Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.


BEYOND TIME

"Pues esto es sabiduría; amar, vivir

tomar lo que el destino o los Dioses nos den

no hacer preguntas, no hacer oraciones

besar los labios y acariciar el pelo

acelerar y agradecer el flujo de la pasión

tener, mantener y, en su momento, dejar ir."

-Laurence Hope

Capitulo nueveDe Coches a motor y Hacer amigos

Gemí y rodé en el césped, apartándome el pelo de la cara y luchando por liberar mis piernas del saco. Vi a los otros participantes de la carrera pasar saltando a mi lado –incluyendo a Edward, que rió fuertemente mientras me dejaba ahí tirada.

― Cerdo, ― murmuré bajo mi aliento mientras finalmente me ponía de pie, pateando mi saco a un lado con un gruñido.

¿Infantil? Sí.

En ningún momento había dicho que jugara limpio.

Miré malhumorada como los corredores cruzaban la línea de meta... con Edward como líder, por supuesto.

Volvió caminando hasta mí, moviendo su estúpida medalla dorada y con una sonrisa creída en la cara.

― ¿Quién cae ahora, Señorita Swan? ― provocó.

Mi ojos volaron a su entrepierna involuntariamente, mientras mi mente sucia retorcía su inocente comentario. Me sonrojé furiosamente y miré a otro lado.*

Afortunadamente, Edward no tenía ni idea de la naturaleza real de mi vergüenza, así que siguió provocando. ― Es una pena que te hayas caído. Ciertamente, esta es una medalla bonita. ― La movió frente a mi cara, sus ojos esmeralda brillaban con regocijo.

Gah. ¿Cómo podía ser tan sexy y tan irritante al mismo tiempo?

― Has hecho trampas, ― acusé enfadada.

― ¿Trampas? ― repitió, sus ojos se ensancharon con shock fingido. ― ¿Yo?

― Tú... me has distraído, ― solté casi sin saber qué decir.

― No es culpa mía que no tengas concentración, ― dijo con una lastimosa sacudida de la cabeza. ― Las mujeres son criaturas tan emocionales.

Le miré furiosa y él sonrió ampliamente. Me estaba provocando a propósito.

Me di la vuelta en silencio, determinada a no morder el anzuelo.

Sin embargo, él no se rindió, me siguió mientras yo daba fuertes pisadas hasta la mesa de refrigerios. ― Hace falta lógica y determinación para tener éxito en los deportes, ya sabes, ― dijo con un auto-satisfecho movimiento de la cabeza.

― Una carrera de sacos no es un deporte, Edward, ― murmuré.

Él siguió como si no me hubiera oído. ― Simplemente las mujeres no están hechas para la intensidad de la competición física.

Me giré hacia él, con las manos en las caderas. ― Edward... ― Entrecerré los ojos a modo de advertencia.

Él solo me miró, mordiéndose el interior de la mejilla, sus labios temblaban mientras luchaba con la risa.

Rodé los ojos y cogí la medalla. ― Algo femenina, ¿no? ― pregunté, examinándola e intentando mantener los celos fuera de mi cara. ― Quiero decir, ¿oro... y brillantina? No es un premio muy masculino para un atleta tan masculino como tú.

Edward estalló en risas. ― Estoy lo suficientemente seguro en mi masculinidad como para aceptarlo, ― dijo, extendiendo el brazo para coger la medalla.

La aparté de él. ― ¿Estás seguro? No querría que te pusieras todo emocional e ilógico.

― Dame mi medalla, ― ordenó con una juguetona mirada furiosa.

No sé qué me poseyó.

Corrí.

Edward me persiguió por el jardín mientras yo me movía entre los invitados, riendo feliz.

Rodeé la mesa de refrigerios y Edward se puso frente a mí al otro lado, listo para atacar con una enorme sonrisa en la cara. Fingí ir en una dirección y él imitó mi movimiento. Me moví hacia el otro lado y él me siguió rápidamente. Lancé la mano hacia delante, dejando colgando la medalla sobre el bol de ponche con una sonrisa perversa en la cara.

― No te atreverías, ― dijo, la amenaza era evidente en su voz.

En su lugar, cogí un puñado de palomitas y se lo lancé a la cara, distrayéndole lo suficiente para salir corriendo de detrás de la mesa. Él se lanzó hacia mí y sus dedos rozaron mi brazo. Grité, saliendo disparada entre las mesas, con la medalla dorada sobre mi cabeza como una pancarta.

Miré sobre mi hombro y le vi acercándose a mí con una mirada de determinación en la cara.

― ¿No puedes atrapar a una chica, Edward? ― me burlé, saltando sobre una pequeña planta y aterrizando ligeramente en el camino de grava de la entrada de la casa. ― ¿Dónde está tu concentración?

Algo burbujeó en mi estómago y me tomó un momento reconocerlo...

Felicidad.

