Capitulo 10/36: Los siete de la suerte.
Oliiii, ¡volvi! aquí con el capi numero 10 de la segunda parte, pero 36 general de este fic. No tienen idea de cuanto me apuré para poder subir este capi a tiempo (bueeno lo admito con un día de retraso) El lapso de tiempo que normalmente me pongo para cada capitulo es de una semana, y últimamente los he tenido que hacer muy largos por lo que me he tardado de una y media hasta dos semanas. Afortunadamente, ahora no me tardé tanto y les pude traer este capi, un pooooooco más breve (o eso creo XD) En fin, sé que tanto las personas que han leído mi fic desde que inicie con la segunda parte, como con las que lo han seguido desde que inició, les ha desconcertado un poco la ausencia de cierto idio... Digo, dee Dan y los demás en estos últimos capis, pero les aseguro que no tardo mucho en hacerlos volver, y que el reencuentro que tengan con las chicas sea el más lindo del que mi imaginación sea capaz ^^. Sea como sea, aquí esta el capi 36, continuación de la segunda prueba, y una pequeña sorpresa: Los siete de la suerte.
Lo siguiente que recordaría, sería ella, viéndose a sí misma, con un rayo emergiendo de su mano y apuntando a Julie.
La mirada de la peliplateada reflejaba, de seguro, el temor más grande que había experimentado en toda su vida. Se veía tan indefensa ahí arrinconada contra la pared, sin poder hacer nada.
Los poderes de Runo, habían aparecido por el sólo control de Gob, el espíritu de la tierra que se negaba a ceder ante los sentimientos que quedaban intactos dentro del corazón de Runo, Alice y Mira, pero su amiga, aún se resistía a la magia, y sus poderes, todavía no regresaban, por lo que no tenía manera de defenderse.
Sin embargo, esos ojos, esa mirada de desesperación, era la misma que Julie mostraba cuando era una niña pequeña, extrañando a su mejor amigo, y a la que le entraban ganas de llorar cuando recordaba los buenos momentos.
Y si. La verdad era que Julie tenía sus momentos para sacar de sus casillas a la gente. Pero no era una mala persona.
"- Cielos... Tigrera y Gorem sí que nos sorprendieron. Me pregunto cómo tomaron la noticia los demás.
- Estoy segura que no están molestos, jamás fuimos peleadores cómo ellos.
...
- ¿Sabes? Lo que le dije antes a Mira sobre que está bien esperar, mientras ellos peleaban, no era cierto.
- Lo sé...
- Odiaba tener que quedarme esperando. Lo único que lo hacía soportable... eras tú.
- ¿Enserio? Yo siento lo mismo por ti.
- Eres una buena amiga, Julie.
- Pues tú también. Somos las mejores amigas. ¿No es cierto, nena?"
Siempre habían sido las mejores amigas.
La intensidad de la luz que amenazaba a Julie, comenzó a aumentar hasta el punto de ser abrumadora. Ella miró a su amiga, y la forma en la que estaba lista para acabar con ella. Bajó la cabeza, ya con lágrimas en sus ojos, resignándose a la idea de morir allí, y ser abandonada en ese lugar cómo nada más que basura, mientras que sus amigas seguían matándose entre sí.
El brazo de Runo se extendió hacia arriba y el rayo se esparció por toda el área del techo, cómo si lo hubieran pintado y lo hubieran cubierto todo con un polvo dorado que iluminó por completo el túnel.
La peliazul se tiró de rodillas al piso, agachándose completamente, apoyándose en sus manos y teniendo la nariz casi pegada al suelo. Su cabello se hacía rizos, regado por la irregular superficie de roca, y desde su espalda se veía cómo temblaba de pura contención, que había sido disimulada por una Runo oscura.
- Lo siento. – Dijo sin enderezarse. – Perdón. Sé que yo soy la principal causante de los problemas en este equipo... – Se levantó un poco para poder verlas a los ojos. – Mira, sé cuanto te gustaba Dan; y Alice... Sé cuanto quieres a Shun, pero... Nunca fue mi intención causarles daño. Y si alguna vez las hice sentir tan mal cómo para que dudaran de mí, o si alguna vez las lastime tanto cómo para hacerlas llorar... Perdónenme. Shun es mi mejor amigo, y por más que lo intente, no puedo separarme de él. Y... me es mucho más difícil olvidar lo que siento por Dan. –
La manera en que Runo le sacaba vueltas a las palabras le dio a entender a Julie, que su amiga volvía a ser la misma de siempre. La Runo ruda, pero tímida en muchos aspectos; la misma que era tan fuerte pero que a pesar de eso era la chica más amable que hubiera conocido, y también la más dulce cuando se lo proponía. Al oírla, sus palabras no pudieron haber sonado más sinceras. Ella nunca se propondría hacer daño a nadie, y menos a dos de las personas que más apreciaba en el mundo. Enserio lamentaba mucho los problemas que pudo haber causado, aunque muy en el fondo sabía o al menos esperaba, que Mira y Alice no se sintieran de esa forma con respecto a ella.
