—¿Qué vamos a hacer respecto a las deudas de Jazz? —susurró Alice, completamente desesperada. Aún tenía la voz ronca de lo mucho que había llorado en los últimos días.
—No lo sé —respondió Ino con sinceridad—, pero he hecho cuentas. En estos momentos, asumiendo que no haya un nuevo desastre esperando a la vuelta de la esquina, al menos la empresa factura lo suficiente para ir saliendo adelante y asegurar la casa.
—Ni siquiera podemos venderla para pagar las deudas. Debemos más de lo que vale —se lamentó Alice—. Yo no puedo vivir así…
—Sé que tienes miedo y que sientes que Jasper te ha defraudado, pero…
—Jasper tiene que soportar mucho en otro sentido —dijo Alice mirando su silla de ruedas—, pero aunque yo ya no soy la mujer que él amó y con la que se casó, no se ha quejado ni una sola vez. Tal vez su adicción al juego fue el modo de escapar a la presión de vivir conmigo.
Ino no realizó comentario alguno. No sabía lo que se le había pasado a su hermano por la cabeza ni se sentía cualificada para tratar de adivinarlo. Jasper siempre había sido un hombre tranquilo y sensato. Una clase de comportamiento peligroso, que busca las emociones, como la ludopatía, no parecía propio de él. Sin embargo, Ino sólo tenía que examinar su propia conducta en las últimas semanas para aceptar que las personas a menudo actúan de un modo imprevisible y no siempre tienen una razón clara o racional. Después de todo, ¿cómo podía explicar su propia obsesión con Itachi ? ¿Se trataba de una atracción física que desaparecería con el tiempo?
—Podrías pedirle un préstamo a Itachi Uchiha .
—No —replicó ella secamente—. Ni siquiera voy a considerar algo así.
—¿Y por qué no? Es decir, el banco no nos lo daría teniendo en cuenta la situación en la que estamos, pero Itachi podría hacerte un favor.
Ino se sintió furiosa con Alice por sugerirle algo así.
—Tardaríamos una eternidad en devolverle su dinero y si yo le pidiera que nos dejara dinero, sería como venderme a él…
Por supuesto, a ella también se le había ocurrido pedirle dinero a Itachi , pero no veía por qué tenía que pagarle a su hermano las deudas. Además, jamás había tratado a Itachi como si fuera alguien a quien sacarle dinero. No era avariciosa como sus anteriores amantes y sabía que él valoraba mucho aquella diferencia.
—No seas tan orgullosa —replicó su cuñada—. Parece que a Itachi le encanta gastarse el dinero contigo. Te compra carísimos regalos y tú ya estás prácticamente viviendo con él. Todo el mundo piensa que lo que tiene contigo va más allá de una simple aventura.
¿Todo el mundo? Ella desde luego que no. Miró hacia el jardín trasero, donde Alec y Jane estaban jugando en los columpios. De vez en cuando, uno de los gemelos lanzaba una mirada hacia la casa, revelando que ambos eran conscientes de la tensión que reinaba en su hogar. Ino sufría mucho por sus sobrinos, que habían tenido que ser testigos de muchas peleas entre sus padres a lo largo de las últimas semanas. Deseó tener una varita mágica para poder solucionar todos los problemas, pero no la tenía.
— Itachi y yo… Bueno, no es lo que tú crees —replicó, incómoda, deseando poder decirle a su cuñada que Itachi y ella sólo fingían su relación para engañar a la prensa. Sólo así comprendería Alice lo vacía que era la aparente atención que le profesaba siempre Itachi .
—¿No? Llevas aquí treinta minutos y me sorprende que aún no te haya llamado para ponerse en contacto contigo. Creo que durante las últimas dos semanas no habéis estado separados más de un par de horas.
