Capítulo 10
Mycroft sonrió de medio lado y continuó comiendo. Un rato más tarde, y dos refrescos más, salieron de la pizzería. Mycroft se acariciaba la barriga con una sonrisa de felicidad, mientras que John le miraba con curiosidad.
—En serio, te has pasado —comentó.
—Ya… Déjame —dijo Mycroft divertido —. ¿Quieres venir a mi casa? Si no tienes nada que hacer claro.
—¿Qué? —preguntó sorprendido —. Oh, me encantaría. Sí. Vamos.
—Que vayamos no significa que nos vayamos a acostar juntos —le advirtió el político mientras se dirigían al coche.
—Es algo que me suponía, Mycroft —gruñó John algo avergonzado.
El pelirrojo le abrió la puerta del coche y entró después de John. Media hora más tarde estaban en la casa del político. Este se había sentado en la parte larga del sofá con las piernas extendidas, John se sentó justo al lado, ambos mirando lo tele.
Mycroft se había metido la mano por debajo de la camiseta y se acariciaba la barriga lentamente. John le miraba de reojo, también tenía unas ganas inmensas de poder tocarle pero no le atrevía a preguntárselo.
—Vale... —murmuro Mycroft para él.
—¿Qué? —pregunto John incorporándose —. ¿Estás bien?
—Ah sí... Pero es que se mueve y no me acostumbro.
John abrió los ojos y sonrió.
—¿Se mueve? ¿En serio?
Mycroft asintió, se elevó la camiseta para descubrir toda la barriga y cogió la mano izquierda de John. La dejó sobre el vientre buscando el sitio donde él bebe estaba golpeando.
—No noto nada... —murmuro John decepcionado.
—Espera... —dijo Mycroft —. Paciencia, sabe que estás ahí y ahora le da corte.
Mycroft arrastró la mano de John por la barriga hasta el lado izquierdo he hizo un poco de presión. Un segundo después, John sintió como sus dedos recibían un golpe, pequeño pero con la suficiente fuerza para ser perceptible.
—¿Has visto? —exclamo John —. Se mueve... Se mueve —susurro contra el vientre antes de darle un beso.
Mycroft le miro sorprendido, aunque luego sonrió, le acaricio la mejilla a John y luego le paso la mano por la nuca.
—Tú no serias muy pateador, ¿no? —pregunto Mycroft a John.
El medico apoyo la cabeza sobre las piernas del pelirrojo y entrelazo los dedos de su mano con las de el para dejarla sobre su pecho.
—Mi madre dice que creía que tenía un grupo de bailaores de flamenco...—comento.
Mycroft suspiro.
—Esto será horrible.
—Pero hermoso —dijo John antes de besarle el dorso de la mano.
Mycroft le miro con curiosidad y sonrió. Estuvieron viendo la tele durante un rato más hasta que se fueron a dormir. A la mañana siguiente, Mycroft se despertó a las siete de la mañana y fue rápidamente al baño. Llevaba un rato en la despierto y con nauseas aunque ya no aguanto más y tuvo que ir a vomitar la cena del día anterior.
John, que había dormido allí pero en otra habitación, corrió rápidamente al baño.
—¿Estas bien? —pregunto preocupado.
Mycroft soltó un bufido antes de volver a vomitar.
—¿Es normal? —pregunto cuando logro calmarse.
John se acercó y miro dentro del inodoro.
—Bueno, eso es la pizza de ayer —comento —. Seguro que solo te ha sentado mal. ¿Tienes algún otro síntoma?
Mycroft negó con la cabeza y se puso de pie. Se acercó hasta el lavabo y se lavó los dientes.
—Creo que no volveré a comer pizza.
—Al menos no comas tanta cantidad —aconsejo John mientras tiraba de la cisterna.
Mycroft se encogió de hombros.
—Un coche te llevara a Baker en media hora —le dijo.
—Eso es muy romántico —ironizo el médico.
Mycroft se dio la vuelta y salió del baño rumbo a su cuarto, se tumbó en la cama y se cubrió con las sábanas.
John entró unos minutos más tarde y se acercó a la cama.
—Si tienes algún problema avísame, ¿vale? —pidió John sonriéndole.
—No te preocupes, estoy bien. Solo necesito dormir una hora más.
—Bueno, no importa, si sigues con náuseas o mareos me llamas y vengo enseguida. Aunque no te preocupes, seguro que es la pizza.
Mycroft no escuchó esa última frase porque ya se había dormido así que a John no le quedó otra que abandonar la casa en silencio.
