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El relato de hoy se titulaba "El Ángel y El Lobo". Su argumento [muy sencillo en realidad] contaba la pequeña historia de un hermoso ángel que, sintiéndose vacío respecto a su situación sentimental, decide transformar a un lobo salvaje en humano, lo que deriva en un montón de situaciones peliagudas que acaba en tragedia: el lobo, sumido en sus instintos, devora el precioso rostro del ser sobrenatural que le dio forma humanoide.
La moraleja era que, por muy bonito que pueda resultar un muchacho o muchacha, este puede devorarte para su propio placer.
Nanaba-Ofelia siempre acababa con ojeras después de estar escuchando las letras escritas a mano por su hijo-Hamlet.
-Hamlet-susurraba entre silbidos de desesperación-, ¿por qué siempre me torturas con tu palabra infernal sobre amoríos imposibles o casquivanos?
Una pregunta que hacía a menudo y que siempre terminaba de la misma manera: en una risa floja y un beso en la mejilla, de despedida mientras Nanaba-Ofelia preguntaba a su nuevo regreso. Armin-Hamlet siempre decía que jamás se cansaría de venir a verla tan bella, a lo que el sonrojo se hacía presente con amargura.
La ventana regresaba a su mirada nostálgica y su amado salía por la puerta para volver a convertirse en su querido niño rubio y corto, rozando lo largo y trotando por los caminos de la mansión, apretando las hojas escritas contra el pecho.
-¡Armin!-Reiner llamó, abajo, con la entrada abierta de par en par y junto a algunos amigos que sujetaban en alto instrumentos de jugar al criquet.
Armin sonrió, pensando que lo había conseguido, aunque se negó a enredarse en el juego. Tampoco era lo suyo, lastimosamente, y eso le dejaba muy fuera de las posibilidades de encantar a alguna mujer en el futuro. Como bien le decía Reiner día y noche, a pesar de que le disgustaba realmente Ymir; nada femenina ni elegante, como soñó a su esposa a la edad temprana de nueve años. Demasiado parecida a su madre.
Armin dedujo entonces, melancólico, que él nunca pensó como debiera ser su mujer. Rubia, pelirroja, ¿morena, quizá? No importaba. Era una verdadera tontería pensar en ello pues sería Uchiha, su abuela y única tutora en todas sus facultades sobre él, quién la escogería a su gusto.
-¡Readeeeeeer…!
Jadeante, una de sus manos se clavó fuertemente en la barandilla por la que pretendía cruzar hasta su habitación.
Era una voz tan ronca que no parecía de este mundo…
-¡Readeeeerr…!-resonó de nuevo, impaciente, temeroso; insectos de la misma índole recorrían las piernas de Armin, sin moverse lo suficiente para caminar o alejarse de ese sonido aterrador y demandante-¡Reeeeaaaadeeer….! Readeeerrrr…
Podía sentir las lágrimas del posible hombre como si fueran suyas en el corazón.
Pinchazos en este y recuentos de cabeza sobre qué hacer o no hacer ante la situación. Una mente que pronto se quedó en blanco para su desgracia…
Los golpes en el tablón de marco colorido eran muy suaves, inocentes, casi como si fuera la mano de un niño y no la de un joven adulto, ¡un hombre!, las que la estuviese toqueteando.
-Readeer… Pooor Faaavoooor…
Reader no estaba. Sabía muy bien que ante aquellos gritos de desesperación de su hermano querido no hubiese tardado en aparecer para mimarlo entre sus brazos de adolescente excéntrica.
Caminó poco a poco, oyéndole aún clamarla. Y poco a poco, con un paso rápido, se apoyó en la puerta en un ruido sordo que retumbó un instante. Y poco a poco, giró el pomo… Y poco a poco, entró sin decisión; escapando un ligero chillido del individuo en su interior.
[…]
-¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, que los cumplas que los cumplas, sííí, cumpleaños feliz!
Inmediatamente, Noyd sopló las velas de aquella enorme tarta glaseada de blanco y azul, riendo junto a los aplausos de los invitados, algo que le hacía sonrojar y encogerse, hinchando así las mejillas que su abuela no tardó en besuquear; tras suyo, sujetándole los hombros del nuevo traje de marinero; comprado por ella y vestimenta que odiaba, aun fingía alegría por los presentes que no tardaron en mostrarse frente a su ser. Grandes, ¡enormes!, muchos de magnitudes desproporcionadas… Pero no para el caprichoso Noyd Harlet que, feliz por ello, comenzó a desenvainar el papel beige y rosa de todos.