Ino bajó la cabeza, sabiendo que era verdad. Lo peor de todo era que ella había disfrutado de cada uno de esos minutos y había descubierto una felicidad que no había sabido que fuera capaz de experimentar. La máxima felicidad para ella era quedarse dormida entre los brazos de Itachi por las noches y despertarse y descubrir que aún seguía entre ellos.
—Y él no suele comportarse así con las mujeres según los artículos que he leído —prosiguió Alice—. Es un hombre muy frío y, sin embargo, a ti te ha comprado una fortuna en diamantes, te lleva de acá para allá en su limusina y hace que lo acompañes donde quiera que va.
—Ya le he devuelto los diamantes —le recordó Ino. Entonces, miró su reloj y frunció el ceño—. Mira, tengo que marcharme porque, si no, voy a pillar mucho tráfico…
—Y vas a llegar tarde, algo que Itachi detesta. Ya veo que te tiene bailando al son que él toca. Resulta difícil de creer que tan sólo hace una semana estuvieras devastada por lo de Sai y Jessica Stanley.
El rostro de Ino se ensombreció.
—Bueno, tenía que superarlo, ¿no te parece? Ya he desperdiciado demasiados años lamentándome por Sai como para desperdiciar más tiempo penando por un pasado que no puedo cambiar y por un hombre que jamás me amó del mismo modo en el que yo lo amé a él.
—Muy sensato. Sólo me gustaría que practicaras un poco más de ese sentido común con Itachi .
—El sentido común murió el día en el que lo conocí —comentó Ino mientras se marchaba y no bromeaba al pronunciar esas palabras. Algo más fuerte que ella misma la había atraído a Itachi y había forjado unos vínculos que no podía romper y que le impedían alejarse de él.
La limusina la condujo al ático de Itachi , lugar donde se había pasado gran parte de las últimas dos semanas. Lady, más a gusto allí de lo que se sentía en su apartamento, salió a recibirla al oír que llegaba. Ino sonrió y tomó en brazos a la gatita. Cuando se dirigió al dormitorio con la bolsa que se había llevado, se desnudó y se metió en la ducha. Aquella era la última con Itachi , al menos la última noche de las dos semanas que había accedido a pasar con él. ¿Quién sabía lo que iba a pasar a continuación? ¿Lo vería al día siguiente? No tenía ni idea.
Itachi jamás mencionaba el futuro ni hablaba de nada con más de una semana de antelación. Con esa verdad en mente, Ino no podía comprender cómo había ocurrido que ella no se pudiera imaginar el futuro sin él. No podía acusarlo de haberla animado a pensar así. Sin embargo, un millón de recuerdos lo ligaban ya a él. Itachi llenaba cada parcela de su existencia y la mayor parte de sus pensamientos. La llamaba por teléfono constantemente. Le regalaba flores y detalles todos los días. La escuchaba cuando hablaba. Lo había acompañado a fiestas, clubes y cenas y, en su compañía, el tiempo volaba. Se estaba acostumbrando a las ropas de diseño, a los diamantes y a la persecución implacable de lospaparazzi. Se estaba acostumbrando peligrosamente a tener a Itachi en su vida.
Tomó una esponjosa toalla para secarse y después se untó la piel con aceite con aroma a rosas. Pensó que, en las últimas semanas, el trabajo era lo que no había ido del todo bien. Hasta aquel momento, no había conseguido que Itachi se interesara por ninguna de las casas de campo que ella le había presentado. Aunque la situación económica provocada por su hermano había supuesto una fuente continua de preocupación para ella, había encontrado consuelo en la compañía de Itachi .
