Holap!

Bueno, antes que nada quisiera disculparme con todas aquellas personas que han seguido fielmente esta humilde historia, en especial con aquellas personitas que se han molestado en dejarme reviews. He perdido la noción del tiempo de cuándo fue la última vez que publiqué y... en fin, tampoco quiero fijarme porque me da un paro xD!... Pero aquí les traigo el final! Más epílogo ;)! Para dejar las cuentas saldadas :3! Son casi 6000 palabras, lo más largo que he escrito nunca. Aquí algunas notas curiosas por si quieren saber por qué tardé tanto... y quien recién se entera de la historia, en buena hora! No se ha tenido que tragar el tiempo con el que sometí a los otros lectores !

Nota 1: Los que leen las notas sabrán que estaba empecinada con terminar el fic en este cap. No soy de historias muy largas y aunque yo misma sé que la historia podía dar para más capítulos y más romance, no lo hice. El cap que les traigo aquí estuvo avanzado en un 60% hace meses, pero me dio tal bajón que nada de lo que escribía me convencía para terminarlo, incluso sopesé la opción de agregar un par de caps más a la historia para darle más cabida y subir lo que ya tenía, finalmente decidí por esperar. Durante todo este tiempo he estado modificando el cap y gestando las ideas (sí, porque yo gesto mis ideas xD). Así que finalmente creo que valió la pena esperar, porque no me siento tan mal como cuando lo escribí por primera vez.

Nota2: Hay un breve LEMON al principio. Así que aquí va la advertencia, porque sé que hay personas que son sensibles en este tema. No es muy explícito, y animaría a saltarlo a quien no quisiese leerlo, pero lastimosamente mi forma de escribir es medio entreverada y siempre suelto datos dispersos en mis párrafos, por lo cual recomiendo no saltarlo. Ojo, nunca he sido buena relatando lemons, no es mi fuerte xD!... Así que disculpen la atrocidad que les traje.

Nota3: Por mera curiosidad, a quien le pique el bichito curioso. Dulce Melodía nació (sí, porque mis historias son como hijos para mí) en una época muy difícil de mi vida. En realidad fue parte de una terapia que me sirvió mucho en ese entonces. Mi mamá (que en paz descanse) había enfermado de cáncer al pulmón, y la enfermedad se volvió terminal por aquellas fechas. Como no soy muy buena manejando la depresión, decidí escribir y dejar mi imaginación volar... Así fue como nació esta historia, que comenzó con actualizaciones continuas y terminó por estancarse en el momento en que la enfermedad terminó de atormentar a mi mamá. Terminarla ha sido más duro de lo que creen, porque fue cerrar un capítulo de mi vida muy grande. Y aunque aún sigo dolida por lo acontecido, me siento más capaz de terminar mis proyectos. No quiero ahogarlos en mis penas, sino quiero que todas aquellas personas que hayan pasado por algo similar o estén pasando, darles mi más fuerte apoyo. No se rindan, chicos y chicas! La vida es hermosa, pese a todo! Un abrazo gigante!

Enjoy it ;)!


Capítulo IX

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"Los asesinos no nacen; se hacen."
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Anónimo.

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Jueves 15 de Enero del 2015, 11:17 a.m. – Francia.

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El sol en aquella mañana estaba en la cúspide del cielo, alumbrando a los franceses que andaban en un vaivén interminable y propio del primer día de la semana. Y aunque el astro rey se hallaba en su máximo esplendor, dos amantes libres y atraídos por cuestiones de la vida se encontraban entregándose uno a otro ignorando el apremiante calor que comenzaba a caldearles la habitación.

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Horas atrás, pasando la media noche, Jaeger se había atrevido a llegar al nuevo departamento del agente más apremiado en la historia de Francia. El joven moreno entró sin la necesidad de anunciar su llegada, sabía de antemano dónde escondía el francés la llave de emergencia: justo en el platillo que sostenía una de las macetas que adornaban la entrada. Fue la oscuridad quien la recibió con los brazos extendidos, y al fondo, entre la penumbra, apenas iluminado por un haz de luna llena se hallaba sentado, de piernas cruzadas, y con el semblante firme el hombre que logró poner su mundo de cabeza. Rivaille lo esperaba como siempre, cada quincena de mes, despierto y alerta a su llegada.

Eren no lo hizo esperar. Dejó el pequeño maletín que cargaba consigo a un lado y a pasos rápidos y precisos se dirigió al hombre que por nada del mundo le quitaba la mirada de encima. Cuando estuvo a medio metro de distancia paró dubitativamente. Observando con sus esmeraldas las facciones maduras de su amante. En cambio, Ackerman no estuvo tan dispuesto a seguir aguardando, por lo cual en un movimiento rápido y sorpresivo apresó la muñeca izquierda del muchacho. Fue la fuerza del francés que terminó por sentar a horcajadas al joven alemán. Con la respiración agitada y las mejillas arreboladas, Eren besó con desenfreno y pasión aquellos labios finos y delgados que habían aprendido las medidas de su boca. Con frenesí unieron sus labios, luchando por dominar territorio ajeno y por persistir su sabor en él. Rivaille situó sus manos en la breve cintura del menor, y marcando territorio no le permitió escapar de sus brazos por toda una noche de tórrido amor.

