Hola,

¿cómo van? Espero que bien.

Uffffffff. Terminé este capitulo recién. Me divertí bastante escribiéndolo. La verdad es que me quedó largo, y la parte que quería quedará para el próximo. Tarde en actualizar básicamente porque pase por un etapa de blanco total. Es decir NADA, NADA , NADA me gustaba como quedaba así que espere que la inspiración vuelva a mí y haciendo resúmenes para los exámenes la encontré.

Deseénme suerte que hoy mismo me pongo a estudiar. La verdad es que no reeleí el capitulo, así que seguro hay dedazos o me salte palabras. Sepan disculpar. Lo quería subir hoy sin mas tardar. Probablemente en la semana, le de una leída. Solo quería decir gracias a todos lo que entran, leen y comentan. Me animan a seguir.

En fin, sólo gracias. PERDÓN POR EL RETRASO y espero que les gusta el capitulo.

Me marcho a estudiar.

Un beso enrome.


El Fic está basado en la saga "The Maze Runner", escrita por James Dashner. Los personajes son de su invención. A excepción de aquellos que no han parecido a lo largo de la saga.


Parte II: El corazón de un Crank


Capítulo

10

Ginevra

Con un salto, Gin se desprendió de la mano de Minho y deslizó el cuerpo hacia un costado, esquivando por suerte el inminente ataque de la filosa aguja de un Penitente. Thomas y Minho se habían lanzado a las paredes externas del pasillo y, al girar, Gin logró aterrizar junto a Thomas. La propia falta de estabilidad alertó al chico, que terminó contra uno de los muros y le tendió una mano. Ella la sostuvo, buscando ponerse de pie, en el momento exacto en que los Penitentes colisionaban en tropel, unos contra otros, como enormes canicas bulbosas, y caían luego hacia el Acantilado.

Uno de ellos logró aferrarse a la piedra con una pinza enorme. La pared empezó a desmoronarse y trocitos de gravita y hiedra descendieron al abismo mientras la bola metálica luchaba por no ceder y brindar pelea.

Escalofriada frente a la realidad que le tocaba experimentar, Gin cerró los ojos y aguardó que el destino se apiade de ellos. Si esa cosa lograba su cometido, morirían en el acto y todo el esfuerzo por parte de los tres, habría sido en vano. Sin embargo, la física venció y la criatura cayó el abismo tras un golpe seco de un compañero.

Aquello sacó del estupor con el que Thomas había estado observando la escena. Se levantó del suelo, le hizo una seña a Minho, de pie en el otro frente, y juntos corrieron por el borde del barranco hasta saltar sobre la pinza metálica del último Penitente, que también se rehusaba a morir. El monstruo emitió un gemido ronco, una especie de gorgoteo, y su cuerpo grasiento dio espavientos. Queriendo atacar a sus agresores, por la fuerza que ambos emprendían sobre él, desprendió las garras de la piedra y encontró la muerte.

Cuando su grito colérico cesó, Thomas se arrodilló, asomó la cabeza por la superficie del Acantilado y examinó el abismo. Por un segundo, Gin estuvo tentada hacer lo mismo, sólo para asesorar que aquellas cosas horrendas se hallaran muertas, pero estaba exhausta y los músculos, agarrotados por la vorágine, se resistían a cualquier otro movimiento que no fuera estar tumbada allí donde estaba.

—No puedo creer que estemos vivo —sollozó Thomas hecho un ovillo en el suelo. Aunque Gin no dijo nada, tampoco podía creerlo. Habían sobrevivido una noche en el laberinto. Y la idea de estar vivos parecía una mera ilusión para los tres.


Poco minutos después, Minho y Thomas estaban lanzando piedras al Acantilado. Se habían percatado de que los ruidos de vez de estirarse se cortaban de golpe, como si la profundidad que inspiraba el barranco fuera un engaño, una especie de ilusión óptica que se burlaba morbosamente de ellos.

Minho alegó que estaba demasiado cansado como para pensar en ello, aunque habían descubierto algo nuevo. Gin no deducía si tal comentario se trataba de una cruda mentira o una verdad esperanzadora. No diferenciaba ninguna de las dos cosas en Minho. Nunca.

Al oír la opinión del Corredor, la reacción de Thomas fue contingente. Pareció desanimado de inmediato pero, después, una ráfaga de ansiedad asaltó a sus ojos apagados y dijo:

—¡Tenemos que volver! Hay que bajar a Alby de la pared.

—¿Alby? —Gin estaba estupefacta—. ¿Alby está aquí dentro?