Por primera vez desde que llegué a Chicago –en realidad, por primera vez desde que Edward me dejó hace meses– me sentí feliz.

Me sentí libre.

Reí, corriendo alrededor de la casa hasta el otro lado, con Edward pisándome los talones. Cuando emergí de nuevo al jardín trasero, tropecé ligeramente con una gran piedra y sentí un fuerte brazo rodear mi estómago, levantando mis pies del suelo.

― ¡Edward! ― grité mientras él me giraba. Aún sostenía la medalla a la distancia de un brazo, riendo histéricamente. ― ¡Bájame! ― ordené.

― ¡Dame mi medalla! ― contestó.

El sonido de una garganta aclarándose fuertemente nos llamó la atención. Levanté la vista y vi al padre de Samantha frente a nosotros, con una mirada dura en la cara. Detrás de él, treinta pares de ojos estaban en nosotros, con expresiones que iban de la impresión a la diversión.

Samantha no tenía ninguna de las dos expresiones. En su lugar, ella tenía una mirada cómplice... y, cuando la miré a los ojos, me sonrió descaradamente.

Edward me puso en el suelo apresuradamente, soltándome cuando mantuve el equilibrio y metiendo sus manos en los bolsillos. Me sonrojé, por supuesto, luego golpeé la medalla contra su estómago. Él gruñó silenciosamente, cogiendo la medalla y murmurando una silenciosa disculpa para el Sr. Swenson.

― Creo que es la hora del pastel, ― dijo el padre de Samantha deliberadamente. ― ¿Os importaría uniros a nosotros? ― Extendió el brazo señalando la mesa de refrigerios, y Edward y yo asentimos en silencio, uniéndonos al resto de los invitados. Miré de reojo a Edward y él me devolvió la mirada con un guiño.

Sonreí y me uní al resto del coro de "Feliz Cumpleaños".

- . - . - . - . -

― Realmente no tienes que hacer esto, ― le dije a Edward mientras caminábamos hacia su coche. ― Puedo coger el 'L'.

― No seas ridícula, ― contestó, pasándose una mano por el pelo sin mirarme a los ojos. ― No es problema.

Tom me había abandonado, diciendo que se había ofrecido a ayudar a Samantha a limpiar después de la fiesta. Siendo la casamentera que era, Samantha ofreció a Edward como voluntario para llevarme a casa, ignorando mi dura mirada. Edward dudó brevemente antes de aceptar en voz baja, con un débil color alcanzando sus mejillas. No pude determinar si fue por irritación o aprensión.

Y él me había dicho una vez que yo era difícil de leer.

Edward se puso frente a mí rápidamente, abriendo la puerta del lado de pasajero de su brillante coche rojo. Levanté mi falda y me deslicé en el asiento de cuero negro. Vi como rodeaba el coche, con su chaqueta de traje beige sobre su brazo, la corbata suelta y la camisa ligeramente arrugada por nuestra carrera por el jardín.

Tal vez no tuviera la abrumadora belleza del Edward que había conocido primero, pero aún me quitaba el aliento.

Él subió en el lado del conductor, echando su chaqueta sobre el asiento entre nosotros. El asiento delantero era pequeño, así que su muslo estaba a meros centímetros del mío. La extraña corriente que había entre nosotros se intensificó y sentí la irresistible necesidad de estirar el brazo y acariciarlo.

O tal vez morderlo.

Me sonrojé por el pensamiento y miré a otro lado bruscamente, buscando algo que disipara el incómodo silencio que había caído sobre nosotros.

Edward manipuló palancas y pedales, presionando finalmente un botón con el pie, y el motor del coche arrancó. Con una rápida mirada en el espejo retrovisor, salió a la calle.

Había ido en el coche de Edward antes –la noche que nos había llevado a Tom y a mí a la casa de huéspedes después del cine– pero realmente no me había tomado la oportunidad de examinarlo de cerca en ese momento. Lo miré, maravillándome una vez más al ver la historia de cerca. El coche de Edward era de un brillante rojo, con un suave capó negro y brillantes asientos de cuero. Inhalé. Hmm... aún tenía ese olor a coche nuevo.

― ¿Es un Modelo T? ― le pregunté finalmente.

― ¿Qué? ― respondió Edward distraído. ― Ah, no, ― dijo con una sonrisa indulgente. ― Chevrolet 490.

― Oh. Es muy bonito, ― dije educadamente.

― Gracias, ― contestó.

Vaaaleee... ¿ahora qué? Busqué incómoda un tema de conversación.

― ¿Qué kilometraje tiene?

A los chicos les gustaba hablar de sus coches, ¿verdad? Quiero decir, Jacob hablaba horas sobre ese estúpido Rabbit.

Edward me lanzó una mirada confusa. ― ¿Kilometraje? Oh... diría que unos veinticuatro kilómetros por cada 3 litros.

Asentí.