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Un brusco movimiento por parte del mayor logró que el más joven le diera por fin la espalda mientras que con sus blancas manos le apresaba las caderas bruscamente, como si temiese en el fondo de su alma perdida que en cualquier fracción de segundo el de cabellos castaños desapareciera nuevamente de su vida. Embistió con fuerza y brutalidad la esfínter irritada del alemán, quien inmerso en un mar de sensaciones abrasadoras se le desvivía la garganta por expresar más allá de los pobres gimoteos que sus labios rojizos por los besos podían liberar. Una nueva estrategia de ataque francés le hizo torcer la cadera de tal forma que ahora sus miradas, verde-azulado contra gris-plateado, se encontraron; ahora su lado izquierdo soportaba su peso mientras el agente acomodaba rápidamente su pierna derecha sobre su hombro. En ningún momento dejó de penetrar aquel orificio sonrosado.

La mirada acuosa de Jaeger lo observaba fijamente mientras su zurda se encargaba de estrujar una de las suaves almohadas que, por producto del emotivo encuentro, se hallaban desperdigadas por toda la amplia habitación. Rivaille gruñó mientras fruncía el ceño; tener al mocoso a su disposición siempre le hacía perder los estribos, y aunque siempre se decía a sí mismo que debía dejarlo ir no había razón que su alma comprendiera para no buscarlo cada que el menor se hallaba en Francia. Aquella era la quinta vez en que fornicaban cual conejos en celo desde que el alemán puso un pie en su piso aquella noche en que tras un par de copas el francés, ni corto ni perezoso, se dispuso a hacerle recordar porque él fue su primera vez tras una vida auto-condenada a la castidad. El pintor y el policía se atraían con la fuerza que solo los polos opuestos de un imán podían comprender, tal era la atracción entre ambos hombres que era imposible que un tercero se hallara en la misma habitación sin que sintiera como el ambiente poco a poco comenzaba a espesar.

- Mmn – Fue el lamentable gemido que soltaron sus labios tras venirse por octava vez durante sus eternas sesiones de sexo duro.

Ackerman tomó aquella muestra de voz como invitación a alcanzar el anhelado clímax. Cogió ambos tobillos morenos y los colocó sin mediar en delicadezas a los costados del rostro enrojecido del alemán, siempre agradeciendo a Dios en lo alto del cielo la elasticidad que el menor consiguió en todas esas clases de expresión corporal; pronto la entrada dilatada del joven pintor se encontró expuesta ante la vista libidinosa del mayor, quien la observaba embelesado y sumergido en su morbo de tan solo recordar todas aquellas posiciones que habían experimentado en aquella visita del castaño. Irrumpió entre las paredes de carne sorpresivamente, las cuales le dieron la bienvenida en un tórrido apretón; Jaeger abrió completamente sus orbes aguamarina mientras que con sus manos se aferró fuertemente a la espalda del mayor incrustándole las uñas y añadiendo cinco trazos más a la obra abstracta que se podía apreciar en la espalda del francés. El mayor aumentó la velocidad de sus caderas mientras dirigía su boca a la tierna curvatura del cuello contrario, incrustando los dientes con posesividad y dejando un notorio vestigio de su pasión por el menor.

- Eren. – No hubieron palabras de amor, pero fue su nombre más que suficiente para enterarse que aún el francés pensaba en él en aquellas noches solitarias. Porque más allá que toquetearle la próstata por medio de rudas embestidas, Rivaille le acariciaba el corazón. – Quédate conmigo. – Y como siempre la misma petición, con la misma respuesta.

Si tan solo las cosas hubiesen resultado de otra forma.

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Domingo 27 de Julio del 2014, 2:45 p.m. – Alemania.

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Después de la traumática experiencia que vivió gracias a Michael Wiiliams, Jaeger vivió por algún tiempo en un eterno mar de silencio. Ello no se debió únicamente a que sus cuerdas bucales habían sido prácticamente dañadas hasta hacerlas inservibles, sino también a la depresión que le causó la pérdida de sus padres y de todo aquel mundo feliz en el que creció. Le dolía el cuerpo, el alma y el corazón. Ya su madre no estaría para regañarlo por dejar las luces prendidas, ni su padre para enseñarle alguna curiosidad que nunca le faltaba, ni tampoco podría volver a su casa a jugar con su mejor amigo y a perder las tardes tumbados bajo el basto cielo enrojeciéndose. Toda su vida de infante dio un giro brusco y se derrumbó por completo. Durante la semana en la que estuvo internado no comía, no se comunicaba y no lloraba. Simplemente había dejado de vivir para dar paso a una mera existencia vegetal. Los doctores finalmente decidieron conectarlo por sondas para suministrarle todos aquellos nutrientes que su garganta maltrecha no podía recibir. Fueron días que le parecieron eternos y que su psiquis se había encargado de obviar en el rincón más inaccesible de su memoria; mas lo que sí recordaba fueron un par de ojos azules y una voz agudita susurrándole palabras relajantes al oído que le mecían el alma maltrecha mientras suavemente sostenía su manita morena.

