.

Querido Desconocido

Una colaboración entre Japiera Clarividencia y ChieroCurissu

Disclaimer: HQ! pertenece a Furudate-sensei


En la carta anterior: tras los sucesos provocados por Mister Ace, Uno-kun le había perdido la confianza, pero ver a su mejor amigo junto a una chica que le hace feliz en la inauguración de un refugio de animales, sumados a un reencuentro inesperado y a un pack de cervezas, le llevaron a perdonar al Ace (si es que había algo que perdonar) y a continuar la correspondencia.


Martes 23/06/2015

Wonder Setter

Mañana inician los playoffs, ¿nos veremos? ¿estarás allí?

La noche antes de un partido importante normalmente me voy a la cama temprano. Ya es medianoche, y yo solo me desvelo cuando estoy borracho. No estoy borracho, por cierto. Soy irresponsable hasta cierto punto. He pensado que quizá escribiéndote consiga conciliar el sueño.

Akaashi no vendrá a los partidos. Halló un trabajo en una bodega, y mañana es su primer día: no puede faltar. Además, esto de la paternidad le sienta fatal. Le ha transformado la personalidad, está paranoico. Insiste en que Pequitas no come lo suficiente. Que todos los hijos Akaashi son especialistas en descalcificar a sus madres, y si Pequitas no vigila su alimentación, empezarán a caérsele los dientes. Pequitas no quiere oír nada al respecto, y no va a aceptar ningún suplemento alimenticio además de los que ya le indicó su ginecólogo. Para Akaashi no es suficiente y yo noto que empieza a volverse loco.

Kuroo tampoco vendrá. Si quedo entre los cuatro mejores, el cree que puede hacerse un hueco en la agenda para apoyarme en la final. Le respondí que ahí nos veríamos. Él me recordó que todavía nos quedaban cuatro clases de cocina, así que, claramente, nos veríamos antes.

Ha sido una semana llena de obligaciones académicas, que apenas he tenido tiempo para hacer algo distinto de estudiar y entrenar vóley. Dos noches las he pasado estudiando en casas ajenas. No te pongas celoso que son solo compañeros, por nada del mundo te cambiaría, ni a nuestra correspondencia.

Como mañana empiezan los playoffs, el entrenamiento de vóley acabó antes, para darnos tiempo a descansar. Me quedé un rato bobeando con compañeros de la selección. Llegué a casa a eso de las siete (para mí, eso es llegar temprano), y me encontré con tu carta. La sopesé entre mis manos. Se sentía pesada. Me habías escrito un testamento mucho más largo que el anterior. Me aterraba leerla, esa es la verdad. Pero al mismo tiempo, considerando todo lo que habías escrito, sentía que era de maleducados si no la leía.

—Solo ábrela. A lo mejor es que el papel es grueso —me alentó mi superyó.

Eran al menos quince páginas, escritas por ambos lados.

«No voy a leer, no voy a leer», me repetía en lo que me calentaba un ramen instantáneo. «No voy a leer, no voy a leer», seguí repitiendo en lo que me ponía mis gafas de fantasía y me instalaba en mi escritorio junto a mi tazón de ramen y el fajo de hojas. «No voy a leer, no voy a leer». En un poco más de treinta minutos ya la tenía leía tres veces. Mi mente no colabora conmigo y se pone de parte de mi mala voluntad para hacer lo que menos me conviene.

No digo que tu correspondencia no sea conveniente para mí, ¿ehé? Solo digo… ay, solo digo que yo ya sabía que no iba a poder conciliar el sueño y eso sería fatal para mis intereses deportivos. A la mierda todo.

Realmente no sé qué decirte. Empecé a escribir para descubrir qué era lo que te quería decir, pero de momento no hay nada. Me bloqueaste. Eso lo han conseguido muy pocas personas. Y no hablo de vóley. Aunque cuando digo que Kuroo ha logrado bloquearme, siempre estoy hablando de vóley.