Las dos ya mencionadas, no dijeron nada tras las palabras de la peliazul, sólo se quedaron allí, observándole con la mirada pérdida, cómo si no fueran más que unas muñecas ahí plantadas, sin presentar signos de vida. Hasta que de repente, el color grisáceo que tenían sus ojos hasta entonces, comenzó a adquirir un brillo muy especial, y en un intento por despejar sus ideas, ambas cerraron los ojos, para que al abrirlos, volvieran a su tono natural.
Mira sacudió la cabeza, desencajada de la situación, y giró la mirada en todas las direcciones, antes de ir a parar a los ojos de Runo, quien aún estando de rodillas en el suelo, la miraba con expectación, siguiendo todos sus movimientos.
Se tiró al suelo abrumada por lo que pasaba a su alrededor, y sólo alcanzó a decir con cautela: - Díganme que sólo fue un mal sueño.
Julie se separó del muro y se acercó con calma hacia dónde estaban ellas. El miedo comenzaba a esfumarse, y pasaba a sentirse feliz de volver a verlas cómo eran ellas. – No. En realidad, sí dijiste todas esas cosas.
Giró la vista, molesta consigo misma. – No puedo creer que haya sido tan tonta ¿Cómo pude caer tan fácilmente?
- Tú no fuiste la única. – Dijo Runo, sentándose y abrazando sus piernas. – Las tres caímos cómo tontas en el juego.
- ¡Runo! – Sin darle permiso a continuar, Mira se abalanzó sobre ella y Runo tuvo que apoyarse para no irse de espaldas contra el suelo. - ¡Lo siento! ¡Perdóname! ¡Sabes que yo nunca te diría algo cómo eso! ¡Nunca diría nada que te lastimara! ¡Y todo eso no eran más que mentiras! Yo no lo... Yo no...
- Tranquila. – Dijo Runo, abrazándola, enternecida por la forma en que Mira estaba a punto de llorar por el arrepentimiento. – La que hablaba no eras tú. Y también lo siento. Yo tampoco te dije cosas muy agradables.
- Julie tiene razón. Yo nunca estuve enamorada de Dan, y te lo dejé claro. Me gustó su forma de ser, pero nunca pasó de ahí, y no quiero que por algo cómo esto comiences a dudar de mi.
Ella negó con la cabeza. – Nunca lo haría.
- ¡Chicas! – Alice se había quedado parada dónde estaba. Para ella fue más difícil asimilar lo que acababa de pasar, y aún no sintiéndose completamente segura de haberlo averiguado, no lo tomó de excusa para no abrazar a sus amigas. - ¡También lo siento! ¡No puedo creer que esas palabras hayan salido de mi boca! ¡Sé muy bien que ustedes sólo son amigos, porque confío en tu y confío en Shun! Y lo único que he de confesarte es que llegué a sentir envidia de ti, por poder hablarle con tanta confianza, pero siempre pensé que eras muy afortunada. O al menos más que yo. Pero... ¡Nunca podría enojarme por eso! Y menos contigo.
Runo ya no resistió más, y entre sollozos, se unió sus amigas. – Es bueno saberlo.
Las tres se abrazaron con más fuerza, ahí desde el piso, dejando el mundo completamente a parte.
– Aww que linda escena. – Dijo Hydronoid
- Me van a hacer llorar. – Dijo Gorem, cómo viendo un drama de televisión.
Julie soltó un suspiro, que más bien sonó algo exagerado, pero en realidad tenía motivos para sentirse aliviada.
- Julie... – Dijo Runo separándose de las chicas, y poniéndose de pie. – Gracias.
La chica sonrió.
- Sí, de no ser por ti, probablemente no hubiéramos regresado a la normalidad. – Dijo Mira, levantándose y ayudando a Alice.
- No fue nada. – Dijo ella, acercándose. – Yo simplemente les recordé lo que ya sabían.
- Sí, pero... todavía hay algo que no cuadra. – Dijo Hydronoid.
- ¿Cómo es que tú no caíste bajo el encantamiento de la cueva? – Preguntó Gorem.
