Capítulo 10: Amargo chocolate
Para el día de San Valentín había trabajado muchísimo. Una semana entera de preparativos en concreto. Primero tuvo que escoger qué clase de chocolate quería preparar; para eso, estuvo engañando a Inuyasha para que probara diferentes clases de chocolate y le dijera cuál era su favorito. También tuvo que investigar si le gustaba la crema, la nata y los adornos. Finalmente, se decidió por un corazón del tamaño de la palma de su mano. Por dentro bizcocho de chocolate, por fuera una capa endurecida de chocolate negro adornado con chocolate blanco. El resultado final le encantó, así que lo envolvió en una cajita recubierta de terciopelo rojo que se cerraba con un lazo dorado.
Después de aquella desafortunada pelea en el vestíbulo, Houjo, Inuyasha y ella estaban en el punto de mira de todo el instituto. Lo que realmente había sucedido había quedado entre el cuerpo directivo, sus padres y ellos; no habían dicho nada a nadie más exceptuando Sango, a quien ella misma se lo contó en confidencia. Desde entonces, Sango no se mostraba tan desagradable con Inuyasha aunque siguiera cayéndole muy mal. El resto del instituto los acosaba a preguntas. No obstante, en el hospital, hicieron un pacto entre los tres de silencio y no agresión.
Ella salió del hospital al día siguiente y descansó el fin de semana para poder volver a clase el lunes. Inuyasha y Houjo permanecieron cerca de una semana en el hospital. En ese tiempo, fue a visitar a Inuyasha cada día después de clase y les llevó los deberes a ambos. Houjo mostró interés y le agradeció con timidez debido a lo sucedido entre ellos, mientras que Inuyasha lo vigilaba como si estuviera esperando que la atacase. Inuyasha no se mostró tan feliz al ver la lista de deberes, por lo que en seguida la desechó. El problema llegó cuando les dieron el alta. Inuyasha estuvo otra semana completa sin ir a clase, y ella no tenía forma de contactar con él. Sería muy sencillo buscar la ubicación de la mansión Taisho, pero no le parecía adecuado presentarse allí, mucho menos cuando aún no habían aclarado qué eran.
Cuando los dos volvieron a clase, sus moratones habían clareado y apenas eran diminutas manchas en la piel. Aun así, dolían, y los vio hacer muecas de dolor a ambos al moverse. Después de dos semanas sin entrenar nada, otra vez debían estar oxidándose, como en navidad. No le dijo nada a Inuyasha porque sabía que él no se encontraba en condiciones, pero, con tan poco entrenamiento, estaba segura de que no podrían ganar la competición. Por eso fue toda una sorpresa que Inuyasha apareciera en el entrenamiento, insistiendo en hacer el entrenamiento a pesar de sus dolores. Ese día se tomó otra decisión: entrenarían todos los días de la semana después de clase. De lo contrario, ni siquiera alcanzarían los tres primeros puestos.
No se besaban desde la primera noche en el hospital. Estaban en un punto en el que era difícil saber si eran novios, amigos con derecho a roce o tan siquiera amigos. Estaba muy confusa y no sabía cómo sacar el tema. Preparó el corazón de chocolate con la esperanza de que entregárselo le ayudara a hablar con él y le demostrara, al mismo tiempo, a Inuyasha que tenía interés real en su relación.
Así pues, con la caja de regalo en su cartera y unos preciosos lazos rojos adornando su cabello rizado entró en el instituto. Más le valía a Inuyasha ir a clase ese día o se llevaría una gran decepción. Se cambió los zapatos en el vestíbulo, como de costumbre, donde se encontró con Sango.
— Buenos días, Sango.
— Buenos días, Kagome. — se detuvo abruptamente — ¿Y esos lacitos?
— ¿No me quedan bien? — le preguntó preocupada.
— No, si estás guapísima, como siempre, pero es la primera vez que… bueno… ya sabes…
— Pensé que no estaría mal un pequeño cambio de look.
