A/N: Hola mis queridos querubines, y FELIZ DIA DE MUERTOS!, mil gracias por sus comentarios, por esos nuevos follows, y reviwes, no dejo de sorprenderme por la cálida respuesta que ha tenido el fiction, el siguiente capítulo nos muestra una gran tensión por parte de todos, para quienes mueren por ver a Violette, hace su primera aparición en éste capítulo, y la verdad que no quiero adelantarles nada, el Soundtrack recomendado para el siguiente capítulo es I adore you, de Adore Delano, así que disfruten.
9.- El reloj marca las doce.
"La justicia es relativa:
uno puede hacer justicia desde el lado del mal."
Shaka de Virgo.
Castillo de Hades, Alemania.
Estaba caminando por las calles de Rodorio, se las sabía de memoria, cada rincón de aquel lugar guardaba un recuerdo, un momento especifico en su vida que había marcado una primera vez, una sonrisa, risas, lagrimas, batallas… amigos, podía imaginarse perfectamente bien los rostros de todas y cada una de las personas de aquel lugar, el panadero, la florista, la anciana que se sentaba a tejer al píe de su puerta, los niños corriendo con reguiletes y papalotes flotando en el viento, si cerraba muy bien sus ojos podría jurar que los escuchaba, que el bullicio del pueblo estaba presente en su mente, sin embargo el pueblo que en su memoria era siempre un lugar habido y movido… se encontraba desierto, no había gente recorriendo sus bellos callejones empedrados, no había aroma de pan recién salido del horno inundando el viento, no estaba la risa cantarina de la florista, tampoco se escuchaban los gritos molestos de la anciana con los niños por no tener mayor cuidado; se encontraba solo, no sentía la presencia de nadie, en su rostro una mirada de extrañeza, volteando a todos lados intentando entender la situación de aquel momento, parecía un pueblo fantasma y sin vida, sin embargo, el aire se respiraba distinto, con paz infinita, como hacía tiempo no sentía en su corazón, en el momento en que sus ojos se abrieron una vez más viendo aquel paisaje empedrado, con casas elaboradas finamente en adobe y ladrillos, grandes y robustos árboles a su alrededor, brindando colores hermosos y un relieve visual hipnotizante, no puedo evitar ceder ante la tentación de adentrarse en aquel lugar, aunque fuese él solamente quien recorrería sus calles.
Los pasos metálicos de su armadura sonaban en las piedras, sus ojos expectantes bebiendo cada detalle que estaba a su alcance, hasta que un reflejo captó su atención en uno de los vidrios de reojo, cuando su mirada se posó en la armadura que portaba, lagrimas inundaron sus ojos, sus rodillas cedieron sin querer dejándolo caer al piso; era la armadura dorada de Aries, hermosa, portentosa, justo como su memoria la guardaba, su capa blanca en forma de abanico detrás de él, su melena cubriendo su rostro. Se permitió un momento de vulnerabilidad, derramando lagrimas amargas por las tretas de la vida y el destino, tratando de entender ¿en qué momento había sido trasladado a aquel tiempo y lugar?, se levantó sacudiendo sus manos un poco, mirando a su alrededor, al cielo completamente despejado; sabía perfectamente bien que sí seguía caminando por aquel camino llegaría a la fuente de la calle principal que gracias al silencio de aquel lugar desierto alcanzaba a escuchar a la perfección, caminaba inseguro, sin poderse creer que estaba en aquel lugar después de tantos años, disfrutando de aquella momentánea ilusión. De pronto un ruido captó su atención, detrás de él la risa de un niño, parecida a la de un fantasma se escuchó, y como si de un espejismo se tratase vio al pequeño hijo de la florista correr con un papalote; parpadeo un par de veces pensando que había sido una ilusión, sin embargo el niño seguía corriendo, volteando levemente le grito "ven", haciendo ademanes con sus pequeñas manos, sin dudarlo emprendió camino, pero no importaba que tan rápido fuesen sus piernas, el pequeño siempre estaba dos pasos al frente que él, inalcanzable de cierta manera.
