El dolor de cabeza me estaba matando, y el cuerpo me zumbaba debido al cansancio. Había gastado demasiado poder. Así que me quedé tumbado sobre aquella mullida superficie, escuchando el murmullo de alguien hablando, sintiendo en mi interior que no me encontraba en inminente peligro. Y me permití recordar...
El verano en que recibí la marca había estado plagado de pruebas que casi me matan. Snape había sido el encargado de entrenarme junto a la "gran" Bellatrix Lestrange, me habían enseñado hechizos a cada cual más mortífero, maldiciones que me asegurarían la victoria en las pruebas que Voldemort había creado, específicamente, para concebir a los mejores mortífagos. Cada maldición aprendida había conseguido arrancarme una parte de mi alma, dejándome vacío por dentro... a veces pensaba que, si un Dementor decidía venir a visitarme, se encontraría con que ya no quedaba nada de mí.
La primera prueba puede que fuese la más dura de las siete. Me dejaron en un pantano, sin varita, rodeado de serpientes, cocodrilos, y bestias que solo aparecían en las más aterradoras pesadillas; la única directriz que había recibido fue seguir el sendero hasta encontrar el sauce. Su tronco había estado moteado por el musgo, sus hojas llenas de las gotas generadas por la humedad del ambiente, y sus ramas rozando el agua turbia. Entre las robustas raíces, retorcidas, que se elevaban por encima del nivel del suelo enfangado, encontré un pasadizo que me condujo hasta un habitáculo, tuve que andar durante casi quince minutos hasta llegar a mi destino y cuando lo hice, el olor a podredumbre y muerte que me recibió había hecho que mis ojos lagrimeasen.
Allí había recibido la primera lección: si no eres lo suficientemente despiadado... serás el primero en morir.
Me había enfrentado a trece chicos, adolescentes, como yo, no mayores de 15 años; sus caras habían estado llenas de terror. Aunque el espacio en aquella sala de paredes de barro y raíces, era suficientemente grande para todos, no había lugares donde esconderse, y por sus rostros y el temblor de sus manos... yo había sido el único al que habían entrenado hasta la extenuación, el único capaz de sobrevivir a lo que allí ocurrió.
Al principio, todos los fuegos fatuos que alumbraban la estancia se apagaron, luego comenzaron los gruñidos...
Inferi.
Los ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, permitieron que apreciase sus figuras. Pequeñas, retorcidas, hediondas, desnudas, y hambrientas. Fui el primero en reaccionar,excavando en la húmeda pared hasta que me sangraron los dedos, arrancando una raíz lo suficientemente gruesa... todo ello mientras oía los chillidos de los chicos, compañeros de casa que nunca volverían a Hogwarts, que harían de aquella sala bajo tierra su tumba.
El pasadizo que llevaba hacia el exterior era demasiado estrecho para que más de uno de nosotros pudiese pasar a la vez por él. Así que me mentalicé, escuchando los chasquidos de dientes rasgando carne, el sonido húmedo del músculo siendo arrancado del hueso, y comencé a correr hacia la tenue luz que asomaba por un lateral, algunos de los chicos ya estaban abalanzándose contra la apertura, tratando de llegar primero.
Luché contra ellos, sintiendo como los inferi se entretenían con los que no eran lo bastante rápidos... No había tiempo para pensar, apenas había tiempo para reaccionar, así que cuando llegué a ese resquicio que significaba la libertad, asesté un puñetazo al primero que se interpuso en mi camino... luego, clavé la raíz en el ojo de otro. Aparté a todos aquellos que no habían pasado por la apertura, deslizando aquella raíz por los cuerpos de mis compañeros, escuchando cómo gritaban de dolor, mezclando la sangre de mis manos con la de aquellos chicos, cuyos rostros me persiguen hasta el día de hoy. Dejé sus cuerpos, algunos vivos, otros agonizantes, atrás, deseando que los inferi se entretuviesen con ellos el tiempo suficiente para permitirme huir, escapar, alcanzar la "libertad".
Cuando salí de entre las raíces solo encontré a otros tres: Theodore Nott, se arrastraba sobre el barro, llorando; Pansy Parkinson, vomitando, tratando de mantener el cuerpo erguido, a pesar de que sus rodillas temblaban; Blaise Zabini, en estado catatónico, se había dejado caer de rodillas, y susurraba "no" una y otra vez.
Conocíamos a todos aquellos que habían estado en aquel agujero lleno de muerte, a todos aquellos sobre los que habíamos pasado... para poder escapar.
Después de aquella prueba, las siguientes fueron sencillas: atentados en lugares concurridos del Londres Muggle; el primer avada; resistir torturas tan largas que acababas gritando, suplicando por la muerte... fue en esa tercera prueba en la que Theodore se derrumbó, enloqueciendo sin remedio, perdiendo todas sus capacidades motoras, solamente siendo capaz de gritar... la cuarta prueba había consistido en ponernos a Pansy, Blaise, y a mí ante él, ver quién era el primero en acabar con su sufrimiento... yo fui el único capaz de hacerlo. La quinta prueba fue un vis à vis contra Bellatrix... Pansy había avanzado muchísimo en su entrenamiento, pero no lo suficiente; la sexta hizo que Blaise se suicidara, dejaron que nos enfrentáramos a nuestros mayores miedos, él no lo soportó... me había mirado a los ojos, llorando, pidiéndome perdón por dejarme solo, antes de levantar su varita, y quedar tendido sobre el suelo, en un sueño eterno...
