Sherlock Holmes se sacudió el estupor y, antes de que su cerebro tuviera tiempo de procesar lo que hacía, se levantó y echó a correr hacia el agente caído. Lo agarró por las solapas y lo incorporó con rudeza.
—¿Qué demonios cree que está haciendo? —siseó, sacudiéndolo.
Clarky dejó caer la cabeza y parpadeó con fuerza antes de centrarse en Holmes. La sangre continuaba deslizándose por su confuso rostro.
—Está bien... Estamos a salvo —farfulló.
La rabia de Holmes empezó a burbujear.
—Puede que usted y yo sí, pero no crea ni por un segundo que John Watson saldrá indemne de esto. ¡Acaba de firmar su sentencia de muerte, cobarde!
Clarky frunció el ceño.
—No —murmuró—. Estará bien… El plan funcionará.
Siguió parpadeando, intentando combatir el mareo provocado por los golpes.
—No estará bi… Un momento, ¿qué plan? —preguntó Holmes, perplejo.
—El plan… con el anillo —fue la respuesta.
—Clarky… —dijo Holmes con voz severa. Cualquier sospecha de que el agente era un traidor desapareció al instante—. ¿Qué está pasando? ¿Qué va a hacer Watson?
—Estará bien, señor —repitió Clarky. Sus ojos empezaban a cerrarse en un intento de bloquear el palpitante dolor de cabeza.
—¡No, responda a mi pregunta, agente!
Clarky lo ignoró y cayó exánime en sus brazos. Holmes lanzó una maldición, lo levantó con cuidado y lo llevó hacia las sombras, donde no pudieran verlos. Dejó la pequeña figura en el suelo y le tomó el pulso. Aún era bastante regular, pero, si se quedaba allí mucho tiempo, la conmoción acabaría haciendo caer en coma al agente.
"Quizá zarandearle no haya sido la mejor idea", pensó Holmes.
Antes de que pudiera hacer algo más, dos fuertes disparos resonaron en el almacén. Holmes palideció, maldijo aún más fuerte y dejó a Clarky para internarse en el laberinto una vez más.
A la izquierda, a la derecha, otra vez a la izquierda. Holmes intentaba ubicar el origen de los disparos mientras se adentraba más y más en el almacén. Pronto empezó a oír voces y supo que se estaba acercando. Eran dos, y no las reconocía. Holmes aminoró el paso y empezó a avanzar con sigilo, procurando no hacer ruido.
—¡Cálmate, Max! —dijo una de las voces.
Tenía un acento cockney muy marcado, y Holmes dedujo que su dueño debía de rondar la treintena.
—¡Mierda, me disparó! —dijo la otra voz.
Ésta sonaba mucho más cerca de Holmes. Se agachó detrás de un contenedor, planeando su siguiente movimiento. No pudo evitar sonreír cuando la gimoteante voz lanzó un chillido de dolor.
—¡Justo en el pie, Jack!
—¿Quieres callarte? ¡No te vas a morir, así que cálmate!
—¿Y si tienen que amputarme el pie?
—¡Bueno, eso es lo que te pasa por intentar volarle los sesos! El jefe dijo que no los matáramos hasta que nos dieran el anillo, así que ¿por qué le apuntaste a la cabeza?
—¡Eso no importa, fallé!
—Sí, porque se quitó del medio. Si no, estarías criando malvas antes de darte cuenta.
—El jefe no me mataría —dijo Max en voz baja—. Nos necesita.
Jack se burló de él.
—Nosotros somos prescindibles, colega. Él no. Todavía. Tenemos que hacer que nos dé ese anillo.
—¿Y si no quiere?
—Sigo aquí, ¿sabéis? —sonó la voz de Watson en medio de su discusión. A Holmes le pareció la más lejana.
Ambos hombres callaron, como si acabaran de reparar en su presencia.
—Pues haremos que quiera —respondió Jack en voz baja.
Holmes escuchó a la burlona respuesta de Watson.
—Me gustaría ver cómo lo intentáis.
Holmes oyó el rumor de dos pares de pies (o, más bien, un par de pies y un pie que daba saltos) alejarse de él para acercarse a Watson. Se arriesgó a echar un vistazo y vio a un hombre alto y rubio, el mismo que había atacado a Clarky (debía de ser Jack), y a otro más bajo, de pelo negro, que avanzaba torpemente a la pata coja (Max). Watson estaba sentado con la espalda apoyada en un contenedor, atendiendo su sangrante nariz. No parecía asustado; la sangre que tenía en la cara acaparaba su atención. Levantó la cabeza y miró sin interés a los dos hombres que se acercaban.
