Capítulo 10

—¡Tienes una pinta horrorosa, chiquilla! —gritó Jim desde el otro extremo de la estancia—. ¡Ese cabrón engreído te la ha hecho buena!

«Dios, ¿por qué no pones un puto anuncio en el periódico y se lo cuentas a todo East Quay, imbécil?»

—Estoy bien, Jim. ¿Dónde está Don?

—Ha salido con Hernández, para cubrir la asamblea extraordinaria de la asociación de padres. Parece que los padres y los profesores del Instituto de East Quay van a unir fuerzas.

—¡Esa historia era mía, y quiero acabarla yo! —gritó Anna, furiosa.

—Boggs lo ve todo rojo cada vez que oye tu nombre, Summer. Hernández se ocupará.

—¡No es justo…!

—Vete acostumbrándote. Nada es justo. Has presentado cargos contra él. No me malinterpretes, sé que lo merecía, pero no quiero que te presentes ante él por ahora.

Echando chispas, Anna dejó el bolso en la silla que había junto a su abarrotado escritorio.

—¿Y qué se supone que debo hacer entonces, pegar sellos?

El rollizo rostro de Jim se ensombreció. Cuando se lamió lentamente los labios, Anna reconoció las señales de tormenta inminente.

—Ándate con ojo, chiquilla. De hecho, quiero que me escribas un artículo sobre la tal Dodd.

—¿Quién?

—Lo más cercano a la realeza que tenemos en esta ciudad. Ese vejestorio cumplirá cien años dentro de tres días. Ella y su familia tienen una larga historia, ya sabes, es la que posee la mayor parte de la industria pesquera de Nueva Inglaterra.

—¿Maléfica Dodd Endicott?

—Esa misma.

—No sólo son los dueños de la industria pesquera, sino también de media ciudad, junto con los Winter. No sabía que era tan vieja…

—El artículo venderá muchos ejemplares y nos conseguirá anunciantes si lo planteamos como un artículo biográfico sobre ella. El que escribiste sobre la Sato te hizo famosa. Quiero que hagas algo parecido con la tipeja esta.

«¿La tipeja esta?» Jim era un cretino; la falta de respeto que solía mostrar hacia los demás nunca dejaba de sorprenderla. «¿Por qué no me limito a contestarle "que te jodan" y largarme de aquí?» Se mordió el labio y recogió su bolso. «Irme, ¿adónde?»

—Necesito que cubras todos los preparativos de su cumpleaños. Se supone que será un fiestorro tremendo que dure todo el día.

—Claro. ¿Cuándo? —contestó Anna, preguntándose si él detectaría el tono de resignación de su voz.

—Oh, dentro de unos… treinta minutos —dijo Jim, después de consultar la hora en el enorme reloj de pared.

—¿Treinta? Dios, eso me deja apenas el tiempo de coger mis cosas e ir a por el coche.

«Espero que no acaben conociéndome por ese maldito Volvo.» Pasando de resignada a furiosa de nuevo en apenas un segundo, Anna se pasó la correa del bolso por encima de la cabeza y s aseguró de llevar el portátil, cinta virgen para la grabadora y una libreta. Se encajó una gorra de béisbol, esperando que disimulase la mayor parte de los moratones.

—¿Dónde se celebra el tal «fiestorro»? —preguntó, aunque sabía que perdía el tiempo dedicándole a Jim sus sutiles sarcasmos.

—En la mansión de la anciana señora, junto al embarcadero. Ya sabes, justo después del muelle.

—Ah, ya. ¿Quieres también que haga fotos?

«Eso te costará caro.»

—Probablemente no habrá nada interesante que fotografiar, excepto tal vez el vejestorio y quienquiera que vaya a saludarla. Sería bueno enterarse de quién se encargará de sus cosas cuando la diñe. Nunca se sabe; cualquier trapo sucio que podamos sacar nos proporcionará más anunciantes. Y eso es lo que paga nuestros salarios.

Anna no esperó a escuchar el sermón de costumbre.

—Me largo.

