Hola, moshi-moshi! :D

Aquí reportándose Slinky Pink para traerles un nuevo capitulo de este fic.

Originalmente pensaba actualizar ayer, 14 de Junio, pero resulta ser que ayer fue el dia mas agitado de mi vida. Bueno, al menos uno de ellos y llegué muy tarde a mi casa porque fui a ver el final de mi infancia :'( Harry Potter y las Reliquias de La Muerte parte II y debo decir que lloré como jamás en mi vida hahahaha x') y pues me entró la depresión, me dormí y hasta hoy en la mañana me sentí con ánimos de hacer algo hehehe

Pero ya que pasó, y que todo tiene un final, aquí esta, sin falta, el décimo capitulo del fic!

Tututurururu al fic!

o.o.o

Capitulo X: Ese mayordomo, doble filo

o.o.o

Ayer ha terminado; es un día diferente

Suena como canciones rotas sonando otra vez, pero se lo prometiste

La próxima vez que te resistas

No tendrás otra oportunidad

o.o.o

Miré a ambos, aun con la boca abierta; de la sorpresa, había olvidado como cerrarla. Mis ojos viajaban rápidamente de Sebastian a Claude, quienes seguían de pie como estatuas de hielo. Yo no comprendía muy bien las cosas, ni siquiera que era lo que sucedía.

-¿Usted… usted es un demonio…? –pregunté, anonadada. Él asintió, clavando la espada verde en el piso de tierra, sin siquiera tomar impulso o hacer un sumo esfuerzo. Yo vi esta acción. Una acción realizada con la misma facilidad a como lo haría Sebastian. Una parte de mi mente estaba en blanco, como si mis pensamientos hubieran sido arrastrados por la intensa nevada.

-Un demonio, como he dicho, señorita –afirmó mi respuesta el profesor, caminando lentamente hacia donde estábamos mi mayordomo y yo. Se acomodó el cabello y la gabardina adornada con plumas; los artilugios de la prenda resonaron suavemente-. Esperó no le tome por sorpresa, ni a usted… ni a su mayordomo…

Se me encendió el foco, como si alguien subiese el interruptor de golpe. Me giré hacia Sebastian, cuyo rostro estaba fruncido en un gesto de desagrado; bajó los ojos para mirarme, solo un poco, pero su expresión no desapareció. Fue que me di cuenta de lo que realmente pasaba…

-Sebastian, ¿tu conoces a este hombre? –pregunté, con voz fría.

Él titubeó un poco, antes de responder, pero finalmente lo hizo de mala gana;

-Fue… hace mucho tiempo, señorita… -respondió, con dureza y dio un paso delante de mi, con una actitud que me sorprendió. Pareciera como si temiera que el profesor me viera o algo por el estilo.

-¡Sebastian! –gruñí, molesta por el gesto y lo hice a un lado de mi, para ver que sucedía.

-No hay nada que temer; no tengo pensado hacerle daño a ninguno de los dos –admitió Claude de pronto, con una voz que sonó honesta, pero no me convenció del todo. Lo hizo como si me hubiera adivinado el pensamiento.

Entonces yo me adelanté a mi mayordomo y me planté en el frente, con los brazos cruzados y la cabeza en alto.

-¿Qué es lo que quiere? ¿Qué hace en esta escuela? –interrogué, dejando claro que no aceptaría una negación o una desviación del tema como respuesta.

Claude carraspeó suavemente, levantando la espada del suelo. Se la puso sobre el hombro y caminó hacia nosotros, muy despacio. Por algún motivo, supe que no iba a atacarnos y así fue. Llegó a un par de metros de donde estábamos y dejó caer la espada a su lado.

-Buscando…

-¿Buscando que?

-Almas –dijo claramente, sin titubear y yo abrí los ojos de la impresión.

-Bueno, al menos es honesto –suspiré de mala gana, comentándolo hacia Sebastian, quien parecía seguir con su comportamiento de perro guardián- ¿es que no tiene un amo?

-No por ahora –dijo otra vez, con un aire de decepción -. Pero espero encontrar uno pronto.

Tragué saliva, disimuladamente. Yo también lo esperaba.

Súbitamente, sin previo aviso, estornudé ruidosamente. Fue tal estornudo, que la nariz me quedó doliendo y la sangre se me subió a la cabeza y cayó de golpe, de nuevo a mi corazón. Las manos de mi mayordomo cayeron sobre mis hombros, mas rápidos que los rayos en una tormenta.

-¡Rayos! –exclamé al instante que fui capaz de hablar. Maldita fuera mi frágil salud… ¡la odiaba más que a nada en el mundo!

-Deberíamos volver al teatro, señorita –propuso Sebastian, poniéndome sobre los hombros su saco del traje, mientras yo me encogía en mi misma para no seguir estornudando-. Va a enfermarse si se queda aquí.

-Ya lo sé –dije de mala gana, sin destaparme la nariz. Debía estar toda roja y si mi estúpido mayordomo la veía, entraría en un estado paranoico-médico. Volví a estornudar y esta vez, incluso me torcí por la intensidad- ¡Mierda, odio esto! ¿Y ahora que vamos a hacer? ¿Qué pasará con Rachel?

-Luego nos encargaremos de ella –me dijo Claude, levantando su espada al cielo. Esta brilló, envuelta en un aura color morado, misteriosa, y desapareció en cientos de partículas de luz que se elevaron hacia las nubes-. Por ahora, no nos causará problemas, solo por un rato. Y la función debe continuar.

Lo miré, con ojos inescrutables. La vida me ha enseñado, a base de golpes y de amarguras, que nunca se debe confiar en ninguna persona de la cual no conozcas ninguno de sus intereses verdaderos. Pudiera ser que Claude fuera un profesor, pero seguía siendo un demonio.

-¿"Nos encargaremos"? ¿Piensa que esto es su problema? ¿Por qué quiere ayudarnos? –pregunté, apartando de mi hombro la insistente mano de Sebastian. El profesor, siguió igual de exánime que al comienzo, pero algo en su rostro pareció suavizarse.

-Un poltergeist, como es la señorita llamada Rachel, es un alma corrompida por fuerzas oscuras, que escapan al mundo humano- comenzó a decir, con voz severa, acercándose hasta quedar a nuestra altura-. Los Shinigami saben que esto es un acto ilegal, porque los poltergeist deben estar encerrados en La Sexta Fosa…

-¿La Sexta Fosa?

