«¿Qué hace a este esclavo tan valiente como
para entrar en mis aposentos? Dime, Esclavo,
¿estás loco o es que tienes deseos de morir?».
Darth Skotia, The Old Republic

10. Desafío

Nada más salir del cuarto en el que estaban encerrados, el hermano de Krassk el trandoshano volvió a ponerles unas esposas, uno a uno, conforme salían. Krenia dio un grito cuando, al ver como Groliax hacía un amago de escaparse del reptil, éste le golpeaba con la culata del rifle sin ningún miramiento.

— Quieto, escoria Jedi —siseó—. Vuelve a hacer eso otra vez y te golpearé con el otro lado del rifle.

Por toda respuesta, Groliax gimió.

— Y tú como vuelvas a gritar —Krenia dio un respingo al ver que se dirigía a ella— te vuelo la cabeza.

Krenia Krynda palideció, sus lekku se tensaron y se quedó helada en el sitio.

— ¡Muévete! —le espetó el trandoshano. Al obedecer poco después, cuando volvió en sí, el trandoshano resopló—. Cabeza-colas tenías que ser…

Por un momento, Krenia olvidó el miedo. Miró al trandoshano muy enfadada, con los ojos entornados, pero éste no se dio cuenta porque en ese momento le estaba gruñendo a Sashoan Haba, por el simple hecho de estar temblando.

— No hagas nada —le susurró Leesan Krim—. Tú tampoco, Groliax.

Krenia apartó la mirada, pues «Xuz» tenía razón. Tanto ella como Groliax eran capaces de saltar a la mínima, al contrario que los otros tres; el problema estaba en que, si lo hacían, se podía liar una buena y ella misma (o Groliax) acabar muerta. Al menos, se conformó con que nadie podía comprender el movimiento de sus lekku.

Bajo la atenta mirada del resto de los piratas (Krenia giró la cara al ver al kiffar), el hermano de Krassk les obligó a abandonar la corbeta.

Se encontraban en algún tipo de base, pero gracias a que el hangar era abierto (es decir, al aire libre, al contrario que el del Templo Jedi) Krenia pudo vislumbrar el mundo de Thalassia. Thalassia era un planeta subacuático, lo que significaba que las tres cuartas partes del mismo estaban cubiertas de agua. Aún así, existían zonas terrenales, muy boscosas, como aquella en la que se encontraban.

Más allá de los muros de la base, en efecto, se veía un bosque muy espeso, que les bordeaba. Si Krenia sabía que, en realidad, la mayor parte de la superficie del planeta era agua se debía a los estudios. Y más en concreto, a los estudios relacionados sobre la esclavitud. Thalassia era un mundo esclavista y que el pequeño grupo de adolescentes estuviera allí ahora mismo no podía augurar nada bueno.

Aún así, había una pequeña posibilidad: en el hangar había varias naves diminutas, parecidas en forma y tamaño a una cápsula de escape, iguales a las que solía haber en las naves espaciales para salvar la tripulación en caso de accidente. Probablemente, los piratas usaban naves como ésas para sus asaltos.

Krenia pensó que, si conseguían escapar, podrían utilizar una de aquellas diminutas naves.


Cuando entraron en la base dos mujeres —una twi'lek y una zeltron— salieron a recibirles, con gran alegría. Se reían tontamente, vestían con tan poca ropa que prácticamente estaban desnudas y llevaban ambas un rarísimo collar, muy grueso y metálico.

— Bienvenido, Amo —saludó la zeltron. A su lado, la twi'lek dejaba que el pirata kiffar le masajease un lek—. ¿Quiénes son ellos?

— Nadie —le espetó el jefe pirata. La chica se encogió—. Largo de aquí, vamos, ¡fuera!

La joven zeltron hizo una leve inclinación con la cabeza y, segundos después, se perdió de vista en el interior de la base.

— ¿No me has oído? —bramó a la twi'lek. La muchacha dio un grito y salió corriendo a toda prisa, detrás de su compañera.

Nada más desaparecer también esa otra mujer, el líder se encaró con el kiffar, quien había hecho una mueca.

— Esas dos idiotas no tienen por qué enterarse —masculló después—. Así que olvídate de verla por ahora.

El kiffar no replicó, sólo entornó los ojos. Al momento, sin embargo, miró a Krenia. La muchacha se estremeció.

— Bueno, siempre hay sustitutas…

— Silencio —ordenó su jefe—. Vamos, pasad, que no tenemos todo el día. Espero que esas dos inútiles se hayan metido en el cuarto…

Los piratas, a base de amenazas con sus armas, instaron al reducido grupo a entrar finalmente en la base. La misma era de forma rectangular y, por su aspecto, repleto de cajas y trastos abandonados por todas partes, parecía más bien un almacén antiguo.

— Gaddo, Geequik, empezad a sacar lo que haya de valor en esa corbeta antes de que la desguacemos —el rodiano y uno de los tres weequay obedecieron al instante—. Un Hak, el que sea —los hermanos trandoshanos cruzaron miradas—. Estoy aquí, idiotas —Krassk gruñó. Su hermano se adelantó—. Bien, tú eres más listo que tu hermano —Krassk volvió a gruñir—. Contigo no va la cosa así que cállate. Bork —añadió instantáneamente después, dirigiéndose al hermano de Krassk—, ¿verdad que teníamos campos de contención?

— Por ahí, sí —siseó Bork Hak.

— Pues tráelos.

Bork se marchó sin responder, no sin antes mirar a su hermano.