En el aparcamiento se quedó mirando sombríamente su viejo Volvo. No había recogido aún la Yamaha del Sea Stone Café. Había llamado a Korra para hacerle saber que pasaría por allí después del trabajo, para intentar solucionar por sí misma el problema en lugar de llamar a la grúa. Anna estaba acostumbrada a arreglar su moto, y no le asustaba tener que ensuciarse las manos. De hecho, disfrutaba trasteando con motores, cuando tenía tiempo libre.

Le era difícil encontrar tiempo que dedicarle a su pasatiempo favorito, pero las horas pasadas en el taller con su moto valían su peso en oro. Al pasar por el embarcadero pensó en que no le sería difícil pasarse más tarde por el negocio de Korra. Siempre hay algo positivo.

Mientras se aproximaba a la casa, fue repasando la historia familiar de los Dodd. Tan famosos como los Kennedy, los Dodd habían dejado huella en la historia de Norteamérica, tanto política como económicamente, durante más de tres siglos. Maléfica, la matriarca del clan, seguía residiendo en East Quay, donde había comenzado su dinastía generaciones atrás.

Maléfica Dodd Endicott llevaba más de cuarenta años viuda, tras haber perdido a su marido en un accidente durante un paseo en barco. Hasta donde Anna sabía, nunca se había vuelto a casar, ni tampoco había sido vista con ningún hombre desde entonces.

Los automóviles abarrotaban la gran rotonda que había frente a la mansión de los Dodd. Ni las tablillas de cedro de la fachada, bellamente envejecidas por los años, ni el tejado de pizarra negra habían sucumbido a las tormentas a lo largo de sus casi cien años, y tampoco lo había hecho su propietaria.

Anna guió su Volvo por entre un BMW y un Bentley, y al sobrepasarlos soltó una risita.

—Y ahora compórtate lo mejor que puedas, cochecito mío, porque me parece que aquí estás fuera de tu elemento.

Movió la cabeza de un lado a otro y se dirigió a toda prisa hacia la entrada principal, donde había varios porteros vestidos de librea.

—Anna Summer, reportera del New Quay Chronicle —anunció mostrando su tarjeta de prensa.

Uno de los porteros estudió detenidamente el documento.

—¿Tiene usted una copia de la invitación enviada por fax a las oficinas de su periódico?

—¿Cómo? No. No sé nada de ninguna invitación. Mi jefe… —«¡Maldito imbécil!»—. Supongo que comprenderá que, si trabajo en el Chronicle…

Estaba claro que aquel hombre no pensaba ceder.

—No puedo dejarla pasar sin invitación, señora.

Anna se mordió el labio unos segundos y acto seguido miró la hora en su reloj. Todavía estaba a tiempo.

—Espere, sólo un minuto más.

Sacó el teléfono móvil y marcó el número del mostrador de recepción de su oficina.

—¿Amanda? Hola, soy Anna. ¿Tienes por ahí un fax con una invitación para una conferencia de prensa en la mansión de los Dodd? ¿Lo tienes? Excelente. Y ahora, ¿puedes enviármelo a mi número de móvil dentro de dos minutos? Gracias. Te llevaré un poco de ese asqueroso té que tanto te gusta.

Anna colgó el teléfono y se sentó en la amplia escalinata que llevaba a la mansión. Sus dedos volaban mientras colocaba el móvil junto al portátil, haciendo funcionar la conexión inalámbrica entre ambos. Dos minutos después sonó el teléfono con la señal de tres tonos que indicaba la entrada de un fax. Anna dejó que se descargase en el ordenador y después desconectó el móvil.

Se puso en pie con el portátil en las manos y se lo colocó ante las narices al portero.

—Aquí tiene mi invitación. ¿Puedo pasar ahora?

El hombre pareció impresionado; asintió con una media sonrisa y dijo:

—Sí. Bienvenida a la conferencia de prensa, señora Summer.

Satisfecha consigo misma por haber sabido resolver el problema, Anna le dedicó una breve sonrisa y subió corriendo las escaleras, con el portátil bajo el brazo.

—Más vale tarde que nunca. ¡Y sólo tres minutos tarde! Me merezco una medalla.