Cuando llegó a la plaza principal de Rodorio, se paró en seco, toda la gente que recordaba estaba ahí, ocupados en sus propios asuntos, brindándole esa vida que hacía de aquel pueblo uno de sus lugares preferidos, sintiendo una presencia a su lado volteó un poco a la izquierda, Yuzuriha, con una sonrisa verdaderamente hermosa pintada en su rostro, sintiendo un golpe en las entrañas por la presencia de la joven que en algún momento amó, pasó sus ojos desesperados en todo el lugar, Manigoldo estaba discutiendo otra vez con sus aprendices, les reprendía por comer tantos dulces, Sísifo platicaba amenamente con El Cid, que mostraba su porte marcial característico, los pobladores reverenciaban de vez en cuando a los caballeros en señal de respeto, Kardia estaba tomando una bebida fría, Degel leía un libro junto a él, con esa pose característica y aristocrática en él, Aldebarán acompañado del joven Régulus llevaban bolsas grandes de provisiones que seguramente eran para los niños que protegía el caballero de Tauro; sus manos estaban temblando, su corazón acelerado, sus ojos abiertos como platos mientras intentaba no hiperventilar, quería hablar pero no podía, las palabras no salían de su boca, estaba congelado en su sitio, Aspros salía de la panadería comiendo una madalena fresca, mientras que Albafica hacía su ronda habitual por el pueblo, Asmita platicaba con unos pequeños niños a las afueras del templo…. Esto era imposible, movido por su necesidad comenzó a moverse sin ser consiente de aquello, pasó por aquel lugar que le recordaba tanto a su amigo, detrás de aquel callejón empedrado sería la primera batalla que él y Dohko compartirían en sus vidas. Dos niños ilusos que iban con la intensidad de sus emociones y el corazón en la mano; una sonrisa se dibujó en su rostro momentáneamente, recordando lo efímero de aquel momento.
Conforme se iba adentrando más en el pueblo la gente comenzaba a aparecerse a su alrededor, de pronto las tiendas se llenaban como por arte de magia, todo era como debería de ser, comenzó a correr de manera desesperada, intentando llegar lo más pronto posible a aquel lugar; porque sabía que ahí lo encontraría, tenía que estar ahí, tenía que estar en aquel callejón, siempre que alguno de los dos quería pensar se retiraba a aquel callejón para meditar sus acciones. Y justo como lo había pensado, se paró en seco al verle ahí sentado con su armadura puesta y esa sonrisa ladina en su rostro, Dohko.
Su amigo al mirarlo se levantó del lugar en pose de batalla, dedicándole una mirada de odio puro, se semblante cambiando en cuestión de segundos, la más grandes de las traiciones reflejada en su rostro, se le veía temblar visiblemente, mientras elevaba poco a poco su cosmos. Shion no entendía nada, pero si se habían rencontrado después de tanto tiempo, ¿porqué atacarlo ahora?, se llevó las manos al rostro porque estaba sudando frío, no quería enfrentar a su amigo, eran demasiado iguales en poder, cuando miró sus manos estaban envueltas por guantes negros como la noche… ya no mostraban aquel destello dorado de antes sino la oscuridad infinita.
-Nos traicionaste—soltó Dohko en un rugido, preparando su técnica más poderosa.
-No Dohko, tu no entiendes, déjame explicarte—la voz de Shion se quebraba, intentando por todos los medios parar aquel enfrentamiento innecesario.
-¡NO HAY MAS EXPLICACIONES QUE DAR, SHION! ¡Vendiste tu alma al Dios del inframundo, y por eso debo darte muerte! –no habría manera de calmarlo, lo sabía, y tampoco pretendía defenderse, por que, hasta cierto punto lo que decía era cierto. Sus ojos se cruzaron una última vez, lágrimas en ambos, mientras el caballero de Aries esperaba su sentencia—MUERE, SHION—
Se levantó de golpe de su cama, intentando acompasar su respiración poco a poco, mientras parpadeaba rápidamente, sudor frío recorría su cuerpo, mientras lagrimas involuntarias brotaban de sus ojos, en la cama al otro lado de la habitación Saga lo observaba cuidadosamente, intentando no alterarlo en un momento así.
-¿Todo bien? —la voz profunda del gemelo lo sacó de su estupor mental.
-Solo fue una pesadilla—dijo el Ariano, intentando quitarle importancia, mientras su pecho desnudo mostraba su tez aperlada por lo que aquel sueño le había provocado.
Cuando Shion fijó su vista en el gemelo pudo percibir que el caballero de géminis se encontraba de igual forma o peor, al parecer había roto sin querer el vaso de vidrio que estaba al lado de su cama, su mano sangraba y la herida parecía profunda.
