Atención: Los personajes y lugares de este fanfic no son de mi propiedad, aunque conozco algunos. Pertenecen a J.K. Rowling y Warner Bross.
Notas del fic: Vale, no hay slash (aún) pero es un Drarry.
Notas de la autora: Espero responder en este capítulo algunas de las preguntas que me hacíais, como, ¿dónde está Ron? Yo por mí, que no aparezca… jajaja, no me gusta mucho. Bueno, en este capítulo Draco va a colaborar con Potter para algo… jajaja, a mí me hace gracia, espero que a vosotros también. Y sí, sale Ron. Espero que os guste. Esta vez lo dedico a arriagaTennyson, por sus frases y por hacerme reír.
Sigo en tierras extrañas, así que voy dando capis por cuentagotas! Disculpadme y gracias otra vez por seguir enviándome reviews!
POR AMOR A UN MORTÍFAGO
Fanfiker_Fanfinal
PARTE II: GRIMMAULD PLACE
CAPÍTULO 10: UN POCO DE TREGUA
Los tres chicos cenaron, silenciosos. Harry y Hermione intercambiaban algunas palabras, pero el ambiente estaba tenso. Dikki tampoco parecía muy contenta mientras servía la mesa. Al acabar, Draco subió a su cuarto y Hermione se levantó.
—Harry, descansa. Por favor, no discutáis más. Ya tenemos una edad.
—Díselo a él, Hermione, no para de escupir cosas horribles con su lengua venenosa –dijo Harry, molesto porque la chica tomara el lado de un Slytherin.
—Debes entender que está solo, Harry. Solo. Ni siquiera tiene a Snape. Al menos tú estás conmigo, con Remus, y Tonks. También vienen a vernos Moody y Luna. Y Ron se pasa por aquí algunas veces.
—¿Hablaste con Ron?
—Parece muy contento trabajando junto a su padre.
—¿Qué hay de… Ginny? –dijo, algo cabizbajo.
—Sigue estudiando, le va muy bien. Este año se gradúa. Pronto podrás verla, Harry. Dime, ¿te han escrito otra vez?
—Todos los días recibo alguna lechuza –respondió, irritado—. ¿Es que no se cansan? ¿Por qué se preocupan por cosas tan idiotas como enamorarse?
—Es lo mismo que te importó a ti durante tus años de escuela –reprendió ella.
—Deberían dedicarse a estar con su familia en vez de enviarme estúpidas cartas. ¿Sabes cuántas tengo que responder al día, Hermione? Tengo pendientes aún las de la semana pasada.
Hermione se levantó, y Dikki se apresuró a recoger sus cosas.
—Dile a Malfoy que responda tus cartas. Seguro que no vuelven a escribirte, Harry –sonrió ella.
Besó a Harry en la mejilla y le deseó "buenas noches". Harry quedó pensativo mientras la vio irse. No consideró aquella una mala idea.
Un día más en Grimmauld, sin noticias nuevas ni nada que destacar. Harry se había levantado temprano y estaba en el sótano, desayunando. Cuando Malfoy bajó, envuelto en su albornoz negro, vio que la mesa estaba llena de pergaminos y sobres alrededor de Potter.
—¿Escribiendo a tus fans, Potter?
Harry sonrió falsamente.
—Me relaja mucho –mintió—. Hoy he recibido tres más.
Draco lo rodeó, mientras lo miraba, hizo una mueca de disgusto.
—Si vieran el aspecto que tienes por las mañanas dejarían de escribirte. Veamos –dijo, cogiendo una—, a ver qué chorradas dicen… —cambió su voz que siseaba por una chillona—. Querido Harry, hace mucho que no nos vemos, recuerdo tu rostro con especial nostalgia, ¿te acuerdas de mí? Soy Anna Humbert, estudiaba en Hufflepuff. Sé que no te fijabas mucho en nosotras especialmente, te van las chicas de Ravenclaw o Gryffindor, pero no importa. Hablamos una vez en el torneo de quidditch del sexto año. Fue lo mejor verte como capitán. Ni siquiera Malfoy se atrevió a medirse contigo… ¡eh, quién es esta descarada!