Silencio.

Edward dio golpecitos con los dedos en el volante y no pude evitar recordar la primera vez que habíamos ido juntos en su Volvo. Casi pude oler su esencia en el aire y escuchar la música rellenando los espacios en nuestra conversación. Inconscientemente, estiré el brazo hacia delante, recordando el reproductor de CD de Edward.

― ¿No tiene stereo? ― pregunté sin pensar.

― ¿Qué es un stereo?

Oh, mierda. ― Umm... quiero decir... ¿una radio?

― ¿Radio? ― Edward me lanzó una mirada confusa. ― ¿Cómo las que usan en los barcos? ¿Por qué habría una radio en mi coche?

― ¿Para escuchar música? ― Me sentí a mí misma hundirme en la piscina de oh-mierda-qué-he-hecho.

― ¿Música? ¿Te refieres a un tocadiscos?

Sí, Edward. Te estoy preguntando porqué no tienes un reproductor de música en tu coche. ¿Parezco idiota?

Bueno, vale. Tal vez lo parecía en ese momento.

― No, no un tocadiscos, ― expliqué, luchando por encontrar una forma de salir de esa conversación. ― Solo era algo que... había oído... supongo que lo entendí mal, ― dije de forma lamentable.

― Huh. Supongo. ― Edward movió una palanca al doblar una esquina.

Un fuerte suspiro escapó de mis labios y miré por la ventana. Vi a Edward a través del reflejo del cristal y le noté mirándome varias veces con ansiedad.

― No intentaba distraerte, ― soltó finalmente, llamando mi atención mientras se pasaba una mano por el pelo. Sin embargo, no me miró a los ojos y sus mejillas se sonrojaron.

Cuando no dije nada, me miró y añadió. ― Cuando te pedí que cenaras conmigo. No intentaba distraerte... bueno, al menos no del todo. ― Sus labios se levantaron en una sonrisa torcida antes de volver a mirar de nuevo al frente.

― Oh, ― contesté, insegura de qué más decir.

― Yo solo... uh... ― Edward tartamudeó un poco. Dios, era tan lindo cuando estaba nervioso. ― Creí que sería agradable para... ummm... conocernos el uno al otro. Por el bien de Samantha.

― Por Samantha, ¿huh? ― pregunté, siguiéndole el juego. Estaba tan acostumbrada a que Edward estuviera seguro de sí mismo... a que estuviera a cargo de cada situación. Yo era la que siempre estaba nerviosa e insegura. Yo era la que nunca se sentía lo suficientemente buena. Tenía que admitir que estaba disfrutando estar un poco más al mismo nivel que Edward.

― Bueno... sí... ― dijo, doblando otra esquina mientras su rodilla se movía ansiosamente. ― Quiero decir, ella se preocupa por nosotros dos... es importante para ella que nosotros... nos llevemos bien.

Decidí sacarle del problema. ― Probablemente sea una buena idea... ― asentí, ― ...por Samantha, ― añadí.

Él sonrió y encogió un hombro. ― Quiero decir, ¿quién sabe? Podríamos ser amigos.

― Cosas más raras han pasado, ― dije irónicamente.

Tras un momento de silencio, él siguió. ― Así que, ¿qué piensas?

― ¿Sobre qué?

― Sobre cenar, alguna vez, ― dijo rápidamente. ― Quiero decir, no tiene porqué ser una cena... podría ser una comida... o una película...

Oh Dios. Otra película no.

― Una cena estaría bien, ― intervine. ― O una comida... cualquiera de las dos.

― Vale. Bien, ― dijo con un firme movimiento de la cabeza. ― Bien. Haremos eso entonces.

― Vale. ― Contuve una sonrisa satisfecha.

De repente Edward soltó una maldición en voz baja y dio un volantazo. El coche se sacudió un poco y me deslicé, cayendo pesadamente contra él. Él gruñó con el impacto y yo me mareé un poco por nuestra proximidad. De alguna manera, nuestra extraña conexión se intensificaba cada vez que nos tocábamos. Y la forma en que caí... inclinándome en su costado a lo largo de su cuerpo, mi mano cayó en su firme muslo para apoyarme. Bueno, solo digamos que realmente se intensificó. Levanté la vista y vi sus ojos verdes a meros milímetros de los míos y se me atascó la respiración. Sus labios se separaron y esperé que se inclinara y me besara.

En su lugar se aclaró la garganta. ― Gato, ― dijo con voz ronca.

― ¿Qué? ― pregunté en un suspiro.

Se removió un poco y volvió a mirar al frente. ― Era un gato. Se ha puesto delante de mí.

― Oh... oh, ― dije, sus palabras finalmente calaron en mi cerebro cegado por la lujuria. Me enderecé y volví a mi lado del coche, quitando mi mano de su muslo como si ardiera. ― Lo siento. ― Forcé una risa. ― ¡Realmente necesitas mejores amortiguadores!

