Atrapado en el Limbo
Hay poca gente en las calles, como es de esperarse, pero más que hace dos o tres semanas. De alguna forma, estas personas se han acostumbrado al clima glaciar. Poco a poco, intentan volver de alguna forma a sus vidas. He visitado una villa, algunos locales y la única escuela que ha vuelto a la 'normalidad'. Varios niños se acercaron a conocerme, algunos me acompañaron a visitar un mercado. Uno de ellos, Erik, me mostró los cálculos que había hecho para una tarea. Los ganaderos y el gremio dedicado a los textiles habrán ganado más en este invierno que en varios años de trabajo. La parafina, gas, leña y el carbón también aumentaron sus ventas, y precios. Ni hablar de vegetales y frutas, esas son inaccesibles para más de la mitad del pueblo.
Salí hace dos horas a dar un paseo por las calles principales de la capital de Arendelle, antes de la hora máxima que impone el toque de queda. En parte, salí a distraerme, y a hacer uno que otro acto social para mantener mi imagen. Trato de despejar mi mente de la enorme cantidad de pensamientos irracionales que cruzan. No está funcionando. Sigo pensando en ella. En Elsa.
Mentiría si dijera que no pasé la noche entera imaginando miles de formas diferentes de desabrochar ese corsé. He estado toda la mañana recordando esas piernas largas, la curvatura de sus caderas, su cintura delgada. Sus pechos redondos, lamentablemente oprimidos por la tela. Hay quienes podrían encontrarla muy delgada para ser atractiva. A mí me parece sensual de todos modos. Quiero recorrer más de esa piel nívea, y hacer cosas muy por debajo de lo que es moralmente aceptable. No puedo quitarme la imagen de la cabeza, y al mismo tiempo, no quiero que desaparezca. Maldita memoria visual. Maldita Elsa. Malditos todos. Tengo que dejar de pensar en ella de esa forma, aun no es mía, no puedo tocarla como me dé la gana.
Me detengo en un bazar humilde a comprar unas manzanas exorbitantemente caras para Sitron. A estas alturas ya reconozco a algunas personas que viven en el centro de la ciudad, las he visto casi a diario por unos dos meses. He hablado con varias, les ayudé a hacer colectas de ropa de invierno para los sectores bajos, y en ocasiones visito los albergues. Muchos indigentes mueren de hipotermia, tuberculosis o pulmonía, una visita es lo menos que puedo hacer.
Sigo pensando en qué hacer para terminar con el invierno de una vez por todas. Sé que la reina ha progresado, se ve más confiada, pero le falta mucho por dominar. El tiempo se va a agotar. Cambiarán las estaciones, y será aún más difícil que el reino se recupere. Vendrán tiempos duros para todos nosotros.
Ya llevo mucho tiempo fuera del castillo, se preguntarán dónde estoy. En el camino de regreso evito saludar a tanta gente, de hacerlo no regresaría nunca. No hay reuniones importantes con mandatarios, por lo que puedo darme el lujo de detenerme a observar el puerto por unos minutos. Extraño mi barco y a la tripulación. La mayoría no eran de clase alta, pero tampoco eran marginados sociales, tenían el nivel justo de impertinencia y humor para animar las extensas jornadas en medio del océano. Es una de las desventajas que tendrá ser rey, el no poder pasar tantas semanas en altamar.
A lo lejos se ve que parte de la capa de hielo se desintegró, hay algunos casquetes de hielo flotando entremedio y fragmentos de navíos destrozados. Todo está desierto en esta zona, como una ciudad fantasma, una sin almas que habiten en ella. En alguna parte debe estar mi nave, la Emperatriz Errante, de última tecnología, funcionaba en base a vapor, y era dos veces más veloz que los barcos convencionales. No tenía una sola falla, estaba en perfectas condiciones… y ahora seguramente se ha dañado. Una verdadera lástima, es uno de los pocos bienes materiales a los que me siento apegado.
Al cabo de un rato, me rindo. No veo mi embarcación por ninguna parte. Regreso al castillo pensando en cómo recuperarla. No obstante, dudo que el motor esté en buen estado, por lo que sería más conveniente reemplazarla por otra del mismo modelo. Descansa, pequeña bestia, fuiste buena mientras vivías. Tuvimos nuestros momentos, con eso es más que suficiente.
