Capítulo 10. La genial idea de Urbión.

Cuando Tingle estuvo bien lejos, el sheikan pudo al fin reírse con ganas. Al principio, Zelda le miraba bastante enfadada, pero luego, no pudo evitar reírse con él. En medio de la insondable y permanente oscuridad del bosque perdido, sus risas sonaban a música.

- ¿Qué tal ha quedado el mapa? – preguntó Urbión, tras secarse las lágrimas.

- Bien, míralo. – Zelda lo desenrolló: en efecto, mostraba lugares del bosque. – Es un mapa mágico, fíjate. Esos puntos de aquí, el naranja y el rojo, somos nosotros. Estamos a medio kilómetro de la fortaleza de Shadow. El problema será orientarnos con esta oscuridada...

- Estupendo. – Urbión encontró al fin un árbol con bayas. – Bien, es lo único que he visto... No son venenosas, ya las he comido otras veces. Son muy amargas, y a los niños no les gusta.

Zelda mordió una: tenía razón el sheikan, sabía a rayos. Pero quitaban el hambre. Comieron unas pocas y luego, Urbión comentó.

- Se me ha ocurrido una idea. – escupió el hueso de la última baya. – He pensado que los únicos que pueden conocer este bosque a la perfección, incluso a oscuras... son los Skull-Kid.

- ¿Cómo encontramos a uno? – Zelda seguía sin saber qué era exactamente un skull-kid, pero Urbión se lo aclaró.

- No los encuentras, ellos te encuentran. Los skull-kid son los niños que se han perdido en el bosque, y acaban transformados en estos seres.

- Nosotros también estamos perdidos...

- Pero no de la misma forma que ellos. Estamos perdidos por esta oscuridad. – Urbión reflexionó un momento. – Por lo que sé, a un skull-kid se le puede devolver a su forma original si aciertas su nombre cuando era humano. También se le puede atraer con música.

Ni Zelda ni Urbión tenían nada con que hacer música. La muchacha reconoció que no tenía buen oído, de hecho la habían expulsado del coro de la escuela en Lynn. Urbión conocía algunas canciones del orfanato, pero la mayoría eran un poco verdes.

- Regresemos con Mital y Mitsuita, quizá ellas puedan hacer música. – sugirió Zelda. Entonces, el pendiente volvió a zumbar, tan fuerte que se quedó paralizada. Urbión lo notó.

- ¿Ocurre algo?

- Se acercan problemas. – Zelda se acarició el pendiente: el metal ardía, pero la piedra azul estaba fría y suave. "No es de Shadow de quién me debo cuidar...No"

- Me estás asustando. – Urbión observó que Zelda había puesto los ojos en blanco.

- Calla. Zaeta me está hablando.

La voz de Zelda no parecía la de la muchacha: había sonado muy clara y adulta, sin el más mínimo acento extranjero. Urbión esperó.

- ¿Quién eres tú? – le preguntó Zelda, o mejor dicho, alguien con la boca de Zelda. - ¿Por qué has hecho esto?

- ¿Zaeta? – Urbión sonrió con algo de maldad. – Vaya, tengo a un oráculo aquí mismo.

- Responde... – le exigió la voz.

A cualquier persona en todo el mundo ver aquello le habría provocado un miedo atroz, pero Urbión no se asustó.

- Ya lo sabes, Zaeta... Pero no le dirás nada, no te conviene. Aún no es el momento, habrá que esperar.

Zelda parpadeó.

- Agh... otra vez este maldito pendiente. Ojalá pudiera quitármelo. – Zelda se tocó la oreja y luego apartó la mano. – Regresemos con Mitsuita.

La muchacha dio un paso, pero volvió a detenerse.

- Urbión, la luz de la esfera...

- Ha desaparecido. – el sheikan buscó en medio de la oscuridad. Era cierto, la esfera, que habían tomado como referencia se había apagado. Zelda desenvainó.

- Estarán en problemas, vamos.

- ¿Estás segura de que era por ahí? – Urbión trató de orientarse, pero ni siquiera había algo que diferenciara el camino por donde habían venido. Un movimiento a su derecha advirtió a Zelda del ataque. Interpuso el escudo de madera, justo a tiempo para golpear al ser que se abalanzó sobre ella. Quien fuera, trató de agarrar su cuello, y luego salió corriendo. Zelda sintió que la cadena que llevaba al cuello se rompía.

- ¡Hijo de...¡Ven aquí! –Zelda corrió detrás de la criatura. Urbión también corrió detrás de la muchacha, preocupado. Él sí había visto al ladrón.

En medio de la extraña oscuridad, el sombrero de paja grande y la casaca roja destacaban como lo haría una mota amarilla en medio de un prado. Zelda se jactaba en Lynn de ser una de las corredoras más rápidas del pueblo, pero el ladrón pudo dejarla atrás sin problemas.

- Esto no queda así. – Zelda apuntó con el tirachinas, y lanzó una semilla de luz, de las que le quedaban muy pocas. Le dio de lleno en el centro de la espalda, y el ladrón se derrumbó. Sin vacilar, la labrynnesa se sentó en su espalda y le quitó el medallón, que aún sostenía en sus negras manos. -

Zelda... Eso es un Skull-Kid. – Urbión no podía creerlo. – Yo nunca he sido capaz de alcanzar a uno.