- Por lo que sé, naturalmente, tú tendrías más malos recuerdos. – Dijo Tigrera.
- En eso tienes razón. – Dijo Alice. - ¿Cómo es que Mira tuvo una reacción tan fuerte sin haber peleado nunca por eso, pero tú, que siempre estabas con lo mismo desde niñas, no experimentaste nada?
- Porque... – Comenzó a explicar ella. – Yo corregí todos los errores que tuve. Le pedí disculpas a Runo unas dos mil veces, y ella me perdonó las primeras quinientas. Y aún cuando me acuerdo de alguna de nuestras peleas, sigo pidiéndole disculpas.
- Eso es cierto. – Dijo ella sonriendo.
- Además, yo tuve la culpa, y desde hace mucho me di cuenta que Runo en realidad no me había hecho nada malo, y que yo había sido la causante de los problemas desde un inicio. – Explicó nostálgica. – Es decir... Creo que no caí en esto, porque para mi todo ese pleito por Dan, es un recuerdo muy lejano, y ahora pienso que nunca debió haber sucedido.
- En otras palabras... es cómo cuando vas a confesarte de tus pecados de tus pecados. – Dijo Gorem. – Julie hizo lo mismo, al pedirle disculpas a Runo, y se liberó de ello.
- De la forma que haya sido, me alegra que estuvieras allí para ayudarnos. – Dijo Alice.
- Sí. – Dijo Julie. – Además... hay que verle el lado positivo.
- ¿Existe alguno?
- ¡Claro! Digo, después de su pleitecito, Alice terminó admitiendo que le gusta Shun ¿o no? – Dijo la peliplateada, y Runo y Mira vieron a Alice, cómo percatándose de su oportuna confesión.
- ¡C-Claro que no! ¡Yo nunca dije...!
La chica se sonrojó tanto que el cabello pareció habérsele aclarado en comparación. No lo había dicho de manera directa, pero se sobreentendía el mensaje. - ¡Ay! ¡Este no es momento para pensar en eso!
- Alice tiene razón. – Dijo Tigrera terminando con la risa de las chicas. – ¿Ya se olvidaron de para qué estamos aquí?
- ¡La prueba!
- ¡Dios! ¡Se nos olvidó por completo! – Dijo Runo. - ¡Tray debe estar my preocupado!
- ¿Y qué tal si él está pasando por lo mismo que nosotras? – Dijo Alice. - ¡Por algo él tenía tanto miedo de venir aquí! ¡Le daba miedo perder el control y hacernos daño!
- Ahora, él no es quien más me preocupa. – Dijo Mira. – Aismer está con él.
- ¡Hay que apresurarnos en hallar la piedra! – Dijo Hydronoid.
Y así antes de que cualquiera pudiera encaminarse en la búsqueda del diamante (de nuevo), los ojos de Julie se abrieron cómo platos, y una extraña fuerza, comenzó a halarla en una dirección. Era cómo una cuerda invisible que la jalaba, obligándola a levantarse y a caminar, alejándose del grupo.
- ¿Qué pasa Julie?
- Estoy sintiendo algo... ~
No se molestó intentando describir más definidamente esa sensación, y siguió avanzando, mientras los demás le seguían.
Caminó derecho por uno de los túneles, girando a la izquierda y, allí, en una de las paredes, una grieta que no medía menos de la mitad de su altura, y poco más del ancho de alguna de ellas, estaba perfectamente descubierta a cualquiera que pasara, revelando las entrañas de la cueva. Pero eso no provocó que Julie se redimiera, y agachándose, logró adentrarse en aquella grieta.
- Julie, espera...
Caminó unos cuantos metros, y encontró el fin del túnel. Allí, casi pegada a la pared, había una columna de piedra, que aunque no era tan alta, Julie tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar a ver lo que se encontraba ahí arriba. Sobre una especie de base circular, estaba el diamante flotando sobre ella, como un halo sobre la cabeza de un ángel.
- ¡Lo encontré! – Dijo victoriosa.
- ¡Bien, Julie!
- ¿Qué esperas? – Dijo Runo, impaciente por ver el resultado que la gema tendría ahora en Julie. – ¡Tómalo!
La chica, aunque con la mano temblorosa, obedeció, sujetando el elemento entre sus dedos, para que al instante, ella y Gorem fueran envueltos por una luz naranja, que le impidió a los demás ver cómo se desarrollaba todo.