El resto del camino es tranquilo. Casi nadie se acerca al castillo, fuera de la nobleza y los mandatarios extranjeros. En el trayecto, observo el palacio. Luce más intimidante con el paisaje invernal y los adornos de la coronación retirados. La cubierta de nieve, el cielo encapotado y las montañas de fondo le dan un aspecto irreal, parece una imagen sacada de un libro gótico. La escasa iluminación no ayuda a mejorarlo.
Ya estando dentro del castillo, me debato entre buscar a la reina y disculparme por no cumplir con la salida que le prometí ayer, o esperar que sea de noche y distraerla con algo más. Se me ocurren muchas ideas de cómo hacer algo más. Maldita mente pervertida. Si no fuera por sensualidad de Elsa, estaría pensando con mayor claridad… a veces me pregunto qué tan atraída se siente hacia mí, sé que le gusto, lo veo en la forma en que se sonroja, en sus latidos, en lo nerviosa que está cuando la toco… quiero avanzar más en nuestra relación, pero no sé si ella esté lista. Después de todo, se giró un segundo antes de que pudiera besarla… cuando la bese, quiero que ella lo desee también. Demonios, ahora hablo como una chiquilla indecisa. Contrólate Hans, eres mejor que eso.
Justo cuando doblo en el pasillo, me encuentro con ella. Maldita sea mi suerte. Tal parece que tendré que dar explicaciones ahora.
—Buenos días.
—Tardes—me corrige con un tono neutral, mirando a cualquier dirección menos la mía.
—Lo lamento, salí a visitar a algunas personas, no me di cuenta de la hora que es.
—Claro, cuando no tienes responsabilidades es tan sencillo desaparecer— ¿y ahora qué demonios le pasa?
— ¿Disculpa?
—No estás obligado a presenciar reuniones, no te critican en todo el día, prácticamente te veneran, sin hacer el mínimo esfuerzo.
— ¿De qué diablos estás hablando?
—De todos, de ti, de los nobles. ¿Por qué es tan sencillo para ti? Eres carismático, te volviste el favorito de mi consejo, obtienes lo que te da la gana en menos de cinco minutos. Dime, ¿cómo lo haces? — ¿acaso está celosa?
— ¿Estás molesta? Lo entiendo, te pido perdón por lo que sea que te haya hecho, pero deja de atacarme.
Masajea sus sienes y cierra los ojos con fuerza. ¿Qué se supone que haga? No es mi culpa si tuvo una pelea con el Consejo de Nobles. Esperare a que se calme sola para poder preguntarle más, sería suicida si lo intento ahora. Tal vez más tarde, pero necesito saberlo, después de todo, me afecta directamente. Con algo de suerte, será algo que pueda sacarle provecho.
—Si hay algo que pueda hacer-
— ¿A demás de desaparecer?
—No vine para que me insultaras.
—Ni yo cuando me reuní con los nobles— ¿tiene que ser tan complicada? La única vez que se comporta como una mujer normal, lo hace para apostillar en mi contra. Cuidado, Elsa, no es algo que puedas manejar.
—Eso no es culpa mía.
Ya tuve suficiente de su coraje. La buscaré más tarde, cuando deje de salirle humo de la cabeza. No pienso quedarme a aguantarla cuando está así de irritable, tengo cosas mejores que hacer.
—No es contigo—dice en voz baja.
— ¿Entonces?
—Es sólo…—suelta el aire de manera pesada— estoy cansada de lidiar con hombres estúpidos y viejos y sexistas. Sé que no hago el mejor trabajo como reina, pero tampoco soy incompetente.
— ¿Qué te dijeron?
—No es cosa tuya, déjalo—Dios, si puedes oírme desde este infierno congelado, dame paciencia para sobrevivir a esta mujer.
—Lo que sea, ignóralo. No eres un mala gobernante, no tienes nada que probarles a ellos ni a nadie.
—A veces es tan frustrante—suelta un largo suspiro—… lo intento, en verdad me esfuerzo, pero nunca es suficiente.
Me he sentido así un número infinito de veces. Solía hacer cualquier cosa, no importa lo mucho que me llevara, para impresionar a mi padre. Cuando él murió, comencé a luchar por destacarme entre trece hermanos. Era bueno en todo, pero nunca lo suficientemente bueno, siempre había al menos uno de los mayores que me superaba en habilidad, técnica, incluso en el arte de manipular personas.