La mirada de confusión estaba de vuelta, y supe que la había jodido otra vez.

¿Qué? ¿Tampoco tenían amortiguadores? Mierda.

Para cambiar de tema rápidamente, dije lo primero que me vino a la mente. ― ¿Crees que podría conducir tu coche alguna vez?

Una fuerte risa escapó de sus labios. ― Ah... lo siento... no lo creo, ― dijo con una sonrisa condescendiente.

Hmmm... Supongo que algunas cosas no habían cambiado.

― ¿Por qué no? ― pregunté a la defensiva. ― Sucede que soy una excelente conductora.

― ¿Conduces? ― La incredulidad era evidente en su cara.

― Sí, conduzco, ― dije, irritada y esperando algún molesto comentario sobre mujeres conductoras.

Los ojos de Edward se entrecerraron. ― Bueno, ― empezó, jugueteando con una palanca en el volante, ― entonces, ¿para qué es esto?

Resoplé. ― ¡No lo sé! El coche en el que aprendí era... diferente. ¡Pero sé conducir!

― Vale, te creo, ― dijo, aunque claramente no lo hacía. ― Esta es la palanca de arranque, por cierto. Se usa para arrancar el coche.

Bajé la vista a sus pies. ― ¿Y luego pulsas ese botón?

Él asintió y, en lugar de tomarme el pelo, pasó los siguientes minutos explicando cómo funcionaban las varias palancas y pedales.

― Vale, lo pillo, ― dije finalmente. ― En realidad no es tan diferente de lo que estoy acostumbrada... las cosas solo están en lugares distintos. ― Le miré intensamente. ― Estoy segura de que podría conducir esto.

Edward rodó los ojos. ― Bella, no vas a conducir mi coche.

― ¿No confías en mí?

― No es una cuestión de confianza, ― insistió. ― Es una cuestión de coordinación y concentración.

― Déjame adivinar, ― bufé, ― las mujeres tampoco están lo suficientemente enfocadas como para conducir.

― Yo no he dicho eso, ― titubeó.

― Oh, pero lo estabas pensando, ― acusé, notando de forma vaga que nos habíamos detenido frente a la casa de huéspedes.

― ¿Cómo sabes lo que estaba pensando? ― preguntó Edward enfadado. Abrió de golpe la puerta del coche, se bajó y fue dando fuertes pisadas hasta la mía para abrirla. Sin embargo, le gané en ello, bajándome del coche antes de que me alcanzara. ― ¿Por qué tienes que convertirlo todo en una discusión? ― Frunció el ceño y se pasó las manos por el pelo, frustrado.

― ¿Por qué tienes que ser tan misógino? ― respondí, levantando la voz.

― ¿Misógino? ¡Yo no soy misógino! ― Fue detrás de mí mientras yo iba hacia las escaleras que daban a la puerta principal. Me agarró del brazo y me dio la vuelta. ― ¡Me gustan bastante las mujeres! ― gritó.

― ¡Cierto! ― le devolví el grito. ― ¡Las mujeres... yo no!

― ¿Tú? ― rugió. ― ¿Crees que no me gustas? Yo... yo... ― Edward miró a su alrededor salvajemente antes de que sus ojos cayeran en mi cara. Sentí su mano apretarse alrededor de mi antebrazo, la otra se extendió para rodear mi cintura, tirando de mí contra él bruscamente. Jadeé, mis manos agarraron su camisa.

― No... sé... no puedo... ― gruñó en voz baja, antes de que sus labios chocaran con los míos.

Oh. Dios. Mío.

Besar a Edward siempre había sido increíble. Un toque de sus fríos y duros labios... la sensación de su helado aliento mezclándose con el mío... y estaba perdida. Me lanzaba literalmente a él, bañada en pasión y lujuria. Él, sin embargo, siempre mantenía un fuerte control. No es que me quejara... mucho. Quiero decir, sus restricciones me mantenían viva, después de todo.

Pero eso... eso era diferente.

Edward estaba completamente fuera de control.

Su mano agarró mi brazo de forma incluso más firme, presionando sus dedos en mi carne. Su otra mano subió para enredarse en mi pelo, inclinando mi cabeza mientras lanzaba su lengua a mi boca.

Y, por primera vez, pude devolver el favor.

La boca de Edward era increíble... cálida y húmeda... con un ligero sabor aún al ponche que habíamos bebido en la fiesta de cumpleaños. Como siempre, mi cuerpo se movió por sí mismo, mis manos rodearon en su cintura bajo su chaqueta, mis uñas arañaron su espalda sobre la camisa. Le escuché gemir mientras nuestras lenguas se enredaban, los dientes rechinaban mientras intentábamos acercarnos incluso más. La mano que tenía en mi brazo fue a mi cintura, apretándome con fuerza contra su cuerpo.

Oh mi.