Pienso que, como tú, debí consultar en hemerotecas. Debí ser más sagaz y aprovechar mi tiempo libre en investigarte en lugar de organizar triquiñuelas conspirativas (¿?). No sé administrar mi tiempo. El reloj marca quince minutos para la una y los playoffs inician en siete-ocho horas.

Me pregunto si podré reconocerte. Si acaso tu rostro reflejará todo lo que pones en tus cartas. O es que precisamente escribes estos testamentos porque tu rostro no refleja más que lo opuesto.

Solo tengo el dato de tu cabello picudo y tu piel seca, que sé te ha molestado, pero mi intención no fue más que describir lo que se veía allí en la foto. Cuando nos conozcamos seguramente nos daremos cuenta ambos que mi piel y mi cabello son peores que los tuyos, y eso te pondrá muy contento.

Cuando nos conozcamos…

¿Pero acaso no nos conocemos lo suficiente ya?

Si te digo que ya no quiero encontrarte, ¿qué pensarías de mí?, ¿te molestarías?, ¿te ofenderías? No me malentiendas, por favor. Temo que, de conocernos en persona, dejemos esto tan lindo que tenemos. Ya te considero mi amigo. Mi amigo del otro lado del tintero. De alguna manera estoy en deuda contigo. Me has devuelto mi billetera, y me has obsequiado un balón-chan que he colgado en mi bolso deportivo. Mira, ahí tienes otra pista para reconocerme mañana (aunque… ¿te llegará acaso esta carta mañana?). Pero, dejando de lado los objetos físicos, has sido terriblemente sincero conmigo. Me has hablado de tus sentimientos, y te has revelado ante mí como una persona muy humana. Yo no he sido capaz de hacer lo mismo. Solo te he mostrado lo que cualquiera puede percibir de mí, lo que tu amigo Dos-kun interpretó muy bien: que bien podría ser un troll, pero en realidad solo soy un idiota.

Si nos llegamos a conocer en persona, temo no llegar a mostrarme así de sincero contigo, y eso, no me preguntes por qué, me jode.

Sin embargo, hay que avanzar en esta vida, siempre hay que avanzar. A mi alrededor la gente avanza. Kuroo ya trabaja y creo que está «empezando a salir» con cierto muchacho, según me enteré hace pocos días ¡se lo tenía muy guardado! Todos mis amigos de la preparatoria están en vías de terminar sus carreras. Akaashi corre una maratón con sus dos proyectos de bebés. Y yo… Yo tengo que hacer algo también, ¿no?

Además, hay un favor por cobrar en juego, y lo quiero. Estoy hecho un lío, sé que quiero algo, pero ¿qué? Escribo tan lento. Ya pasan de las dos de la mañana y no te he dicho nada, pero al fin me empieza a bajar el sueño.

Si recibes esta carta por correo, significará que no nos hemos visto en los playoffs; o te he visto, me he aterrado, y he renunciado. Espero que eso no pase, por favor.

No, no puede ser. Tengo que avanzar. Amigo al otro lado del tintero, Uno-kun, Wonder Setter, Llorica-san (jajaja, okey, es que Akaashi ahora se refiere a ti de esa manera, pero en buen rollo), etc…

Nos vemos.

.


Viernes 3/07/2015

¡Uno-kuuuun!

Seguramente acabas de terminar de leer mi carta anterior. He pensado en si debía enviarte aquella carta o no. Al final opté por el «no», pero como no confío en mi criterio para nada, te la adjunto a esta otra carta muy a mi pesar. Siento si el tono de mi carta anterior es demasiado dramático, o melancólico. No sé, a veces soy así.

¡No nos encontramos en los playoffs! ¿Pero me creerás que estuve a punto?

Creo… ¡creo que ya sé quién eres! Pero no sé. Hay dudas razonables. Deja que te lo cuento todo.