-¿Y tú, estás bien? –preguntó a su compañero de cuarto mientras seguía intentando acompasar su respiración, en la habitación de al lado escucharon el ruido de un golpe en la pared, por lo que se levantaron inmediatamente a revisar que sucedía.
Entraron en el cuarto ambos sin mayor preámbulo, al abrir la puerta detectaron el escritorio partido por la mitad, con un corte exacto y definido, la temperatura estaba algunos grados abajo, ambos caballeros intentando calmar su respiración, parpadeando varias veces, como intentando desnublar su vista de alguna ensoñación.
Camus respiraba con dificultad, estaba sentado en su cama, sus codos en sus rodillas, hecho un ovillo, pasando sus manos por su melena, mientras se negaba a dejar caer las lágrimas que se agalopaban en sus ojos a base de puro orgullo. Shura por otro lado, estaba recargado contra la pared, sentado en el suelo, con ambas piernas extendidas y una respiración un poco menos trabajosa, al parecer ya había logrado controlarse, dirigió su vista al par que acababa de entrar en el lugar.
-¿Qué sucede? –preguntó Saga, temiendo la respuesta, sabía perfectamente que aquel sueño no había sido normal, conocía las técnicas mentales, él mismo siendo ejecutor de una.
-Una pesadilla—la voz fría de Camus se escuchó lejana, como si aquellas memorias siguieran plagando su mente, la expresión de Milo y Hyoga aun claras en su mente.
De pronto, como si de dardos se tratará unas rosas atravesaron la pared izquierda, ahora Saga estaba seguro de sus sospechas, les estaban jugando un truco, los estaban probando. La principal interrogante era saber ¿Quién carajos tenía la capacidad de controlar el sueño de seis caballeros dorados a la vez? Saga no esperaba que Shion vociferará la respuesta de esa manera sin siquiera tener que hacer la pregunta.
-Hypnos—los puños de su compañero se cerraban involuntariamente temblando con el margen de rencor que solamente 243 años podían provocar.
La puerta se abrió dejando entrar a un Mascara de la Muerte muy descompuesto, que estaba siendo apoyado por Afrodita, que se encontraba en mejores condiciones que el caballero de cáncer.
-Quieres decir… no me querrás decir que Hypnos tuvo la capacidad de entrar así de fácil en nuestras mentes, ¿o sí? —la voz de Saga se escuchó en las mentes de todos mientras abrían los ojos como platos ante aquella posibilidad.
Los labios de Shion en un rictus severo, mientras sus ojos lo miraban y simplemente asentía con su cabeza, los otros santos presentes simplemente tensaron sus espaldas, mientras no podían creer aquello, ¿a tanto llegaba el poder del dios del sueño?, imposible, y ni siquiera conocían el diez por ciento de éste.
…..
Salón del Trono, Castillo de Hades, Alemania.
Los jueces del infierno contemplaban impotentes el rictus de preocupación en el heraldo del inframundo. Caminaba de manera pausada mientras intentaba calmarse un poco. Los planes no estaban conforme a lo previsto, jamás contaron que el rosario elaborado por el antiguo caballero de Virgo hubiese sobrevivido a la anterior guerra Santa… los espectros morirían en batalla si se enfrentaban contra la orden de los dorados, sobre todo si Athena activaba el sello de su cosmos, las ordenes de los Dioses Gemelos eran claras no debían enviar emisarios a las doce casas, si los enviaban deberían de estar conscientes de que representarían bajas importantes en sus flancos, por lo que dejarían esa tarea a los caballeros resucitados.
Patrañas
Sin embargo, tomar aquella decisión era sumamente arriesgado, es decir, enviar solamente a los caballeros al Santuario sin ningún tipo de vigilancia, era equivalente a ponerse la soga al cuello y Radamanthys lo sabía, era por eso que estaba tan molesto con su amada en ese momento.
-Ésta decidido—soltó la voz de la joven, mientras su mirada se encontraba con la de sus tres leales jueces.
-Mi señora, quizás sería bueno que repensáramos—trato de razonar Ayacos, sin embargo, la expresión de ella lo decía todo, estaba determinada y así serían las cosas, no habría vuelta de hoja, la única manera de darle la victoria a su señor Hades era hacer que el santuario fuese destruido desde dentro.