— Y no tiene nada que ver con San Valentín, ¿no?
Por supuesto que sí, pero tampoco lo diría en voz alta para que tuviera motivos reales con los que chincharla. Entonces, querría saber para quién se había puesto así, terminaría diciéndoselo y tendrían pelea. Sango jamás aceptaría a Inuyasha como un posible candidato para ella. Decidió devolverle la pelota a su tejado para escurrir el bulto.
— ¿Y tú qué? — la codeó — ¿Llevas chocolate para algún chico?
La habría dejado en paz en seguida si Sango no se hubiera sonrojado mientras intentaba esconder la cartera a su espalda.
— ¿Sango?
— Shhhhhhhhhhh.
¡No se lo podía creer! Sango llevaba chocolate para un chico y estaba segura de saber para qué chico.
— Es para Miroku, ¿verdad?
— ¡Silencio!
La agarró y la empujó dentro de una clase vacía sin dejar de tapar su boca con una mano, como si temiera que fuera a gritarlo en mitad del instituto. La miró con incredulidad mientras que una sonrisa burlona se iba formando en su rostro. No podía creer que al fin Sango hubiera aceptado sus sentimientos y decidiera dar un paso adelante.
— ¿Y cómo se lo darás? — le preguntó.
— Aún no sé tan siquiera si se lo daré…
— ¡Oh, no digas eso! — la animó — Seguro que a Miroku también le hace mucha ilusión.
— Miroku tendrá montones de chocolates, no creo que quiera para nada el mío roto e insípido. Creo que hasta se me ha quemado.
Eso no sonaba muy bien la verdad.
— Si te quiere, eso no le importará.
— ¿Y si no me quiere? — le espetó horrorizada.
— Entonces, no te merece; así de simple.
Salieron de la clase que habían estado ocupando cuando entraron los primeros alumnos. Al salir, observó con horror el letrero de la clase de 2-C. Tenían que apartarse de ese lugar cuanto antes si no quería tener problemas. Agarró el brazo de Sango y tiró de ella para alejarse de allí, pero alguien se adelantó tirando de ella hacia atrás para besar su mano. ¡Maldita fuera su suerte!
— Un placer volver a verla, presidenta.
Los dos primos la llamaban igual. ¿Acaso no sabían que tenía un nombre? ¡Y muy bonito además!
— Bueno, y-yo tengo prisa…
— ¿Me has preparado chocolate, presidenta?
— No.
Fue cortante y borde con su respuesta porque no le gustaba que la tratasen como si ella fuese una presa fácil. Kagome Higurashi no era una presa fácil para absolutamente nadie y estaba harta de que algunos chicos de ese maldito instituto se adjudicaran ciertos derechos que no les correspondían.
— ¡Qué cruel! — agarró uno de sus lacitos — Te había visto tan bonita hoy que pensé…
— No dejaré de estarlo por no haberte preparado chocolate. — se desasió de su agarre — Adiós.
No le permitió que volviera a sujetarla cuando hizo el intento. La misma Sango participó en su huida amenazándolo con un puño. Otra cosa no, pero Sango sabía imponer. Se despidieron en la puerta de su aula, donde le dio ánimos para que le entregara el chocolate a Miroku. Estaba segura de que él no lo rechazaría, e incluso diría que se pondría muy contento. Ojalá ella pudiera decir lo mismo de Inuyasha; no sabía qué pensaría él de todo aquello. Era un chico tan especial para esas cosas….
Al entrar en clase y ver su pupitre aún vacío, tuvo una idea. Dejó la cartera sobre su propio pupitre, buscó un cuaderno y escribió una nota. La arrancó y, simulando que estaba dando una vuelta por la clase, se acercó al pupitre de Inuyasha y dejó la nota en el cajón donde sabía que él dejaba el tabaco y el Iphone. Ojalá se diera cuenta de que ella le había dejado una nota ahí abajo, pues no sabía si podría acercarse a él en otro momento sin correr el riesgo de que Kikio Tama metiera las narices.