El primer día estaba decidido a no encontrarte. Yo me notaba rarísimo. Normalmente odio jugar en la sub-arena porque al ser más pequeñas hay menos espectadores. Pero esta vez hubiese preferido jugar en la sub-arena. Temía desconcentrarme buscando a todos los armadores que jugaban en simultáneo en el gimnasio, y eso no podía ser porque afectaría a mi rendimiento. Te he presumido tanto lo bueno que soy, que no podía permitirme un día malo. Pero como era de esperarse, mis oraciones a buda no fueron escuchadas y jugamos todos nuestros partidos en la arena principal. Bien, me dije, que sea lo que sea. No me dejaría amedrentar. Y no tuve chance, porque en mi primer partido, me tocó enfrentarme con un antiguo colega de la prepa. Le decíamos El Maestro de Nada (con el artículo «El» incluido) porque, aunque era bueno en todos los roles (sirviendo, recibiendo, armando, rematando y bloqueando), no era el mejor en nada. Y bueno, digamos que me entusiasmó mucho jugar contra él. Además, que no tenía noticias suyas de hace cuatrocientos años porque se había ido de intercambio, ¡a China!

Otro día te hablaré de El Maestro de Nada. Te caería bien. A todos nos cae bien.

Luego de recuperar el foco con ese partido, el segundo fluyó solo. Me dije: «si realmente es cosa del destino, entonces todo se sucederá como deba de sucederse».

El segundo día llegué con la misma actitud. Mi equipo tenía que esperar a que se desocupara alguna cancha para entrar a jugar, y como había que hacer tiempo, evidentemente me quedé mirando algunos partidos de los rivales. Ahí comenzaron los problemas.

El día anterior apenas me dio tiempo a descansar entre partidos, así que realmente no tuve oportunidad de pensar en las llamadas «otras cosas». Pero ese día, el segundo día, disponía de mucho tiempo para estudiar a los demás equipos de los cinco partidos que se sucedían en simultáneo. Intentaba no fijarme en los armadores. Me desquiciaba. Me preguntaba: «¿será ese? ¿será aquel? Ese no puede ser ya que tiene el cabello rapado, y Uno-kun no haría una tontería de ese tamaño sin consultarme antes. Ese tampoco puede ser porque el balón-chan que cuelga de su bolso deportivo está mucho más estropeado que el mío y Uno-kun me ha dicho que cuida sus objetos, no me mentiría con eso».

Cuando al fin le tocó jugar a mi equipo yo me notaba atolondrado. El armador del equipo rival era un chico pecoso y de piernas cortas. Pensé que si tuvieses pecas me habría dado cuenta antes. La gente pecosa es tierna, ¿no? Y en tus cartas, más que tierno, te me haces dramático. Un poco como yo, pero en tu caso en un sentido más teatral (mientras que, en el mío, en un sentido más bipolar). Pero, si lo pensaba, toda tu teatralidad y lloriqueo, ¿acaso aquello no te hacía de alguna forma un tierno? No pude resistir más y tuve que preguntárselo al pecoso. Le dije: «¿Uno-kun?» y él se quedó callado, mirándome fijamente, durante segundos que me parecieron horas, y horas que me parecieron años, y años que me envejecieron, haciéndome candidato de un colapso cardiaco.

Se lo repetí, con menos dudas, y casi gritando: «¡Uno-kun

Y el tarado en respuesta me señaló al capitán de su equipo, que llevaba el 1 impreso en su jersey. Bien sea. No podías ser tú el pecoso. Pero así fue como caí en cuenta de que el destino me valía verga; que yo prefería construir mi futuro con mis propias manos, y por algún motivo que no puedo precisar del todo, era importante que tú estuvieses en ese futuro mío.

La concentración se me escapó de las manos.

«¿Pero que acaso no te daba miedo conocerme?», podrías contraatacar, «¿a qué se debe ese cambio de perspectiva?».

Si te sirve de algo, yo tampoco me entiendo mucho.