— A ver, los demás —les llamó la atención el jefe en cuanto Bork Hak desapareció—. Quiero que os llevéis a cada uno de los críos a un sitio diferente, para que no se hablen entre ellos, y los encerréis en los campos de contención.

— ¿La cabeza-colas también? —inquirió el kiffar. Krenia parpadeó.

— Ni se te ocurra, idiota —le espetó por respuesta su jefe—. Y sí, la cabeza-colas también.

Krenia no pudo evitar suspirar aliviada. Su expresión, sin embargo, cambió pronto a la estupefacción cuando el líder zygerriano le espetó:

— Ni se te ocurra darme las gracias, niña.

Krenia se quedó tan sorprendida que no se dio cuenta de que el kiffar se había puesto a su lado.

— Oh, vamos, jefe —la muchacha dio un respingo al percatarse entonces—, sólo un poquito…

El corazón de Krenia se aceleró. Sus lekku temblaban. «No», pensó.

A decir verdad, Krenia no tenía muy claro lo que podía pasar si el jefe de los piratas aceptaba. Los Jedi no enseñaban esas cosas, por lo que Krenia no comprendía qué significaba, menos aún cuando sólo tenía trece años; pero sí sabía algo: el kiffar, con aquel tatuaje facial tan similar a su adorado Shofilan Tes, le ponía nerviosa, muy nerviosa.

Y no quería tenerlo cerca.

— He dicho que no, Mulin —a su lado, Krenia oyó al kiffar resoplar—. ¿Tan necesitado estás? ¡Sólo es una niña!

Normalmente, Krenia gritaría «¡no soy una niña!», pero en aquella ocasión permaneció callada…

…hasta que gritó cuando el pirata kiffar, Mulin, le sobó los pechos.

Toda una sucesión de golpes, ruidos y gritos sucedieron inmediatamente después. Krenia no vio nada porque, al no poder llevarse las manos al pecho por culpa de las esposas, se arrodilló. Inclinó el cuerpo hacia delante, para protegerse. Se sintió indefensa y humillada. Tenía lágrimas en los ojos. Era incapaz de pensar.

No había pasado ni un minuto (aunque para Krenia fueron horas, así encogida y asustada) cuando oyó un par de tiros y al jefe zygerriano gritar.

— ¡BASTA! —disparó una tercera vez, contra el techo. Luego, se inclinó a Krenia y le obligó a ponerse en pie, tirándole de un lek con toda la fuerza que fue capaz. La adolescente twi'lek gimió—. ¿Qué parte de «sólo es una niña» no entendiste, Mulin?

Cuando vio como el kiffar simplemente se encogía de hombros y respondía «tiene tetas, no es una niña», Krenia sintió una rabia como nunca había sentido antes.

Nunca antes en su vida tuvo tantas ganas de matar a alguien.


La mejor forma de tener a alguien prisionero sin que éste pudiera moverse era introducir a dicho prisionero en un campo de contención. Los campos de contención eran dispositivos altos, con una conexión en la parte superior y otra en la inferior, por entre la cual pasaba la energía «contenedora» (de ahí su nombre), que provocaba que cualquier cosa permaneciese inmóvil en su interior.

Krenia Krynda se encontraba dentro de uno de esos campos y, desgraciadamente para ella, lo que había escuchado sobre los mismos era verdad: no podía moverse, por más que lo intentase o por mucho esfuerzo que pusiera. Ni siquiera algo tan natural como mover los lekku era ahora posible. Sólo podía mover la boca y parpadear. «Algo es algo».

Cuando Mulin Koltaese, el pirata kiffar, le había manoseado, sus hermanos de clan habían saltado todos a una contra él y, de paso, contra el resto de sus captores, liándose una buena. Aunque fue todo un fracaso —como era de esperar—, lo habían intentado y eso a Krenia le llegó al alma.

«Tiene tetas, no es una niña». Krenia intentó apretar los dientes, mas no pudo. Aquel hombre le había ultrajado y no iba a quedar impune. No sabía cómo, pero acabaría con él. De una forma u otra.

No se le pasó por la cabeza ni siquiera un segundo que ése no era el camino Jedi.

Tras detener la pequeña revuelta, el líder zygerriano cumplió con lo dicho y ordenó a sus hombres encerrar a cada adolescente en un campo de contención, en salas distintas. Y así es como Krenia estaba sola, cavilando sobre lo mucho que odiaba ahora al pirata kiffar y lo mucho que deseaba poseer un sable láser para partirlo en dos y, así, borrar de su cara aquella sonrisa estúpida.

La puerta se abrió de repente y apareció el líder de los piratas. Se quedó mirando a la muchacha con los brazos cruzados y una sonrisa burlona (por fortuna, no tenía nada que ver con la de Mulin).

— ¿Qué? —saltó al final Krenia, sin poder contenerse— ¿Qué quieres?

El pirata soltó una carcajada por respuesta. Entró en la sala, seguido por Krassk el trandoshano (quien cerró la puerta) y respondió:

— Sólo ver a nuestra señorita favorita —de haber podido moverse, Krenia habría entornado los ojos—. No me río de eso —agregó—, me río porque estaba convencido de que ibas a ser dura —«¿dura?», pensó Krenia—, como Jedi que eres, ¿no?

— Cuando los Jedi vengan no dejarán ninguno con vida —aseguró Krenia.

— Después de todo, a los Jedi os importa poco lo que pase a vuestro alrededor —prosiguió, ignorándola por completo—, ¿no es así? Aunque confieso que me sorprendieron vuestras actitudes; tú, por ejemplo, al tirarte al suelo, ni que fueras una chica normal.