Harry se aguantó la risa. No podía creer que tuviera una rabieta por eso. Draco arrugó el papel y lo lanzó contra la mesa, y recogió otra. Esta vez, la leyó para sí, pero no pareció convencerle, porque a la segunda línea la había abandonado.
—Creí que venías a desayunar, Malfoy –dijo Harry aparentando estar enfadado.
—No veo que haya sitio para mí en la mesa, Potty, parece que todas tus chicas ocupan demasiado.
Harry se aguantó la risa.
—Los celos no son buenos, Malfoy, pueden agriar el carácter, y siendo tú, harían estragos en tu retorcida personalidad.
—Te sorprenderían las cosas que sé hacer como Malfoy, cara cortada –Draco se hizo a un lado con su bandeja y sus tostadas, y se colocó enfrente de Potter. Todas las cartas y pergaminos cayeron al suelo; algunos, hechizados, volvieron a posarse en la mesa; otros volaron alrededor.
Harry sonrió, y con su brazo ocultó el rostro a su enemigo. Una luz brilló en su mente.
—¿Cosas? Oh, apuesto a que ni siquiera podrías responder todas estas cartas en un día.
Draco masticó y tragó, y bebió zumo de naranja.
—¿Y para qué querría yo responder esos estúpidos papelotes?
—Eso lo dices porque no podrías hacerlo –le retó Harry, con los ojos ya fijos en él.
A Draco se le dibujó una hermosa sonrisa irónica en su nívea piel.
—¿Dejarías que contestara yo a tus fans, Potter? ¿Me harías ese honor?
Harry no desvió la mirada. Él también sonreía.
—Mientras declines toda cita con cada una de ellas, puedes poner de mí lo que quieras.
Hasta aquel momento, Draco había estado solo y aburrido en Grimmauld, leyendo cuanto veía por ahí, tocando el viejo piano y vagabundeando por la casa; ese jueves, Draco lo pasó exclusivamente en la cocina, con una pluma en su mano, y la chimenea encendida. Dikki le llevó el té encantada, y le ofreció más pastas de las habituales. Draco lo notó.
—Veo que has comprendido quién es el verdadero señor de la casa.
Dikki se agachó ante él, reverencia con la que Draco estuvo muy conforme.
—Mi limitado cerebro no confundirá nunca al dueño de Grimmauld con el Señor Malfoy, a pesar de las apariencias.
Draco le lanzó una pasta con fuerza, pero ella desapareció antes de que la golpeara.
—No deberías ser tan descortés con Dikki –dijo Harry, que vestía un chándal y aparecía todo sudado.
—¿Qué nombre es ese para una elfina? Es ridículo –Draco levantó la vista de su papel.
—Déjame recordarte que Dobby tampoco es muy diferente –recordó Harry tomando un zumo de naranja y cogiendo una pasta del plato de Draco.
—¿Y qué nombre le hubieras puesto tú? ¿Salvador? ¿Adoración? No, mejor culpabilidad –Draco arrugó la nariz, disgustado—. Hueles mal, Potter, ¿sabes lo que es una ducha?
—¿Sabes tú lo que es hacer ejercicio? –respondió el otro sentándose en el otro extremo de la mesa.
—Los Malfoy no necesitamos sudar nuestra piel para estar hermosos.
Harry rodó los ojos.
—Oh, que Merlín te conserve ese ego…
Observó que Draco había respondido muchas de sus cartas, y decidió leer alguna.
"Querida Sant Antoine (¿qué nombre tan ridículo es ese?)
Te escribo para decirte que tengo una grave crisis de identidad y ahora mismo no sé ni cómo me llamo. Me ingresarán pronto en San Mungo, nos veremos allí."
"Vaya tontería". Cogió otra.
"¡Mira! También yo tengo sucias las manos;
un poco de agua y quedarán limpias.