Armin fue sin lugar a dudas uno de los amigos que supo ganarse un lugar en su corazón. Él siempre fue torpe para expresarse, incluso cuando aún su voz funcionaba, pero era el rubio una de las pocas personas que podían leer más allá de sus gestos, más allá de sus letras. Él, Mikasa y Rivaille se habían convertido en aquellas personas especiales que podían leerlo antes de siquiera coger la pluma y su libreta. Rivaille. El francés amargado con la voz grave más bonita que ha oído jamás. No supo por qué pero una tristeza infinita invadió su corazón al recordar las facetas más disparatadas del moreno, tal vez le asustaba la idea de nunca más volver a verlo. Con tan solo pensarlo algo en él se activó: él quería ser feliz, quería sentirse libre y vivir su vida como hasta ahora lo había hecho.

Recordó la traición del blondo y su actual estado. Desconcertado y sin recordar cuándo fue que cayó dormido, quiso abrir sus ojos; pero nuevamente una luz lacerante le lastimó la visión. Cuando se hubo acostumbrado a la blancura cegadora frente a él, pudo comprender su situación sin tanta ceremonia. Ya toda la revolución de emociones había comenzado a emerger, peligrosa y alarmante; un sentimiento de supervivencia había sido instalado rápidamente en lo más profundo de su ser. Un par de ojos curiosos le devolvieron la mirada.

Arlet yacía parado frente a él. Había recogido su cabello rubio en una coleta malhecha y se había colocado un mandil sobre sus prendas. Por un segundo no dijo nada, simplemente se limitó a observarlo mientras él se removía en lo que parecía ser una cama prisionera. Notó que los amarres de su muñeca habían sido ajustados y situados a los costados de su rostro; las piernas igualmente fueron apresadas con mayor fuerza.

- Yo quería hacer esto por las buenas. En realidad te quiero mucho, Eren. – Dijo con el tono que suele emplear cuando se disculpa. - Lo diré solo una vez más. Y quiero que me respondas bien. – Dijo el blondo con voz suave. - ¿Vendrás conmigo sí o no?

Agitó enérgicamente la cabeza de un lado para otro, negándose a la petición con sus movimientos y con su mirada furibunda. Arlet no mostró signo alguno, simplemente cogió algo que se encontraba tras suyo. Se lo mostró: una herramienta que fácilmente se podía encontrar en los talleres para automóviles, su boca de acero le daba impresión que podía arrancar hasta los tornillos más rebeldes; lo que él no sabía es que aquel artefacto rudimentario le arrancaría más que un mero susto. Arlet lo sostuvo frente a él, balanceándolo de tal forma que el castaño contemplara su juguete en toda su extensión. La respiración de Jaeger se volvió errática, pronto una sensación de angustia inundó su corazón.

- No te escucho, Eren: ¿vendrás conmigo sí o no?– Jaeger abrió sus ojos sorprendidos y furiosos. Nuevamente agitó con toda sus fuerzas su cabeza. – Esto no te matará, pero si dolerá mucho. Espero que con esta pequeña ayuda me puedas responder correctamente.

El pequeño rubio explicó mientras abría la boca de la herramienta al máximo para situarla en su diestra, justo en el dedo más pequeño de todos. Vio con horror como el de ojos azules –ahora opacos y dementes- ajustaba lentamente la herramienta, sin hacer mucha presión, en su meñique.

- Quiero que pienses muy bien antes de responder; porque no hay peor colmo que un mudo sin manos con las cuales gesticular o escribir. – Las palabras locuaces del menor le cayeron como baldazo de agua fría. El rubio amenazaba con quitarle no solo su única fuente de comunicación, sino también su única forma de expresión artística. Con lágrimas luchando por salir, negó nuevamente. Esta vez pudo observar los ojos azules tornarse más dementes. -¡Que no te oigo! ¡Responde!

Y ajustó la palanca, presionando dolorosamente la falange entre las fauces de acero sin contemplación ni pena. Un ligero y perturbador crack le erizó los nervios. Se removió furiosamente entre sus amarres, buscando desesperado alguna forma de librarse; abrió la boca tanto como pudo, luchando contra sus cuerdas bucales por emerger algún sonido, alguna señal que demuestre el terrible dolor que lo abatía. Armin retiró su herramienta mientras se limpiaba con un pañuelo blanco el sudor que escapaba de su frente y que comenzaba a molestarle la vista. Jaeger intentó mover su dígito, pero el dolor en su diestra no lo dejaba sentirlo. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas húmedas y rojas, limpiando con sal las heridas de sus labios que él mismo se causó tras un intento de mitigar el dolor.

