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Redundancia.

Nuevamente erróneo. Parado en el alféizar de la ventana equivocada, volvía a irrumpir el sueño de Rose que sorprendida se levantaba agitada y lo dejaba pasar sabiendo cómo acabaría esa noche. Hacía un mes que se veían de vez en cuando, y hacía un mes también, que su padre quería matar a Scorpius por su acercamiento. Afortunadamente, Ron nunca lograba agarrarlo con las manos en la masa y no tenía una prueba contundente para sacarlo a patadas de la vida de su hija.

Pero en la última visita de Scorpius, ambos habían experimentado la necesidad de algo más que sólo besos, y fue entonces que Rose tomó conciencia y no quiso saber nada acerca de esa relación extraña que mantenía con el chico. No eran novios y ambos decían no quererse, mientras que ella poco a poco se enamoraba sin saberlo. Como Albus había dicho, aquello terminaría mal y ambos terminarían lastimándose.

Rose miró fijo a Scorpius. Hacía días que no aparecía porque ella se lo había pedido, pero lo había echado en falta. Se dio cuenta rápidamente que lo necesitaba en verdad. La mirada del muchacho era muy diferente a la de siempre. Estaba seguro de algo, no se mostraba frío sino lo contrario, y su intensidad se incrementó cuando llegó cerca de ella. La pelirroja respiró entrecortadamente luego de preguntarle qué hacía. Se suponía que él no debía estar allí.

—Tenemos que hablar —empezó Scorpius, aunque por su postura, hablar era a lo que menos había ido.

—Tú dirás… —habló ella que sintiéndose incómoda encendió la lámpara tenue de su mesita de noche. Volvió a mirarlo a los ojos y esperó. Rose estaba con su pijama de verano que el chico no pasó por alto.

—Estuve pensando en lo que pasó el otro día… Ya sabes —dijo inusualmente cohibido—. En fin, me preguntaste por qué hacía lo que hacía, por qué vengo a verte, por qué quiero estar contigo… Y no tengo respuesta, sólo un simple porque sí.

—¿Y eso significa que…? —apremió Rose acercándose un paso a la vez.

—Que me gustas.

—Guau, se supone que eso lo sabía…

—No puedo rebajarme a decirte algo más dulce… Ya sabes cómo soy —convino Scorpius que levantó una mano y la acarició en la mejilla.

—Eres algo así como… como un Malfoy debería ser. Supongo que puedo convivir con eso —agregó Rose encogiéndose de hombros—, pero la verdad es que está mal que estés aquí. Te lo digo porque justamente sé cómo eres.

—¡No, es que no entiendes!

—¡Hey, baja la voz! —musitó rápidamente para tranquilizarlo.

—No quiero caer en la maldita redundancia del típico chico enamorado. Simplemente debes saber que no voy a admitirlo ¿con ello puedes vivir? —preguntó el rubio que automáticamente se había descubierto.

—¿Cuánto apostamos a que lo gritas? —preguntó Rose, con una sonrisa pícara. Sabía que él la amaba, pero quería arrancárselo de sus propios labios.