Regresó a su lugar y se sentó a la espera de que comenzara la clase. Inuyasha entró cinco minutos tarde. Suspiró aliviada al ver que no haría novillos. Discretamente, lo vio dirigirse hacia su asiento. Inuyasha encontró la nota casi de inmediato, la desplegó y la leyó. Aliviada de saber que había recibido su mensaje, pudo concentrarse en la clase.
En el cajón encontró un papel plegado con el nombre de Kagome escrito en una esquina. Al levantar la vista, ella estaba mirando al frente, hacia la pizarra. Cuando entró en clase, pensó que estaba preciosa con aquellos lazos; nunca la había visto prepararse tanto para ir a clase. Aunque, sin duda alguna, aquella nota fue la guinda del pastel. ¿Desde cuándo Kagome escribía notas? La desplegó y la colocó de tal forma que Kikio Tama no pudiera leerla. La chica lo había mirado con interés, sabía que tenía la nota de otra chica y ya estaba sacando las garras. No sabía qué pensar del interés en él de esa chica. Parecía la típica que solo buscaba un polvo. De hecho, por lo que sabía, ya se había liado con unos cuantos del instituto.
Suspiró y leyó la corta nota.
Reúnete conmigo en tu árbol favorito a la hora del recreo. ¡Tengo una sorpresa! Besos
No supo decir qué le sorprendió más de todo aquello. Reunirse en el recreo era algo totalmente inaudito para ellos, ya que era la hora que solían emplear para quedar con los amigos aunque Miroku estaría tan ocupado recibiendo chocolate que no tendría tiempo para él. Una sorpresa, eso sí que era extraño. No se le ocurría de qué se podía tratar, y, de repente, se sentía impaciente por saberlo. Finalmente, le mandaba besos. Hacía como un mes que ellos dos no se besaban en condiciones.
Guardó la nota en el bolsillo de la chaqueta, lejos del alcance de la víbora, y se quedó mirando la coronilla de Kagome mientras tomaba apuntes. No sabía decir en qué punto se encontraban en ese momento. Aquel día, cuando sucedió la pelea, estaban muy peleados; parecían a punto de declararse odio eterno. Luego, se portó como un caballero socorriéndola de Houjo Akitoki, pero ella salió herida. En el hospital, lo besó y se mostró muy atenta y complaciente con él. Después de eso, nada. Entrenaban tal y como lo hacían antes de ser algo que todavía no habían determinado qué era. Tal vez, ella estuviese tan harta como él de esa situación y quisiese llegar a un acuerdo. ¿Novios? ¿Amigos con derecho a roce? ¿Amigos? ¿Enemigos? Fuera lo que fuese, si ella no sacaba el tema, lo sacaría él.
El resto de las clases hasta la hora del recreo se le hicieron eternas. Cuando al fin tocó la sirena, una avalancha de chicas con sus cajas de bombones se apoderó de los pasillos y se volvió casi imposible avanzar. Se detuvo un momento en 2-B para explicarle a Miroku que ese día no lo acompañaría. Verlo rodeado de chicas, le pareció surrealista. Las acosaba como un pervertido y ellas lo insultaban y abofeteaban, pero, cuando llegaba San Valentín, todas le llevaban chocolate. ¿Alguien podía entender a las mujeres?
Atravesó el mar de hormonas intentando no golpear a ninguna hasta llegar a su feliz amigo Miroku.
— ¡Inuyasha, amigo! — lo llamó con tono festivo — ¿Quieres algo de chocolate?
— No, no me apetece.
Y como para aceptarlo. Algunas chicas que ya habían entregado su chocolate, lo miraban amenazantes, advirtiéndole de lo que le sucedería si tocaba su chocolate. ¡Cuánta agresividad!
— Hoy no te acompañaré, tengo cosas que hacer.
— ¿Alguna chica?