-Aquello no tiene importancia –dijo rápidamente y aunque estuve a punto de reclamarle su grosería, continuó parloteando antes de que yo fuera capaz-. El punto es que lo que yo estoy haciendo es también ilegal; un demonio no debe salir de su recinto, a menos que sea invocado por un humano.

-Y la razón por la cual… -sentí un estornudo próximo. Una mueca se me formó en la cara y estornudé otra vez, mas ruidosamente que antes -¡Maldición! ¡Disculpe!

-No hay cuidado –insistió-. Mi razón, es que necesito almas pronto o de lo contrario, mi existencia desaparecerá y es algo poco usual ser invocado por un humano; es por esto que veo obligado a hacer lo que hago. Si los Shinigami llegan a buscarla antes de que podamos deshacernos de ella, tendremos problemas. No solamente yo, sino usted y su mayordomo.

-¿Por qué a nosotros? –interrogué, un poco incómoda por el panorama que proponía –es usted quien esta haciendo algo injusto, no nosotros…

-Por el simple hecho de ser demonios –murmuró Sebastian, desde atrás mío-, por interferir en el trabajo de los Shinigami en la recolección de almas. Además –y miró a su alrededor, mientras yo le seguía los ojos. El jardín estaba hecho pedazos, y aunque podría atribuírsele a la fuerte nevada, quizás los Shinigami sabrían lo que en realidad había pasado-, los daños hechos son demasiado obvios. Problemas, en este momento, son lo que menos necesitamos.

Me llevé una mano a la barbilla, no totalmente segura de sí debía confiar en lo que él me decía o no. Tenía los dedos fríos y al entrar en contacto con la piel de mi rostro di un respingo.

Sopesé la idea de tener que correr tras de un alma terca y odiosa, mientras me encargaba de actuar decentemente en mi papel… ¡Vaya lío! De saber que las cosas serían así, no habría aceptado hacer la actuación en primer lugar. Mas, ahora, era mi responsabilidad, y combatir codo con codo no parecía una muy mala idea.

-Entonces, conviene trabajar en equipo –dije por fin, suspirando resignada y la nariz comenzó a picarme-. Esa chica puede haberse ido, pero no parece del tipo de persona que se da por vencida tan fácilmente.

-Volverá, de eso estoy seguro –agregó Sebastian, poniéndome una mano sobre el hombro-. Luego nos encargaremos de ella, señorita; en equipo. Vamos…

-¡Ya voy, ya voy! ¡No me trates como si fuera una niña! –gruñí, bastante molesta, porque me empujaba y sus manos estaban igual o mas heladas que las mías.

Avanzábamos lentamente, en la semioscuridad y el granizo que caía rápidamente en nuestras espaldas. De reojo, observé a Claude, detrás de nosotros, como una sombra negra en el medio de la blanca nieve. Saber que era un demonio, bueno, no era exactamente algo que me relajaba, pero el hecho de saber la verdad, era complaciente y me hacía sentir segura de mis decisiones.

O, al menos, me hacía sentir menos vulnerable a la idea de que un espíritu loco quisiera matarme.

Pero… la imagen del profesor Faustus en el camerino; sus ojos, la forma en que cavaban en los míos, buscando una respuesta que yo desconocía a una pregunta nunca formulada; los sentimientos que me llenaron la piel, el pecho, la mente…

¿Por qué no podía sacármelos de encima?

o-o-o-o

Cuando volvimos a la sala de camerinos, Springs casi nos asesina a los tres, ya que estaba a punto de comenzar el segundo acto; el momento en que Jack descubre vuelve al Reino de Halloween para llevarles a los monstruos la noticia de la Navidad. Sebastian se disculpo de manera amable, pero la profesora estaba realmente injertada en fiera y tuve la sensación de que si mi mayordomo no tenía cuidado, nos terminaría asesinando a los dos de manera violenta. Muy al contrario, Claude no le hizo caso y la ignoró olímpicamente, cosa que me disgustó un poco, pero no había nada que hacerle; es un profesor después de todo.

Aunque había un ambiente cálido adentro, a comparación de la ventisca gélida que agitaba los arboles afuera, yo no dejaba de estornudar y Sebastian parecía una especie de criado sobreprotector en cuanto a esto. Fui yo quien tuvo que darle, casi a fuerzas, el saco de su traje, diciéndole que era algo estúpido que saliera con el disfraz incompleto. Parecía sumamente preocupado, pero no en un sentido desesperado, sino como ya dije, en un sentido sobreprotector.

Me tomó por los hombros, mientras yo me sacudía la nariz con un pañuelo desechable como por enésima vez en todo el rato; sus ojos relampaguearon y yo le presté toda mi atención enseguida.

-En unos momentos saldré a escena –comenzó a decir, mientras Springs anunciaba la tercera llamada y pedía que el publico tomara asientos para comenzar-. Por favor, sea razonable y no se alejé de aquí.

Fruncí el ceño, aunque sabía que lo que decía era verdad. Yo no estaba siendo razonable… pero me importaba un reverendo cacahuate el serlo.

-Tu no me das ordenes a mí –le espeté, casi con desprecio-. Yo puedo hacer lo que se me plazca y tú no puedes evitarlo. Tú eres mi perro, ¿entiendes?

-Lo sé, joven ama –respondió, poniéndose de pie para salir a escena, con un rostro duro -, y es el mismo hecho de no poder hacer nada porque usted haga lo que le pido, lo que causa tantos problemas.

-¡No me culpes de todo esto, estúpido! –bramé, arrojando a un lado la bolsita de pañuelos desechables y casi poniéndome en las puntas de los pies. La bilis se me subía por la garganta y la sentía a punto de hacer erupción por mi boca-. Regresa los pies a la tierra y céntrate en tu realidad; yo soy el amo y tu el mayordomo… ¡Ahora lárgate al escenario y has lo que tienes que hacer!

Y mientras señalaba al escenario con un dedo, él inclinó la cabeza en mi dirección, con una mirada que cualquiera hubiera tomado como exánime, muerta, pero yo vi algo mas detrás de sus ojos rojos; vi la mera y pura esencia de la decepción. Me desarmó, me desarmó de palabras y tuve que luchar contra mis deseos de decirle que lamentaba aquello; pero mi orgullo me decía que yo tenía la razón al haberle dicho eso. Me decía que yo estaba en lo correcto y él estaba mal.

o.o.o

El segundo acto fue el más tranquilo de los tres. Rachel no se apareció en todo el rato, nadie se equivocó en sus líneas y no me sentí tan nerviosa como al principio. La escena de la reunión de la gente fue un verdadero éxito y juró haber escuchado a unos cuantos niños gritar al final, cuando Sebastian sonreía como un verdadero demonio y las luces rojas lo iluminaban.