—Es porque intentas impresionarlos. No deberías, sólo te hace más daño. Confórmate con estar satisfecha contigo misma.
—Suena bastante egoísta
—Es bueno pensar en tu propia persona de vez en cuando—al resto no le interesas en lo más mínimo.
— ¿Gracias? Supongo.
—No es un consejo, es una advertencia.
Me ve fijamente, sé que se muere por preguntarme mis razones para hablar así. Pero no lo hace, se limita a mirarme, como si con eso pudiera descifrarme. Lamentablemente, querida, soy un libro muy difícil de comprender. Ahora que está más cerca, me doy cuenta de que se han acentuado los círculos oscuros bajo sus ojos, se ve decaída. Hace días que está así. Podría ser estrés, cansancio, tensión, o todas esas juntas. Me gustaría encontrar una manera de hacer que esa expresión desaparezca de su rostro…
—Dijiste que podríamos salir a dar un paseo con Sitron—habla ella.
—Estabas ocupada, no iba a molestarte—ni a verte y arriesgarme a hacer algo monumentalmente estúpido.
—No me habrías molestado.
Una salida podría mantenerla ocupada un rato. Honestamente, tampoco me apetece estar el resto de la tarde dentro de castillo. Mientras regresemos antes de que oscurezca, todo estará bien. A demás, todavía traigo el bolso con las manzanas para mi caballo.
—Todavía tenemos una o dos horas de luz, podríamos dar una vuelta corta, si quieres.
— ¿Es en serio? Claro que quiero ir.
—Vístete entonces, no es que puedas cabalgar con ese vestido—aunque la idea de ver su pecho saltar en debajo de ese escote con encaje celeste es jodidamente apetecible.
—Te sorprendería lo que puedo hacer con un vestido puesto—me lo imagino…
—Por mucho que me guste verte descubierta, no puedes salir así. Todavía tenemos que mantener las apariencias.
— ¿Desde cuándo que te preocupa lo que piensen los miembros de la corte?
— ¿Desde cuándo que eres tan atrevida? No es que me queje, me gustas de esta forma.
—No eres el único con una personalidad cambiante.
—Te sienta este cambio—le susurro, haciendo a un lado los cabellos que salen de su trenza.
—Gracias—se sonroja, pero no voltea la mirada, sino que la sostiene y sonríe. Sí, definitivamente me quedo con esta Elsa. Poco a poco gana confianza en sí misma—. Ahora, si me disculpas, iré por un abrigo.
—Te veré en la entrada.
Observo el castillo desde la entrada, luce más imponente que la primera vez que ingresé, durante el baile. El gran hall de la entrada es intimidante, ahora que no está lleno de adornos de colores. Me recuerda un poco al palacio de las Islas del Sur, en cuanto a estructura, ambos con un hall y dos salones, uno a cada lado, más una escalera principal. Hasta ahí llega el parecido. Mi hogar no tiene tantos patrones de colores, el piso es de mármol dorado, y combina con paredes y cielo, el diseño es clásico, arcos y columnas griegas, esculturas de mármol blanco o metálicas, cientos de óleos, y los pocos adornos que tiene son de plata. Es hermoso, perfecto, opulento, dentro de la simpleza del diseño, y, por sobre todo, impersonal.
Lo que me trae de vuelta a la realidad es una de las pequeñas manos de la reina, que se posa en mi hombro, rompiendo con la imagen de mi recuerdo. Ahora trae puesta una capa carmín oscuro, que resalta su palidez natural, y combina con esos labios rojos… que estuve a punto de probar anoche.
— ¿Nos vamos? —pregunta ella.
—Vamos.
Caminamos en silencio hasta llegar al establo. Sitron está en uno de los boxes del medio. Se alegra al verme, relincha y se acerca hacia mí.
—También te extrañé—le digo mientras acaricio su hocico, y con la otra mano saco una de las manzanas del bolsón—. Te traje un regalo.
Pongo la fruta en el centro de mi palma y dejo que la tome. Me costó un buen monto de tiempo lograr que aprendiera a tomar las golosinas que le traigo sin morderme la mano, solía ser un caballo bastante ansioso. Mientras mastica, tomo un cepillo y peino su crin, que ha crecido unos cuantos centímetros, perdiendo el corte perfectamente recto que tenía cuando recién habíamos llegado a este reino.
