Capítulo 10.
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Abrió los ojos lentamente, parpadeando un poco para aclarar su visión. Se encontró con el bosque, y con su cuerpo tórrido, a medio vestir. Suspiró hondo y se acercó para depositar un beso sobre los delicados y blancos hombros. Rose despertó al sentir la caricia sobre su piel. Se giró y sus ojos se hallaron entonces con los de él, negros y transparentes, decadentes de mentiras o rencores.
Ambos sonrieron. ¿Se podía ser realmente feliz cuando vives rodeado de tanta miseria? Aún no lo sabían, era precipitado dar respuestas; pero… si existía un buen momento para grabar plenamente en la memoria, era este amanecer cálido y brillante.
En Forks el Sol casi no despuntaba en el cielo. Pero en las últimas semanas, parecía que las nubes habían cedido un poco. Hacía varios días que el frío no les torturaba, quizás se debía a que se encontraban en pleno verano.
Tras vestirse totalmente, Emmett se puso de pie y ayudó a Rose a hacer lo mismo.
—Te debo una cena – recordó – ¿Qué tal si lo cambiamos por un desayuno?
—Suena bien – asintió la muchacha, mientras miraba fijamente la unión de sus manos.
¿Cuántas veces no había contemplado a otras personas haciendo lo mismo? A personas "normales", de esas que todos los días se cambian de ropa y pueden hasta darse el lujo de decir cuál comida les gusta y cuál no ¿Y cuántas veces creyó que esto jamás le sucedería a ella? ¿Cuántas veces no se dijo, "el amor sólo se inventó para los ricos, para aquellos que no tienen necesidad de buscar entre la basura para comer algo"? Y sin embargo, ahí estaba… caminando al lado de Emmett, como si de una pareja ordinaria se tratara.
Llegaron a una sencilla cocina económica ubicada en un pequeño mercado. La señora que atendía los quedó viendo de pies a cabeza, con repudio.
—No doy limosnas, ¡Trabajen si quieren comer!
—Vieja estupi…
—Rose – calmó Emmett, dándole un suave apretón en la mano y sonriéndole – No venimos a pedir limosnas – se dirigió luego a la dueña del local – Traemos dinero.
—¿Cuánto? – se mofó la señora.
—Lo suficiente para comer los dos – mostró Emmett el billete que comprobaba sus palabras.
—Siéntense – accedió bruscamente la mujer.
—No tenemos porqué soportar esto – farfulló Rose, frunciendo el ceño, claramente molesta.
—Tranquila – sonrió él ampliamente, cediéndole el primer lugar en la desgastada banca.
—¿De dónde conseguiste tanto dinero?
—Tengo mis mañas – guiñó un ojo de manera traviesa.
—¿Asaltaste a alguien?
—No.
—¿Entonces? – insistió Rose
—Aquí tienen – interrumpió la señora, sirviendo rudamente el par de platos con comida
La rubia hizo un mal gesto, el cual fue borrado cuando Emmett acercó la cuchara a su boca
—¿Qué haces? – parpadeó, sorprendida.
—Prueba –insistió él, de manera cariñosa, a lo que ella aceptó, no sin cierto titubeo – ¿Qué tal?
—Me haces sentir como si fuera un bebé.
—¿Te molesta?
—No – se apresuro a contestar – Es sólo que es… extraño. Aparte de Jasper, nunca nadie me había tratado así de bien.
—¿Confías en mí? – preguntó Emmett, acariciando suavemente su mejilla.
—Supongo que sí, pero aún me gustaría saber de dónde sacaste ese dinero.
El moreno soltó una risita, mientras la ayudaba a ponerse de pie y salían del mal logrado local.
—Era un billete falso – le confesó con un susurro travieso.
—¡Un billete falso! – dilató Rose la mirada.
—Me lo regaló ayer Paul. No pensaba usarlo, pero la vieja se lo merece, ¿o qué no?
—Definitivamente – asintió ella.
Emmett soltó una carcajada —¡Eres malvada!
—Cada quien recibe lo que merece – se encogió de hombros con fría indiferencia, la cual se disolvió cuando volvió a sentir que su mano era dulcemente arropada por otra de un tacto ya conocido.
—¿Te merezco yo, Rose?
—Debería ser yo la que estuviera haciendo esas preguntas…
—A mí se me ocurrió preguntar primero, pero ¿sabes? – sonrió – No importa cuál sea tu respuesta, siempre estaré a tu lado.