Luego vino la parte de Jack y sus inventos en el laboratorio. Era también una parte mí, donde Sally va a verlo a la torre y le entrega una botella, para luego escabullirse en la oscuridad y tener la visión de que algo horrible pasará con esa navidad. Durante esos instantes que estuve en escena, escondida atrás de una pared de rocas, mostrando al público el árbol que supuestamente estaba en llamas, me sentí triste al mirar el trozo de madera quemado. No puedo, hasta ahora, comprender el porque de ese momento, de esa sensación; solamente que fue tan intensa, que me dieron ganas de llorar.

Durante la escena de la entrega de los trabajos navideños, donde Sebastian y yo teníamos un momento de interacción, fue de lo mas simple del mundo y dudo que alguien haya visto siquiera un poco de interés en mis intentos de advertirle al rey Calabaza que corría peligro, porque no me sentía con deseos de evitar que algo le pasara; ni a Sebastian ni a Jack. Springs debió darse cuenta de esto, porque me miraba con deseos de asesinarme desde atrás de las piernas del telón. Pero yo estaba impávida, y le devolvía el enfrentamiento con filo en mis ojos y desdén en mi rostro.

La escena de los chicos de Oogie Boogie, donde participaron tres pequeños niños de primaria, era la que seguía y realmente no esperaba mucho de ella. Había visto antes pedazos de la escena, en los ensayos, pero nunca me había sentido particularmente atraída hacia esa parte de la película, y mucho menos de la obra. En el momento en que escuché decir a Springs que era la que seguía, quise irme, pero ella me retuvo allí, poniéndome una mano en el cuello y una mirada tan sombría en su rostro que no hubiera dudado en que ella fuera un demonio.

-Si te vuelves a escapar como antes… no tendré piedad contigo… -masculló entre dientes… o entre sus colmillos. Tragué saliva y toda la sangre se me fue del pecho.

-Si… ma-maestra…- respondí, temblorosa y me quedé tan quieta como una estatua a su lado, maldiciendo sus métodos de manipulación y aquella fastidiosa escena.

Estaba pensando en escaparme, en salir huyendo de allí y checar si habían aspirinas en el botiquín del baño, ya que la cabeza me estaba matando, cuando escuché de pronto a una persona echando chispas, tratando de hacerse escuchar en medio de tres ruidosas y chillonas voces que estaban haciendo un alboroto.

-¡Silencio, por favor, niños! –gritaba una y otra vez, pero los niños no se callaban.

Me giré a ver que pasaba y entonces comprendí; eran los tres niños de Oogie Boogie, en sus respectivos disfraces y venían haciendo tan escándalo, que inclusive Smitherson, la mujer con mas paciencia del mundo, trató de hacer que guardaran silencio.

-Es inútil, Angelina –murmuró la agotada educadora, mientras yo únicamente observaba con interés a las tres crías que se peleaban, como un trío de perros sarnosos, un caramelo-, he tratado de hacerlos que se calmen, pero simplemente parecen no escucharme y no se quedan quietos…

Dirigí mi atención al montón de ropas y encajes que había allí y me pregunté, cuando comprendí de quien era cada brazo que veía, porque la profesora estaba tan cansada, ¡aquella mujer estaba viviendo su infierno en la tierra! Los tres enanos se subían uno encima del otro, se jalaban el cabello, la ropa, se mordían y se gritaban, se golpeaban con puños y a bofetadas.

Uno de ellos era rubio, y actuaba de Barrel, el disfrazado de esqueleto; sonreía mucho y tenía los ojos muy grandes. Era regordete y se burlaba a todo pulmón de sus compañeros. El otro era pelirrojo, de piel apiñonada y una cara pintada de carmín, muy acorde a su traje de diablillo; él era quien golpeaba a los otros dos, gritoneando como histérico. Ambos se veían adorables, incluso con sus rostros maquillados y una hiriente expresión burlona en sus ojos.

Pero la niña, la brujita, Shock, había algo sumamente raro en ella, muy aparte de su agresivo comportamiento y los empujones que le daba a sus amigos, algo que no capté en su totalidad. Tenía un vestido pequeño, de encajes negros y color purpura opaco, en la cabeza llevaba su sombrero puntudo y largo, que se agitaba cada vez que se movía.

Repentinamente, como si yo hubiese pensado todo esto en voz alta y ella lo hubiera podido oír, por sobre el escándalo que provocaban, volteó la cabeza con rapidez hacia mí y me clavó un par de ojos cristalinos como el agua, bajo un flequillo rubio manchado de verde. Esos ojos eran fríos y estaban exánime, muertos; había una inteligencia sumamente oscura en esos ojos de cristal; una naturaleza propia de una mujer que ha vivido mucho.

No pude si quiera hablar con la niña, porque la profesora se llevó a los tres al escenario, porque era su turno de actuar. No estoy segura de lo que vi, pero esa niña tenía algo realmente oscuro y estremecedor en su ser y no dejó de mirarme hasta que desapareció tras las piernas del telón. Durante largo rato, la imagen de esa niña me dejó pensando, pensando en si estaba enloqueciendo por tantas cosas sobrenaturales en mi vida o, si en verdad, esa chica estaba poseída por algo. Mas tarde, ya no volví a verlos, a ninguno de los tres.

Así transcurrió, con tranquilidad, aquel acto; sin interrupciones y sin emociones. Era sin duda, la parte mas plana de toda la obra, y no exactamente era nuestro deseo. Por otro lado, mis estornudos se convertían en una gripa que, paulatinamente, me hacía sentir exhausta y molesta conmigo misma y con todo aquel que estuviera a menos de dos metros a la redonda.

Seguidamente de la escena en que Sally costura el traje de Jack terminó mi turno por aquel acto y salí disparada tras bambalinas para buscar algún analgésico con la directora Smitherson. La nariz me escurría como una fuente y sentía que la cabeza me palpitaba con fuerza. Maldita fuera mi salud, maldita fuera la estúpida de Rachel y maldito fuera el idiota de Sebastian… Y entonces pensé en por qué estaba molesta con Sebastian.

Caminando por los pasillos de la sala de camerinos, me pregunté si acaso yo sabía la respuesta y me di cuenta de que, en realidad, no había una razón. Me había enojado porque él había tratado de darme órdenes, pero la verdad era que él tenía mucha razón al decirme aquello, aunque me doliera el maldito orgullo tener que decirlo. Pero no era aquello, porque cuando pensé en esa posible causa de mi ira, no me sentí más aliviada al conocer la razón. Y llegó a mi mente la respuesta, mas rápido de lo que yo pude llegar a mi camerino; era acaso que estaba enojada ¿porque Sebastian no me había dicho la verdad sobre Claude? ¿Desde cuando lo sabía él?