— Soy una chica normal.

El pirata volvió a ignorarla.

— O el anx ése, que la lió tanto después que este idiota de aquí —señaló a Krassk Hak, el aludido gruñó— le golpeó con la culata de su rifle y le hizo perder el sentido.

Krenia abrió los ojos como platos. «¡Groliax!».

— ¿Cómo está? —inquirió sin pensar.

El líder pirata chasqueó los dientes.

— Jedi y twi'lek, mala combinación: los Jedi son idiotas y los twi'leks… aunque más bien las twi'leks tienen tan poco cerebro como… —miró a Krassk—. No… como un gamorreano. Vaya pregunta más estúpida, ¿no te parece?

— Los Jedi os matarán —masculló Krenia—. Cuando os localicen os matarán por lo que habéis hecho.

— Y su alteza real es una liberadora de esclavos —replicó el pirata con sarcasmo, haciendo referencia a la reina de su Zygerria natal, esclavista como la que más—. Los Jedi no harían eso nunca, ni aunque apareciesen todos aquí de repente. Lo que me recuerda…

El líder zygerriano sacó un pequeño holoproyector de su bolsillo y lo tendió a Krenia.

— Ahora, nuestra señorita favorita va a concedernos el honor de dedicarnos unas palabras…


El Maestro Windu se mostraba tranquilo y sereno en el holoproyector mientras escuchaba hablar a la joven Krenia Krynda, a pesar de estar viéndola en aquella postura inmóvil, en el campo de contención. Krenia, obligada por el líder pirata, pedía que el Templo pagase un rescate y que les sacasen de allí.

Como era de esperar, el Gran Maestro no cedió.

— La Orden Jedi no va a pagar ningún rescate. ¿Quiénes son, Iniciada Krynda? ¿Quién os retiene?

Krenia abrió la boca para responder, pero el líder pirata se adelantó.

— Págame, Windu —el holograma del aludido se movió hacia la derecha, para poder ver al zygerriano—. Págame y te doy a los niños.

Mace Windu se cruzó de brazos.

— Naaks T'Ind.

— El mismo.

— Esta vez has sido demasiado lejos.

El líder pirata le ignoró.

— Págame, Windu, y te doy a los niños.

— ¿Así de fácil?

Naaks T'Ind, el líder pirata (Krenia se preguntó de qué se conocían él y el maestro Windu), esbozó una sonrisa torcida.

— Así de fácil —le aseguró—. Tú me pagas —Krassk gruñó—. Sí, idiota, ya te daré una pequeña parte… me pagas y los suelto. Si no, les mato.

Las palabras del pirata, horas antes, en la corbeta, resonaron en la mente de Krenia. «¡Estos críos nos harán de oro! ¡Más ricos que las piezas de la nave!».

Y entonces lo comprendió.

— ¡Es una trampa! —gritó, sin poder contenerse— ¡Es una trampa, Maestro Windu! ¡Sólo quieren los créditos, pero nos matarán igualmente!

T'Ind cortó la comunicación antes de que el maestro Mace Windu pudiera siquiera abrir la boca.

— ¡Cállate, cabeza-colas! ¡Cierra la estúpida boca!

Krenia desobedeció.

— ¡Los Jedi vendrán y os matarán a todos!

— ¡Que te calles!

— Y sobre todo a vosotros dos, uno por liderar, y al otro por matar a Noi Che —Krassk el trandoshano entornó los ojos.

— Te lo advierto, niña, cierra la boca o…

— Y también el kiffar, sobretodo el kiffar.

— ¡He dicho que te calles! —bramó.

Naaks T'Ind sacó algo más de su bolsillo. Antes de que pudiera percatarse de lo que era, Krenia Krynda recibió una descarga que le hizo aullar de dolor.

— He dicho que te calles —repitió el líder pirata, esa vez con un tono más pausado—. Cállate y no tendré que usar más esto.

— L-los… Jedi —insistió Krenia, con voz entrecortada. Diminutos rayos se movían aún a su alrededor—. Ellos…

T'Ind activó nuevamente las descargas. Entre sus propios alaridos, Krenia logró escuchar a Krassk el trandoshano:

— ¿Para una cosa es una niña y para lo otro no?

Nunca llegó a oír la respuesta.


Cuando despertó, se dio cuenta de que tenía la nariz tapada, más o menos como cuando se tiene un catarro, y que no podía respirar. Sería por eso que había dormido con la boca abierta y, por ello, tenía la garganta completamente seca.

El problema estaba en que no estaba resfriada.

— ¿Dónde estoy? —preguntó, abriendo los ojos. Había percibido una presencia a su lado. Cuando reconoció a la mujer zeltron, recordó de repente su situación—. Ah. Ya.

La mujer no dijo nada. Krenia la examinó de arriba abajo, la vestimenta de la mujer era tan mísera que apenas le cubría el pecho y sus partes íntimas, dejando completamente al descubierto su piel rosada.

Aquello no era normal. Y menos con aquel kiffar, Mulin Koltaese, cerca.

— ¿Por qué vistes así? —la mujer se quedó con la boca abierta, pero no respondió—. ¿Qué ha pasado?

La mujer hizo un amago de decir algo, pero volvió a contenerse. Krenia volvió a examinar a la mujer zeltron y, entonces, prestó atención al extraño collar que tenía en el cuello, grueso y metálico. La otra mujer en la «base», quien era una twi'lek al igual que Krenia, también llevaba uno de esos collares. «Thalassia», pensó la adolescente.

— ¿Eres una esclava?

Por fin, la mujer habló.