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Se deslizó entre la multitud de la gente con habilidad casi exagerada, logrando burlar fácilmente la seguridad que se encontraba alrededor y adentrándose victorianamente y sin ningún percance al centro comercial. Sonrió con socarronería mientras el urdidor color de sus verdes ojos observaban las numerosas estanterías repletas de cientos de curiosos artículos y rechinaba sus desgastados tenis al caminar. De vez en cuando, elevaba una ceja y silbaba por lo bajo ante los precios tan altos.
Introdujo sus manos en las bolsas de su holgado pantalón y se dirigió al departamento de lácteos, de donde se apoderó de una botella de yogurt de durazno, su favorito. Se lamió los labios al terminarlo y aprovechó también a coger otros dos más y guardarlos en su mochila. Su atención fue captada por un juego de cajitas de cartón de diferentes colores, las cuales tenían al mismo y curioso muñeco que sonreía amplia y felizmente. Robó tres de ellas, sin pensarlo tanto y, de paso, se hizo dueño de una bolsa de pan dulce.
—¡Ey, tú!
Se estaban tardando. Sus labios esbozaron una malvada y juguetona sonrisa antes de echarse a correr por los pasillos, con cuatro policías detrás de él. Alcanzarlo se presentaba como una tarea ya muy complicada, por no decir imposible; los uniformados lo sabían. El Gato ya era un "cliente" reconocido en aquel centro comercial. No importaba qué tantas medidas se tomaran, ese andrajoso muchacho siempre lograba burlarlos. Corriendo entre los andenes, escalando las estanterías, brincando los mostradores, no permitía que nadie le alcanzara. Su destreza, había que mencionarlo, era digna de admirarse.
Cada día son más aburridos, se sentó cómodamente sobre el tejado de una casa y contempló que la patrulla manejaba lejos de ahí, yendo en "su búsqueda". El día se había nublado un poco, pero la temperatura era agradable, así que prefirió tomar una siesta. La noche pasaba no había podido dormir muy bien, gracias a la muchachita aquella que se había empeñado en invadir sus pensamientos.
Que se había empeñado. ¿No sería más correcto decir "Que se empeñaba"?...
—¡Gato!
—Ey –saludó a la chica de rubios cabellos que sonreía desde abajo. No recordaba su nombre… tampoco le interesaba hacerlo, pero vagamente recordaba haberle visto en el bosque.
—¿Podrías bajar un momento?
—¿Para qué?
—Me gustaría que platicáramos y para mí sería imposible subir hasta allá.
Bajó de un salto, aunque no son sin cierta desgana claramente manifestada.
—Dime –compelió
—Tiene semanas desde que te uniste a nosotros y apenas sé tu nombre – se acercó la chica
—Creo que con eso basta – contestó él – Yo ni siquiera sé el tuyo, así que…
—Lauren – le interrumpieron – Mi nombre es Lauren.
—Umm… - murmuró sin emoción.
—¿Siempre eres así de esquivo?
—Eso me han dicho –se deshizo de la mano que se acababa de acomodar sobre su pecho
—Oh, vamos – insistió la muchacha – No muerdo… No, si tú no quieres. ¿Qué tal si te veo hoy en la noche? –le propusieron, ante su silencio – En la parte Este del bosque. Ahí te estaré esperando…
Bufó en cuanto quedó solo y se olvidó pronto de aquella muchacha. El día transcurrió tranquilamente, se había encontrado con Jasper en un puente y le había pedido prestado el juego de pelotitas para hacer malabares a la salida de una plaza ubicada a orillas de carretera. Ya casi estaba a punto de regresar al bosque, iba cruzando por un callejón cercano, para cuando una suplicante voz femenina le distrajo.
Era una mujer de unos treinta años, a la cual tres hombres la tenían acorralada en un rincón. Por un momento sospesó la posibilidad de marcharse para no meterse en más problemas, pero no pudo. El nombre y el rostro de Elizabeth acudieron a sí límpidamente y entonces recordó que, de haber vivido su madre, seguramente tendría ahora el mismo aspecto. Tiró su cigarrillo y lo apagó con un pisotón, luego se dirigió en dirección a aquellos cobardes, tomando a dos por el hombro y abriéndose paso hasta llegar a la temblorosa dama.
—¿Qué se te perdió por aquí, mugroso? – le preguntaron
—¿Por qué no dejan a la señora en paz y continúan embriagándose? – propuso.
—Mejor aún – lo enfrentó uno – ¿Porqué no te largas de aquí y te vas a tu coladera?
—No sería mala idea – asintió, como quien en verdad considera la posibilidad – Allá hay menos mierda que aquí.
—Ya me cansé de ti – gruñó el de aspecto más rudo, azotando la botella de cerveza contra la pared y amenazándolo con uno de los filosos trozos que a partir de ello se había creado.
