10. Hallazgos interesantes

–La cocina para ti, los cuartos de los chicos para mí. Y quien acabe primero, que se ponga a buscar en el dormitorio de los padres.

–¿Lo de dejarme la cocina es porque soy gay? –bromeó Aaron, y Daryl rodó los ojos. No se sentía de humor para tonterías.

–¿Quieres que cambiemos? –gruñó con impaciencia, y su amigo alzó las manos para mantener la paz.

–No, no. Sólo estaba de broma. La cocina está bien.

Sacudiendo la cabeza y resoplando a la vez, Daryl se metió en la habitación del hijo mayor de los Baxter, ocupada en la actualidad por el señor Rayburn. Ni él ni Aaron buscaban nada en concreto, sólo lo que les entrase por la vista, que fuese un poco de utilidad y cuyo tamaño no fuese excesivo para poder meterlo en una mochila: pilas, aparatos electrónicos pequeños, bombillas, linternas, medicinas difíciles de encontrar normalmente, etcétera. El trampero no sabía si iba a encontrar algo de aquello en el dormitorio de un chico de catorce años, pero todo era probar.

El cuarto de Connor Baxter era el típico de un muchacho de su edad. Estaba decorado con motivos deportivos del D.C. United y en colores deliberadamente oscuros para desmarcarse del estilo infantil que debió ambientarlo apenas unos años atrás. Sobre un anaquel estaban, orgullosamente colocados, los trofeos ganados por el chico con su equipo estudiantil de soccer; y en una estantería, junto con algunos cómics y novelas juveniles, había reproducciones de coches en miniatura, del mismo tipo que Daryl habría matado por tener a su edad. Las paredes estaban adornadas con pósters deportivos, de grupos de rock de los cuales él no había oído hablar en su vida y de diversas películas de fantasía, terror y ciencia ficción.

Durante unos minutos estuvo registrando estantes, armarios y cajones, sin encontrar nada fuera de lo común entre las cosas de un adolescente: ropa, calcetines y más calcetines, cuadernos y apuntes escolares escritos con una letra apretujada, un móvil, un ordenador de mesa… En la mesilla de noche, junto con varios aparatos cuya utilidad desconocía, encontró lo primero un poco interesante: una consola de videojuegos portátil, la cual apartó en la mesa de estudio, que estaba junto al ordenador. Después se pasó otro rato peleándose con un montón de cables que parecían todos iguales para encontrar el que correspondía a su cargador de batería. Él ya estaba muy mayor para videojuegos, pero seguro que a Carl le gustaría.

Pese a su minucioso registro, no encontró revistas de chicas desnudas ni nada por el estilo, pero no se sorprendió: no estaba tan desconectado del mundo como para ignorar que ahora –o al menos en el Mundo de Antes de los caminantes–, cualquier material comprometedor de ese tipo se encontraría en forma digital, dentro del ordenador del muchacho. Sin embargo, no pensaba encender ese ordenador, no había nada que le interesase menos. En su época de adolescente, y en la de Merle, sí estaba en forma de publicaciones impresas, y su hermano las escondía en un hueco oculto en el cabecero de su cama.

En uno de los cajones encontró una navaja suiza de ésas multiusos, el típico regalo que todos los padres americanos les hacían a sus hijos cuando "se volvían hombres"; y en una mochila tirada por ahí vio un reproductor de música digital y un mechero.

Un mechero… Pero ni Baxter ni la mujer fumaban; no había visto tabaco por ningún lado en aquella casa, y eso que lo había buscado antes como un desesperado. ¿Tendría la suerte de que…?

Echó un vistazo a la cama de Connor Baxter: salvando las distancias, la calidad y demás, su estructura era bastante parecida a la de Merle y la suya propia en esa época. ¿Tendría también un escondrijo oculto? Si lo tuviese… Se acercó expectante y apartó la almohada de la pulcramente arreglada cama y la tabla que la sostenía por atrás, dejando al descubierto un hueco por el que metió la mano, esperanzado. Aquel hueco estaba oscuro y podría haber de todo en él, incluso arañas o ratas, pero le daba igual. No buscaba revistas eróticas, en aquel momento no estaba para esas cosas: lo que esperaba encontrar respondía a una necesidad muchísimo más urgente.

Su corazón se estremeció de alegría cuando sus dedos percibieron el tacto blando del papel envuelto en plástico, y extrajo un paquete de tabaco viejo pero intacto.

–Sí… –murmuró, conteniéndose para no gritar de entusiasmo. Aquélla era la jodida mejor noticia que había tenido en días; habría querido bendecir a Connor Baxter por no ser tan perfecto como parecía, a su padre por no haberle permitido fumar y obligarle a esconder aquel paquete en ese rincón secreto, y a Aaron por haberle sugerido la idea de hacer aquel registro. Casi le temblaban las manos de la emoción, o puede que fuese la abstinencia de nicotina.