Por dentro, la casa forrada de tablillas de cedro pa-recía no haber sido afectada por el paso del tiempo, y estaba muy bien cuidada. Anna sabía que la familia Dodd había residido allí durante al menos cuatro generaciones, y la actual señora Dodd Endicott era la última de su linaje. Anna pensó que era triste que aquella dama hu-biese vivido tanto tiempo sin ningún pariente directo.

Un cartel de bienvenida orientó a Anna hacia un enorme salón donde se habían reunido al menos otros quince periodistas, colocados en círculo alrededor de una frágil mujer sentada en un sofá forrado de seda azul cobalto. Al ver quién estaba sentada junto a ella, Anna se detuvo en el umbral.

Vestida de azul de los pies a la cabeza, Elsa parecía estar completamente a sus anchas. Anna se quedó sin aliento al contemplar sus largas piernas, que la falda dejaba ver hasta un poco por encima de la rodilla. Llevaba el cabello recogido en un informal moño a la altura de la nuca. Parecía relajada, pues sus elegantes manos reposaban cruzadas sobre el regazo. Al verlas, Anna recordó de inmediato la forma en que aquellas manos la habían masajeado, tres noches antes.

Sus propias manos temblaron al abrir su portátil para utilizarlo como tablilla de anotaciones. Aferró el puntero con dedos sudorosos e intentó pasar desapercibida, sentándose tras los demás reporteros.

«Otra conferencia de prensa. ¿Y quién está aquí para apoyar a la protagonista de la noticia? Ella, por supuesto.» No le bastaba con invadir constantemente sus pensamientos, haciendo que Anna acabase soñando despierta: tenía que aparecer cada vez que ella se daba la vuelta.

—Bienvenidos a esta conferencia de prensa —comenzó Elsa, y su voz hizo que la piel de Anna se erizase—. La señora Dodd Endicott agradece el interés de todos ustedes por su próximo cumpleaños, que coincide con el 150 aniversario de Dodd's Fishing, Inc. Fundada por el abuelo de la señora Dodd, fue una de las pocas empresas que no quebró en la fuerte crisis que sufrió la industria pesquera hace dos décadas. Podría seguir hablando durante horas de lo mucho que admiro la forma en que la señora Dodd diversifica su negocio, pero, en vez de hacerlo —dijo Elsa, al tiempo que sonreía y hacía un gesto hacia la mujer que estaba junto a ella—, dejaré que la señora Dodd Endicott responda a algunas de sus preguntas.

—Llámenme Maléfica.

El arrugado rostro estaba apagado como una rosa marchita, aunque conservaba una delicada belleza. Hablaba en voz baja, pero enérgica y dominante.

«Supongo que es imposible vivir hasta ser centenaria y permanecer al timón de tu barco sin ser fuerte y decidida.» Anna miró a Elsa. «¿Es ese el futuro que te espera, rica, poderosa y… sola?»

Los periodistas formularon las preguntas habituales: cómo se sentía al convertirse en centenaria, cómo había sido su vida desde que se retiró, unos años antes, si tenía planeado algo especial para cuando cumpliese los 101…

Maléfica contestó educadamente a cada pregunta, sin dejar de mantener cierta distancia. Era obvio que no se trataba de la primera vez que Maléfica Dodd tenía que vérselas con la prensa.

Anna alzó la mano.

—Anna Summer, del New Quay Chronicle. ¿Cuánto tiempo hace que usted y la señora Winter son buenas amigas?

Maléfica ladeó unos segundos la cabeza, intentando distinguirla por entre otras dos cabezas.

—La señora Winter comenzó a visitarme regularmente cuando no era más que una niña. Nos hicimos amigas enseguida, a pesar de la diferencia de edad.

—¿Es cierto que entre usted y la señora Winter poseen la mayor parte de los inmuebles y terrenos de East Quay?

—Sí, eso creo.

—Tal poder debe de conllevar una enorme responsabilidad. ¿Cuál es su forma de asumirla?

Maléfica pareció meditar la pregunta.

—Tiene usted razón, es una enorme responsabilidad, y no todos los propietarios la toman en serio. Las personas y las empresas que habitan en mis inmuebles, y también en los de la señora Winter, pueden dar fe de que nos preocupamos por mantenerlos en buen estado.

