Capítulo 9
Es nuestro primer beso, y no sé si es por la fiebre, pero siento que estoy flotando. Lo amo tanto, y temo tanto por él, porque cometa un absurdo sin vuelta atrás. ¿Quién sino él para quedar de pie en el Apocalipsis? Siempre fuerte, siempre victorioso. ¿Cómo puedo permitir que se haga esto a si mismo? ¿Por qué no lo estoy alejando? ¿Por qué le estoy respondiendo el beso con tanta intensidad? "Es por la fiebre." No, sé que no. Es porque él es todo para mi, porque es mi mundo, siempre lo ha sido, y hasta mi último día lo será. La Tierra podrá haber sufrido una purga definitiva, pero mientras Ranma esté conmigo, todo está bien.
Su lengua juega con la mía suavemente, después sólo sus labios, su boca abierta y la mía, un beso que no termina, no quiero que termine. No pienso en nada más, ni la fiebre, ni el contagio, nada, solo en él y lo que me hace sentir. Cada célula de mi cuerpo vibra, cada centímetro de mi cuerpo responde a sus labios y sus manos que bajan de mis mejillas a mi cuello, siento sus dedos apretar contra mi nuca y luego una de sus manos se desliza hasta mi espalda, y está fresca, entonces se me eriza la piel. Me toma de la cintura y me aprieta más a él, siento el calor delicioso de su cuerpo contra el mío que arde en fiebre y deseo. Y cuando la mano que está en mi cuello desciende a mi pecho, se detiene.
Aprovecho para recuperar el aire. Me está mirando con una profundidad atrapante, sus ojos son dos puertas a un mundo lleno de estrellas y noche y lo amo. Lo amo.
-Continúa –susurro, completamente segura de lo que quiero, y lo que quiero es a él. Para siempre, para cada segundo que me queda de vida.
Sus dedos llegan al nudo en la toalla y lo desatan. La siento resbalar por mi cuerpo y caer con un murmullo entre mis piernas. Por un momento mi desnudez me sorprende, me siento enrojecer, que es casi irónico pues la fiebre ha de tener mi rostro en rojo manzana, y quiero taparme. Pero el momento pasa rápidamente cuando Ranma vuelve a besarme. Con su brazo envuelve mi cintura y me aprieta aún más, y con la otra recorre mi cuerpo. Toca y envuelve mis senos y tengo que alejarme un poco de sus labios para tomar aire, pero él no se separa de mi y vuelve a tocar mi lengua con la suya.
Sin el menor esfuerzo, como si yo fuera una muñeca, se levanta y me levanta pegada a su cuerpo, yo me sostengo de sus hombros gruesos, poderosos, pues mis piernas no tienen la fuerza para mantenerme en pie, pero él lo hace. No sé esta repentina debilidad a qué se debe, si a que mi mente está girando a mil por hora, o que el aire me falta entre un beso y otro, o mi corazón late tan rápido como el aleteo de un colibrí, o tal vez por la fiebre, que en este momento carece de toda importancia para mi.
Me guía hasta la cama y me recuesta, separándose de mi por un momento, mirándome como si fuera irreal, y con sumo cuidado se coloca arriba.
-Eres lo más hermoso que he visto en mi vida –dice con su voz de terciopelo y un millón de misterios. ¡Dios! Los músculos de sus brazos se tensan pues está sosteniendo todo su peso para no caer sobre mi, y son brazos fuertes, irrompibles.
¿Cómo no lo iban a amar todas las mujeres que lo miraran? ¿Cómo no volverse locas por un hombre así? ¿Cómo no quererlo para ellas, de esta forma como lo tengo yo, a punto de hacerlo mío para siempre? Las comprendo, claro, yo misma estoy muda de impresión y amor por su belleza salvaje e innegable.
-Te amo –es lo único que puedo decir, es lo único en lo que puedo pensar.
-Yo te amo, te amo Akane, te amo –y se inclina y deja rodar sus labios sobre mi cuello arrebatándome suspiros. Me besa los hombros, el pecho, me toca mientras desciende por mi abdomen y yo siento que voy a explotar.
-Ranma…-suspiro.
Se detiene un momento para liberarse de sus pantalones negros, y regresa a mi cuerpo, a besarme y acariciarme de una forma que me hace pensar que soy la única mujer en el mundo, que tal vez lo sea. Me hace sentir como un tesoro, como un imposible realizándose. Paso mis manos por sus brazos, por su espalda donde dejo que la punta de mis dedos acaricie cada trazo de sus músculos y cada parte de su piel. Y luego entrelazo mis dedos en su cabello negro azabache y hecho la cabeza hacia atrás sobre la almohada, gimiendo, mientras su lengua entra por completo en mi intimidad.
Lo necesito, necesito que sea uno conmigo. Cuando alza el rostro desearía que no fuera así, pero entonces me vuelve a mirar, directo a los ojos, y es como si nada de lo que está pasando a nuestro alrededor fuera cierto, todo es perfecto, nada nos toca, nada nos daña. Mi cuerpo arde y ya no sé si es la fiebre o el amor que siento por él. Se acerca a mis labios de nuevo, el beso es profundo, nuestras respiraciones chocan y se mezclan y yo estoy volando entre sus brazos para siempre segura. "Te amo, te amo, te amo." Pienso y lo digo, y suspiro y me amoldo a sus manos y a todo lo que es él. Y su aroma me envuelve, su aliento me embriaga, sus suaves gemidos sobre mi oído o sobre mis labios me vuelven loca.
Entonces entra en mi, y lo hace con tanta ternura y amor infinito, que siento la inmensidad del Universo llenándome el cuerpo, corriendo en mis venas y llevándome al cielo una y otra vez. Mis piernas sobre su espalda y una de sus manos en mi muslo.