Aparentemente le gustaba a Edward –al menos a una parte de él... a una parte muy prominente en ese momento. Una parte contra la que me removí sin vergüenza con un gemido bajo.

De repente, se separó. Mi cuerpo lloró la falta de contacto mientras yo daba un paso hacia él inconscientemente, con la vista nublada y los labios separados. Él imitó mi movimiento, apartándose aún, y me quedé congelada mientras nos mirábamos el uno al otro por un momento, respirando pesadamente.

― Edward, yo... ― empecé.

― Yo... ― interrumpió él, dando rápidamente un paso atrás. ― Debería irme. ― Antes de que yo pudiera decir nada más él estaba de vuelta en su coche, marchándose.

No volvió a mirarme.

Lo sabía porque le miré hasta que desapareció de la vista.

- . - . - . - . -

Mientras estaba en la cama esa noche, contemplé mi situación.

Vale, tal vez sonaba un poco del estilo de Jane Austen, pero era realmente lo que estaba haciendo.

Me sentía optimista después de mi pequeña sesión de besos con Edward. Y tuve algo así como una epifanía.

Cuando decidí que iba a salvar a Edward, en realidad no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo. Después de todo, el Edward que conocía era contenido y responsable sobre todo lo demás. No podía imaginar qué podría hacer para alejarle de su familia... de su hogar. Tampoco es que eso me detuviera de intentarlo, pero aún pesaba en mi mente.

Sin embargo, mientras estábamos envueltos en el otro en el porche frente a la casa de huéspedes, había aprendido algo. Parecía que ese Edward era un poco diferente del que conocía... y no estaba hablando solo de sus creencias machistas o su molesto aire de superioridad.

Sucedía que Edward estaba dominado por lo mismo que dominaba a la mayoría de los chicos de dieciséis años.

Sí. Eso.

Y ese hecho me dio esperanza.

Porque sabía de primera mano que los chicos de dieciséis años eran irracionales, agresivos, rebeldes, llenos de hormonas sexuales... e imaginé que podía aprovecharme de eso.

Por supuesto, eso significaba que tendría que... bueno... seducir a Edward.

No mi punto fuerte exactamente.

Pero sabía que si lo conseguía... si podía hacer que esas hormonas adolescentes trabajaran para mí –en lugar de contra mí– podía hacer que Edward hiciera lo que yo quisiera.

¿Ético? Vale, probablemente no.

Pero era mi mejor apuesta.

Lo que me llevaba a una pregunta más grande: ¿Cómo alguien que es básicamente inepto flirteando consigue seducir?

Tendría que trabajar en eso.

Un flash de movimiento me llamó la atención, interrumpiendo mis pensamientos. Encendí la luz, pero no vi nada.

― ¡Bella! ― La voz de Alice, alta y clara, hizo que mirara en la otra dirección.

Jadeé, porque de repente estaba ahí frente a mí, más vívida y real de lo que había parecido nunca. Aún estaba parcialmente en las sombras, la única iluminación venía de la luz de las farolas que se filtraba por la ventana. Pero aún así pude reconocer su expresión de preocupación cuando sus ojos se fijaron en los míos.

― ¿Qué demonios estás haciendo? ― preguntó.

― ¿Alice? ― dije tentativamente, estirando el brazo para tocarla.

Ella extendió su brazo hacia mí, pero mis dedos agarraron el vacío... y con un temblor desapareció, quedando solo una débil esencia a lavanda en el aire.

- . - . - . - . -

Me desperté tarde, después de quedarme finalmente dormida sin haberme recuperado aún de las vívidas visiones con Alice. Pensar que Alice estaba conmigo –incluso si era de alguna forma rara y tenebrosa– me hacía sentir que no estaba completamente sola.

Sin embargo, el hecho de que no sonara muy feliz conmigo era un poco raro.

Me pregunté si Alice podría verme incluso por ese extenso lapso de tiempo... si sabía lo que estaba haciendo. Si era así, parecía que no estaba muy entusiasmada por mis acciones.

El ruido de una puerta de coche golpeando me llevó a la ventana, y aparté la cortina para mirar abajo. Escaneé los vehículos que pasaban y la gente que había en la calle, y me tomó un momento reconocer el familiar coche rojo aparcado en la acera. Una cabeza cobriza, que brillaba con la luz del sol, asomó por el lado del conductor y di un paso atrás, sorprendida.

¿Qué estaba haciendo Edward ahí?

Caminó decidido hacia los escalones, luego se dio la vuelta abruptamente y volvió al coche. Se pasó las manos por su despeinado pelo, murmurando para sí. Pareció tomar una decisión, cerró los puños a sus costados antes de girarse de nuevo y subir los escalones. Le perdí de vista, pero escuché un ruido apagado en la puerta principal.

Un momento más tarde me quedé congelada cuando escuché pasos acercarse a mi puerta, seguidos por un breve golpecito.