Él, por su parte, hablaba ya de su pasado mucho más libremente. Durante los primeros nueve años de su vida, había contado con todo lo que necesitaba y mucho más. Había asistido a un colegio privado y había compartido los muchos privilegios de los que su abuelo Carlisle había disfrutado como diplomático. Sin embargo, la repentina muerte del anciano de un ataque al corazón había puesto fin a esa vida para siempre y había enviado a Itachi al lado de un padre que lo maltrataba y que jamás lo había querido, y de una madrastra que lo despreciaba. Como heredero de la considerable fortuna de su abuelo, Itachi había sido blanco de las iras de la familia de su padre. Cuando Itachi tuvo que ir al hospital por las heridas que le infligieron sus familiares, su padre decidió que sería más seguro echarlo de casa. Lo había enviado a vivir con una familia muy pobre en uno de los barrios más duros de San Petersburgo.
—Esa experiencia y esos años me han convertido en lo que soy —había insistido Itachi —. Aprendí cómo valerme por mí mismo y cómo defenderme. Después de completar el servicio militar, me eduqué para el mundo de los negocios.
Las terribles circunstancias en las que había vivido los últimos años de su infancia le llegaron a Ino a lo más hondo. Sabía exactamente qué era lo que le había convertido en el hombre duro e implacable que era. Jamás había conocido la ternura ni el amor de una mujer cuando era niño, y la experiencia de la violencia acompañada por el hambre y la pobreza, junto con la preparación militar y los horrores de la guerra habían hecho que las barreras de su corazón fueran aún más impenetrables. Sin embargo, lo había visto jugar con la gatita con una ternura que la fascinaba. Era el mismo hombre que la estrechaba contra su cuerpo después de la pasión y que dejaba que ella lo ahogara a besos. Lo adoraba y era precisamente por eso por lo que no iba a pedirle que solucionara los problemas de su hermano. Ese sencillo acto erigiría la barrera de su enorme riqueza entre ellos. Estaba convencida de que también borraría la sugerencia de que eran iguales y destruiría el respeto que Itachi sentía hacia ella.
El respetaba la independencia de Ino y el hecho de que se negara a aceptar todas las cosas materiales que él pudiera ofrecerle. Llevaba la ropa y las joyas porque él insistía, pero, cuando él diera por terminada su relación, Ino dejaría todo eso atrás. Lo último que quería era recordatorios de lo que había habido entre ellos.
Se puso un juego de ropa interior casi transparente y unas medias rematadas de encaje. La picardía le brillaba en los ojos. Tal vez hubieran terminado las dos semanas, pero quería que él lamentara el hecho, no que celebrara la perspectiva de su renovada libertad.
Mientras regresaba al ático, Itachi estudió la página de la revista que Irina le había dado. Incluía una de las fotos oficiales que se había hecho tomar con Ino en la fiesta que había celebrado días antes.
Ella estaba espectacular con un vestido de raso verde que destacaba su impresionante figura. Las especulaciones sobre la relación que existía entre ambos eran habituales en los periódicos británicos. Los paparazzi los seguían a todas partes. Ya había rumores sobre la compra de la casa y la implicación que ella había tenido en la selección. La palabra «inseparable» aparecía con bastante asiduidad con relación a ellos y, efectivamente en las últimas dos semanas, Itachi se las había arreglado para pasar gran parte del día y todas las noches con Ino. Y con Lady, dado que su ama y ella eran completamente inseparables. Además, por la solicitud con la que cuidaba de la pequeña gatita, Itachi había llegado a pensar que ella sería una magnífica madre. Resultaba tan fácil imaginársela con un niño en los brazos… El hecho que él se estuviera imaginando tales cosas por primera vez en su vida lo asustó por completo. Se había tomado muy en serio su relación con ella. Había llegado el momento de dar marcha atrás.
No le importaba admitir que las noches eran magníficas y que el deseo que sentía por el voluptuoso cuerpo de Ino seguía muy vivo. Entre las sábanas, y a pesar de su inicial inocencia, había demostrado que aprendía muy rápido. Además, era una mujer inteligente, a la que podía hablar de sus asuntos, y una compañera estimulante que nunca le aburría. Creía que la echaría de menos cuando ya no hubiera necesidad de que siguieran fingiendo. Sin embargo, tenía que buscar las ganas de encontrar otra mujer que la reemplazara en la cama. Nunca antes le había costado hacer algo así. Planear las cosas con tiempo siempre había sido su fuerte.