Aun así, resistió la tentación de abrirlo allí mismo y encender uno: no iba a ser tan cabrón de fumar en una casa donde había un niño asmático grave. Y al parecer su dependencia era más psicológica que física, ya que el simple hecho de haber encontrado tabaco lo relajó lo suficiente como para no necesitar encenderlo en ese mismo momento. Había aguantado sin fumar durante días, podría esperar diez minutos más. Acabaría el registro y después se subiría a la azotea de la planta para celebrar el hallazgo con un buen pitillo.

Se guardó el paquete en el bolsillo y, sólo por asegurarse, volvió a meter la mano por el hueco para comprobar si había algo más, pero no: estaba totalmente vacío. Sin embargo, mientras rebuscaba, creyó oír cierto ruido por el pasillo y un escalofrío le subió por la espalda. Se incorporó como un resorte e inmediatamente salió fuera del cuarto para ver si de verdad había alguien o sólo había sido una impresión suya. No parecía haber nadie, pero la sensación de desasosiego se le había aferrado al estómago, subiéndosele hasta la garganta y quemándosela con la antigua pero familiar sensación de miedo.

¿Por qué? En aquella casa estaban seguros, no había caminantes. Además, los caminantes no lo asustaban lo más mínimo, ni siquiera cuando venían en manadas numerosas: como mucho aumentaban aún más, si cabía, su descarga de adrenalina. Y entonces, ¿por qué el oír un simple ruido mientras buscaba en el escondrijo secreto de aquel muchacho lo había puesto tan nervioso?

Se sentó en la cama que había sido de aquel chico y que ahora ocupaba Eli Rayburn, resoplando hondamente; sacó de nuevo aquel paquete de tabaco que llevaba dos años aguardando a que lo abrieran y lo contempló con detenimiento. Antes se había alegrado de que Connor Baxter no fuera tan perfecto, que tuviese aunque fuera aquel secreto. Pero había olvidado que Merle también tenía otros secretos aparte de revistas eróticas, y mucho menos inofensivos que esas revistas o que un inocente paquete de tabaco rubio. Y aquel ruido que había creído escuchar mientras buscaba en ese hueco lo había hecho retroceder en el tiempo a la ocasión en que descubrió aquellos secretos, lo que dio lugar a una escena terrible y que aún le avergonzaba recordar. Un trauma más, otro violento y humillante episodio más en la deliciosa vida familiar de los Dixon.

Debía tener unos doce años por aquel entonces, lo que significaba que Merle debía rondar los dieciocho, y seguramente acababa de salir de una de sus múltiples visitas a los correccionales. El mayor de los Dixon debía andar con cuidado, porque a partir de ahí la próxima infracción le podría costar –como de hecho le acabaría costando– la cárcel de adultos, pero para entonces ya llevaba unos años tratando con sustancias ilegales, algo en lo que no permitía que su hermano pequeño metiese las narices.

Daryl estaba aburrido, su hermano no estaba y por fortuna su padre se encontraba roncando en su cama a resultas de una de sus continuas borracheras; algo que agradecía, porque cuando Will Dixon dormía, no reparaba en su presencia. Aprovechando también la ausencia de Merle, se coló en la habitación de éste y revolvió en el escondrijo secreto que tenía bajo el cabecero de la cama en busca de una de esas revistas de chicas desnudas que sabía que su hermano poseía y que, aunque hasta entonces nunca le habían interesado, ahora empezaban a atraerle sin saber por qué. En cambio, lo que encontró fue una bolsa transparente conteniendo todo tipo de cosas extrañas: cigarrillos un tanto deformes, pastillas de todas las formas y colores y otra bolsita más pequeña llena de un polvo blanco.

A sus doce años, Daryl ya había perdido la inocencia lo suficiente como para saber que aquellos cigarrillos eran de marihuana, las píldoras anfetaminas y otras drogas sintéticas, y que aquel polvillo blanco seguramente era cocaína. Llevaba viendo a Merle trapichear con aquellas cosas durante mucho tiempo y sabía que también consumía, aunque él mismo nunca había llegado a tocar nada de aquello. Intrigado, abrió la bolsa y empezó a examinar su contenido. En su inclinación a admirar e imitar siempre a su hermano mayor –por poco dignas de admiración o imitación que fuesen sus costumbres–, se preguntó si aquellas cosas realmente eran tan malas. Si a Merle le gustaban, seguramente tenían que hacerte sentir bien. Y sentirse bien, sin importar de qué forma fuese, era una idea atractiva, con la vida tan asquerosa que tenían.

Aunque todo aquello le asustaba un poco, claro. No tenía mechero para encender ninguno de aquellos cigarrillos de maría Will Dixon había desterrado todos los mecheros de la casa después de la muerte de su mujer, y el único que poseía uno era el propio Merle–; no se atrevía a tomarse ninguna de aquellas pastillas por temor a que le sentasen mal y le hiciesen vomitar, ni tampoco tenía valor para dibujar en un cristal una línea con aquel polvillo blanco con algún carnet y aspirarla entera por la nariz, como había visto hacer a Merle y a sus amigos. De modo que optó por otra cosa que les había visto hacer con los restos: untó un dedo en la cocaína y se lo introdujo en la boca, frotándose las encías con él. Después se sentó a esperar los supuestos efectos portentosos de aquel polvito mágico, pero no notó nada aparte de un ligero adormecimiento de la boca como con la anestesia de un dentistay un horrible regusto a medicina.

