Linda madrugada a todas C: Espero que estén teniendo su viernes de vicios culposos como yo. Si no, ¿qué esperan? Hagan algo no productivo y dejen que las horas corran. Y si no se les ocurre nada, siempre pueden leer esta sensualona actualización que les traerá algunas risas y preocupaciones. Solo digamos que estos niños no son muy afortunados que digamos XD

*I Love Okikagu: Yo siempre prendo mis historias de un modo u otro :v Es mi don y mi maldición.

Acto 10

Busca y encuentra

Los gritos de auxilio. Los gritos de terror. Los gritos de odio y de cólera. Todos eran una sinfonía discordante, ruidosa y que no desaparecería hasta que el mismo fuego cesara. ¿Pero eso sería posible? ¿En algún momento esas llamaradas se cansarían de liquidarlo todo? Tal vez compartían las mismas emociones de la persona que lo había iniciado todo; esa que se movía con celeridad y silencio entre los escombros, con dirección hacia ellos.

—¿De nuevo con tu mal hábito de querer hacerte amigo de cualquier crío que se cruza en tu camino? —fue lo primero que salió de sus pequeños y pálidos labios en cuanto sus rosáceas y filosas pupilas se enfocaron en el canido de dos patas—. Ya te he dicho miles de veces que es de mal gusto.

Era de estatura promedio y delgada. Llevaba consigo una oscura capa que cubría todo su cuerpo hasta los pies y que extrañamente recordaba a la que empleaban los altos mandos de la milicia por su conjunción del dorado con esos numerosos artilugios que lucían como viejas medallas de guerra.

Su lacia y larga cabellera poseía el tono del azul pastel y no tenía mayor adorno que el chacó que descansaba sobre la cabeza de aquella joven mujer.

—¿Y Kazuo dónde está? —cuestionaba Yuuma a la recién llegada.

—Conociéndolo, debe de estarse entreteniendo creando alguna obra de arte —respondió con una tenue sonrisa burlona—. He encontrado un par de naves que podemos utilizar para salir de este asqueroso sitio.

—¿Qué haremos con ese grupo de Yatos?

—Los borraremos del mapa solamente si se meten en nuestro camino —estipuló—. No tenemos motivo para desperdiciar nuestro tiempo y fuerza con ellos.

—Sí, supongo que lo mejor será que nos vayamos de aquí cuanto antes —el lobo se puso de pie, alertando a los muchachos—. Bueno chicos, es hora de irnos. Vamos a divertirnos en grande cuando salgamos de aquí.

—¡E-Espera! —reclamaba Kamui—. Yo no quiero ir a ninguna parte —de nuevo estaba intentando zafarse—. Yo tengo que regresar con todos ellos.

—¿Para qué hacerlo? —Eizen se mantenía inmóvil, sin deseo alguno de escapar—. Para todos ellos no eres más que un chiquillo molesto del que muy gustosamente se desharán en la primera ocasión que tengan.

—Eso me tiene sin cuidado alguno —él tenía sus prioridades claras, por lo que no podía cambiar sus planes, así como así. No había llegado tan lejos para salir huyendo ante una realidad que siempre tenía en mente—. Si tú quieres irte con estos dos raritos, adelante. Pero no me metas en tus problemas.

—Parece que no se llevan nada bien —decía la fémina contemplando a esos dos que continuaban con su riña verbal. Y es que hasta se habían acercado y se jalaban mutuamente las mejillas—. Con ese ímpetu podrían servirnos. Llevémoslos. Para algo habrán de servirnos.

—¿No se alegran? Le han caído bien a Taia y ha accedido a que vengan con nosotros —mientras el Amanto sonreía ampliamente, ese par parpadeaban en confusión total mientras dejaban de jalarse los cabellos.

—¿Pero qué demonios has dicho perro sin pedigrí? —musitaron a la par. Una pena que sus quejas pasaran a segundo plano.

—Será mejor que nos movamos hacia el noroeste. El fuego aún no ha llegado hacia esa zona. Y es justo ahí donde se encuentran las naves que nos sacarán de aquí —explicaba la chica para quien ya se encontraba a su lado—. ¿Podrás pelear mientras sujetas a esos dos niños?