- Pues mira tú que casualidad. Nos hemos quitado dos pájaros de un tiro. – Zelda se levantó un poco.

El Skull-kid no se movía, parecía herido. La muchacha se inclinó para ver si le había hecho mucho daño, cuando el skull-kid le intentó dar un puñetazo en el ojo. Urbión intervino, y le agarró del cuello de la casaca roja antes de que se volviera a escapar.

- ¿Fue este el que te robó el jabalí? – preguntó Zelda, frotándose un poco la nariz.

- No, aquel llevaba una máscara con forma de calavera. – a Urbión no le costaba nada sujetar al ser. El skull- kid era muy bajito y delgado. La piel era totalmente negra, y en vez de ojos tenía dos luces blancas que parpadeaban. A Zelda aquello le recordó a los fantasmas que vio cuando estuvo sola. Ató la cadena y volvió a colocarse el colgante al cuello. Urbión lo miró unos instantes, y la chica le respondió.

- Es un regalo de mi padre. – declaró Zelda, menos expresiva que el Skull-kid. – Ya tenemos al guía.

- ¿Cómo vamos a obligarle a ayudarnos?

- Esta fue tu idea, así que... – Zelda se cruzó de brazos. Estaba un poco resentida por tener que besar a Tingle, así que ahora quería ver al sheikan enfrentándose al skull-kid.

- Um... – Urbión se encaró con él. Durante la conversación, el ser se había removido un poco, intentando pegar una patada a Urbión.

- ¡No pienso ayudaros! – les gritó con voz cavernosa.

-¿Qué te parecería si hacemos un trato? Yo no te doy una paliza, y tú nos ayudas a encontrar el refugio de Shadow. – Urbión había dejado de lado su voz dulce y tranquilizadora, para ponerse algo duro.

- No le hagas daño. – le pidió Zelda. El pendiente zumbó, y la muchacha perdió de vista por un momento a Urbión y al skull-kid. "Mi hijo... se perdió en el bosque"

- Tenías un lunar en la nariz... y eras rubio. – musitó la muchacha volviendo a la realidad. El skull-kid dejó de resistirse.

- ¿Cómo sabes tú...?

Urbión le soltó y el skull kid se quedó de pie sobre el suelo oscuro.

- Sé tu nombre. – Zelda le miró con pena. – Conocí a tu padre en Kakariko, aún te busca.

- ¡Pues dímelo! – el skull-kid se acercó a Zelda, pero Urbión volvió a agarrarle.

- Te lo dirá, si nos ayudas. – Urbión sintió que Zelda negaba. El sheikan asintió. – Es la única forma. Ella te dirá tu nombre, y podrás regresar a tu forma humana, pero antes tienes que ayudarnos a llegar al refugio de Gohan.

Urbión volvió a soltarle, y una vez más elskullkid se quedó muy quieto.

-No... Es el centro de la oscuridad, hay mucha maldad en ese lugar... ¿Para qué queréis ir allí? – era más bajo que la chica, realmente aparentaría tener unos seis o siete años, si no fuera porque era un skull-kid.

- Debemos encontrar ese lugar, para evitar que la oscuridad avance. – Zelda le tendió la mano. – Haré un pacto contigo. Te doy mi palabra de honor de que te diré tu nombre cuando lleguemos a ese lugar.

El skull-kid la miró, evaluando si podía confiar en alguien capaz de disparar por la espalda. Decidió que no le quedaba más remedio. Deseaba dejar de ser un skull-kid, y retornar al hogar que apenas recordaba. Estrechó la mano bronceada de la extranjera.

- De acuerdo. Os ayudaré.

De repente, una manaza enorme cogió a Zelda y a Urbión de sus túnicas y los levantó en el aire.

- ¿Dónde demonios estabais¿Por qué os habéis alejado¿Qué queréis, morir! – debido al enfado, el acento de Mital era más pronunciado.

- Tranquila, Mital. Ya tenemos el mapa, y el guía. – Urbión se soltó con facilidad. Zelda aún colgaba en el aire.

- ¿Y qué más da? Si os hubieran atacado ahora, estaríais perdidos. Shadow se hubiera apoderado del pendiente. – Mital dejó a Zelda en el suelo con enfado. – Y tú, podrías haber aprendido a ser más juiciosa. Llevas encima algo muy valioso.

La guerrera y la niña se miraron, con los labios fruncidos. Al final, Mital comentó que había dejado a Mitsuita demasiado tiempo sola, y regresaron al claro. Para evitar perderse en la oscuridad, la guerrera se había atado un cordel a uno de sus dedos. Mitsuita Chang sostenía el otro extremo.

De esta forma, regresaron al claro. La maga parecía totalmente reestablecida, y con mejor ánimo. Incluso tenía un poco de color en las mejillas. Con el mapa y con el guía, tal y como Urza les había dictado, iniciaron el camino hacia el centro de las sombras.