De repente oyó un ruido a sus espaldas y finalmente percibió una sensación, pero que no era efecto de la cocaína ni mucho menos era agradable: sintió que tiraban de él por el cuello hacia atrás. Por un momento creyó que era su padre y el pánico lo paralizó; pero se relajó un poco cuando vio que era Merle. Lo cual fue un error, se dio cuenta enseguida cuando le vio la cara. Unos segundos después, se planteó que tal vez habría sido mejor que hubiese sido su padre el que le hubiese pillado.

¿Qué coño estás haciendo, niñato de mierda? –le siseó su hermano. Le soltó la nuca, pero sólo para agarrarlo por la garganta, y con más fuerza aún.

¡Aagghh…! –se quejó, medio ahogándose– ¡M-Merle…! ¡Lo siento, sólo estaba…!

Estabas tocando algo que no es tuyo, eso estabas haciendo. –gruñó agresivamente éste. Sin soltarle el cuello, le empujó hasta estrellarlo en la pared. Su cabeza se golpeó contra el muro, lo que le arrancó un gemido de dolor; y por un instante todo se volvió borroso.– Escúchame bien, chico, porque sólo te lo diré una vez. Esta nena es mía, y no la comparto. –Señaló con la cabeza la bolsa con las drogas.– Como vuelva a verte revolviendo entre mis cosas, te mataré.

Daryl no contestó: estaba demasiado asustado. Intentaba no llorar, porque sabía que el llanto sólo empeoraría las cosas con Merle, pero seguía sintiendo que se ahogaba y aún le daba vueltas la cabeza por el golpe. Su hermano esbozó una siniestra sonrisa cuando pareció asaltarle una idea repentina:

No, aún mejor… –murmuró; y con la mano que no estaba sujetando su cuello sacó de su bolsillo una navaja automática que desplegó ante los ojos del muchacho, desorbitados por el miedo–. Si vuelvo a verte cerca de esta bolsa, te cortaré los huevos y te convertiré en una auténtica Darylena –fue bajando la mano con la navaja hasta alcanzar la zona en cuestión, llegando a rozarla con el afiladísimo metal–. Es más, si te veo, en cualquier momento, probando alguna cosa de éstas, o me dicen que te han visto haciéndolo; asumiré que es mía y que me la has robado, y te joderé igual. ¿Me has entendido?

El niño seguía en silencio, observando a su hermano como si fuese un extraño ser que no reconocía. Aunque Merle solía ser rudo y a menudo se metía con él, casi siempre le trataba bien; y jamás creyó que llegaría un momento en que le daría más miedo que su padre. Pero ahora, tenía que estar conteniéndose para no hacérselo encima de puro terror.

Te he hecho una pregunta… ¿me has entendido? –insistió Merle, acercando aún más la navaja contra su pelvis, aunque de forma plana y sin llegar a pincharle.

Daryl asintió espasmódicamente, entre moqueos y lágrimas que le caían por las mejillas.

S-sí…

Bien –repuso Merle, satisfecho, y soltó su cuello y alejó la navaja de él–. Ahora fuera de mi cuarto, nenaza llorica; y más vale que no olvides lo que te he dicho.

Frotándose el dolorido cuello y aún moqueando, Daryl no perdió tiempo y huyó raudamente del cuarto de su hermano para refugiarse en el suyo, agazapándose en el hueco que había entre su mesilla de noche y la pared como hacía tras cualquiera de los ataques de su padre. Se pasó las manos por la cara tiznada por las lágrimas para limpiárselas, intentando aguantarse y no dejarse llevar por los sollozos, porque Merle le había dicho mil veces que los hombres de verdad no lloraban. Pero aquella vez no lo consiguió, porque a que su padre le hiciese daño ya estaba acostumbrado; pero que se lo hiciese el hermano al que siempre había tomado como modelo era algo nuevo para él, y no acababa de asimilarlo.

Con los años, aquella anécdota quedó un poco en el olvido, pues no fue ni mucho menos lo peor que ocurriría en casa de los Dixon, pero Daryl siempre la tuvo presente de forma inconsciente. A lo largo de su adolescencia y edad adulta, y aunque tuvo varias oportunidades para hacerlo, jamás llegó a probar ninguna sustancia extraña a excepción de unos hongos alucinógenos que ingirió por accidente, al confundirlos con setas comestibles durante una salida que hizo para cazar, y que le provocaron el peor "viaje" de su vida. Aparte de eso, cuando le ofrecían cualquier droga, lo asaltaba el vago recuerdo del roce de la navaja de Merle en su entrepierna y los esfuerzos que tuvo que hacer para no mearse en los pantalones, y automáticamente cualquier curiosidad que pudiera haber tenido por el tema se desvanecía.

–Sabes por qué me porté así contigo aquella vez, ¿verdad? –De nuevo el fantasma de Merle estaba junto a él. Daryl ni se molestó en mirarle: aún sentía las entrañas revueltas por aquel penoso recuerdo.