La séptima prueba... fue Dumbledore, y no la superé. Pero había sido el único que había sobrevivido a cada una de aquellas lecciones, así que me dejaron vivir. Me relegaron a un segundo plano, usándome como un elfo doméstico, al igual que a mis padres... hasta que comenzaron a darme las misiones más difíciles, pensaban que acabaría rindiéndome, o muriendo en alguno de los enfrentamientos contra los Aurores, pero cada vez sobresalía más. Mi estilo de lucha era impecable, Snape se había asegurado de ello, y también me había confiado su secreto, que era un espía de la Orden, cuando alcanzó a apreciar hasta dónde llegaba mi odio hacia el Señor Tenebroso, me había pedido ayuda, y yo se la di. Toda esa ira, ese resentimiento, logró que Voldemort se fijase en mí, que me tomase como su discípulo, creyendo que había mejorado tanto solo para impresionarle. Me enseñó maldiciones que ni siquiera Bellatrix se atrevía a entonar, se aseguró de que mi Marca fuese capaz de responder a mi llamada. Me gané un puesto en su círculo interno, y como su sucesor; tanta confianza depositaba en mí que gracias a ello era capaz de darle información de vital importancia a Snape.
Hasta que uno de los Carroñeros le siguió cuando iba al encuentro de Remus Lupin.
El dolor de había remitido lo suficiente como para permitirme abrir los ojos y contemplar el somier de una litera. Miré al otro lado y pude distinguir la pálida figura de Weasley, el sudor corría por su cara, y su ceño se fruncía.
Me quedé sentado sobre el colchón, mentalizándome para levantarme, y recapitulando sobre lo ocurrido, mientras miraba con cuidado a mi alrededor. Me encontraba en una tienda de campaña, la habitación era lo suficientemente amplia, producto de un hechizo de extensión indetectable, seguramente.
Me levanté con cuidado y me encaminé hacia el lugar donde podía apreciar risas y susurros, parecía una pequeña salita de estar, y sentados en el sofá pude ver a Granger y Potter, charlando.
-¿Dónde coño me habéis metido?
Granger se giró hacia mí con sorpresa.
-Creímos que tardarías más en despertarte.
-Granger, no me jodas y responde.
La chica suspiró y se pasó una mano por el pelo completamente enredado y alborotado, mientras Potter me observaba con recelo.
-Estamos a salvo, en el bosque donde hace unos años se celebró la Copa Mundial de Quidditch.
Me senté en el pequeño escalón que dividía la habitación y el pequeño recibidor.
-¿Por qué me habéis traído con vosotros?
-No queríamos, pero Hermione se empeñó en que era o traerte o dejarte morir a manos de Voldemort. Si hubiese podido elegir, te aseguro que habría escogido lo primero.
Potter no se andaba con tonterías. Miré a Granger, agradeciéndole su gesto con una inclinación de cabeza, y me levanté, plantándome ante la mesa de café, donde habían dejado un par de tazas de té. Cogí una de ellas y comencé a beber el contenido, mientras volvía a sentarme, esta vez en la alfombra, recreándome en el sabor amargo.
-Esta mierda necesita azúcar.
-Serás idiota... ¿Por qué no te preparas uno, en vez de robarme el mío?- los gruñidos de Granger reverberaban en mi cabeza, provocando un dolor sordo.
-Shhhhh, joder, tu voz de pito hace que me dé migraña.
Ella boqueó como un pez fuera del agua, y se cruzó de brazos, indignada. Al ver a la chica comportándose como una cría enfurruñada, me entró el impulso de sonreír, así que volví a tomar un trago de aquel brebaje.
-¿Cómo lanzaste esa maldición, Malfoy?
Potter me miraba, atento a cada uno de mis gestos, posiblemente esperando que le maldijese en cualquier momento, y lo habría hecho, pero estaba jodidamente drenado, como si el calamar gigante me hubiese exprimido con sus tentáculos.
-Es un secreto, shhh- le guiñé un ojo, dejando que la ira en sus ojos también se reflejase en su cara, tornándola de un tono rojo tomate/zanahoria/Weasley.
El "Elegido" posiblemente estaba a punto de lanzarme un maleficio, pero los gritos de dolor de alguien hicieron que se levantase de golpe, haciéndole una señal a Granger para que se quedase en el sofá, cuando ella también hizo ademán de levantarse.
-Quédate, Hermione, tú ya has hecho bastante por hoy, descansa.
¡Volví! Debo decir que ni siquiera he revisado las faltas de ortografía, o si me repetía mucho en según que palabras, así que cualquier corrección: ¡Heme aquí!