Por un instante, casi olvido que Elsa está conmigo. Se limita a mirarme desde la puerta del establo, con un brillo de curiosidad en sus ojos.
—Creí que querías conocer a mi caballo.
— ¿Seguro que le agradaré?
—Sólo ven.
Ella se acerca tímidamente, casi como si temiera hacerle daño al caballo, o viceversa. Se queda a mi lado, la veo dudar si tocar al animal o no. Bueno, esta es otra oportunidad que no estoy dispuesto a dejar pasar. La rodeo con mis brazos desde atrás, y guío una de sus manos hacia el carrillo de Sitron. Elsa me ve a los ojos una vez más, buscando una señal de confirmación, y yo asiento, cubriendo el dorso de su mano con la mía, y colocando ambas en la cabeza de mi caballo, acariciándole despacio. A él le gusta, se inclina hacia nosotros y relincha. Y mi acompañante se relaja un poco. La suelto un poco para que se mueva con mayor libertad, y ella traza círculos ascendentes con sus delicados dedos, llegando hasta la crin.
Le agrada a Sitron, y él no confía en cualquiera, es selectivo a la hora de relacionarse con desconocidos. A mis primos los odiaba, a muchos sirvientes le temía. Es extraño que le guste la reina, con lo tensa que está, no creí que fuera a confiar en ella con tal facilidad.
—Ten, ofrécesela—digo al tiempo que le doy una manzana a Elsa. Y el caballo la acepta con gusto.
Hay algo de ella que resulta relajante, es cómodo estar cerca de ella, cuando no es presa del miedo. Tal vez por eso se lleva bien con mi caballo. Es como si sintiese que la reina es de naturaleza benigna, hay algo de su aura, algo misterioso, en un sentido más positivo de la palabra, como una esencia por descubrir, pero que sabes que es buena, sensible e incluso inocua, aun sin conocerla por completo… Y ahora me escucho como un trastornado mental, de nuevo, la estoy dejando influir mucho en mi persona.
— ¿Todavía quieres dar una vuelta?
—Me encantaría, si es que no es muy tarde.
—Vuelvo enseguida.
Entro al box y busco el equipamiento. Conseguí dos mantas y un tarro de grasa para que aguante mejor la baja temperatura del exterior. Tomo la silla de montar junto con la brida, y se las coloco, ajustando bien las correas, sin apretar demasiado. Una vez listo, me preparo para la parte complicada: que esto funcione, y no termine en lamentaciones.
—Adelante.
— ¿Esperas que lo monte sola? —dice con un tono de alarma.
—Ni lo pienses, no voy a dejar que te caigas y dejes que escape mi caballo. Tú sólo sube, yo los guiaré a ambos. No te ilusiones mucho, sólo pasearemos por las cercanías del castillo.
— ¿En verdad crees que perdería a tu caballo?
—No lo creo, lo sé. No eres precisamente una equitadora experimentada, confiarte mi caballo sería una estupidez.
—He montado antes, admito que no de forma regular, pero tampoco soy un desastre—replica dándome un empujón que no alcanzo a detener.
—Sigue con esa actitud violenta, créeme que haré que te caigas a mitad del camino.
—Estás de allegado en mi reino y en mi palacio, no es que tu posición te permita amenazarme.
—Es una advertencia, no una amenaza. Hay diferencias.
—Tampoco creo que debas corregirme, recuerda que ya te congelé un brazo, ahora te congelaré la boca.
— ¿A sí? Pues se me ocurren varias maneras de derretir el hielo—hablo en un tono ronco, mientras me inclino hacia ella, quedando separados por pocos centímetros. Elsa se sonroja, y lame esos labios oscuros, pero luego clava sus ojos fijamente en los míos. De pronto, la tensión entre nosotros reaparece, tan intensa como siempre. Junto con la necesidad física imperante de eliminar este espacio muerto entre nosotros. Quiero satisfacer este deseo urgente de besarla, de tocarla, de hacer que tiemble en mis brazos. Pero no puedo, no es correcto. Y que no sea lo correcto sólo hace que lo quiera más.
