lo dudo— lo secundó Itachi, astuto—. Es más, lo he notado. Estás muy pendiente de ella, mucho— emitió con fingido recelo.

El pelinegro no tardó en agarrar el anzuelo.

— ¿Qué insinúas?— no fue un cuestionamiento. Definitivamente no sonó como tal.

El Uchiha mayor lo sosegó con las manos, sin embargo, parecía causarle gracia el color rojizo que inundaba el rostro de su hermano.

—Vamos, Sasuke. He notado lo molesto que te pones cuando me ves con Hina-ch… — no terminó de decirlo. Puede que las manos empuñadas del azabache hubieran influido—. Lo que trato de decirte es que aceptes de una vez que te gusta— ladeó el rostro ingenioso—. Y que todas las amonestaciones que siempre le atribuyes es porque realmente te interesa… quizás, más de lo que puedas reconocer.

Sasuke soltó un bufido. No estaba de ánimos para un molesto sermoneo. Además ¿Cómo podía estar tan seguro? Sí bien había desistido de su venganza en contra de ella, no significaba que la amaba o algo parecido. Bueno, era cierto que le atraía. No era estúpido para no ver su particular belleza o no sentirse atraído por su tentadora inocencia. Después de todo, él era un hombre y ella una mujer… Está bien, puede que se haya obsesionado un poco. Pero se salía de su control. No lo podía evitar. Era una fastidiosa carga que venía soportando…

— ¿Sasuke?... Hey, Sasuke ¿En qué piensas?— le tocó el hombro, sacándolo de sus cavilaciones. El azabache bufó de nuevo y le apartó la mano con hosquedad.

—Deja de estar perdiendo el tiempo con tonterías y ponte a trabajar— zanjó, poniéndose en marcha y perdiéndose entre los empleados.

Itachi lo observó por un momento, un tanto desconcertado, no obstante, una crédula sonrisa no aguardó en aparecer en sus labios.

Terco—… murmuró.

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Finalmente era el día del cumpleaños de Ino, y ya podía respirar con tranquilidad. Había olvidado que era la encargada de la elaboración de las tarjetas, por suerte pudo recordarlo a tiempo y mandarlas a confeccionar. La Yamanaka había quedado complacida con el resultado, y ella se había salvado por poco.

Llevaba semanas sin ver a sus amigos y los extrañaba. El trabajo en la corporación consumía sus días por completo. Lo lamentaba mucho, pero no podía hacer nada al respecto. Según Sasuke debía de cumplir con el horario como cualquier otro empleado, y su padre estuvo de acuerdo. Esperaba volver a integrarse para el próximo cuatrimestre.

— ¡Hina-chan, apresúrese!— tocaron varias veces a la puerta—. ¡Ya han venido a buscarla!

— ¡En seguida, Kaede-sama!— respondió apresurando el movimiento de sus manos, que se esmeraban en halar su cabello de izquierda a derecha y viceversa. Su amiga se había ofrecido a recogerla, mejor dicho, había insistido en hacerlo. En un principio su actitud le pareció extraña, puesto que suponía estaría atareada supervisando que todo marchara bien en la fiesta, pero agradecía su amabilidad. No se hubiera sentido cómoda entrando sola a ese lugar. Ino había invitado aproximadamente a doscientas personas, y estaba segura que ni ella misma conocía a la gran mayoría.

Se detuvo por un momento y reparó al espejo. Llevaba un vestido azulado, con escote reservado y termino por encima de las rodillas. Se coloró un poco al apreciar lo entallada de la tela en su cuerpo. Se le ajustaba perfectamente a la cintura y luego caía sobre sus caderas y muslos. Sacudió la cabeza, intentando asimilar su vergüenza. Volvió de nuevo, pero esta vez se reparó de sus hombros hacia arriba. Su cabello lo había sujetado con un prensa pelo de brillantes y lo había jalado sobre su hombro, esté le caía hasta su talle en forma de rebelde onda.

Intentó sonreír al apreciar atisbos de inquietud en su rostro, pero su rojizos labios solo alcanzaron a ladearse. Resignada, decidió terminar con aquello. Acomodó una hebra suelta de su pelo y se dirigió lista a la puerta, bueno, algo dificultada. Tal vez fue mala elección decidir usar tacones tan altos, ¿¡Por qué le había hecho caso a Ino!?