—Dénoslo —exigió Max con su voz chillona.
—¿Daros qué? —preguntó Watson con inocencia.
—El anillo —terció Jack.
Watson lanzó un profundo suspiro.
—Ninguno de vosotros tendrá un pañuelo, ¿verdad?
Max gruñó y le arreó un puñetazo. Watson cayó de costado. Volvió a sentarse lentamente, escupiendo sangre.
—Un simple "no" habría bastado —murmuró.
Jack lo ignoró.
—Démelo. Por favor —dijo, sarcástico.
Watson pareció pensárselo.
—¿Y si lo hiciera?
—Dejaremos que usted y sus colegas se vayan —respondió Max—. Les dejaremos en paz y retiraremos a nuestros hombres del edificio. El jefe no tiene por qué saber que siguen vivos.
Watson le sonrió.
—Me gustaría creerte —dijo—, pero, por desgracia, tienes un tic; parpadeas mucho cuando mientes. Ahora lo estás haciendo, y antes también, cuando dijiste que Silverstone no te mataría.
—¡No estaba mintiendo! —se apresuró a contestar Max—. ¡Tengo fiebre del heno!
Watson alzó los ojos en un gesto burlón.
—Estamos en medio de Londres, genio.
Jack atajó a Max antes de que el hombrecillo pudiera replicar.
—Escuche —dijo—. Denos el anillo y no mataremos a sus amigos, ¿qué le parece?
—¿Cómo vais a matarlos? Si no tenéis ni idea de dónde…
Watson se interrumpió al ver a Holmes. Reparando en su error, el doctor se volvió rápidamente hacia los dos hombres, pero Jack ya había vuelto la cabeza, siguiendo su mirada, y descubrió al detective. Al verse sorprendido, Holmes se levantó y abandonó audazmente su escondite.
Jack se volvió hacia Watson, mientras Max apuntaba a Holmes con el revólver.
—Le daré una oportunidad más, doctor, antes de que Max le disparé al señor Holmes ahí mismo.
Holmes extendió las manos en un gesto apaciguador, pero miró a Watson, meneando decididamente la cabeza.
—No lo haga.
Por un instante, Watson lo miró con gesto grave. Luego, lentamente, se volvió hacia Jack con una pequeña y triste sonrisa.
—¿Cómo podría contradecir a un amigo?
Max no esperó órdenes. Apuntó y apretó el gatillo. Al mismo tiempo, Watson gritó:
—¡Múevase!
Y Holmes se echó a un lado. Sin embargo, el repentino dolor que atravesó su pantorrilla izquierda como una aguja candente le anunció que la bala había encontrado un blanco. No pudo contener un grito cuando su pierna golpeó el frío suelo de cemento. Vio palidecer visiblemente a Watson cuando la sangre comenzó a teñir de carmesí la pernera de su pantalón.
—Considérelo un aviso —dijo Jack—. ¿De veras quiere que volvamos a pedírselo?
Watson seguía paralizado, contemplando la mancha que se extendía por la pernera del pantalón de su amigo. Entonces, reaccionó de golpe.
—Idiota —murmuró entre dientes.
Holmes no supo si se lo decía a él o a sí mismo.
Fulminando con la mirada a sus dos atacantes, Watson se metió la mano en el bolsillo y sacó la caja de terciopelo azul. Se levantó lentamente y echó a andar hacia Holmes, se detuvo frente a él y puso la caja en la mano de Jack.
Satisfecho, el hombre alto se metió el anillo en el bolsillo de la chaqueta, le hizo una seña a Max y se marchó.
El hombrecillo pareció vacilar. Su mirada iba de Holmes, tendido en el suelo, a su propia mano armada. Antes de que pudiera tomar una decisión, el frío cañón de un revólver se apoyó en su sien.
—Le sugiero que empiece a andar. O, en su caso, a saltar. A menos que prefiera arrastrarse —gruñó Watson, amenazador.
Max tragó saliva y asintió, y se escabulló lo más rápido que pudo sobre una sola pierna en pos de su compañero. En cuanto se hubieron ido, Watson se dejó caer junto a Holmes.