Un aspecto de la naturaleza de Ino que no echaría de menos sería su reserva. Sabía que algo iba mal, algo que le preocupaba, pero, a pesar de las muchas oportunidades que él le había dado para que se lo contara, ella había insistido una y otra vez en que no ocurría nada. A Itachi no le gustaba que lo trataran como si fuera un estúpido. Creía que un hombre tenía derecho a ocuparse de su mujer, pero no era un papel que Ino pareciera dispuesta a otorgarle a él. No tenía duda alguna de que su difunto marido había disfrutado de un tratamiento más preferente.
Sabía que la actitud de Ino estaba influyendo en la suya porque, aunque aquella mañana había recibido una extraordinaria visita del magnate griego Sasuke Uchiha, Itachi no tenía pensamiento alguno de comentar el contenido de su conversación con Ino. ¿Podría ser posible que él estuviera emparentado con una inglesa? Por décima vez, Itachi descargó una foto de Sakura, la esposa de Sasuke, en la pantalla de su portátil y la estudió con cuidado. Era muy menuda, rosa y muy hermosa. Físicamente, no había parecido alguno entre ellos. Lo más probable era que todo fuera una tomadura de pelo, aunque no deliberada, por supuesto. Uchiha no solía bromear con frecuencia. Sin embargo, alguien podría haberle dado información equivocada sobre la historia de la atormentada madre de Sakura. A pesar de todo, Itachi seguía con ganas de ir a la fiesta a la que Sasuke lo había invitado aquella noche para conocer a la esposa de éste e inspeccionar la documentación que se había mencionado.
Con una bolsa de regalo en una mano, Itachi se dirigió al dormitorio, donde sabía que Ino lo estaría esperando. Después de un día alejado de ella, no podía resistir la necesidad de tocar de nuevo aquel cálido cuerpo. Cuando la vio de pie al otro lado del dormitorio, con su hermoso cuerpo ceñido por una lencería verde muy sexy, se quedó en trance. Dejó la bolsa sobre el suelo y se acercó a ella.
— Itachi … —dijo ella, dándose la vuelta en el momento en el que notó que la puerta se abría. El aún le quitaba el aliento cada vez que lo veía. No era humanamente posible que un hombre pudiera estar cada día más guapo.
—Estás muy sexy, lubimaya… —susurró mirándola con la pasión reflejada en la mirada.
La tomó entre sus brazos sin dudarlo. Encontró la generosa boca y la besó con lenta habilidad erótica y una pasión que encendió fuego dentro de ella. Entonces, le hizo darse la vuelta. Los largos dedos se curvaron por encima del vientre de ella para hacer que las caderas entraran en contacto con la potente erección. Ino gimió de placer cuando él levantó las manos para acariciarle los pechos a través de la fina tela del sujetador, atrapando los rosados pezones entre los dedos para conseguir que se pusieran erectos.
—Explícame por qué si te he poseído esta misma mañana, me he pasado todo el día fantaseando con volver a casa para poseerte de nuevo —susurró él, con voz ronca.
—No lo sé…
—Provocas adicción —murmuró él. Entonces, le desabrochó el sujetador y se lo quitó inmediatamente.
Un gemido se le escapó de los labios mientras él le moldeaba los pechos con las manos. Siguió explorándola mientras lo observaba en el espejo. Allí estaba ella, entre los brazos de Itachi como si fuera una muñeca, esperando a que él la desnudara, totalmente esclavizada por el deseo y el anhelo. A Ino no le gustó ni la imagen ni el pensamiento, dado que ambos herían su orgullo.