Minho se volvió hacia ella, con una expresión troncada por la perspicacia, consecuencia de su impetuosa interrupción. Gin le devolvió su engorrosa mirada hasta que se dirigió hacia Thomas, quien les contó lo ocurrido.

La situación era complicada. No cabían dudas. Alby había sido picado por un Penitente, cuando lo creyeron muerto en una de las seccionas alejadas a las Puertas. Como buen líder, Alby había entrado a inspeccionar al Penitente muerto junto a Minho, pero tan pronto se acercaron, la cosa revivió, se movió y lo picó por el cuello. Intentaron huir, pero con Alby reducido Minho se vio obligado a cargarlo.

Apenas se libró de la amenaza del Penitente y para no lidiar con su futura locura, Minho le pegó en la cabeza a Alby y lo arrastró, inconsciente; hasta la salida. Sin embargo, no llegó a sacarlo a tiempo del Laberinto. Las Puertas se cerraron y Thomas entró un segundo antes de que se sellaran por completo.

—¿Entraste sin permiso? —le interrumpió Gin en medio de su relato.

Thomas se avergonzó por el asombro que rezumaba la pregunta y le quitó relevancia a su acción.

—Algo así —se limitó a decir.

—Si lo hizo—apostilló Minho—. Está demente.

Thomas suspiró y continuó hablando. Alby había corrido con la misma suerte de Gin. La enredadera que trepaban las paredes de piedra le habían salvado la vida. O eso creían. Thomas lo ató a una liana y lo subió a una altura medianamente alta, ocultándolos de la vista de los Penitentes.

Minho dijo que era imposible que esté vivo y argumentó algo de un suero que suministraban a los que eran picados. Gin quiso saber más, pero dejó de escuchar cuando un destelló rojo estalló de repente entre lo verde a su alrededor y distinguió la silueta de un Escarabajo, que se posó sobre la pared izada a su derecha, casi cosquilleándole la oreja.

El ruido de su interior le causó escalofríos, era similar a circuitos eléctricos y aparatosos funcionando a milésimas de segundo por hora. Al igual que a Thomas, aquellas criaturas le despertaban una gran curiosidad. Era el contacto entre su mundo y la realidad de los Creadores; los sujetos descorazonados que los mandaron al Área váyase a saber por qué razón. Sus patas metálicas le recordaban a la de los Penitentes, sólo que mucho más inofensivas y en tamaño reducido.

La lagartija se deslizó hacia adelante y dobló hacia un corredor. Gin se levantó del suelo y lo siguió. Minho y Thomas parecían estar bastante enfrascados en debatir sobre la vida de Alby como para fijarse en ella. Pasos ansiosos retumbaron por las paredes como el galopeo de un cabello a medida que Gin avanzaba. Recorrió dos corredores y se detuvo en el tercero. Estuvo a punto de gritar cuando la lucecita roja que procedía del Escarabajo la atravesó de arriba abajo. Pero se calló al descubrir el sentido de las palabras y entusiasmarse ante el hecho de que podía leer. Había una inscripción grabada en su lomo de metal. Algo trazado en rojo y con minúscula, como si estuviese hecha por fuego:

CRUEL.

Gin se preguntaba qué había sucedido con el mundo para que existan los Penitentes, para que estén encerrados en un laberinto sin salida y con sujetos observándolos en algún lugar remoto del universo. Como si fueran experimentos. ¿Es que acaso esa mujer que de vez en cuando aparecía en sus recuerdos era una Creadora? ¿Por que siempre estaba con ella? ¿Quien era?

En ocasiones, sentía que su vida pasada la estaba consumiendo, como si su cuerpo no soportara tanto flagelo y desconcierto. Cada vez que recordaba dolía. Dolía incluso más que el golpe de Ben en su cabeza. Como un pellizco en la mejilla. Siempre tortuoso de alguna forma u otra.

Entendía que tenía un hermano y que su madre se había sacrificado por ellos, porque era un Crank. Y ella también lo era. ¿Es que Crank se significaba dar la vida por los demás? ¿Ella debía hacerlo? ¿Qué sentido tenía entonces la nota de los Creadores? Parecía no enhebrarse con su pasado.

A veces, sólo a veces, no quería recordar. El pasado era horrendo. De eso estaba segura. Pero su historia, por más desgarradora que sea, hacía quien era ella y al no conocerla, no era nada. Sólo un nombre, que ni siquiera era propio. ¿Se llamaría Lily? ¿O tal vez Moly? Quizá, Didy o Bety o cualquier nombre de mujer terminado en "y".

