"Ruleta Rusa".

Sebastian x Ciel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, pero si fuera mío… Me atreveré a ser soberbia y diré que sería mucho mejor. Para empezar sería yaoi, muchísimo más oscuro y le restaría torpeza a muchos de los personajes… (Hell, yeah, I'm getting bitchy)

Summary: -No longer required-

Nota: El día de hoy decidí hacer dos cosas: remarcar el tetragramatón que tengo en mi mano izquierda y no irme a dormir ni comer hasta haber terminado este capítulo y actualizado esta historia. Y logré terminarlo. Estoy dispuesta a regresar y estoy dispuesta a regresar ¡con todo! No tengo nada más que decir, ya los he hecho esperar demasiado (la disculpa en ese sentido va en serio) y no quiero hacerlos perder más tiempo... ¿Qué están esperando? ¡Lean! ¡Lean! ¡Lean que es mucho, mucho drama! Peor que en capítulos previos... ¿Clasificará esto como Angst, o me quedo en drama?...


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Capítulo 10: Voces en la tormenta.

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A la mañana siguiente, como de costumbre, todos se reunieron en la cocina mientras Sebastian preparaba el desayuno del joven amo. La gran diferencia fue que esta vez el mayordomo se mostró sombrío, y no dio ninguna orden a la servidumbre de la casa. Aprovechando la ocasión, Bard regresó a la cama, y Tanaka-san permaneció sentado tomando té.

Sebastian ni siquiera dijo nada a la hora de preparar el carrito y abandonar la cocina rumbo a la habitación del joven conde Phantomhive.

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Maylene se asomó por la puerta y se aseguró de que el mayordomo ya se había alejado antes de hacerle señas a Finny para que se acercara y decirle algo muy importante.

- Hoy Sebastian-san se veía de muy mal humor, ¿no te parece?

- Tal vez sólo está así porque tendrá un día muy ocupado – supuso Finny -. Últimamente siempre está de mal humor por las mañanas. Me siento culpable, la verdad es que no hacemos mucho por aligerarle el trabajo…

- No, no es por eso – sacudió Maylene la cabeza con fuerza, y se quitó los lentes para limpiarlos con el delantal blanco -. Yo creo que se debe al extraño comportamiento del joven amo en los últimos tiempos. Creo que están enojados el uno con el otro.

- ¿El joven amo? ¿Molesto con Sebastian? – se sorprendió extremadamente Finny - Pero si Sebastian es su mano derecha…

- Como sea, Sebastian-san está enojado… Y yo creo hoy está de mal humor porque no pudo dormir… Yo tampoco pude dormir.

- ¿Y eso? – el chico no había tenido problemas para conciliar el sueño, aunque él lo tenía bastante pesado. Bien podría haber explotado la cocina y él ni en cuenta, quizás había convivido demasiado tiempo con Bard.

- Es que toda la noche lo escuché por toda la mansión – prosiguió Maylene como si su interlocutor no hubiese dicho nada -. Al principio no sabía qué era, pero después lo supe y es muy difícil de creer. Yo creo Sebastian también lo escuchó…

- ¿De qué hablas? ¿Escuchar qué?

- El joven amo pasó la noche entera llorando.

Hubo un silencio muy serio, ninguno de los dos parecía creer las palabras que Maylene recién había pronunciado. ¿El amo Ciel Phantomhive?, ¿llorando? Inverosímil, pero la chica de pelo rojo estaba muy segura de haberlo escuchado, porque se había levantado y caminó por toda la mansión siguiendo el leve gemido. Aunque al principio se sintió muy emocionada pensando que se trataba de un fantasma, al llegar cerca de la habitación del conde estuvo completamente segura de escucharlo llorar al otro lado de la puerta.

- Claro que era un llanto como de rabia – le explicó a Finny -. Como si hubiese estado tan molesto por algo que tuvo que llorar. ¿Puedes imaginártelo?

No. Qué cosa tendría el poder suficiente sobre Ciel como para afectarlo al grado de provocarle esa clase de emociones, Finny y Maylene no lograban adivinarlo. Ninguno de los dos podía, a pesar de que la evidencia estuviera allí y fuera tan abrumadora.