Seducida a su pesar por la franqueza de Maléfica, Anna formuló una nueva pregunta:

—Uno no puede alcanzar esa edad tan venerable sin adquirir sabiduría. ¿Cree que hay algo de lo que ha aprendido que merezca la pena compartir con nuestros lectores?

Maléfica soltó una carcajada y meneó la cabeza.

—Querida, sus conclusiones no tienen una base sólida. Algunas personas consiguen vivir durante largo tiempo y no aprenden ni lo más mínimo, mientras que a algunos niños la sabiduría les sale por las orejas. La vida me ha enseñado muchas lecciones, pero puede ocurrir que tan sólo sean valiosas para mí. Pero, si aun así quiere usted que cite alguna de ellas —añadió, mirando brevemente a Elsa—, siempre podré aconsejarle que siga los impulsos de su corazón.

Anna contuvo el aliento. ¿Por qué había mirado de aquella forma a Elsa? Anna se fijó en que el rostro de Elsa reflejaba durante apenas un segundo algo parecido a la cautela.

—Parece una frase hecha —señaló con voz risueña para no ofenderla.

—Algunas frases hechas acaban siéndolo por una buena razón —contestó Maléfica, que no pareció ofenderse ni lo más mínimo—. Yo desafié a las convenciones cuando insistí en cursar estudios superiores, incluidos los universitarios. Cuando comencé a hacerme un hueco en el negocio familiar, todos se pusieron en mi contra. También actué contra los deseos de mis padres al contraer matrimonio con mi esposo, un erudito al que no le interesaba lo más mínimo el dinero ni los beneficios. Y desde luego irrité muchísimo a las personas de mi círculo al seguir trabajando después de casarme. No tuvimos la suerte de tener hijos, y supongo que lo que yo quería… y necesitaba hacer, era trabajar.

De pronto Maléfica pareció volverse más frágil. Elsa se levantó de su asiento.

—Esto es todo por hoy. Como saben, el viernes próximo tendrá lugar una gran celebración en el ayuntamiento. Si dejan sus nombres y el de sus publicaciones a los porteros recibirán una invitación. Gracias por haber venido.

Todos comenzaron a abandonar la sala. Anna tecleó unas cuantas notas más en su portátil antes de guardarlo en el bolso.

—Me gustaría hablar en privado con la señora Summer.

Elsa vio que la cabeza de Anna se enderezaba de golpe. Ahora la voz de Maléfica no parecía frágil en absoluto. Anna se acercó con cautela.

—¿Sí?

—No, aquí no —dijo Maléfica—. ¿Qué tal si vamos a mi estudio? El sofá de piel que tengo allí es mucho más cómodo, y Fauna puede traernos algo para beber.

Elsa no tuvo más remedio que admirar el aplomo de Anna cuando entraron en la estancia, panelada con madera de tonos oscuros. Un fuego crepitaba en la chimenea. Elsa ayudó a Maléfica a sentarse en el sillón más cercano al cálido hogar.

—¿Puedo preguntarle de qué va todo esto? —dijo Anna, tomando asiento frente a la dama.

—Por supuesto, querida. Pero primero será mejor que llamemos a Fauna. ¿Te importa, Elsa?

—Claro que no.

Elsa tiró de un cordón de seda que colgaba junto a la chimenea. Le hacía gracia el empeño de Maléfica por mantener la vivienda en su estado original. La casa disponía de todas las comodidades modernas, bien escondidas tras una fachada dieciochesca.

—Y ahora, señora Summer… ¿puedo tutearla?

—Claro.

—Pues bien, Anna, te he pedido que subas aquí por una razón muy concreta.

—¿En qué puedo ayudarla, pues?

—Directa al grano. Eso me gusta.

Maléfica giró la cabeza al oír que la puerta se abría y una mujer de mediana edad entraba en la estancia.

—Ah, Fauna. Por favor, trae a mis invitadas algo caliente y unos cuantos de esos bollitos que tú haces. Yo tomaré té Darjeeling.

Tanto Elsa como Anna optaron por tomar café solo, y después Elsa volvió toda su atención hacia Maléfica, quien a su vez se dirigía a Anna.