—Descuida, soy un excelente malabarista. Por lo que no representará problema alguno para mí —comentaba alegremente. Y es que hasta su cola iba de un lado a otro.

—¡Ey, no nos ignoren! —vociferaron a la par.

—También tenemos que hacernos de provisiones y esas cosas —ya se encontraba haciendo una lista de todo lo que debían reunir antes de partir—. Pero no contamos con mucho tiempo. Me he emocionado de más y he incendiado la ciudad con enorme celeridad —suspiró llena de frustración.

—No puedes evitarlo, Taia. Está en la naturaleza de los pirómanos incendiarlo todo —fueron las palabras para reconfortar a su camarada—. Piensa que en la agricultura emplean un método parecido. Queman el terreno después de la cosecha y las cenizas sirven para nutrir más la tierra; de ese modo las futuras cosechas serán más abundantes.

—Oh, nunca lo había visto de esa manera Yuuma —expresaba con notoria sorpresa—. Así que de este modo estoy ayudando al medio ambiente. Soy toda una ambientalista y no lo sabía —profesó con entusiasmo. Y es que hasta sonreía con las mejillas sonrojadas mientras veía como todo ardía a su alrededor—. ¡Habrá muy buena cosecha el año que viene!

—¡Por supuesto que no! ¡La gente no va a crecer nuevamente! —gritaron esos dos jóvenes Yatos.

Ambos sabían que si unían sus fuerzas podrían escabullirse de las zarpas de Yuuma. Sin embargo, eso conocido como instinto, les decía que debían esperar a que llegara el momento adecuado. Especialmente porque no conocían de todo lo que la mujer que les guiaba era capaz de hacer.

Sentían cómo se elevaba la temperatura conforme se movilizaban, teniendo que recurrir a agitar sus vestimentas para echarse un poco de aire fresco y no experimentar un golpe de calor. Y aunque ellos estaban pasándola mal, el par que les tenía cautivos estaban totalmente íntegros, tan frescos y tan adaptados a aquel ambiente tan hostil que les provocaba una notoria envidia.

—Parece ser que el viento se ha encargado de traer el fuego hasta esta parte —dijo la mujer al mismo tiempo que chasqueaba la lengua—. De modo que nuestro "camino seguro" se está convirtiendo en el sendero hacia el infierno. Si no nos damos prisa las naves explotarán y tendremos que hallar otro método para salir de aquí.

—Taia, ¿no deberíamos preocuparnos un poco por estos dos? —alzó al par de niños. Ambos tenían las mejillas más rojas que un tomate; y en términos generales lucían como alguien que ha pescado una severa fiebre.

—Una especie tan fuerte y que es ridículamente débil ante el calor —remarcaba la de cabellos celestes—. Se nota que jamás han estado expuestos a temperaturas tan altas.

—A este paso morirán.

—Entonces démonos prisa —dictaminó—. Matar niños no forma parte de mi credo personal.

No supieron en qué momento se desmayaron o en dónde se encontraban cuando despertaron. Lo único que les quedaba claro es que continuaban en compañía de aquel par y que se encontraban lo suficientemente lejos del monumental incendio que ya no sentían nada de calor.

Les costó un par de minutos el ubicarse apropiadamente. Pero para cuando lo hicieron no pudieron creer su buena suerte. Es que parecía que al fin la diosa de la fortuna les estaba sonriendo ampliamente. Porque solo eso podría explicar su retorno a donde todo comenzó.

—Parece que no han regresado todavía —Eizen contemplaba la nave espacial que los había transportado hasta allí. Estaba totalmente sola y silenciosa—. Probablemente se movilizaron en cuanto comenzó todo el jaleo en la ciudad y por eso ahorita ya no hay nadie.

—No estoy interesada en una nave tan llamativa —hablaba Taia al tiempo que ignoraba completamente el navío del Séptimo Escuadrón del Harusame—. Este armatoste puede ser localizado fácilmente en caso de robo y no estoy de humor para encargarme de eso. Por lo que la mejor opción será esta —unos veinte metros de donde ellos estaban se apreciaba una nave de menor tamaño; de esas que por su constitución parecían ser veloces y agiles—. Esta no solo es rápida, sino que su diseño le permite evadir fácilmente a los enemigos y obstáculos que encontremos —alguien parecía ser experta en naves espaciales—. Aunque su escudo es pobre y no cuenta con un modo incógnito —eso le mosqueaba—. Al menos lo compensan sus unidades de ataque.

