Vidente
Morgana nunca eligió sus poderes, de haber podido hacerlo, jamás habría tomado la visión. Conocer el futuro no solo era aterrador, también podría ser desastrozo e inalterable.
Los vistazos vinieron en forma de terrores nocturnos, siempre fragmentos confusos y horribles como la muerte de Gorlois durante la batalla de La Purga del Norte, donde un hechicero clavaría una lanza olvidada en su corazón.
Morgana vio el momento en que la punta entró en su pecho y escuchó sus latidos hasta que cesaron. Lágrimas bañaban su rostro pálido al despertar y en esa noche fresca, ella se escabulló entre las sombras hacia la habitación de Gorlois para acurrucarse a su lado. La joya le abrazó como muchas otras noches, su voz adormilada pero cariñosa.
—¿Pesadilla?
En sus brazos, Morgana se deshizo en un llanto interminable. Su amor por Gorlois era solo comparable al que sentía por su padre y su madre.
—Son malos sueños, polluelo —La joya susurró sobre sus cabellos—. Déjalos ir y duerme. Shhh, estoy aquí. Siempre estaré aquí.
Ella lo hizo, su oreja pegada a su pecho, escuchando la vida que llenaba a la que era su persona favorita en todo el mundo. Le creyó, porque quería que fuera cierto.
Desde aquel último día, cuando él marchó a la guerra y no volvió, ella se negó a la visión con cada fibra de su cuerpo.
Morgana odiaba ser vidente.