–Sí. –Jugueteó con el paquete de tabaco entre sus dedos.– Porque eras un cabrón.

Merle se echó a reír, pero ahora no eran las carcajadas de antes, llenas de odiosa suficiencia. Ahora reflejaban más bien amargura.

–Sí, era un cabrón, pero no fue por eso. Vamos, piénsalo un poco más: a pesar de lo que te dijera, no eres un completo borrico. –Se agachó junto a él, intentando provocar una reacción–. No soy el verdadero Merle, sólo la imagen de él que tienes en tu cabeza, así que en tu interior debes saber la respuesta.

Entonces Daryl le observó, clavando sus ojos azules en los de su hermano e intentando descifrar el insondable pozo de secretos que ocultaban.

–Lo hiciste… para protegerme –dijo al final, en voz muy baja.

–Bingo… –asintió él con gesto aprobador–. Por mucho que me joda admitirlo, esa noviecita tuya tiene razón. Sabía que tú podías llegar mucho más lejos de lo que yo nunca llegaría, y no quería que acabases como yo.

Daryl bajó la vista, sacudiendo la cabeza. Aquella maldita "fiebre de cabaña" le estaba obligando a enfrentarse con verdades que le abrumaban demasiado. Todo aquello era demasiado.

–Pensé en llevarte conmigo –reconoció Merle–, pero no podía. Yo mismo sólo era un muchacho, ¿qué iba a hacer, cómo iba a sobrevivir en las calles con un crío a mi cargo, cuando además me la pasaba entrando y saliendo de correccionales? Me dije que esperaría unos años y luego volvería a por ti. Tenía la esperanza de que él se hubiera desahogado lo bastante conmigo y no te jodería tanto como a mí, de que se hubiese calmado… pero veo que no lo hizo.

Daryl volvió a negar con la cabeza, en silencio. Por primera vez, Merle no parecía burlón o arrogante.

–Pero regresé a buscarte… –intentó defenderse–. Eso debe significar algo, ¿verdad?

Él siguió sin decir nada, sólo desvió el rostro, atormentado.

–Lo siento, hermano, en serio –añadió el Merle que tenía a su lado, en un arranque emotivo que jamás habría reconocido en el Merle de verdad–. Cometí errores, sí; y te dejé tirado en el peor momento, pero nunca… nunca quise que te hicieran daño. Supongo que ya es demasiado tarde para hacer nada al respecto, ¿eh? Como dije, la vida es una zorra y uno nunca se da cuenta de las cosas cuando podría arreglarlas.

Aquella visión que tenía al lado había dicho que no era el auténtico Merle sino la representación de él en su mente; y Daryl no sabía si sus palabras eran lo que en el fondo sabía que sentía él, o sólo lo que siempre había deseado que le dijese. Quizás el verdadero Merle, más duro y severo, tenía razón y se estaba volviendo un nenaza sentimental. O tal vez estuviera perdiendo la cabeza, que también podía ser. Si se quedaba mucho más tiempo en esa casa, al final tendrían que sacarlo con una camisa de fuerza.

–Mierda… –siseó y soltó el paquete de tabaco, al darse cuenta de que durante el discurso de su "hermano" lo había estado apretando tanto que había acabado tronchando casi la mitad de los cigarrillos. Miró a su alrededor: "Merle" ya no estaba. De nuevo otro ruidito en el exterior del cuarto atrajo su atención, y éste ya era un ruido claramente real, nada de impresiones dudosas.– Tú, chico, deja ya de espiar.

La cabeza coronada de rizos oscuros de Robbie Rayburn se asomó por el hueco de la puerta, algo avergonzado.

–¿Puedo entrar, señor?

–Daryl.

–¿Qué?

–Soy Daryl, no "señor". Y ésta es tu casa más que la mía, así que haz lo que quieras.

El chiquillo se sentó junto a él en el suelo y apoyó la espalda en el colchón de la cama, observándolo con ojos cautelosos mientras Daryl fingía no darse cuenta de que lo hacía.

–¿Con quién estabas hablando? –le preguntó el niño.

–Con nadie –repuso él secamente, esforzándose por no mirarle.

–Yo a veces hablo con mi papá –confesó Robbie, sin parecer reparar en la indiferencia con que el adulto recibía sus intentos por entablar conversación–. Lo perdimos en el camino hasta llegar aquí, nos salvó de los monstruos. Mamá y el abuelo dicen que está en el cielo, pero yo vi cómo se lo comían. –Había algo horrible en la aceptación con que el muchacho hablaba de ello. Ningún niño pequeño debería tener que ver algo así.

–Intentaba protegerte. –Fue todo lo que se le ocurrió.

–A mi mamá no le gustas –comentó Robbie–. Te tiene miedo. Es tonta.

–Ella también quiere protegerte. Se preocupa por ti. Es lo que todos los padres hacen por sus hijos… –dijo, pensando en Rick con Carl y Judith y en Carol con Sophia. Pero tras unos segundos, añadió en voz baja–. O deberían.