Así también nuestra cita caerá en el olvido..."
—Esto suena muy poético… ¿sabes escribir poemas, Malfoy? –dijo Harry en voz alta, sin despegar la mirada del pergamino.
—Eso es de MacBeth. Eres un inculto, Potter. Tu amiguita seguro que lo ha leído.
—¿Por qué le pones un poema?
—Oh, esa chica no me cayó tan mal, la conocí, fue Slytherin en un curso superior al nuestro. Es una gran chica, lástima que tenga un gusto tan patético. Sufrirá un shock cuando vea que tú lo firmas.
Harry sonrió divertido, viendo en su mente caer de la silla a una chica de pelo largo con túnica de Slytherin. Draco acababa de responder otra y al leer la siguiente sus mejillas se tiñeron de rojo intenso.
—Potter, ¿eres gay?
Las miradas de ambos se cruzaron. Harry se levantó como un resorte y le arrebató la carta.
—¿Por qué dices eso?
"Hola, Harry, soy John James Roher, estudié contigo en Hogwarts, más te vale que me recuerdes. Quiero que sepas que estuve presente en la batalla del Señor Oscuro. Tu valentía, así como tu coraje, son dignos de admirar. Quizá me chocan porque yo me crié en Slytherin, y eso está lleno de cobardes –a este punto, Harry rió como un loco—. Sé que no te apetecerá ver a nadie, ni recibir ninguna carta, y lo entiendo. No hace falta que respondas, me contentaré con que la hayas leído. Sólo decirte que al otro lado del océano hay alguien que piensa en ti, y que te dará la bienvenida si alguna vez quieres venir a New Jersey".
Harry no cabía en sí de asombro. Volvió a leerla, impávido, como si las palabras las hubiera oído antes.
—Alguien que dice esas cosas de su propia casa no es digno de ser Slytherin. Otro ejemplo de que el Sombrero Seleccionador se equivocó.
—¿Otro ejemplo? –Harry juntó las cejas—. ¿Cuántos más conoces?
Draco sonrió con satisfacción.
—Una cobarde comadreja en Gryffindor. Una loca lunática en Ravenclaw.
—Al menos la basura va a parar a Slytherin –dijo Harry furioso llevándose la carta.
—¡Eh, déjame responder a ese tipo!
—Que yo sepa no te nombra en la carta, así que no es nada personal –dijo Harry alejándose con el papel en la mano—. Además, tú tienes muchas que responder, yo haré esta. Me gusta.
Draco lo miró con repulsión.
—¿Te gustan los hombres?
Harry se volvió, travieso.
—¿Por qué? ¿Estás interesado?
Draco recordó las veces que se había besado con Potter. Mejor dicho, con el cuerpo de Potter. Pero no era él.
—¿Es eso una excusa para tratar de ligar conmigo? Creo que este John James no existe. La has escrito tú para dártelas de importante.
—Creí que no te interesaban para nada estas opiniones –dijo Harry llevándose la carta consigo.
Draco siguió en su tarea de responder, mientras se preguntaba por qué tanta gente encontraba apetecible a Potter. Se había encontrado una carta llena de vulgaridades donde le pedían hacer un trío con dos chicas, y cientos de groserías en la cama.
"Toda esta gente presume de ser buen amante… pero no todo es ser valiente… hay que tener clase y un físico abrumador, algo que a los Malfoy no nos falta".
Cuando Draco despertó escuchó una algarabía terrible que venía de abajo. Cogió su ropa, subió y se metió en la ducha, se peinó, se miró al espejo, se vistió con una camisa carísima, se miró al espejo, se cambió la venda de su brazo, se miró al espejo, bostezó, y finalmente se miró al espejo.
"Yo soy hermoso. ¿Por qué se fijan en Potter? Un tío que ni siquiera se peina y además necesita hacer ejercicio para mantenerse… Uh, eso no lo saben muchas de las tías que escriben. Les contaré cuán patético es cuando ayuda a los elfos con la basura".