-No estoy pidiendo su opinión Ayacos—dijo sedosamente adquiriendo un tono peligrosamente conocido en su voz—se hará como lo estoy ordenando—dijo con firmeza intentando no mostrar su preocupación interna.
Los tres jueces hicieron una reverencia más profunda, mientras que sus hermanos comenzaban a retirarse del lugar, Radamanthys se quedó, esperando a que cerraran la puerta, mirándola desaprobatoriamente.
-No puedes hacer esto mi amor—intentó razonar—eres mejor estratega que esto, enviar a los caballeros solos al santuario no puede ser una opción—su voz saliendo un poco más golpeada de lo que pretendía.
Dio unos pasos al frente, mientras la mirada altanera del heraldo no se hacía esperar, jamás se retiraba de un desafío, y este era uno directo contra su buen juicio y autoridad, quizás si lograba que se calmará un poco la escucharía, y sabría cuál era su plan. Al ver la compostura de Pandora frente a él, no pudo evitar bufar un poco emitiendo un sonido de frustración; no podía estar hablando en serio.
La tomó por los hombros zarandeándola un poco, como para intentar hacerla reaccionar, mientras mostraba sus dientes en un gesto feroz, una mezcla de desesperación y molestia en su mirada, una sonrisa sarcástica era lo único que lo saludaba.
-¡Eres insufrible!—soltó Radamanthys en un grito que llamó la atención de aquellos espectros que pasaban fuera del despacho. En la puerta del lugar montando guardia estaba Zeros, que se regodeaba en la pelea que los amantes estaban teniendo, ellos, ajenos al espía de su conversación.
-Y tú eres un intransigente—dijo con esa voz calmada que la caracterizaba, lo seguía con la mirada, caminaba frente a ella como bestia enjaulada, mientras la flasheaba con una mirada endemoniada. Esta mujer era capaz de sacar lo peor de él en tan solo segundos, necesitaba controlarse, de lo contrario sería capaz de algo que se arrepentiría.
-Caprichosa, ¿no entiendes lo que está en juego aquí?, ¿lo que podemos perder?—bufó exasperado el Wyvern, mientras que detrás de la puerta Zeros, observaba por la rendija con su ojo saltón, una sonrisa de triunfo en su mirada, mientras los veía discutir acaloradamente.
-Yo, más que nadie sabe lo que está en juego Radamanthys—soltó Pandora, mientras lo detenía con su mano, haciendo que volteara a verla a la cara, el juez estaba exasperado y cegado por sus malditos celos infundados, sin embargo, era parte de su naturaleza, y lo sabía, por lo que no podía hacer otra cosa sino calmarlo.
-Mi amor—soltó el juez, mientras la abrazaba pegándola completamente contra su cuerpo, llevando una de sus manos para acunar su barbilla delicada y afilada; los ojos de ambos encontrándose, mientras Radamanthys veía el dejo de lágrimas en los ojos de Pandora, pero que estúpido había sido, ni siquiera se había dado cuenta del daño que estaba causando, besó su frente, sus ojos, sus labios, mientras con sus manos limpiaba las lágrimas que corrían libremente ahora frente a él. Al otro lado de la puerta Zeros hervía en cólera al mirar todo aquello, se besaban como si la vida se les fuera en ello—perdóname—volvió a besarla, profundamente mientras ella correspondía con el mismo desespero y necesidad, aferrándose a sus hombros—por favor, perdóname, mi amor—
-Radamanthys, no es mi única opción, pero necesito que crean que así será, te voy a confiar esto solamente a ti, porque jamás dudaría de tu fidelidad—dijo con voz queda mientras lo miraba a los ojos.
El juez se levantó una ceja sorprendido, separándose un poco de su amada, mientras buscaba un rastro de duda en su rostro, ella jamás actuaba de esa manera, tomó las manos de Pandora en las suyas, estaba dispuesta a violar una orden directa de los dioses gemelos, esto era nuevo, eso podría significar su muerte, la de ambos, sin embargo, de cumplir el mandato podría significar perder la guerra, era necesario enviar emisarios; ambos lo sabían.
-Dígame mi señora—soltó el juez, mientras besaba sus nudillos y la miraba a los ojos, había preocupación en esos orbes violetas, la misma que se reflejaba en los suyos, sin embargo, ambos estaban determinados a ganar a como diera lugar.