—No podemos ser exigentes, Taia. Hay que adaptarnos a lo que tenemos.

—Dame unos minutos y me encargaré de afinarle un par de cosas —y antes de que alguno pudiera decir algo, ella se había encargado de entrar a la nave con una maestría digna del mejor ladrón interplanetario.

—Es una friki de las naves espaciales —dijeron ese par de niños.

—Taia es la mejor cuando de arreglar cosas se trata —contaba el albo lobo—. Cualquier nave que cae en sus manos se convierte en una verdadera arma.

—Supongo que por esa razón la atraparon y la trajeron de vuelta a una de las ciudades del Rengoku —teorizaba Eizen, viendo de soslayo al alto Amanto—. Tú también has de poseer alguna gracia.

—Me sorprende que siendo tan joven conozcas algo tan puntual como el Rengoku —Yuuma se sentó y dejó que su altiva cola se azotara contra el suelo, agrietándolo sin problema alguno—. ¿Qué les enseñan a los niños en la actualidad, eh?

—A matar a alguien de un solo golpe. A usar cualquier objeto como un arma potencial. También a intimidar a las personas solo con la mirada —enumeraba Kamui con cada uno de los dedos de sus manos—. El día que enseñaron caligrafía y ortografía me quedé dormido.

—¡¿Por qué demonios recuerdas perfectamente los tópicos que has estudiado hasta ahora?! ¡¿A qué viene esos últimos temas?! ¡¿Al Harusame le preocupa que sus hombres no sepan escribir apropiadamente?! ¡¿Y por qué te perdiste la única clase que va de acuerdo con tu edad física y mental?! —y es que hasta se encontraba agitando al pobre pelirrojo como si fuera una maraca.

—También tenemos talleres. Pero en su mayoría son aburridos —mencionaba Eizen despreocupadamente—. Hay uno que enseña a hacer arreglos florales. Y he oído que es bastante popular.

—El de cocina también lo es —complementaba el pelirrojo.

—Jamás imaginé que los miembros del Harusame fueran tan…refinados, letrados y diestros a la hora de cocinar. Pensaba que solo eran seres primitivos que no sabían hacer otra cosa que pelear y masacrar gente. No hay duda de que los tiempos han cambiado.

—Bueno, en realidad solo lo hacen para intentar ser populares entre las mujeres —aclaraba el de ojos ambarinos—. Alguien extendió el rumor de que si hacían esa clase de cosas tendrían a las mujeres comiendo de su mano.

—¿Por qué sospecho que fuiste tú el que inició ese rumor? —Kamui miraba al jovencito con cierta inquisición.

—Porque fui yo.

—Intenta negarlo al menos, idiota.

—Bien, he terminado —la voz de Taia interrumpió la octava riña verbal de ese par de niños—. O pude hacer la gran cosa, pero con los arreglos que hice estaremos bien de momento.

—Ya escucharon a Taia muchachitos. Es hora de partir.

Ese era el momento perfecto para que ambos ejecutaran su plan de escape. Tenía que ser en ese instante o nunca. Aunque lo que no sabían es que los planes no suelen salir como se proyectan; lo supieron en el instante en que vieron su vida pasar ante sus ojos en el momento en que fueron lanzados como balas cañón hacia el interior de la nave.

Su peor temor se volvió realidad cuando escucharon la puerta cerrarse y se vieron a sí mismos rodeados de ese par de extraños que técnicamente los habían secuestrado.

—¡…Esto no puede estar pasándonos…! —gritaron a la par mientras eran liberados y corrían hacia la ventana más cercana. Desde allí se podía ver lo que dejaban atrás con soberana prisa. Sí, podían apreciar al grupo de Yato que recién llegaban al hangar y que veían cómo se alejaban más y más.

—¿No deberías intentar detenerlos? —preguntaba uno de los miembros del Séptimo Escuadrón a Abuto.

