Una mochila poco cargada, un viaje de un par de horas en tren y la certeza de que Nijimura le recibirá con los brazos abiertos. Eso era todo lo que necesitaba Akashi para saber que el fin de semana iría a pedir de boca.
Las primeras visitas habían sido un poco extrañas, casi como si estuviese tanteando el terreno —o a Nijimura en sí— y sentando las bases para… lo que fuese.
Al principio, la mochila de Akashi iba cargada hasta los topes. Necesitaba un pijama, un neceser con el cepillo de dientes, muda para cambiarse y algún que otro libro para pasar el rato. Fue poco a poco, casi sin que Nijimura se diese cuenta, que Akashi plantó su estandarte en su apartamento y lo conquistó todo. Ya no era extraño entrar en el apartamento de Nijimura un día cualquiera, fuese cuando fuese, y encontrarse en el vasito del baño el cepillo de dientes de Akashi, el champú de Akashi en la ducha, un tablero plegable de shogi en el salón (que, cabe mencionar, lo había comprado Nijimura con toda su buena intención), un par de pijamas de Akashi en el armario y alguna que otra camiseta también. Akashi aquí, Akashi allá. Vamos, que cualquier persona ajena a la relación extraña de Nijimura y Akashi que entrase a saber por qué en aquel apartamento, se pensaría que era la vivienda de una parejita bien avenida.
Ni más lejos de la realidad. O sí.
—Ey, Akashi —dijo Nijimura nada más abrir la puerta. Su sonrisa inexistente se veía eclipsada por el brillo inconfundible de su mirada—. ¿Qué tal el viaje?
Le cogió la mochila, entre la insistencia de Akashi de que pesaba poco —era cierto, por otro lado— y la tozudez innata de Nijimura de querer quitarle cualquier peso de encima, ya fuese literal o figurado, a su invitado favorito.
—El tren estaba más concurrido que de costumbre —comentó Akashi entrando por la puerta—. Exceptuando eso, ha sido un viaje agradable.
—Pues me alegro. Oye, ¿tienes hambre o algo? Si eso te preparo algo.
—No es necesario, gracias.
—¿Cuántas veces te tengo que decir que dejes las formalidades conmigo? —Nijimura frunció el ceño y le colocó la mano en la espalda para guiarlo hacia el sofá, como si Akashi no conociese cada recoveco de aquel apartamento al dedillo— Mira qué pinta de desnutrido me traes. ¡Ey, deja de poner esa cara!
"Esa cara" era la de alguien que quería contener una sonrisa, pero su cuerpo insistía en ser sincero. A Akashi le encantaba esa faceta protectora-gruñona de Nijimura. Le hacía recordar a la época donde eran capitán y vicecapitán.
Nijimura se colocó un delantal que parecía de una princesa Disney y empezó a "hacer su magia" en la cocina. Si bien no era ningún cocinitas ("de momento", decía siempre Nijimura), siempre sorprendía a Akashi con un plato nuevo. Fácil de elaborar, eso sí. Se lo imaginaba viendo tutoriales en Youtube sobre cómo preparar todo tipo de platos y eso, a Akashi, le parecía adorable de una forma un poco perturbadora. Debería preguntarle a Mayuzumi si había un nombre para ese fenómeno.
—Aquí tienes. Que aproveche.
Akashi miró fijamente el plato. Era arroz cocido, normal y corriente, con una mezcla de yema de huevo y salsa de soja. Estaba francamente delicioso y tenía un encanto especial, como si supiese que podría comer ese plato ocho mil veces seguidas sin cansarse ni un instante.
—¿Qué, te gusta? —preguntó Nijimura con la vista clavada en cualquier ápice de expresividad en la cara de Akashi.
—Está muy rico, Nijimura-san. Lo digo en serio. Muchas gracias.
Nijimura, nada más escuchar esas palabras, apartó la vista con una sonrojo tímido adornando sus mejillas.
—No es nada, hombre. Que esto no tiene ninguna ciencia.
Para Akashi era el mejor plato del mundo.
Cuando Akashi acabó y volvió a agradecerle la comida, Nijimura asintió y se llevó el plato a la cocina. Akashi lo siguió en silencio.
—¿Quieres ver cómo friego los platos o qué? Mira que eres rarito para algunas cosas…
—Querría, de hecho, ayudarte. No te preocupes, sé fregar.
—Faltaría más —Nijimura arrugó los labios—. Pero estás de invitado, y los invitados no friegan. Échate en el sofá y mira a ver qué dan en la tele.
—Estoy bien aquí —Akashi, ocultando su vergüenza bajo una fachada de elegancia, pasó un brazo por la cintura de Nijimura, que dio un respingo.
Le encantaba cómo Nijimura luchaba por mantenerse digno.
Otro detalle que confirmaba la presencia más que recurrente de Akashi en aquel apartamento era el futón donde dormía. Nijimura solía empecinarse con que sus invitados durmiesen en condiciones en su futón y él en el sofá. Akashi no pudo aceptar esa oferta y se las arregló para convencer a Nijimura de que la mejor opción sería dormir juntos.
—Apenas cabemos los dos —refunfuñó Nijimura, atrayendo el cuerpo de Akashi hacia sí—. ¿Estás cómodo?
—Sí, estoy bien. No tienes por qué preocuparte.
—Pues eso —Nijimura le dio un beso en la frente a Akashi. Algo es algo—. Que descanses. Y haz el favor de no moverte o roncar.
—Creo que eso debería decirlo yo —replicó Akashi en voz baja.
—Vuelve a decir eso y te echo a patadas. Buenas noches, ¿eh?
—Igualmente, Nijimura-san.
Nijimura cayó dormido casi al instante, pero para Akashi no fue una tarea tan sencilla. Ya iba tramando lo que harían al día siguiente, paso por paso. Le pediría a Nijimura que le volviese a preparar aquel plato —mejor que lo que pudiese cocinarle el mejor chef de París— y que le dejase ayudarle, y luego irían al cine o a la bolera. Sí, sonaba bien. Lo que deseaba más que nada, de momento, era dormirse para poder despertar con Nijimura abrazado a él.