–Ese sitio al que el señor Aaron dijo que queríais llevarnos…

–Alexandria –informó él.

–¿Cómo es?

Daryl se encogió de hombros.

–No está mal, supongo; al menos para un chico como tú. Calles abiertas, aire libre, mucho sitio. Es un lugar seguro para tu familia y para ti… y encontrarás niños de tu edad con los que jugar.

Robbie parecía encontrar la perspectiva emocionante.

–¿Y no tendré que comer más atún? –Daryl no pudo evitar que la pregunta le provocase una sonrisa.

–Sólo cuando te lo diga tu madre, pero hay más cosas. Carne, pan… refrescos…

–¿Y dulces? –inquirió el niño, ilusionado.

–Claro –asintió él–. Conozco a alguien que hace galletas caseras con trocitos de chocolate, las mejores del mundo… o eso dicen.

Lo cierto era que no podía hablar por experiencia propia, ya que nunca las había probado, más por falta de curiosidad que de oportunidad. Él nunca había sido muy aficionado a los dulces, y aunque Carol a menudo reservaba para el grupo una parte de las hornadas de galletas que hacía para el resto de los vecinos de la comunidad, él nunca había tomado ninguna. En el fondo le disgustaban todos esos gestos hipócritas a los que ella se forzaba para congraciarse con los alejandrinos –cocinar galletas, vestirse con esa ropa ridícula–, y una parte de él pensaba que, si alguna vez comía de aquellas galletas, era como si él también participase de esa farsa.

Habría sido distinto si ella se las hubiese ofrecido personalmente, le costaba negarse a nada que ella le pidiera. Pero nunca lo hizo.

Los ojos de Robbie se iluminaron ante la idea de las galletas.

–Galletas de chocolate… –murmuró arrobado, como si ya las estuviera saboreando–. Y ese alguien, ¿querría hacerlas para mí?

–Claro –asintió él–. Es… amiga mía. Es… es muy simpática, y le encantan los críos. Te caerá bien.

El chiquillo se acercó más a él, y le agarró la parte de abajo del chaleco.

–Nos llevarás a ese sitio, ¿verdad, Daryl? –le preguntó, un poco ansiosamente– No dejarás que nos coman los monstruos.

Él no quería mirar a los ojos de ese niño, llenos de esperanza. Se había hecho el propósito de no prometerle nada a nadie más que a sí mismo. No más responsabilidad, no más culpabilidad abrasadora si fracasaba. "No prometas nada"… Pero el pequeño aguardaba una respuesta.

–Lo… intentaré –musitó a su pesar, con la vista perdida en la pared de enfrente.

–¿Daryl? –Aaron apareció en la puerta, cargado con una bolsa de tela llena de cosas– Ah, Robbie, estabas aquí. Tu madre te está buscando. –El niño se levantó como un resorte, algo alarmado.

–Voy. –Y salió apresuradamente para tranquilizarla cuanto antes y evitar la posible regañina– ¡Adiós, Daryl! –El aludido se limitó a levantar una mano para despedirlo.

–¿Qué tal el registro? –le preguntó Aaron en cuanto se quedaron solos.

–Regular… –repuso el cazador–. Se me da mejor buscar cosas vivas al aire libre.

–No pasa nada, es difícil encontrar nada útil en los dormitorios de unos chicos. En las cocinas hay muchas más cosas interesantes –informó contento, y abrió la bolsa para enseñarle sus hallazgos: una linterna, varios paquetes de pilas, bombillas, una báscula, un par de cajas de cerillas, una pequeña bombona de camping gas para barbacoas…–Y la joya de la corona –anunció, mientras sacaba un cacharro metálico algo polvoriento que parecía una rotativa de prensa en miniatura, accionada con una manivela.

–¿Y eso qué es?

–¿Cómo que qué es? ¿No te acuerdas de lo que comentó Eric la primera vez que viniste a cenar a casa? –Aaron parecía entusiasmado– ¡Es una máquina de pasta fresca! Qué casualidad que la mujer de Baxter tuviese una aquí, ¿eh? Está algo vieja y habrá que limpiarla y comprobar que funciona, pero yo creo que sí. La señora Neudermyer se va a poner como loca cuando se la llevemos.

–Genial… –murmuró Daryl, sarcástico–. Merece la pena el estar pudriéndonos aquí, sólo para esto.

–Oye, intento ser positivo, ¿vale? –Aaron frunció el ceño ante la fría recepción de Daryl ante sus buenas noticias– ¿Y qué has encontrado tú?

–Poca cosa, ya te lo he dicho –Señaló con la cabeza sus hallazgos, en la mesa de trabajo del chico Baxter. Aaron se acercó a la mesa e, ignorando el resto de objetos, tomó la consola portátil, emocionado como un chiquillo.

–¡Dios, es una PSP! –Pero Daryl fue más rápido y se la arrebató de las manos.

–Es para Carl.

–Pero hasta que se la llevemos, puedo usarla yo… –rogó el alejandrino.

–Podrías romperla, y no sabemos si el cargador funciona. Esto no se toca.