- ¿Crees que deberíamos intentar animar al joven amo? – preguntó inocentemente Finny.

- Eso nunca nos funciona – negó prudentemente Maylene -. Pero quizá si intentáramos algo más…

- ¿Cómo qué?

- No lo sé. Esperaba que tú me dieras ideas…

- No se me ocurre nada.

Ambos chicos suspiraron abatidos y trataron de seguir con su día pese a estar contagiados de la oscuridad y tristeza que inundaba la mansión Phantomhive.

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- Buenos días, Bocchan…

Al abrir la puerta y entrar en la habitación, esa mañana Sebastian se llevó una sorpresa más: Ciel ya estaba despierto, lo que ya no era novedad, pero normalmente se quedaba en la cama. Esta vez, el mayordomo encontró a su amo de pie junto a la ventana, observando sin mirar a través del resquicio de las cortinas entrecerradas.

Sebastian permaneció quieto, con las manos sujetando fuertemente el carrito de té. No se atrevió a decir nada.

- El jardín está seco – murmuró Ciel. Su voz sonó igualmente seca.

- No lo estará por mucho: lloverá esta semana – respondió Sebastian, tratando de fingir que era el perfecto mayordomo, pero ahora sí no podía mantener la fachada: estaba trastornado y le faltaba descifrar el por qué -. Para el desayuno de hoy he preparado…

- No importa, no voy a desayunar.

Al oír eso Sebastian se encontró dividido de muchas maneras. Parte de él se sentía indignado porque un simple mortal se resistía a sus dotes culinarias. Ridículo. Parte de él se sentía iracundo porque dejar de comer seguramente era una señal que anunciaba otro jaque. Molesto. Parte de él quería convencer a Ciel de comer porque si seguía manteniéndose en ayunas afectaría su salud. Increíble. Parte de él sólo quería tomarlo por la espalda, obligarlo a dar media vuelta y abofetearlo. Comprensible. Y otra parte de él sólo quería acariciarlo, besarlo y prometerle que todas las ideas raras que tenía en la mente eran sólo estupideces sin sentido. Confuso. Doloroso. Extraño. Insoportable…

Pero de todas esas repentinas e incomprensibles facetas, naturalmente que ganó la demoniaca, la que fingía indiferencia a todas horas y negaba la existencia de sentimientos, emociones y de todas las otras "partes" que los experimentaban.

- ¿Debería esperar escuchar otro "jaque" en los próximos minutos, Bocchan? – preguntó Sebastian, sorprendiéndose a sí mismo por el tono monótono y aburrido en que lo dijo.

- Estoy cansado del ajedrez – fue todo lo que dijo Ciel.

- ¿Dejará de jugar, Bocchan? – ¿Por qué? ¿Por qué ahora que por dentro Sebastian estaba ahogándose en un mar de nuevas y confusas emociones (o por lo menos algo muy similar a ellas) su voz reflejaba por efecto contrario lo más demoniaco de su naturaleza?

- ¡Guárdate tu estúpida satisfacción! – bramó Ciel sin dignarse a mirar a su mayordomo, enfocando su mirada con más ahínco en el paisaje fuera de su ventanal - ¡Nunca he renunciado a una partida de ajedrez, nunca he perdido una! – luego de eso Ciel bajó la voz y murmuró para sí, acción inútil puesto que el fino oído de Sebastian igual lo escuchó -. Estoy cansado, y el cansancio no es motivo para retirarse… La muerte lo es…

El mayordomo tenía que decir algo, quería hacerlo, pero no sabía qué decir. Había estado preguntándoselo desde la noche anterior, cuando espiara a su amo a través de la puerta y lo escuchara llorar por segunda vez. La primera fue la noche en que lo invocó, pero en esa ocasión sus lágrimas no habían significado nada para el demonio. Ahora, en cambio, cada sollozo del joven conde clavaba una espina en el recién palpitante corazón de su sirviente. Y Sebastian quería detener esa sensación. ¿Por Ciel o por sí mismo? Por sí mismo, claro, porque no es propio de la naturaleza de un demonio el preocuparse por un humano, ¿cierto? Porque todo lo que Sebastian hacía estaba motivado por el egoísmo y la crueldad típica de los demonios, ¿cierto? Mas sin embargo Sebastian sabía que experimentaba una intensa preocupación por Ciel, que se interesaba por buscar el bienestar de Ciel, aunque aún estuviera reacio a admitirlo.