—¿Trabajas a comisión?

—¿Cómo dice?

—Quiero decir si escribes por encargo.

—Hasta ahora nunca lo he hecho. Estoy contratada por el Chronicle. ¿Por qué lo pregunta?

—Permíteme que lo explique así: ¿te parece que merece la pena contar la historia de East Quay?

—Por supuesto. Es un lugar especial, pues fue uno de los primeros asentamientos de Nueva Inglaterra; me enorgullezco de ser de aquí.

—¿Sabías que mi antepasado, William Dodd, ayudó a fundar esta ciudad en 1699?

—Sí, la biblioteca y el parque llevan su nombre.

—Bueno, en realidad no estoy muy interesada en los logros de William, pues ya están suficientemente documentados. Gracias, Fauna —le dijo a la mujer, que acababa de regresar trayendo una enorme bandeja—. Pero sí necesito un escritor de talento que hable de las mujeres de mi familia, a qué se dedicaron y cuáles fueron sus logros —añadió, y su tono se hizo más duro—. ¡Nueve generaciones de mujeres con mi mismo apellido!

—¿Qué le hace pensar que yo podría llevarlo a cabo?

—Viene usted muy bien recomendada —replicó Maléfica, mirando a Elsa con indudable afecto.

Anna le dirigió una mirada dubitativa.

—Eso me halaga, Maléfica, pero ahora mismo ya tengo un trabajo que acapara todo mi tiempo.

Elsa estuvo a punto de soltar un gruñido. «¡No dejes escapar esta oportunidad, Anna! ¡Tú vales para mucho más que para escribir sobre reuniones de consejos escolares y exposiciones caninas!»

—Lo sé, pero seguramente podrás tomarte una excedencia. ¿Cómo podrían negarse? Llevas trabajando para ellos… ¿cuánto, quince años?

—Sí, pero usted no conoce a mi jefe. ¿Cómo va a concederme una excedencia, si ni siquiera sabe deletrear esa palabra? Y además, la historia de East Quay no le interesa demasiado, ya que no es de aquí. De hecho, a veces creo que es extraterrestre — concluyó Anna con una mueca.

Maléfica se dejó caer contra el respaldo del sofá. La taza de té rebotó con estruendo sobre el platillo.

—No te he pedido que dimitas.

«¡Yo sí lo haría! —pensó Elsa, furiosa—. ¡Es un callejón sin salida!»

Anna bebió un sorbo de café y después recogió su larga trenza pelirroja y comenzó a retorcerla. Elsa se quedó mirando aquellos largos dedos, notando casi su tacto, como cuando estaban posados sobre su mano, en el restaurante. «¡Acepta, Anna!»

De pronto Anna alzó la vista hacia ella, pillándola por sorpresa.

—¿Y qué era eso de que venía «muy bien recomendada»?

Elsa se encogió sobre sí misma sintiéndose desnuda, como si Anna pudiese ver el deseo que en aquellos momentos corría por sus venas.

—Cuando Maléfica me preguntó si conocía a algún escritor de aquí al que pudiera encomendársele esta misión, pensé en ti.

—¿Por qué? Debes de conocer a miles de personas. Seguro que algunas de ellas escriben mejor y son más famosas de lo que yo nunca podría aspirar a ser.

Elsa no pudo evitar sonreír ante aquella exageración.

—Conozco a un par de escritores, además de a ti. Ninguno de ellos es de aquí, y la forma en que escribiste sobre Asami Sato me hizo pensar que tal vez podrías ser la persona que Maléfica está buscando.

—¿Tan poco valoras tu talento, Anna? —quiso saber Maléfica.

—¿Qué quiere decir con eso? Me limito a ser realista. No es muy… racional que una reportera de una pequeña ciudad triunfe en el mundo editorial, mientras que sí lo es el tener un empleo que pague tus facturas.

—No hay nada malo en ser capaz de pagarse las facturas — convino Maléfica—, pero este trabajo serviría perfectamente para pagar tus facturas durante al menos un par de años. Supongo que no tengo que explicarte que ahí fuera hay un montón de periodistas que venderían a su abuela por un trato como este. Mi familia sigue siendo noticia para los medios de comunicación, y sería la primera vez que alguien escribe sobre ellos con este enfoque.