Draco no retuvo la carcajada. Era sábado, y estaba de buen humor. Sin embargo, todo se esfumó cuando bajó a la cocina y vio que había visita: un hombre con el rostro destrozado y un ojo moviéndose por todas partes comía tostadas, y un pelirrojo engendro deglutía con tanta prisa que apenas podía respirar. Potter, frente a él, parecía muy animado. La sangre sucia hablaba de algo con su elfina. Draco paseó a lo largo de la cocina, exhibiendo su porte y su elegancia, y su mirada se posó en Ron, quien lo señaló con la boca llena.
—¡Oh! ¡Entonces es cierto que está aquí Malfoy!
El aludido sonrió burlonamente.
—Come o desaparecerá tu desayuno. ¿Cuántos días llevas sin comer? Apuesto a que les quitas las raciones a las mascotas del Ministerio.
Ron enrojeció, y tragó para decir:
—Es bueno saber que los idiotas nunca cambian.
—¿A quién llamas idiota, rata de alcantarilla? ¿Cuántas citas has tenido en tu vida? ¿Sabes de alguna chica a quien no le hayas hecho vomitar comiendo con ella?
Harry lo miró con dureza, y alguien carraspeó. Draco posó la mirada en el hombre grueso del ojo movible, con desconfianza.
—Buenos días, Draco –saludó Hermione.
Draco sonrió al ver la cara de estupefacción de Weasley. Añadió:
—Buenos días, Herm.
Un rubor acudió al rostro de la joven, quien se giró, asombrada. Dikki se golpeó ella misma en la frente.
—¿Qué es esto? ¿Por qué te diriges así a mi Hermione? –saltó Ron sin importarle ya la comida.
—Granger, ¿dejas que gente del inframundo te trate como si fueras un objeto? –sonrió Draco, y la chica sólo acertó a abrir la boca y volverla a cerrar.
Ron se acercó a Malfoy con ganas de pegarlo, pero intervino Harry.
—Déjame, Harry, quiero pegarle. ¿Qué os pasa a todos? ¿Por qué lo defendéis?
Draco lució una vez más una sonrisa amplia y burlona.
—Nadie lo defiende –dijo Harry—. Tenemos la desgracia de vivir con él, y de mantenerlo vivo.
A Malfoy no le gustó nada el modo en cómo contó Harry lo que ocurría. Para colmo, debía aguantar a la comadreja y al viejo que no le inspiraba nada de confianza durante todo el fin de semana, con ese ojo hurgándole en la nuca. Hizo tiempo leyendo en su cuarto hasta que oyó gritos de Dikki desde el sótano, anunciando que la comida estaba lista. Cuando él bajó nadie se había sentado aún, así que tomó el último sitio de la mesa, donde presidía, su acostumbrado espacio. Como era habitual, colocó su vaso carísimo y sus cubiertos con delicados adornos. Dikki había puesto platos deliciosos sobre la mesa; había pavo y patatas asadas. Draco no cabía en sí de asombro.
—¿Qué se celebra?
—Es una comida familiar, Señor Malfoy, ¿ha tenido una alguna vez?
El tono sarcástico de la elfina hizo gruñir al joven.
—Lo que tú no has tenido nunca y mereces es un buen azote. Maleducada.
En unos minutos bajó Ojo Loco Moody. Se puso en el otro extremo de la mesa y no saludó. Draco notó escalofríos por su cuerpo, que pararon sólo cuando el resto de jóvenes bajaron, charlando animadamente. Pudo observar que Potter se había arreglado "un poco" vistiendo una camisa roja y unos tejanos gastados. Hermione llevaba un jersey grueso y una falda beige y Ron… bah, aunque fuera rico seguiría vistiendo como un pordiosero. Se sentaron en el resto de sitios sin decir nada tampoco. Draco comenzó a comer sólo cuando el resto empezó. Harry observó esto. Se preguntó si las comidas con su familia eran siempre tan formales y las maneras tan cuidadas. Le fascinaba el modo en cómo Malfoy agarraba el tenedor y lo introducía en su boca sin rozarlo siquiera, y la lentitud con que mascaba, y la cara de póker mientras comía. En su casa, con los Dursley, nadie jamás había esperado a nadie, porque Dudley se lanzaba a la comida antes de que su trasero estuviera pegado a la silla, y él debía retirar su plato o recoger los restos. Se sintió feliz de haber encontrado a su familia. Hermione, Remus y los Weasley eran su familia. Una pena que Sirius hubiera estado tan poco tiempo con él. De haber estado, quizá ahora vivirían solos en Grimmauld, con todo un futuro por delante.