—Holmes —dijo, mientras le desgarraba la pernera del pantalón—. Lo siento, lo siento mucho. No debería haber sido tan estúpido.
Rasgó una larga tira de su camisa y le vendó rápidamente la pantorrilla.
—Deje de disculparse —dijo Holmes—. ¿Por qué les ha dado el anillo? Creía que el objetivo de todo esto era no entregárselo.
Watson se dispuso a hablar, pero el grito de Holmes al tensar la venda lo interrumpió. Éste comenzó a respirar desacompasadamente, intentando combatir las agónicas espirales de dolor que subían y bajaban por sus músculos como corrientes eléctricas. Trató de concentrarse en Watson para distraerse.
Watson volvió a disculparse.
—Fue lo mejor, viejo amigo, confíe en mí.
—Lo hago —dijo Holmes con voz ronca, apretando los ojos de dolor—. Le confiaría mi vida.
Watson sonrió mientras procedía a atar la venda improvisada.
—Es la primera vez que no traigo mis vendas —murmuró con ironía.
—Está bien, sólo es un rasguño.
El comentario provocó una risita en Watson.
—Ya lo ha gafado, Holmes —lo regañó.
—Bah —respondió Holmes, con los ojos aún cerrados—. No tengo tiempo para hechizos y brujerías. Me agotan.
Watson volvió a reír.
—Lo dice como si ya lo hubiera practicado.
Holmes se encogió de hombros.
—Me planteé dedicarme a ello cuando era más joven.
—Habría sido un mago maravilloso —respondió Watson—. Tenemos que lograr llegar arriba. Hay algunas vendas en la oficina.
—También tendrá que vendar a Clarky —canturreó Holmes.
Watson alzó bruscamente la cabeza
—¿Qué? ¿Qué le ha pasado?
—Que fue noqueado por ese grandullón. Jack, creo que se llama.
—Hmm. Un tipo encantador donde los haya. Tiene más modales que usted, se lo aseguro. Hasta me dijo "por favor".
—Adulador —murmuró Holmes.
Watson lo ignoró.
—Vamos, hay que levantarse.
Holmes se incorporó hasta quedar sentado, y Watson lo sujetó para mantenerlo derecho. Deslizó un brazo en torno a la cintura del detective, lo tomó de un brazo y lo izó con cuidado.
Recorrieron lentamente el laberinto, aguzando el oído ante cualquier ruido que pudiera alertarles de la presencia de un atacante. No tardaron en llegar a las escaleras. A Holmes le parecieron el monte Everest. Watson advirtió que Holmes palidecía ante la ascensión que les aguardaba y, antes de que el detective pudiera decir nada, se lo cargó al hombro. Holmes lanzó una exclamación escandalizada cuando Watson, tambaleándose un poco, comenzó a subir las escaleras.
Llegaron al descansillo. Holmes notó que Watson cojeaba un poco, sin duda a causa del frío y del peso de un detective asesor sobre un hombro que había estado dislocado. Watson depositó a Holmes en una silla, y éste le lanzó una hosca mirada.
—Eso no era necesario —rezongó.
—Era absolutamente necesario —respondió Watson—. Y deje de gruñir tanto. Me temo que tendrá que quedarse aquí mientras yo voy a atender al agente Clarke. ¿Cree que podrá arreglárselas?
—Supongo —murmuró Holmes.
Watson le dedicó una última sonrisa antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí. En cuanto el doctor se hubo ido, Holmes dejó escapar un siseo de dolor, agarrándose la pierna en un intento de reducir su agonía. Pero sólo consiguió empeorarla y tuvo que morderse el labio para no gritar. Se subió con sumo cuidado la pernera desgarrada y examinó el "vendaje" manchado de sangre. La bala había atravesado limpiamente la pierna y la herida sangraba profusamente. Y dolía como el infierno.
Se tocó la herida con el dedo, provocando un relámpago de dolor. Lanzó un siseo.
—Hijo de su m…
El sonido de la puerta al abrirse interrumpió su exabrupto. Holmes alzó la mirada, dispuesto a echarle una bronca a Watson por lo mucho que le dolía la maldita pierna, pero se quedó mudo al ver la alta figura de Charles Edward Silverstone ante él.