—El informe dirá que la mercancía que transportábamos provocó un caos en la ciudad y en un intento de suprimirlos, los exterminamos. Al final no habrá manera de probar lo contrario, ya que la ciudad fue resumida a nada —decía el castaño con una sonrisa en sus labios. Es que se veía increíblemente tranquilo y aliviado—. Al fin pude deshacerme de ese ruidoso y molesto chiquillo. Al fin mi vida volverá a la normalidad. Y gracias a que Shina está con el capitán en estos momentos, no tengo nada de qué preocuparme.

—Creo que sí tendremos que buscarlo…

—¿Ah? ¿Por qué? ¿Acaso te importa lo que le pueda pasar a ese niño? —lanzó con cierto enfado. No concebía que alguien quisiera al pelirrojo de vuelta.

—La cuestión es que el otro secuestrado…es el hijo de nuestro capitán….

—Ah, así que el hij…. ¡¿El hijo de nuestro capitán?! —gritó Abuto a todo pulmón—. ¡Tenemos que encontrarlo o nuestras cabezas rodarán!

En cuanto entró todo se volvió un completo silencio. Ninguna de las tres partes expresaba ni el más pequeño de los monosílabos. Mientras una mirada se veía seria, inquisidora y ansiosa de respuestas, las otras dos se apreciaban evasivas y nerviosas, como si supieran el crimen que habían cometido y todavía tuvieran el descaro de fingir demencia al respecto.

Pero no había manera de defenderse. Los hechos hablaban por sí mismos. Y había demasiadas evidencias que los señalaban como los autores intelectuales del holocausto que tuvo lugar en el lugar más sagrado y peligroso de toda la tripulación.

Y es que solamente a ese par de problemáticos niños se les hubiera ocurrido la maravillosa idea de colarse a la habitación del almirante y convertir de sus sagrados aposentos una pocilga que ni el hombre más miserable y pobre desearía convertir en su hogar.

—¡¿Pero qué demonios ha sucedido aquí?! ¡Malditos mocosos van a pagar con su vida lo que han hecho! —Tentei gritó tan fuerte y coléricamente que destrozó los tímpanos de esos dos niños y de paso, hizo notar su irrefrenable cabreo en todas las naves que conformaban su tripulación. Ese día habían terminado con la paciencia del samurái. ¿Pero era para menos? No. Esos niños habían destruido todo lo que estaba en la habitación.

—¡Fue él!

—¡Fue ella! —ambos se acusaron mutuamente. Era claro que el otro había iniciado todo y por ello, debía ser reprendido.

—Me importa un bledo si fue uno de los dos o ambos. Lo único que interesa es que van a pagar caro lo que hicieron —se acercó y los tomó por el cuello, liberándolos del mundo de escombros. Y fue en ese momento en que esas ambarinas pupilas se clavaron en ese par de rostros sucios y golpeados; y algo tan simple como eso hizo que ese par de Yatos tragaran saliva y empezaran a sentir eso conocido como miedo.

—¡Es tu culpa! Te he dicho miles de veces que no soporto tenerlo cerca. ¡Debiste haberme hecho caso y dejarlo en otra nave! —Hachi iba a luchar por salvarse el pellejo tanto como le fuera posible—. ¡Es un troglodita incivilizado que solo está buscando pelea conmigo! ¡Edúcalo a golpes!

—¡Ella es una maniática! —ahora era el rubio el que se encontraba quejándose a todo pulmón—. ¡Se la pasa diciéndome cómo y qué debo de comer! ¡Nos obliga a usar sales aromáticas para bañarnos! ¡También me hace leer cosas raras que solo ella entiende!

—¡Deberías estar agradecido de que te dé tan buenos consejos, Raibaka! —espetó con molestia—. Todo lo que comes es basura y te dejará enano y debilucho. Por lo que el balance es importante —ella sabía de esas cosas—. ¡Debes tener cerebro además de músculos!

—Ey, cálmense ustedes dos —es que ya se encontraban cabeza contra cabeza, intentando ganarle al otro. Era como la lucha que los carneros macho tenían para hacerse del territorio y las hembras—. Ya se tratan como un matrimonio de más de veinte años de casados… Se oyen como mis padres.

—¡¿A quién les estás diciendo casados, eh idiota?! —bramaron a la par para quien los había insultado de tal manera. Y claramente recibieron su castigo: un bonito golpe en sus cabezas.