- Bocchan… – quiso intentarlo, de verdad que sí, pero sus intentos no llevaron a nada. Falló miserablemente.

- Vete de aquí, Sebastian. Te ordeno que me dejes solo.

Y Sebastian deseaba con todas sus fuerzas ignorar esa orden, pero él era el demonio y atentar contra la naturaleza del contrato era atentar contra su propia naturaleza. Tenía que obedecer, no sabía cómo no hacerlo.

- Como ordene, Bocchan.

Y sin saber por qué actuaba en contra de su voluntad, mecanizado a ser el perfecto mayordomo, Sebastian recogió el carrito y se dispuso a marcharse.

- El jardín está seco – repitió Ciel antes de que el demonio abandonara la habitación.

- Lloverá esta semana – volvió a decir Sebastian.

"El jardín está seco. Nosotros estamos secos…"

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Esa tarde, tal y como Sebastian lo predijo, las nubes se tornaron más oscuras y densas de lo normal y súbitamente un diluvio se dejó venir sobre Londres y sus alrededores. La lluvia no era novedad en Inglaterra, pero ésta sí tenía algo único y preocupante. Se trataba de una tormenta eléctrica, y el cielo se había convertido en un campo de batalla donde todos los elementos luchaban por la supremacía. Los relámpagos desgarraban el cielo, el viento arremolinaba las nubes, la lluvia destrozaba la tierra…

Para alguien de corazón alegre este panorama podría resultar poético si se le mira a través de la lente correcta, pero para alguien cuyo corazón imita el caos de la tormenta lo mejor sería encerrarse en una habitación y tratar de olvidar que afuera el mundo se derrumba.

Ciel debió haber hecho eso: encerrarse en un salón sin ventanas y encender la chimenea; pero él no podía obligarse a ello, él tenía que estar en la escalera, viendo la tormenta a través de las ventanas del salón principal. Allí el ruido era ensordecedor, pues la acústica del lugar devolvía cien veces magnificado el estallido de las gotas al impactarse sobre los cristales. Los truenos hacían retumbar las columnas, los relámpagos creaban sombras grotescas sobre el piso de mármol.

Y el joven conde miraba todo con indiferencia, sin amedrentarse lo más mínimo. ¿Cómo podría temer lo que sucedía en el exterior cuando su interior era mucho más oscuro, más brutal, más destructivo? ¿Cómo…?

- ¿J-joven amo? – tuvo una voz la osadía de interrumpir.

Ciel se giró y dedicó una mirada furibunda a la dueña de aquella melena pelirroja y de aquella voz entrometida. Maylene sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza, tragó hondo y prosiguió aun a sabiendas de que terminaría metida en problemas.

- ¿S-se… se encuentra b-bien? – Ciel no respondió con palabras, pero su mirada era una auténtica amenaza. Cualquier otro hubiera entendido que debía guardar silencio y salir corriendo, pero Maylene era demasiado torpe para ello - Es que… con la tormenta y eso…

- Me gusta la tormenta – afirmó Ciel, su voz sonando brutal y peligrosa.

- E-es que… pensé que…

- Tú no piensas. Tú sólo existes, y tu existencia es irritante, como la de un insecto… Vete de aquí – sentenció Ciel, esta vez la amenaza se manifestó también en su voz.

Entonces Maylene sí que quiso correr, pero se había quedado helada por dentro, y no lograba que sus pies obedecieran el mandato de su cerebro. Se había quitado los lentes para ese momento, y muy en su fuero interno estuvo agradecida de haberlo hecho, porque de llevarlos puestos seguramente habría intentado algo más estúpido que solamente hablarle al amo. La sirvienta estuvo agradecida cuando el grito de Finny retumbó al mismo tiempo que un relámpago y la hizo reaccionar. Salió corriendo escaleras arriba tratando de mentirse a sí misma, diciéndose que en realidad se marchaba para ir a consolar a un amigo y no porque, inexplicablemente, estuviera huyendo de su amo. Pero la verdad era otra: algo en los ojos de Ciel inspiró en la chica un miedo puro, un temor que ni siquiera la tormenta había logrado despertar.