—Eh, Harry, come. ¿Qué ocurre? –dijo Hermione observándole.
—Oh, nada. Estaba pensando.
Todo volvió a la normalidad cuando Ron, de nuevo con la boca llena, habló de su trabajo en el Ministerio.
—¿Qué hay de nuevo en tu departamento? –preguntó el chico pelirrojo a Hermione, que sorbía su zumo.
—Oh, no mucho. Siguen sin encontrar a Aberforth, y Hogsmeade ha vuelto a abrir. La gente no podía permitirse dejar cerrado tanto tiempo el negocio.
Draco dejó de mascar, y Harry hizo lo mismo.
—¿Cómo que desaparecido?
Los cuatro volvieron la vista hacia Malfoy, que parecía haber escuchado. Éste repitió:
—¿Aberforth desaparecido?
—Sí. Cabeza de Puerco está aún cerrado y precintado, pero no se ha vuelto a ver al dueño desde antes del incendio –informó Hermione.
—¿Desde que yo vine aquí? –dijo Draco, y añadió—. Eso no es posible…
—¿Por qué? ¿Tú lo has visto?
Draco movió la cabeza a uno y otro lado. Ron añadió:
—¿Cómo iba un mortífago a revelar información a un auror? Es de locos, Herm.
Ron y Harry rieron, pero la chica se levantó de la mesa.
—Ya basta. Ron, estoy harta de oírte hablar mal de los demás. ¡Pensé que habías madurado!
—Oh, sí, qué decepción. No podrás casarte con él, Granger.
Ojo Loco Moody se levantó en cuanto alguien fue a responder.
—Recordad que debo darle parte a Lupin de lo que ocurre aquí. No le gustaría saber que sus huéspedes privilegiados se pelean entre sí.
Para Draco el ambiente no podía ser más hostil. Si era una pesadilla estar rodeado de Potter y el licántropo y la rata de biblioteca, era mucho peor tener que ver la cara del pecoso pelirrojo y aquel hombre deformado.
"Estoy harto, Sev. Cansado de estar encerrado aquí, cansado de esconderme, de que no vengas a buscarme. Me lo prometiste."
Muchas veces, el joven pensaba si Severus seguía vivo. Si lo habían matado los mortífagos, entonces no habría nadie, nadie que volviera a buscarle. Y su destino sería vivir pendiente de que su madre comatosa despertara de San Mungo y ver qué hacían las autoridades. Pero abandonaba la idea, porque empezaba a hiperventilarse de la angustia. Sin embargo, acarició las sábanas limpias de su cama y las cortinas de su habitación. Hermione había puesto un artefacto muggle en el pasillo y todo olía a madreselva. Ya no tenía que aguantar ese putrefacto olor a cabra, y Ross estaba muerto. Además, ya no debía trabajar como un sucio muggle, eso era lo mejor. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una cabeza pensante que asomó a su puerta.
—Draco, vamos a jugar un ajedrez mágico, ¿te apuntas?
Draco miró con incredulidad a la sangre sucia, hizo una mueca rara y volvió la vista a su libro.
—Como quieras –oyó decir, y la cabeza desapareció.
Desde su cuarto, Draco oía las risas y algún que otro comentario, y se preguntó cuántos libros podría leer hasta que saliera de allí. Ya casi había acabado las cartas de Potter, ¿cuál sería otro buen divertimento? Tocar de nuevo el piano...