Su cabello color plata comenzó a teñirse de un tono castaño claro y sus ojos se hicieron de un hermoso color verde esmeralda. La ropa casual que traía puesta hasta ese momento se iluminó con la misma luz y fue transformándose en un suntuoso vestido color arena, cuyo escote se formaba por el cruce de la tela, cómo formando tres hojas de flor entrelazadas. La parte baja del vestido era esponjado, pero con vuelo y se asimilaba a la corola de una rosa. En sus piernas se entrelazaban plantas enredaderas que bajaban hasta los tobillos, y en sus brazos, unos listones, también verdes se envolvían en ellos. El cabello le había crecido, llegándole casi hasta la cintura.
La sensación de poder era asombrosa, pero también era abrumadora y terminó rindiéndose de rodillas en el suelo. Apenas sintió el contacto, percibió la tierra hablándole a través de sus pies, y formándose parte de ella.
- ¿Estás bien? – Preguntó Runo agachándose y poniéndose frente a ella.
- Sí... – Respondió enderezándose. – Pero me siento rara.
- Eso es normal.
- Ahora controlas la tierra ¿cómo creías que ibas a sentirte? – Dijo Mira.
- Pues sí, pero me siento mareada. – Dijo ella, tocándose la cabeza. – No entiendo ¿cómo pudiste dominarlo tan rápido, Alice?
- Por la desesperación, supongo. – Respondió ella, encogiéndose de hombros. – Recuerda que cuando fui por el zafiro, a ustedes casi las mataban.
- Sí, bueno ya tendremos tiempo para hablar de matanzas después. – Dijo Hydronoid.
- Ahora debemos encontrar a Aismer. – Dijo Tigrera.
Runo asintió. – Tienes razón. Vamos chicas.
═══۩۞۩ஜஜ۩۞۩۩۞۩ஜஜ۩۞۩۩۞۩ஜஜ۩۞۩
Tray y Aismer se habían adentrado tanto en los túneles que comenzaban a perder las esperanzas de toparse con alguna grieta que les permitiera ver la luz del Sol. Y para empeorar las cosas, la llama con la que Tray los mantenía iluminados comenzaba a consumirse poco a poco, y pronto no sería más que una chispita.
- Tray, esto es inútil. – Dijo Aismer deteniéndose, y el chico se giró a mirarlo en cuanto lo escuchó. – Deberíamos dar la vuelta y regresar antes de que nos perdamos.
- No podemos hacer eso. – Dijo, parándose frente a él. – Hasta que no encontremos esa cosa, no podemos salir de aquí.
- ¿Cómo sabes que las chicas no encontraron ya la piedra? Además, también es que me preocupan.
- ¿Crees que a mí no? Me preocupan demasiado, pero no podemos rendirnos hasta asegurarnos de que el diamante no está en ninguno de estos túneles.
Aismer parecía querer seguir discutiendo, pero se dio cuenta de que no tenía caso, y sólo hizo un gesto de resignación.
Pero apenas dio un paso para continuar con su búsqueda, el suelo pareció movérsele, y cayó el suelo sin más. Desde hace rato que se veía agotado e intranquilo, pero no parecía ser tan grave cómo para caer inconciente, y Aismer lo sabía perfectamente. Se acercó apresuradamente a él, y lo tomó por ambos hombros antes de que perdiese el control, cómo lo había hecho hace años atrás. Él en ese entonces, aún no era su aprendiz, pero Tray le había contado esa historia cientos de veces y se la recordaba para que Aismer no cometiera los mismos errores que él en su época de rebeldía. Cómo por ejemplo entrar solo en una cueva que estaba bajo el control de un espíritu maligno.
- ¡Tray! ¡Tray! – Gritaba Halfayer.
- ¡Por favor, no te rindas tan fácil maestro!
- ¡Recuerda! ¡Aún tenemos que regresar con las chicas para asegurarnos de que están bien! – Dijo el bakugan para disuadirlo.
- ¡No puedes dejarlas así nada más!
El príncipe apretaba la cabeza entre sus manos con una tremenda fuerza, cómo si pensaba que aflojando, fuera a explotar. – Lo siento, Aismer. – Dijo haciendo un amago de sonrisa. – No quería que me vieras así.
- ¡Todavía no digas eso! – Dijo él, intentando verlo a los ojos. - ¡No voy a dejarte solo! ¡Pase lo que pase, me quedaré aquí contigo!
- No voy a permitírtelo. – Dijo, intentando ponerse en pie. – Si no puedo llegar contigo hasta dónde las chicas, tú tendrás que ir a buscarlas, y ponerlas a salvo.
- ¡Pero...!