Ciel estaba consciente del efecto que tuviera en la pelirroja, de que no fueron sus insultos sino su propia presencia lo que la ahuyentara, y lo disfrutó enormemente. Tener sobre alguien el mismo poder que un asesino tiene sobre su víctima era una sensación nueva y poderosa. Significaba que ahora todo en Ciel invocaba a la muerte: sus pensamientos, su voz, sus ojos y apariencia… Con el alma destrozada y en su mirada un brillo de demencia Ciel invitaba a la muerte a hacerle una visita…

Y lo peor fue que ésta le respondió.

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Una risa, carcajadas histéricas y agudas que se mezclaban con el ruido de la tormenta. Ciel casi se sorprende al escucharla, peor aún: al reconocerla. La misma risotada burlona que alcanzara sus oídos a través del agua cuando se ahogaba en la bañera. La misma risotada que lo recibiera en un pueblo lejano hace ya mucho tiempo, la misma que en una capilla maldita llamara su nombre y lo arrancara de su realidad, la misma que escuchó cuando sus recuerdos se hallaban vulnerables y expuestos al capricho de un ser más retorcido que los mismos demonios…

"¡No puede ser posible!".

Ciel sintió el impulso de gritar, pero lo frenó a tiempo. No necesitaba a Sebastian allí, no quería a Sebastian allí. Si sus sospechas eran o no ciertas, Ciel tenía que averiguarlo por sí mismo.

Una sombra de polilla apareció en el suelo del salón cuando un relámpago encendió su luz, pero Ciel sabía que no se trataba de otro insecto. Ella podía ser muchas cosas, pero nunca tan insignificante como un insecto.

Decidido a descubrir si se trataba de una presencia auténtica o de una macabra deformación de su propia mente, Ciel siguió la sombra que se arrastraba sobre el mármol y los tapices, girando enloquecida como un tiovivo, haciéndolo sentir mareado en ocasiones. Esta sombra lo hizo cruzar la mansión, y se detuvo en el descanso de una escalinata donde lucía un gigantesco ventanal que representaba la figura de un ángel.

Ciel se detuvo en el rellano, jadeante y sudoroso, con los reflejos de colores del vitral brillando sobre su piel a cada relámpago. Había perdido la pista de la sombra, y toda su fragilidad de repente volvió a hacerse palpable. No la veía, pero sabía que estaba allí, asechándolo, esperándolo…

Llamándolo, porque el niño hubiera podido jurar que una voz de mujer susurraba su nombre, que se perdía en el rugido de la tormenta. Gritaba y se reía, gritaba y se reía, y su voz se escuchaba distante, como si proviniera de otro mundo. Pero ella no podía estar lejos, Ciel sentía su presencia del mismo modo que la sintió cuando estaba a punto de ahogarse en la bañera, tan cercana…

Si la inquietante presencia hubiera sido la de la Muerte Ciel la hubiera recibido con gusto, pero esa no era la Muerte que él había invitado.

Y de repente la sombra volvió, mezclada con el efecto caleidoscopio que tenía el vitral del ángel en la escalera. Entonces Ciel lo supo.

Retirando el parche que cubría su ojo derecho el joven conde miró hacia arriba, donde tras la cara de vidrio del ángel lo recibió una sonrisa burlona.

- No puede ser… – jadeó Ciel - No, no…

- ¡Bocchan!

Muchas cosas pasaron a la vez.

El vitral estalló en mil pedazos sobre la cabeza del niño cuando un relámpago se estrelló con el ángel de vidrio. Ninguno de los fragmentos logró dañar a Ciel, ni siquiera lo tocaron, porque Sebastian apareció de la nada y le protegió del peligro, cubriéndolo con su propio cuerpo y salvándolo de morir sepultado bajo una lluvia de cristal. La risa retumbó con el trueno y luego se desvaneció por completo.