El Escarabajo correteó hacia un recodo y Gin fue tras él. Tenían que provenir de alguna parte. Alguien lo tenía que haber puesto en el Área en algún momento antes de librarlos a la suerte de Dios. Apuró el paso y dobló hacia un esquina, luego hacia a otra, corrió por la derecha y la izquierda. Y... lo perdió de vista. Queriendo echarse a llorar por la frustración contenido fue cuando la tierra vibró. Algunas hojas aletearon sobre su nariz y una buena cantidad de polvo irritó sus ojos. Aún así, no estaba asustada. Sabía que se trataba del sonido que producían las Puertas, el impulso casi feroz que hacían al abrirse con un mecanismo tecnológicamente avanzado. Todo parecía ser avanzado en el Laberinto. Incluso los Penitentes. Porque Gin aseguraba su alma a que esas cosas no eran producto de la naturaleza. La naturaleza en ocasiones era despiadada, pero no tanto como para crear semejante monstruosidad, digna del hombre. De los Creadores.

A sus espaldas, exaltados y agitados Minho y Thomas aparecieron de repente. Cuando Gin los miró, la mirada filosa de Minho le heló la sangre y se dispuso a ignorar su resabio. Juntos siguieron la curva de la pared hasta llegar al final del pasillo, donde las Puertas del lado Oeste estaban abiertas y Newt se hallaba allí, de pie bajo el inmenso umbral.

A Gin la invadió una felicidad absoluta. Nunca pensó que podía ansiar tanto volver al Área. A comparación del Laberinto, donde todo era miedo y desazón, el recinto le parecía un paraíso repleto de lujos.

Newt se acercó a Minho y, en vez de acudir a ambos palabras de ánimo y consuelo, los dos se enzarzaron en una ridícula discusión de acusaciones insensata sobre lo que había pasado. Gin supuso que era su forma de darse la bienvenida. Newt estaba irritado con él. Pero lo estaba mucho más con Thomas, quién había rotó la regla de oro y entrado al Laberinto como si fuese un Corredor. Sin embargo, apenas sus ojos se posaron en Gin, la furia desapareció y la sorpresa se reveló en su cara. Si había barajado la mínima posibilidad de que sus amigos sobrevivieran al Laberinto, con ella no lo tenía ni por lejos considerado.

—Gin —murmuró Newt—. Estás viva.

La sonrisa de ella se ensanchó al escuchar su nombre por primera vez.

—A mí también me da gusto verte de nuevo, Newt —dijo.

El chico, que estaba boquiabierta, fue increpado por Thomas, quién lo tomó por el brazo y lo plantó en la pared de su derecha. Al estirar el cuello en dirección al cielo, Gin gimió del espanto cuando observó el cuerpo de Alby, colgando por el aire de brazos y piernas gracias a cuatros lianas que los sostenían por sus extremidades.

—¿Está...vivo? —preguntó Newt con voz forzada.

—No sé. Al menos lo estaba cuando lo deje ahí —contestó Thomas.

—¿Cuándo lo dejaste? —Newt hablaba sin dar crédito de lo que escuchaba—. Vengan los tres para aquí adentro ahora y que los Docs lo revisen. Tienen un aspecto desastroso. Quiero la historia completa cuando ellos terminen y ustedes hayan descansado.

Minho sonrió con frialdad y sostuvo por el brazo a Thomas, que al principio impuso resistencia, pero luego se relajó.

—Tú quédate con la niñita problemática —le dijo a Newt—. Nosotros necesitamos dormir. Y unas vendas. Ya.

Y, sin decir más, se alejó del Laberinto, llevándose consigo a Thomas. Todavía adentro, Newt y Gin lo miraron extrañados por su reacción. Los Habitantes, que estaban en las aproximaciones de las Puertas, quedaron maravillados ante su sorpresiva llegada.

—Vamos —irrumpió Newt—. Tú también necesitas una revisión.

Gin lanzó una carcajada de felicidad y lo abrazó con fuerza. La pesadilla del Laberinto había terminado. De momento.


Las mañanas en el Área eran siempre soleadas. Como si sólo existiese el verano y la primera, el calor y el olor a pasto mojado.

Un Doc llamado Clint fue quien la auxilió. El camino hasta la Finca resultó ser más tranquilo de lo que esperaba. Gally fue el único que despotricó contra ella, furioso, por su impertinente arribo, sin embargo este cerró la boca tan pronto Newt, que la había resguardado durante todo el trayecto, lo calló con un regaño.