Tray no le dio tiempo a seguir protestando, volvió a derrumbarse en el suelo, y sus ojos comenzaron a cambiar de color. En un minuto seguían siendo dorados, y al siguiente se volvían grises, y luego dorados, y luego grises, y así, intercaladamente. Su respiración comenzaba a tornarse agitada, y sus manos empezaban a temblar.
- Tray...
- ¡Tray!
Se escuchó provenir de uno de los túneles por dónde habían llegado, y apenas el castaño escuchó aquel grito a cuatro voces, sus ojos volvieron a la normalidad, y con un esfuerzo sobrehumano, logró ponerse en pie, pero no consiguió enderezarse, ni dejar de tocarse la cabeza.
- ¡Tray! – Dijeron las chicas, llegando hasta allí. - ¿Te encuentras bien?
- Sí... No se preocupen ~ - No pudo ni terminar la frase, la cabeza comenzó a dolerle con más fuerza.
No supo si fue un impulso, o una parte inconciente de él en realidad lo había pensado, pero se acercó bruscamente a Runo y la abrazó con todas sus fuerzas. Talvez de esa forma le ayudaría a seguir manteniendo el control, antes de olvidarse de todos a los que amaba y a los que quería proteger.
Runo le correspondió el abrazo, sintiendo cómo contenía todas sus emociones, y las canalizaba en su corazón que temblaba. Lo apartó con delicadeza y le tomó la mano, dirigiéndose tanto a los demás cómo a ella misma. – Tenemos que salir de aquí.
Todo el camino, Tray no paró de quejarse en momento alguno, y Runo no le soltó la mano en ningún instante. Iban corriendo lo más rápido que podían, sabiendo que, no sólo Tray era el que podía caer en la locura, sino que Aismer, o también las chicas podían pasar por eso otra vez.
Y de hecho, mientras más se acercaban a la salida, más eran los malos pensamientos y recuerdos que les pasaban por la mente. Pero en cuanto éstos comenzaban a jugar con sus emociones, no hacían más que apretujar los ojos y sacudir la cabeza, cómo convenciéndose a sí mismos de que aquellos, no eran más que mentiras.
Y después de varios traspiés, y direcciones equivocadas, por fin, lograron salir de la caverna.
۞En el castillo۞
- Majestad... Tenemos problemas en el reino. – Dijo un hombre, arrodillándose frente al trono. El rey Lyon, estaba allí sentado, y al escuchar el sonido de las puertas abriéndose, colocó sus manos en los brazos de la silla, y lo miró con una expresión que reflejaba pereza. Aunque, en realidad, esa vendría siendo su expresión de siempre.
- Se puede saber de que estás hablando ahora. – Preguntó, y su voz se oyó retumbar por todo el salón.
- Se trata de sus súbditos. – Respondió el consejero. – Le gente de Aholyd se queja por el tiempo que está tomando la construcción de los transportadores ~
- Qué esperen. – Dijo él, con un tono severo.
- Pero... majestad, ése era el trato. El que las familias separadas de Sarfia y Neathia pudieran reencontrarse, era la única manera de evitar la guerra entre nuestros planetas. No podemos seguir prolongando su espera.
- Si nuestros científicos no tienen la capacidad para acelerar el proceso de construcción, no podemos hacer nada.
- Pues eso es también lo que muchos se preguntan, su excelencia. – Insistió el hombre. A cualquier otro le hubiera resultado intimidante la manera imponente para hablar del monarca, y nunca se les hubiera ocurrido contradecirle en nada; sin embargo, este consejero, parecía tener aaaños de experiencia. – Teníamos la idea de que la señorita Mira y la señorita Runo, nos serían de más ayuda en la construcción, ya que, después de todo, la idea fue suya desde un principio.
- Las señoritas Mira y Runo tienen asuntos más importantes de los que atenderse en este momento, y no pienso hacerlas volver, sólo por la inutilidad de ciertas personas.
- Eso es algo más a lo que quería llegar, majestad. – Dijo. – La noticia de que seis jóvenes han ido en busca de los rituales legendarios se ha esparcido rápidamente por el reino; en especial cuando es de nuestro querido príncipe de quien estamos hablando. A la gente le preocupa la seguridad de esos niños, considerando que nadie nunca ha podido pasar esas pruebas, y sin mencionar que el príncipe Tray es el que sigue en la línea para el trono. Si le pasara algo...
- Estará bien. – Lo interrumpió restándole importancia. – Tengo la completa confianza de que Tray volverá a casa y los traerá a todos sanos y salvos. – Sonrió. – Él logrará lo que nadie nunca ha podido. Es mi hijo de quien estamos hablando después de todo.