—Tsk ¡Malditos mocosos! Maldigo el día en que fueron paridos —ya con dos críos inconscientes salió de su cuarto y empezó a caminar con una dirección fija en su mente—. Le pediré a Moka que haga una máquina del tiempo y así podré ir al pasado y evitar que los padres de estos dos engendros se conozcan y los traigan a este mundo. De ese modo recobraré la paz y tranquilidad que tenía antes de que se conocieran —de solo imaginarse un presente como ese, sonreía de oreja a oreja. Y es que hasta se sentía feliz ante esa posibilidad—. Si Okabe pudo hacerlo utilizando ese microondas, nosotros también podríamos intentarlo.

Se detuvo ante una puerta que colgaba un letrero de peligro afuera. Tocó un timbre y el acceso le fue concedido.

—Oh, almirante. ¿Qué es lo que le trae hasta aquí? —Moka retiró la máscara metálica que protegía su rostro mientras soldaba aquel extraño artilugio que podría ser visto como una nave espacial a escala—. ¿Han vuelto a hacer algo?

—Destruyeron por completo mi cuarto —la amabilidad no iba con él, por lo que arrojó a esos niños contra el suelo; eran resistentes y nada les iba a pasar—. No pasa ni un solo día en que no hagan algo —suspiró cansado, frustrado y enojado—. De saber que las cosas se pondrían de este modo, le hubiera pagado a Kusuri para que se quedara indefinidamente aquí.

—Ciertamente estaba bien tranquilita cuando estaba con él.

—Ya no sé qué más hacer con ellos dos. Por lo que te los encargo.

—¿Ah? ¿Habla en serio? —no le hacía mucha gracia que digamos eso—. No quiero cuidarlos. Son una pesadilla.

—El padre de Raiko no está y su madre sigue sin regresar…. Ageha pidió sus vacaciones adelantadas, por lo que no hay nadie que vigile a esa mocosa.

—Debería encargárselos a Dai-san —nada como echar la bolita a otros—. Si puede domesticar animales, puede con estos dos sin problema alguno.

—Sí, podría funcionar, pero no está.

—Se fue de nuevo a aquel lugar, ¿verdad? —Tentei asintió y ella se limitó a suspirar—. Ya se le está haciendo un mal hábito irse a ese sitio cada vez que cobra la quincena.

—Bueno, nadie podría culparle —decía el hombre, acariciando su mentón—. No he conocido mejor lugar que ese en todo el universo. El catálogo es gigantesco y lleno de variedad.

—Incluso también piensan en nosotras —comentaba la Renho con una amplia sonrisa—. Los precios son los mejores. Y sus estándares están a mi altura —¿por qué razón ambos se veían tan emocionados y llenos de energía? —. Almirante, ¿por qué no vamos nosotros también? Estoy segura de que unos cuantos días ahí y nos relajaremos por completo —es que parecía una niña pequeña pidiendo permiso para ir al parque de diversiones.

—No suena mala idea, Moka. Vayamos.

Lo último que recordaban es que habían hecho enfadar al almirante y este los había golpeado tan fuerte que los dejó completamente inconscientes. Así que para cuando se despertaron no sabían con exactitud en dónde se encontraban; lo único de lo que estaban seguros es de que se hallaban en algún tipo de celebración porque escuchaban demasiado ruido, más del usual.

Se pusieron de pie y empezaron a explorar. Nada de lo que tenían alrededor les resultaba familiar. Todo lucía demasiado costoso, demasiado glamuroso, demasiado fino para formar parte de la tripulación a la que pertenecían.

Avanzaron por el camino aterciopelado, ignorando los cuadros, las flores y todo detalle que embellecía a esa enorme y ostentosa mansión. Ellos solo buscaban el origen del estruendoso parloteo; y lo encontraron. Sin embargo, no sabían con exactitud cómo reaccionar.

Se trataba de una escena de lo más común para ellos, pero por alguna razón se sentía diferente a otras ocasiones.