— No tenías que desafiar al Amo —murmuró—. El Amo es bueno pero si se enfada nos tiene que castigar…

Krenia se incorporó.

— ¡Castigar! ¿Pero qué dices? ¡Eso no…!

Sus gritos quedaron a medias cuando la mujer le cubrió la boca con una mano. Chistó, llevándose un dedo a los labios.

— Por favor, no digas nada —pidió—. Si te oyen, te llevarán de nuevo al campo de contención.

Krenia tuvo que hacer un esfuerzo enorme por asentir y, cuando la mujer zeltron apartó la mano, callar. ¡Pero era muy difícil! ¿Cómo callar ante la situación injusta de esa mujer?

—Me llamo Tiarri —susurró la mujer segundos después—, Tiarri Bagren. El Amo Naaks me ordenó que cuidase de ti, porque empezó a sangrarte la nariz —instintivamente, Krenia se llevó la mano ahí. De modo que era por eso por lo que notaba su nariz bloqueada, como cuando se tiene un resfriado—. Nada grave, fue por las descargas, pero nosotras sabemos lo que es y… bueno, ¿ves? El Amo Naaks no es malo, sino te habría dejado ahí y… ¿qué pasa? —preguntó. Krenia se había cruzado de brazos—. No, en serio, no es lo que crees, no soy esclava y…

Krenia no pudo aguantarse más.

— Si no fueras una esclava no le llamarías «Amo» y no tendrías ese collar —Tiarri se llevó la mano al cuello—. Y la ropa… Tiarri, dime que la llevas porque te gusta.

La zeltron titubeó unos segundos antes de asentir y asegurar que, por supuesto, vestía así porque le gustaba. Krenia no la creyó.

— Sin el collar, sin el «amo» y sin el miedo me lo creería.

Miedo. Sí. Sin duda, la zeltron Tiarri Bagren tenía miedo, podía sentirlo. No era para menos.

Sintió un escalofrío sólo de pensar en lo que debía pasarle sólo por tener al kiffar Koltaese cerca. Tuvo un mal presentimiento.

— ¿Dónde está la —dudó— otra esclava?

Tiarri no respondió. Aún así, Krenia lo comprendió.

— Entiendo.

Después de aquello, Tiarri no volvió a abrir la boca, a pesar de que Krenia trató en más de una ocasión entablar conversación. Finalmente, pidió agua, pues tenía la boca seca, y Tiarri sólo le cedió un bote. Beber alivió su sed, pero le dejó un extraño sabor asqueroso, cuando se suponía que el agua era insípida. Haciendo una mueca, miró el interior y descubrió que tenía bordes verdosos. «Moho, qué asco».

— Vaya, hace falta un bote nuevo —se obligó a sonreír—, ¿no te parece?

Silencio.

— En Coruscant hay agua… bueno, la tienen que importar porque en realidad no hay en el planeta, pero hay —Tiarri continuó callada—. O en Zeltros.

Zeltros, por lo que Krenia había estudiado, era el rosado planeta de la también rosada especie humanoide zeltron, la raza de Tiarri. Durante una fracción de segundo, Krenia creyó que Tiarri por fin hablaría, porque se la quedó mirando muy fijamente al escuchar el nombre de su mundo de origen.

Que Tiarri Bagren siguiera sin decir nada empezó a molestar a Krenia.

— ¿No tienes familia? —inquirió. Tiarri desvió la mirada por lo que la twi'lek dedujo que iba por buen camino—. ¿No hay nadie en Zeltros que espere por ti? Seguro que sí, no siempre has sido una esclava, ¿verdad?

Por fin, Tiarri Bagren volvió a hablar. Pero lo que dijo no fue lo que Krenia esperaba.

— No soy una esclava.

Krenia entornó los ojos. Abrió la boca para replicar, pero Tiarri se le adelantó, gritando hacia la puerta.

— ¡Amo Hak! ¡La twi'lek despertó!

Krenia Krynda se quedó con la boca abierta mientras veía como la puerta se abría y aparecía Krassk Hak, uno de los dos trandoshanos, para llevársela nuevamente al campo de contención.

Antes de salir, tuvo tiempo de gritarle a Tiarri:

— ¡Tienes que liberarte!


Si Tiarri no reaccionaba, tal vez Krassk Hak el trandoshano lo hacía. Krenia permaneció callada mientras era conducida nuevamente hacia la sala donde se encontraba «su» campo de contención. Incluso se mantuvo en silencio cuando sintió la presencia de Sashoan Haba detrás de una puerta.

Una vez llegaron a la sala, sin embargo, Krenia por fin habló. Había pensado mucho qué decir.

— ¿Por qué obedeces a Naaks T'Ind?

— No te importa —masculló el trandoshano. Le instó a moverse con el rifle bláster—. Vamos, muévete.

Krenia no obedeció.

— ¿Pero por qué? —insistió la joven—. Él te insulta y te humilla —Krassk gruñó, pero Krenia le ignoró—. No sé, yo no estaría trabajando con él.

Se hizo el silencio. Krenia tragó saliva. Krassk no le hacía moverse y Krenia supuso que estaba sopesando lo que le había dicho. Finalmente, el trandoshano respondió:

— Paga bien.

Krenia parpadeó.

— ¿A costa de que te insulte? —no podía creer que, por un puñado de créditos, alguien se dejase humillar así. La twi'lek dudó si darse o no la vuelta, para mirar a Krassk a los ojos. Pensó que no era una buena idea y se quedó ahí, dándole la espalda. Pero siguió hablando—. Eres de Coruscant, ¿verdad? —aún recordaba lo que había dicho su hermano en la corbeta—. Entonces, ¿por qué no…?