Ganamos ese partido contra el armador pecoso. En el descanso traté de ser cool. De no demostrar que de pronto, ya no estaba tan interesado en el vóley como en descubrirte. «Prioridades Mister Ace, definamos nuestras prioridades». Allí el superyó dándome el coñazo. Cuando volvimos a la cancha me tuve que apretar los cachetes con fuerza. El superyó tenía razón, no estaba a lo que estaba. Si entré a la universidad a supuestamente estudiar vóley, entonces no podía fallar en la única asignatura que me importaba.

Joder vaya mierda de partido.

Sin querer presumir, a mí realmente es difícil bloquearme, pero este jodido centro contra el que me tocó jugar a continuación, me bloqueó de entrada, cuando todavía ni terminaba el calentamiento. Sin ningún disimulo, se quedó mirando fijamente mi rostro de una manera muy irrespetuosa. Había algo en su mirada que no me gustaba; y seguramente había algo en mi rostro que a ese irrespetuoso no le terminaba por calzar. De pronto, se llevó una mano a su ceja, a la ceja izquierda. Su ceja izquierda que quedaba al frente de mi desaparecida ceja derecha, ¿lo entiendes? El tipo me observaba el rostro porque algo no le cuadraba, y luego entendió que lo que no cuadraba era que me faltaba la simetría.

Y ahora tú podrás decir: «una ceja de menos no pasa desapercibida, no se habría demorado tanto en darse cuenta que lo raro en tu rostro era justamente eso, tiene que ser otra cosa», pero es que la ceja que me queda, si bien es algo espesa, está compuesta solo de canas blancas, y según la luz que incida, a veces da la impresión que también se me desaparece.

El problema fue que el irrespetuoso no se detuvo allí. Luego de comprender que me faltaba una ceja, movido por alguna clase de inspiración cósmica o a saber, se inclinó hacia un lado y bajó la cabeza hasta la altura de mis piernas. ¡Me miraba las pantorrillas! ¡Con todo el descaro!

Entonces lo comprendí: «No, no son las pantorrillas, son las rodilleras. Se piensa que son leggins». Iba a levantarme el bajo del short, para que comprendiera que eran, en efecto, rodilleras; y para que se diera cuenta de que yo me había dado cuenta de lo que hacía. Pero entonces, antes que yo hiciera nada, volvió a levantar la mirada hasta mis ojos, y aunque nos superaban una cantidad considerable de metros, oí clarísimo como murmuraba «es el idiota» y sus ojos se llenaban de una satisfacción que debió de darme miedo, en cambio, lo que sentí fue la sorpresa. Y es que yo, que soy muy sagaz, que he leído tanta novela negra y que incluso cursé una asignatura llamada Novela Policíaca, también lo supe: ese irrespetuoso era un amigo tuyo, uno que sabía todo de mí en las cartas, y me había reconocido.

—Pero solo le ha hablado de mí a sus amigos Dos, Tres, y Cuatro —me cuestioné.

—Y todos ellos eran compañeros de su equipo de vóley de la preparatoria —me recordó el superyó.

—Pero Cuatro ya no juega, se ha retirado.

—Puede ser Dos o Tres.

—Es Dos —atajé, porque recordaba de tus cartas que Dos era centro y Tres punta—. ¡Qué coraje! ¡Ese Dos me mira las piernas!

Es difícil bloquearme, a menos que yo me auto bloquee. ¿Existirá algo como «bloqueo de escritor» pero aplicado a los ace de un equipo? Nos llevó tres sets vencer a los rivales, y a mí me llegaron a sustituir una vez. El entrenador me pidió tomar aire. Tomé tanto aire que comencé a hiperventilar en mal plan. Pero volví a tirar de mis cachetes, alcé la mirada a las gradas y…

¿A quién te crees que vi?

¡Akaashi estaba allí! Mi Akaashi el bodeguero, solo aguantó un día transportando cajas. Fue demasiado duro para él y renunció. O bien sabía que yo estaba complicado y apareció solo para darme ánimos. Quizá una mezcla de ambas cosas. Entonces me puse bueno y mandé a volar a Dos-kun, literalmente. Creo que hasta le doblé un dedo, pero se ve que el tipo es estoico y sabe tragar coñazos.