― ¿Bella? ― llamó Maggie. ― Tienes visita.

Corrí hasta la puerta, abriéndola de golpe y tirando de Maggie hacia dentro antes de cerrarla de golpe otra vez.

― ¿Qué está haciendo aquí? ― siseé frenética, notando mi reflejo en el espejo de la cómoda y frunciendo el ceño por mi pelo enredado y las marcas de las sábanas en mis mejillas.

― No lo sé... ― Maggie me miró divertida mientras cogía mi cepillo y lo pasaba por los nudos. ― Solo ha preguntado por ti.

― Genial, ― murmuré, lanzando el cepillo a la cómoda y mis manos al aire. ― ¡Estoy hecha un raro desastre!

Maggie me agarró por los hombros y me sacudió suavemente. ― No eres rara, querida. Cálmate, ― ordenó con voz firme. Respiré profundamente y ella siguió. ― Ahora, te sugiero que te vistas, te laves la cara, y luego bajes y hables con tu caballero.

Asentí. ― Vale. Puedo hacer eso. Gracias, Maggie.

― Buena chica. ― Palmeó mi mejilla y luego se volvió a la puerta. ― Oh, y tómate tu tiempo. No hay nada malo en mantenerlos esperando un poco.

Le devolví la sonrisa y mientras ella cerraba la puerta al salir, yo me di la vuelta para vestirme. Fui de puntillas al baño, intentando escuchar la voz de Edward en el piso de abajo, pero solo pude oír una conversación de forma ahogada. Asumí que Maggie le mantenía entretenido.

Tras lavarme los dientes y la cara –frotándome bien las mejillas para quitar las marcas– me recogí el pelo en una coleta baja y me miré en el espejo.

Vale, necesitaba una mirada seductora.

Fruncí los labios y bajé las pestañas. Los ojos medio cerrados era algo sexy, ¿verdad?

Hmm. Más bien parecía que estaba colocada.

Pensé que tal vez debería intentar batir las pestañas. Las moví rápidamente.

Vale eso solo se veía estúpido... como si tuviera algún tipo de extraño tic facial.

Suspiré, mis hombros cayeron. No tenía remedio. Simplemente... no era... sexy.

Tal vez solo necesitaba más práctica. De todas formas, me estaba adelantando. Quiero decir, en realidad el primer paso era hacerse amigos, ¿verdad? Luego podría trabajar en mis habilidades de seducción... o la falta de ellas.

Fui al piso de abajo agarrándome al pasamanos, mi estómago daba vueltas por los nervios. Vi a Edward sentado en una silla roja en la sala de estar, Maggie estaba frente a él en el sofá. Había un servicio de té de plata en la mesilla que estaba entre ellos y había una taza llena frente a Edward, sin tocar. Él me vio al final de las escaleras y se levantó rápidamente, sus dedos daban golpecitos en su muslo nerviosamente.

― Ah, ahí está, ― dijo Maggie, bebiendo de su taza de té y dejándola después en la bandeja. ― Ven querida. Siéntate. He traído una taza para ti. ― Hizo un gesto hacia el sillón y me senté mientras Maggie me ponía una taza de té, añadiendo un terrón de azúcar antes de dármela.

― Gracias, ― dije en voz baja. Me giré a Edward y añadí, ― hola, Edward.

Él pareció darse cuenta de que aún estaba de pie, así que se volvió a sentar mientras contestaba con un movimiento de la cabeza, ― Señorita Swan. ― Se aclaró la garganta y añadió, ― está hermosa hoy.

Sorprendida, le miré un momento con la boca abierta antes de añadir, ― uh, gracias. ― Bebí mi té, mirando a Maggie de reojo.

Jesús. Era tan del estilo de Ana de las Tejas Verdes. Bebiendo té... intercambiando cortesías... sin decir lo que realmente estábamos pensando...

¿Cómo no se volvían locos?

― Bueno, ― dijo Maggie finalmente, rompiendo el silencio. ― Tengo cosas que hacer, así que os dejaré solos. ― Se puso de pie y cogió su taza. ― Edward, encantada de verte de nuevo. Bella, estaré en la cocina si me necesitas. ― Los dos asentimos en su dirección, viendo como dejaba la habitación antes de volvernos al otro. La mirada de Edward cayó mientras respiraba profundamente, cogiendo su taza y volviéndola a dejar un momento después sin tomar un sorbo.

Vale, ya era suficiente. ― Edward, ¿va algo mal?

Su ojos fueron a los míos y se pasó las manos por los muslos, agarrando finalmente en las rodillas con fuerza. ― ¿Mal? Bueno, no exactamente... ― Se sonrojó ligeramente y luego añadió, ― he venido hoy para ofrecerle una disculpa.

― ¿Una disculpa? ¿Para mí? ― pregunté. ― ¿Por qué?

