- Querida, ayúdame con las botas, aún no pudo agacharme del todo- le pidió Irene a su fiel amiga haciendo un gesto de dolor- No estamos seguras aquí.
- Lo sé Irene. ¿A dónde iremos?- le contestó ellacon una expresión llena de ansiedad.
- Sólo sé que debemos estar lejos de aquí.
- Señora Adler ¿a dónde cree que va?- le preguntó María recargada en el marco de la puerta y sosteniendo un expediente médico.
- Me voy de aquí. Mi cuenta la puede mandar a la dirección que anoté en esta tarjeta doctora- le extendió Irene su blanca y fina mano con el documento en cuestión. María negó con la cabeza.
- No es por los honorarios y sepa que han sido cubiertos generosamente. Es mi obligación cuidar de usted.
- Y yo se lo agradezco doctora, pero ya puedo cuidarme sola- sin embargo en cuanto se levantó de la cama, se dobló del dolor y emitió un leve quejido.
- Evidentemente no se encuentra bien – le contestó María ayudándola a sentarse nuevamente al borde de la cama- Usted como su amiga, señorita debería aconsejarla mejor.
- La señorita sabe que es imperativo que no estemos un segundo más aquí. ¿Comprende que podemos hacer más daño que bien doctora? Inclusive a usted.
- El señor Holmes, me explicó la situación bastante bien. Comprendo los riesgos y los asumo.- contestó María tajantemente.
- Yo no confiaría tanto en el señor Holmes, puede ser engañoso en ocasiones.
- A mí me pareció un hombre honesto y muy inteligente- le replicó María y sus ojos se fijaron en la ventana, a la cual se acercó un poco más, lentamente como atraída por algo más que los jardines que se encontraban rodeando el edificio.
- Eso yo no lo discuto doctora, ni lo pondría a tela de juicio. A lo que me refiero es que a veces puede ser una persona ¿cómo decirlo? No quisiera usar la palabra manipulador…
- Pero ya lo hizo señora- le contestó María volteando a verla algo molesta- Los juicios que yo pueda emitir acerca del señor Holmes son opuestos, obviamente, a los de usted y lo lamento, porque creo que él le demuestra una amistad más sincera y fuerte de la que parece usted se merece y me lo demostró no solo con las palabras más halagadoras al referirse a usted, sino con acciones, como encargarse de la seguridad de su estancia aquí, por ejemplo.
- Es porque tiene la arrogancia de creer que me conoce y me puede clasificar como a un insecto, previendo mis reacciones, pero casi siempre se ha equivocado al hacerlo- dijo Irene levantándose nuevamente apoyada en su amiga, que había estado muy callada pero que obviamente opinaba igual que ella.
- Lo siento señora, pero veré que lo que me pidió el señor Holmes como un favor personal, sea cumplido por mi parte- le dijo María, cerrando la puerta de la habitación de Irene con llave.
- Parece que me quedo muy a pesar mío. ¿Qué piensa Holmes? ¿cómo podré defenderme estando en un hospital encerrada por una de sus admiradoras?
- Te oyes molesta Irene- le dijo su amiga ayudando a Irene a quitarse nuevamente las botas.
- Y con razón ¿no crees? Estamos a merced de quien pueda burlar la nula seguridad que existe en este hospital, además de estar expuestas a un sinfín de enfermedades contagiosas. Sé que esto lo hizo para evitar, según él, que yo lo siga. ¡Ah, ese hombre! Me hace enojar tanto- continuó Irene arrojando su sombrero al piso- ¿A qué grado lo ciega su vanidad, su ego de creer que yo pueda estar siguiéndolo? Ha sido una mera coincidencia que nos encontremos en los mismos lugares, tu eres mi único testigo amiga mía.
- Lo sé Irene. Pero también tienes que admitir que son demasiadas coincidencias.
- ¿Tú también dudas de mi?
- No Irene, pero tienes que admitir que es sospechoso.
- Bueno pues ahora no tenemos más opción que esperar- dijo Irene desviando la mirada y acomodando suavemente sus sábanas. Irene estaba muy molesta pero también estaba consciente de que tenía que reponerse del todo para seguir con la cruzada en busca de Tatiana, la mujer que aparentemente la había dejado viuda, pues Irene tenía cerca de diez meses sin saber de su esposo y aunque esperaba lo mejor, creía lo peor, aún tenían asuntos que saldar. Esa noche aunque María ordeno que abrieran la puerta, mando colocar un guardia en la entrada de su cuarto y las ventanas tenían barrotes.
- Buenos días- la saludó María nuevamente, con una sonrisa la mañana siguiente.
- Buenos días doctora ¿cree que hoy podré irme de aquí?
- La revisaré y después decidiré- le contestó, mientras leía su historia clínica y revisándola con su estetoscopio.
- ¿Sabe? Me siento mucho más cómoda siendo una mujer la que cuida de mi.- María sonrió nuevamente y siguió escuchando.
- Hoy podrá salir del hospital, sólo que tendrá que ser hasta las cuatro de la tarde, porque necesito ver un último estudio ¿está bien? ¿será paciente?
- Lo seré doctora- le contestó Irene en el tono más angelical que pudo.
- No puedo evitar notar que su apellido es inglés o americano, pero habla muy bien el italiano, casi tan bien como el señor Holmes.- eso picaba aún más el orgullo de Irene, pero supo contenerse.
- Soy cantante de ópera, doctora y viví un tiempo en Milán, incluso fui prima donna, aunque por muy corto tiempo. Por lo que me dice, tuvo la oportunidad de platicar y conocer mejor al señor Holmes.
- Así es señora.
- Llámeme Irene por favor doctora.
- Si usted me llama María.
- Le decía María que si conoció mejor al señor Holmes.
- Realmente fue poco el tiempo que pude conversar con él, pero en definitiva es un buen hombre, que es más importante que cualquier otro atributo que pudiera poseer ¿no cree?
- Es una opinión muy interesante, creo yo resultado de algunas entrevistas con el hombre en cuestión ¿no es así?
- Una o dos. ¿usted desde cuándo y dónde lo conoce?
- Oh, ya hace unos tres o cuatro años, pero me parece en ocasiones que nos conocemos de siempre, o al menos yo si puedo predecir sus movimientos con más éxito que él los míos. Lo conocimos en Inglaterra ¿recuerdas amiga?
- ¿Cómo olvidarlo Irene?
- Tampoco usted tiene una muy buena impresión del señor Holmes obviamente.
- Prefiero reservarme esas opiniones. Y obviamente a usted si la dejó una impresión positiva- dijo la dama de compañia de Irene, subrayando con su voz las últimas palabras.
- Así es- contestó María incorporándose y exhalando un discreto suspiro.- Bueno, las dejo descansar. Cuando salgan de aquí tendrán todo dispuesto, cortesía del señor Holmes, para dejar de una manera segura y discreta el país. Hasta entonces.
- Esa mujer está enamorada de Holmes- dijo sorprendida Irene en cuanto María cerró la puerta.