Reiner, que reía con los adultos, haciéndose un hueco como siempre había deseado, de reojo observó a un callado Armin brillar sus ojos del color azul contra la esquina de la mesa. Demasiado abiertos para no ser nada, incluso para Annie; quién por primera vez en mucho tiempo, consiguió prestarle atención a su hermano menor, que no se atenía alrededor.
/
Noyd se encontraba lejos, igual sus amigos sin niñas [correteando en el campo de verde parecer, volando los aviones de juguete que le habían regalado hacía unos minutos], para poder oírles. Y Uchiha había arrastrado a hombres, mujeres y una amorosa Christa, a una pequeña reunión de té donde las charlas ilusas rendirían homenaje mientras la menor infundía un concurso de pasteles ficticios sin ser vulgar. Preparados por la siempre golosa Dolores González.
Ver el horizonte desde el porche era asombroso; Reiner siempre sonreía cada vez que lo miraba pero esta vez chocó la palma abierta de su mano contra la frente descubierta, en medio de Annie y Armin; el segundo observaba el suelo del segundo escalón, donde apoyaba los pies.
-Dios…-murmuró el mayor, paseando su lengua por el paladar, acentuando la última letra de ese modo.
-¿Le has dicho ya a la abuela lo que ha pasado?-intervino Annie, indiferente; Armin negó, aun con el rostro escondido de vergüenza y lástima-Debes hacerlo o comenzará a apestar tarde o temprano.
-Annie tiene razón-el adolescente masajeó su cuello, sin tranquilizarlo pues él también estaba tenso por ello-. Es… ¡Joder, es…!
El silencio dejó escapar un forzoso tragar de saliva en la garganta del menor durante minutos en el que el Sol daba todo su poder a cambio.
-...No lo enterrará como es debido… Lo dejará pudrirse en alguna parte del bosque o quizá de este jardín.
Annie bajó la mirada, todavía sin sentir nada, a medida que Reiner refunfuñaba su faz con cada vez más fuerza e incomprensión.
-Estaba enfermo-aclaró al final, ajustando sus sienes con pulgar e índice-. Es natural que no lo quiera por aquí… ¿No lo has tocado, verdad?-aclaró de pronto, preocupado, pero nuevamente el chico obtuvo una negación como respuesta. Siendo esta una mentira. Igual el encierro de Terrence Harlet; que había fallecido hacía unas pocas horas de su ficticia enfermedad.
Las campanas de una iglesia cercana comenzaron a sonar. Parecía haberse enterado antes que todos de la muerte del joven, y así lo anunciaba al mundo que jamás le conoció.
[…]
Una de las costumbres más claras de Reader era espiar, desde alguna esquina o escondite, si no había servicio o persona andando interminablemente por dónde ella iba a pasar. Un ser humano tenía una presencia lo suficientemente fuerte como para obligarla a mantenerse en su escondrijo actual hasta que se hubiese desvanecido de su visión. Entonces, cautelosa al principio, echaba a toda prisa a andar para producir insonoro ruido al subir las escaleras, sosteniéndose en la barra marronosa a su costado colocada.
Esta vez pareció no fijarse bien pues, a medio camino entre el horror de encontrarse con alguien y la salvación que significaba la habitación de Terrie, Armin quedó plantado a su espalda, indeciso de si hablarle a cambio de ignorancia fingida o un vocablo malsonante.
-Re…-tragó saliva que se acumulaba a los lados de sus dientes-… Reader…
El cabello de ella [recogido en una coleta alta que no lo hacía arrastrarlo, como siempre] hizo un movimiento circular al girar la esquina, igual que su vestido de leche, adjunto a una chaqueta beige muy favorecedora y del mismo color sus zapatos de medio tacón. Ganando la primera opción de indiferencia que Armin había sospesado, quedando hendido aún en el pasillo, esperando entre sudores y gafas de lectura, con un libro rojo colgando de una de sus manos.
Al contrario que en otras ocasiones, poco a poco se cerró la entrada al cuarto de Terrence por su mano femenina, no oyéndose así en ningún lugar a excepción de la parte superior, solo en algunas habitaciones [la mayoría vacías].