Cuando concluyó el partido y Dos y yo nos saludamos, me llevé un dedo a los labios en señal de silencio, y él asintió. No sé qué habrá significado para él mi gesto. Yo interpreté el suyo como que no te iba a decir nada a ti. Tiene que ser él. Estoy seguro que era él. Había algo en sus ojos. Una especie de sorpresa, ¿sabes? Esperé que se alejara un poco. Mi plan era luego seguirle, a ver si a través de él podía llegar a ti. Muerte al destino y viva el tomar el futuro en tus propias manos. A lo mejor se encontraban tú y Dos a la salida del gimnasio. A lo mejor hasta se iban juntos, en compañía de Tres y de Cuatro, a beber unas gaseosas. No es un tipo muy difícil de distinguir en una multitud ese Dos, porque es altote y llamativo, así que tenía fe de hallarlo apenas mi entrenador terminase de echarnos la plática. Pero es que la plática fue tremenda, y tuve que seguir a mi equipo hasta la universidad, donde nos aguardaba más plática. Me echaron la bronca por mi desconcentración del día y me lincharon a amenazas, pero en realidad, todo lo que me dijeron me lo tenía merecido.

No importa cuánto intente tomar las riendas de mi futuro, el destino me la tiene jurada.

.

«El último día es el día». Fue lo primero que pensé al despertar.

El partido que definía a los cuatro mejores para la final de la prefectura. Los famosos octavos de final y también mi última chance de dar contigo. Me aferré a la carta que te tenía escrita. No quería perder las esperanzas de entregarte el sobre en tu cara, pero ese impensable lado estadístico que tengo ya había previsto los escenarios más pesimistas. El peor de todos era que quizá ya habías perdido, y como habías perdido, no te ibas a saltar clases por ver partidos que te habían sido robados. Imaginarme buscándote en tu ausencia me inquietaba.

La versión dos de ese escenario era que, pese a ya no correr para la definición de los finalistas de la prefectura, tu corazón masoquista te incitaba a ver los partidos de equipos mejores que el tuyo. En ese caso, la estrategia consistía buscarte en las galerías, en lugar de las canchas y el banquillo.

¿Pero si, en cambio, nos enfrentábamos? ¿Qué debía hacer yo en ese caso?

—¿Queremos derrotarlo? —le pregunté a mi superyó. Él lo sabe todo sobre mí.

—Quiero que nos divirtamos —pero, aunque él me conoce, yo no estoy seguro de comprenderlo del todo.

No dejaba de husmear las rodilleras de los rivales. «¿Será ortopédica?, ¿será?» me preguntaba. Entonces recordé la bronca y los linchamientos que me propinaron los de mi equipo el día anterior. A la mierda todo, yo vengo a divertirme, y si no gano, no es divertido para mí.

La duela se convirtió en mi campo de batalla. Por una vez, me enfoqué. Si estabas sentado en las tribunas, te daría una lección de cuánto valgo. Si nos enfrentábamos cara a cara, te aterrarías y te encantarías conmigo en partes iguales. Te iba a hacer temblar donde estuvieras. Haría temblar a todo Japón de ser necesario.

Ser ace en mi caso, no se trata solo de un título, pero no necesito realmente hacer algo para demostrarlo, además de ser yo mismo. Puedo ser la camisa 4, la 1, o la 10. No importa el número que cargue en la espalda, es el orgullo que llevo en los ojos el que habla. Concentrado, energizado, sediento de victoria. Ganar, ganar, ganar. No hay otro posible resultado. Ganar, ganar. Hacer a las tribunas vibrar. Ganar y llevar a mi equipo a la victoria. Ganar.

.