Krassk la volteó apretándole un hombro, haciéndole daño. Krenia se encontró cara a cara con unos ojos amarillos, iguales que los suyos, pero mucho más oscuros.

Y más llenos de odio.

— No sabes nada, cabeza-colas —apretó los puños—. Y si no te callas de una vez te mataré.

— Pero mis maestros dicen…

— ¡Calla!

Krenia no se amilanó. Se obligó a mirar fijamente los ojos del lagarto.

— Los maestros dicen que cualquier persona puede redimirse —pensó en Noi Che y sintió remordimientos por lo que estaba haciendo—. Incluso un asesino.

Krassk Hak se cruzó de brazos. Su mirada, al menos, se había relajado un poco.

— ¿También Mulin Koltaese puede redimirse?

Krenia abrió los ojos como platos. Un segundo después, sin embargo, los entornó. Sus lekku vibraron. De haber estado allí el maestro Sinube (o cualquier otro) le habría dicho «controla tus emociones». Casi podía escucharle.

Pero no podía, simplemente no podía.

Krassk Hak esbozó una sonrisa torcida, probablemente intuyendo lo que pensaba la muchacha.

— Lo imaginaba.

Forzó a Krenia a darle la espalda de nuevo y, apuntándola con el bláster, le hizo entrar nuevamente en el campo de contención.

— Cabeza-colas —le llamó la atención Krassk antes de abandonar la sala. Krenia, incapaz de hacer una solo movimiento, se vio obligada a mirarle fijamente—. Si no vivieras en tu querido templo sabrías bien que no importa que seas de Coruscant si eres —resopló— un lagarto.

Krenia quiso decir algo, pero no se le ocurrió. Krassk volvió a cruzarse de brazos, quizá esperando alguna respuesta por parte de la joven, pero como no recibió ninguna, finalmente abandonó la estancia.

Antes de salir, sin embargo, volvió a dirigirse a Krenia.

— Está bien.

— ¿Qué? —preguntó la twi'lek, confundida—. ¿Quién?

— Tu amigo. El anx. Que está bien.

Aquello era un alivio, sí, pero no tanto como si hubiera conseguido ser liberada.

Pero de alguna forma, Krenia Krynda sintió que había dado un paso de gigante con Krassk Hak.


— Maestro Sinube, ¿qué podemos hacer si un día nos encontramos en una situación de peligro?

— Eso, Iniciada Gung, lo sabrás si te encuentras en esa situación.

— Pero, Maestro —insistió Lotu—, ¿qué podemos hacer?

El Maestro suspiró. Repitió la misma respuesta, pero como la pequeña rodiana no estaba convencida, añadió:

— Lo que debes hacer, tanto tú como el resto de vosotros, es guiarse por el instinto.

Krenia Krynda sonrió al recordar aquello. Había sido unos pocos días después de que Lotu Gung, su mejor amiga, se uniera al clan Bergruufta. Krenia le había contado lo que había pasado en el Senado Galáctico unos meses antes y Lotu, entre sorprendida y horrorizada, le preguntó cómo supo qué hacer.

Lo cierto es que Krenia, aún hoy en día, no sabía por qué exactamente se lanzó contra el entonces senador de Cona, Orkalor Doz, aún a sabiendas de que podía morir. Simplemente lo hizo. ¿Instinto? Quizá. A Lotu Gung no le habían convencido las contestaciones vagas de su amiga («no sé, me tiré y ya») y aquella se acabó convirtiendo en su primera pregunta.

«¿Y ahora qué?», se preguntó la joven. «Esta es otra situación de peligro, pero no sé qué hacer». Su instinto la llevó a intentar convencer a la esclava zeltron, Tiarri Bagren, y luego incluso a uno de sus captores, Krassk Hak, pero no lo había conseguido. Y ahora, nuevamente en un campo de contención, ¿qué podía hacer?

Era muy poco probable que el líder pirata regresase obligándola a enviar otro mensaje al Templo Jedi. Aquel pensamiento la llevó a otro. «¿Qué estará haciendo el Maestro Windu?» La joven tenía la esperanza de que ya les hubieran localizado en Thalassia. Pero ni siquiera él podría haberla detectado tan rápido. Ni siquiera él…

«Debería haber gritado donde estamos. Pool'kan».

Krenia empezó a imaginarse mil y una formas de actuar si se abría la puerta y aparecía T'Ind, en algunas ocasiones viéndole con el holoproyector. Se imaginó también que el campo de contención estaba roto y salía, o que tenía el poder suficiente para romperlo y escapar. Se vio a sí misma enfrentándose cara a cara con el kiffar Mulin Koltaese, y la joven le lanzaba al suelo usando la Fuerza con tanto control como si ya fuese una mujer adulta. Luego se imaginó que escuchaba motores de una nave y que, entonces, el Consejo Jedi al completo aparecía en escena y la protegían.

«No, eso no», pensó. El Consejo Jedi no podía aparecer porque no sabían dónde estaban. De modo que cambió sus pensamientos, aunque seguían siendo fantasiosos. Justo cuando se imaginaba que rescataba a sus amigos (en una de las ocasiones, golpeando nuevamente a Mulin Koltaese), la puerta se abrió y Krenia Krynda se quedó en blanco.

Era Tiarri Bagren.


Con las manos temblorosas, la zeltron Tiarri Bagren desconectó el campo de contención y Krenia Krynda cayó al suelo. Su primer pensamiento fue el de correr, pero en lugar de eso murmuró «cierra la puerta». Tiarri parpadeó un segundo antes de reaccionar.