— Tal vez…
Su amigo indicó una pequeña pausa con las manos y lo hizo sentarse a su lado. Las chicas se apartaron como si su palabra fuera la de Dios. ¡Increíble!
— Cuéntame. ¿Cómo es ella?
— Jamás te lo creerías.
— Creo que me lo puedo imaginar. Seguro que es una chica con muchos cargos, responsabilidades, ocupaciones académicas… ¿Tal vez con el pelo azabache?
— ¡Pero cállate!
Le puso las manos sobre esa bocaza suya para acallarlo y le lanzó una mirada reprobatoria. Durante su estancia en el hospital, Miroku había ido a visitarlo. En varias ocasiones, se había cruzado con Kagome. La primera vez la vio entregándoles los deberes a ambos, algo que interpretó como un comportamiento normal al ser ella la presidenta y estar en su misma clase, por lo que no sospechó. La segunda vez Kagome estaba sentada junto a su camilla leyendo un libro, lo que le extrañó. La tercera vez ella le peleaba una manzana y le iba dando los pedazos que cortaba. A Miroku se le encendió la bombilla inevitablemente.
— Lo siento… — musitó.
Se metió las manos en los bolsillos, preparándose para marcharse. No quería hacer esperar a Kagome.
— Suerte con todo esto y… — contempló todas aquellas cajas repletas de chocolate — Apúntate a un gimnasio.
— Eso haré. — le sonrió y le guiñó un ojo — ¡Suerte con tu chica!
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para volver a atravesar toda la clase hasta la salida. En el pasillo, le resultó realmente difícil avanzar. Había perdido ya diez minutos de recreo; de repente, le atenazó el miedo a que Kagome lo estuviera esperando ya bajo el árbol, impacientándose. Cuando bajó las escaleras, en lugar de dirigirse hacia el vestíbulo para salir, abrió una ventana y saltó al exterior.
— ¡Taisho!
Justo el director, ¡cómo no! Kagome lo esperaba, así que le dio la espalda y salió corriendo hacia la vegetación con la esperanza de que no se le ocurriera seguirlo. ¿Para qué iba a meterse el director en ese lugar? Podría mancharse el traje y nadie quería que eso sucediera. Ya ajustarían cuentas más tarde.
Por el camino, descubrió a varias parejas recién formadas buscando algo de intimidad y se sonrojó. Todos parecían pasárselo en grande. Bueno, si las cosas salían como él esperaba, se lo pasaría también en grande, ¿no? Avanzó entre los árboles, deseoso de verla, de que estuvieran solos. Según se iba acercando, se alegró de ver que las parejas no se aventuraban tan lejos. Todos sabían que esos eran sus dominios. Sonrió ante esa idea orgulloso. Al llegar al claro, vio a Kagome arrebujada en su abrigo, esperándolo.
— ¡Kagome!
Corrió hasta llegar donde ella se encontraba sin dejar de mirarla fascinado. Agarró uno de los lacitos rojos entre sus dedos cuando los tuvo a su alcance y tiró de él suavemente, con cuidado de no deshacer la lazada.
— Estás muy bonita, ¿lo sabías? — Kagome se sonrojó en respuesta — Aunque seguro que no soy el único que te lo ha dicho.
Kagome no contestó, pero no necesitaba su respuesta para saber que estaba en lo correcto.
— ¿Por qué me has citado aquí, nena?
— Tenía que darte una cosa.
Para su sorpresa, Kagome dejó de esconder los brazos tras su espalda y le enseñó una preciosa caja forrada con terciopelo rojo. Se quedó mirando el obsequio pasmado, sin palabras. Nunca le habían regalado nada por San Valentín. A decir verdad, siempre había pensado que era una fiesta comercial, pero no iba rechazarlo. Lo verdaderamente importante era que Kagome preparó chocolate para él. Cogió el paquete y lo miró sin saber muy bien qué hacer. De repente, recordó a Kagome dándole a probar chocolate, dándole a probar a toda la clase en realidad, pero siempre se aseguraba de que él lo probara. ¿Cómo no pudo verlo venir? Intentaba averiguar qué chocolate le gustaba.