Anna se sirvió otra taza de café y bebió un gran trago, sin quitar los ojos de Elsa.

—Entonces, y sólo por continuar con el tema, ¿se trata de una oferta o de una posibilidad? Es decir, ¿tendría que demostrar de alguna forma mi capacidad?

—No, ya la has demostrado suficientemente. Lo único que tienes que decidir es si aceptas el encargo.

Elsa se preguntó qué estaría pasando en esos momentos por la mente de Anna. No habían vuelto a hablar desde el sábado por la mañana, cuando Anna despertó en su sofá.

—Estoy empezando a asimilarlo —contestó Anna—. ¿De cuanto tiempo dispongo para decidirme? ¿Cuánto me pagaría? ¿Sería suficiente para mantenerme? Es un proyecto muy extenso…

Maléfica le hizo una seña a Elsa para que le acercase un maletín que había junto al sofá. Después de rebuscar entre un montón de papeles le entregó a Anna un contrato.

—Como puedes ver, ganarías lo suficiente para que te quede dinero para sobrevivir hasta dos años después de finalizar el proyecto. Y puedo asegurarte, querida, que si no te conceden la excedencia y debes dimitir ahora mismo, no tendrás ningún problema para encontrar otro trabajo. Sobre todo porque este libro tal vez suponga tu billete a las listas de superventas en la categoría de no ficción —añadió sonriendo fugazmente—. Las mujeres de mi familia han sido tan ilustres e interesantes como las Kennedy, aunque nunca se haya escrito sobre ellas, pero tú dispondrás de abundante información.

—Eso desde luego —contestó Anna, y a continuación se dirigió a Elsa—. ¿Cómo sabías que Jim me enviaría a mí aquí, en lugar de a Hernández?

—Se lo pedimos —replicó esta, intentando parecer indiferente. «Apuesto a que su jefe se muere por saber lo que está sucediendo, pero tendrá que esperar a que Anna se lo cuente. Si es que se lo cuenta.»

Anna no hizo ningún comentario. Dejó la taza de café, buscó en uno de sus bolsos y sacó una cámara.

—Necesito unas fotos para el Chronicle, ¿de acuerdo? Mi fotógrafo está cubriendo otra noticia.

—Claro que sí —aceptó Maléfica—. Adelante, y asegúrate de que Elsa salga en la foto.

A Elsa no le hizo gracia que la fotografiasen, pero tampoco quería decepcionar a Maléfica. Vio cómo Anna disparaba varias veces la cámara hacia la vieja dama. Mientras Anna iba moviéndose por toda la estancia, Elsa miraba de reojo hacia el espejo que ocupaba por completo una de las paredes, devorando en secreto cada ángulo de la muchacha. Se fijó en cómo los pantalones sueltos que llevaba destacaban su breve cintura y la bonita forma de sus caderas, algo avergonzada del oscuro placer que sentía. La gruesa trenza danzaba sobre su espalda, y Elsa recordó el aspecto de aquellos sedosos mechones pelirrojos, derramados sobre el almohadón de su sofá.

—¿Elsa?

Anna le hizo un gesto para que se acercase, de modo que disimuló su incomodidad, consiguiendo dedicarle una sonrisa a Maléfica mientras Anna disparaba una y otra vez.

Después de tres fotos más, Anna guardó por fin la cámara.

—Muchas gracias, señoras. ¿Para cuándo necesitarán que les dé mi respuesta?

—Me gustaría poder anunciarlo durante las celebraciones del próximo viernes —contestó Maléfica.

—Entonces se lo haré saber el jueves.

—Eso es apurar demasiado los plazos —dijo Elsa poniéndose también en pie—. Hoy es lunes. ¿No podrías decírnoslo…?

Los ojos de Anna recordaron a Elsa el hielo verdoso que había contemplado una vez, durante un crucero por el Ártico.

—El jueves. No me gusta que me manipulen.

«¡Oh, magnífico!», pensó Elsa, contrariada.

—De acuerdo, el jueves.