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

— ¡Buenas noches, Ino-san!— exclamó montándose al coche—. Disculpe la tardanza, pero he…— las palabras se borraron de su mente. Incrédula, parpadeó varias veces, sin embargo, la imagen de ese sujeto enfrente suyo perduró—. L-lo siento m-mucho, creo que he c-cometido un error— balbuceó avergonzada mientras su mano buscaba a ciegas el desenclave de la puerta.

—No, no te has equivocado— le sonrió con coquetería.

No supo en que momento había pasado, pero él le había sujetado de la muñeca e izado para depositar un beso sobre su mano. No lo pensó y se apartó de él. No lo conocía, estaba segura que jamás lo había visto…

—Siento mucho si te he molestado, encanto— se justificó divertido.

Le pareció molesta su actitud.

—Sí. Si lo ha hecho. Le pido no vuelva a hacerlo— fue firme, aunque no le duró mucho. Su mirada fija la cohibió. Pudo haber pasado por alto su interés sí éste se hubiera concentrado en su rostro, pero toda su atención fue dirigida a su cuerpo. Fue grosero—. No sé quién sea usted, pero no es necesario que me lleve— sus palabras salieron secas—. Gracias, de todos modos.

Sin más rodeos abrió la puerta del auto e hizo el impulso de salir, pero de nuevo fue frenada por un agarre desde su muñeca.

Esta vez fue más brusca en alejarse.

— ¡¿Qué cree que hace?!

—Cálmate encanto— se quitó los cristales naranjas que mantenían oculto sus orbes y ladeó sus labios con suficiencia—. Yo también soy amigo de Ino.

— ¿En serio lo es?— le cuestionó suspicaz.

—Claro. Verás, Ino estaba muy ocupada con los arreglos de su fiesta. Ya sabes cómo es de perfeccionista. Por causalidad yo estaba cerca y escuché su dilema sobre una de sus amigas— mordió una de las patas de su gafa—. Yo quise ayudarla, así que me ofrecí a recogerte… y aquí me tienes— sonrió con picardía—. ¡Por favor, no me hagas un desplante!— chilló exagerado.

Por supuesto que eso era lo primero que había cruzado por su mente. ¡Kami!, ¿Por qué Ino le hacía esto? Ahora todo encajaba. A eso se debió su insistencia por recogerla. De seguro no quería verla sola en la fiesta y quiso que fuera con él, pero esa no era la manera. Definitivamente le iría muy mal cuando se la encontrara. Tendría que invitarle a una dotación de rollos de canela por todo un año para perdonarle.

Suspiró largamente. Temía que ese hombre no aceptaría un rechazo con facilidad, y por otro lado, carecía de transporte. Era un fastidio, pero tendría que tolerar a ese odioso sujeto por unos cuantos minutos más sí es que quería llegar a la fiesta a tiempo.

—No lo haré— volvió vencida—. Podemos irnos sí le parece— se acomodó bien en el asiento y se ajustó el cinturón de seguridad. A pesar que su atención se situó en la calle pudo percibir la vista del rubio de nuevo adherida en ella. No arrancaba, ni decía nada. Solo estaba viéndole. Le incomodó—. Disculpe, ¿por qué no conduce?— no evidenció su contrariedad.

Él se limitó a sonreír.

—Perdona, pero me es difícil dejar de verte. Ya te lo habrán dicho; eres muy hermosa.

Se ruborizó. No lo planeó, solo que no podía controlar su reincidente timidez.

— ¿Yo…hermosa?, no— se mordió la lengua—. ¡No! ¡Eso no es lo que quise decir!— se abochornó más. Mala idea hablar sin razonar—. Lo q-que trato de decir es q-que…

—Aunque podrías verte mejor— la interrumpió, eliminando la más mínima simpatía que pudo haber sentido por él—. Deberías de dejar el recato y exponer más tus atributos, no sé— vaciló—, podrías intentar con un escoté más bajo y un color más sugestivo…

Había dejado de escucharlo. No tenía idea de cómo contenía las urgidas ganas de lanzarle una cachetada. Era un insufrible, más que eso, ¡un antipático!