Me puse mas furiosa y abrí la puerta de mi camerino de un solo golpe, deseando que realmente se le rompiera una pierna en el escenario al muy imbécil, porque ahora, parte del rompecabezas que yo había armado a duras penas, se había vuelto a romper en pedazos… ¿Cómo había sido él capaz, sabiendo que Claude buscaba almas, de haberme dejado sola? Aun sabiendo esto, no le había importado antes…

Pero era demasiado pedirme una explicación. Apretando los puños, comprendí que esto ya lo había razonado antes, cuando iba caminando con Grell en el East End, y no tenía sentido martirizarme tratando de encontrar una respuesta a una pregunta que no tenía fundamentos.

Lo único que me quedaba aceptar, era que debía meterme bien en la cabeza que Sebastian, por mas amable, por mas atento, fiel y honesto que fuera conmigo, al final seguiría siendo un ser infernal sediento de almas. Al final del camino, no importaría si fue amable, comprensivo, confiable, atento o demás calificativos que se les da a los hombres de calidad, porque él dejaría de verse como un salvador y se transformaría en el verdugo. Él se quitaría la máscara y dejaría ver su verdadera cara; devoraría mi alma y ya no tendría importancia si yo había sido una ama refinada, comprensiva; una vez que él obtuviese lo que quisiera, yo me convertiría en un bocado mas de su hambruna eterna. El príncipe volvería a ser un sapo y la princesa moriría en las garras del dragón.

Busqué atrás del espejo del baño medicinas. Según yo sabía, Springs y Smitherson habían llevado medicamentos y un botiquín de primeros auxilios al teatro por si algo sucedía durante la obra, de modo que me dispuse a buscar una aspirina o un paracetamol en los frascos anaranjados, en la vitrina de atrás del espejo. Encontré al fondo una botellita de aspirinas y me tome una de un golpe, sin beber siquiera un poco de agua. La pastilla me raspó la garganta y comencé a toser como una estúpida, y me lancé al lavabo para tomar agua y quitarme la sensación de ahogo.

-Medicamento de pacotilla –mascullé con voz ronca, luego de que pude tragarme la pastilla sin tener que poner en práctica la maniobra Heimlich en mi misma. Dejé caer la cabeza sobre el lavabo y me rasqué la cabeza.

-Umm…¿Ellie? –preguntó una voz al otro lado de la puerta del baño y yo me sobresalté tanto que me golpeé el codo con la esquina del lavamanos. Ya saben donde; allí, en el nervio, donde sientes que te duelen hasta los dientes cuando te das con fuerza.

-¡Mierda! –grité de dolor. Creo que debería ser un poco menos vulgar- ¿Quién es?

-So-soy Lucy… -tartamudeó con voz de inocencia y me llevé la mano a la cara. Al menos no era Rachel, que era lo que temía al principio, aunque Lucy tampoco era mi mejor opción para ese momento de tensión-, ¿estás bien?

-Si, si… -admití, saliendo del baño y cerré la puerta tras de mi. No traté de ser amable, ni siquiera le respondí con dulzura o algo, pero me dedicó una sonrisa amplia y amistosa, que me hizo quedarme parada como tonta allí frente a ella, esperando a ver si me explicaba porque rayos me estaba sonriendo.

-¡Oh, que bien! –dijo con una risilla y alcé una ceja. Lucy se pasó la mano por el cabello y casi tira su tocado al suelo, por lo que se rió antes de que yo pudiera entender el porque y cerró la boca antes de que yo pudiera comenzar a preguntar-. Bueno, es que vi que entraste y te veías algo triste…

-Estoy resfriada –dije rápidamente, tratando de evitar a toda costa una conversación larga y tediosa allí; quería salir a ver el siguiente acto y honestamente no me sentía cómoda charlando con ella. Lucy era demasiado alegre, una de esas personas que parecen llevar el sol a donde quiera que van.

Un sol que me estaba resultando bastante exasperante.

-¿Y eso como pasó? –preguntó con ingenuidad y suspiré con ansias.

-Fui una descuida, es todo. Lo mejor será salir; quiero ver el siguiente acto –comenté cortante, pasando a su lado, comunicando, según yo, que no tenia deseos de hablar y quería que se fuera.

Pero ella no lo vio así; muy al contrario, se giró rápidamente en mi dirección, con una sonrisa aun mas amplia que la anterior, tan dulce que casi me volví diabética y me tomó de los hombros.

-¡Es cierto! ¡Ahora que recuerdo, es la escena de Santa Atroz y el Oogie! –comentó emocionada, dando saltitos de felicidad, mientras yo me preguntaba donde se encontraba su "botón de apagado" o, al menos, el de "silenciar"-¡Nunca pude ver al señor Faustus actuando! ¡Vamos!

Me tomó de la mano y antes de que yo pudiera reclamar, me arrastró fuera del camerino, a una velocidad muy poco human

-¡Luce! –exclamé, tratando, inútilmente, de soltarme de su agarre, mientras apretaba la mandíbula y hundía los pies en el piso para no ser llevada por la corriente.

Mas no importaba que tanto tratase o quisiera soltarme; de nada servía tratar, porque la chica parecía un caballo desbocado que no ha bebido agua en un mes.

El punto es que llegamos (o mas bien, llegó, porque yo iba por el suelo) al lado izquierdo del escenario a oscuras, donde nada podía verse, salvo una pequeña luz que alumbra a Santa Atroz, un chico para nada gordo, pero estaba relleno de algodón y otras cosas para tener esa "redondez".

Lucy me zamarreó de los hombros, excitada y volvió los ojos al escenario rápidamente.

-No puedo esperar –me confió en voz baja, aplaudiendo suavemente.

-Si, si claro… -respondí, fingiendo interés, aunque no puedo negar que una parte de mí, quería ver a Claude en acción.

Ahora que sabía que era un demonio, cosa que no terminaba de caberme en la cabeza y aun me parecía algo irreal, resultaba interesante ver que haría, ver como se movería en las sombras, sus expresiones.

Si ver a Sebastian actuando como Jack, triste, un poco inocente y pensativo, era todo un deleite, no podía imaginarme que clase de impresión causaría el profesor Claude.