—Bajá la cabeza, Novata —ordenó Clint.

Gin estaba sentada en el borde de una camilla, con las piernas abiertas y los brazos descansando sobre su regazo. Tras la orden, ella accedió y los dedos del muchacho separaron sus cabellos desgreñados. Aquello le generó tal punzada de dolor en su cráneo que, al escucharla gemir, Clint se apartó de Gin. La chica alzó la mirada para observarlo, intrigada por su alejamiento.

A comparación de ella, el muchacho era mucho más bajito y menudo. Pese a ser un adolescente, su apariencia transmitía la típica inocencia de un niño. Llevaba el cabello grisáceo, del color del metal, sin cepillar y sus ojos vivaces y azules le recordaba a la mirada de Aris, el chico de sus recuerdos.

—Tengo una mala noticia para ti —dijo Clint. Abrió los cajones de un escritorio, ubicado en la esquina de la habitación, y sacó de su interior una rasuradora eléctrica—. Tienes un corte justo en la coronilla, del lado izquierdo. No es muy profundo, pero aún así puede infectarse por la transpiración y la tierra. Si te bañas será peor, porque puede entrar algo en la herida. Así que dime qué prefieres hacer. No te raparé la zona exacta sino algunas partes para que pueda coserte bien. Tu cabello es un asco y se me es imposible trabajar con él.

—Gracias.

Clint soltó una risilla. Gin no quería morir. Pero por ética, por su orgullo de mujer, tenía que emperifollarse un poco. Al fin y al acabo, su apariencia si le importaba. Se pasó la mano por el cabello y notó como las yemas de sus dedos quedaban atrapadas entre grumos de sudor, tierra y una plétora de sangre seca; acumulada de días anteriores. Y que la ducha no logró del todo quitar.

Le pidió una tijera a Clint, que rebuscó entre otro cajón. Luego, al hallarla, se la tendió a Gin. Esta la agarró, alargó la manga de su brazo derecho y cortó el dobladillo. Un retazo de tela cayó al suelo al igual que un tirabuzón. —Córtame todo el cabello. Ya he pensado con que cubrir la herida.

—De acuerdo —dijo Clint.

Después, prendió la rasuradora eléctrica, cuyo sonido le recordaba al torno gigante en los brazos de los Penitentes, y la apoyó sobre su cabeza. A Gin le pareció que le taladraban el cuerpo. Con el rabillo del ojo, observó su cabello caer hacia el suelo al igual que los pétalos de una flor en invierno, como los hilos destejiéndose, separándose de su costura.

Cuando el trabajo terminó, Clint dejó la rasuradora sobre un carrito de metal, tomó un guante; se lo colocó y mojó un algodón con alcohol etílico. El escozor fue insoportable, todavía más que el dolor que continuó cuando empezó a cocerla.

—No tengo idea de cómo se hacer esto —dijo él para distraerla—. Simplemente lo sé, supongo que lo habré aprendido en el algún momento. De todos modos había manuales de medicina aquí cuando llegamos y con Jeff los hemos leído todo. Era como un imán, ya me entiendes. No lo podíamos dejarlo. Creo que nací para esto, ¿sabes?

Pese a que lo escuchaba, Gin no podía asimilar muy bien lo que decía. El suplicio le aguijoneaba los nervios y había comenzado a lloriquear.

—Resiste un poco más. No te muevas —le avisó Clint e hizo otro punto. Gin llevaba la cuenta en su mente. Eran más de cuatro ya—. Un poco más.

Cinco puntos.

El dolor era tremendo.

Seis.

Ya no lo aguantaba más.

Siete.

Estaba pensado en quitárselo de encima.

Y...

—¡He terminado! —anunció Clint y ella experimentó una grata sensación de alivio. Inconscientemente, se llevó las manos detrás de la cabeza y en donde antaño había una abundante melena larga y pringosa, sólo quedaba un colchón de pelo seco y feo. A través del tacto, dedujo que poseía unos cuatro centímetros desde las raíces hasta el cuero cabelludo.

Clint se acuclilló y le entregó el retazo de tela que había sesgado. Gin se le agradeció y lo anudó alrededor de su cabeza como un listón, sin presionar demasiado.

—Bueno, ahora soy un larcho por completo —bromeó y miro hacia otro lado, hacia el piso. Mechones de su antiguo pelo largo y negro le rodeaban los pies en una circunferencia irregular.

El Doc fue igual de jovial y amable con ella.