El consejero se puso de pie.
- Ahora vete. No sigas molestándome. –
Escondida tras la puerta del salón, cierta princesa se había ocultado desde el inicio de la conversación, y ahora caminaba por el pasillo, disimulando tranquilidad en sus pasos.
Sólo ella sabía en qué estaba pensando, y parecía no querer que nadie más se enterara.
Subió de a saltos por las escaleras, y se encaminó corriendo a su habitación. Tomó toda la ropa de la que sus brazos fueron capaces de soportar, y a muy duras penas, la metió en una enorme maleta color guinda, que tenía guardada bajo su cama. Arrastrándola con todas las fuerzas que tenía, fue capaz de llevarla hasta la puerta, y dándole una última vista a su habitación real, estilo Extreme makeover, salió del cuarto.
═══۩۞۩ஜஜ۩۞۩۩۞۩ஜஜ۩۞۩۩۞۩ஜஜ۩۞۩
¤De regreso con los chicos¤
- La segunda piedra... – Decía Tray con aire expectante, mientras contemplaba el diamante. – No puedo creer que la tengamos. Comenzaba a tener miedo de no encontrarla.
- Imagínate nosotras. – Dijo Runo.
Los cinco estaban sentados en el suelo de la terraza de la aeronave, con las piernas saliendo por el barandal. El avión sobrevolaba los tupidos árboles del bosque, y se dirigía más allá de las montañas. Pasaban de las ocho de la noche, pero aún no había señales de que el ocaso quisiera presentarse. Y pesar de que de que la vista era de un vértigo aterrador, y considerando estar a poco menos de cien metros de altura, aún así, era una escena perfectamente hecha para ser retratada.
Aismer ocupaba el puesto del panel de control, y se encargaba de ponerle un soporte al diamante. Era de cuero, y aunque lo protegía lo suficiente cómo para que no sufriera algún daño, también permitía admirar la belleza del arte.
- Toma. – Le dijo Aismer a Julie, entregándole el diamante. Al soporte le había agregado una correa, para que pudiera traerlo puesto siempre y no lo perdiera de vista. Lo mismo le había hecho al zafiro, y Alice parecía no querer separarse de él en ningún momento.
- Gracias. – Dijo ella colocándoselo, intentando no tardar mucho, para poder seguir rodeándose el cuerpo con las manos. La verdad era que la velocidad que llevaba el avión, no era tan alta cómo para no poder mantenerse en pie, pero con esa, más el viento que corría esa tarde, más la altitud que tenían en ese momento, podría decirse que el aire les pegaba en la cara, cómo chorros de agua.
Aismer vio las expresiones de las chicas, congelándose de frío, puso los ojos en blanco y entró en la nave. Salió a los pocos minutos con varias frazadas en las manos.
Colocó una sobre los hombros de Alice y Runo, y otra más para Mira y Julie. – No entiendo. Si tienen tanto frío ¿Por qué no entran a la nave?
- Estamos muy a gusto aquí. – Contestó Julie.
- Y es preferible a estar encerrada adentro. – Dijo Mira.
- Sin mencionar que la vista es hermosa y aquí hay aire fresco. – Agregó Alice.
Aismer negó con la cabeza, sentándose al lado de Julie.
- Tray... hay algo que no entiendo. – Dijo Runo, acomodándose en el hombro de Alice.
- ¿Qué cosa?
- Después de que Julie encontró el diamante... ¿cómo es posible que Gob siguiera causándonos daño?
- Cierto. – Dijo Alice. –Después de que encontré el zafiro en el lago Aquire, las ninfas se marcharon de allí ¿porqué ahora no fue así?
- Sí fue. – Respondió el chico. – En el momento en que Julie tomó la piedra, el espíritu desapareció. Pero el encantamiento que tuvo sobre la cueva por todos estos años, tardara aún unos días más en desvanecerse.
- Menos mal. – Dijo Mira, tirándose en el suelo.
- ¿Y ahora a dónde vamos? – Preguntó Gorem.
- Pensé que después de lo que sucedió hoy... sería bueno tomarnos un pequeño descanso.
- ¿Qué? –
- Pero, Tray. Sabes que no podemos hacer eso. – Replicó Runo. - ¡Tenemos prisa! ¡Debemos regresar a la Tierra rápido!
- Runo... Hasta ahora, hemos encontrado dos gemas, en dos días. – Dijo él. – Todos estamos cansados y abrumados por lo que ha pasado. Un día nos vendría bien para recuperar fuerzas.