Pasó poco tiempo antes de que Draco se cansara del libro. Las risas y comentarios subían hacia él, y su mente no cesaba de distraerse. Sonrió. Si Potter o Weasley estaban perdiendo al ajedrez mágico sería una estupenda ocasión de burlarse. Dejó el libro cuidadosamente colocado en la estantería del hall –al fin y al cabo, los modales Malfoy están tan grabados, que el chico ni en casa ajena puede hacerlo de otro modo— y bajó las escaleras. Los jóvenes estaban tan absortos que ni la presencia del rubio notaron. Esto molestó sobremanera al Slytherin. Observó que se habían repartido por parejas. Naturalmente, eran impares. Draco pensó adónde habría huido el cobarde de Moody para dejarlos en número impar, pero cuando observó más detenidamente cómo se habían colocado, hirvió aún más.
—Oh, vaya. San Potter va solo. Espero que vaya ganando –dijo, acercándose, pero los chicos apenas lo miraron—. Aunque de dos de sus rivales, sólo vale uno.
—Draco, debes saber que Ron es el mejor en ajedrez.
Granger, junto a Ron, enrojeció levemente, y el chico exclamó:
—¡Malfoy, lárgate! ¿No ves que molestas?
—Veamos, veamos… ¡ooh! –dijo maliciosamente Draco, y con una gran sonrisa en la cara, añadió—. ¡San-patético-Potter va perdiendo! ¿Cómo es posible? Vaya decepción… si tus fans se enterasen.
—Corre, cuéntaselo, no creo que dejen de perseguirle –añadió Ron.
El cerebro de Malfoy procesó a la velocidad de la luz: Potter, perdiendo, y su infame mascota Ron Weasley, ayudado por sangre sucia cabeza pensante. Con un rápido movimiento, empujó a Potter de la silla diciendo:
—¡No tienes ni idea de jugar!
Ocupó su lugar y movió una ficha. Potter, desde el suelo, se levantó para observar el movimiento del joven. Era un movimiento extraño que hasta a Ron le pareció gracioso.
—¡Jajajajaja, esto es el ajedrez, Malfoy!
—Dale duro, Draco –dijo Potter en tono sarcástico.
—No creo que haga falta, no durará mucho.
Potter y Granger observaron el juego. Ninguno de los dos tenían muchas nociones de ajedrez, aunque Potter había jugado bastante más que ella, sin embargo, el juego de Draco era extraño. No parecía querer atacar al contrincante ni querer ganar. Empezó a amontonar todas las piezas y a acorralar a Ron. Ron, más concentrado en ver lo que hacía Malfoy, que no tenía ningún sentido, comenzó a perder fichas.
—Es una trampa, Ron –dijo Hermione mirando a Draco con ojos brillantes—. Quiere distraerte.
—Claro que no lo hará –dijo Ron—. Eh, Malfoy, si te gano dejarás de llamarme comadreja.
—Sigue soñando.
El juego se alargó demasiado. Ron se percató demasiado tarde de que había alejado mucho al rey para ahora acortar distancias. Draco, por su parte, se preguntaba cómo era posible que la comadreja le durara más que una partida con Snape. Pensaba que era Granger quien movía las fichas, y no el pelirrojo. Jamás se le hubiera ocurrido que fuera a toparse con un rival digno. Lo mismo debió pensar Ron, que aunque la partida se resolvió a su favor, no pudo más que decir:
—Oh, vaya. Ha sido un buen juego…
Hermione y Harry se miraron, alucinados. Draco musitó:
—No me ha gustado, he perdido.
—Has jugado muy bien, Malfoy. –halagó Hermione, y Harry puso los ojos en blanco.
—¿Te han enseñado estrategias de ajedrez? –preguntó Ron—. No conocía esta.
—Hay muchas cosas que desconoces de mí, Weasley.