—Si no fuera por la gasa, apenas se nota —dijo—. Sacúdete el cabello, así se va cubrir la herida con facilidad.

Ante el consejo, Gin le sonrió. Lo imaginó en un futuro siendo un doctor hecho y derecho, como el concepto que albergaba en sus recuerdos. Pero sus divagaciones se dispararon en cuanto se acordó que no había salida. En ese momento, dos topetazos se irrumpieron sobre la puerta cerrada. Sin molestarse en mirar e higienizando los utensilios que había utilizado para curarla, Clint le permitió al visitante entrar y Newt se hizo presente en la habitación. Al ingresar, cerró la puerta detrás de él y posó su atención en Gin, que sintiéndose frágil, se ruborizo por su nueva imagen.

—Vaya... —exclamó. Newt tenia las mangas de la camisa recogida hasta sus hombros y los vellos rubios como su cabello enmarañado se extendía a lo largo de su antebrazo—. Menudo corte de pelo.

—¡No te burles! —chilló ella.

El comentario hizo sonreír a Newt.

—¿Es en serio? —rió—. ¿Has sobrevivido una noche al Laberinto y te preocupa esto? ¿Te ha dicho qué le pasó? —le preguntó luego a Clint.

—Me dijo algo así como que Ben la empujó y perdió la conciencia. No está segura pero cree que fue en ese momento que se abrió la cabeza. Por lo que tuve que cortarle el pelo para poder cocerla —prosiguió Clint—. Ella me pidió que se lo corte de lleno, ¿por qué te quejas ahora?

—No lo sé —masculló Gin—. Quizá porque tengo un desierto en el medio de la cabeza.

—¡Eres una escandalosa! —dijo Newt, con un deje de cansancio en su voz. Luego, le pidió un minuto de privacidad a Clint. El chico accedió y se marchó por la puerta no sin antes aconsejar a Gin de que permanezca en reposo.

Con una mueca de desagrado; pese al estar molesta, ella prometió acatar su sugerencia. Su fastidio se debía a la imposibilidad de moverse con libertad. No sólo tenia que lidiar con la suciedad de su cuerpo por horas sino que también con el suplicio que significaba la reciente costura de su cabeza.

Newt llevó los codos hacia atrás y se apoltronó en el camastro junto a ella. Le preguntó cómo se encontraba y Gin, aún ansiosa de decirle su malestar, optó por mentir afirmando que estaba en óptima condiciones. No obstante, él no le creyó y con el ceño fruncido, dijo:

—¿Por qué creo que es mentira?

—Porque eres un garlopo.

Él soltó una escandalosa risotada.

—No sabía que habías empezado a usar la jerga de aquí —comentó Newt.

—Supongo que me acostumbré a oírla.

—¡Buena esa! —dijo—. Cuéntame qué sucedió en el Laberinto.

A Gin no le resultaba cómodo hablar del triste episodio con Ben. Era remover en la basura podrida que hacia de su vida una miseria. Con porte, evadió el tema, preguntando acerca de la salud de Alby y Thomas. Newt se mostró irritado en respuesta de su actitud, sin embargo, no perdió la oportunidad para contestar acerca de sus amigos.

—Thomas duerme y Alby también, pero está siendo controlado por Jeff —informó—. Ya le han puesto el Suero para la Transformación, aún no despierta.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Gin al suponer la agonía que la aguardaba a Alby con la Transformación.

—¿Qué es el Suero?

—Es lo que disipa el dolor de la picadura de un Penitente —explicó rápidamente Newt—.Cuando llegamos ya estaba aquí. Tardamos días en descubrir para que miertero se utiliza hasta que lo entendimos cuando empezaron a traerlo junto con los suministros. Es un antídoto contra la picadura de los Penitentes. ¿Vas a decirme que garlopo sucedió en el maldito Laberinto para que estés viva, Gin?

Ella sonrió y recostó su cabeza sobre el hombro de su amigo. El movimiento le pareció atroz, como si estuviese siendo agitada dentro de una caja de cristal con agua en su interior, y tensó los nervios de su nuca.

—No quiero hablar de eso.

—Gin, tengo que saberlo.

Ella se incorporó.

—¿De qué sirve? —repuso Gin.

—Sirve porque tengo que saberlo —argumentó Newt—. No es normal lo que ha sucedido, de hecho nada está siendo normal estos últimos días.

Los ojos de Gin se inundaron de lágrimas y tras una pausa, inició el relato:

—Apenas las puertas se cerraron, le dije a Ben que teníamos que correr, pero él estaba fuera de sí. Se enojó conmigo, me empujó y terminé dentro de la hiedra, perdiendo la conciencia. Cuando me desperté, corrí para buscarlo y me topé con Minho y Thomas. Ellos me salvaron.