-Podemos morir por esto Radamanthys—tomó sus fuertes manos, las llevó a sus labios, besando el interior de su palma con sus delicados labios, mientras ambos entendían las consecuencias de la decisión que estaban a punto de tomar.
-No permitiría que nada te tocara—dijo él quedamente mientras besaba su frente, y colocaba ambos brazos en su cintura rodeándola en un abrazo reconfortante, asumiendo lo que estaba a punto de suceder.
-Enviaras a la falange de tu ejército para seguir a los caballeros, tenemos que asegurarnos de que se cumpla la voluntad de mi señor Hades—dijo Pandora mientras daba esa orden que de alguna manera sabía que podría condenarlos a ambos.
El juez inmediatamente se hincó recibiendo marcialmente las direcciones que se le habían dado, mientras veía como Pandora se mordía el labio en gesto de preocupación.
-Todo saldrá bien mi amor—le dijo el juez con tranquilidad, mientras intentaba no pensar en la ira de los dioses gemelos al saberse desobedecidos. La Guerra Santa estaba por iniciar.
Detrás de la puerta Zeros abría los ojos como platos, sorprendido por lo que acababa de escuchar, una violación a una orden directa de los dioses gemelos…insubordinación.
…..
Saga no podía creer lo que estaba sucediendo, ser invadidos de esa manera y con tal sutileza, ¿habría averiguado alguna información?, ¿los habrían puesto a prueba?, cada una de las preguntas que se agalopaban en su mente eran compartidas por sus compañeros, que seguían pasmados por la idea de saber que en cualquier momento podrían ser presas del Dios una vez más, simplemente tendrían que hacer algo tan inocente como dormir para una vez más estar en sus garras.
-Mierda—bufó Mascara Mortal mientras observaba a todos.
-Necesito tomar un poco de aire—dijo Afrodita, que salió de la habitación para caminar por el pasillo, en ese momento de la noche estaba sin iluminación, únicamente la que proveía la Luna en la bóveda celeste filtrándose por las ventanas abiertas, conformé emprendía su camino y pensaba lo acontecido escuchó unos pasos acercarse delante de él.
Cuando pudo divisar de quién se trataba ya era muy tarde porque lo tenían acorralado contra la pared, si algo tenía que reconocerle a Minos es que definitivamente era veloz, en menos de un parpadeo lo tenía inmovilizado sosteniendo sus brazos con fuerza feroz, sin embargo, el caballero ni siquiera se inmutó, simplemente levantó una ceja mirándolo desafiante.
-Pica-bu, te veo—dijo el albino de manera criptica mientras lo sostenía de aquella manera, sonriéndole caninamente—cuanto tiempo sin verte Florecita—dijo sarcásticamente mientras su otra mano comenzaba a subir lentamente por un costado de su cuerpo para posarse en su cuello.
-¿Te dejaron caer de cabeza cuando eras bebé? —bufo exasperado el peliceleste; mientras intentaba liberarse—¿Cuál es tu jodido problema? —
La mano del juez comenzaba a apretarse, estaba justamente en la tráquea, impidiendo de a poco el paso del oxígeno, no lo suficiente para ahogarlo… aún, los ojos de Minos estaban como perdidos, simplemente disfrutando del espectáculo que representaba la piel del caballero amoratándose entre sus manos, admiró un poco sus facciones, que comenzaban a contorsionarse por la falta de oxígeno a pesar de estar afectadas por su ceño fruncido eran hermosas; definitivamente sería la joya de la corona… lo que completaría su colección, podía imaginarlo danzando al compás de sus hilos. Estaba tan perdido en su ensoñación que jamás se vio venir ese golpe de parte de Afrodita, sus piernas golpearon sus espinillas, soltó sus manos rápidamente del agarre en el cual lo mantenía, para después colocarlas en sus hombros, y darle tremendo cabezazo; el alarido de dolor por parte del Grifo no se hizo esperar, mientras sangre comenzaba a escurrirle de la frente a al caballero de Piscis, y el juez escupía un poco de sangre de su boca.
-Aléjate de mí—le advirtió el caballero, mientras seguía con su camino, definitivamente necesitaba un Whisky después de aquello, quizás asaltaría la reserva especial de Radamanthys, solamente por el mero gusto.