Aquella noche, tanto Hermione, como Ron, como Harry, pensaron en Malfoy. En cómo había utilizado su mente de forma inteligente para tan diestra tarea. Malfoy, en su cama, tenía pesadillas: soñaba cómo una rata con la cara de Weasley ordenaba a una enorme figura de ajedrez que desfigurase su cara.
Draco fue sobresaltado por una música extraña. Aguzó el oído. Ignoraba que alguien en la casa supiese tocar y cantar de forma decente. Se levantó y siguió escuchando el sonido. No era como la música que acostumbraba a escuchar en casa, más clásica y de renombre, pero le atraía. Draco se incorporó, notó un vacío en su estómago y se dirigió hacia la cocina, cogió varias tostadas y se acurrucó junto a la chimenea, encendida. No parecía haber nadie más en la casa. El reloj de la cocina marcaba las diez de la mañana. Sin duda, uno de los días que más había podido dormir, y sin pesadillas. Si no había nadie allí, en la casa, cantando, se imaginó que sería algún estúpido artilugio muggle de donde salían esas notas. Prestando atención a la letra, una vez desayunó y se acercó al pasillo, le pareció curioso lo que decían.
Monday finds you like a bomb
That's been left ticking there too long
You're bleeding
Some days there's nothing left to learn
From the point of no return
You're leaving
Draco se apoyó en una de las paredes, consciente ahora de que la música venía de la tercera o cuarta planta, probablemente del cuarto de Potter.
Hey hey I saved the world today
Everybody's happy now
The bad things gone away
And everybody's happy now
The good thing's here to stay
Please let it stay
A pesar de hablar sobre un final feliz, el tono era melancólico, y en la canción se adivinaba una tristeza constante. Draco quiso escuchar más, por lo que subió la escalera despacio.
There's a million mouths to feed
And I've got everything i need
I'm breathing
And there's a hurting thing inside
But I've got everything to hide
I'm grieving
Hey hey I saved the world today
Everybody's happy now
The bad things gone away
And everybody's happy now
The good thing's here to stay
Please let it stay
En aquel momento un solo de saxofón lo hizo salir de su mente. Draco pensó que no había una canción muggle decente que pudiera interpretar los sentimientos de una persona. Siguió subiendo la escalera, y entonces vio a Potter de espaldas a él, sentado, aparentemente ido, como si quisiera evadirse del mundo escuchando aquellas notas. Estaba fuera de su cuarto, sentado en uno de los sillones. La música dio paso de nuevo a la cantante, que debía tener una depresión como un caballo.
Hey hey I saved the world today
Draco tuvo el detalle de dejar acabar la canción para decir:
—No me extraña que después de oír esto estés todo el día de bajón.
Potter se volvió y en su cara se adivinaba un gesto nostálgico, melancólico.
—Hola, Malfoy. La verdad es que últimamente la escucho mucho porque reproduce perfectamente cómo me siento.
Draco se acercó más, y sus palabras le salieron del alma:
—Pues estás hecho una mierda.
Y a continuación ocurrió algo que jamás hubieran pensado ninguno de los dos. Rieron. Juntos. Y por primera vez, la risa de Draco era auténtica, no la risa falsa que acostumbraba a mostrar al mundo.
—Es agradable oírte reír así -confesó Harry, todo despeinado.
—Es agradable ver que te lo tomas de buen humor -dijo a su vez Malfoy.
—Eh, siéntate.
—Oye, no pensarás que por esto ahora voy a hacerme amigo tuyo. Sigues sin gustarme -respondió Malfoy, pero a pesar de todo, se sentó.
—Lo sé.
El silencio se hizo entre ambos, interrumpido por una señorita que hablaba y daba paso a otra canción.
—Si te incomoda la música, puedo quitarla.
Draco observó con cuidado los ojos verdes de Potter.
—Nah, realmente no es gran cosa.
Harry, a pesar de todo, se levantó para apagar la radio. Sólo la lluvia repiqueteando sobre el tejado era el único sonido entre ambos.