Dejó escapar un suspiro de alivio y, sonriendo discretamente, se desquitó de su americana para lanzarla al perchero morado que antes había pertenecido a su fallecida madre, de la que un grandioso cuadro residía en la biblioteca.
Volteando con mirada de reojo y pícaro, observó que el cuerpo de Terrie todavía se encontraba bajo las sábanas; el pelo castaño escapaba de las partes rotas de estas, mientras que una de las piernas también lucía fuera de su sitio.
-Eh, dormilón-avisó, junto a un tono gracioso que infundía afecto-, ya he llegado.
Sabía, bueno, conocía muy bien que con sólo mencionarle una suave llamada no despertaría. Tenía que ir allí, y hacerle cosquillas en el brazo cubierto de bello moreno, y besarle un par de veces las mejillas, y comerle a abrazos… Era tan cariñoso que costaba de creer que tuviera diecinueve años, midiera casi dos metros y fuese tan robusto como un forzudo de circo. De hecho, la comida de Dolores había ayudado a mantenerlo en un estado alimenticio mejor que el de muchos [su comida favorita: huevos rancheros y patatas cocidas con salsa de tomate; todo junto en un mismo plato].
Lamiéndose los labios, pues los sentía secos, anduvo hacia el gigante dormido y con medio rostro hundido en la deformidad, y rozó la yema de sus dedos escuálidos a la faz del muchacho con ojos cerrados, de un hermoso color verde al abrirlos.
-¿Jugamos-encaminó, en un paseo, hacia la nariz de él, dónde la apretó a modo de juego-… al pato mareado?-rió entonces, sentándose sobre el pecho del mayor, aplastándolo al no ser una niña ya.
Ante tanta actividad, Reader se sorprendió de no ser descubierta.
Quieta de nuevo, abofeteó suavemente a su hermano, regresando la cabeza a su lugar en un instante, igual que un muñeco de peluche.
-Hey-dijo la chica, acariciándole el cuello para despertarlo de risa… Pero no sucedió así-¿Hey…?
Sus ojos de color (color de ojos) se oscurecieron al segundo que entendió que el joven no se encontraba dormido, no notando el latido así cuando apoyó su oído derecho en el corazón de Terrie.
No había nada que indicara su salvación ni que sus objetos de visión volvieran a cerrarse, cada vez más abiertos de impresión y horror.
/
El portal a la cocina desde el interior de Harlet Hall silenció a todo el personal trabajante al verse frente a un ser que descorría lágrimas de sí misma, junto a una cara sonrosada de furia.
-¡FUERA!-gritó, arreplegándose los más jóvenes de inmediato, saliendo a su lado tremendamente sorprendidos y asustados-¡FUERA DE AQUÍ!
Dolores González la vio verla al costado de dos de los mayordomos, que de igual forma permanecían quietos en sus puestos.
Retorcida señaló a la mujer hispana a medida que sus dientes sobresalían de ira y frustración.
-¡Tú! ¡Te quedas!-tras eso su señal cambió a ambos hombres-Vosotros… ¡FUERA!
Obedeciendo órdenes de la que era su líder aun su edad joven, la fémina quedó sola delante de Reader Harlet, que jadeaba, lloraba y gritaba sonidos incomprensibles para ella hasta que la muchacha se derrumbó en el suelo, chillando el porqué de algo que la cocinera prima de la casa no lograba entender todavía. Encerrada en un espacio que no pensaba abandonar debido al miedo que le producía a la que llamaba señorita.
-Terrie ha muerto-anunció de pronto Armin, apareciendo tras la que solía ser refunfuñante, igualmente con ojos rojizos al contener las gotas de sal que pretendían unirse al dolor de Reader.
Dolores dejó escapar un jadeo de sorpresa antes de cubrirse la boca con las manos, comenzando a entristecerse rápidamente hasta que la jovencita se alzó de su sitio, seria; volteó y no esperó a empujar al treceañero fuera de su alcance con una mano, tirándolo al piso.
-¡Señorita!-desgañitó la mujer adulta, sosteniéndose al inmueble para no caer de pena al mismo sitio que Armin Harlet.
Reader no decía nada. Únicamente susurraba a gritos con sus ojos: ¡Eres una peste! y eso solo lo podía descifrar el individuo a quién se le habían caído las gafas, rompiéndose así un cristal. Más bien agrietándose… Junto a una mirada sensible que indicaba tristeza y pequeña rabia por recibir aquel empujón innecesario a pesar de querer ayudar; sin saber cómo.