Minos se quedó tumbado en el suelo viéndolo partir, mientras sonreía de lado y lamía la sangre de sus labios, degustando el sabor férreo en su lengua, emitiendo una pequeña risita, mientras sacudía un poco la cabeza para aligerar el golpe que había recibido.
-¿Quién lo diría florecita? —dijo en voz alta, mientras la puerta de Ayacos se abría por completo, volteando la vista al suelo inmediatamente, para ver a Minos ahí tirado.
-¿Qué haces en el piso? —soltó el menor de los jueces, recargándose en la puerta, su torso estaba desnudo, llevando únicamente unos pantalones de pijama, empinándose una copa de vino lo observaba con una sonrisa de picardía.
-Caí—dijo el juez secamente mientras se levantaba. Ayacos emitía una pequeña risita, mientras lo observaba irónicamente.
-¿Te caíste o te callaron a golpes? –soltó con esa voz cargada de sarcasmo que solamente él sabía impregnar en las palabras.
El Grifo orgulloso y ególatra como era, simplemente no emitió ningún comentario, se levantó para emprender camino a sus aposentos, dejando a Garuda con sus cavilaciones mentales.
El joven pelinegro entró una vez más a sus aposentos, para sentarse en el sofá y mirar hacía la ventana, se sirvió otra copa de vino, degustando su sabor frutal y con un toque de cedro, no sabía a ciencia cierta cuál era la maldita obsesión que Minos tenía con el caballero de piscis, pero estaba seguro que tenía que ver con su derrota en la anterior guerra santa.
Unos pasos se escucharon detrás de él sacándolo de sus cavilaciones mentales, sin embargo, Ayacos conocía perfectamente bien ese cosmos, incluso dormido podría detectarlo.
-Violette de Behemot, reportándose mi señor—la voz de esa mujer siempre había tenido la capacidad de calmarlo en los momentos más inesperados, aún recordaba los duros entrenamientos a los que la había sometido, las torturas que había soportado la chica por obtener su Sapuri.
-Ah Violette—tomó otro sorbo del vino, sintiendo como su erección comenzaba a tomar lugar, podrían pasar mil años y la seguiría deseando como un maldito toro en celo, era impresionante lo que esa mujer a diferencia de las otras provocaba en su persona. Sin embargo, no se permitía sucumbir ante aquellas bajezas, la consideraba su igual, y por ende la respetaba—¿Hiciste lo que te pedí Violette? —preguntó con voz sedosa, levantándose cadenciosamente de aquel sofá, mientras caminaba con copa de vino en mano, y la observaba hincada frente a él. Como adoraba verla en aquella posición sumisa y obediente, Ayacos tenía problemas con el control, y la cuestión sexual no era la excepción, verla hincada de esa manera traía imágenes a su cabeza que le taladraban constantemente el cerebro cuando la tenía presente.
La joven se puso en píe al instante, a pesar de ser una mujer alta, el juez le sacaba diez centímetros de estatura, y no podía evitar sonrojarse al verlo de esa manera tan… natural, era como observar a un depredador en su hábitat, completamente cómodo con su piel, su manera de caminar, su manera de hablar en susurros, parecido a una serpiente, o a una cobra, igual de hipnotizante con su mirada fija sobre ella. La joven trató de aclarar un poco sus pensamientos sacudiendo su cabeza.
-Si…si mi señor, ésta hecho, y todo tranquilo en Giudecca—reportó la joven mientras observaba al juez servirse otra copa de vino, por un momento se dio el gusto de desviar su mirada por su espalda portentosa, enmarcada por su melena negra larga hasta la cintura, sus fuertes piernas, hombros enmarcados y brazos definidos.
Cuando Ayacos volteó, la sorprendió mirando por lo que pudo detectar un leve sonrojo en las mejillas de la joven frente a él, una sonrisita se pintó en su rostro; parecía que el gusto era mutuo, venía vestida con su ropa de civil, una gabardina negra abierta, y esos malditos pantalones ceñidos que enmarcaban perfectamente bien sus esculturales piernas, la curva de su cadera, esa blusa que mostraba levemente el relieve de sus senos… se tomó la copa de vino de un solo trago, intentando negarse a si mismo lo que su cuerpo pedía a gritos. Elevó su brazo izquierdo para masajear un poco el espacio entre su cuello y su hombro.