- Pero...
- Talvez tenga razón, Runo. – Dijo Mira. – Si vamos por la tercera prueba mañana, sólo quedaremos peor que ahora, y nos será casi imposible con la última.
- De todas maneras tenemos que descansar. – Dijo Tigrera
La peliazul, desvió la mirada.
- Sólo un día. – Dijo Tray poniéndole una mano en el hombro, y viéndola a los ojos. - Te prometo que los chicos estarán bien.
Runo se mordió el interior de la mejilla, y se quedó pensándolo un momento.
- Bien. Pero pasando mañana empezaremos con la tercera.
Tray sonrió. – Hecho.
- ¿Y entonces a dónde vamos? – Preguntó Alice
- A un pequeño pueblo, cerca de nuestro próximo destino. – Respondió Aismer. – No es precisamente el lugar más agradable del mundo, pero es el más cercano.
- ¿Porqué lo dices? – Preguntó Mira, divertida por la ya característica actitud del chico.
- Aberdum. – Dijo Tray. – Es el pueblo natal de Aismer. Y, bueno... digamos que no le trae muy buenos recuerdos de la infancia.
El chico lo fulminó con la mirada. – No era necesario que dijeras eso.
- ¿Porqué? ¿Te fastidiaron mucho cuando eras niño? Aww, pobrecito. – Dijo Julie, alborotándole el cabello, para fastidiarlo.
- ¡Ey! ¡Déjame!
- Julie no seas mala. – Dijo Alice, riéndose junto con las demás
- ¡No fastidies!
- ¡Ay, que delicado me saliste!
═══۩۞۩ஜஜ۩۞۩۩۞۩ஜஜ۩۞۩۩۞۩ஜஜ۩۞۩
Llegaron en unas horas más, cuando ya había anochecido. Estacionaron la nave en un claro en el bosque a una corta distancia de Aberdum. No alcanzaron a ver con más detalle cómo era el pueblo. Todo estaba oscuro y difícilmente pudieron avanzar sin tropezarse.
La familia real era dueña de una mansión en aquel lugar, y Tray los condujo unas calles adentro para poder llegar. Se distinguían los edificios, angostos y bajos, todos con pequeños jardines al frente, con exuberante vegetación y desde donde se oían los grillos cantar con todas sus energías. Bueno, al menos, las chicas esperaban que fueran grillos, ya que se trataba de un sonido algo diferente, pero ninguna quiso detenerse a averiguarlo.
La mansión de la familia Hayden, se encontraba al fondo de la calle, y era, posiblemente el edificio más grande del lugar. La pintura de la fachada estaba desgastada y faltaban algunas tejas en el techo, pero eso no le quitaba lo bonito a la casa.
Al entrar, el tapiz se veía muy maltratado y los muebles posiblemente eran del siglo anterior, todos distribuidos en las primeras tres habitaciones que estaban a la vista: la sala de estar, la cocina y el comedor. Y fue en éste último dónde una sombra se movió, en el lugar de la mesa, y al moverse, provocó el mismo sonido que hace la tela al arrastrarse en una superficie.
Aismer se acercó al interruptor para prender la luz, y Tray no se esperó para buscar su espada.
- No te molestes. – Dijo la voz, y al iluminarse la habitación, dejó al descubierto la identidad de la sombra. – Hermano.
- ¡Drina! – Dijo el príncipe, volviendo a envainar el arma. - ¿Qué diablos haces aquí? ¿Cómo llegaste?
- Con uno de los aviones de papá. – Respondió la princesa, poniéndose de pie. – Tomé uno de los pequeños, empaqué mis cosas y me vine aquí.
- ¿Cómo sabías que estaríamos aquí? – Preguntó Aismer.
- Porque este es el pueblo más cercano al lugar de la prueba de viento. – Dijo ella. – En algún momento tendrían que venir aquí, y aunque no lo hicieran, ya estaba harta de estar en el castillo.
- Pues que lástima. – Dijo Tray. – Porque te regresas para allá ahora mismo.
El príncipe tomó a la chica por el brazo, pero ella lo apartó. - ¡No!
- ¡Drina!
- ¡No puedes obligarme a volver a casa!
- ¡Claro que puedo! ¡Tú no tienes nada que hacer aquí!
- ¡No pienso regresar! ¡Ya no soporto estar allí encerrada ni un minuto más! – Dijo ya con lágrimas en los ojos. – Talvez tú tuviste tu libertad desde muy pequeño, pero sabes que papá nunca hizo lo mismo conmigo ni con las gemelas.
- Drina...