Ensimismado en sus propias cavilaciones, Newt meditó un momento y se inclinó su espalda hacia adelante, clavando sus codos en las rodillas.

—¿Cómo es que no te encontraron los Penitentes dentro de las plantas?

—No lo sé. Sólo sé que estoy aquí por Ben también. Tú crees que él..., ¿aún permanezca con vida allí dentro?

—No —murmuró Newt sin titubear—. La mañana siguiente a tu destierro Minho sólo encontró un collar. Supuso que tal vez el otro estaba perdido dentro del Laberinto. No siempre lo dejan en las Puertas. En ocasiones lo han encontrado en algún corredor.

—Eso es espeluznante —se horrorizó Gin—. Que ellos dejen los collares como si fuese un premio. O en señal de agradecimiento, me dan ganas de vomitar.

Newt se frotó la cara con ambas manos.

—Todo es una mierda —concluyó—. Yo ya te daba por muerta.

«Yo también», pensó Gin y le acarició el hombro en un gesto afectuoso. Newt estaba extenuado. Se le notaba en cada rasgo de su mirada ensombrecida y en las profundizadas que se trazaban bajo sus ojos. Tras una exhalación, le preguntó si durante el Destierro se había acordado de algo más.

—No mucho —replicó Gin—. Lo único que sé es que recordar me agobia. Duermo por horas y cuando lo hago, es cuando recuerdo. Sólo una vez recordé estando consciente y fue igual de cansador. Los recuerdos son extenuantes y vivo durmiendo. Mi cerebro no da basto.

—¿Qué recordaste?

Gin se llevó las manos a la frente. No iba a decirle jamás lo que había visto en el pasado. Jamás le diría que no había salida, que estaban perdidos

—Estoy cansada, Newt —mintió—. ¿Podemos hablar de eso en otro momento?

Newt suspiró.

—Está bien. Tienes razón —respondió y después brincó hacia fuera de la camilla—. Ha sido duro, ¿verdad?

—No tanto. Sólo horroroso —Newt sonrió débilmente—. ¿Qué pasará conmigo cuando Alby despierte? Estoy segura que me mandará de regreso aquel horrendo lugar. Y entonces no creo que corra dos veces con la misma suerte. Me matarán.

—No volverás Gin —aseguró Newt—. Tú eres mi amiga y no lo permitiré. No esta vez.

Después, le sonrió y se fue deseándole un buen sueño. Pero Gin no pegó un ojo. Detrás de un armario, halló una escoba de paja con cerdas dobladas y barrió el resto de su antiguo pelo sobre el piso. Lo juntó en una pala de plástico y la tiró a un cesto de basura, con residuos quirúrgicos. Estaba muerta de hambre y, en el silencio de la Finca, el estomago le rugía como un león feroz. Cuando terminó de limpiar la habitación, se recostó sobre la cama y miró el techo. Era toda una suerte que no lloviera, había fácilmente tres o cuatro agujeros en la madera.

—¡Servicio a la habitación! —tamborileó una voz. Era Chuck. Emocionada por el encuentro con él, Gin se levantó con la ayuda de un codo al tiempo que el niño entraba con un plato de comida en la mano. Reconoció el olor a pollo recién horneado y se le retorcieron las entrañas. El vacío de su estómago se acentuó al contemplar la textura y el buen color de su almuerzo.

—Newt me dijo que te traiga esto —dijo Chuck—. Lo ha hecho Sartén. ¡Ah! Y él también dice que no me olvide de decirte que eres una larcha con suerte.

El el niño apoyó el plato de vidrio sobre el borde de la cama. Como Gin estaba en el otro extremo, se deslizó por el colchón hasta alcanzarlo. No se molestó en usar los cubiertos. Devoró el almuerzo con las manos y chupeteó sus dedos con sabor a sal y limón. Chuck la observaba fijamente.

—¿Qué tanto me miras? —soltó ella a la defensiva—. Soy real. Estoy viva.

—¿Qué miertero te pasó en el pelo? —señaló él—. Tes ves bien fea. Pareces una parcela de tierra mal cortada.

Gin se esforzó para no mostrarse herida.

—Me corté la cabeza y Clint tuvo que coserme, pero tenia en el pelo tanto enjambre que decidí cortármelo, ¿me has extrañado, shank?