–A veces eres de lo más "simpático", ¿sabes? –rezongó Aaron, pero ya no protestó más. Había decidido no arriesgarse a abusar de la escasa paciencia del arquero, al menos por temas triviales como ése. Ignorando el comentario, Daryl salió de la habitación de Connor y se dirigió a la del hermano pequeño; y Aaron le siguió.

La habitación de Murphy Baxter, al igual que la de su hermano, no se diferenciaba mucho de la de cualquier chico de su edad. El tema principal de su decoración era una ecléctica mezcla entre pasado y futuro, donde los dinosaurios convivían con cohetes espaciales. No tenía tantos cacharros electrónicos como su hermano mayor, pero sí tenía una infinidad de piezas de Lego, una pizarra llena de números y dibujos medio emborronados, y un mueble estantería con un montón de libros infantiles ocupando dos anaqueles. En aquel lugar de ambientación infantil desentonaban las pertenencias de la señora Hickey, la actual ocupante del cuarto: una Biblia, unas gruesas gafas para leer y un crucifijo.

Daryl observó a su alrededor, consciente de que allí encontrarían aún menos cosas útiles que en el dormitorio de su hermano. En uno de los estantes, medio escondido entre mil cosas, había un walkie talkie, pero no serviría de nada sin su compañero, y además esos aparatos de juguete no tenían apenas alcance.

–Me gustaría llevarle algo también a la niña… –murmuró, refiriéndose a Judith–, pero aquí ya no tienen juguetes para bebés. –Era cierto: no había muñecos, ni peluches, ni nada que pudiese interesarle a la hija de su mejor amigo.

–Llévale uno de esos libros. –sugirió Aaron, al cual ya se le había pasado el enojo. Daryl frunció el ceño, extrañado por el comentario.– Sí, ya sé que no sabe leer, pero seguro que le gustan los dibujos. A la mayoría de niños de esa edad les encanta mirar las ilustraciones de los libros, aunque no puedan leer el texto.

Con una mueca que indicaba que no encontraba la idea mal del todo, Daryl se aproximó al estante donde Murphy Baxter tenía sus cuentos. Los había de todo tipo: novelas pre-juveniles en formato bolsillo, con más texto que ilustraciones; pero también historias infantiles encuadernadas en cartón duro, con portadas de colores brillantes, y que su propietario había conservado a pesar de haberse hecho demasiado mayor para seguir leyéndolos.

–¿Cuál le llevo? –inquirió Daryl, indeciso; y Aaron se encogió de hombros.

–Pfff, no sé, el que más rabia te dé. Cualquiera que tenga poco texto y muchos dibujos.

Daryl comenzó a revisar los dos estantes en busca de un libro con ilustraciones suficientemente llamativas como para interesar a la pequeña Judith. En otras circunstancias, no habría perdido el tiempo con cosas tan tontas, pero ahora tiempo era lo único que le sobraba. Los libros infantiles eran algo que resultaba más ajeno aún en su propia infancia que las tarjetas de cumpleaños, casi podía decir que era la primera vez en su vida que veía obras como aquéllas.

Descartó libros de cerditas, de conejitos, de pingüinos, de niñas exploradoras, de dinosaurios y uno llamado "Donde viven los monstruos": pese a que los dibujos se veían interesantes, dudaba que Rick aprobase que le regalara a su hija un libro sobre "monstruos". De repente uno de los volúmenes atrajo su atención y lo extrajo de su lugar, examinándolo atentamente. No estaba en perfectas condiciones, las esquinas se veían deterioradas y algunas hojas estaban un poco sueltas, pero aparte de eso parecía estar entero.

Entretanto, Aaron daba también vueltas por la habitación, buscando aunque fuese algún juguete a pilas para sacárselas; pero luego desistió ante la idea de que las pilas usadas acababan deteriorándose con el tiempo, aunque no estuviesen descargadas del todo.

–Oye, creo que me voy a buscar a la habitación de los Baxter –dijo, mientras estaba de espaldas a Daryl–. Luego me dices si has encontrado algo aquí, ¿vale?… ¿Daryl? –se giró, ante la falta de respuesta de su compañero.

El aludido continuaba de pie, con el libro que había sacado del anaquel entre las manos. Se había quedado completamente inmóvil, agarrándolo con fuerza, y lo contemplaba con una mirada perdida y a la vez intensa, como si en él hubiese mucho más de lo que se percibía a simple vista. Intrigado, Aaron se le acercó, y su preocupación aumentó cuando vio que tenía los ojos algo brillantes… húmedos por las lágrimas.

–Daryl, ¿qué pasa? ¿Estás bien?

Éste siguió sin contestar, y lleno de curiosidad, Aaron echó un vistazo al volumen que había provocado un efecto tan poderoso en su compañero. Era delgado y con tapas duras de cartón brillante; y la portada mostraba el dibujo de un oso con gabardina, bufanda y sombrero.