- ¿Vendrás conmigo, sí o no?

Fue una mirada furibunda lo que encontró a cambio. Aquellas orbes verdes azuladas se incrustaron como una filuda daga en su corazón; ¡que doloroso para él!, que siempre hizo lo que pudo para merecer al castaño, recibir aquel gesto de rechazo de la persona a la que había aprendido a idolatrar desde niño. Suspiró audiblemente y dirigió su instrumento de tortura a su siguiente víctima.

- Hemos llegado al anular. – Avisó brevemente el blondo sin mostrar pena alguna. – Ven conmigo, Eren. Quiero que estés conmigo por decisión propia, no porque yo te ande arrastrando por todas partes. ¿Qué dices?

Jaeger lo escuchó apenas. El dolor de su diestra no lo dejaba pensar con claridad. Mordió sus labios, nuevamente, tratando de enfocar el dolor en otra zona que no fuese su mano, pero no funcionó. Él no quería esto, así como tampoco quería una vida de prisionero. Sin más tomó su última decisión: prefería estar muerto a estar con Arlet. Negó suavemente, fijando sus orbes aguamarina en las azules. Armin lo observó sorprendido.

- Lo lamento, pero sigo sin escucharte.

Y trituró el hueso de la falange sin contemplaciones. Eren volvió a removerse violentamente en su lugar, desesperado por encontrar alguna salida a aquella tortura a la que era sometido; el rubio, por su parte, se regocijaba evidentemente ante el dolor del mayor, podía oler el metálico gusto de la sangre resbalarse pretensiosa por la piel cremosa del alemán, juraba haber escuchado claramente como los huesos de sus dedos se iba rompiendo tras sus movimientos maestros, pero era la expresión de su adoración –sobretodo- lo que más le causaba aquel indescriptible placer culposo: el ceño claramente crispado y los ojos totalmente abiertos, bañados en angustia, dolor y odio; las lágrimas libres y los labios rasgados, abiertos de par en par en busca de emitir algo más que vanos intentos... Pero quería más, él quería todo del joven pintor; absolutamente todo.

- ¡Que no te oigo!

No supo cuánto más podría resistir. El dolor no parecía menguar ni un ápice, y el blondo no hacía más que destrozarle la mano, dedo por dedo, sueño por sueño. Pronto una nueva oleada de lacerante dolor lo inundó por completo seguido de un pitido agudo que seguro solo él había oído. Había llegado a su tope.

- Argh.

Armin dejó de presionar la palanca contra el dedo corazón. Sorprendido vio como de la boca del mayor se escurría un fino hilo de sangre. La voz que escapó de esos labios rotos fue ronca y desconocida. Eren también parecía sorprendido a pesar del dolor. No pudo reconocer su propia voz luchando por salir, por romper los paradigmas que lo habían condenado a una vida llena de mutismo.

- N-no.

Apenas un susurro inentendible, pero fue clara su respuesta. Una tos peligrosa comenzó a ahogarlo. La garganta le ardía y picaba terriblemente, sangre escapaba de entre sus labios. De repente algo resonó en la habitación. No supo qué fue, pues su cabeza había comenzado a descender en un abismo de inconsciencia. Tan solo susurró una vez más antes de caer rendido.

- N-no.

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2:57 p.m. – Alemania.

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La casa de los Jaeger estaba completamente abandonada. En sus mejores tiempos solía ser una edificación simple y hogareña; con sus paredes blancas, sus tejas oscuras y su cerca roja, daba la impresión de ser una casa más al más puro estilo americano. El pequeño jardín trasero había sido sustituido por un arenal que servía al mismo tiempo de almacén, así como la entrada, que estaba bloqueada al público, había dejado de funcionar para ser finalmente sellada. Cuatro coches de policía, con la sirena activada pero silenciosa, se estacionaron paralelamente en la calle para cerrarla al público, segundos antes dos coches negros se situaron frente a la que antes era una dulce vivienda. El capitán bajó primero junto a Smith, del siguiente auto bajaron el escuadrón especial del francés. La mujer asiática, quien había insistido en que la llevasen a la escena de los hechos había sido encerrada en el primer coche con la excusa de que ayudaba más no interviniendo. Smith junto a los demás se acercaron a la edificación destartalada por el tiempo, dando la señal a su equipo de aguardar en los perímetros de la calle.