—Puede conducir— no se lo había pedido. Se lo exigió con controlada irritación.

— ¡Ah sí! En seguida— emitió incrédulo. En segundos encendió el auto y lo puso en marcha—. Por cierto, encanto— la oteó por el rabillo del ojo, dedicándole una presuntuosa sonrisa—. Mi nombre es Deidara— le giñó el ojo con galanteo—. Pero tú puedes llamarme solo senpai.

Ni loca lo haría. Rodó los ojos y fingió no atenderlo. La noche había empezado mal, solo esperaba que no continuara igual. Ni pensar que había tenido la esperanza de olvidarse de su tediosa realidad y divertirse. Que ingenua.

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Se vio forzada a entrar en su compañía. Aunque le había dicho que no estaba obligado a permanecer a su lado, él la había ignorado por completo. Ni su seguida sinceridad o rechazo lo subyugaron a atenderla. La había tomado de la muñeca y conducido entre la multitud, sin reparar en lo que dificultoso que era para ella seguirle el paso usando esos tacones. Estuvo tropezando una que otra vez, pero no fue tan grave para tener un encuentro con el piso.

Deidara se detuvo para intercambiar unas palabras con un hombre algo mayor. Por su vestimenta de chaquetón negro y camisa blanca manga larga, era uno de los meseros del evento. Aprovechó ese descanso para lamentarse por el dolor en sus pies. ¡Le dolían demasiado!... En ese momento pudo apreciar el ambiente sin apuros. Las luces golpeaban en su rostro y su cuerpo. Aquello era un cegador arcoíris. En medio de la oscuridad surgían de repente rayos rojos, blancos, naranjas… La música era estridente. Le llenaba los oídos y permanecía ahí, haciéndola vibrar y complicándole la lectura de sus propios pensamientos.

Recorrió el lugar con la mirada y se topó con una pista en el centro. El piso estaba elevado e iluminado con una potente luz blanca. A las personas ahí no parecía importarle mostrar sus movimientos, ni dar un mal paso y resbalar. Todos se dejaban llevar por el contagioso sonido que conducía sus movimientos sin control. Incluso, Deidara había sido arrastrado por la música. Aún sujetando su muñeca, él no dejó de mover su pie derecho con un particular ritmo, o de abandonar una divertidas sacudidas con sus hombros. No se movía bien, pero su entusiasmo lo salvaba.

Luego de unos minutos, el rubio la condujo hacia el bar. La barra estaba atestada de gentes ansiosas por un trago o un cóctel, no obstante, él se las había arreglado para hacer un espacio para los dos. De inmediato le ordenó algo para beber, una sangría. Ni siquiera se había molestado en preguntarle si quería tomar, solo supuso que sí.

— ¡Creo que iré a buscar a Ino-san!— le gritó por el ruido. Estaba decida a escabullirse. Cualquier excusa sería válida.

Él continuó meneándose con el vaso de Whisky en la mano. Era su segundo trago y ya se le veía animado; coreaba canciones e incitaba a otros para que lo acompañaran. Definitivamente, bailaba mejor que como cantaba.

La heredera creyó que no la había atendido, y ya estaba lista para volver a gritar, sin embargo, él volteó.

— ¡¿Qué dices?! ¡No te escuchó muy bien, encanto!

— ¡Iré a buscar a Ino-sa…!— clamó con más fuerza.

— ¡¿Qué quieres qué?!— acercó su oído, delatando la inhibición a sus palabras.

Hina reprimió un suspiro de agobio. Ella tampoco podía oírlo con claridad. Si seguían así, pasarían toda la noche intentando adivinar el mensaje del otro.

— ¡Ya vuelvo!— astuta, señaló en dirección a los baños. Esta vez él sí pareció entender. ¡Voy al tocador, regreso pronto!— terminó de vociferar. Deidara le sonrió y regresó su interés al centro de la pista. La Hyuga no perdió tiempo y se reincorporó del alto taburete donde la había sentado. Rápido, se perdió entre la multitud.