¿Por ser un imbécil? ¿O por calentarme y luego dejarme con las ganas?

― ¿Por qué? ― repitió incrédulo. ― Por... atacarte anoche... por sobarte en la calle... ― Bajó la voz con una mirada furtiva hacia la cocina para asegurarse de que no nos oían. ― ...por abusar de tu persona de forma tan abominable.

Mis labios se retorcieron. ― ¿Abusar de mi persona?

― Fue excesivo... ― siguió Edward, pareciendo perdido en sus pensamientos auto-flagelantes. ― ...deplorable... repensible...

― ¿Has buscado en un thesaurus? ― pregunté secamente.

― ¿Qué? ― Edward pareció darse cuenta finalmente de que yo estaba hablando.

Reí. ― Edward, está bien. No te preocupes por ello.

Él pareció aliviado. ― Realmente lo siento, Bella.

Me encogí de hombros. ― Yo no. ― Tal vez era el momento de darle una oportunidad a toda la cosa del flirteo. ― Me gustó.

Abrió la boca, pero la cerró rápidamente mientras sus ojos se oscurecían. Tal vez era mejor en eso de lo que creía.

Por supuesto, luego me sonrojé, arruinando toda la imagen seductora. Los dos bajamos la vista a nuestras tazas de té.

Edward se aclaró la garganta. ― Me preguntaba si tal vez estabas libre para comer.

― ¿Comer? Claro, sí... comer estaría bien, ― tartamudeé.

― Y había pensado que tal vez después... ¿podríamos ir a patinar? ― preguntó Edward, añadiendo rápidamente, ― quiero decir que hablamos sobre conocernos... tal vez intentar ser amigos...

Amigos. Bien. Paso Uno.

Pero, ¿patinar? En realidad no era una buena idea. Empecé a negarme, pero las palabras se quedaron congeladas en mi garganta cuando vi la mirada esperanzada de Edward. Se veía tan... dulce.

Y, como resultado, me encontré a mí misma diciendo cuatro palabras que nunca creí que dejarían mis labios.

― ¡Patinar suena divertido!

- . - . - . - . -

¿Qué estaba pensando?

Estaba sentada en un banco mirándome dudosa los pies mientras Edward ajustaba las tiras de mis patines.

Yo + Ocho Pequeñas Ruedas = Desastre Seguro

Lo bueno de la tarde hasta el momento era que Edward y yo nos estábamos llevando bien. Me había llevado a un restaurante en Little Italy, pero un vendedor en la calle me llamó la atención y casi estallo de entusiasmo.

― ¡Pizza! ― exclamé, corriendo al carrito. Varios círculos de pan con salsa de tomate y queso estaban en recipientes de cobre, manteniéndose calientes en brasas de carbón. Se me hizo la boca agua al verlo y... Santo Dios... el olor que había dudado volver a oler de nuevo por... bueno... ¿quién sabe cuanto tiempo?

No tenía pepperoni, pero a veces no se está en situación de exigir.

― ¿Quieres? ― el vendedor, un hombre moreno con un bigote rizado y un fuerte acento italiano, se dirigió a mí con una sonrisa. ― ¿Te gusta la pizza?

Asentí furiosamente. ― Me encanta la pizza, ― dije entusiasmada.

Edward se unió a mí, mirando los recipientes con cautela. ― ¿Tarta de tomate? ― preguntó. ― ¿No preferirías ir dentro? Tienen comida excelente... ― Bajó la voz, dándole la espalda al vendedor. ― ...y estoy seguro de que tienen más medidas de sanidad, ― me susurró al oído.

― Oh, pero es pizza, ― dije suplicante. Edward sonrió satisfecho y se volvió al vendedor, comprando dos pequeñas y un par de colas por un puñado de cambio.

Caminamos por Little Italy, mordiendo la pizza –que estaba deliciosa, por cierto– y hablando amigablemente. Me preguntó por mi trabajo en el hospital. Sentía recelo de hablar sobre ello, conociendo lo que pensaba de las mujeres en su lugar de trabajo, pero me apoyó sorprendentemente. Incluso se rió cuando le hablé de las habilidades únicas necesarias para cambiar sábanas mientras la cama está ocupada. Y cuando le hablé de mi trabajo con Carlisle en su investigación, escuchó atentamente, sin señales de juicios en su cara.

Edward me habló de la escuela, las clases que le gustaban, el hecho de que estaba en el equipo de atletismo y sus planes para el futuro.

― Cuando cumpla dieciocho años, iré a Europa, ― dijo firmemente, lamiendo un poco de salsa de su pulgar. ― Mentiría sobre mi edad y me uniría al ejército ahora, pero mataría a mis padres.

― ¿Realmente estás tan ansioso por ir a la guerra? ― pregunté.