—Gracias por el café, Maléfica. Elsa… —saludó Anna, con un rígido movimiento de cabeza, mientras se pasaba la correa del bolso por encima de la cabeza y lo dejaba caer sobre la cadera—. Yo misma encontraré la salida.

En la estancia se hizo un silencio de sorpresa. Poco después Maléfica se volvió hacia Elsa, con el delgado rostro fruncido en una mueca de extrañeza:

—No parece tan entusiasmada como yo esperaba.

—Ya te advertí que se lo pensaría dos veces.

—Sí, pero he notado algo más: parecía desconfiar más de ti que de mí. ¿No debería ser al revés, ya que es tu vecina?

Elsa notó un súbito calor en las mejillas.

—Tal vez. La verdad es que la relación no comenzó con muy buen pie. Y el haber sido atacada la semana pasada por Randall Boggs seguramente habrá hecho que desconfíe más de todo el mundo.

—Pero ¿tú te fías de ella?

—Sí —contestó Elsa, encogiéndose de hombros—. A pesar de todo lo demás, Anna ha demostrado ser muy íntegra.

—¿Todo lo demás? —preguntó Maléfica, alzando las manos—. Bueno, déjalo, no es asunto mío. Espero de corazón que acepte. Mi instinto me dice que ella sería perfecta para el trabajo, y sabes que no suelo equivocarme.

—Nunca se me ocurriría dudar del famoso instinto de los Dodd —dijo Elsa sonriendo.

—Y mi instinto también me dice que entre vosotras dos hay algo más que lo que parece a primera vista. Pero, como ya he dicho, eso no es asunto mío —concluyó Maléfica, asintiendo majestuosamente.

Tan sólo los impecables modales de Elsa consiguieron impedir que pusiese los ojos en blanco. «¡Será retorcida!»

—No hay ningún asunto, ni que tratar ni que olvidar.

Maléfica soltó una carcajada sorprendentemente sonora. No parecía convencida en absoluto.

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Hola, bueno les vengo a decir que, no se olviden que son adaptaciones. Ustedes lo saben, ya les había dicho mucho antes quisiera llevarme el crédito pero no. Espero que lo entiendan ahí me dijeron un par de cosas y si algo siempre me ha molestado es que no me gusta que me acusen sin bases concretas. Pero ese es otro rollo, espero que les este gustando las adaptaciones y se emocionen tanto como yo.

miguel: gracias, gracias siempre es un placer.

Lachicadelbosque: wow te juro que es una de las cosas más hermosas que me han dicho y cuando leí tus palabras no me lo podía creer. ¿todas? mi quijada hizo un extraño sonido al caer. gracias por tomarte el tiempo para leer mis locuras, ya sean originales, adaptaciones de libros, historias sueltas, trabajos completos e incompletos, incluso música, gracias por mandarme un msj. es muy especial para mi, es la primera vez que alguien me lo dice, si más adelante podemos volver a coincidir permíteme el atrevimiento de dedicarte algo, lo que sea si te parece bien, parecen promesas vacías pero tengo honor y prometo cumplirlo. ojalá puedas leerlo algún día, llevará ese nombre de ahí arriba y unas pequeñas palabras, si crees que es demasiado, dímelo. nos veremos y cuídate.

por cierto me desvie mucho y es una adaptación, la primera vez que lo leí y cuando avanzaba más supe con certeza que esas dos parejas encajaban a la perfección. todo se da lento y espero que lo continues.

Deartod: jajajaja es normal, así me paso a mi. a pesar de que es algo o muy "maduro" se ve bastante bien.

Maria Sato: al fin puedo contestar después de tanto, siempre son incomodas jajaja es lo normal. se conocen de la fundación de Elsa, más adelante sale. ups!!

Ya tengo los libros, por favor pasa si los quieres, le deje encomendado algo para ti así que si fueras tan amable de decirle que eres tu, nos ahorraríamos mucho, espero que te gusten.

Deilys leon: Anna es bien "lanzada" no por nada estudio periodismo. jajajaja grita puedo escucharte.

Cuídense mucho y nos veremos pronto.

Que La Fuerza Los Acompañe...