Akano 07 - Eternal Flame VI (Welcome to the Jungle)

– Fingí mi muerte – comenzó a explicar Eylinn. – Estaba… ¡Estoy harta!

– ¿Harta?

– ¡Sí, harta! – exclamó.

– ¿Harta de qué?

– De… De todo esto – murmuró. – Todo esto me supera.

– No es que conozca mucho las costumbres de tu pueblo – recordé. – Así que si pudieras ser más explícita…

– Cierto, cierto… – suspiró, sentándose. – Me había olvidado de que eres un intruso… Ni siquiera sé por qué te estoy contando esto…

– Pues… porque te he escondido de los guardias esos… – respondí, recurriendo a lo primero que se me ocurría.

– Sí, será eso…

– ¿Sabes qué podemos hacer? – propuse, mientras me levantaba y buscaba por la estancia hasta encontrar una pequeña tetera. – ¿Qué te parece si tomamos un té y me lo explicas?

– ¿Por qué iría a explicártelo? – insistió.

– ¿Por qué no ibas a hacerlo? – sonreí. – Creo que haber sido acusado de haberte matado me da derecho a saber cuál era exactamente mi crimen.

– Está… Está bien – concedió.

– Entonces… ¿Por qué lo hiciste?

– Ya te lo he dicho – resopló. – Porque estoy harta.

– Sí… pero… ¿de qué?

– De este pueblo – afirmó. – Son… ¡Dioses!

– Tranquilízate, mujer…

– ¡¿No lo has visto?! – gritó. – ¡Son cerrados de mente!

– Sí… de eso me he dado algo de cuenta…

– ¡Tiene que haber vida más allá de este bosque! – siguió chillando. – ¡Tiene que haberla!

– La hay – confirmé. – Mírame. Soy la prueba viviente de ello. Pero… ¿cuál es el problema?

– Vivimos encerrados aquí – explicó. – No nos dejan abandonar el bosque. Les da miedo.

– Ya veo… – murmuré. – Y por eso te escapaste.

– Exacto.

– Pero sigues aquí, ¿no?

– ¡No! – replicó rápidamente. – Bueno… S... Sí. Pero es que…

– ¿No te atreves a ir sola?

– ¡No! ¡No es eso! Es que no sé por dónde empezar…

– ¿Por qué no esperaste a tenerlo todo preparado?

– Porque… porque… No podía esperar más… – confesó.

– Ya veo… – comenté. – Un gran motivo.

– ¡No me juzgues!

– No lo hago – rebatí. – Sólo observo lo obvio. ¿Por qué no sólo escapar? ¿Por qué fingir que estabas muerta?

– No me habrían dejado salir y aunque me hubiera ido… Me hubieran perseguido y me hubieran hecho volver – explicó. – Y si no me encontrasen me darían igualmente por muerta… Sólo les facilité el trabajo.

– Parece razonable – mentí. – Y te refugias aquí porque… – continué, tratando de averiguar algo más de aquel sitio.

– Primero porque es una casa abandonada – respondió. – Y segundo… Esta fue la casa de los Åska.

– ¿Qué es tan especial?

– Verás… Existe una tradición en nuestro pueblo – comenzó a explicar. – Cuando alguien "desaparece" su casa se conserva exactamente igual.

– ¿Exactamente igual?

– Sí – afirmó. – Por si algún día vuelve, unas doncellas de la aldea se encargan de su limpieza y su mantenimiento. Yo me ocupaba de esta.

– ¿Y eso es lo que la hace tan especial?

– No.

– ¿Entonces?

– Verás, la de los Åska es una historia bastante… peculiar – dijo.

– ¿Sí? – pregunté, incapaz de ocultar mi interés. – ¿Quiénes eran?

– Les llamaban… los "Hijos del Trueno".

– ¡El consejero Heimdolf!

– No. Él pertenece al Clan de la Luz – dijo, con toda naturalidad. – Son los encargados del culto a los dioses y…

– Me refiero a que los mencionó durante el interrogatorio al que me sometieron – expliqué. – Mira…

Me despojé, al igual que había hecho durante la vista ante los consejeros, de la parte de arriba de mi uniforme, dejando al descubierto mi torso surcado por las marcas en forma de relámpago características de mi familia. Sus ojos se abrieron como platos y parecía incapaz de pronunciar palabra alguna.

– Increíble – dijo al fin. – Increíble. Es la…

– ¿La marca de los Åska? – pregunté. – Eso me han dicho antes los viejos aquellos.

– ¿Entonces eres un Åska?

– No tengo ni la más remota idea – confesé. – Creo que sí pero… No estoy seguro. Ahora… sigue contándome…

– Verás… hace… – balbuceó, aún sin salir de aquel estado de sorpresa.