-¿Siente dolor mi señor? —de pronto la voz del espectro de Behemot se había hecho muy tenue y sutil, como si tuviese vergüenza de preguntar.
-Un poco, pero no es nada de importancia, ya estoy acostumbrado a él—dijo tratando de restar un poco la tensión que se sentía en su habitación.
-Yo… yo podría… hacerlo, sentir… mejor—dijo la joven mientras se sostenía las manos de manera avergonzada frente a su señor. Ayacos abrió los ojos como platos, mientras intentaba aclarar las palabras de la joven en su cabeza, porque la conocía y sabía perfectamente bien que no era por el rumbo que su mente le estaba llevándolo.
-¿Cómo harías eso? —su voz salió una octava más enronquecida sin querer.
-Un masaje—la voz de ella cada vez se iba haciendo un poco más pequeña, mientras observaba delicadamente al objeto de su adoración.
-No es necesario Violette—en las facciones de su aprendiz era obvia la decepción, pero no podía permitirse el tenerla tan cerca, era demasiada la tentación, el deseo que lo consumía; como para permitirse tenerla tan cerca y de esa manera tan íntima, el simple hecho de pensar en sus manos recorriendo su espalda provocaron la reacción natural de que toda su sangre viajara hacía el sur provocándole una erección incomoda, agradecía a los dioses del averno que su habitación estuviese a oscuras porque le ayudaban a cubrir su incomodidad.
-Lo siento mi señor no quise sobrepasar el límite—soltó la joven nerviosamente mientras lo miraba, y se mordía el labio en un gesto involuntario, provocando una llama insospechable para ella, Garuda volteó los ojos hacía otro lugar, intentando desenfocar su rostro.
-No te preocupes, no has sobrepasado nada, sabes que te confiaría mi vida—dijo con esa voz en él tan característica y carente de emoción alguna.
-Lo siento—la joven, se compungió un poco mientras se reprendía internamente por su reacción tan obvia ante el juez—Lo siento mi señor no volveré a dudar, creó que acabo de disculparme por haberme disculpado, oh dioses no puedo parar—la palabrería nerviosa de ella salía a raudales, mientras Ayacos la observaba en una pose relajada, sus brazos cruzados y un brillo extraño en su mirada imperceptible en ese momento, entonces sucedió algo que jamás, en todos los siglos de servicio que tenía a las órdenes de Garuda, había sucedido, le sonrió, muy escondida y en la comisura de sus labios, pero estaba ahí la sonrisa, pintando el rostro de su señor. Las manos de Violette seguían haciendo aquel remolino entre ellas, robándole la tranquilidad al pelinegro frente a ella, que la tomó de las manos para detener aquel movimiento involuntario.
Violette miró a su señor tan cerca de ella, y sintió una corriente electrice subir por su cuerpo, recorrerla de punta a punta, de una manera impresionante, provocando que el sonrojo en la joven se hiciera más pronunciado. Ayacos la miraba con una expresión de asombro y algo más que Violette no sabía identificar, el tatuaje de su pecho a la vista, mostraba la bestia que le daba forma a la armadura del juez, los ojos de la joven se perdieron un poco en lo que tenía frente a ella, maravillada por la obra de arte que el dibujo en su pecho representaba.
Sin saberlo, o poderlo admitir, Garuda disfrutaba de su palabrería nerviosa, inclusive y posiblemente la encontraba tier…la puerta se abrió de par en par dejando entrar a sus dos hermanos, y haciéndolos pegar un pequeño brinquito, por lo cual ambos se pararon en el acto, ambos con expresiones igual de sorprendidas en sus rostros, mientras observaban la escena frente a ellos.
Ayacos, sujetaba de sus manos a Violette, la joven estaba sonrojada, su hermano estaba semi vestido únicamente con un pantalón de seda negra, estaban muy cerca el uno del otro, y Minos incluso pudo notar la erección en el pantalón de su hermano, tratando de no emitir una carcajada en aquel momento se volteó para darles un poco de "privacidad", mientras que la espectro se ponía cada vez más colorada.
-Bueno señor no dude en llamarme para cualquier cosa que necesite—ambos hermanos abrieron los ojos como platos, Minos incluso volteándose para mirarlo de forma inquisitiva, mientras que Radamanthys, al conocer mejor al más pequeño adquiría en su rostro una mirada de comprensión.