—Al fin despertaron —Tentei permanecía sentado cómodamente en un amplio sillón. A ambos lados gozaba de la compañía de hermosas mujeres vestidas de preciosos y coloridos kimonos; la comida y las bebidas no podían faltar en lo más mínimo—. Cuando regresemos pensaré en un castigo ejemplar para ambos. De momento no se metan en problemas y dejen que los adultos nos distraigamos un rato.

—¿Acaso son tus hijos?

—Son muy monos —todas las mujeres empezaron a cuchichear en voz alta y a mirarlos fijamente mientras les sonreían y les lanzaban piropos.

—No seríamos hijos de un hombre tan despreciable y pervertido como él —lanzó la pelinegra, torciendo el entrecejo.

—Mi padre es otro —Raiko también habló.

—No son mis hijos. Son solo un dolor de cabeza —el pelirrojo miraba a ese par como una peste—. Ojalá crecieran y huyeran de casa para jamás volverlos a ver.

—Si tanto te molesta nuestra existencia, te dejaremos en paz.

—Así no tendrás que preocuparte por nada —finalizaba el rubio.

—Se han ido…—Tentei veía cómo esos dos salían y se perdían a la distancia—. Ya después mandaré a que los busquen. Por ahora pasaré un buen momento con todas ustedes —y ese grupo de féminas gritaron entusiastas y dichosas.

Salieron de aquel lugar tan llamativo solo para toparse con un mundo que rozaba lo estrepitoso, lo elegante, lo luminoso y lo inmenso. Todo lo que les rodeaba eran edificaciones grandes, perfectamente construidas y con un estilo que les resultaba desconocido, pero no por ello dejaba de ser bello.

Era un mundo desconocido para ambos. Y por ello se sentían abrumados, curiosos y simultáneamente un poco nerviosos y desconfiados. ¿Pero se dejarían dominar por esas reacciones o continuarían avanzando?

—¿Dónde estaremos? —preguntaba Hachi al tiempo que caminaba entre las concurridas y enroscadas calles de aquella monstruosa ciudad.

—No lo sé. Jamás había estado en este sitio —sus pasos los trasladaron hasta una fastuosa fuente con forma de carpas doradas—. Pero parece un lugar donde los ricos se reúnen.

—Eso parece —la niña veía a Amantos de toda clase yendo de allá para acá. Y aunque se había acostumbrado a ellos, no dejaba de sentirse incómoda a su lado. Si soportaba a Raiko era porque se veía idéntico a los seres humanos—. ¿Por qué tiene que haber tantos? ¿Qué es lo que hacen reunidos aquí? ¿Por qué nos trajo ese tonto samurái hasta aquí? —se desplazó de manera inconsciente hasta donde permanecía el blondo, quedando totalmente pegada a él.

—¿Ahora qué te pasa a ti? —para él un comportamiento como ese le resultaba extraño. A ninguno de los dos le agradaba estar tan pegados.

—Este sitio…no me gusta…—susurró en un tono bajo que apenas pudo escuchar el Yato—. Hay…demasiados de ellos…que me incomodan…

—¿Hablas de todos esos Amantos? —ella no respondió, dejándole claro todo—. Tú también eres un Amanto. Es ridículo que les tengas miedo. Y más considerando que la gran mayoría de ellos pueden ser aplastados por nosotros los Yato.

—Puede que sea un Amanto…pero me niego a aceptar el serlo… Los Amanto…fueron los que…destruyeron mi hogar… Ellos…—mordió su labio inferior ante sus repentinas ganas de romper en llanto. No iba a ponerse a llorar frente a ese molesto chico; tampoco quería que él se diera cuenta de todas sus debilidades, de sus verdaderas debilidades.

—No conseguirás nada si continúas siendo tan cobarde —espetó sin quitar sus celestes pupilas de ella—. Y llorar no te va a servir de nada —porque sus palabras no bastaban habría de acomodarle un modesto golpe en la cabeza.

—¡Deja de maltratarme pedazo de oxigenado! —le dio un buen cabezazo de respuesta adicional.

—¡Que soy rubio natural, mocosa llorona! —ya estaban girando sobre el piso, intentando atestarse otro buen golpe en la cabeza.

Y hubieran seguido rodando por la eternidad si no hubieran chocado con algo grande y sólido. Eso que los miraba con curiosidad con esas redondas y rasgadas pupilas celestes.