La mujer ahogó un grito, pero Edward no se inmutó. Por el contrario, desenfundó su inseparable navaja e hizo lo mismo. Una tensa pelea callejera se inició entones, en donde Edward obtuvo una cortada en la mejilla izquierda y otra más en el brazo derecho, al igual que algunos cuantos golpes. Sin embargo, los otros dos ya se hallaban inconscientes y sólo faltaba uno, al cual él tenía acorralado entre el suelo.
—Malditos enfermos – siseó Edward, sin poder evitar asociar aquel rostro tosco con una de sus recuerdos más dolorosos, el cual le pintaban a Elizabeth siendo violada por un desconocido, mientras que él y Tanya observaban impotentes desde un rincón. La imagen de su madre después de lo sucedido era lo que realmente laceraba, la ternura inmortal de sus ojos y la rigidez de su mandíbula para que no la vieran llorar era lo que en verdad le calaba el alma. Esa mujer siempre los había puesto a ellos en un primer término. No importaba si se sentía mal, si estaba triste, si le dolía algo… jamás faltaba que sus dulces labios se posaran sobre su frente y le dijeran un "te quiero".
Maldición, sus pupilas se comprimieron de ira. Ya no estaba consciente de lo que hacía, en su boca nadaba el amargo sabor de una rabia que sólo podía ser calmada con sangre. Si tan sólo hubiera podido defender a su madre como lo hacía ahora con esta desconocida, si tan sólo ella estuviera aquí… él lucharía para compensar todo el amor y las atenciones que le había brindado. Pero era tarde, demasiado tarde. Ahora estaba solo… sin nada que ganar, sin nada que perder…
—Detente – un par de manos sujetaron sus hombros, impidiendo que su navaja se enterrara en el cuerpo del hombre que balbuceaba incoherencias y escupía sangre – No lo hagas, no merece la pena.
Miró claramente y por primera vez a la mujer, respirando hondamente hasta controlarse.
—¿Te encuentras bien? – le preguntaron
—No es nada – restó importancia a las heridas sangrantes que tenía – ¿Usted está dañada?
—Estoy bien, gracias – le regalaron una dulce sonrisa.
Edward se obligó a desviar su atención de tal gesto, pues la imagen le golpeaba el pecho dolorosamente.
—¿Cuál es tu nombre?
—Edward – informó.
—Muchas gracias – volvieron a repetirle, mientras la miraban con detenimiento – Mi nombre es Esme. No sé si estoy en un error, pero, ¿Acaso tú no estás con los chicos que se esconden en el bosque?
—Sí – se asombró
—Me lo imaginé – le sonrieron – Yo conozco muy bien a Emmett, Bella y Alice. Ellos me han platicado mucho sobre ustedes, los nuevos integrantes de su familia. Me da gusto conocer finalmente a uno de ellos.
—¡Esme! – interrumpió un joven hombre, quien se acercaba corriendo
—Carlisle – reconoció la mujer y caminó hacia él
—¿Te encuentras bien? –se tomaron de las manos – Tardabas mucho en llegar a la casa y decidí venir a buscarte.
—Unos sujetos me bloquearon el camino, pero Edward me ayudó – señaló Esme – él uno de los nuevos hermanos de Emmett, Alice y Bella.
—Gracias –la voz de Carlisle estaba bañada en alivio
—Tengo que irme – anunció Edward, a sabiendas que el peligro ya había pasado.
—Pero estás herido – intentaron frenarlo
—No es nada –calmó
—Saluda a los muchachos de mi parte– pidió Esme, notando fácilmente que, al igual que Bella, Alice y Emmett, el orgullo mostraba una fuerte influencia sobre aquel muchacho – Y muchas gracias…
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—Y bien, ¿Es que acaso no piensas comer? -presionó Rose
—No tengo hambre –contestó Jasper, con voz un tanto cansada por su insistencia.
—Es más de medio día, no has probado bocado alguno – regañó su hermana – ¿Y dices que no tienes hambre?
El rubio se limitó a cerrar los ojos e ignorarla. Rose se puso de pie, molesta por su actitud, y le miró desde arriba.
—¡No soporto esta parte de ti! – reprochó – En primer lugar, no me dices que estás herido gracias a unos imbéciles montoneros. Si no es por Alice, estoy segura que no me hubiera enterado. Después vienes y rechazas mi ayuda. Somos hermanos, ¿no? ¡Llevamos la misma sangre! Entiendo que seas orgulloso con el resto, pero, ¿conmigo?
Jasper no contestó, su rostro no demostraba ni la más mínima expresión, lo cual terminó de enfurecer a Rose.