- ¡Nunca he ido más allá de los jardines del palacio, en toda mi vida! ¡Ya tengo catorce y no pueden seguirme tratando como a una niña pequeña!
Tray se sentó, pero no miró a su hermana. - ¿Por qué estás aquí?
La niña se rodeó el cuerpo con los brazos, en señal de que se había calmado. – Creí... creí que si los ayudaba a obtener los cuatro elementos... talvez eso ayudaría a que papá me diera más libertad.
El chico se levantó, pero siguió negándose a mirarla. Comenzó a caminar por la habitación, mientras Drina y los chicos esperaban el veredicto.
- Lo siento, Drina. – Dijo el chico, sin tener que pensárselo mucho. – No puedo permitir que te pongas en riesgo.
- Pero...
- Nosotros apenas y hemos salido vivos de esto. – Dijo acercándosele. – Tú misma lo dijiste, ésta es la primera vez que abandonas las tierras del castillo, y no estás lista para enfrentarte a algo así.
Drina lo miró, con los ojos temblándole. No le dijo nada más, sólo se fue. Subió las escaleras para después dejarse oír un portazo.
Tray tampoco dijo nada, caminó con cautela y salió a la calle.
- Tray... – Dijo Runo, haciendo ademán de ir tras él, pero Aismer le puso una mano en el hombro, deteniéndola.
- Yo voy. –
Salió también por la puerta de entrada, y encontró a Tray sentado en los escalones del jardín del frente. Estaba mirando el cielo, pero no mostraba ninguna expresión.
- ¿Estás seguro de estar haciendo lo correcto? – Le preguntó el pelinegro, parado por detrás de él, con los brazos cruzados.
- ¿Qué quieres que haga? Sabes que tengo razón. – Dijo él, sin volverse.
- No del todo. – Contestó Aismer, sentándose a su lado. – Le dijiste que no estaba lista para enfrentarse a algo así, pero sabes que no es verdad.
Tray no lo miró.
- Drina se ha sometido al mismo entrenamiento que yo, por su propia voluntad, desde que era una niña. – Continuó él. – Le interesó saber defenderse desde temprana edad, y tú le enseñaste todo lo que a mí. No veo porque no puede venir, porque, en tal caso yo tampoco debería de estar aquí.
- Sabes que tampoco estuve muy de acuerdo con que tú vinieras. – Dijo él. – Tú fuiste el que insistió en no dejarme venir si no ibas conmigo.
- Pero no me ha pasado nada ¿o sí? – Tray suspiró. – Déjala quedarse, Tray.
Pasaban de las dos de la madrugada, pero el silencio aún no era absoluto. Desde la habitación que las chicas habían tomado, aún se escuchaba un modulado escándalo. Estuvo tentado a tocar para decirles que ya se durmieran, pero se detuvo al darse cuenta de que se estaba comportando tan sobre protector cómo si fuera el padre de alguna, así que mejor siguió caminando.
Al entrar al cuarto de Drina, se sorprendió al darse cuenta de que la chica había caído dormida, probablemente el viaje había sido largo, en especial teniendo que ser ella la piloto. Le dio algo de remordimiento, pero se decidió a despertarla.
- Drina... - La princesa abrió poco a poco los ojos, y se extrañó al encontrar a su hermano en la habitación.
- ¿Qué pasa?
- Me convenciste. Puedes quedarte.
- ¿Enserio?- Dijo con una sonrisa de oreja a oreja y saltando de la cama para abrazar a su hermano.
- Pero más te vale que no te metas en problemas ¿de acuerdo?
La chica asintió, para de inmediato soltar un bostezo.
- Bien, pero ahora duérmete ya. – Dijo, volviéndola a arropar, y proponiéndose a salir. – Y sólo avísame si no te dejan descansar aquí al lado.
Apunto al cuarto de enseguida, y Drina supo que se refería al de las chicas. Sonrió, y volvió a cerrar los ojos.
Bien ¿que les pareció? a mí en lo personal me gustó el resultado final, y sée que no me será tan sencillo con el capi siguiente, ya que narraré la tercera prueba, como dijo Drina, por el elemento aire. Deséenme suerte. Hasta la próxima ;)
Sariii~chan
Ah a propósito, comenzaré a corregir algunos de los capítulos de la primera parte, por algunos errores de narración que tenía cuando inicié, por eso de ser primeriza, y con algunas equivocaciones, que causan que el fic no cuadre con la serie. No se preocupen, no alteraré nada, sólo para que no se saquen de onda si ven algo que no habían leído. Bye bye.