Itachi estudió también el reflejo del espejo, pero él lo hizo con un gruñido de satisfacción. Había domado la altiva belleza de Ino y ella era ya suya. Le rodeó la estrecha cintura con un brazo y luego empezó a bajar la mano hacia la unión de los muslos. Deslizó los dedos sobre la resbaladiza tela de las braguitas. Cuando sintió que el cuerpo de ella cobraba vida, confesó:
—Han sido dos semanas maravillosas.
Poco a poco, comenzó a bajarle las braguitas por las caderas y las dejó caer al suelo.
Al escuchar sus palabras, Ino se tensó. Aquella era la primera referencia al hecho de que su compromiso estaba a punto de terminar. Entonces, Itachi la tomó en brazos y la dejó sobre la cama.
—¿Te he mencionado que vamos a ir a una fiesta esta noche? —murmuró él.
—No…
Ino no se sentía muy contenta, dado que había tenido la esperanza de pasar la velada en casa, disfrutando de la atención de Itachi para ella sola.
—No he traído nada para ponerme…
—Primero te llevaré a tu casa para que te cambies, pero tendrás que ponerte los diamantes. Nuestros anfitriones son Sasuke Uchiha y su esposa Sakura.
—Lo he visto en las páginas de economía de los periódicos.
—Su esposa parece un ángel de Botticelli —afirmó Itachi desde los pies de la cama, donde se estaba despojando de toda su ropa.
No era habitual que Itachi alabara a otras mujeres en su presencia. Ino descubrió que aquel comentario le producía celos sobre una mujer a la que ni siquiera conocía. Estudió a Itachi y vio que él se tumbaba a su lado. Sin poder evitarlo, comenzó a acariciarlo. El corazón se le aceleró y el gruñido de satisfacción que él lanzó la animó a seguir. Le encantaba tocarlo y gozaba con su respuesta. Sabía ya perfectamente lo que le gustaba en la cama.
Itachi enredó los dedos en los rizos del cabello de Ino. Entonces, lanzó un gemido de gozo y la hizo tumbarse de espaldas sobre la cama.
—Llevo toda la tarde pensando en esto, milaya moya…
—Y yo había pensado que nada te distraía de tus negocios… —susurró ella, temblando de excitación cuando él le separó las piernas y se deslizó entre ellas. —Excepto tú…
Itachi la miró fijamente, pensando qué era lo que Ino tenía para que le hubiera llegado tan dentro, hasta el punto de ir a comprarle lo que contenía la bolsa de regalo.
Algo más reconfortada por aquella aseveración, Ino se relajó contra la almohada y estiró el cuello. Itachi comenzó a moverse encima de ella, por lo que Ino levantó las caderas para recibirlo. Entonces, él se hundió en ella con un profundo gruñido de masculino placer.
—Haré que dure, zolotse moya…
Y así fue. La condujo hasta el máximo placer con sus lentos y seguros movimientos, haciendo que ella se deshiciera en mil pedazos de puro gozo. Sin embargo, ahí no terminó todo. En cuanto ella se recuperó del primer clímax, la tumbó sobre el vientre y volvió a poseerla. Aquella vez, fue un poco más rápido, creando un ritmo duro e insistente que la hizo gritar de puro abandono y de increíble excitación. Aquella posesión tan apasionada la abrumó de tal manera que los ojos se le llenaron de lágrimas. Entonces, él le dio la vuelta de nuevo para mirarla a los ojos. Le dedicó una mirada exultante de arriba abajo, examinando con gozo su arrebolado rostro.
—Bihía dika… Eso ha sido salvaje… —susurró apreciativamente. Entonces, enterró el rostro en el húmedo valle que había entre los agitados senos de Ino antes de volver a besarle el cuello.
Ino se sentía completamente saciada y feliz. De hecho, le parecía que ni siquiera quería volver a moverse nunca más. Itachi comenzó a mordisquearle el cuello y, entonces, ella sintió la presión de los dientes de él, pero no se quejó. Estaba segura de que ella también le había dejado arañazos por la espalda.