― Bueno, nadie está ansioso por ir a la guerra, ― admitió Edward con una sonrisa triste. ― Pero es importante. Lo que está sucediendo allí afecta a todo el mundo. Quiero... necesito ser parte de eso, ― dijo enérgicamente. ― Es mi deber. Se lo debo a mi país.

Absorbí eso un momento. Luego me di cuenta de que si tenía éxito con mi plan para salvar a Edward, tendría que lidiar con su deseo de unirse al ejército. Por supuesto, la guerra habría acabado para el final del año, así que a lo mejor cambiaba de opinión. Eso esperaba. Realmente no me gustaba la idea de que me dejara... de nuevo.

― Si la guerra hubiera terminado, ― dije lentamente, ― ¿qué harías entonces?

Se encogió de hombros. ― No lo sé. Realmente no he pensado mucho en ello. Ir a la universidad, supongo. ― Se metió el último bocado de su pizza en la boca y se limpió los labios con un pañuelo.

Me terminé mi pizza y bebimos nuestras colas, deteniéndonos para escuchar a un organillero en la esquina de la calle. Él sonrió ampliamente y movió su sombrero mientras giraba la manivela, el órgano se balanceó en una larga madera. Aplaudimos cuando terminó y Edward echó una moneda en la taza que había frente al órgano.

― ¿Lista para ir a patinar? ― preguntó volviéndose a mí.

Había esperado que lo hubiera olvidado.

Fuimos a una pista de patinaje que había a unas calles, mi estómago se cerró por los nervios. Estaba segura de que me caería y me rompería algo... sin mencionar que haría el ridículo frente a Edward.

Pero Edward me sorprendió una vez más.

Fue alentador y atento, ayudándome a ponerme de pie... bueno... sobre mis ruedas, y sin soltarme en ningún momento. Envolvió mi brazo en su codo y me llevó por la pista llena de gente.

― Lo estás haciendo bien, ― me tranquilizó. ― Deja de mirarte los pies. Levanta la vista y relájate.

Fácil para él decirlo.

Pero lo intenté. E, inclinándome contra Edward, pude mantenerme recta. Para el final de la tarde, me deslizaba grácilmente a su lado. Bueno, tal vez no grácilmente, pero tampoco con demasiada torpeza. Él apartó mis dedos de su codo, deslizándolos por su brazo hasta que fuimos cogidos de la mano.

― Voy a intentar algo, ― dijo con una amplia sonrisa. ― ¿Confías en mí?

Le devolví la sonrisa. ― Vale.

Giró hasta que estuvo patinando de espaldas y de frente a mí, y cogió mi otra mano. Nos llevó al centro de la pista y yo agarré sus manos con fuerza.

― ¿Lista? ― preguntó con una sonrisa enorme.

Y mi corazón dio un vuelco.

Porque, en ese momento, vi un Edward que no había visto antes.

El Edward que yo conocía estaba congelado en los diecisiete años, pero no era joven. Las atrocidades que había presenciado... y cometido... durante las décadas de su vida le habían cambiado más incluso que el mordisco de Carlisle. La suya era un alma vieja –literal y figurativamente.

Nunca le había visto así: joven... inocente... y sin preocupaciones.

Tiró de nosotros en espiral, haciendo un círculo, la pista y los otros patinadores se convirtieron en un borrón detrás de la cara sonriente de Edward. Cerró los ojos y echó la cabeza atrás, y me encontré a mí misma haciendo lo mismo mientras una risa salía de mi boca.

Eso fue un error. Porque perdí completamente el equilibrio y caímos al suelo en un desastre de extremidades, riendo.

― Lo estábamos haciendo tan bien, ― dijo Edward con la diversión iluminando sus rasgos. Se levantó fácilmente y me ayudó a mí. Caí contra él, agarrándome a sus hombros, y él envolvió sus brazos alrededor de mi cintura para sostenerme. Me miró con su linda sonrisa antes de apartarse y tomarme de la mano de nuevo.

― ¿Estás bien? ― preguntó.

― Bien. ― Sonreí. ― Pero creo que he patinado suficiente por un día.

Tiró de mí hasta un lado de la pista. Colapsé en un banco y él se inclinó para ayudarme a quitarme los patines. ― ¿Qué te parece un poco de helado? ― preguntó mientras dejaba sus patines a un lado.

― Sr. Cullen. ― Sonreí ampliamente. ― Ahora habla mi idioma.


* En el texto original Edward dice "go down", en este contexto se traduce como caer, pero también tiene connotaciones sexuales, refiriéndose a practicar sexo oral


Hola!

Espero que el capítulo haya merecido la pena esperar un día más. Este es uno de mis favoritos en esta historia, demuestra que podemos querer a este Edward cuando no se comporta de forma machista, jejeje.

En mi perfil tenéis la fecha de la próxima actualización además de una foto del coche de Edward y otras relacionadas con la historia. Muchas gracias por vuestros reviews, alertas y favoritos y también a los que solo leeis.

-Bells, :)