He aquí, sin más.
No me gusta, pero os mereciais un final.
Pronto el epílogo, y un pronto de verdad.
10
La música le calma los nervios y le permite cerrar los ojos con profundidad para al fin dormirse. Las imágenes del atardecer le pasan por la mente una tras otra, simultáneas, superpuestas. En tonos rojos y azules y a una velocidad desmedida que sólo le deja fijarse en el tono rojo o azul de la imagen. Rojo para ella, azul para él.
La lluvia hace las imágenes difusas e incluso consigue hacer desaparecer a Sirius y Hagrid de la escena. Hace desaparecer, también, las lágrimas de su rostro y la rojez de su nariz, hace desaparecer el tobillo torcido y hace desaparecer, si lo desea con fuerza, las últimas palabras de James en la cabaña.
Tiembla en sueños y sudores fríos la inundan, como si entrara en un pensadero, pero no lo está haciendo. Sólo está dentro de su mente.
Se despierta, con un aspaviento y la luz de la luna llena le ilumina el rostro. Siente un frío inexorable y difícil de apaciguar. No va a poder dormirse de nuevo y detesta dar vueltas en la cama.
Se viste de manera informal, ni se le pasa por la cabeza colocarse el incómodo uniforme. La falda es demasiado corta y el jersey estaba enmarañado junto las sabanas humedecidas por su propio sudor.
Sus pasos producen eco al pisar los fríos suelos de los pasillos, las paredes de piedra gris forman túneles de viento helado que ha entrado desde la puerta del vestíbulo. Alguien había salido, hacía como poco un par de horas. Consultó su reloj, la una y cuarto de la madrugada. Si bien, a pesar de ser prefecta, no tenía permitido el deambular a esas horas por el castillo ni los jardines, que es a donde se dirigía, mucho menos permiso tenía cualquier otro alumno.
La excursión que tenía que servirle para desconectar, relajarse e intentar conciliar algo de sueño se convertía ahora en una de sus muchas misiones en busca de pequeños traviesos de primero o algunos más grandes de último curso con ganas de gastar una broma a la mañana siguiente.
Llegó al vestíbulo y se aseguró de no hacer mucho ruido al abrir y cerrar la gran puerta de madera de roble que parecía, y en realidad así era, anclada de por vida a los muros de Hogwarts.
El largo puente, que permitía cruzar el lago que separaba a la montaña que presidía Hogwarts del resto del valle, estaba helado y resbalaba a cada paso. Sin embargo un grupo bastante numerosos de huellas le permitió seguir un camino más seco hasta el final del puente.
Bajó poco a poco la pequeña montaña y pudo vislumbrar en la zona este como, lentamente, el humo de la chimenea de la cabaña de Hagrid se iba extinguiendo. Al otro lado las ramas inquietas del árbol boxeador se movían con fuerza, como si luchara contra el viento. Tan solo pisar la húmeda hierba su tobillo le recordó que no estaba al cien por cien.
Hacía años que no acudía ahí, sacó el frasco con el líquido azul centelleante, de su bolsillo y se acercó con detenimiento hacia el árbol, con la varita en ristre por si algo salía mal.
Miró al cielo y la luna llena iluminaba de pleno todo el gran árbol, estaba más inquieto de lo normal, como si quisiera mover todas sus ramas a toda costa. Le dio cierta pena verter la poción en el suelo y ver como el árbol se iba apagando y cayendo en ese letargo que le duraría, según los antiguos cálculos de Lily una hora.
Utilizar una poción del sueño eterno accidentalmente con uno de los lirios que tenía a su cargo en el invernadero y su habilidad para las pociones había encontrado un modo de burlar al gran árbol sin necesidad de buscar algún nudo que lo detuviera, aunque dudaba de que ese nudo existiera.
Se sentó a los lomos de una de las raíces y se estiró para acariciarla, le encantaba relajarse en sus grandes raíces a pesar de que sabía que si despertaba la haría pedazos en menos que canta un gallo de madrugada. Las ramas estaban, pero, heladas. Decidió que acurrucarse entre dos de ellas pero con el trasero en el suelo sería mucho más calorífico que estar en contacto directo con el hielo que inundaba al árbol, quizás por eso se meneaba de ese modo.