—No puedes dormirte. Tenemos que salir —le recordó Itachi , levantándola literalmente de la cama y llevándola en brazos a la ducha con él.
—¡Tardaré una eternidad en arreglarme el cabello! —exclamó ella. No quería ir a ninguna parte, y mucho menos a una fiesta en la que la anfitriona tenía el rostro de un ángel de Botticelli.
—Puedo llamar a una peluquera…
—No es tan sencillo…
—Si me dejas que me ocupe de ti, siempre es sencillo —declaró Itachi , con absoluta seguridad en sí mismo.
Diez minutos más tarde, Ino se estaba quitando la toalla con la que se había cubierto el cabello mojado cuando vio el hematoma que afeaba su pálido cuello. Lanzó un grito de horror.
—¡Dios mío! ¿Qué me has hecho? —gritó al tiempo que se tocaba desesperadamente la marca morada que había aparecido en el lugar en el que él la había mordido—. ¡Yo creía que sólo los adolescentes hacían cosas así!
Itachi se acercó a ella y la miró con incredulidad. Jamás se habría imaginado que un pequeño mordisco podría causar tal daño.
—¿Tenéis vampiros en Rusia? ¡No puedo salir con un chupetón en el cuello! La gente se reirá de mí.
—¿Y no lo puedes ocultar con maquillaje?
—Nada podrá cubrirlo.
—Prepárate. Sé con qué podemos ocultarlo…
—No pienso ir a esa fiesta, Itachi .
—Yo sí. Con o sin ti —respondió él sin dudarlo—, pero preferiría que me acompañaras.
Mientras se peinaba el cabello, Ino tuvo que contener las lágrimas. Itachi había dicho que iría a la fiesta solo o acompañado. Estaba segura de que aquella fiesta iba a señalar el final de su relación.
Una hora más tarde, cuando se reunió con él, se había maquillado y peinado perfectamente, aunque iba vestida con unos vaqueros.
—Nuestra velada nos espera y la solución a mi… descuido también.
Ino se quedó de piedra cuando vio qué clase de solución había encontrado Itachi para cubrir el chupetón. En el salón los esperaba un joyero y su ayudante con una selección de collares. Itachi selección un magnífico collar con broche de zafiros para tapar el hematoma.
—No estarás pensando en comprarme esto tan sólo para cubrir el chupetón, ¿verdad?
—Está decidido —replicó él.
—Mientras no lo vea el resto de la gente, no me importa. De hecho, te perdono. Los chupetones son una especie de rito, ¿verdad? Y yo no disfruté de esa experiencia cuando era más joven.
—Tú sigues pareciendo muy joven —admitió Itachi —. Tienes una frescura y una ingenuidad que seguramente nunca perderás.
Ino estaba pensando aún en la frase cuando entraron en el apartamento de ella. ¿Significaba eso que la encontraba inmadura? ¿Poco sofisticada? ¿Ingenua? Sin poder dejar de pensar en eso ni un instante, se puso el vestido dorado que ya había elegido de camino.
Los paparazzi tomaron miles de fotos cuando salieron a la calle. Rápidamente, los dos se metieron en la limusina.
—Quería darte esto antes —le dijo Itachi , extendiendo una bolsa de regalo.
Ino sacó dos objetos, envueltos cuidadosamente en papel de seda. El primero de ellos era un caballo en miniatura, ataviado con todos los aperos necesarios para la guerra. Ella frunció el ceño. El segundo era una figura para una casa de muñecas que representaba a un nombre de cabello cobrizo de atractivas facciones, vestido como un caballero cruzado preparado para entrar en batalla v armado hasta los dientes.
— Itachi … esto es increíble…
—En tu casa de muñecas no hay ningún hombre. Alguien debió de engendrar toda esa prole de niños que vive en el ático.
—¿Dónde lo conseguiste?
—En el Festival de Casas de Muñecas de Kensington.