Ganamos, pasamos a la final. Rompí todas mis antiguas estadísticas. Solo fallé una vez al servicio, y ese toque de red que me cobraron, yo creo que es discutible el resultado del juez. De todas maneras, sigue siendo el mejor día que haya tenido, si a términos netamente voleibolísticos nos remitimos. Si todavía no sabes quién soy, te acabo de soltar una gran pista. De todas formas, tengo el presentimiento que ya sabes quién soy yo. Y yo creo que también sé quién eres.

No te recuperaste de tu lesión, ¿verdad?

Es una conclusión a la que llegué hace poco.

Al terminar nuestro último partido del día, en medio de las fotos y esas cosas, levanté la mirada a las graderías. Akaashi estaba allí. Hablaba por el teléfono en ese momento, pero era evidente que me había estado mirando todo el tiempo. Luego supe que hablaba con Pequitas, le contaba de lo genial que fue el partido y de lo que se había perdido.

¿Sientes un escalofrío en tu nuca? Yo creo que sí, porque sabes qué es lo que viene ahora.

Estabas unas filas detrás de Akaashi, y como Akaashi, también estabas pendiente del teléfono. Te reconocí de inmediato porque no estabas de frente, sino de perfil, tal como apareciste en la única foto «buena» de Polonia. Tu pelo picudo era realmente picudo aquel día, y tu piel morena te sacaba escamas en los pliegues de tu cuello, pero eras tú.

No sé con quién hablabas. Me separé de mi equipo un poco, para ver mejor. Tú no te dabas cuenta que te miraba, y la gente empezaba a abandonar las tribunas, tapando mi visión. Busqué alrededor por si acaso veía a Dos-kun. Tenía la frase entre los dientes: «me debes un favor, Uno-kun», pero a Dos-kun no lo encontraba por ningún lado. ¡Pero tenías que ser tú! «Vamos, date la vuelta», te decía en mi mente, para que te giraras y me vieras. En cambio, crucé la mirada con otro muchacho, que estaba junto a ti. Un tipo de piel lechosa, que usaba lentes de diseño y yo creo que se ondulaba el cabello. Y ese chico… ¡Ese chico se llevó su mano a su ceja izquierda! ¡Y ese chico remeció el hombro del otro chico, el de los cabellos picudos y la piel reseca! ¡Y luego me apuntó a mí!

Ese fue mi pie para huir. Salí corriendo, hasta muy, muy lejos.

.

Era tu amigo, ¿no? Cuatro-kun. El chico de la piel blanca y los cabellos ondulados, ese no puede ser otro que tu amigo Cuatro-kun. Ya entiendo por qué te gusta tanto. Me cuesta imaginarlo dándote la hostia, porque se veía con menos músculo al lado tuyo. Es que, Uno-kun, pese a la distancia, se te notaban los músculos de los brazos. No te imaginaba el cuerpo de ninguna manera, pero me ha sorprendido descubrir que te ves más fuerte que tu amigo Cuatro-kun. O bien, ¿era precisamente porque te gustaba que te hacías el débil ante él?

A Cabellos-Ondulados le gano en vencidas usando solo el meñique.

A Cabellos-Picudos tendría que trabajármelo más.

Así las cosas.

Es comprensible que, con la cara de niño lindo que tiene, esté saliendo con una chica acreedora de un apodo tal como como Pretty Manager. Me habría gustado ver tu rostro, Uno-kun. En cambio, no puedo sacarme de la cabeza el rostro de asombro de Cuatro-kun cuando se llevó una mano a su ceja izquierda.

Él, al igual que tu amigo Dos-kun, se dio cuenta que yo era el Mister Ace de las cartas, ¿cierto? Y seguramente, si Dos-kun me hizo caso y no te reveló nada, al menos Cabellos-Ondulados debió de decirte que me había visto en el gimnasio. Tienes que saber quién soy yo. Al menos a qué equipo pertenezco.

Conociendo el equipo, ya lo tienes todo para dar conmigo. Entonces… ¿por qué no has dado conmigo?

Me habría gustado no huir.