Y nos convertimos en uno, un solo ser, un solo gran amor. Un todo. Hasta que las estrellas bailan en mi cuerpo estremeciéndolo en el más absoluto placer.
Cuando despierto, por un instante que será mi tesoro por el tiempo que me quede, soy inmensamente feliz. Me siento bien, perfecta, plena. Estoy con la cabeza sobre su hombro, desnudos los dos, y él duerme tan tranquilamente que con mirarlo he cumplido hasta el más caprichoso de todos mis deseos. Solo con verlo así, mío.
Luego, la fiebre me azota con una bofetada terrible. El malestar es una ola de fuego y dolor que me obliga a morderme la lengua para no soltar ningún ruido, no lo quiero despertar, no aún. Pero ya no se trata de lo que quiero, sino lo que la fiebre quiere. Las nauseas se cierran como un puño en mi estómago y me tengo que poner de pie en seguida. Un terrible mareo hace que toda la habitación de vueltas bajo mis pies pero ni siquiera eso me puede detener. No sé bien cómo pero dirijo mis piernas temblantes y débiles al baño, me dejo caer de rodillas sobre el piso helado que apenas siento contra el calor de mi cuerpo, y devuelvo lo poco que había comido en el día y un tanto más de ácidos y bilis.
Y de pronto las manos de Ranma aparecen en el campo borroso de mi visión y me sujetan el cabello. Las arcadas son fuertes y me doblan por completo, no puedo pensar en nada mas que el dolor y Kasumi. Ella estaba igual que yo, arrodillada frente al escusado, ¡qué gran imagen para recordar le estoy dejando al amor de mi vida! Igual que mi hermana, la más dulce y noble, me ha dejado la suya como fuego en mi memoria. Cuando termino, que siento que han sido al menos dos siglos, Ranma me levanta con la misma facilidad asombrosa y me lleva de nuevo a la cama.
Se sienta a mi lado, aún desnudo, y me parece tan hermoso como un sueño. Sin embargo, su gesto es de pura e insana preocupación.
-No te vayas –me susurra y yo siento una vez más las lágrimas llenándome los ojos. ¿Es que no puedo dejar de llorar ni un momento? "Qué fuerte y valiente, Akane, qué gran guerrera eres llorando a sol y sombra. Una imagen más para Ranma. ¡Muy bien!" No puedo evitarlo, no es la fiebre, no es saber que estoy muriendo con cada fibra de mi ser… Es la forma en la que lo dice, su voz ronca, sus ojos llenos de angustia.
Y entonces me llega de golpe, peor que la enfermedad, peor que el malestar, ¡peor que la muerte de toda mi familia! ¿Qué he hecho? ¿Qué demonios he hecho? Me entregué completamente a Ranma enferma de la fiebre que ha terminado con la vida humana en la Tierra. ¡Lo hice sin importarme nada, egoísta como jamás creí que podía ser! Lo he besado y tocado, y he dejado que entre en mí llena de esta enfermedad mortal.
¡Lo he matado! ¡Por Dios, yo lo he matado!
-¿Qué pasa? –pregunta, pues mi rostro se ha transformado en terror puro.
-¿Cómo pude permitirlo? –me escucho muy lejos, dando vueltas el mundo entero sobre mi, y siento las lágrimas resbalar y me queman-. ¿Qué hice? Te contagié, yo…
-Es lo que quería –su voz es suave, es una caricia pero eso lo hace todavía peor. ¡Es un hombre que sólo existe una vez en el mundo, con esos ojos y facciones y esa voz hipnotisante, y yo lo he matado!
-No, yo…
-Hiciste lo que te pedí. Lo hiciste porque me amas.
No, no, no. ¡NO! Cualquier cosa, Dios mio, cualquier cosa sería mejor que lo que acabo de hacer. Ryoga arrancándome el corazón, un millón de flechas sobre mi, un millón de balas para el resto de la gente que quise en mi vida. ¡Lo que sea menos esto, por favor!
-Mi amor –dice y pasa su pulgar sobre mis pómulos, secando mis lágrimas-. No, no llores. No llores. Me has salvado, ¿que no lo entiendes? Esto es el infierno, pero contigo se siente como cielo. Si te vas… Cuando te… -no puede, y no quiero que lo haga, no quiero verlo sufrir ni un segundo más-. Me has salvado del infierno.
Quiero creerlo, con todas mis fuerzas juro que quiero creerlo, pero no puedo. La única verdad es que soy una egoísta, un horrible ser humano que por su propio placer ha condenado a quien adora con todo el corazón. ¿Es que acaso la enfermedad me ha quitado el sentido común? No creo poder soportarlo. Ranma se vuelve a acostar a mi lado, apenas soy consciente que estoy llorando incontrolablemente, pues sólo puedo pensar en lo terrible que me siento conmigo misma. Y él espera, me rodea con sus brazos, y me susurra que está bien aunque no sea así.
-Allá a donde tu vayas, yo también iré –dice, y es una afirmación tan brutal, tan real, que dejo de llorar.
Y los dos nos quedamos quietos, acostados, envueltos uno en el otro, solo así, sin decir nada.
No hay nada que decir a final de cuentas, ¿cierto? Se ha acabado, no importa cuánto llore, cuanto reniegue de lo obvio. No importa cuánto me enoje, o me asuste, el caso es que así es, va a pasar. ¿Por qué no esperar el final así? Juntos.
Sin embargo sucede que, al final de ese día, Ranma sigue perfectamente bien. Cuarenta y ocho horas después, no tiene aún ningún síntoma.
Para el final del tercer día, con lágrimas brillantes en aquellos ojos vehementes, temblando de rabia y terror, Ranma lo dice en voz alta:
-Soy inmune… ¡Soy inmune maldita sea!
