Capítulo 10: La traición tiene un precio

Muy entrada la noche, una sombra salió a deambular por las calles estrechas y mal iluminadas de Londres: no había un soplo de viento que moviera las hojas de los escasos árboles del paseo y solo los perros ladraban a lo lejos, tras el sonido de sus botas sobre el pavimento urbano. Su silueta era corpulenta, con una capa bien envuelta en torno a un torso y unos hombros poderosos.

Al final de una de las callejuelas que daba a una gran avenida se mantuvo agazapado a la espera de que no pasara ningún coche, y tras haber ojeado con detenimiento y estudiado la escena, giró a la izquierda manteniéndose pegado a la fría pared. Luego, corrió todo lo rápido que pudo hasta llegar a la otra acera, justo en frente de un alto bloque de pisos.

Miró una vez más en las dos direcciones para comprobar que no había nadie y, entonces, sacó una varita de su bolsillo derecho con la que abrió la entrada del apartamento. Con cuidado de no hacer ruido, entró con sigilo en su interior.

Era un piso muggle, sin duda. Había un aparato que ellos solían utilizar para ascender a sus viviendas sin tener que subir por las escaleras: era un artefacto bastante útil, pero también demasiado ruidoso, por lo que el intruso decidió ascender por su propio pie.

Cuando estuvo en el piso más alto de todos, la sombra se dispuso a utilizar el mismo hechizo para abrir la puerta de la vivienda. Ante su sorpresa, consiguió abrirla a la primera. ¿Cómo era posible que no hubiera ningún tipo de protección mágica en una vivienda mágica? Se preguntaba. No obstante, decidió empujar la puerta sin interrogarse más al respecto.

Al otro lado, había un zaguán oscuro y sosteniendo con firmeza su varita, como un lobo peligroso, avanzó. Anduvo así hasta llegar a un pequeño salón, tanteando con la mano libre las paredes desnudas y rugosas del recibidor.

Al fondo vio una luz encendida, que a su vez iluminaba el rectángulo de una puerta.

Permaneció unos segundos en la puerta recordando lo que debía hacer. Después de eso, rápidamente la empujó con el hombro y alzó la varita.

-¡EXPERLLIARMUS!

-¡IMPEDIMENTA!

Tonks había sacado su varita al oír pasos al otro lado de la habitación y consiguió desviar el hechizo de su atacante.

EVERTE STATUM!

Esta vez Tonks cayó hacia atrás golpeándose la cabeza contra el escritorio.

Sus ojos comenzaron a nublarse.

Sin embargo, intentó incorporarse para no desmayarse, pues sabía que si eso ocurría no tendría la menor oportunidad de salir con vida de allí.

En ese momento vio a su agresor acercarse a ella y agacharse a su lado.

Alzó la varita para desviar el golpe, y aún no había acabado el movimiento cuando, con súbita sensación de pánico, comprendió el error...

Desde arriba y hacia abajo, algo punzante y metálico perforó su piel, adentrándose en la carne. Se estremeció hasta la médula cuando sintió el acero deslizarse dentro de ella, ahogando un grito de dolor.

Su agresor se levantó con lentitud y la joven pudo verle bien a la luz de la luna. Su rostro estaba surcado de cicatrices con unos ojos brillantes y fríos como dos estrellas distantes.

-Saludos de Fenrir Greyback- dijo con una voz ronca.

Parecía querer decir algo más, quizá un comentario más ingenioso, pero finalmente, solo atinó a quitarle el abrigo ensangrentado que llevaba puesto y, por supuesto, su varita. Después, tras mirar unos segundos a su alrededor, se quedó inmóvil en el quicio de la puerta contemplando a la joven y sus intentos por incorporarse o sacar de su garganta algún sonido. Meneó la cabeza, intentando alejar un pensamiento repentino de ella, y se marchó tan sigilosamente como había venido, pero sin cerrar ninguna puerta.

Wheeler salió con rapidez del edificio y aspiró una bocanada de aire en la noche. Cuando se repuso, apuntó con su varita al cielo:

MORSMORDRE!

No le importó que aquella fuera una zona muggle. Tenía lo que quería, nadie se enteraría de que aún seguía viva cuando abandonó la casa. Ahora, su misión había concluido y la Orden del Fénix acudiría pronto. Con ese último pensamiento, el licántropo se desvaneció, perdiéndose en la oscuridad a informar a su señor.