Para mí ha sido una especie de carrera contra el tiempo. Siempre pienso que irrumpirás en el gimnasio de mi universidad, reclamando el favor que me debes. Yo en cambio, todavía no sabía a qué universidad asistías. Pero si estabas en las tribunas, es que habías perdido.

Me conseguí un folleto de los equipos que participaron en los playoffs e hice una lista con todos los setter de la nómina. Eliminé a aquellos que eran de primero. Busqué información del resto en internet. Las redes sociales son muy útiles en este tipo de casos. Una foto de perfil es suficiente para descartar o aceptar candidatos.

¿Y qué crees? ¡Los tuve que descartar a todos! ¡No aparecías en ningún lado!

—Consigámonos las grabaciones de los partidos —me sugirió el superyó.

Me pasé dos días viendo videos en casa de Polonia, que tiene reproductor de DVD. Además, Polonia te conocía, así que me podría ayudar. Quizá haya sido tramposo de mi parte recurrir nuevamente a Polonia, pero como el resultado fue igualmente negativo, pues no me importa.

No jugaste como titular de ningún equipo. No te vi ni siquiera calentando en el banquillo. ¿Qué pasa? ¿Me has mentido todo este tiempo? ¿Todo lo que me has contado ha sido tan falso como la nariz de Michael Jackson? ¿A qué juego estás jugando?

Por varios días, me mantuviste totalmente confundido. Similar a la carta anterior, comencé a escribirte esta carta con la esperanza de comprender qué significaba todo esto. Y fue precisamente mientras escribía que se me ocurrió que, en realidad, la verdad de la verdad, tu problema es que sigues lesionado.

Preferiría que me hubieras mentido, ¿sabes? Porque estar lesionado es realmente jodido. Yo, en tu caso, me habría quedado enfurruñado en mi cama, con la depresión dándome fiebre. Quizá habría visto alguno que otro partido por la computadora de Kuroo, que tiene internet portable. Pero definitivamente no habría ido al gimnasio, ni siquiera por una apuesta. Ver a todos jugando sin mí… es peor que quedarse atrás.

¿Es por mí que fuiste?

Me gusta pensar que fue por mí.

Cómo me habría gustado ver tu rostro aquel día. No dejo de pensar en la piel de leche de Cabellos-Ondulados-kun.

Siempre cabe la posibilidad de que todo sea un error. Que realmente me haya confundido. Que todo no haya sido más que una coincidencia. Hay una duda razonable, y es que fundo toda mi argumentación en un par de personas llevándose una mano a la ceja, y una foto desenfocada de un perfil en el que no se aprecia más que un mechón picudo, un pedazo de nariz, y unos pómulos de piel reseca. ¡Al menos hubiese aparecido un ojo!

En tu carta anterior me dejaste unas preguntas, y en tus postdatas me pedías que las respondiera, ¿por qué? Sé que te he decepcionado mucho, y quizá con esta carta te decepcione más. No debí huir cuando tu supuesto amigo Cuatro-kun me vio (que, si lo pensamos, igual puede que sea Tres-kun, no lo sé). No quiero seguir huyendo.

Ahí vamos…

.

¿Por qué hiciste tantas locuras para dar conmigo?
Porque no sé hacer las cosas de otra manera

¿Por qué simplemente no seguiste los métodos legales, como revisar en revistas deportivas?
Honestamente, no se me ocurrió.

¿Por qué cuando te distraigo dices que es algo bueno para ti?
Porque distraerse con los amigos, o con los seres queridos, no es otra cosa que una ganancia. En el momento que sientes que «pierdes el tiempo» estando rodeado de gente a la que dices querer, deberías de replantearte ciertas cosas. Somos amigos, ¿cierto?

.

En otra carta me preguntaste qué piensa Akaashi de esta correspondencia. Akaashi suele tener la misma respuesta para cada pregunta que le hago: «no te obsesiones demasiado». Akaashi y yo tenemos diferencias sustanciales, aunque no estoy seguro qué significará aquello. Por lo normal, Akaashi piensa antes de actuar, y yo actúo y luego debo remendar. Esto es algo que tú bien sabes de primera mano.