En cuanto se aposentó en el hueco de aquellas dos ramas el suelo cayó bajo sus pies, o más bien ella cayó bajo otro suelo. Uno de madera, de un oscuro túnel.
La varita se le clavó en el costado y en parte lo agradeció porque así la localizó de inmediato.
Con un "lumos" consiguió que la varita se irguiera como una linterna y le iluminara el camino. Primero apuntó al techo donde las ramas del aún dormido árbol se mantenían en reposo. A su izquierda una pared de tierra, a su derecha un pasillo que subía repentinamente en unos escalones de madera como el suelo.
Un grupo de huellas parecidas, por el grosor y el número, a las dejadas en el puente habían sido dejadas sobre el suelo empolvado, al parecer también anteriormente pisado.
Los pasos hacían rechinar los tablones de madera bajo sus pies y su respiración parecía oírse como hilo musical en ese extraño túnel. Al final de las escaleras una trampilla cerrada la esperaba. Tiró de ella con la mano libre pero la trampilla no cedió.
Con un sencillo "alohomora" la trampilla se abrió por completo. Salió con la varita por delante y apuntando a una sala que parecía haber sido un antiguo comedor. Sillones y algunos muebles estaban cubiertos de sabanas y polvo, polvo que no había sido retirado en años.
Se asomó a una de las ventanas después de asegurarse de que en ese comedor no había nadie, de hecho no había nada, ni siquiera ratas. La vista le resultaba familiar y si no hubiera sido tan poco confiada hubiera asegurado que se trataba de Hogsmeade.
Las huellas ahora inundaban la estancia, pero eran distintas. Las huellas de zapatos o zapatillas se habían transformado en huellas de animales. Aunque sólo podía distinguir las huellas de lo que parecía ser un perro.
Se asustó al pensar que quizás fuera un perro muy grande rabioso, o peor que no fuera un perro y fuera un zorro o un lobo. Pensó en abandonar esa casa cuando ruidos desde la parte de arriba de la casa la alarmaron. Un gruñido y una voz humana.
Pensó en que quizás alguien se había metido en la casa y se había encontrado al dueño de las pisadas. Eligió correr hacia arriba, escalón tras escalón, con la varita en alto, esperando poder salvar a alguien de un posible ataque.
Llegó hasta arriba y un fuerte estruendo sonó tras la puerta que tenía en frente. Las luces, encendidas en esa planta, parpadearon momentáneamente y la puerta pareció quebrarse un poco. Estaba claro, algún tipo de criatura estaba atacando a alguien. Tenía que avisar al director y a la profesora Mc Gonagall de inmediato o alguien podía morir. Pero si salía en su busca quién le decía a ella que el animal no habría acabado ya con, lo que se imaginaba ya, un pobre anciano vagabundo en busca de calor una noche tan fría.
Se acercó más a la puerta, rozó los trozos quebrados y un aullido de potencia sobrehumana le heló la sangre.
Abrió la puerta con fuerza y la ventana de la habitación se quebró en mil pedazos. Un golpe de aire entró por donde antes había cristal y cerró la puerta de un portazo. Sintió la puerta tras de si, el aire frío en la cara y un extraño silencio.
No iluminó la sala con un hechizo sino que se conformó con la luz de la luna que penetraba de la ventana, forzó la vista e intuyó formas. Creyó oír una respiración pausada y profunda, rozando el rugido.
Oyó unos pasos, unos cascos que de pronto cesan.
- ¿Evans? – La voz la asusta y la sorprende.
- Expeliermus. – Una luz roja sale de su varita apuntando al vacío, la criatura se despierta y ruge con toda su fuerza, alzando su cuerpo, dejándose iluminar por la luz que entra por la ventana, dejando que Lily vea por primera vez a un hombre lobo.
El animal desgarra la ropa que lleva y husmeando, sin dejar de mostrar un rostro infernal enmascarado por unos ojos melosos, huele y procesa. Una presa.
La mira directamente a los ojos, gira la cabeza, medio entendiendo que no debe atacarla, menea la cabeza y enseña los dientes. Va a ir a por ella.