Mientras tanto, Tonks seguía arrastrándose mientras oprimía la herida con ambas manos hasta que pudo apoyar la espalda contra la pared más cercana. Allí desabrochó sus ropas buscándose la herida; pero no pudo ver nada. Sólo sentía la sangre que se derramaba como la miel entre sus dedos y corría cintura abajo por los muslos.

'Me desangraré si no hago algo ya', pensó y esa idea casi la hizo desfallecer. Aspiró aire en bocanadas luchando por seguir consciente; un desvanecimiento era el modo más seguro de vaciarse por completo e intentó de nuevo pedir ayuda, pero el pánico le había paralizado.

Si al menos tuviera su varita podría conjurar un Patronus y avisar a la Orden, pero no la tenía y mientras tanto la sangre seguía fluyendo y cada vez se debilitaba más.

En otro lugar habría bastado un puñado de tierra para formar un coágulo, pero allí no había nada, ni siquiera un pañuelo limpio. Intentó llegar hasta su armario para coger algo que se le asemejara, pero cuando intentó moverse, sintió una fuerte punzada y sólo pudo cortar un trozo de camiseta que apretó contra la herida.

Aquello dolió tanto que su mundo comenzó a desvanecerse.

'Hice todo lo que pude', se dijo intentando consolarse antes de caer en el pozo negro que se abría bajo sus pies. Ya no pensaba en lo que le había dicho aquel sujeto, ni que la vida de su hijo también se iba con la suya, ni en Remus, ni en nada. Cada vez más débil, apoyó la cabeza en el suelo y, finalmente, perdió el sentido.


Dumbledore se despertó sobresaltado por un estridente sonido que provenía de su despacho seguido de una luz roja parpadeante. Era el Espejo de las Eventualidades, y la señal de que algo terrible estaba ocurriendo.

Se levantó de la cama de un brinco y fue a la habitación contigua, donde Fawkes sacudía asustado sus alas sobre la mesa de su despacho. Con la varita, invocó sus gafas de media luna y se las puso a tiempo de ver a Tonks, que luchaba desesperadamente por mantenerse despierta hasta que, de repente, su cabeza cayó al suelo, inconsciente.

-Fawkes, avisa a la profesora McGonagall y al profesor Snape, inmediatamente.

El fénix obedeció a su dueño y velozmente fue a cumplir su cometido. Mientras, el director escribió con letra apresurada una nota, que después multiplicó en varios pergaminos, tendiéndoselos a su Patronus. En seguida el fénix plateado se marchó volando con rapidez por la ventana abierta más cercana.

-¿Qué ocurre, Albus?- preguntó una preocupada McGonagall en bata desde la puerta. Detrás de ella, apareció Severus Snape, varita en mano, mientras Fawskes se posaba sobre su percha.

-No hay tiempo para explicaciones. Debemos aparecernos en casa de la señorita Tonks, Ha sido atacada y, por lo que sé, podría tratarse de una trampa.

McGonagall se tapó la boca con ambas manos sin creer lo que acababa de escuchar.

-Vamos- anunció Dumbledore con premura y después se desvaneció.

La siguiente en hacerlo fue la profesora de transformaciones. Sin embargo, Snape se quedó rezagado mirando el interior del espejo.

El fénix emitió un fuerte trino y alzó las alas en aptitud amenazante.

-Oh, cierra el pico- inquirió y, finalmente, él también desapareció.

No habían transcurrido ni dos minutos cuando todos los magos y brujas de la Orden se hicieron visibles al otro lado de la avenida, algunos todavía con el pijama puesto.

-¡Mirad es la Marca Tenebrosa!- exclamó Dedalus Diggle apuntando su dedo hacia el cielo nocturno. Una serpiente salía de la boca de una calavera enroscándose sobre sí misma-. Hemos llegado demasiado tarde...

-Sólo hay una manera de comprobarlo- repuso Dumbledore-. Deprisa, seguidme.

Saltándose cualquier medida de seguridad corrieron en dirección a la entrada del apartamento de la joven metamorfomaga. Mientras ascendían por las escaleras iban encantando las viviendas de los vecinos con hechizos impasibilizadores y algún que otro Fermaportus para cerrar las puertas a los muggles curiosos que pretendían averiguar lo que ocurría en el rellano.

Cuando llegaron al último piso vieron que la puerta estaba abierta de par en par y que no presentaba ningún signo de violencia.

Dumbledore, Molly, Ojoloco y McGonagall iban delante, detrás avanzaban sigilosamente los demás, a excepción de la señora Figg que se había quedado en la entrada vigilando que no viniera nadie.