El público estaba en silencio y Santa miraba, asustado y atado de manos, a todos lados, tratando de ver en la penumbra. De pronto, la luz pequeña se apagó y las luces negras fueron encendidas detrás del telón y la barba blanca del disfraz de Santa brilló como si fuera de neón y descubrió, aterrado, que estaba cobre una ruleta de apuestas, rodeado de clavos amarillos relucientes.

Sin embargo, eso no fue lo impresionante; lo que me dejó sin aliento fue que, con la barba, también cobraron vida otras muchas cosas en la escenografía, que surgió de la oscuridad, reluciendo en intensos colores neón. Esqueletos de murciélagos anaranjados colgando del techo, calaveras de verde brillante en los rincones, púas y filos violetas. Damas de Hierro azul rey reluciendo en el fondo. Era un casino, una especie de casino y calabozo de torturas medievales, con fondos de calaveras, cartas que parecían tener ojos que se movían y cadenas sujetando todo. Escaleras por aquí y por allá, de azul eléctrico y, de pronto, un par de dados rojos carmín, de un brillo que lastimaba la retina, golpearon a Santa en la frente y él se quedó mudo, mirando los objetos, como si no pudiera comprender que era lo que estaba sucediendo.

Lucy me apretó la mano, entusiasmada y con tanta fuerza que me dolió, pero, por mas que hice por decirle, ella tenía los ojos clavados en el escenario. Resignada y aun con curiosidad, miré nuevamente a Santa, que observaba, lleno de pánico, algo al lado derecho del escenario. Seguí sus ojos, para ver que era lo que lo asustaba tanto y al verlo, yo también temblé e inconscientemente, le devolví el apretón a Lucy.

Había dos ojos amarillos, tan brillantes como si fueran dos lunas llenas encendidas y cuando la música comenzó, el dueño de esos ojos bajo las escaleras de neón azul, lentamente, con las manos extendidas y los brazos abiertos, con un aire burlón y despreocupado, ladeando la cabeza. Cuando estuvo a punto de tocar el suelo, dio un brinco al frente y cayó justo a un lado de Santa, que seguía sin comprender nada.

Levantó un pie sobre la base de la ruleta, haciendo que la superficie se inclinara hacia su lado y Santa tuviera que mirarlo a los ojos, aun tendido sobre el neón amarillo. El miedo en los ojos del chico no era actuado… él realmente estaba paralizado del terror.

Claude, iluminado por las luces negras, parecía un espectro maligno. Sus grandes ojos eran demoniacos, ambarinos; los colmillos bajo sus labios, torcidos en una maléfica sonrisa, parecían ser más grandes que lo que realmente eran, y se acercaba tanto a Santa que parecía que en cualquier momento lo mordería en el cuello y lo desangraría cual vampiro. Los pequeños cráneos negros en la gabardina, junto con las plumas, brillaban como tornasol neón y con cada movimiento, pareciera que tenía un aura diabólica sobre él.

Se escucharon las primeras notas de la música y entonces Claude giró al público, con una expresión en su rostro que hizo temblar a todos.

Claude lo tomó de las solapas de la camisa, y le habló muy de cerca, casi tanto que el chico tenía que hacer viscos para poder seguirle los ojos. Desde donde estaba, podía ver como temblaba al tener frente al profesor, quien estaba más dentro del papel que nadie. Podría decirse, que se daba un entre con Sebastian.

El profesor soltó de golpe a Santa, quien cayó de espaldas sobre la base, y caminó a su alrededor, gesticulando la canción y andando como quien sabe que tiene el control total de una situación. Se veía tan seguro de lo que hacía, tan cruel, tan vil, que Springs estaba impresionada y Luce me apretaba la mano con fuerza, pero no podía quitar lo ojos de encima de Faustus. Ella estaba casi hipnotizada por su andar maligno, su sonrisa chueca y el brillo oscuro que despedía con sus movimientos.

Oogie lo arrastró de las muñecas por el escenario, hasta llevarlo a una especie de banda enorme, como las que hay en las fábricas; se deslizaba pausadamente, y Claude caminaba tras de él, haciendo gestos y actuando la canción. Se movía con la música… no, él movía la música, o al menos esa era la impresión que daba.

Los murciélagos, los esqueletos y demás criaturas, le hacían el coro, y de atrás de la escenografía, salieron niños vestidos de insectos fosforescentes, que danzaban en la penumbra de una manera peculiar, como si fueran pequeños fantasmas o muertos andantes, con movimientos luctuosos, y Claude parecía parte del entorno, perdiéndose y al mismo tiempo brillando con sus ropas agitadas y aventando los dados de un lado a otro.

Santa levantó, a duras penas, la cabeza y dijo sus líneas, con la voz temblorosa, con miedo. Todos podíamos ver que no estaba completamente seguro de querer decirlo y, al hacerlo, Claude le clavó los ojos amarillos. Aun estaba en la banda, mientras Claude daba brincos y agitaba las cadenas en la parte mas alta de la escenográfica, cuando el profesor bajó de un brinco y con el salto, agitó la banda y el chico salió volando hasta caer, sin un rasguño, sobre otra base; una cama que imitaba una dama de hierro.

Faustus se carcajeó en su cara, lo sacudió por los hombros y lo hizo rodar, desde la dama de hierro hasta el suelo, haciendo rebotar en las cajas y demás partes del escenario. Santa cayó de sentón y Claude llegó frente a él con la facilidad de un gato, amarrándolo con cadenas iridiscentes y empujándolo con un pie.

Lucy tragó saliva ruidosamente y junto a mí, una niña se apretó contra la pierna de una de las maestras.

-¿Qué me vas a hacer? –preguntó Santa, tan pálido que la luz negra casi lo hacia brillar. Oogie se le acercó nuevamente, señalándolo con el dedo índice y moviéndose de una forma muy parecida a como lo haría un amante; con movimientos tentadores, pero crueldad en sus ojos.

-Es sorpresa, ya verás… -contestó, y por un segundo, los luces negras se apagaron y cuando volvieron a encenderse, el escenario resplandeció de luz de neón y ahora, no solamente habían insectos brillantes, sino cientos de murciélagos, personas disfrazadas de esqueletos de colores subiendo escalones, moviéndose como si estuvieran envenenados. Las ruletas giraban, las cartas se movían de un lado a otro y un rayo de luz especial alumbró a Claude, quien miraba a Santa y al público con sorna… con sus ojos de demonio; rojo carmín.

Creo que le apreté la mano de vuelta a Lucy, porque ella se me acercó cuidadosamente y me tocó el brazo.