Ral se acercó rápida y sigilosamente a una de las ventanas del lugar, pasando por alto la verja con gran agilidad. La agente se pegó a la pared mientras echaba un vistazo al interior del lugar. La primera habitación que vislumbró estaba en penumbras y sumergida bajo una capa de polvo total que mandaría a Rivaille de emergencia al hospital sino fuera porque se trataba de una intervención especial. Los muebles estaban amontonados en distintas zonas, cubiertos bajo unos mantos que en algún tiempo fueron blancos. Caminó con cuidado, haciendo una seña para que sus compañeros, el capitán y el comandante se acercasen sigilosos. Los seis miembros policiales bordearon la casa con sumo cuidado, se percataron que absolutamente todas las entradas, tanto la principal como las traseras, se hallaban completamente inaccesibles; las ventanas no parecían haber sido forzadas, y el completo silencio que invadía el lugar no les daba señal de que alguien se encontrase en su interior. Siguieron en su búsqueda un par de minutos más cuando consideraron la idea de desistir.

- ¡Capitán, creo que encontré algo! – Shulz se acercó a él y lo guío hasta la parte trasera de la casa.

El hombre le mostró a su superior unos matorrales que no habían sido tocados en años, bastó que Shulz se acercara un poco a ellos para que con un par de movimientos descubriera una entrada subterránea a lo que parecía ser el sótano de la antigua vivienda de los Jaeger. La oscuridad no les permitió vislumbrar más allá de lo que sus linternas pudieron permitirles. Descendieron por viejos escalones de madera, procurando hacer el menor ruido posible. Al frente caminaba el capitán, seguido de Auruo, quien, en un intento más de conquistar a Ral, deseaba demostrar su capacidad como agente especial de la liga francesa; dos pasos más atrás estaban la única mujer del grupo y el dúo de hombres; Smith se encontraba a la retaguardia, atento a cualquier movimiento del exterior que pudiese considerarse sospechoso. Pronto el francés se encontró con la puerta de madera que lo separaba del mocoso; dio una breve señal a su compañero y se dispuso a ingresar a la habitación.

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Nadie podría entender jamás el amor que sentía por él. Me atrevería a decir, incluso, que lo que profesaba por Eren dejaba en ridículo todo aquel sentimentalismo banal y atrevido que todas las personas de este insulso mundo se atrevían a decir que profesaban. Habría que verlos no más, ¡que blasfemia! Se conocen una noche en un antro de mala muerte y pasado unos días sostienen, los muy bastardos, que, ¡oh, maravilla!, son su alma gemela. Tal para cual. Yo, en cambio, llevo cargando como cruz este sentir desde que casi comencé a racionalizar por mis propios medios; día tras día, aprendiendo de él tanto como Namir podía conseguir en sus extensas charlas virtuales reveladoras, o tanto como mis retinas podían grabar de cada gesto, cada sonrisa, cada mirar distraído. Y fue por este amor infinito y descontrolado que siento por él, que no pude sino excitarme al oír, nuevamente, su voz escondida por tanto tiempo.

Pero ya veo yo que algo tiene el mundo contra mí. En cuanto Eren volvió a decir una vez más que no quería venirse conmigo, un ruido más seco y desagradable inundó la habitación. Eran esos mequetrefes del cuerpo policial que no podían evitar meter sus narices en donde no les competía. Debo admitir que por algún tiempo fue divertido verlos consumirse en sus dudas, mientras yo, dejando pistas escabrosas y confusas, jugaba con sus hipótesis. Sin embargo, ahora era diferente. Esta vez se trataba de Eren y de mí, a punto de rehacer una vida feliz y justa juntos; yo lo protegería de todo y de todos, y no dejaría que nadie, ni Dereck ni el enano policía ni un solo cabrón más se interpusiese en nuestro camino. Ya mucho había esperado para llegar hasta donde estaba como para dejar que echen a perder todo un plan de más de diez años de gestación.

Calculé que tenía aproximadamente siete minutos antes de que Ackerman y su séquito de incompetentes se percatasen que la primera habitación tras cruzar el pasillo del sótano era solo apariencia y engaños. Años atrás, cuando aún la segunda guerra mundial estaba en su post apogeo y el mundo levantó una oleada de resentimiento contra los nazis, muchos alemanes se vieron en la necesidad de adaptar sus hogares de tal forma que cualquier familiar o amigo involucrado al genocidio no fuese sencillo de hallar. Se hicieron múltiples escondites, puertas falsas y pasadizos secretos que ayudaron en su tiempo a todos aquellos que pasaron de ser cazadores a ser las presas. El Dr. Jaeger, como no era de sorprenderse, adquirió esta construcción gracias a un contacto que sabía de su afición por la historia y las cosas curiosas. Ahora, tras varias décadas de inactividad, la antigua guarida de los nazis comenzó a formar parte se mi plan maestro.

Hice la camilla de Eren a un lado, llevándola a la habitación contigua en donde la familia Jaeger solía guardar los viejos jarrones y floreros que Carla coleccionaba cuando andaba en búsqueda de algún pasatiempo novedoso. Aproveché su actual estado de inconsciencia para colocarle cuidadosamente una mascarilla; en seguida me coloqué la mía mientras abría la llave del tanque de somnífero que había conseguido hace dos meses atrás. Por supuesto, yo no era tonto, nunca lo había sido y no iba comenzar ahora; yo sabía perfectamente que en un encuentro cuerpo a cuerpo tenía las de perder, pero ello no quitaba que podía amoldar la situación de tal forma que me resultase ventajosa. Lastimosamente, de todas formas tendría que ganar un poco de tiempo antes de que el gas comience a hacer efecto.