Ella se cruzó de brazos, profiriendo una faz frustrada mientras las lágrimas no dejaban de proceder con su labor de mostrar su auténtico dolor. Igual que Dolores, que finalmente cayó al suelo, gimiendo.
[…]
El rezo de Reader hacia su hermano fue lento, silencioso, mental; bajo uno de los olmos que yacían cerca del bosque y dónde Dolores González despedía al hombre que cuidó desde niño, mientras su compañera lo hacía hacia el que era y siempre será su mejor amigo; el que se llevó un beso de sus labios a los trece años [él].
Armin lloraba en el interior del hogar. Apenado, quizá, de lo eterno que se haría la estancia para la muchacha a partir de ahora sin Terrie.
Reiner se acercó un poco más tarde, alejándolo del cristal que Reader atravesó sin mirar absolutamente a nadie. Inclusive si Armin sí lo hizo con su ser; vestido de luto negro.
[…]
Los días de tristeza ante la muerte se alargaron ocho largos días de sinfonía inacabable de arpa al lado de la ventana [sin cortinas de por medio] y la puerta abierta de par en par, que deslucía el horror de la desgracia sin importar el paseo del servicio. De vez en cuando acompañado de unas lágrimas irreversibles que a pellizcos se esfumaban, y poesía a la Luna por Nanaba; inconsciente de todo a excepción de Hamlet, que en ocasiones se encargaba de acostarla y darle un beso en la mejilla, para después pasear frente al cuarto encendido de Reader; dormida ya si conseguían ser las dos de la mañana o las tres y media, algo pasadas y con él sentado en la única silla de la sala mientras observaba la espalda de la joven (alta/baja); (más alta que él/más baja que él). Tenía algunas palabras en la mente pero no lograba que estas pasaran de ese estado del pensamiento debido a una gran timidez que desde siempre poseía, y una terrible separación de la amistad que él mismo había causado por su miedo al atractivo que la quinceañera comenzó a desarrollar no hace tanto.
Una de esas noches, Reiner le dio el empujón que necesitaba para acercársele aun despierta en la madrugada:
-¡Maldita luz!-se quejaba él, que había empezado a dormir en el cuarto del muchacho tras haberlo encontrado deprimido en el entierro de Terrie; dando vuelta y vuelta-¡Es un infierno dormir así! ¡No sé cómo puede…!
-Yo iré a decirle que… Bueno, que la apague…
-¿Qué?
Ofrecerse a ello había resultado una temeridad grandiosa que no olvidarían ninguno fácilmente, especialmente porqué justo cuando comenzó a acercarse las palabras que siempre había pensado desaparecieron del mapa que era su cerebro. Y apoyado en el marco que rasgaba, meciéndose entre una habitación vacía y otra llena, no supo que hacer.
-Qué haces ahí-la tonalidad de la pregunta se la tragó la tierra; Reader no era estúpida y tenía buena intuición para localizar a cualquier ser humano cerca.
Armin dio un respingo, atemorizado de hablar al principio pero inclinándose al instante de recibir la llamada.
-HO-Hola…
La chica no dijo nada. Paseó la página del libro que se encontraba entre sus manos, ignorando al rubio que dio dos pasos hacia el interior del compartimento iluminado.
El joven respiró hondo en el silencio, acogiendo fuerzas para no trabarse y decirlo todo sin rodeo alguno.
-A Reiner le molesta la luz-aclaró, visualizando que la muchacha respondió bajo una mirada estricta, de reojo y en un segundo muy corto en el que ella bufó bajo una risa floja y burlona.
-¿Y no viene él a pedírmelo?