-¡Ya suéltame, porque si no, tu crimen se castigará! –exclamó el chico, mientras Claude lo hacia dar vueltas en los aires, sujetos por las cadenas, mientras el le daba vueltas a la manija – polea, que elevaba al regordete personaje, con un pie, observándolo divertido, casi al borde de la locura.

A esto, Claude se quedó exánime un momento y, seguidamente, sonrió enseñando todos los dientes, dejó de mover la manivela, y Papá Noel se apresuró hacia el suelo en picada y más de una persona en el público -y tras bambalinas- gritó del susto. Inclusive, el mismo Santa gritó de pavor y yo di un paso hacia atrás. Todos pensamos que el chico iba a morirse allí, y entonces Claude detuvo la manivela, suspendiendo al chico antes de que este tocase el suelo con su nariz, a medio metro del piso.

"Maldito demonio arrogante", pensé, apretando los dientes, mientras Claude, totalmente absorto en su personaje, respondía;

Luego soltó la manija y Santa cayó, el medio metro que quedaba entre él y el suelo, de sentón y lentamente, monstruillos, demonios pequeños y los insectos comenzaron a rodearlo, como si fuesen a devorarlo vivo, como si en cualquier momento todos fueran a pelearse por un pedazo de su carne. El chico se estremeció, mientras el demonio, con sus pasos largos, avanzaba sin peso, lanzando dados y cartas de sus bolsillos y las cartas eran interminables. Le pasó una mano por los hombros, acercando su rostro al del gordo Santa Claus, y este, aterrado de aquello, trato de apartarse, pero el brazo de Faustus debía ser como una barra de hierro y no pudo moverse…

Claude se carcajeó limpiamente, como un gruñido bestial, mientras que Santa no dejaba de temblar, y los tres chicos de Oogie Boogie, Lock, Shock y Barrel, asomaron por detrás del telón rojo, riendo como niños traviesos. Esos niños eran macabros, de sonrisas oscuras y, con la luz, parecían viles engendros malignos. Tuve miedo de ellos. Recuerdo sus risillas locas, sus ojos enormes, las miradas llenas de histeria.

El telón se cerró lentamente, finalizando el segundo acto y detrás de las cortinas rojas, del lado del público, hubo ovaciones entusiasmadas y silbidos de felicitación para el profesor Claude. Ellos seguían imaginando al enigmático Señor de las Pesadillas, aterrando niños, mientras que, de nuestro lado del telón, a penas las luces se encendieron, la magia desapareció; Claude volvió a ser serio, gélido y con la mirada severa que siempre tenía en su rostro, y los brillantes colores, que antes refulgieron de neón, eran opacos con las luces blancas.

-¡Eso fue genial! –exclamó Lucy, girándose para ver mi expresión, que debía ser de entusiasmo.

Sin embargo, yo tenía los ojos aun sobre Claude, quien seguía en el medio del escenario, acomodándose las plumas de la gabardina, con Springs dándole felicitaciones y a Angelina derritiéndose (literalmente) a su lado. Santa, el chico relleno de algodón, seguía en el suelo, tan pálido que parecía un muerto y con los ojos perdidos en algún punto de la nada. Respiraba agitadamente; el pecho le subía y le bajaba tan rápido que parecía una maquina.

-¡Ellie! ¿No te gustó? –preguntó Luce, insistente y aun sonriente, por lo que pude ver de reojo.

-Fue… espeluznante… -alcancé a contestar, aun con su mano sujeta en la mía y los ojos brillantes de inquietud. Mis ojos, muy al contrario, veían fijamente a Claude, quien también me observaba, disimuladamente, por entre las dos maestras que lo rodeaban.

Me pregunté… muchas cosas. Cosas que me resultaban estúpidas en ese momento. Cosas que en realidad no tenían que ver con el tema, pero yo no quería dejar de preguntarme de ellas. En cierto modo, me estaba encerrando en una burbuja, lejana a la realidad, donde no había nada sobrenatural que pudiera hacerme daño, que pudiera introducirse en mi mundo de cuentos de hadas y princesas encerradas en castillos de altas torres. Quise alejarme de allí, perderme en el medio de la nada y seguir perdiéndome más y más.

Fue el mero toque, impaciente, de la mano de Lucy, que me hizo regresar al mundo real y desviar mis ojos de los orbes ámbar del profesor Faustus.

-Vamos –me dijo ella y su voz me sonó lejana, como si proviniera de un punto cualquiera del horizonte que veía cada vez que miraba al mar. Asentí, perdida y me llevó a la parte de atrás del escenario, mientras yo observaba la multitud de trabajadores que movían la escenografía del reino de Halloween y la de la ciudad.

Sin decirle nada, me senté en el suelo, con la espalda contra una de las negras paredes y me rodeé las rodillas con las manos y escondí mi rostro en el espacio entre ellas. El dolor de cabeza cedía poco a poco, y la garganta ya no me dolía como antes, al principio. Ya no estaba agitada y la luz cálida atrás de mi, me hacia sentir como un polluelo dentro de su cascaron. Era una tibieza suave, delicada y de repente todo se puso negro.

o.o.o

-Elisse… -decía alguien. Era una voz lejana que repetía mi nombre con sutileza.

-Elisse… -se acercaba más, y cada vez dejaba de ser suave, para volverse casi chillona, casi molesta… ¡que sueño mas raro!

Y de pronto…

-¡ELISSE BENNETT, POR DIOS! –alguien gritó.

Gritó tan fuerte que me levanté de un salto, aun sin estar completamente segura de lo que hacía. Me tambaleé, desorientada y somnolienta, mirando a todos lados, buscando una explicación para la forma tan poco amable de como me habían despertado. Delante de mí, con la cara mas fruncida que un bulldog y echando chispas por los ojos, estaba Springs, con la mano en la cintura y un libreto en su otra mano, observándome fijamente.

-¿Qué pasa? –pregunté, sobresaltada, mientras mi corazón seguía agitado. Estúpida mujer…

-¡Es tu turno, niña tonta! ¡Tu turno! –bramó como un león en pleno rugido, mientras yo me estremecía, aun preguntándome que era lo que había hecho.

-¡Ellie, te quedaste dormida! –exclamó Lucy, parada junto a mi. Tenía el rostro manchado de maquillaje y los ojos enrojecidos. Pareciera que ella también se quedó dormida a mi lado.

-¡Ve allí, ahora, y trata de arruinar la navidad del Rey! –rugió cruelmente Springs y yo salí disparada hacia el escenario como alma que lleva el diablo, maldiciendo el maldito resfriado que tenía. Seguramente era el medicamento el que me había adormecido, pero ahora estaba mas que despierta. Nadie que respete su vida se arriesgaría a desobedecer a Springs.