Violette de Behemot se retiró del lugar reverenciando a los tres jueces, cerrando la puerta tras de ella.
-No es lo que están pensando—escupió Ayacos nerviosamente, mientras se pasaba una mano por su melena negra, alborotándola más.
-¿Ah si, entonces qué fue eso? —dijo Minos con una vocecita altanera; poniendo más nervioso a Garuda, como explicarles que simple y sencillamente ella no iba a ser mancillada como las demás de su lista, que no podía quebrantarla de aquella manera y que simplemente estaba inseguro del cumulo de "cosas" que le pasaban en su interior cuando ella estaba cerca… se vería sumamente estúpido.
-Simplemente se estaba reportando de una misión—mintió, mientras se servía una copa más de vino, y se agachaba a inhalar con sus fosas nasales un polvo entre amarillo y rosa.
-Y supongo que por eso le estabas tomando las manos, ¿verdad?, para agradecerle un buen trabajo—dijo Radamanthys con rostro sardónico.
-No tienen ningún puto derecho a juzgarme, ninguno de los dos—los señalo, mientras se pasaba la otra mano por la nariz para quitar los restos del nepente que acababa de inhalar—tu mi querido hermano—señaló a Minos—tienes una obsesión malsana con el caballero de Piscis, y ya no estoy seguro si quieres jodertelo o matarlo—a lo cual Radamanthys volteó a ver al mayor con un rostro indescifrable—Pero tú tampoco te salvas Radamanthys—gritó Ayacos enfurecido, azotando la copa contra la pared, el rubio simplemente pintó una sonrisa en su rostro, mientras salía de la habitación, entendiendo que no era el momento de estar con sus hermanos.
-Claro que no me salvo Ayacos, ninguno de nosotros; no importa lo torcidas de nuestras almas, y las atrocidades que hayamos cometido, nadie se salva de sentir, no importa que tan gruesa sea nuestra piel—dicho eso los dejo solos para sus cavilaciones mentales.
Emprendiendo camino para sus aposentos, no sin antes observar que los caballeros estaban reunidos en una sola habitación. Afiló su oído para poder escuchar la conversación, pero ninguna palabra mediaba entre ellos, simplemente estaban meditabundos. Se acercó lentamente a la puerta de la habitación colocando esa sonrisa irónica en sus facciones, observando cómo se tensaban inmediatamente con su presencia.
-No sabía que disfrutaran de las pijamadas—dijo con voz irónica, sintiendo la presencia de Minos a su espalda, observando la misma escena. Fue Afrodita quien le contestó.
-Las amamos, estamos a punto de trenzar nuestras cabelleras—dio unos brinquitos poco característicos en él— ¿quieres pasar? —su voz impregnada de sarcasmo, mirándolo con obvio recelo.
-Es esa una invitación Florecita—soltó la voz de Minos, que lo miraba con una sonrisa pícara dibujada en sus facciones.
Les cerró la puerta en la cara, logrando hacer enfurecer al Wyvern, quien en una demostración de poder tiró la puerta con una patada y rápidamente tomó a Afrodita por el cuello, colocando en alerta a los demás caballeros, estrellándolo contra la pared, sosteniéndolo con una sola mano, y a diferencia de su hermano, no haciendo esperar la presencia de su fuerza. Los santos en posición de ataque, fue Saga quien se abalanzó contra el juez, que volteó rápidamente atestándole tremenda patada en el estómago, sometiéndolo únicamente con una pequeña explosión de su cosmos.
-¿Es eso verdaderamente necesario, Radamanthys? —una voz sedosa y calmada preguntó detrás de él, Hypnos se hacía presente con todo su cosmos, mientras colocaba esa sonrisa afable en su rostro, mirando la escena, como un adulto que ve reñir a unos niños.
-Acompáñenme jueces, hay cosas que tenemos que dialogar—soltó el dios del sueño, mientras sonreía a los caballeros y movía un poco su cabeza en su dirección a manera de reconocimiento.
Mientras el caballero de géminis, se quedaba rabiando contra el Wyvern, habían tentado demasiado su suerte, lo sabían, pero esa demostración de poder había sido inédita, creían tener perfectamente medidos a los jueces y resultaba ser que no era así. Pero si habían sido capaces de logros y milagros impresionantes, lo volverían a hacer posible, volverían a hacer que pasara.