Al ver la puerta cerrarse, Krenia suspiró aliviada.

— Gracias —musitó—. Sabía que vendrías.

En realidad no, sino más bien todo lo contrario, pero tampoco podía decirle «pensaba que no vendrías». O tal vez sí, a modo de broma, pero no la conocía lo suficiente como para saber si aquella broma le gustaría, como a Dagrasi Takta, o si se molestaría, como Ellus Rago. Tiarri esbozó una débil sonrisa.

— Lo siento…

— No tienes por qué disculparte. Estás aquí y es lo que importa.

Tiarri Bagren desvió la mirada.

— Es que… estuve pensando y, bueno —suspiró—, me has recordado mucho a ella, y…

— ¿A quién? —inquirió Krenia. Miró a la puerta un instante al invadirle el temor a que apareciese alguien.

Tiarri miró a la puerta también, confundida.

— No vendrá nadie —aseguró—. O eso creo...

— Eso espero —murmuró Krenia—. Tiarri, ¿a quién te recuerdo?

— Oh. Ya, sí —por un momento, Krenia pensó que Tiarri no iba a responder porque se quedó unos segundos en silencio. Finalmente, sin embargo, continuó—. Me has recordado mucho a una chica que estuvo aquí antes, hace tiempo.

En ese momento fue Krenia quien exclamó «¡oh!». Tiarri Bagren prosiguió.

— Su nombre era Cara —al acordarse de Cara Vorz, Krenia se imaginó inmediatamente una mirialana, aunque no tenía por qué serlo— y era una chica muy decidida.

— ¿Era?

Tiarri suspiró.

— Un día intentó escaparse. No lo logró y… bueno, no sé qué le pasó.

«Probablemente esté muerta». No se atrevió a decirlo en voz alta. En vez de eso, le puso una mano en el hombro.

— Lo siento.

— Gracias. Cara siempre decía que teníamos que desafiar a los amos. Sí tengo gente esperándome —añadió después—. Aunque no en Zeltros… o quizá sí, no sé.

Krenia, apartándose un poco de Tiarri, se acomodó un lek en el hombro. También arqueó una ceja, por lo que la esclava sí supo ver su reacción.

— Bueno, es que… —suspiró profundamente.

— ¿Estás bien?

Tiarri se mordió el labio.

— Sí —dijo al fin. Volvió a suspirar—. Está bien, eres una Jedi, aunque un poco pequeña, así que supongo que no pasará nada, que lo entenderás —«¿entender qué?», pensó—. Mi novia me espera en Coruscant… o eso quiero creer.

— ¿Y qué pasó?

Krenia notó como Tiarri se relajaba al escuchar su tono de voz. A decir verdad, Krenia no sabía que podían existir ese tipo de relaciones, todo cuanto había estudiado se limitaba a los animales y su reproducción. Pero que no lo supiera no quería decir que no existieran. Y, ¿por qué no? No vio ningún problema. Quizá Tiarri había esperado algún tipo de reproche y por eso, a partir de ese momento, la mujer habló de forma más directa, decidida y confiada.

— Estábamos viajando de mi planeta de origen al suyo después de que ella conociera a mi familia. No fue un encuentro agradable —ahí estaban las sospechas de Krenia— y tenía miedo que pasase lo mismo. Fue entonces cuando nos asaltaron.

— ¿Y qué pasó? —volvió a preguntar Krenia.

— Era o se nos llevaban a ambas o una escapaba. Me interpuse para que se fuese en la cápsula. Escapó antes de que nadie la tocase. Desde entonces no la he vuelto a ver…

Los ojos de Tiarri se llenaron de lágrimas.

— Seguro que estará bien. Seguro que está buscándote.

— Ojalá… —hipó—. Total, ahora tampoco me reconocería porque yo antes estaba más rellenita y no me gustaba vestir así —se miró la «ropa»—. No, tampoco me gusta hoy en día. Tienes razón, pequeña Jedi, visto esto porque me obligan, porque me han hecho su… su…

No pudo continuar.

— Lo siento, Tiarri —hizo una pausa, únicamente interrumpida por los llantos de la zeltron—. Ahora es el momento de escapar.

No era lo que había imaginado, pero algo podrían hacer igual.


Pasaron varios minutos hasta que por fin la esclava zeltron Tiarri Bagren dejó de llorar. Krenia esperó pacientemente hasta que se tranquilizó mientras, al mismo tiempo, se mantenía alerta ante la posibilidad de que alguien apareciera por la puerta.

Tiarri había dicho que no vendría nadie, pero Krenia no estaba tan convencida.

Finalmente, Krenia avanzó hasta la puerta, quedándose allí parada. En el fondo estaba bastante nerviosa, pero se obligó a ocultarlo: Tiarri la necesitaba. Sólo cuando la notó justo detrás suyo abrió la puerta. Al hacerlo la oyó suspirar. Krenia chistó.

— Vale —murmuró Tiarri en un tono apenas audible—. Perdón…

Tras asegurarse que no había nadie, la adolescente le hizo una seña a la esclava y echó a andar. ¿A dónde podía ir? No lo sabía exactamente, lo mejor sería llegar hasta el hangar y escapar en una de las diminutas naves de los piratas, pero no era sencillo: primero, porque no pasarían desapercibidas y, segundo, porque ni siquiera sabía dónde estaba la salida.