Sin embargo, con todo este asunto de Pequitas y los Akaashis dobles, Akaashi cada vez piensa menos; en cambio, yo con todo lo de las cartas y mi afán por descubrirte, siento que cada vez pienso más. El problema es que, como suelo no pensar, no estoy todavía adiestrado en ello, y al final, termino pensando mal.

Ahora, por ejemplo, no dejo de pensar por qué no te has aparecido por el gimnasio de mi universidad a buscarme. ¿Me contarás tu excusa por carta? ¿Realmente estabas lesionado y es por ello que no jugaste? ¿O todas tus cartas han sido una mentira? Pero al mismo tiempo, pienso que no me hago las preguntas adecuadas.

La pregunta adecuada sería: ¿por qué hui cuando pude haber ganado?

Te dije que te quería ganar un favor, porque a favores es que las grandes películas crean su argumento. Quizá mi superyó se dio cuenta de que una película protagonizada por mí jamás podría tener argumento.

¿Acaso esto es un adiós?

De momento, sí.

.

1.- Sobre mí: mis canas son genéticas. Cada vez tengo más. Mi doctor dice que en tres o cuatro años más mi cabellera será totalmente blanca. Eso es en realidad muy bueno. Porque las canas tienden a envejecer a la gente, ¿no? pero aquello no afecta a la estamina natural que uno posee. Entonces, cuando tenga todo mi cabello blanco, pero siga jugando vóleibol con la energía de siempre o más, la gente me dirá: «qué bien te conservas», y se quedarán impresionados de mí cuando me vean beber un galón de cerveza sin apuros, y al día siguiente salir a trotar con resaca tan fresco como lechuga flotando en un tarro de agua helada.

2.- Sobre mi entorno: a veces siento que en mi entorno no hay suficiente espacio. Que hay demasiados objetos. Que hay demasiadas personas. Me gustaría botar a todas las personas y todos los objetos a la basura, para luego tener un montón de espacio en el que poner nuevas personas y nuevos objetos. O quizá, lo que me pone mal es vivir en un edificio tan estrecho, en un departamento tan pequeño, en el cual, pese a que no tengo nada porque soy pobre, las paredes me asfixian y me entra la claustrofobia si Kuroo y Akaashi se encuentran al mismo tiempo de visita.

3.- Sobre el vóleibol: voy a ganar el torneo nacional. Voy a coronarme como el MVP de la temporada. Me van a reclutar para la selección nacional. Y cuando me veas por televisión, sosteniendo la copa mundial, le podrás decir a tu amigo Cuatro-kun: «yo me mandaba cartas con este sujeto, ¿puedes creerlo», pero él te dirá «¡imposible! Si tiene tantas canas que parece un viejo», y tú replicarás: «¿y eso qué tiene que ver?», entonces él terminará: «es que en estos tiempos los viejos mandan mensajes por LINE y los jóvenes son los que escriben las cartas», porque nada de lo que proviene de mi mundo tiene sentido común, pero eso ya lo sabías, ¿cierto, Uno-kun?

.

Estamos empatados. Porque yo te vi y hui, y porque tú sabes quién soy, pero no te has atrevido a buscarme. ¿A qué le tenemos tanto miedo? No dejemos que esto sea un adiós. No seamos tan dramáticos. No tomemos el futuro en nuestras manos y mejor que el destino haga con nosotros lo que más le plazca.

Sigamos, por ejemplo, escribiendo cartas.

Mister Ace


Gente: PERO CUÁL ES TU PROBLEMA MISTER ACE POR LA MIERDA
Chiero: oye, no insultes al ace
Gente: GIL QULIAO COMO PODÍ SER TAN SACOWEA
Japi: tampoco tienes que insultarlo en chileno

Espero que el lector no se haya confundido así como Mister Ace lo hizo. Piedad y paciencia a los detectives aficionados.

Japi&Chiero