Aunque Mycroft se despertó dos horas más tarde y desayunó, las náuseas seguían persistiendo. Y lo hicieron durante todo el día. Pensó que el peperoni o el queso de la pizza podría estar en mal estado por eso tampoco llamó a John cuando al día siguiente se levantó con las mismas náuseas y mareos.
Le contestaba a los mensajes que le enviaba diciéndole que estaba bien a pesar de que seguía vomitando. Durante toda la semana perduraron los síntomas y pese a ello, Mycroft notó como engordaba más de lo normal.
Ocho días después de haber llamado a John le volvió a enviar un mensaje.
"Oye, cuando salgas del trabajo, ¿puedes venir a mi casa?" M
"Acabo de salir, voy para allá, ¿estás mejor?" JW
"No. Aunque no es nada grave." M
"Cojo un taxi y estoy allí enseguida." JW
Mycroft suspiró y se sentó en el sofá. Tampoco quería preocuparle, pero empezaba a preocuparse y no quería que pasara nada grave. A los diez minutos, John llegó a casa, llamó a la puerta y esperó.
Mycroft le abrió y sonrió al verle. John sin embargo no sonrió, le miró preocupado.
—Ven, siéntate en el sofá —pidió cogiéndole de la mano y llevándole al salón.
Mycroft se dejó llevar y le hizo caso. John se puso frente a él y le acarició el rostro, luego le puso la mano en la frente y le miró las manos. Se agachó y le subió un poco el pantalón para verle los tobillos.
—¿Has seguido con náuseas y vómitos? —preguntó.
—Sí —respondió Mycroft —. Eh… ¿Es importante? Quizás el queso estaba malo.
—Eso no es el queso —dijo John —. Vamos, tenemos que ir a la clínica. Coge la chaqueta.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Mycroft alarmado mientras se ponía de pie.
—Antes de nada relájate Mycroft —murmuró John —. Porque el estrés no es bueno para el feto. Así que tienes que relajarte —dijo poniendo el dedo índice y corazón sobre la muñeca.
El pelirrojo tomó aire y lo soltó lentamente mientras salían. Una vez en el coche se volvió hacia John.
—Vamos —pidió —. ¿Qué pasa? —preguntó.
—Puede ser una preclamsia —explicó.
Mycroft arrugó el entrecejo.
—¿Qué diablos es eso?
—No es nada grave…
—El nombre parece decir todo lo contrario.
—Bueno, tu tranquilo. Ahora en la clínica te harán un examen médico y lo confirmarán.
Mycroft soltó un suspiro de exasperación y luego se echó en el respaldo del taxi. Cuando llegaron a la clínica, entraron por las urgencias. Rellenaron un papel y pasaron inmediatamente a una de las consultas.
—El Doctor Jones no está, así que te atenderá la experta del turno de noche.
Mycroft asintió y se sentó en la camilla. Unos minutos después entró una chica joven, alta y con una melena rubia que estaba recogida en una cola alta.
—Hola señor… Holmes —saludó levantando la vista de los papeles —. ¿Qué le ocurre?
—Eh, bueno —murmuró Mycroft sonrojándose —. Tengo mareos, vómitos, estoy hinchado y… Embarazado de cinco meses —susurró.
La mujer le miró preocupada y se acercó.
—Descúbrase el pecho por favor —pidió.
Mycroft se quitó la camiseta que llevaba y suspiró. La doctora le auscultó el pecho y luego el vientre. Tras eso, le tomó la tensión. La anotó en el informe y luego examinó las articulaciones.
—Bien, túmbese. Le haré una ecografía —pidió.
Mycroft le hizo caso inmediatamente mirándole angustiado. John se colocó a su lado y le apretó la mano.
—Tranquilo, ¿vale? Seguro que estará bien.
Mycroft solo suspiró y dejó que la médica examinara el vientre con el extremo del ecógrafo. Tras unas capturas y escuchar los sonidos cardiacos apartó el aparato y le dio un poco de papel a Mycroft para que se limpiara.
Cogió un taburete y se sentó frente al hombre, luego suspiró.
—Verá. El bebé está en perfecto estado, pero sufre una preclamsia leve —explicó.
John suspiró profundamente pero Mycroft le miró confundido.
—Su tensión arterial ha subido y eso es peligroso. Necesitará tomar medicación para controlarla y tendrá que estar en reposo hasta el momento del parto. No tiene por qué preocuparse, una preclamsia leve no tiene riesgos.