El resto entró con precaución en la vivienda de Tonks. Después de que Dumbledore abriera la última puerta entornada, todos apuntaron dentro del cuarto esperando un ataque. Sin embargo, lo único que encontraron en aquella habitación fue a la metamorfomaga tendida en el suelo en medio de un gran charco de sangre.

Molly, nada más verla, corrió a su lado, al igual que Dumbledore, para comprobar su estado; su pulso era débil, pero aún seguía con vida. A pesar de aquello, la señora Weasley no pudo evitar ahogar un grito al ver toda la sangre que había perdido.

-Debemos llevarla a San Mungo- dijo Dumbledore levantándose de su lado.

-Yo lo haré- repuso Kingsley. Y dando un paso al frente, la tomó en brazos.

-Iremos todos- inquirió Ojoloco.

Los demás asintieron con la cabeza. Ninguno de ellos deseaba irse a casa sin saber si Tonks sobreviviría.

Tras atravesar el escaparate de los almacenes supuestamente abandonados de Purge y Dowse, S.A., la Orden del Fénix se dirigió velozmente hacia el fondo de la sala del Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Allí había una sala de espera, pero en esos momentos no había nadie; sólo en la parte de Información se encontraba una bruja regordeta que miraba atónita la avalancha de magos y brujas que se le acercaban.

-¡Necesitamos un sanador ya!

La recepcionista se levantó de su asiento y se puso a inspeccionar con la mirada a la chica inconsciente que traían aquellos alborotadores.

-¡Por Merlín, dese prisa!-gritó Molly con impaciencia.

-Esperen un segundo... Esta joven no presenta ningún tipo de herida mágica. Por si no lo sabían, ¡esto es un hospital mágico!

-Como no avise a un sanador ahora mismo, le echaré una maldición que hará que no pueda despegarse de esa silla en lo que le resta de vida- inquirió Ojoloco, con su habitual malhumor, y haciendo rechinar sus dientes.

La recepcionista tragó saliva e inmediatamente apretó un extraño botón de color rojo.

-Así me gusta – repuso sin dejar de mirar a la atemorizada recepcionista.

Unos sanadores entraron rápidamente en la sala. Iban vestidos con túnicas de color verde lima con el escudo del hospital impreso en las solapas.

-¿Qué le ha ocurrido?

-Parece que la atacaron con un arma afilada de procedencia muggle- explicó Dumbledore-. Sé que no es vuestro trabajo atender este tipo de heridas, pero no nos resultó conveniente presentarnos de esta guisa en otro sitio.

-No se preocupe, profesor Dumbledore. La atenderemos con mucho gusto- dijo una sanadora mientras sus compañeros tomaban en brazos a Tonks y se la llevaban con premura por la puerta que separaba la recepción del resto de las plantas.

-¿No podemos pasar?- suplicó Molly.

-Lo siento mucho, pero tendrán que esperar aquí hasta que podamos ofrecerles alguna novedad. Mientras tanto, pueden ir dando los datos personales de la paciente en recepción- dijo la sanadora con amabilidad.

Kingsley resopló sonoramente y Dumbledore le dio las gracias. Después, la mayoría se acercó de nuevo al puesto de información y, poco después, se marcharon hacia la sala a esperar. Sin embargo, Molly corrió hacia la sanadora que en esos momentos se disponía a abandonar el lugar:

-Espere un segundo, por favor- dijo-. Hay algo que debe saber.

-¿De qué se trata?- preguntó la sanadora volviendo sobre sus tobillos.

Molly miró para atrás y comprobó que ninguno de sus compañeros, estuviesen por allí cerca.

-Verá, la chica que acaba de pasar… está embarazada.

-Entiendo- dijo la mujer con gesto abatido- Haré todo lo que pueda. Pero ahora tienen que esperar.

Molly vio como la sanadora se alejaba por el mismo lugar por donde se habían llevado a Tonks. 'Ojalá estén bien' se dijo y sacó un pañuelo de su bolsillo para limpiarse las lágrimas con él.

-¿Alguien ha visto a Snape?- preguntó Kingsley desde la sala de espera.

Todos miraron a su alrededor, pero allí no había ni rastro del profesor de pociones.


Con premura, Wheeler avanzaba hacia la guarida de los licántropos mientras observaba, intranquilo, la negrura entre los árboles, temiendo que alguien pudiera estar mirando. Se dijo una vez más que Dumbledore tardaría bastante en averiguar quién había protagonizado el terrible suceso de aquella noche y, para entonces, ellos ya estarían muy lejos de allí.