— Gra-Gracias…
Kagome lo miraba expectante, ¿querría que lo abriera? Desanudó el lazo dorado y fue apartando poco a poco el envoltorio para descubrir una caja blanca. Levantó la tapa y se encontró con un corazón de tamaño medio de chocolate negro con adornos de chocolate blanco. El chocolate negro era su favorito; ella se dio cuenta. Partió un trozo con una mano y lo probó. No pudo controlar el gemido de placer que se escapó de entre sus labios. Acababa de probar un pedazo de cielo. Kagome era una cocinera magnífica.
— Delicioso.
— ¿De verdad te gusta?
— ¿Te mentiría yo? — tomó otro pedacito — Está muy bueno.
Cogió otro pedazo mientras masticaba el segundo y rozó con él los labios de la chica para que lo probara. Kagome se sonrojó, pero abrió los labios tímidamente y probó la comida que él le daba de su mano.
— Kagome, ¿quieres ser mi novia?
Lo dijo. No se detuvo a pensar, ni a medir sus palabras. Fue directo al grano, justo a lo que llevaba tanto tiempo deseando decir, y lo pronunció en voz alta. Kagome dejó de masticar asombrada por sus palabras y lo observó mientras reflexionaba sobre sus palabras.
Inuyasha acababa de pedirle que fuera su novia. Ese chocolate lo preparó como inicio de una conversación en la que ella quería llegar a ese mismo punto. Era todo una suerte que él se hubiera adelantado ahorrándole de esa manera el tener que decirlo, pero el impacto de esas palabras fue tremendo. No pensó que causarían en ella tal efecto. Se encontraba rebosante de felicidad repentinamente y no hacía más que resistir el impulso de lanzarse sobre él. Entonces, fue cuando se percató de que resistirse no formaba parte del amor. El amor era puro e incomprensible impulso.
Se rio en voz alta, emocionada, y se tiró a sus brazos. Inuyasha tuvo que hacer malabares para que no se le cayera el chocolate y recibió encantado a Kagome entre sus brazos. Lo había tenido en vela esperando una maldita respuesta. Aunque solo habían transcurrido algunos segundos, para él fueron como dos días enteros. No pudo evitar reír con ella al mismo tiempo. Con el brazo que la rodeaba, la alzó y dio vueltas con ella.
— Supongo que eso es un sí, nena.
— ¡Claro que sí! — la dejó en el suelo — Pero tendremos que aclarar algunas cosas.
Su tono de voz se volvió más serio; él tragó hondo.
— ¿Qué cosas? — preguntó con temor.
— Tendrás que dejar de llamarme nena.
Así que solo era eso, no pasaba nada entonces. Todo tenía solución. Además, ese era un punto en el que él no cedería. Le encantaba llamarla así.
— ¡De eso nada!
— ¡Inuyasha!
— ¿Cómo piensas obligarme a que no lo haga?
Kagome se quedó callada en ese instante. No tenía forma de impedir que la llamara de esa forma y, entre todos los apodos que le puso hasta el día, ese era el único que creía poder continuar diciendo en voz alta sin sentirse ofendido incluso él mismo. Llamar niñata a su novia no era una opción. Su novia… ¡Qué bien sonaba eso! Estaba deseando poder declarar en voz alta que Kagome era su novia. Sería la envidia de todo el maldito instituto y le encantaba. Entonces, se le ocurrió una idea.
— ¿Qué te parece si vamos el sábado al cine?
Sabía que ella no acostumbraba a salir demasiado, pero, si solo la veía en clase, no estaría disfrutando de sus privilegios como novio. Él tenía derecho a verla los fines de semana y la llevaría pronto a casa si no quería quedarse hasta tarde.
— Bueno, vale. — aceptó — ¿Qué película vamos a ver?