—¿Y si es grave? —preguntó Mycroft alarmado.
—Bueno, habría que inducirle el parto o hacerle una cesárea pero no hablemos ahora de eso, ¿vale? —le dijo con dulzura —. Se tomará estos medicamentos y controlará su tensión en la farmacia o en el ambulatorio más cercano. Si sube, o sufre desmayos por favor no dude en venir.
Mycroft cogió la receta y asintió.
—¿Algo más? —preguntó.
—Bueno, tenga una dieta equilibrada y procure no estresarse.
Mycroft asintió y salió de la consulta antes que John. Tras pagar en recepción salió a la calle y paró un taxi.
No tenía que preocuparse. Iba a salir bien. Guardaría todo el reposo necesario y en cuatro meses podría tener a su hijo sin ninguna complicación. Lo que fuera necesario.
—Oye —dijo Mycroft un rato más tarde cuando el taxi se detuvo frente a Baker Street.
John, que se iba a bajar del taxi se paró y le miró.
—Dime.
—Esta es la llave de mi casa. Eh… Por si quieres entrar —explicó —. Y no le digas nada a mi hermano.
—Pero…
—Se pondrá nervioso, me pondrá nervioso a mí y será peor así que intenta que no se dé cuenta. ¿Vale?
John le cogió la llave y asintió.
—De acuerdo. Tranquilo, ¿vale? Tú limítate a dormir y comer.
Mycroft rió entre dientes, se inclinó sobre él y le dio un suave beso en los labios.
—Venga —dijo separándose —. O se preguntará donde se ha metido.
John sonrió de manera tonta y se bajó del coche. ¿Significaba eso que estaba saliendo con Mycroft? Esperaba que si porque no quería olvidarse de esos labios nunca.
Al día siguiente, por la tarde, Mycroft le envió un mensaje a John. Después de haber estado viendo la tele había tenido una inquietud muy grande y decidió proponérsela a John.
"Tengo unas terribles ganas de comer burritos" M
"¿Y eso?" JW
"No sé, he visto un anuncio de comida mejicana en la televisión y se me antojaron…" M
"Te los llevo en 15 minutos" JW
"¿Qué? ¡No! Además, está lloviendo a mares…" M
"Para eso existen los paraguas, no estoy haciendo nada además." JW
"Como quieras…" M
"Ahora te veo" JW
Mycroft suspiró al leer el mensaje. Lo cierto es que le apetecía mucho comer burritos, así que no insistió en evitar que John fuera a por ellos.
Media hora más tarde, se estaba comiendo su segundo burrito. John había llegado hace diez minutos con cuatro y aún se estaba comiendo el primero.
—¿Te vas a comer el que queda? —preguntó Mycroft esperanzado mientras miraba el burrito que quedaba en la bolsa.
—Puedes comértelo si quieres —le dijo John mientras se terminaba el suyo.
—¿Por qué me lo consientes? —preguntó Mycroft arrugando el papel e inclinándose para coger el siguiente.
—Bueno, si tienes antojos lo mejor que puedes hacer es cumplirlos.
—¿Todos?
—Claro —dijo John —. Hombre si se te ocurre comer carne humana desde luego que no lo cumpliré, por mucho que desee matar a tu hermano. Pero mientras que sea comida legal…
Mycroft rió y cogió el tercer burrito, lo desenvolvió y comenzó a comérselo. John se levantó, se sacudió la camisa y se alisó los pantalones.
—Me voy al trabajo —dijo sonriendo.
—Dios, no te habré sacado de él, ¿no? —preguntó Mycroft espantado.
—No —dijo John sonriendo —. Mi turno empieza ahora —dijo acercándose a él y besándole —. Si me necesitas, envíame un mensaje. ¿Vale?
Mycroft se sonrojó ligeramente y asintió.
—Te veo mañana.
John le dio un último beso antes de salir por la puerta. Mycroft se terminó de comer el burrito y tras dejar los envoltorios en la mesa, se tumbó en el sofá y se durmió poco después.
Al día siguiente, pese a que tuvo un buen desayuno y una buena comida con John, cuando llegó a su casa y antes de la hora de merendar acabó con todas las magdalenas que había en una bolsa. No es que tuviera mucha hambre, pero le apetecía mucho comer algo esponjoso y dulce.
Una cosa llevó a la otra y cuando se dio cuenta se las había comido todas.
Se pasó el resto de la noche tendido en el sofá, después de haberse tomado las pastillas de la tensión, acariciándose la barriga.