Me alejo antes de cometer algo de lo que me arrepentiría más tarde, cuando reflexionara con la cabeza fría, y sin mi tentación personal en frente. Cuando deje de tener cerca esos labios húmedos, esa piel tersa y nívea, ese escote que se asoma por debajo de la capa, puede que sea capaz de pensar racionalmente. O puede que sólo me arrepienta de no haber seguido mi instinto y caer en la tentación. Es tan difícil resistir cuando puedo aspirar su esencia embriagadora, el perfume dulce que pide a gritos que me acerque más a su cuello y pueda sentirlo mejor. Maldita sea, ella es tan deliciosamente adictiva, sin siquiera intentarlo.
— ¿Me ayudas a subir? —pregunta ella, después de aclararse la garganta.
—Claro.
Ella apoya un pie en el estribo, mientras yo le ayudo a impulsarse hacia arriba. Por un momento, cruza por mi mente la peligrosamente seductora idea de subir con ella, y apretar su figura contra la mía. Mas puede que no estemos solos durante la salida, así que me quedo abajo y tomo las riendas, tirando de ellas para que Sitron me siga.
Elijo tomar un camino apartado del corazón de la ciudad. Hay un sendero que lleva a un jardín cubierto de hielo, rodeado por un muro de pinos, lo que le otorga un aspecto más privado. Pasamos por debajo de arcos de rosas escarchadas, y rodeamos estanques y fuentes de agua congeladas, hasta llegar a una pérgola con enredaderas nevadas y delicadas formaciones de hielo pendiendo del tejado. Me detengo y ayudo a la reina a bajar del caballo.
—No recordaba que este lugar existía—susurra ella, observando el entorno.
—No hace mucho que lo descubrí, está lo suficientemente apartado como para que nadie nos moleste.
—Es bellísimo.
Ciertamente lo es, todo aquí es grácil y armonioso. Es como una pequeña y delicada maravilla invernal, blanca y celeste pálido, con cristales iridiscentes y estalactitas. El silencio y la tranquilidad son el sello de este lugar olvidado por el mundo exterior.
—Es parte de tu creación, tú fuiste la que desató el invierno, ergo, esto es obra tuya.
—No fue mi intención, sólo quería huir para no lastimar a nadie.
—Aun sin no lo planeaste, sigue siendo resultado de tus poderes. Un excelente resultado, aunque no se compara con tu palacio de hielo.
—Lo sé, era lo que quería… y más. Ese día sólo pensaba en probar lo que podría hacer, en un punto en que nadie saliera herido… y lo hice, fue la primera vez que realmente me sentí… conectada, con esa parte de mí, no como una aberración que debía ocultar, sino como una pieza imprescindible de quien soy.
—Aquí tampoco harás daño, eres libre de hacer lo que quieras.
—Tú también.
—Yo tengo bastante experiencia, ya sé cuáles son mis límites, será mejor concentrarnos en los tuyos.
—Creí que sólo veníamos a dar un paseo.
—Podríamos hacer ambas… y más…
—Espero que hables de la práctica, sería muy mal visto que intentaras algo conmigo, en especial si no tenemos chaperones—dice con un gesto de desaprobación tan falso como su expresión facial severa.
—No tienen por qué enterarse, yo guardaría el secreto por años.
—En tus sueños, Hans.
—Cuenta con ello, bella ragazza—le susurro mientras tomo su rostro entre mis manos.
—No, esa técnica no funciona conmigo no—replica ella, apartándose un poco.
— ¿Y qué tengo que hacer entonces, mi reina?
—Déjame ver… basta con los clichés, madura… no sacarme de mi trabajo para llevarme a lugares extraños, con intensiones dudosas… y cerrar la boca por cinco minutos o más.
— ¿Algo más que quieras añadir a esa lista?
—Tocarme cuando estamos a solas.
—Me temo que eso no está en negociación, en especial si tienes la piel descubierta—me encojo de hombros—. Además, todavía no hago ni una milésima parte de lo que quiero.
Y ahí está el rubor que quería sacarle, tan profundo que podría combinar con sus labios, o con la capa, y tan atractivo como para estar todo el día contemplándola. Sólo hay una cosa que podría hacerlo mejor, que es desatar su cabello y dejar que caiga libremente. Desarmo su trenza, aprovechando para sentir la suavidad de esa larga melena rubia, y tomar mi tiempo para apreciarla. Mucho mejor.