Mientras se hacía paso, padeció por manotazos y uno que otro pisotón de los danzantes. También, estuvo a punto de caerse, pero por suerte se había logrado sostener y aun no perdía ante la gravedad. Una sincera sonrisa surcó su rostro al divisar en lo alto del segundo piso caras conocidas. Sin dudarlo, aceleró su tambaleante caminar y como pudo subió las escaleras. Habían escasas seis mesas ahí arriba, por lo que fácil dio con ellos.

— ¡Ino-san, Shikamaru-san!— alzó la mano saludándolos.

— ¡Hina, llegaste!— exclamó la rubia sentada desde una de las mesas.

La ojiperla le devolvió la misma sonrisa y se acercó. No le dio tiempo de formular una oración cuando la ojiazul la encerró en un asfixiante abrazo.

Pudo hablar cuando se vio libre de nuevo.

— ¡F-feliz cumpleaños, Ino-san!— le felicitó con el aire sobrante. La agasajada asentó contenta y ambas sonrieron. La Yamanaka no tardó en jalarla y ubicarla en su misma mesa. La vista era maravillosa. Se tenía una amplia imagen de todo el club, sobre todo de la pista de baile.

Dando un superficial vistazo, se topó con la figura de un ignorado pelinegro.

— ¡Buenas noches, Shikamaru-san!— se dirigió a él, sintiéndose un poco apenada por su omisión.

El joven solo le movió la mano en gesto de saludo. Así era él. El pobre parecía estar muriéndose de aburrimiento entre copas de vino y estrepitosa algarabía de sus acompañantes. No por nada sus manos sostenían su casi caída quijada o sus ojos se redondeaban ante cada repentino grito de los alcoholizados.

— ¡¿Qué te ha parecido la fiesta, Hina?! ¡Está increíble, ¿verdad?!

— ¡A-así es!— pudo apenas afirmar, cohibida por el repentino grito de las gentes entonando una conocida canción—. ¡Todo está muy bonit…!— ahora respingó. Gotas de licor del trago de un animado habían caído sobre su brazo.

El ambiente se ponía cada vez más indómito. Las personas que antes estaban acomodadas en las mesas abandonaron su recato y se lanzaron a la pista de baile. Hubo otros que ni siquiera llegaron. Solo se levantaron y empezaron a mover el esqueleto. Unos saltaban, otros bajaban y un grupo especial hacía las dos cosas al mismo tiempo.

— ¡¿Y solo eso?!— regresó la rubia, moviendo sus brazos y su torso en una misma sintonía—. ¡Digo, ¿no te has encontrado con alguien interesante?! ¡Tal vez…!—titubeó, simulada—. ¡Un joven prospecto!

Hina la oteó con fingida incredulidad.

— ¡Se refiere a Deidara-san!

— ¡¿Qué te pareció, amiga?!— detuvo su bailoteo y giró directamente hacia ella. La curiosidad y la emoción brotaban por sus poros.

— ¿¡Por qué lo hizo, Ino-san!?— replicó dificultada. La música seguía siendo un impedimento. Le costaba escuchar y modular la voz para hacerse oír.

— ¡No me digas que no te agradó!— hizo un puchero con los labios al tiempo que se cruzaba de brazos—. ¡Es un gran empresario y uno de los solteros más cotizados según Magazine Konoha!... Deberías agradecérmelo— farfulló—. En tu lugar estaría feliz…

— Ino…— alzó él su voz por primera vez—. Si no lo recuerdas, soy tu novio— el Nara se reincorporó de su perezosa posición y se volvió hacia la ojiazul, con unos ojos que no eran fríos, ni cálidos… eran solo problemáticos—. Podrías ser más delicada.

La rubia lo oteó con seriedad, figurando analizar cada palabra que le dedicaba. Después, soltó un largo suspiro.

—No— fue la simple contestación que le dio.

Shikamaru exhaló, pero no dijo más. De seguro pensó que sostener una discusión con su novia sería demasiado trabajoso.

—Agradezco su intención— la heredera retomó la palabra. La música había cambiado y ya no tenía que gritar. El pastoso golpe electrónico había sustituido por la rítmica delicada de una balada—, p-pero yo…— vaciló, claramente contraída—, yo estoy comprometida.