-No, bueno…
-Seguro que está cansadísimo de manosearse con esa pecosa y mi luz no le deja descansar para que al día siguiente vaya a por una de las criadas y la bese al fondo de la cocina, subiéndole la mano por la falda y tocándola a fondo hasta sentirse el hombre que no es. Porqué tiene quince años-los carrillos de Armin retomaron un color rosado que tuvo de niño, antes de cumplir tres años, debido a aquellas afirmaciones en un tono tan cruel pero siendo una verdad tan cierta-. Si fuera un hombre de verdad, tu hermano levantaría ese culo gordo que tiene y vendría a pedirme con la misma amabilidad que tú que apagase la luz y, aunque es algo que no puedo hacer ni prometer, me sentiría mucho más halagada que hubiese sido de ese modo. Lastimosamente, los hombres de ahora no son en absoluto como tú. Son tan estúpidos como las mujeres y únicamente ascienden en una sociedad inútil por el poder y dinero que ellos no se han ganado a base de esfuerzo, sin duda es algo terrible eso que le pasa a tu hermano. Podría haber llegado a ser algo en la vida pero solo ha aprendido a servir a sus deseos sin importarle en absoluto si las féminas a las que besa están de acuerdo con ello. Piensa que una criada no puede, ¡jamás!, replicarle a su, digamos "jefe" porqué amo me resulta extravagante para lo que es tu hermano y los hombres de esta sociedad, además de insultante y demasiado degradante para cualquier ser humano decente, aunque este la viole contra un poste delante de la gente que tanto adora en sus sueños. ¿Sabes qué? Estoy furiosa contigo, ¡tanto!, que parece mentira que te esté soltando este discurso tan patético e irrelevante por mi parte a pesar de que todo lo que he dicho no es mentira, ¡no, claro que no! ¿¡Cómo iba a serlo!? Y la razón por la que esté tan furiosa contigo eres tú mismo. Vienes aquí, intentando infligir fortaleza cuando realmente estas encogido ante ti mismo. ¿¡De qué narices tienes miedo!? ¿No te quisieron tus padres? ¿No lees todo lo que quieras? ¿No haces todo lo que deseas, incluso hablar conmigo? Me da la impresión de que tienes miedo a algo invisible que no espera a mañana para atormentarte. Y ese algo eres ¡tú mismo! Aunque desconozco las razones que te han llevado a ello, me parece una auténtica locura como te tratas de ese modo. ¡Cómo si fueras inútil cuando no lo eres! Además, quiero que sepas que yo jamás me hubiese interesado por ti si no hubieses sido una gran persona desde mi punto de vista. De hecho, eres el mejor chico que he conocido, el mejor hombre que he conocido, rectifico, sin contar al pobre profesor Ackerman, que ha tenido que sufrir de mi estupidez iracunda-sorprendido de aquellas palabras tan bien dictadas y esparcidas al aire, Armin solo pudo jadear cuando Reader, acelerada por el discurso recién soltado, levantó su cuerpo cubierto del famoso camisón blanco con flores silvestres en el pecho, y el cabello de princesa de cuento, del lecho, y señaló al exterior cerca de su persona-. Y ahora, ¡fuera de mi habitación!
Guiado a un mundo de sentimientos inexplorados, junto a ojos brillantes se abalanzó suavemente sobre sus labios, depositando un dulce beso que no llegó a nada más que un empujón y una puerta cerrada que llamó la atención de Reiner al regresar el individuo; pasmado de su propia acción.
-¿Qué ha pasado? ¿Te ha reñido?
Absuelto de cualquier sonido, arropó el cuerpo de tembloroso parecer entre las sabanas, sintiendo fuertes latidos atravesar su corazón una y otra vez.
[…]
Uchiha Harlet pasó cinco días fuera de Harlet Hall, en una lujosa casa de Manhattan, cerca de la de unos viejos amigos, para dar sus felicitaciones a la pequeña Madeleine Fisher, que ya no era tan pequeña y que había dado a luz a una niña igual que ella de nombre Rosalynn.
Aparentemente agotada de los largos paseos que había tenido que hacer, obligada, con la menor de tres kilos quinientos en brazos, apareció majestuosa, como una mariposa que abre sus alas, para recibir los besos y cariños varios de sus nietos. No esperaba encontrarse allí, cara a cara y con un vestido que ella misma le regaló pero que jamás se ponía por fastidio así de su abuela, a Reader Harlet, junto a un rostro que rezumaba ambición.
-Volveré a comer con vosotros si me dejas seguir estudiando música con el señor Ackerman.
Había pasado un año de aquel incidente que hizo fácil la marcha del profesor, pero Uchiha, totalmente satisfecha con el cambio de que volviera a hablarle y prometiera socialidad en familia, creía poder lograr que regresara con su alumna pródiga que juntaba el entrecerró; arrugándolo demasiado para su gusto de refinadas pieles humanas.