—Para nada. Han sido días de plopus. Ya sabes —dijo Chuck poniendo los ojos en blanco—. Minho y Alby no venían. Todos estaban histéricos...Y cuando la puertas se cerraron, todo fue aún peor. Por un momento pensé en encerrarme en los Establos. No toleraba a nadie. Incluso Newt estaba hecho un miertero.

Sentada en la cama, Gin podía imaginar la desesperación de Newt al ver que sus amigos habían quedado en el interior del Laberinto. Estaba segura que la soledad había influido en él y padecido gracias a ella una tristeza abrumadora. Gin había vivido tal efecto en el Destierro. Esa sensación de sentirse roto por dentro, de estar vacío e incompleto. Habrá de sido muy difícil para Newt comprender que se había quedado solo. Que sus amigos estaban muertos.

—Ya veo —murmuró Gin—. Pero ahora las cosas mejoraron, ¿verdad?

Chuck se rió con histrionismo.

—No, larcha —aseguró él—. Creo que esto recién empieza. Estoy feliz de que estén de regreso, sobre tú y aquel garlopo sin cabeza de Thomas, que es todo un héroe, pero... Shuck, ¿no te das cuentas? ¡Sobrevivieron al Laberinto! Thomas entra, mata a cuatro Penitentes, salva a Alby y regresa como si nada, contigo que estaba desterrada. Para no sumar la nota que dice que nos mataras a todos. Allá fuera no se habla de otra cosa que no sea de ti y de Thomas.

Gin se desplomó sobre la cama. La ambivalencia de sus sentimientos la obligó a permanecer callada, sin emitir ni una sola palabra. Por un lado, era halagador ser el centro de atención, pero también resultaba ridículo. Ella no había hecho absolutamente nada. Sino fuera por Thomas y Minho, en estos momentos, estaría atravesada por la zarpa de un Penitente, muerta en el Laberinto.


Chuck pasó toda la tarde con ella, comiendo y hablando banalidades sin sentido. Gin descubrió que era muy soñador y tenia aspiraciones de grandeza que la hacían reír. No estaba interesado en las niñas, pero anhelaba en ser fortachón y valiente y casarse con una mujer bonita que le cocine bien cuando crezca. Al final de la tarde, se marchó por orden de Stan que le obligó a limpiar los baños. «Siempre los baños», se quejó Chuck antes de irse.

Gin quedó tumbada en la cama, sola y en silencio. Intentó conciliar el sueño y su mente se rehusó en otorgárselo. Era como si su cabeza estuviese maquinando cada vivencia desde que retomó la conciencia, arrebatándola el sueño. Los Penitentes, las Puertas, la Transformación giraban en una nebulosa en su interior cada vez que cerraba los ojos.

Al anochecer, el aburrimiento desapareció. Luego de que escuchará el ruido de las Puertas, Gin supo que vendría la cena. Como había intentado salir, Jeff, le advirtió que debía quedarse en la habitación y que le triarían la comida en cuanto pueda. El ajetreó de la Finca era peor que en todo el perímetro del Área.

—Tienes que descansar, larcha —le había dicho—. ¡Vuelve a tu habitación!

Gin obedeció a regañadientes y se recostó en la cama nuevamente. Clint fue el que le acercó la cena y cambió las gasas de la herida. Mientras lo hacía, Gin se dispuso a comer una buena y suculenta ración de fideos con salsa.

Minho apareció recostado sobre el linde de la puerta. Cuando entró a la habitación, se desplomó sobre una silla cercana al camastro, en donde Gin, quien se había percatado de él, seguía sus movimientos con el rabillo del ojo. Lucía fatal y agobiado. Saludó a Clint con un asentimiento de cabeza y éste, le correspondió vagamente.

—¿Es qué ha venido un nuevo Novato y no me enteré? —dijo él quitándose la mugre de las uñas—. ¿Cómo te llamas, nuevito?

Gin no se molestó en mirarlo.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —farfulló

Minho fingió sacarse una pelusa del hombro y amplió su socarrona sonrisa.

—Vine a verte.

—Pues ya lo has hecho —dijo Gin—. Ahora, ¡fuera! No te quiero aquí.

Minho alzó la vista y cruzó las piernas sobre el escritorio. Después, llevó sus manos detrás de la nuca y entrelazó sus dedos en una postura distendida e indolente.

—¿Y a mí que me importa lo que tú quieres? —replicó—. Me quedaré.

La rabia quemó el pecho de Gin con tanta intensidad que apenas podía respirar. Clint carraspeó la garganta y miró con una evidente incomodidad a ambos.