Decir aquello fue extraño. ¿Realmente se juzgaba comprometida? Llevaba tiempo sin sentirlo, sin padecerlo. Y decirlo así de repente, le sonó como una tontería. Como si estuviera diciendo un chiste, que ni siquiera a ella parecía divertirle.

Ino había transformado sus facciones. Pasó de júbilo a congoja en cuestión de segundos. ¿La razón?, pena ajena. Le punzó el pecho al volver a experimentarse así. Instintivamente, ladeó el rostro. No quería ver esa mirada de consideración, le importunaban. La verdad, llevaba tiempo sin sufrirlas, había sobrevivido bien, pero padecerlas de nuevo, era como arrancar el cascaron a la herida.

— No quise…

—Está bien— la detuvo. Quiso disminuir la tiesura haciendo un chascarrillo de su propio infortunio pero nunca se le daban bien, además, el ánimo le fallaba.

—Pensándolo bien, Deidara no es tan impresionante— dijo ahora la ojiazul, desechando los alargados gestos y volviendo al disfrute—. Definitivamente, no— suspiró anhelante.

Hina trató de apaciguarse y ser capaz de dirigirle la mirada de nuevo. Así lo hizo. Se desubicó un poco al advertir una reciente tensión en la mesa. Esta vez no fue ella la causante. Al pelinegro se le notaba contrariado, censurando en silencio a su novia. Y a Ino, sonriendo rebosante, con la atención fija en un punto en movimiento. La balada terminó y continuó una música más movida, mas no alocada. Digamos, que lo suficientemente tolerable para escuchar a la persona a la par sin necesidad de vociferar a la máxima potencia.

Pudo discernir al Nara bufar algo entre dientes. Lo entendió perfecto "Uchiha". Un escalofrío recorrió por su cuerpo. Descolocada, regresó a su amiga, y luego siguió la dirección en la que aún se posaban sus ojos. Y ahí estaba él, desplazándose entre las gentes. Derrochando su típica soberbia y altivez con cada gesto, con cada entrecierre de su mirada… Se le apreciaba sugerente con una combinación de camisa y saco oscuro, con sus cabellos vueltos hacia su frente y una mínima abertura para sus ojos.

— ¡Hola Sasuke, por aquí!— lo llamó Ino.

De inmediato él llevó la vista hacia la mesa. Hina solo pudo esconderse entre sus cabellos y reparar al lado contrario. No había previsto que él estaría ahí, es más, pensó que no era del agrado de la ojiazul. Sintió la cara arder. No supo si fue por la fuerza de la impresión o por lo atractivo que se le antojaba su jefe en ese momento.

—No lo haga, Ino-san— le pidió a lo bajo—. No lo llame, por favor…— no pudo ocultar el tono de angustia de su voz.

—Pero que dices Hina— berreó, congelando la sonrisa que aún le dedicaba al azabache—. Uchiha Sasuke es uno de los hombres más populares de todo Japón, que esté aquí en mi fiesta, ¡es fantástico!— alzó su brazo, poniendo más esmero en invitarlo—. Además, es una suerte que haya venido. Muchas veces mandé a confirmar su asistencia, pero nunca aceptó— bajó el brazo y se le acercó para una confidencia. La ojiperla había mantenido los ojos cerrados, pareciendo estar preparándose para una matanza—.No te preocupes, no te dejaré sola— le sonrió con calidez, y eso pareció apaciguarla un poco.

—Buenas noches…— había dicho él, y ya sus nervios querían jugarle una mala pasada. Lo sintió justo a su lado, y en el acto su sombra la puso a temblar. Sí hubiera podido hubiera salido corriendo de ahí. Incluso, hubiera preferido soportar los ácidos comentarios de Deidara antes que su presencia.

Sí su noche había empezado mal, ahora estaba segura que terminaría peor.

—Hola…— respondió ella regañadientes, simulando más interés en lo que sucedía en la pista que en él.

— ¿Así es como un empleada se debe dirigir a su jefe?

Kami, volteó cómo si la hubieran quemado con fuego. Sus ojos se cruzaron. Él, airoso y asertivo, y ella, sonrojada y convulsionante…

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Double, Double!