–Sólo es… un cuento infantil –murmuró el alejandrino, sin poder explicarse por qué un libro de apariencia tan inofensiva había producido tal reacción en aquel duro y templado cazador. ¿Tal vez algo relacionado con su infancia? Él no conocía muchos detalles, pero tenía la impresión de que no había sido muy fácil–. ¿Quieres llevarle ése? Creo que no tiene demasiados dibujos. –Buscó él mismo en los anaqueles y sacó un par mucho más coloridos, protagonizados por un elefantito con corona–. Mira, llévale éstos mejor.

–¿…Qué? –Daryl parpadeó, pareciendo salir por fin de su extraño trance.– Sí, vale. –Tomó los dos álbumes ilustrados, pero sin soltar el otro, el del oso.

–Te decía que iba a ir a la habitación de los Baxter a mirar –repitió Aaron, aliviado al verle volver a la normalidad–. ¿Me acompañas? –Pero él sacudió la cabeza.

–Ve tú, yo voy a guardar esto –señaló los libros–, y subiré a tomar el aire un rato. Ya he tenido bastante búsqueda por hoy. Si quieres que te ayude, seguiremos mañana… después de todo, no tenemos prisa.

–Bueno, como quieras.

De vuelta en su propia habitación, Daryl guardó todas las cosas que había encontrado en un macuto de tela que podría llevarse con facilidad si algún día salían de allí, y que no le costaría transportar en el caso de una huida rápida. Envolvió la consola portátil junto a su cargador en un paño limpio para protegerla de los golpes, y otro tanto hizo con los libros, aunque embalándolos por separado. Después cerró el macuto y, tomando el paquete de tabaco y el mechero, se subió a la azotea. Ahora sí necesitaba ese cigarrillo, más que nunca.

No era lo que realmente necesitaba, claro. Lo que de verdad necesitaba era salir de allí… salir de allí y verla de nuevo. Pero se conformaría con el cigarrillo.

–*–*–*–*–*–

Carol se inclinó para examinar la lámina enmarcada que estaba colgada en una de las paredes de la armería. La imagen mostraba a un hombre con un arpa en una mano, caminando apresuradamente y tomando con la otra mano la de una mujer por un camino iluminado en medio de una oscuridad casi total. Por debajo, un montón de cabezas y torsos humanos pintados en rojo se alzaban hacia ellos, intentando atraparlos con expresiones retorcidas por el odio y el sufrimiento. Por un momento, le recordaron a caminantes.

–¿Qué es esto, alguna escena de la Divina Comedia? –Olivia le echó un vistazo y meneó la cabeza, sonriendo.

–No exactamente. Representa la leyenda de Orfeo y Eurídice. Orfeo era el músico más famoso de los mitos griegos, y esa mujer era Eurídice, su amada –señaló al cuadro–. Cuando Eurídice murió y su alma fue arrastrada a los infiernos, él la siguió para intentar rescatarla. Es una historia preciosa.

–¿Preciosa? –se extrañó Carol.

–Bueno, a mí me encantaría que un hombre me quisiese tanto como para bajar al infierno sólo por mí –Olivia se encogió de hombros–. Quiero decir, ¿qué prueba de amor puede haber mayor que eso?

–Creo que eres demasiado romántica, y ésa es una historia tan fantasiosa como cualquier otra. –Carol echó un disimulado vistazo a la vitrina de las armas, mientras su compañera alejandrina abría el arcón frigorífico y se inclinaba sobre él para rebuscar entre la multitud de bolsas almacenadas en su interior. Extrajo una de ellas, que contenía unas pocas barritas rectangulares de color marrón, la sacudió para sopesarla y frunció el ceño al notarla tan ligera.

–Humm… ¡está usted en un buen lío, señorita! –exclamó hacia una sorprendida Carol.

–¿…Qué? –sonrió ésta, disimulando su inquietud interior. ¿Se habrían dado cuenta de que faltaban armas, habrían descubierto su doble juego?– ¿Y eso por qué?

–Desde que llegasteis tus amigos y tú, han bajado drásticamente las reservas de chocolate, estamos bajo mínimos. ¡Y la culpa es tuya y de esas galletas tan increíbles que haces!

–¡Ah! –Carol dejó escapar una risita tonta, que en realidad se debía al alivio y a la liberación de la tensión.

–Sin contar con que estoy volviendo a ganar peso por primera vez desde que estoy aquí –añadió su compañera con un cómico mohín enfurruñado–. Debería estar prohibido cocinar tan bien.

–Si quieres, puedo dejar de hacerlas –ofreció ella medio en broma.

–¡No lo quiera Dios! Si haces eso la gente se amotinará. Han aceptado sin quejarse que les restrinjan el alcohol o el tabaco, pero no les podemos quitar tus galletas. Son adictivas… por desgracia para mí.

–Bien, pues por un lado me alegro… y por otro te pido disculpas.

–Es broma, tonta –dijo desenfadadamente la alejandrina–. Mira, debo bajar al sótano; tengo atrasado el inventario de bombillas, pilas y demás repuestos para el hogar. Tardaré un buen rato, así que no te preocupes por mí. Como siempre, coge lo que necesites –señaló el arcón–. Ya sabes dónde está todo, especialmente ahora que vienes todos los días.