Salté al escenario, rodeada de monstruos que admiraban una fuente de piedra. Serpentinas de color azul y verde metálico simulaban el agua y había un poco de niebla en el ambiente. Todos "sonreían", emocionados y abrumados por la alegría que flotaba en el aire. El telón eran algunos edificios dibujados, la luna brillante en el cielo y luces navideñas alumbrando, verdes y rojas, y varias guirnaldas de pino colgaban de los cuellos de las gárgolas y estatuas de la plaza. Supuse que era el momento en que Jack salía hacia el mundo humano para hacerla de Santa Claus y me sentía aliviada de que no me había dormido demasiado tiempo. Quizás unos diez o quince minutos.

Súbitamente, todos comenzaron a aplaudir, mientras una fúnebre música navideña comenzaba a sonar y desde las escaleras de un edificio, apareció Sebastian, con el traje de Santa Claus; el saco rojo, con los puños y las solapas de felpa. La gorra navideña de daba un toque… bueno, lo hacía ver menos macabro de lo que era. Lucía igual de pálido que antes, pero sonreía con un entusiasmo que realmente me hizo creerme que estaba eufórico por la navidad.

Saludó a los demás y el alcalde corrió a su lado, con un rollo de papel interminable, que dejó caer por los escalones del edificio y se puso a leer en voz alta y pomposa;

-Piensa en nosotros, cuando estés surcando los cielos, resaltando cada estrella y manchando la luna con tu figura espectral. Tu, nuestro orgullo. Tu nuestro Rey…

Jack levantaba la cabeza, simulando estar orgulloso de lo que el alcalde decía, entre tanto, yo salí, pasando frente al público, a un lado del escenario, donde una maestra me entregó la botella de Jugo de Niebla para arruinarlo. Volví a prisa, llegando a la fuente y simulando vaciar su contenido, mientras ponía una cara preocupada. En ese momento, las maquinas de humo comenzaron a trabajar mas y en un instante, el escenario se llenó de niebla blanca y los monstruos comenzaron a murmurar.

-Tu que a millones a su tumba has llevado… Tu que has… devastado… el alma…de…- El alcalde comenzó a leer mas despacio, fingiendo que la niebla no lo dejaba ver y la expresión de triunfo en el rostro de Sebastian fue reemplazada por una de sorpresa.

-Oh, no… -murmuró Jack, mirando a su alrededor, con tanta inocencia que casi me siento culpable. Maldito fuera ese demonio-. No puedo despegar así. Los renos no podrán ver a donde se dirigen…

Me deslicé al frente del escenario, donde pretendí escuchar todo y suspirar aliviada. Una preocupación menos, únicamente seguía mi estúpida canción y todo abría terminado por ese acto.

-Esta niebla es más densa que… -comenzó a decir un vampiro, aun con su sombrilla, pero el ciclope lo interrumpió, pues estaba dudando.

-¡Sangre coagulada!

-No, más densa… -opinó alguien más.

-Allí va toda mi esperanza… -se aquejó Sebastian, sentándose en uno de los escalones, tan derrotado que incluso el publico se conmovió. Puedo jurar que alguien me arrojó una bola de papel en la cabeza, pero no podría decir quien fue-…tanta planeación, mis sueños de gloria…

-¡Allá va la Navidad! –exclamó el niño cadáver, sollozando tristemente y la señora cadáver lo abrazó con fuerza, mientras los demás comenzaban a murmurar.

Vi como aparecía la proyección de Zero, acercándose a Jack y tratando de consolarlo, pero el rey estaba tan deprimido que no quiso mirarlo.

-No, Zero, ahora no… -murmuró, sacudiendo una mano, haciendo un ademan para que se alejara. Sin embargo, el perro fantasma seguía allí, insistiendo aun más, hasta que Jack lo miró. Y su rostro compungido se transformó en una mueca de alegría desbordante-. Pero, ¡que nariz tan brillante tienes! –los ojos se le iluminaron y sonrió con tanta euforia que era casi contagiosa- tan brillante, ¡que iluminarás el camino! ¡A la cabeza del grupo, Zero!

La proyección se alejó, posicionándose al frente de todos los renos de esqueletos (de hielo seco) y una vez que Jack estuvo en el asiento, tirando de las riendas, arrastraron el trineo a un lado del escenario, mientras la multitud estallaba en aplausos de felicidad y alegría, eufóricos porque su rey lo había conseguido. Y luego, en la luna, proyectaron la figura del trineo, como si realmente se hubiera alejado volando hacia el cielo nocturno. Todos continuaron con su felicidad, excepto yo, que tenía que actuar realmente preocupada. El grupo siguió aplaudiendo y poco a poco, el escenario quedó vacío. Tragué saliva. Seguía mi parte, mí solo en el escenario. Las manos me temblaban y las tenía tan frías que realmente me sentía un cadáver.

-¡Adiós, Jack! –exclamé, mirando al cielo y cometiendo el error de darle la espalda al publico, pero me estaba muriendo de nervios. Entonces tragué saliva, y recuperé un poco de valor.

Se supone que yo soy una Phantomhive y nadie debía dudar de mí. Esto me hizo sentirme un poco mejor y pude continuar.

-Mi querido Jack… -dije tan bajito que dudó que alguien haya escuchado. Ya era suficiente con estar parada en el medio del escenario, así que seguidamente, terminé mi dialogo para que empezará la canción de una buena vez-. Espero que este equivocada en lo que presiento…

Las primeras notas de la música sonaron, el claro sonido de un piano y un violín, mientras la iluminación pasaba de un naranja encendido a un azul tenue y pálido. Me centré, a la mitad del escenario y comencé a caminar lentamente.

-¿Qué comes, que adivinas? –dijo alguien, repentinamente y yo apreté los ojos. Ahora estaba realmente nerviosa, pero fingí que no estaba allí. Su mano helada, se pasó en mi hombro y la miré de reojo, sin poder moverme con fluidez.

Estaba allí, de pie, con una expresión exánime, una sonrisa gélida y una mirada llena de misterio. El cabello negro le caía sobre la cara y se veía aun más pálida que yo.

¿Por qué había regresado? ¿Cómo había llegado tan lejos, sin que Sebastian o Claude la vieran? ¿Qué era lo que quería ahora?

Seguí moviéndome con la música, fingiendo que estaba sola, pero estaba temblando y no podía controlarlo. Su presencia me provocaba frío y la piel se me erizó.