—Ayer estuviste muy bien en ajedrez. No sabía que supieras jugar tan bien -dijo Harry, con cautela-. Podríamos jugar partidas muy interesantes tú y yo, si yo te gustara.
Draco hizo una mueca de superioridad, sus ojos se entrecerraron a la vez que miró hacia otro lado.
—Yo decidiré si eres un buen rival para mí.
—Y si no lo fuera, no importa, siempre puedes jugar con Ron.
Sentados uno frente a otro, con la lluvia como único testigo, Draco observó al chico sentado frente a él: las ojeras tan grandes plasmadas en su cara, el pelo tan desaliñado, con las puntas apuntando a direcciones opuestas, y la barba sin afeitar de varios días. Draco estaba bien jodido, pero aún así jamás se dejaría de arreglar a pesar de todo, incluso dentro del infierno que había vivido en Cabeza de Puerco, siempre intentaba estar presentable. Era desagradable ver cómo Potter era tan descuidado. Y sin embargo, le llovían las cartas. ¿En qué pensaban las mujeres?
—¿Qué estás pensando? —rió Harry, cuando vio a Draco tan serio.
—En lo patético que te ves. No entiendo cómo puedes gustarle a las mujeres.
—La verdad es que yo tampoco —dijo Harry, dejando un vaso que tenía en su mano a un lado—. ¿Tú has tenido muchas citas?
Malfoy se atragantó con su propia saliva. No era normal que Potter le preguntara por él mismo, pero era aún más anormal que quisiera saber sobre su vida sentimental. ¿Qué podía decirle? Sólo había salido con Pansy y tuvo un affair, pero ni siquiera fue una relación seria.
—Pues claro —su ego contestó antes que él—. Ya has visto que les escribo poemas, se quedan todas locas después de eso. Les encanta esa sensibilidad en un chico.
¡Pero qué trola le he metido! Draco se puso la mano en la cara para poder disimular, porque la cara de Potter era todo un poema. Parecía mirarle con... ¿curiosidad y adoración?
—Nunca hubiera imaginado que escribieras poemas, ni que entendieras a las mujeres.
—Nunca hubiera imaginado que estaríamos aquí hablando, sin pegarnos, Potter.
—Eso lo dirás por ti. Yo no tengo ningún problema.
Draco se levantó, incómodo. Quería insultar a Potter, pero no le salía nada. Desde que el día anterior él se pusiera de su parte en la partida de ajedrez, lo había descolocado. No podía insultar a alguien y Potter tampoco le había dado motivos.
—Escucha, quiero ir a ver a mi madre, ahora que ya me he recuperado. Tanto si me acompañas, como si no, iré.
—Es una buena idea, ¿hace cuánto que no vas?
—Desde Año Nuevo. Voy una vez al mes y ya estamos en febrero.
—Hermione tiene el día libre mañana, si esperas, podremos ir los tres.
Draco gruñó y Harry no supo cómo interpretarlo.
—Ya sé que preferirías ir solo, pero... órdenes de Remus y en eso no creo que yo tenga mucho poder de persuasión.
—¿No te parece que no tener voz ni voto en tu propia casa es un poco patético? -dijo Draco, divertido.
—Tú en la tuya tampoco eras muy tenido en cuenta, ¿o me equivoco?
Draco miró a Potter duramente, fríamente.
—No hables de mi familia, Potter. No tienes ni idea.
—Está bien, perdón, tregua.
De nuevo el silencio entre ambos y de nuevo se escuchaba la lluvia caer estrepitosamente sobre el tejado. ¿Alguna vez pararía de llover? ¿Alguna vez podría salir el sol entre ambos chicos, podrían disiparse las nubes entre sus corazones? Tantos años de enfrentamientos los había mantenido en una actitud hostil el uno hacia el otro, pero ahora, ahora debían convivir y aquello no jugaba en sus planes, no era... cómodo, no era fácil. Era natural que ambos no supieran cómo reaccionar.
CONTINUARÁ
¡Dejadme algo si os ha gustado! Gracias.