La verdad era que no sabía qué películas había en cartelera. Agarró su mano y tiró de ella para que lo siguiera. Le estuvo preguntando e insistiendo pero él no contestó mientras tiraba de ella hacia el instituto. Una vez allí, se acercaron a la fachada y aprovechó la ventana abierta que él mismo dejó, ya que el aula de informática se encontraba ahí. Antes de que Kagome pudiera emitir una sola queja, la alzó sobre sus propios hombros y la metió dentro del instituto. Kagome le riñó como toda una presidenta por entrar de esa forma al establecimiento. Sin dejarse amedrentar, tiró de ella hacia el aula de informática.
Allí, la hizo sentarse sobre su regazo y buscó en internet la cartelera del cine más famoso de la ciudad. Leyeron en voz alta los títulos a la espera de que eso los ayudara a decidirse. Al final, cerraron el cerco de doce películas a tres: XXX: Reactivated era su favorita, Mad Max, podría servir aunque fuera un remake, y La Ciudad de las estrellas, la favorita de Kagome.
— Deberíamos ver algo romántico. — argumentó ella.
— En la de XXX: Reactivated seguro que hay sexo.
Kagome lo miró ofendidísima. Supo en ese instante que acababa de perder la discusión por comparar una escena de sexo brutal con algo romántico.
— Está bien. — accedió — Veremos tu película.
Lo abrazó mientras le daba besos en la mejilla. Tal vez, no estuviera tan mal ceder un poco de vez en cuando y darle el gusto a su chica. Cada vez que lo decía, le sonaban mejor esas palabras. Cuando sonó la sirena en mitad de un beso, intentó persuadirla para que hicieran novillos, pero Kagome era dura de pelar.
Pasaron toda la hora de Educación Física entrenando, tal y como ya era costumbre, y comieron cada uno con sus amigos. No le dijo nada a Miroku todavía, aprovechando que él estaba algo distraído con las chicas del instituto que aún lo perseguían para darle sus chocolates. Quería que su relación con Kagome fuera más sólida antes de poder celebrarlo por todo lo alto. Su cita lo confirmaría del todo; estaba seguro.
Kagome comió con Sango, como ya era costumbre. Estuvieron hablando sobre las clases y algunos profesores. Ninguna de los dos hizo amago de sacar el tema de los chocolates. Aunque no tuviera razones para no hablar de ello, puesto que le salió bien, prefirió esperar a que Sango también estuviera preparada para hablar de los suyos. Cuando las dos estuvieran dispuestas, compartiría su maravillosa noticia con ella. Ojalá antes de que Inuyasha empezara a hacer muestras públicas de cariño.
Después de las clases de la tarde, entrenaron siguiendo su rutina. Tras una larga sesión de besos para terminar con el entrenamiento, se cambiaron de ropa. Recordó que tenía que pasarse por el despacho de Kouga en el último momento. Dejó a Inuyasha esperándola en el vestíbulo para ir juntos en su moto y corrió hacia su despacho. Al llegar, tocó la puerta del despacho del profesor y lo saludó con una sonrisa para recibir su próximo encargo.
— ¡Qué chica tan trabajadora eres Kagome!
— Eso intento.
Cogió el folio que él le entregó y leyó la lista de encargos como ya era costumbre para preguntarle sus dudas.
— Creo que lo entiendo todo. Gracias profesor.
— Gracias a ti Higurashi y si… — de repente se calló — No tiene importancia. Puede irse.
Se despidió del profesor, extrañada por su comportamiento, y bajó las escaleras corriendo para reunirse con Inuyasha. Solo habían sido diez minutos y ya lo añoraba. Se estaba acercando al vestíbulo tarareando una canción cuando escuchó unas voces. Se detuvo y se escondió para escuchar atentamente. Inuyasha estaba en la conversación.
— ¿No te parece esto de San Valentín una tontería?
Era la voz de Kikio Tama.