—¿Sabe? —dijo Silverstone. Se sacó del bolsillo la caja de terciopelo azul del bolsillo y la hizo saltar en la palma de su mano. Avanzó unos pasos más y contempló la vencida figura de Holmes con la victoria centelleando en sus ojos—. Francamente, no creí que fuera a rendirse con tanta facilidad. Reconozco que estaba empezando a desesperarme. Y ya sabe lo que dicen, a situaciones desesperadas, medidas…
—No acabe esa frase. No va con usted —dijo Holmes con tono aburrido.
La interrupción pareció dejar a Silverstone un tanto estupefacto, pero enseguida recobró la compostura.
—No importa —respondió—. Tengo lo que necesito, y antes de que se dé cuenta seré su emperador. La gente se inclinará ante mí y…
—Lo que no comprendo —volvió a interrumpirlo Holmes, mirando con cara de hastío al hombre de cabellos plateados que se alzaba ante él— es cómo acabó eso en manos de Patrick Collins.
Ahora Silverstone se mostró abiertamente contrariado por haber sido interrumpido por segunda vez. Miró a Holmes a los ojos y esbozó una dulce sonrisa.
—Bien —dijo—, ya que usted y sus amiguitos no saldrán con vida de este almacén, no veo por qué no habría de complacerle. Le contaré cómo llegó a manos de ese chico.
Hizo una pausa melodramática. Holmes enarcó las cejas. Silverstone continuó, ahora en un tono ligeramente molesto.
—Fue por el señor Fredericks. Lo recuerda, ¿verdad? Sí, eso pensaba. El caso es que el señor Fredericks decidió salir una noche a emborracharse. Uno de mis íntimos amigos, que acertó a pasar por el pub, me contó que estaba hablando con ese Collins y que iba enseñando el anillo para que todos lo vieran. Entonces se lo dio al chico y le dijo que "los anillos contienen muchos secretos y no deben usarse incorrectamente". No muy diligente, lo sé. En ese momento, dos de mis hombres entraron en la taberna, sin saber que el anillo ya no estaba en manos de Fredericks, y se lo llevaron para que no siguiera bebiendo.
Holmes no pudo contener una sonrisa.
—¿Perdió su precioso anillo en un pub? Vaya forma de proteger algo tan valioso, ¿eh?
En el rostro de Silverstone apareció una expresión agria.
—Sí, bueno, admito que me descuidé, pero eso ya no importa. Ahora lo he recuperado y usted ya no puede hacer nada para detenerme.
La caja seguía rebotando en la palma de su mano. Había algo en ella que perturbaba a Holmes. Algo relacionado con su apariencia. Pero se olvidó de ello al ver que el lord se daba la vuelta para marcharse, y se apresuró a llamar su atención.
—No pensará en serio que podrá salirse con la suya, ¿verdad? —preguntó con una incredulidad completamente sincera.
Silverstone se volvió hacia él.
—Acaba de admitirlo todo ante mí. No creo que pueda salir de aquí como si nada.
—¿Y qué le hace pensar que no? Mi palabra siempre valdrá más que la suya. Y aunque intente abatirme, sólo le queda una bala en esa pistola. Podría matarme, pero si no acertase, yo aún tengo un revólver completamente cargado para usarlo contra usted. —Sacó el arma y la levantó, apuntando al pecho de Holmes—. Así que, repito, ¿qué le hace pensar que no me saldré con la mía?
—Tengo dos argumentos que estoy seguro de que le harán cambiar de idea —dijo Holmes; una sonrisa tiraba de las comisuras de sus labios.
Silverstone enarcó las cejas.
—¿Sí? Ilumíneme.
—Primero, mi hermano Mycroft sabe que estamos aquí. Como sin duda sabe, Mycroft ostenta un considerable poder en el gobierno británico, así que, si nos mata, le aseguro que hará caer sobre usted toda su furia. No viviría mucho tiempo.
Silverstone se mofó.
—Con eso difícilmente logrará persuadirme, Holmes, y usted lo sabe. Yo también tengo amigos en las altas esferas, y estoy seguro de que más que su hermano. Ni usted ni esa patética minoría que su hermano controla en el gobierno pueden detenerme ahora. Así que complázcame, ¿cuál es su segundo argumento?
La sonrisa de Holmes se hizo más amplia.
—Mi argumento final, y el más convincente que puedo darle —dijo el detective—, es el revólver con el que Watson le apunta en este momento a la cabeza.
Silverstone palideció considerablemente al escuchar un arma que se amartillaba tras él.