Lily no sabe reaccionar y las manos le tiemblan, se le cae la varita y las fauces de la bestia salivan corriendo hacia ella, sin freno.
Algo aparta de un golpe la figura, cada vez más cercana, del hombre lobo. La poca luz entrante por la ventana no le deja ver que pasa mientras oye rugidos y movimientos bruscos, sonidos huecos, gemidos tristes.
Unas manos humanas la azuzan hacia la puerta, se la abren y la echan fuera. Algo golpea la puerta y su corazón late de nuevo. Reacciona y se da cuenta de lo que ha pasado. Se da cuenta de cómo la muerte le ha rozado las narices y ella no ha sabido como reaccionar. No se siente enfadada consigo misma por no haber sabido desenvolverse, no se siente frustrada ni arrepentida por no haber dedicado más ahínco a defensa contra las artes oscuras en vez de a pociones, sólo se siente asustada. Asustada y atemorizada, con el miedo recorriéndole la sangre y las lágrimas agolpándose en sus ojos, deseosas de salir. Respira de nuevo e intenta centrarse y reaccionar, sigue inmóvil delante de la puerta sin varita en las manos y los brazos algo extendidos hacia delante, ayudándola a mantener un equilibrio que pierde por momentos.
La manija de la puerta se abre y el cuerpo sucio y malherido de James abandona la sala que ella misma ha dejado hace pocos segundos. Cierra la puerta tras de si, sacude sus manos y la mira, reprochante.
- ¿Qué coño estás haciendo? ¿Se puede saber que se te pasa a ti por la cabeza? ¿Qué recóndita y retorcida idea te ha traído aquí? ¿ES que estás loca? ¿Crees que vas a conseguir más atención habiendo visto lo que has visto? ¿O estás juga… - No puede hacer otra cosa que dejar de vociferar, de gritar, de hablar.
Los brazos de Lily se han extendido hacia él en un abrazo caliente y asustadizo. No solloza, llora a lágrima viva sobre su pecho más aterrada que nunca y buscando en los brazos de James una protección indescriptible. Tiembla cuando él posa los brazos sobre su espalda. El abrazo es bonito y desesperado, pero ella esta fría como un témpano de hielo. Sigue llorando y nota su respiración entrecortada, sus latidos rápidos y fraccionados por sollozos.
Lily intenta mantener la compostura, a pesar de haberla perdido ya, e intenta calmarse, relajarse, inspirar y expirar con lentitud.
-Lily… - La voz de James se torna melosa y apacible. – Lo siento, no pensaba que te asustarías, estoy demasiado acostumbrado a verlo… Perdona, de verdad, no he pensado en cuanto podía llegar a afectarte… - La caricia a su espalda es suave , abarcando con su mano grande y ancha el máximo de superficie, relajándola en cada pasada. Susurra – e implora en cierto modo- que se calme porque esa situación se le sale de las manos, o al menos eso cree él, pues ella parece pensar que ha nacido para eso. Para estar ahí. Con ella. Siempre.
- Lo siento. – La voz de Lily suena apagada y suave. – No… no… no debí…
- No, no lo sientas. Tú no sabías nada. Me he puesto nervioso…
- No es eso. – Se despega de sus brazos, tan sólo un poco, lo justo para verle los ojos, alzando la cabeza, para llegar a su altura. Tiene las pupilas dilatadas, los ojos llenos de lagrimas, la frente perlada en sudor e irradia calor por las manos y las mejillas, aunque no está roja, está blanca, blanca como el papel.
-¿Entonces?- Ahora es él el que se aparta, para agachar un poco la cabeza y mirarle a los ojos, sujetándola por los codos con suavidad.
- Es por todo. Por haber venido, por haber ido a la cabaña de Hagrid, por haberme quedado a escuchar, por no confiar en ti, por decirte que no podía hacerlo, que no era capaz, por perder mi última oportunidad y a su vez la tuya, por no poder entregarme a ti sin reservas, por no poder maldita sea, por no poder decirte que te quiero.
La última bocanada de aire sale de sus pulmones con fuerza, híper ventilando, exhalando. Se marea y se desmaya con la imagen de los ojos de James, dulces como la almendra.