En cuanto sentí sus pasos acercase bajé la palanca del generador de electricidad, inundando completamente la casa en una penumbra peligrosa. El juego estaba por comenzar.

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3:00 p.m. – Alemania.

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En cuanto las luces abandonaron el lugar, los sentidos de todos se agudizaron casi por reflejo. El comandante y el capitán fueron los primeros en quitar el seguro a sus armas, dando la señal para avanzar meticulosamente después de treinta segundos de espera en busca de algún movimiento extraño. Paso por paso, lento y seguro, se dirigieron a la puerta del fondo; pero fue justo antes de que Ackerman colocara su diestra en la manija cuando el cuerpo de Petra se desplomó sobre el suelo. Brossard, quien siempre había sido un fiel amante en secreto de la agente, fue el primero en reaccionar; la sostuvo entre sus brazos mientras la inspeccionaba cuanto la nula luz le permitía a sus pobres ojos. No halló rastro de herida alguna, y estuvo en pleno razonamiento de hallar la causa del desvanecimiento de la joven cuando un repentino mareo, fuerte y alarmante, invadió sus sentidos provocando que su cuerpo cayera junto al de su compañera antes de perderse en la nebulosa inconsciencia.

Ya para aquel entonces el somnífero liberado en el ambiente había ocupado mayor terreno en el aire y en sus sistemas, permitiendo que todo a su alrededor se ralentizara de forma alarmante. Uno a uno fueron cayendo los cuerpos de los agentes, quienes en búsqueda de salir del poco airado sótano de los Jaeger, lograron solo marearse con mayor prontitud. Fueron aproximadamente un par de minutos en los que solo se apreció los cuerpos dormidos de los oficiales, cuando una cabecita rubia y juguetona se asomó justo en medio del pasillo, en donde a simple vista solo se encontraba la estufa que mantenía cálida la morada en tiempos de invierno. Observó divertido y con una expresión un tanto perdida como los cuerpos inertes, pero aún vivos, estaban desperdigados cuales muñecas de trapo. Hubiese sido divertido entretenerse con el enano francés, verlo desangrarse lentamente mientras la vida se le extinguía en una penuria de dolor, pensó pero ya había perdido mucho tiempo. Arlet se vio obligado a continuar con su plan en vez de contentar sus instintos sádicos, mas ello no evitó que pateara con sorna la cabeza del capitán en acto que parecería simple descuido.

- Ya ve usted, capitán, que Eren no puede compartirse.

Dio media vuelta y caminó con pasos graciosos hacia donde el cuerpo del mayor reposaba ajeno al desastre que se había formado en su nombre. Armin se fijó atentamente en el rostro durmiente del menor por unos segundos, luego desvió su mirar a los dedos amoratados que comenzaban a hincharse terriblemente en la diestra del pintor. Era una lástima que ya no pudiese utilizar aquella mano para pintar, pero aún le quedaba la zurda... Claro, si es que cooperaba. Sacó el móvil de su bolsillo realizando un par de operaciones y finalmente se propuso a deslizar la camilla con algo de esfuerzo.

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3:04 p.m. – Alemania.

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Kirschtein siempre fue un jovencito solitario. O como bien diría su madre, era de los niños que necesitaban de un leve empujón para emprender algún pequeño gran paso. Fue así como conoció a su primer y mejor amigo de toda la vida, quien perseveró con su título incluso en los años en los que posteriormente el aspirante a actor desapareció, Marco Boldt. Jean conoció al niño pecoso cuando contaba con cuatro primaveras ya cumplidas, una tarde en la que por insistencia de su madre –siempre ella tan entrometida en su vida, como solía decir él- permaneció por dos horas en el arenero del parque a expectativas de conseguir algún alma caritativa que se dignara a jugar con él. Boldt fue aquella alma caritativa y gentil que se acercó a él con una cubeta nueva, una sonrisa y una amistad eterna. Pero tal y como el francés comprendió después, las cosas buenas que le pasaban en la vida tenían un pronto tiempo de caducidad. Marco terminó abandonando Francia cuando cumplió los dieciséis, partiendo a una nueva vida en España junto a la siempre solterona de su madre, quien en un arranque de locura decidió buscar el amor en las calles españolas motivada por una película que recién había estrenado por esos años.