—¡Eres imposible! – dio media vuelta y pasó a un lado de Alice, quien apenas y acababa de llegar a ellos.
—¿Se enojaron? –la pequeña se acercó a Jasper.
—¿Qué haces aquí? – contestó él, aún sin abrir los ojos.
—Venía a traerte algo de comida, pero supongo que no la aceptarás – dijo al ver el plató que Rose había dejado a su lado – Ella tiene razón de enojarse contigo –agregó a modo de reprimenda – Cuando le dije que te habían herido, se mostró muy preocupada.
—Rose tiene suficientes problemas como para que, encima, tenga que liar con los míos – suspiró el rubio.
Alice observó su expresión por un segundo. Desde que le había conocido, había creído que Jasper era una persona egoísta, más en ese instante comprobó que estaba equivocada. Al menos, si se trataba de Rose, él prefería soportar todo solo, antes de involucrar a su hermana.
—No está mal mostrar un poco de debilidad de vez en cuando – se atrevió a tomar la cucharita desechable y llenarla con algo de comida. Jasper abrió los ojos al sentir que algo le rozaba los labios.
—¿Qué haces? – inquirió, tratando de ocultar su sorpresa
—Anda, abre la boca – pidió Alice, con una sonrisa – Si no lo haces, te embarraré la comida en la cara.
—No seas ridícula – se negó él
—Anda, anda – insistió la pequeña, sin dejarse intimidar.
Jasper la miró con asombro disfrazado de antipatía; luego suspiró con derrota enmascarada de fastidio y, sin saber cómo, ni porqué, abrió su boca y dejó que Alice le diera de comer. Una primera cucharada, después una segunda y una tercera hasta que terminó por acabarse la comida que ella y Rose le habían traído.
—¡Y decías no tener hambre! – exclamó Alice, sin poder disimular su felicidad por haber logrado acercarse más a ese muchacho tan desconfiado.
—¿Porqué eres así? – quiso saber Jasper, desviando la mirada a otro lado que no fuera ese rostro de alegre duendecillo, pues comenzaba a ver en él algo que creyó jamás encontrar en la calle: Esperanza.
—¿Así?
—Tan noble –se explicó – ¿Es que acaso no sabes que los demás no sabrán agradecerte? Hagas lo que hagas, las personas siempre terminarán por traicionarte.
—Eso es mentira – discutió ella, aunque con suavidad
—¿Quién lo dice?
—Bella, Emmett, Rose, Edward y… Tú…
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Estaba obscuro y silencioso para cuando Edward arribó al bosque. Viajó indeliberadamente su mirada por alrededor, buscando a alguien que no aceptaría estar buscando, y encontrándola de pie y con la espalda recostada sobre el tronco de un árbol.
—¿Qué haces? – se acercó sin planearlo. Como si fueran dos imanes que se atraen entre sí.
—Te estaba esperando –contestó Bella – vienes herido –señaló al mirarlo –¿Qué ha pasado?
—Me peleé con unos sujetos – se encogió de hombros
—Me imagino que por eso llegas tarde. Te están esperando –señaló con la cabeza el lado Este del bosque – Lauren me pidió que te lo recordara.
—No iré – sonrió Edward con un aire de desprecio
—¿Ah, no? – intentó ella disfrazar su felicidad ante la noticia. Apenas y notando que todo este tiempo, mientras aguardaba por su llegada, había sido presa de un indescifrable e injustificable malestar.
—¿Y el mocoso?
—Se durmió hace poco –informó, haciendo a un lado sus pensamientos –¿Por qué?
—Le traje algo que le va a gustar –sacó las tres cajitas de leche que había robado del súper – Una es para ti.
—Gracias –las aceptó Bella, un tanto sorprendida – ¿Por qué no vas con Lauren? – no pudo evitar preguntar tras un momento de silencio.
—Estoy cansado –contestó Edward mientras se sentaba en el suelo.
—Qué excusa tan más poco creíble – acusó, haciendo lo mismo.
Edward le dedicó una mirada fugaz, que ella no supo interpretar.
—¿Acaso eres gay? –insistió
—Soy más hombre de lo que tú crees –afirmó él, tras soltar una risa – Sólo que hay cierto tipo de mujeres que no me llaman la atención.
—Sería la primera vez que conozco un hombre que es selectivo cuando se trata del sexo. Eso es raro –se tomó la barbilla con gesto pensativo – en realidad me haces dudar…
—¿Sobre qué?
—Sobre si serás bueno o no en el acto –contestó ella, aguantando la risa – ¿De casualidad no eres "virgen"? –escupió la última palabra con un humor entrañable.