—Yo quería ir, pero no encontré tiempo para hacerlo.
Montó al caballero sobre su caballo. Jamás se le pasó por la cabeza decirle a Itachi que la decoración de su casa de muñecas era victoriana. Se había quedado atónita al pensar que él hubiera decidido acudir al festival con el único propósito de comprarle aquellos dos objetos. Descubrió un tercer paquete que ocultaba un minúsculo juego de tocador de plata, completamente exquisito, y una increíble pintura en miniatura.
—Vaya… Estoy asombrada. Gracias. Muchas gracias.
—Me sorprendió la calidad del trabajo de ambas cosas.
—Eres demasiado generoso —susurró ella. Se sentía incómoda.
—Me gusta regalarte cosas. Yo no tengo familia a la que mimar, como otros hombres…
Aquel comentario la emocionó profundamente, pero aquél fue el último momento agradable de la velada. Cuando llegaron a la espectacular casa de Sasuke y Sakura Uchiha, fueron recibidos personalmente por los anfitriones. Ino notó inmediatamente el interés de Sakura por Itachi . No le quitaba los ojos de encima y lo había saludado con exagerado entusiasmo. Un frío presentimiento se apoderó de Ino. Además, ella se sentía completamente ajena a aquel ambiente y aquellas personas.
Se dijo que era una estúpida por sentir celos por el hecho de que otras mujeres admiraran a Itachi , pero, en más de una ocasión durante la velada, le pareció que él también buscaba contacto visual con la hermosa rosa. Una hora más tarde, se dio cuenta de que Itachi parecía haber desaparecido y que tampoco había rastro alguno de la anfitriona.
Mientras salía del hermoso salón de baile para buscarlo, Sasuke Uchiha dio un paso al frente y la interceptó.
—sakura le está mostrando a Itachi nuestra colección de arte. ¿No se lo ha dicho él?
—Tal vez no lo oyera —replicó ella. Observó atentamente a su anfitrión, que no parecía encontrar nada raro en el comportamiento de su esposa con Itachi .
—Estoy seguro de que volverán pronto. Deje que le sirva una copa.
Sasuke la agarró el codo y la llevó de vuelta al salón. Un rato más tarde, cuando Itachi estaba tratando de dar cuenta de la deliciosa comida del bufé, recibió una llamada en su teléfono móvil. Tras responder, se quedó atónita al oír los sollozos histéricos de Alice.
Cuando por fin consiguió calmar a su cuñada, se enteró de que aquella tarde Jasper había sido atacado en el aparcamiento de la empresa por un par de hombres que le habían dado una descomunal paliza. Su hermano estaba en el hospital.
—Llegaré tan pronto como pueda —dijo—. ¿Has llamado a la policía?
La policía había ido al hospital, pero Jasper se negaba a hacer declaración alguna. Esa información confirmó los peores temores de Ino. Evidentemente, Jasper creía que el ataque estaba relacionado con sus deudas de juego y temía denunciarlo.
Llamó inmediatamente a un taxi, cuya llegada alertó a Sasuke Uchiha de que Ino se marchaba, le mandó a Itachi un mensaje para decirle que se marchaba de la fiesta porque su hermano estaba en el hospital. Le explicó también la situación a su anfitrión, se disculpó por tener que marcharse e ignoró cortésmente la sugerencia del griego de que hablara con Itachi . En aquel momento, a Ino no le importaba si no volvía a ver a Itachi Uchiha en toda su vida.
Su teléfono empezó a sonar justo cuando ella se estaba metiendo en el taxi, pero cuando se dio cuenta de que era Itachi , cortó la llamada y desconectó el teléfono. Había sido una velada muy humillante y no tenía ganas de fingir que no había sido así. Evidentemente, Ino había dejado de ser la favorita para Itachi y se sentía terriblemente herida y traicionada en un momento en el que creía que sólo debería estar pensando en la situación de su hermano.