—Me gusta cuando traes el cabello suelto.
—Gracias—responde en voz baja, casi inaudible. Es bastante modesta, como si no quisiera alardear de esa belleza etérea que posee. Sabe que es hermosa, pero no lo usa en pos de su conveniencia, lo cual es inaudito, una mujer atractiva suele usar su físico como llave maestra para todo lo que quiera… pero ella no lo hace.
—La trenza es bonita, pero así te luces bellísima—y ella se ruboriza aún más.
— ¿Le dices esto a todas tus conquistas?
—Sólo a ti.
—No te creo.
—Lo creas o no, así es. No haría esto con cualquiera, por ti tengo una especie de gusto especial… eres distinta, no tienes idea de cuánto me fascinas.
—Lo siento, me es difícil confiar en un hombre que maneja bien las palabras. La lengua es un arma letal, podrías hacer que cualquiera cayese con la tuya. Crecí sola, pero no soy ingenua, sé que quieres algo más.
— ¿Y qué quieres entonces? Dime, ¿cómo hago para convencerte de que estoy siendo sincero contigo?
—Eso lo decidiré yo, cuando te vea demostrarlo—enarca una ceja, desafiante. Sí, definitivamente esta mujer es mi perdición—. Ahora, si no te molesta, preferiría unos momentos de práctica con mi hielo, o volver a palacio.
—Practiquemos por ahora, pero no creas que esto está zanjado.
—Bien.
Maldita mujer exasperante. ¿Qué más quiere que haga? Intenté ser un caballero y cortejarla como es debido. Intento ganar su favor, ayudarla con su labor, a dominar su don, socializar con su corte y su pueblo… ya debería haber funcionado. Es como si tuviera una coraza de hielo sobre su corazón. Demonios, ¿cómo hago para que deje de estar a la defensiva? Son tan escasos los momentos en que consigo que baje esa guardia, y al mismo tiempo son tan valiosos.
Me siento en una banca a observar a Elsa hacer algunas demostraciones de su poder. Como si el jardín nevado no fuera suficiente maravilla, ella se encarga de llevarlo a otro nivel. El follaje de los árboles queda cubierto de hielo, como creando una especie de hoja de cristal por encima de la natural. Crea esculturas ornamentales delgadas, gráciles, que se parecen mucho a los adornos del castillo. Pule cada superficie, perfecciona los detalles, y los llena de luz… aún no estoy seguro de cómo o por qué lo hace, su hielo adamantino siempre captura y refleja la luz, como gemas preciosas. Es increíble lo que es capaz de hacer con tan solo mover sus manos.
La hora pasa, y la noche cae. Antes de irnos, enciendo las mechas de los faroles, y el jardín queda iluminado con sutiles luces ámbar. Mientras avanzamos, pienso en que podríamos volver en alguna ocasión, es tan tranquilo, aislado del resto del mundo. Cuando llegamos al palacio, Elsa me acompaña a dejar a Sitron en su box, y me ayuda a cepillar su crin. Ya estando dentro del castillo, decidimos que ha sido suficiente entrenamiento por hoy, además, le hacen falta más horas de sueño.
Acompaño a la reina hasta su cuarto, y esta vez, es ella la que se acerca a despedirse con un beso tímido en mi mejilla. Siento nuevamente ese impulso de girar mi rostro unos centímetros, y probar sus labios de una buena vez, mas el instante es tan breve que apenas alcanzo a reaccionar agachándome ligeramente para quedar a su altura. La veo desaparecer detrás de la puerta, dejándome con esta jodida sensación de estar atrapado. Detesto estar en el limbo, sin poder decidir entre lo que quiero hacer y lo que debo hacer. De todas formas, ya estoy condenado, y tengo un extenso historial de acciones pecaminosas. Si ya estoy en el purgatorio, ¿será tan terrible el descenso al infierno?
A/N: Hi lovely fellows! He vuelto con otro capítulo, que escribí a pedacitos cada vez que tenía un poco de tiempo libre.
Pd: adivinen quién se calló justo antes de dar un discurso, y estuvo planeando el futuro del fanfic mientras le curaban la rodilla. Ja… jaja… ja… T^T mis semanas han sido escribir, estudiar botánica, neurología… y atrapar pokémon.