Al poco, divisó entre la maleza la cueva y cuando llegó al final del pasadizo y quedó, tras unos segundos, cegado por la luz de la enorme hoguera en la Sala del Trono, Wheeler se dirigió entre los licántropos al trono de Greyback, quien permanecía pensativo sentado sobre él. Cuando vio llegar a Wheeler, levantó su vista del suelo, y al llegar a su lado, éste le susurró algo al oído.

Remus permanecía en un extremo de la sala, observando. El ceño fruncido de Greyback se convirtió en una sonrisa sagaz cuando su mano derecha se inclinó sobre su oído a verter palabras que no pudo descifrar desde su posición. Después, le miró a él, directamente a través de todos los demás. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero antes de que pudiera hacer nada, alguien a su lado le retorció el brazo desde atrás, y un segundo después, le agarró también el otro. Ian, le empujó mientras el resto de la manada les dejaba paso hasta llegar ante su líder, como si supieran lo que venía a continuación.

-¿Se puede saber qué ocurre?- preguntó Remus con los dientes apretados. Intentaba no pensar en el dolor.

-Te crees muy listo, Lupin; más que nadie, más incluso que yo- dijo él mirándole con perspicacia. Sin duda le divertía bastante hacerse el interesante-. ¿Acaso no lo sabes?- inquirió. Y sus ojos se volvieron gradualmente más fríos y encolerizados. Tras una silenciosa pausa, Greyback se levantó del asiento y comenzó a descender los escalones, lentamente-. Me duele en lo más profundo de mi orgullo que hayas pensado que sería tan ingenuo como para dejarte campar a tus anchas por mi territorio sabiendo tu indudable lealtad a Dumbledore... Sinceramente, me esperaba mucho más de ti...

Le había descubierto y, lo que era peor, no había forma de huir; estaba acorralado en medio de una jauría de lobos que esperaban ansiosos abalanzarse sobre él a la mínima señal de su amo.

Miró desesperado a Greyback, quien se paró en el último escalón y le dirigió una sonrisa calculadora.

-Y eso no es lo único que sé de ti -dijo alargando cada sílaba-. Su nombre es bastante peculiar…, quizá por eso le gusta le llamen por su apellido. Tonks, ¿verdad? Sería una pena que le hubiera pasado algo... más aún en su estado...

Un sudor frío le recorrió la espalda y el pánico amenazó con paralizarle el corazón. A su lado, los brazos de unos de sus numerosos guardaespaldas, le agarraron con fuerza adelantándose a su reacción.

-¿¡Qué le has hecho!?- preguntó con desesperación mientras intentaba zafarse.

-No me has dejado otra opción. Tal vez, si no hubieras venido a jugar a los espías conmigo a lo mejor ella seguiría viva.

-¡Mientes!- exclamó Remus mientras se intentaba convencer a sí mismo.

Su intención era seguir hablando, pero antes de que pudiera decir otra palabra Greyback le golpeó en la boca con todas sus fuerzas, y un tercero, por detrás, lo derribó de una patada en sus pies.

Remus permanecía tumbado retorciéndose de dolor. Sin embargo, su sufrimiento no era causado por el puñetazo que acababa de recibir, sino por las terribles palabras que había oído acerca de la mujer que amaba.

"No puede ser cierto. A ella no, por favor", se decía.

-¿Sigues sin creerme?- dijo Greyback relajando sus facciones-. Está bien. Tal vez esto te convenza.

Greyback arrojó algo al suelo con desprecio. Vencido por su curiosidad, Remus levantó la mirada y miró la prenda que le había arrojado a unos palmos de distancia.

Era un abrigo negro, y por desgracia no era la primera vez que lo veía. Era de Tonks.

Con temor extendió su mano y lo cogió con delicadeza, pues seguía caliente y su aroma a flores silvestres aún impregnaba la tela. Era como si estuviera allí; como si aún pudiera alzar sus brazos y rodearla con ellos, pero entonces vio que a la altura de la cintura había una extensa mancha de sangre y entonces no pudo contener sus lágrimas ni el grito desgarrador que le salió de las entrañas.

-No desesperes, Lupin- repuso el cruel licántropo mirando con complicidad a Wheeler-. Mañana te reunirás con ella.

El silencio general que reinaba en la sala se rompió por las risas de los demás licántropos, pero Remus no los oía. Saber que pronto iba a morir, le proporcionaba cierto consuelo.