—Creo que es mejor que me vaya. —comentó, tomando el plato vacío de la cena—. Nos vemos, Novata. Intenta mantenerte quieta.

Gin ni siquiera le prestó atención. Tan pronto se halló a solas con Minho, esta se volvió hacia él, que la observaba con una sonrisa de regocijo en su cara.

—¿Y bien? —gruñó ella.

—¿Y bien qué?

—¿Qué haces visitando a la niña problemática? —dijo Gin. El mero recuerdo de Minho rebajándola en el Laberinto le provocó un asentamiento en el estómago, que la enfureció profundamente —.Creí que era a la última persona que deseas ver en estos momentos.

La preponderancia de Minho no vario en absoluto. El comentario de Gin pareció divertierle porque sonrió de lado, cruzó los brazos por encima del pecho y sin decoro y sentido alguno de amparo, dijo:

—¡Con qué ahí radica tu resentimiento hacia mí! Estás enojada por lo que dije en el Laberinto, ¿verdad?

Gin no respondió su pregunta.

—Mi resentimiento hacia ti radica desde que nos conocimos —aclaró.

—Lo dudo —murmuró él y el tono que empleó al hacerlo le resultó indescifrable a Gin—. ¿Por qué te has separado de nosotros en el Laberinto?

Ella rehusó en contarle lo del Escarabajo. Se burlaría de peor modo que lo hacia sin todavía tener conocimiento de ello, y la idea de que lo sepa le generaba escalofríos. Seria imposible tolerar su humor negro sin verse tentada a romper una de las reglas del Área.

—Fui...Quise sondear el lugar —mintió.

—Pues tu ridículo sondeo te hubiese salido muy caro. —acotó—. Fue todo una suerte que te encontráramos, de lo contrario ya estarías hecha puré de Penitente. Los Patrones de esa mierda de Laberinto cambian constantemente.

El dato desconocido que acabada de brindarle Minho despertó su curiosidad por aquel lúgubre lugar y este lo noto. Y adelantándose a cualquier duda que pudiese desfogar, él cambió de tema.

—¿Es cierto lo de la hiedra? —le preguntó.

Gin le contestó que sí y él volvió a mostrarse jovial frente ella.

—¡Vaya suertuda eres novata! —dijo y se levantó de la silla.

Al verlo acercarse, Gin se sintió inquieta y enderezó la espalda, preparada para afontar con creces otra nueva discusión. Su sorpresa fue grande como el intenso sonrojo que experimentó cuando él alargó su brazo y presionó con cuidado, casi temiendo por lastimarla, la herida sanada de su cabeza. Gin siseó por el ardor que le provocó la somera inspección de Minho, quien se apartó al instante, con la mano aún en el aire.

—¿Te duele? —espetó él y Gin hubiera jurado que estaba preocupado sino fuera por lo que dijo después:—. ¡Parece un huevo frito de los que hace Sartén eso que tienes en la cabeza!

—Lárgate.

—Me gustabas más con el pelo largo, Novata —dijo Minho sonriendo—. Así no luces muy bien.

Ella se sintió desanimada, aunque se esforzó por ocultarlo.

—No me interesa. ¿Por qué garlopos me has ayudado en el Laberinto? —farfulló—. Podrías haberme dejado, ¿no?

Minho resopló con tedio.

—¡Qué redundante eres, Gino! Te tenía lástima.

Gin dejó de lado su nuevo seudónimo.

—No es cierto —refutó—. Tenías culpa por no haberme ayudado en el Destierro.

—¿No te aconsejé que corrieras?

—Sí, pero sabías que de igual forma iba a morir. ¡Me creías muerta!

Los ojos de Minho se tornaron oscuro. La mirada aguda que se clavó en Gin hizo que su corazón se acelere y se tentó a mirar por la ventana para hacer como si nada pasaba. No obstante, sostuvo su escrutinio.

—Vaya. Llevo más de dos años aquí y tú en dos días me conoces más que el resto —Minho aplaudió—. Te felicito. Eres una genio, Gino

—Y tú un idiota —contraatacó Gin—. Márchate.

Minho desvió la vista hacia la salida.

—Lamento no cumplir tus deseos —empezó a decir él—. Pero dado que los ánimos afuera están algo revolucionados Newt me pidió, que esta noche, cuide de ti.

Gin esperaba que aquello fuera una broma de mal gusto.


Gracias por leer.

Perdón por los dedazos y faltas de ortografía.

Estaré editando pronto este capítulo y los otros.

Un beso enorme.

Gaba.