— Sí, es solo una fiesta comercial. — contestó Inuyasha — Realmente patético.
Le vino a la cabeza como un flash el instante en que probó su chocolate de San Valentín.
— Delicioso.
— ¿De verdad te gusta?
— ¿Te mentiría yo? — tomó otro pedacito — Está muy bueno.
¿Todo aquello era mentira? ¿Le dijo que estaba bueno y se mostró acorde con ella por el regalo solo para satisfacerla? ¿En verdad pensaba que era patético?
— Perder tantas horas haciendo chocolate para un tío… — se quejó Kikio — Yo no sería capaz de hacer algo así. ¡Es tan estúpido!
Estúpida sería ella por hablar de esa forma de todas las chicas que se habían esforzado tanto.
— ¿Te han regalado chocolate, Inuyasha?
— No.
Bien, acababan de empezar a ser pareja y él ya renegaba de ella. Sintió que una mano agarraba su corazón y empezaba a estrujarlo cruelmente con la única intención de hacerla sufrir, de destrozarla por dentro. ¿Por qué Inuyasha le estaba haciendo aquello? ¿Por qué ella fue tan estúpida al creerlo de nuevo?
— Debo suponer que no le habrás regalado chocolate a ningún chico. — continuó él.
— No, solo tengo un regalito muchos más especial preparado para uno.
Ya estaba harta de escucharlos. Agarró su cartera con fuerza y se dispuso a pasar entre ellos por la única puerta para marcharse, demostrándole a Inuyasha lo enfadadísima que estaba. Sin embargo, justo cuando rodeaba los armarios y se dirigía hacia ese punto, vio algo que la dejó petrificada. Kikio se puso de puntillas y, sin que Inuyasha hiciera el menor movimiento para detenerla, se apoyó en él y lo besó. El mundo se le cayó encima en ese momento, cargándose sobre su espalda con crueldad. Unas dolorosas y ardientes lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. Apenas llevaban unas horas siendo novios… ¿Cómo podía traicionarla de esa forma?
No supo qué hacer, no tenía experiencia con los chicos, ni con esas situaciones. Solo tuvo unos instantes para limpiarse las lágrimas de la humillación antes de que Kikio la viera. Inuyasha se volvió también para mirarla y puso la cara de un hombre que acababa de ser descubierto con las manos en la masa.
— Lamento haber interrumpido… — musitó.
Pasó de largo a su lado e intentó caminar lo más rápido posible mientras se repetía una y otra vez que debía seguir hacia delante, que debía hacer como que no le dolía, que debía mostrarse fuerte y decidida. Inuyasha no volvería a engañarla nunca jamás. Eran enemigos, siempre lo fueron, y siempre lo serían. No había nada más. Había caído en su trampa una vez, pero nunca más volvería a caer. Si aquello era otra de sus venganzas, se había ensañado como nunca. No lo perdonaría aunque se pusiera de rodillas.
— ¡Kagome!
Escuchó sus pasos a su espalda, persiguiéndola. ¡Ni soñarlo! Aceleró el paso hasta que él pasó corriendo a su lado y se detuvo frente a ella. Entonces, no le quedó más remedio que encararlo.
— ¡No es lo que parece! Si me dejas explicarte…
— ¿Explicarme el qué? San Valentín es una patética fiesta comercial, ¿recuerdas? — le echó en cara — Y ninguna chica te ha regalado chocolate, pobrecito. — se burló — Espero que te haya gustado el beso de Kikio porque va a ser el único que recibirás a partir de ahora.
— ¡No es justo que…!
— ¡Déjame! — gritó apartando sus manos de ella — ¡Te odio!
Lo rodeó sintiendo que la sangre le hervía en las venas y continuó su camino, pero se equivocó al pensar que la pelea había terminado.
— ¡El sentimiento es mutuo, niñata! — gritó él a su espalda.
Por fin habían dejado los dos las cosas claras.
Continuará…
Próximo capítulo: resquemor.