«Debo concentrarme», pensó, deteniéndose. Inmediatamente, percibió la ansiedad de Tiarri Bagren. Al menos, como le había pedido, permanecía callada. «Que la Fuerza me guie».

Y entonces lo vio. No la salida, ni una forma de escapar.

«Sashoan».


¿Cómo podía haber sido tan tonta? ¿Cómo podía no haber pensado en sus compañeros de clan? ¿Para una fantasía sí pensaba pero a la hora de la verdad no? ¡Era algo imperdonable!

Cuando Krassk Hak la llevaba hacia la sala donde se encontraba el campo de contención había percibido la presencia del miraluka Sashoan Haba detrás de una puerta. Seguro que él también la había notado al pasar… ¡y dos veces!

«O tres, contando la vez que estaba desmayada». Tiarri Bagren le sacó de sus pensamientos, al preguntar que qué hacía.

— Salvar a mis amigos —respondió Krenia sin titubear.

Fácilmente supo cómo llegar, sintiendo a la zeltron cada vez más nerviosa a su espalda. En un momento llegó hasta la sala.

— Aquí hay uno de ellos —susurró en un tono tan flojito que apenas ella misma se escuchó.

Tiarri asintió, en silencio y Krenia se alegró de que la hubiera oído, pues no estaba segura.

Antes de abrir cerró los ojos un segundo, concentrándose para percibir si había alguien más junto a Sashoan (no fuese el caso que, por ejemplo, estuviera Naaks T'Ind o, peor, Mulin Koltaese) y lo que notó la dejó completamente descolocada.

«Imposible».

Cuando abrió se encontró cara a cara con Sashoan Haba, libre de contenedores y con una amplia sonrisa. Y no estaba solo.

Todos los demás Bergruufta estaban junto a él.

Krenia volvió a la realidad cuando Tiarri Bagren, detrás suyo, ahogó un grito.

— P-pero —tartamudeó—, ¿qué hacéis aquí? ¿Cómo…?

Ella misma se interrumpió al darse cuenta de quiénes acompañaban a los chicos: los hermanos Hak. La joven twi'lek palideció y sus lekku, como siempre pasaba cuando perdía el color de la cara, se tensaron.

— ¿Algún problema, niña? —siseó Krassk, cruzándose de brazos.

Su hermano Bork, algo más comedido, se acercó a ella.

— Bueno, cabeza-colas, el rodiano me dijo cosas muy interesantes y, bueno —siseó fuertemente—. Aquí estamos.

Krenia parpadeó. No era para nada lo que había imaginado.

— No es tan complicado —dijo entonces Leesan Krim—. Sólo hay que hablar las cosas para que los demás se den cuenta. Hay que encontrar el modo de escapar —añadió «Xuz» segundos después.

— Creía que te había pasado algo —agregó Sashoan, ignorando al rodiano—. Cuando te noté hace horas y eso…

— ¿La esclava también? —inquirió, a la vez que el miraluka, Krassk Hak.

Tiarri se encogió detrás de Krenia, quien acababa de asentir a Sashoan, como si intentase que la adolescente la protegiera. Al fin y al cabo, aquellos dos hombres seguían siendo sus amos.

— Bah, da igual —prosiguió Krassk—. En realidad, todos me dais igual —se irguió. Sus fosas nasales se dilataron y sus ojos chispearon con furia—. En realidad, quien me interesa es T'Ind.

Krenia no lo dijo, pero ella a quien quería localizar era a Mulin Koltaese.


Tras unos minutos preparando un plan de escape (todo siendo idea, por supuesto, de «Xuz»), el grupo abandonó la sala y recorrió la base.

Tiarri se dirigió en busca de la otra esclava, mientras los hermanos Hak la seguían, «escoltándola». Una tarea por la que Krassk Hak protestó, alegando que era una tarea inútil («¡sólo es una esclava!»), y que así no conseguiría dar con T'Ind, ahora que por fin se habían decidido a ir en su contra.

Otro de los Bergruufta secuestrados por los piratas, el aqualish Dindo Boml, se ofreció voluntario para abrir la puerta. Según él, con la «inestimable ayuda» de otro pirata. Era evidente que lo que iba a hacer era usar la Fuerza para turbar su mente.

— Será mejor que vaya con él —murmuró «Xuz»—. Groliax, Krenia, Sashoan, vosotros tenéis que… no, mejor no —negó con la cabeza—. Sashoan, ve tú con Dindo.

— ¿Y por qué yo? —preguntó— ¿Y si no funciona?

— Funcionará —le aseguró Leesan Krim—. Eres bueno en la Fuerza, muy bueno, los maestros siempre lo dicen.

— Eso es porque soy miraluka…

— Da lo mismo —y sin darle tiempo a replicar, le hizo una seña—. Vamos, corre, ¡corre!

No les dio tiempo de ver a Sashoan Haba desaparecer por la misma esquina que Dindo Boml segundos antes, cuando «Xuz» les arengó.

— ¡Vamos! ¡Tenemos que encontrar algún holoproyector!

Y echó a correr. Tanto Krenia como Groliax sólo pudieron seguirle.


Al doblar una esquina se dieron de bruces contra uno de los piratas, el rodiano. Antes de que Groliax Perrivel, Krenia Krynda y el propio pirata reaccionasen, Leesan le empujó con la Fuerza.

— No podría haberlo hecho mejor —exclamó Groliax—. No está muerto, ¿verdad? —preguntó después, al ver como el pirata chocaba contra una pared.

— No, los rodianos somos duros.

— Yo me imaginé haciendo eso —confesó Krenia.

Groliax rió.

— Yo también —reconoció—, pero sé que no me saldría.