Así fue como Jean se volvió más amargo y desconfiado de lo habitual. Pero no todo fue discordia desde entonces, pues aprendió a sentirse a gusto con su personalidad problemática y conflictiva. Además, bastó otro leve empujón para que comprendiera que lo suyo eran las artes escénicas, las películas románticas y el amor platónico por Mikasa. Fue así que viéndose en la necesidad de menguar toda ese tórrido amor que sentía por la asiática terminó contándole parte de su vida y de sus frustraciones a Arlet. El joven rubio era de aquellas personas que despertaba en los demás ese aire a confianza. Y tal vez fue por eso que lo hizo.

La alerta de un nuevo mensaje llegó de pronto a su móvil, bastó con solo ver el remitente para que procediera en su labor.

- Lo siento, Jaeger. No es personal.

Kirschtein vigiló a su alrededor, asegurándose que ninguna presencia imprudente lo ligara a lo que iba a hacer. La calle paralela a la antigua calle de los Jaeger se encontraba solitaria. Aparentemente el tumulto que causaron las patrullas policiales se había desvanecido en cuanto los oficiales pidieron discreción a los vecinos aledaños. El joven actor se colocó el casco negro, encendió su Harley Davidson y presionando el pequeño botón del detonador fue que emprendió que su marcha, saliendo del estrecho callejón en el cual se encontraba mientras el imponente ruido de una explosión se escuchaba calles más atrás. Las sirenas volvieron a resonar y pronto el caos regresó.

Solo Dios sabía cuánto iba a arrepentirse después de confiar en Arlet y en sus instrucciones.

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La sonrisa macabra y extasiada que se asomó en su rostro no podía describir en sí todo el gozo que sacudió el cuerpo del blondo al ver que su plan pronto se vería concluido. La explosión que aconteció calles más arriba hizo que se sintiera casi satisfecho al ver que tan bien podían ir las cosas cuando él las planeaba. Las sirenas resonando y el sonido del cuerpo policial moviéndose con suma rapidez al origen de la explosión no hizo más que incrementar el ahínco con el que llevaba la camilla.

Fijó su atención en el pequeño reloj de correa negra que llevaba en la surda y se percató que en dos minutos llegaría el transporte que les traería la libertad a él y a su amado Eren. Tal fue su goce que no pudo percatarse de la presencia que avanzaba rápida y cautelosa a sus espaldas, quien blandiendo un fierro hueco mandó a volar al pequeño blondo un metro más allá.

Rivaille se encontraba con una mirada impasible y furiosa, con su característico pañuelo blanco cubriendo medio rostro. El francés, quien tenía experiencia de sobra y una aversión extraordinaria al polvo y a todo microrganismo de suciedad, no pudo evitar cubrir su nariz y su boca al ingresar al mugriento sótano. Por supuesto, tuvo que aguantarse las ganas de quebrarle el tobillo al pequeño bastardo listillo que se atrevió a posar su sucia suela en su impecable cabeza, pero bien valió la pena la espera, pues ahora el blondo se hallaba más que fuera de combate. Se acercó veloz a la pequeña camilla donde reposaba el pintor. Vio con pesar e ira como la piel demacrada, los ojos acompañados de unas notorias ojeras y los labios resecos y maltrechos fueron los que le dieron la bienvenida.

- Lamento haber tardado tanto...

Ackerman iba acariciarle el rostro cuando un movimiento tras suyo alertó sus sentidos. Arlet seguía consciente, con un hematoma asomándose en su frente y bañando su rostro en carmesí, pero lo suficientemente lúcido y demente para pelear por lo que, aseguraba, era suyo. Bastó más que una patada giratoria de parte del oficial para mandarlo nuevamente a su sitio. Armin escupió sangre tras el impacto, mas sus ansias de lucha no cesaron aun con el dolor de su cuerpo.

- Ríndete, ya no estás en condiciones de luchar.

La voz seria del mayor pareció surgir efecto en él, pues pronto el brillo de su mirada cambió a uno más analítico. Rivaille vio su mirada pasear rápidamente por todo el pasillo. El sonido de una alarma de reloj digital resonó en las penumbras. En un movimiento veloz y preciso el estudiante de leyes cogió una pistola que yacía abandonada al costado del cuerpo de Ral, y disparó con precisión hacia el cielo raso que se veía más dañado y deteriorado, agradeciendo al cielo y a la humedad del tiempo que justo se encontrara por encima del agente y de Jaeger. Rivaille reaccionó rápido retrocediendo y llevándose consigo el cuerpo durmiente del alemán, evitando con las justas ser aplastado por un montón de escombros. Cogió su radio y pidió refuerzos. Sabía de antemano que Arlet había huido, por lo cual tuvo que dejar para otro día las cuentas a saldar. Observó con ojo crítico el estado del menor y suspirando de alivio al hallar su pulso, se dispuso a llevarlo a él y al resto del equipo oficial fuera de aquella pesadilla de locos.

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Miércoles 30 de Julio del 2014, 1:06 p.m. – Alemania.

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A lo lejos juró escuchar la voz grave y conocida, un poco distorsionada pero claramente reconocible. Sus ojos ardían y su boca estaba seca. Sintió el cuerpo pesado y adolorido, como si un camión hubiese pasado encima de él. Quiso preguntar algo pero el dolor en su garganta no le permitió más allá que abrir la boca.