—Mi primera relación sexual la tuve a los trece años –informó el Gato, con una sonrisa torcida y petulante – fue con una señora de cuarenta años, muy guapa. Trabajaba en un prostíbulo cercano a donde yo solía dormir. De pronto me habló y me invitó a su habitación, me comenzó a desvestir y me metió a la regadera… Fue bueno – asintió – Muy bueno.
—¿Entonces? ¿Qué sucede hoy en día que pareces rechazar cualquier propuesta sexual?
—Precauciones –se sinceró al fin – No quiero que algún día suceda algo de lo que me pueda arrepentir.
—¿Te refieres a embarazar a alguien? –su silencio respondió por él – ¿Quieres decir que no has tenido sexo desde aquella vez?
—No seas ilusa –rió – claro que lo he tenido, pero a mí manera.
—¿A tu manera?
—Por atrás – dijo sin más preámbulos –además, tengo mis manos y mi boca. Puedo hacer maravillas con eso. Por eso mismo, elijo bien con quién acostarme.
—Te crees mucho –señaló la castaña, mirando hacia otro lado para esconder su rubor – Y dicen por ahí "Dime de qué presumes y te diré de lo que careces". ¿Qué tal tus heridas? – advirtió las cortadas hinchadas y sangrantes que tenía
—Duelen un poco, pero ya pasará.
—Ven –se puso de pie –Alice tiene alcohol adentro. Hay que limpiarlas o se te infectarán.
Edward le siguió los pasos, internándose ambos en la casita de cartón, la cual estaba habitada solamente por el pequeño Jacob quien dormía plácidamente entre los periódicos. Sus ojos, aunque lo intentó, no pudieron desengancharse de la curva que dibujaba su delgada cintura.
Fue instintivo, un impulso provocado por el deseo de saberla tan cerca, sin nadie alrededor. Bella sintió de repente la humedad de unos labios contra su cuello y el vigor de unas manos deslizándose por debajo de su blusa hasta asaltar sus pechos.
Aunque lo hubiese querido, no hubiera podido protestar, pues con una velocidad tan atropellada como pasional, Edward la hizo girar para besarla con energía candente que la estremeció de pies a cabeza. Sus dedos se alzaron hasta alcanzar a los cabellos color arena, los cuales jaló para invitarlo a acercarse más.
Edward obedeció, sus brazos se enrollaron a su alrededor y la estrechó contra su pecho, mientras su lengua exploraba el interior de su boca y comenzaba a empujarla hacia atrás para que su espalda topara contra la tierra. Sintió las manos de Bella se deslizarse por debajo de su playera y, aunque una vocecita interior le decía que parase, no encontraba la manera de despreciar aquel torrente de exquisitas y cálidas sensaciones que le enardecían la piel.
La deseaba. La deseaba enloquecidamente, como nunca había deseado a alguien. Quería hacerla suya, tomarla, escucharla jadear contra su oído, apretarla, extraviarla… perderse en su calor.
Un jadeo se escapó de su garganta para cuando Bella paseó la yema de sus dedos por la herida recién marcada en su brazo.
—Lo siento…
—No… -la silenció con un beso mucho más ardiente, al mismo tiempo que la despojaba a ella de su sostén y comenzaba a jugar sus pezones entre sus dedos.
La castaña gimió contra su aliento, él deslizó sus labios hasta su cuello, mientras ella perpetuaba con su tacto cada línea de su espalda, sus brazos y abdomen, deteniéndose un momento al descubrir que del cuello le colgaba una cadena hecha a base de hilos tejidos y que ésta portaba un pequeño anillo de oro.
—¿Y esto? – preguntó, sintiendo al segundo después el cuerpo de Edward tensarse y apartarse de ella como si fuera una bomba atómica que reventaría ante el más mínimo roce – ¿Qué pasa?
—Esto no está bien, Bella –contestó Edward mientras se volvía a poner su playera y ocultaba el anillo debajo de ésta.
—No saldré embarazada por esto…
—No lo sabemos –discutió él – Bella, no sé qué tanto quiero de ti. Por favor, no me hagas cometer una estupidez.
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¡Ey! ¿Qué dijeron? "Edward ya cayó!", ¡pues no!, muajaja *Risa malvada*. Ok u.u Ya serias, una enorme disculpa por la tardanza. Estoy ahora mismo en exámenes finales y mi termómetro del estrés está llegando a su punto máximo. Siento mucho la demora, pero ya saben que tarde pero seguro xD. Me voy, que tengo que terminar de hacer un código. Espero el capítulo les haya gustado. Nos leemos pronto y gracias por su paciencia.
atte.
Anju