Ciel estaba perplejo.

- Jaque – gruñó Sebastian por lo bajo, soltando a Ciel y enfocando su atención en retirar los pedazos de vidrio que se le habían clavado en la espalda.

- ¡No seas estúpido! ¡Ese no fui yo! ¡Fue ella! – vociferó Ciel, ignorando el hecho de que se estaba empapando ahora que la ventana había desaparecido.

- ¿Ella?

- ¡Ve y atrápala, idiota! ¡Ha vuelto! – Ciel se estaba poniendo histérico.

Sebastian repasó mentalmente la larga lista de enemigos de Ciel pero no pudo dar con el nombre al que Ciel se estaba refiriendo. Después de todo, de sus enemigos vivos, prácticamente todos eran hombres, empresarios igual que él o…

- ¡¿Qué demonios estás esperando?! ¡Está allá afuera!

- ¿Quién? – replicó Sebastian, molesto y muy alterado. Sus sentidos no estaban funcionando del todo bien por toda la tensión que había con Ciel en las últimas fechas.

- ¡Angela! – gritó Ciel.

Algo finalmente embonó en la mente del mayordomo y lo obligó a reaccionar con la velocidad que ni los rayos tenían en ese momento. En un abrir y cerrar de ojos Ciel se encontró solo en la escalera, bajo la lluvia, mientras Sebastian registraba la mansión y sus terrenos hasta el último centímetro, sin encontrar nada, aun usando su verdadera forma.

Puru-puru estaba aullando, transformándose lentamente en el perro-demonio, amenazando con romper sus cadenas y perder el control. Pero Sebastian lo detuvo y su energía oscura fue más poderosa que la de la bestia, y logró controlar a Puru-puru a tiempo. Esa fue la última prueba que Sebastian necesitaba.

Así que verdaderamente había sido ella.

Angela estaba de vuelta. Angela había regresado por Ciel.

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Ciel Phantomhive no sabía cómo sentirse al respecto. Toda la frialdad e indiferencia que lentamente lo había estado invadiendo desapareció de golpe. Él quería que la Muerte acudiera a su llamado, pero lo hacía con la firme intención de obligarla a obedecer su voluntad y capricho, y no permitiría que Angela le arrebatara eso.

Sentado en su estudio junto a la chimenea, arropado con una manta y en espera de que Sebastian le llevara una taza de té, Ciel lentamente cayó en la cuenta de que ahora en el ajedrez había tres jugadores. Él no podía permitir esa aberración.

- Earl Grey, Bocchan – anunció Sebastian, entrando rápidamente con el carrito y entregando a Ciel su taza de té.

- ¿Sí era Angela? – preguntó Ciel, únicamente para remarcar los hechos, en realidad él no necesitaba confirmación, y menos por parte de Sebastian.

- Sí – gruñó el demonio, sin notar que había destrozado la tetera entre sus manos. No era como si el té hirviendo tuviera algún efecto sobre él.

- Tienes que atraparla – ordenó Ciel -, y esta vez llévatela al infierno para estar seguros de que está muerta.

- Ella escapó, pero la encontraré – garantizó Sebastian, destilando odio y repulsión en cada palabra, que escurrían como veneno negro de sus perfectos labios -. Tengo un plan, ese maldito perro sigue aferrado a ella, lo usaré para cazarla…

- Y cuando la encuentres…

- …No habrá lugar en tierra, cielo o infierno donde ella pueda esconderse – declaró Sebastian, su amenaza de muerte despertando el brillo demoniaco de sus ojos y la ondulante transfiguración de su sombra.

Capturar y destruir a Angela era imperativo. No había lugar para el error.

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En cuanto se quedó solo en el estudio Ciel se dedicó a hacer planes por su cuenta, de la misma manera en que estaba seguro que Sebastian ya estaba organizando toda una estratagema para su propia conveniencia. La cacería de Angela seguramente mantendría a Sebastian ocupado, dándole a él el tiempo necesario para planear su muerte y llevarla a cabo.