– Sigue sin miedo – la animé con una sonrisa. – Luego ya te contaré yo mi historia…

– Pues… resulta que el último de los Åska, Kumhard, desapareció hace mucho tiempo – se lanzó a la explicación. – Algunos dicen que lo asesinaron, otros que murió en el bosque, perdido…

– Me da que tú no te crees eso, ¿no?

– Para nada – corroboró. – Aquí me toman por loca, pero tú eres la prueba viviente de que Kumhard abandonó el pueblo, de que fue más allá de los árboles – sonrió excitada por poder contar su historia a alguien que parecía creerla. – Pero no sólo tú… Mira esto…

Abandonó a toda prisa la habitación hacia una contigua, momento que aproveché para servir el té en unas pequeñas tazas de barro cocido. Volvió a cabo de unos minutos trayendo un pequeño libro, idéntico al que había encontrado Kaiser años antes bajo la cabaña del Distrito 57 Oeste.

– El diario…

– ¿Cómo lo…?

– Después – sonreí. – Después.

– Aquí… – dijo, señalando una página.

– Está escrito en runas – advertí.

– Claro…

– No sé leer unas…

– ¡Ah! ¡Vale! – admitió dando un respingo. – Olvidaba que eras extranjero. Veamos… "Todo está preparado. La hora de partida es inminente. Nuevos mundos, nuevas tierras… Estoy deseando partir y conocer qué existe lejos de aquí, donde el horizonte se estrecha y los árboles se convierten en celdas".

– Parece que quería mucho a su hogar – bromeé. – La verdad es que es muy poético… ¿Es lo último?

– Lo lógico es que así fuera pero…

– ¿Pero?

– Pocos días después de esto su padre enfermó y no tardó mucho en morir – explicó. – De la noche a la mañana se convirtió en líder de su casa y… miembro del consejo… Bueno, al menos eso era lo que debía ser.

– ¿Lo que debía ser?

– Kumhard debía ser un rebelde sin causa – sugirió. – Al parecer ponía en entredicho las costumbres del pueblo así que…

– A los ancianos no les hacía mucha gracia compartir consejo con un jovenzuelo soñador y propenso a llevarles la contraria… – completé la frase.

– Algo así – corroboró ella, asintiendo con la cabeza.

– Típico…

– Así que… Unos meses más tarde, decidió seguir adelante con su plan y abandonar la aldea.

– ¿Por qué no lo hizo antes?

– Su hermana pequeña.

– ¡¿Tenía una hermana?!

– No sé por qué no iba a tenerla…

– Tienes razón…

Si aquello era así y mi suposición de que Kumhard Åska era Akano Kumaru era cierta, me resultaba llamativo que hubiera tenido una hermana. Ni él ni mi padre la habían mencionado nunca. ¿Por qué sería? En cualquier caso, me guardé aquella reflexión para mí. Aún no había llegado el momento de explicar todo lo que sabía, o creía saber, a aquella muchacha.

– Así que Kumhard y su hermana…

– Lilliandra – dijo.

– Así que Kumhard y su hermana Lilliandra abandonaron la aldea – murmuré. – ¿Hace cuánto?

– Aquí pone que fue en el año…52 de la Era de la Paz así que debió ocurrir hace… tres mil trescientos años… más o menos.

– Las fechas cuadran… – dije en alto.

– ¿"Las fechas cuadran"? ¿Cuadran con qué?

– Está bien…

Le expliqué a Eylinn toda la historia de mi abuelo y le confesé todas mis suposiciones, aún no sustentadas en pruebas fehacientes sino en coincidencias que bien podían no corresponderse con la realidad. En cualquier caso, cuanto más avanzaba en mi exposición de aquella teoría todavía tan en pañales más me parecía que encajaban todas las piezas. Y lo mío parecía pasar para aquella joven soñadora con la que tenía ocasión de compartirla.

Lo único que seguía chirriando y no sabía cómo insertar dentro de aquel "aparato" era el hecho de que Kumhard, el que yo suponía que era mi abuelo, Akano Kumaru, tuviera una hermana menor y que esta le hubiera acompañado en su viaje, fuera o no voluntariamente. Pensándolo bien, tampoco había oído hablar nunca de la esposa de mi abuelo y su existencia era indudable… así que el no conocimiento de lo que había sido de mi supuesta tía abuela, Lilliandra, no tenía por qué invalidar el resto de mi tesis.

– ¡Todo encaja! – exclamó ella, triunfal, mientras concluía mi exposición.

– Eso parece – sonreí. – En cualquier caso habría que confirmarlo.

– ¿Cómo?