- Está despertando.- No reconoció la voz femenina pero no le dio mayor importancia. – Señor Jaeger, hágalo con calma, aún necesita reposo.

La suave voz femenina lo relajó momentáneamente. Mas poco duró su tranquilidad cuando en su cabeza comenzaba una retroalimentación de las últimas setenta y dos horas en las que aún se encontraba consciente. Armin, su secuestro, la tortura y su voz rota. Quiso llevar su diestra a su garganta, pero una mano áspera y cálida le impidió el intento.

- Esa no, mocoso. Intenta con la otra.

La voz grave de Rivaille logró que finalmente abriera sus ojos adormilados. Observándolo desenfocado en un principio, para luego recuperar poco a poco su sentido de la vista y reconocer la imponente figura del hombre de baja estatura. Se hallaba a su lado, sosteniendo aún su muñeca y fijando su atención en él. Tardó casi un par de minutos para recordar qué era lo que quería hacer con su diestra. Con algo de temor llevo su mano restante a la zona del cuello, palpando lo que tardó en reconocer con unos vendajes.

- Aparentemente podrás volver a hablar, pero aún estás en observación. – La voz desinteresada del francés logró captar su atención. – El doctor vendrá en unos minutos, la enfermera ya fue en su búsqueda.

Con pereza y aún adormecido observó que en efecto se hallaban solos. Quiso aprovechar la intimidad y preguntar lo que tanto en su cabeza se repetía. Miró con ojos grandes y lastimeros al hombre que aún sostenía su muñeca, y en una pregunta muda que Rivaille supo leer terminó por transmitir su incertidumbre.

- Arlet escapó, si es lo que quieres saber. Un grupo especial de rastreo está en su búsqueda, y... hay algo más, pero no creo que sea oportuno decírtelo ahora. – La mirada insistente de Jaeger no le permitió callar más lo que se avecinaba. Por si fuera poco, él no era precisamente de las personas más sensibles y creía fervientemente en la fortaleza del joven pintor. – Hubo una explosión durante la misión. Aparentemente Arlet en complicidad con otros sujetos la planearon como fuente de distracción. Hubieron algunos cuantos heridos y... Mikasa, tu amiga, fue uno de ellos. – La voz siguió impasible y sin alterarse, observando con cuidado las reacciones del menor. Al ver que sus ojos se agrandaban pero que no quitaban su atención de él, decidió proseguir. – No está muerta, pero está en estado crítico. Están evaluando su caso, pero lo más probable es que se quede paralítica.

Lágrimas comenzaron a escurrirse desde sus ojos, pero lejos de la mirada afligida que se esperaba, una expresión de rencor y determinación invadió sus ojos esmeraldas. Con el ceño claramente fruncido y los ojos completamente abiertos terminó por pronunciar en un silencioso murmullo lo que sería su vida a partir de entonces: una llamada a la venganza.

- Acabaré con él.

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Epílogo

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(...) Mi madre siempre fue una amante ferviente de los rompecabezas. Tal vez fue ella quien cultivó en mí aquella pasión por los desafíos más escabrosos. O tal vez fue mi padre, quien siempre encerrado en su vida de locura y medicina terminó por descubrir su propia perdición. Sea como sea, agradezco a quien tuvo la pericia y paciencia de leer de cabo a rabo lo que traje con tanto cariño.

Espero que quede claro que esto aún no termina. Nos veremos muy pronto.

El juego de los mudos – Epílogo y agradecimientos por BlueEyes. Publicado hoy a las 2:59 a.m.

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Y eso fue todo!

Estaba pensando seriamente en escribir El juego de los mudos, porque algunas personas estuvieron preguntándome sobre la existencia de aquella obra. Todavía está en veremos, pero lo más probable es que no lo publique aquí, sino en Wattpad (donde tengo una cuenta con el mismo seudónimo y donde también publico esta historia).

Por otra parte, seguro se preguntarán qué pasará, habrá segunda parte? ... Pues no xD! Hahahahaha, no me maten, sé que la he dejado como para continuar, pero en realidad no estoy muy convencida de seguirla... tengo algunas ideas sueltas, pero son solo eso... habría que gestarlas más.. y... Dios, algo tengo yo con el embarazo!... En fin, si hubiese una segunda parte, no estaría lista hasta para mucho después! Tengo otros proyectos aquí menos policiacos... y en fin, quiero darles una oportunidad antes de psicosearme más con todo este rollo policial...

Sé que pueden haber esperado más, pero en serio todavía me falta experiencia para este tipo de historias! Es mi primer intento de suspenso, asesinos y detectives... y en fin! No los aburro más, muchas gracias a todos por leer hasta aquí! Nos leemos en una nueva oportunidad ;D! Ciaoooooo...!

Atte. Lawlie