Ahora que Angela se había entrometido en la partida Ciel entendió finalmente que el tiempo estaba en su contra. Tenía que suicidarse antes de que Angela encontrara la manera de matarlo, porque de suceder así ella le robaría todo el control que tenía.

Ciel iba a morir, pero no a manos de esa criatura demente. Eso estaba decidido.

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Así pues, obedeciendo a las órdenes de su amo, Sebastian se marchó de la mansión por dos semanas enteras, enfrascado en la cacería del ángel siniestro que representaba más una amenaza para la vida de Ciel que los deseos suicidas del mismo.

Ahora Sebastian lo sabía: Angela había sido la del truquito en la bañera, y saber que ella de alguna manera había logrado escurrirse dentro de la mansión bajo sus narices sin que él lo percibiera lo tenía intranquilo y ansioso por resolver la cuestión de una vez por todas; no podía correr el riesgo de tener a un ángel obsesivo y enfermo buscando matar a su Bocchan, menos cuando Ciel se empeñaba en tentar a la muerte de la manera en que lo hacía. Perder de vista a Ciel por unas semanas era sólo el mal menor, un sacrificio que Sebastian se encontraba dispuesto a hacer por el momento. Sebastian confiaba en que su contratista aguardaría hasta su regreso para reanudar sus atentados suicidas, porque el escenario de muerte de Ciel no estaría completo si el demonio no estaba allí para contemplar su derrota y la anulación definitiva del contrato.

Y así fue. Ciel se quedó solo en la mansión y lo único que hizo fue retomar a ratos su vida como jefe de Funtom, respondiendo mensajería urgente y llevando a cabo cuentas y cálculos financieros. Era como si toda la tensión hubiera alcanzado un punto límite con la aparición de Angela y luego se hubiera quedado pausada, suspendida en el tiempo. Ciel no volvería a pensar en la muerte hasta que Sebastian regresara y le recordara por qué era que quería morir.

Aburrido y distante, actuando con automatismo, Ciel leyó cartas de la baronesa Arlington que le informaban de las exitosas estadísticas de S. S. Royal, leyó invitaciones a más eventos sociales (las cuales inmediatamente arrojó al fuego, empezando por la invitación a la boda del heredero George Leicester), leyó la carta en la que la tía Frances le reclamaba y maldecía por haber roto el compromiso con Elizabeth (y esa carta también la echó a las llamas de la chimenea) y finalmente leyó un carta intrigante y misteriosa que contenía sólo una palabra escrita: "Azar", y debajo de ésta el dibujo de dos dados. Desconcertado, Ciel revisó la hoja en busca de algo más de información, incluso la acercó a la llama inocente de una vela por si tenía uno de esos mensajes escondidos, pero nada. Lo único que encontró fue una elegante caligrafía en el sobre que firmaba como "A. A." y anexaba la frase "Larga vida a la Reina Victoria".

No tenía sentido, y sin embargo, sin saber exactamente por qué, Ciel guardó la carta.

Muchas otras de esas extrañas cartas llegaron esa semana, con palabras como "Fatalidad" y "Destino" por único contenido, siempre acompañadas del dibujo de los dados. Ciel no entendió ninguna carta, pero todas las guardó. A la segunda semana también empezaron a llegar paquetes con obsequios: cajas de chocolates y bombones, tés exóticos, guantes perfumados y demás extravagancias. Todos los paquetes llegaban envueltos en papel de colores, sin remitente ni destinatario, ya ni siquiera con una nota anexa.

Y finalmente, un día arribó una caja de chocolates con un peso sobrenatural, y junto con ésta venía una última carta que rezaba la palabra "Muerte".

Ciel sostuvo la nota entre sus dedos temblorosos por minutos enteros, mientras caminaba con gesto ausente hacia el exterior de la mansión, mil y un pensamientos inundando su cerebro, todos ellos partiendo de una sola idea común, aquella que la carta había vuelto a meter en su cabeza.