—Un pollo gigante —fue lo primero que se le vino a la mente a Raiko.

—Claramente no es un pollo, tonto —refutaba—. Un pollo no luce de esa manera —señaló al vertebrado que descansaba plácidamente sobre el suelo dejando que la majestuosa envergadura de sus alas le cobijaran.

Su plumaje evocaba a todos los colores del arcoíris, mezclados de una forma tan sublime, que parecía irreal; era como si un diestro pintor se hubiera encargado de colorearle y dejarle en ese estado de fantasía. Porque solo en ese mundo una criatura tan hermosa y delicada podía llegar a existir.

—Es muy bonito —Hachi se había puesto de pie. Toda su atención estaba puesta en esa ave dorada de tonos coloridos. Y es que hasta poseía seis largas colas que alzaba con orgullo y distinción. Era un espécimen primoroso—. Quisiera acariciarlo.

—Si haces algo como eso podría tragarnos enteros —al lado del ave ambos lucían como un par de cobayos muy apetecibles.

—¿Qué creen que están haciendo admirando sin permiso a mi primorosa Cherry? —ambos se sobresaltaron en cuanto escucharon esa chillona voz a sus espaldas—. Tendrán que pagar cada segundo que sus sucios ojos la contemplaron.

Para cuando abandonó aquella mansión se encontraba de mejor humor, totalmente renovado y refrescado por completo. Era un hombre nuevo y estaba seguro de que no habría nada que pudiera echarle a perder la noche. Y era obvio que no sería el único que se alegraba de haber llegado a aquel planeta.

—Almirante, se le ve relajado por completo.

—Tú también te ves en excelentes condiciones, Dai —ambos miraban hacia las gigantescas pantallas de plasma que descansaban sobre los edificios más altos de la urbe.

—Nunca imaginaría que cuidar de esos dos fuera mucho más desgastante que ir a patear culos extraterrestres —expresó al tiempo que sacaba un cigarrillo de su chaqueta—. Todos necesitamos vacaciones de ellos.

—Solo espero que no se pongan peor con la edad —rogaba Tentei.

—Siempre podemos mandarlos a algún reformatorio para que los hagan entrar en razón —proponía el moreno—. Golpearlos también funciona.

—Ya lo he hecho y continúan armando cada jaleo cada vez que les quito la mirada encima.

—Tal vez lo que necesitan es una madre. Ya sabes, para que los corrija y todo eso —había tocado un buen punto—. Consíguete a una mujer y conviértela en tu esposa y la madre adoptiva de esos dos.

—Te recuerdo que Raiko tiene madre —le recordó—. Aunque esa chiquilla está huérfana.

—¿Y si le consigues una familia terrícola para que viva tranquilamente? A mi parecer es la opción más factible para ella —él tenía toda la razón.

—Si hago algo como eso aprovechando que Ageha no está, las cosas se pondrán feas.

—Y si Yuna llega a regresar y se entera de lo que harás…no acabarás bien parado, Almirante —el pelirrojo empezó a poner mala cara—. Las mujeres de nuestra tripulación son la más grande arma que el Hokusei posee.

—Eso es indiscutible —suspiró con fatiga—. Oh, parece que han empezado.

—Me pregunto con qué nos van a sorprender en esta ocasión.

La pantalla mostraba un gran escenario con presentador incluido y al frente se encontraba una gran multitud de Amantos con letreros fosforescentes que empleaban para hacer su puja cada que hallaban algo que les interesara. Sí, se trataba de una reunión de subastas donde cualquier cosa puede llegar a ser vendida.

Pero un tema como ese no podría importarles menos a ambos. Así era hasta que contemplaron las siguientes piezas que estaban ofreciendo a la clientela.

¿No eran unos bonitos y bien vestidos niños los que estaban ofertando en ese instante?

—A continuación, tenemos dos especímenes en demasía raros en estos tiempos cuando se les considera una especie en peligro de extinción —el presentador hablaba con entusiasmo. A un costado permanecían esos dos pequeños conejos encerrados en una jaula hecha a medida y que no sería destruida ni por su monstruosa fuerza—. ¡Que empiecen las pujas!

—¡Maldita sea…! ¡Si son ellos…! ¡Los van a vender!