Me alejé de ella, con los ojos fijos en el público. Sabía que si hacia algo mal, Springs me mataría, pero era mejor que morir allí, sin razón aparente. Como si Rache hubiera leído mis pensamientos, comenzó a reírse y a imitarme en el escenario, fingiendo cantar conmigo, cambiando la letra de la canción por obscenidades.

-Dime, Elisse… -comenzó a decir, atravesándose en mi camino, haciendo que me detuviera de golpe y yo trataba de parecer indiferente a ella, mas ella sabía que no era cierto-, ¿Qué se siente estar totalmente sola?

-¿A que te refieres? –pregunté rápidamente, entre dientes y continuando con la canción.

-¡Ja! ¡Vamos! Sabes a lo que me refiero –me dijo antes de que yo finalizara la estrofa, paseándose por el frente, dando giros en el aire. Me llevé las manos al pecho, mirando a un lado con nostalgia, pero realmente estaba tratando de ver si Sebastian había notado a Rachel, o si al menos Claude estaba cerca.

-Me refiero a no tener ningún amigo con quien charlar –dijo, antes de que yo pudiera comenzar el siguiente verso. Fingí que no me dolió su pregunta, pero cuando murmuró lo siguiente, una llama de ira se encendió en mí-. Me refiero a lo que sentiste cuando Michelle murió…

Bajé la cabeza, y la miré con rabia, deseando que no hubiera nadie frente a mi, cuidando mis movimiento, para sacarle sus muertos ojos con mis uñas. Maldita… ¡maldita fuera!

-Lo mismo que sentirás cuando te mandé de vuelta al infierno… -respondí con frialdad, deseando que desapareciera en ese mismo instante. Pero ella, burlona se echó a reír, ¡a reír frente a mí! Y tuve que hacer un esfuerzo para no hacer nada estúpido.

-Eres toda una fichita, Elisse –dijo, girando sobre de mi, como el fantasma que era, dejando un viento helado cada vez que se movía-. Siempre lo fuiste, por eso nunca encajaste, por eso Edward nunca te quiso y por eso no nos agradabas... a ninguna de nuestro grupo…

-¡Como si quisiera pertenecer a su club de segunda! –mascullé entre dientes, recuperando mi autocontrol y siguiendo con la canción.

La canción no finalizaba allí, había una interrupción instrumental, de violines, arpa y piano, tan tranquilo que lograba relajarme un poco. Me di la vuelta, lentamente, bailoteando como Sally debía hacerlo y, por primera vez en todo el rato, vi a los tres músicos zombis al fondo del escenario, simulando tocar los instrumentos con movimientos luctuosos y débiles. El público estaba hechizado, la música había logrado su efecto, pero yo seguía inquieta, llena de ira por lo que esa estúpida decía.

¿A dónde quería llegar?

-Claro, tú no necesitas a nadie, Elisse –murmuró, pero, seguidamente, su rostro se transformó, se volvió siniestra, cruel y dudé. Sentí miedo, incluso me quedé inmóvil un momento-. O, al menos, no lo has notado…

-¿De que rayos hablas? –gruñí, recuperando el aliento. Quise que mi voz sonara rabiosa, pero tembló, porque yo no estaba segura de si quería seguir escuchándola.

-¿Vas a decirme que no necesitas de ese mayordomo? ¿Vas a decirme que es solamente una pieza de todo tu jueguito, cuando te pasas el día a su lado? –preguntó, con malicia y luego, rió con sarcasmo-. Y, aun así, quieres a Edward para ti…

Y el corazón me palpitó de un modo extraño, pero lo ignoré y sonreí triunfante. Así que planeaba matarlo. Pobre tonta, ¡si supiera!

-Te deseo suerte si vas tras Sebastian –y la miré con suficiencia-, no es un tipo fácil de matar… además, por mí, puedes quedarte con el imbécil de Edward…

Pensé que entendería, que comprendería mis palabras, pero ella sonrió más.

-¡No soy una tonta, Elisse! –dijo, tragándose una carcajada que parecía a punto de salir-. Sé que él es algo sobrenatural, pero créeme que también sé que yo lo soy. Soy un poltergeist, una masa de energía llena de rabia… -murmuró con un aire de confianza y realmente tuve miedo.

-Los…Los Shinigami te atraparán… -tartamudeé, escuchando el final del corte instrumental. Un parte de mi sabía perfectamente bien a lo que ella se refería, sería una tonta si no lo hiciera, pero no quería aceptar que estaba pasando.

-Los Shinigami no pueden conmigo, ¡Yo tengo el poder de mover todo a mi voluntad! –bramó, levantando los brazos al cielo, y sus ojos resplandecieron, rojos, el aura a su alrededor, violeta y violenta, era helada. Entonces bajó la mirada y mi miedo de volvió terror. Terror porque leí en sus ojos lo que pensaba hacer-¿Qué te hace pensar que no tengo el poder suficiente para matar a un demonio? ¿Y que te hace pensar que luego, no podría matarte a ti?

El alma se me fue a los pies, el corazón volvió a palpitarme de ese modo extraño a como lo había hecho antes y sentí una punzada en el pecho.

-No podrás… -mascullé entre dientes, pero no lo decía para ella. Necesitaba creerme, de algún modo, que no podría con él, aunque en cierto modo, yo sabía que sí. Ella tenía razón, era energía pura… ¿Cómo se puede controlar la energía? No hay manera, era la respuesta, pero yo la negué una y otra vez-. No podrás hacerlo…

-¿Quieres apostar…? –murmuró, alejándose del escenario, evanesciendo como la niebla, como el humo. Otra vez, la música inició, llegando al final de la melodía, pero yo temblaba de impotencia, de nerviosismo…

De miedo…

El público aplaudió, fuertemente y el telón comenzó a cerrarse, pero antes de que lo hiciera completamente, yo salí disparada a un lado del mismo, fuera de mí, con el corazón agitado y la cabeza hecha un lío.

Sebastian, tenía que avisarle a Sebastian.

"¡Por favor, Sebastian!" rogué, apretando los ojos, decidida a buscarlo por todos lados si era necesario "¡No hagas nada estúpido!"

Continuará…

o.o.o.o

Bueno, ya casi la obra llega a su fin :D pero se esta convirtiendo en una parte secundaria en la mente de Ellie, quien ahora teme que las palabras de Rachel sean reales.

¿Logrará Rachel su cometido? ¿Matará a Elisse?

¡Nos vemos en el próximo capitulo!

Espero sus comentarios. Un beso ;)