Antes de ser consciente de sus pasos Ciel se encontró en el jardín, que ahora era una extraña mezcla de húmedo musgo sobre troncos secos, y en lugar de sus preciadas rosas blancas comenzaban a crecer extrañas flores y hierbas que la lluvia había traído consigo. Su propio jardín le resultaba desconocido, de igual manera que ahora su vida le parecía tan ajena…

Cerrando el puño sobre la carta el joven conde Phantomhive recuperó la determinación de buscar a la muerte, a su tiempo y bajo sus términos. No importaba que Sebastian no estuviera allí; tampoco lo había estado en Buckingham, y sin embargo apareció justo en el momento crucial. Y ahora que se encontraba más lejos y ocupado que nunca, quizá eso lo demoraría los segundos que Ciel requería para que sus planes tuvieran éxito.

Tenía que haber una manera de provocar su muerte y destruir el contrato que lo ataba a Sebastian. Morir a manos de Angela no era una opción, sobrevivir en manos de Sebastian tampoco. Pero si esos obsequios habían sido enviados para motivarlo a construir una cadena de pensamientos que concluyera en un deseo suicida más intenso que nunca significaba que había alguien allá afuera dispuesto a ayudarlo. Alguien de carácter sobrenatural, alguien que odiara a los demonios tanto como él necesitaba odiar a Sebastian.

La respuesta llegó a él tan súbita y de sorpresa como lo hiciera la primera carta. Destino, muerte… Lo que Ciel necesitaba era un shinigami.

Y sabía perfectamente cómo encontrarlo.

Su mayordomo no podría detenerlo.

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Sebastian sería esta vez el sorprendido, el derrotado… el que lo perdería todo.

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Nota (de nuevo, nota muy larga):

Comienzo explicando por qué abandoné este fic al grado de ponerle una advertencia en el summary. Lo que pasa es que escribir esta historia sobre depresión, desamor y suicidio me pone en un estado anímico que trato de evitar por recomendación de mi psicológa, y cada vez que intentaba reanudarlo me deprimía y la verdad que no quiero eso, no es... bueno para mí. Y ya, realmente esa fue la única razón, eso y que ahora estoy más obsesionada con "Sherlock", "American McGee's Alice" y "Game of Thrones".

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Ahora intentaré fingir que nada pasó y retomar el hilo en el punto donde se quedó.

Para ello quiero aclarar que NO, no es Grell, odio a Grell, me irrita la forma en que ese personaje fue desarrollado, y No habrá Grell en este fic (-Nota: hasta hace dos horas sí iba a haber Grell en este fic, con una participación crucial, pero para inspirarme a escribir el capítulo me prometí que no tendría que lidiar con un personaje que no me gusta ni sé cómo escribir, así que me arriesgaré con un OC. Lo siento por aquellos que sí gustan de Grell, se respeta, créanlo, pero hasta allí-).

Ahora saben que la cabeza pelirroja era Maylene. Es la única pelirroja que vive en la mansión, me sorprende que a nadie se le haya ocurrido esa posibilidad. ¿Neta Grell si es tan popular? Wow, astounded me.

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Y si se preguntan: ¿Por qué Angela? Mi respuesta es: No sé, quizá porque estoy loca y a mi Ardilla le pareció buena idea. Y lo que Ardilla dice se hace. Voy a explotar tanto a ese personaje, de una manera tan sutil... Wajajajaja (-risa malvada-).

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Y oh, por los dioses, estoy leyendo sus maravillosos, magníficos y motivacionales reviews y les juro que mis ojos se llenaron de lágrimas y siento una presión en el pecho como si alguien me estuviera apretando el corazón... ¡ ¡ ¡Es que son las mejores reviewers del universo! ! ! Y estoy tan agradecida de que se hayan tomado la molestia de leer esta historia y escribir cosas tan lindas. Espero que no sea demasiado tarde y que no haya perdido a tan espléndidos lectores...

¡ ¡ ¡ ¡ GRACIAS ! ! ! ! !

Addi Winchester, kikyoyami8, Yuki' de Lioncourt, laynad3,

Breyito-Black-Lupin, Love-girl2015, Meena666, xx-gatita,

maryshion, Laura-chan, Akemi Nekoeda, Lena-Lawliet,

Nolimy-kun, XxLupe-MartinezxX, Kokoro Jeevas, carlac94,

Linne-'Malfoy, Dafne, mye'sadez, LUKA666MICH, ToRiMa