10. No codiciarás los bienes ajenos.

Propiedad de "Amistad"

Allí estaban de nuevo, en lo que es su segundo "lugar de siempre": la torre de la estación. Se quedaban allí durante horas, con los pies colgando graciosamente desde el pequeño alféizar en el que estaban ahora sentados. Debajo, sólo había vacío, aire, distancia, y después suelo. Era un lugar con un poder extraño; tan pequeños, pero tan grandes, vigilando la hermosa ciudad siempre bañada por el crepúsculo.

Olette adoraba ese lugar, y si sólo estar allí aumentaba su buen humor, estar allí con Sora, era más que un regalo. Un regalo que, por mucho que le doliera, no era suyo. Razón tiene la gente al decir que una persona no puede ser propiedad de otra, sean o no pareja, pero Olette no piensa del todo así.

Sabía bien que el corazón de Sora era propiedad de Kairi por que él estaba enamorado de ella, como si aquella chica hubiera grabado su nombre a fuego en la piel y el alma de aquel muchacho. Y fue entonces cuando supo que podría desearle, pero que nunca le tendría.

Le dolía tanto pensar aquello, que tuvo ganas de echarse a llorar. Pero Olette tenía un corazón fuerte: resistió el impulso y se tragó las lágrimas que formaron un fuerte nudo en su garganta.

-¿Sora? –aventuró la joven.

-¿Mmm…? –respondió él con voz soñadora.

-Kairi y tú…-Sora giró la cabeza hacia ella. Titubeó- … tú la quieres mucho, ¿verdad?

Sora volvió a mirar hacia el atardecer, y sonrió. Con eso Olette sólo consiguió culparse por haber preguntado aquello, y el nudo en la garganta se hizo más doloroso y molesto.

-Sí… -respondió.

Olette bajó la cabeza, apenada.

-Ajá… -murmuró.

-Somos buenos amigos -terminó el chico, volviéndose a mirarla de nuevo.

Olette levantó la mirada, casi sin atreverse a encontrarse con los azules ojos que la observaban, esperando alguna reacción.

"Buenos amigos" Pensó la chica. Meditó unos segundos y se preguntó si él lo había dicho con algún tipo de "segunda intención", como si hubiera notado la tristeza de Olette tras su primera respuesta. "No…" Pensó. "es demasiado inocente. No sabría hablar con segundas". Convencida con esa última idea, se giró hacia él, ruborizada.

Sora seguía sonriendo. "¿Esperaba tal vez que me acercara? ¿Qué diera yo el primer paso?" El nudo de la garganta se instaló en su estómago ¿Era éste el momento que estaba esperando? Sin darle más vueltas, Olette se inclinó un poco y apoyó una mano en la rodilla Sora. No parecía dispuesto a moverse. Seguía en la misma posición, con aquella sonrisa dibujada en los labios, como si no supiera lo que la chica tenía intención de hacer. "Hazlo ya, Olette".

Sin pensarlo más, acercó el rostro con la mano libre y juntó suavemente sus labios con los de Sora. En aquel momento, lo que las dos bocas conformaban se confundían, dos músculos que se retorcían con parsimonia y torpeza en la del otro, y sólo importaba lo que todos esos elementos construían: un beso. El primer beso.