– Eso… Eso no lo sé – confesé. – ¿No hay nadie en este pueblo que haya viajado fuera de la aldea y haya regresado? ¿Alguien que nos pueda hablar de las andanzas de Kumhard fuera del pueblo? – pregunté, aunque me di cuenta de que la respuesta sería negativa antes incluso de terminar la frase.

Aquellos interrogantes devolvieron a Eylinn a aquella obsesión por escapar de su aldea y el entusiasmo que había dominado el último trecho de nuestra conversación se nubló al, presumiblemente, recordar los lazos que la ataban a aquel pueblo, a aquel lugar que ella consideraba una cárcel.

– No te preocupes, mujer – traté en vano de tranquilizarla con una sonrisa. – Ya verás cómo todo se soluciona.

– Sí, ya…

Era inútil. Aquel ambiente cuasi eufórico se había desvanecido de una vez para siempre y parecíamos incapaces de recuperarlo, así que me sumí de nuevo en mis pensamientos mientras ella releía con avidez el diario. ¿Cuántas veces lo habría leído ya? Por mi parte, yo seguía preocupado por la única pieza que no parecía encajar en mi puzle. ¿Qué habría sido de Lilliandra?

– ¡Lo tengo! – grité triunfante cuando di con una posible forma de disipar mis dudas

– ¿Qué tienes?

– Creo que sé quién me puede decir si Kumhard era mi abuelo – dije. – O al menos de confirmar que mi abuelo tuvo una hermana.

– ¿Sí? ¡Bien! – celebró.

Junté mis manos y comencé el ritual para invocar una mariposa infernal. Si alguien vivo era capaz de confirmar todas aquellas construcciones de mi mente ese tenía que ser Kaiser Wolf, el mejor amigo de mi abuelo y su compañero desde la Academia. Eylinn se sorprendió sobre manera al ver surgir de mis manos una mortecina luz asustada. Casi diría que se asustó.

– ¿Qué… qué es eso?

– Esto – expliqué, al tiempo que separaba las palmas y dejaba volar al lepidóptero libremente por la habitación – se llama "mariposa infernal".

– ¿Mariposa infernal?

– Sí – sonreí. – Este pequeño bichito nos sirve para enviar mensajes a largas distancias y para realizar de forma segura el tránsito de las almas entre el mundo mortal y la Sociedad de Almas.

La expresión de comprensión que había comenzado a dibujarse en su rostro al escuchar que se trataba de un sistema de mensajería se tornó rápidamente en extrañeza al escuchar la segunda parte de la explicación. Parecía que aquella muchacha nunca había oído hablar de la Sociedad de Almas, los distintos mundos o los shinigamis... lo que, por otra parte, podría ser hasta lógico en una sociedad tan cerrada como aquella.

– En otro momento te lo explicaré – respondí a su expresión. – Lo prometo.

Me acerqué al insecto y le mostré el dedo índice de mi mano derecha para que se posara sobre él y así pudiera dictarle el mensaje a Kaiser. Mientras esperaba a que se iniciara el proceso de comunicación telepática con el animalillo, me di cuenta de que realmente era a la única persona a la que podía recurrir en aquel momento: el resto del mundo estaba enzarzado en muy diferentes situaciones y la mía no era ni mucho menos la más urgente ni la más peligrosa, posiblemente. Aprovecharía la ocasión para preguntarle cómo estaban los demás.

– El viaje va viento en popa. Hay novedades, pero ya te contaré todo con detalle cuando vuelva – comencé, considerando que sería cortés un cierto resumen del estado de la situación. A pesar de que el vínculo con la mariposa era telepático, susurré el mensaje para que Eylinn pudiera oírlo. – ¿Hay noticias de la expedición del norte? ¿De mis padres? ¿De Kyo? Mira que como Gaby no lo cuide bien… En fin – suspiré. – ¿Te suena que mi abuelo haya tenido una hermana? ¿Se llamaba Lillandra? El nombre es lo de menos, seguramente se lo cambiara, como mi abuelo. Espero noticias prontas.

– ¿Va a responderte la mariposa?

–No – reí mientras enviaba volando al insecto a través de una de las ventanas. – No es una comunicación instantánea. Ella lleva el mensaje a mi amigo y él me responderá. La verdad es que no sé cuánto tardará…

– Ah…

La noche había caído ya mientras hablábamos, así que consideramos que era el momento de descansar después de aquella ajetreada jornada de revelaciones y de soñar despiertos. Eylinn se retiró a la habitación donde había encontrado el diario y yo me hice un lugar en un rincón de la estancia principal y me prometí explorar el resto de la cabaña la mañana siguiente, pues, curiosamente, no había abandonado el salón desde que había entrado.