— Ya…

Dolía reconocerlo, pero era verdad: «Xuz» era demasiado bueno. Una cosa era fantasear y otra la realidad.

— Y luego dices de Sashoan, eh…

«Xuz» ignoró a Groliax Perrivel y, en su lugar, sin dejar de avanzar, se dirigió a Krenia.

— ¿Qué le dijiste a Krassk Hak? —Krenia le explicó su breve charla con el trandoshano—. Ah, ya veo. Yo tuve una conversación muy parecida con su hermano.

— Y así nos fuimos liberando —comentó Groliax.

«Xuz» volvió a ignorarle.

— ¿Estás bien, Krenia?

— Claro.

Pero no lo estaba.

Sus sentidos se agudizaron al percibir a alguien venir.

— En estos momentos desearía tener un sable láser —murmuró Groliax. Krenia asintió—. Así podría…

— No sabes usarlo —le increpó «Xuz»—. Sólo sabes usar un sable de entrenamiento y ni eso.

— ¡Oye!

Krenia chistó para hacer a los dos chicos callar.

— Por aquí —murmuró, entrando en una habitación. No encendió las luces por si acaso les veían.

Los tres chicos permanecieron en silencio. Sólo cuando notaron a dos piratas pasar de largo se tranquilizaron.

— Menos mal —susurró Groliax—. Bien pensado, Krenia.

— Gracias… pero los piratas van a descubrir al rodiano.

— Mejor ellos que nosotros. Oye, «Xuz», ¿por qué no dices nada?

Leesan Krim no respondió. Pronto descubrieron el por qué.

Las luces se encendieron de golpe, encontrándose cara a cara con el líder pirata zygerriano, Naaks T'Ind y uno de sus hombres, un weequay.

— Bueno, bueno, bueno —les apuntaba con un arma—. ¿Qué tenemos aquí?


Krenia tuvo una sensación de déjà vu que la situó en el Senado Galáctico. Vio a Orkalor Doz, apuntando con su pistola a Madoc Glaw, vio al Padawan a punto de perder el sentido debido a la pérdida de sangre, se vio a sí misma saltando hacia el Senador…

…y lo volvió a hacer, sólo que en esa ocasión fue diferente. Leesan Krim y Groliax Perrivel también corrieron hacia el zygerriano y el weequay. Los tres, sin pensar, esquivaron los disparos y saltaron contra sus captores. Krenia y Groliax, sin pensar en que no les salía bien, usaron la Fuerza contra el weequay, «Xuz» hizo lo mismo contra T'Ind.

— ¡Bien! —chilló el anx— ¡No puedo creerlo!

— Guau —exclamó Krenia—. Groliax, ¿has visto? ¿Has visto lo que he hecho?

— Eh, perdona, pero has visto lo que he hecho yo?

— He sido yo, Groliax.

— De eso nada, twi'lek. He sido yo, yo y mis manitas —las alzó un momento—. Tú sólo acompañaste.

Antes de que Krenia protestase «Xuz» intervino. Estaba atando a los dos hombres con su propio cinturón.

— Habéis sido los dos.

Krenia miró al rodiano con los ojos entornados. Iba a decir algo, pero Leesan prosiguió.

— Espero que no se enfade el trandoshano…

— Aquí hay un holoproyector —comentó Groliax.

Leesan Krim se olvidó de los dos hombres. Se acercó a donde apuntaba Groliax Perrivel y empezó a toquetear.

Súbitamente, Krenia se percató de un detalle: sus dos amigos estaban pendientes del holoproyector, tratando de introducir las coordenadas para contactar con el Templo Jedi, demasiado centrados como para percibir nada más. Miró a los dos hombres, seguían inconscientes. Dudó. Dio un paso atrás, muy lentamente. «Ahora o nunca».

— ¿Krenia…?

Demasiado tarde. Para cuando Leesan Krim se daba cuenta, Krenia ya se escabullía por la puerta.


Guiándose con la Fuerza, localizó a Tiarri y los dos trandoshanos. Y no sólo a ellos, sino también a la otra esclava y a Koltaese. «Ahora o nunca», se dijo.

Durante una breve fracción de segundo, la imagen de Tera Sinube acudió a su mente. «Krenia, dime: ¿qué es el lado oscuro?».

— El uso de las pasiones —murmuró, para sí, la twi'lek.

Pero aquello no era una pasión. No, no lo era.

Al llegar hacia donde la Fuerza le indicaba, se encontró con Tiarri y los hermanos Hak delante de una puerta cerrada. Krassk golpeó con el puño.

— ¡Abre, Koltaese! —gruñó— ¡Sólo queremos la esclava!

Tiarri vio venir a Krenia.

— ¡Oh!

Bork Hak también se percató.

— ¿Qué haces aquí?

Krenia no respondió mientras se acercaba. Krassk volvió a golpear la puerta.

— ¡Abre o la tiro abajo!

Y como no hubo respuesta, finalmente el trandoshano cumplió con su palabra.

— ¿Pero qué haces aquí? —insistió su hermano— ¿No tenías que estar con los otros, Jedi?

— ¿Cómo…? —Krassk se dio cuenta de repente de la presencia de Krenia Krynda.

Pero la twi'lek no le dejó decir nada más. Sin pensárselo dos veces, le arrancó el rifle bláster de la mano y entró en la habitación.

La esclava twi'lek chilló y se cubrió con las sábanas. Mulin Koltaese también gritó, alzando las manos.

— Y ahora, Mulin Koltaese —masculló Krenia—, vas a pagar por lo que me has hecho.