–Gracias –le contestó ella con otra sonrisa–. Si me da tiempo, llevaré las cosas a casa y luego volveré para ayudarte con el inventario.

–Como quieras, eres un cielo –le agradeció la mujer.

–Olivia –la detuvo Carol, antes de que se fuese–. ¿Cómo acabó la historia de Orfeo y Eurídice, tuvo un final feliz? ¿Consiguió él rescatarla del infierno? –La mirada de su compañera se apagó un poco.

–No.

Cuando la puerta se cerró tras ella, la afectada sonrisa de Carol desapareció. Le gustaba Olivia: era amable y accesible; pero sobre todo, confiada. Tras cierto tiempo cultivando su amistad, ya llegaba al punto de dejarla sola en aquella habitación tan importante, con el arcón frigorífico con comida en un lado… y una extensa vitrina repleta hasta los topes de armas en el otro, bajo la que había un par de baúles llenos de pistolas automáticas, Rugers, Kel-Tecs de 9 milímetros y otras similares. Sobraba decir que lo que a ella le interesaba estaba en el segundo rincón, aunque nunca lo habría sospechado nadie. Delante de los demás, jamás prestaba la menor atención a aquella vitrina, como si no existiera; sólo preocupada por ingredientes y enseres de cocina. Sin embargo, cuando se quedaba sola, como ahora…

Se plantó frente al mueble de las armas y examinó su contenido con gesto crítico al igual que todos los días, como alguien que abriera una nevera para decidir qué sabor de helado tomaría como snack de medianoche. Ya tenía automáticas y semiautomáticas de sobra, al igual que munición para todas ellas. Había pasado cierto tiempo desde la primera vez que hurtase un par de aquellas durante la fiesta de bienvenida de Deanna con todo tipo de precauciones, y reconocía que se había relajado un poco en ese tema; de hecho, ahora entendía a esas amas de casa aburridas que acababan cayendo en la cleptomanía en los centros comerciales: estaban tan a mano… Pero lo que le hacía falta eran fusiles, rifles, armas de mayor calibre. Éstas también estaban a su disposición, pero, al contrario que las primeras, eran mucho más difíciles de sacar de allí por su tamaño.

Carol se había planteado acudir de noche como la primera vez durante aquella fiesta, pero era demasiado arriesgado: no por el peligro de que la descubrieran los alejandrinos –aunque la casa de Deanna fuese vecina de aquélla–, sino por la posibilidad de que su propia gente la viera saliendo de casa injustificadamente y a horas intempestivas. De modo que había optado por otra solución, a priori aún más temeraria, pero que por el momento le había dado buenos resultados: envolvía bien el arma en trapos y bolsas para ocultar su forma característica, escogía del arcón de la comida longanizas, barras de salchichón o algún otro embutido alargado, y lo sacaba todo junto en una bolsa larga, con la mayor naturalidad y delante de las narices de los demás. Ya lo había hecho tres veces y aún no la habían pillado, pero tampoco era bueno tentar demasiado a la suerte. Rebuscó entre la fila de armas de la vitrina. Si pudiese encontrar alguna recortada que no ocupase mucho espacio y que pudiese "colar" en la bolsa de la comida…

El ruido de la puerta abriéndose la sobresaltó y rápidamente se apartó de la vitrina, conteniendo una maldición. ¿Sería Olivia, a la que se le hubiera olvidado algo? Pero no: era un joven de nariz algo aguileña y cabellos rubios, que caminaba apoyándose sobre un bastón. Eric, el compañero de Aaron.

–Ah… –Parecía tan sorprendido de verla allí como ella misma lo estaba de verlo a él–. Perdón, creía que no había nadie. Como he visto a Olivia bajando al sótano… Carol, ¿verdad?

–Así es –Ella había recuperado enseguida la sangre fría y le alargó la mano con su típica sonrisa "social", y el joven se la estrechó en un gesto casi automático– ¿Cómo está tu tobillo?

–Bien, gracias. Bueno, aún me queda para poder correr una maratón, pero estoy mejor. O al menos, eso espero: como ya no está Pete para mirármelo…

–Estarás perfecto con un poco más de reposo y ejercicios simples de rehabilitación –le aseguró ella–. No necesitas a Pete para nada. –Nadie lo necesitaba, pensó.

–Ya.

Carol dudó antes de abordar el siguiente tema, más delicado que el primero, pero decidió que una vecina solícita también hablaría de ello:

–Y de lo otro… ¿cómo estás? –El semblante de Eric se volvió más serio.

–Bien, bien… teniendo en cuenta las circunstancias, claro. Optimista, pero también algo preocupado. Expectante, en realidad. Contando los días que pasan e intentando no obsesionarme, aunque a veces me cuesta un poco.

En otras palabras, que se estaba muriendo por dentro, aunque intentase disimularlo. Y eso era algo que ella comprendía.

–Están bien –Le apretó cariñosamente un brazo, intentando reconfortarlo con el mismo razonamiento que Rick había empleado con ella aquella mañana–, seguro que lo están. Todavía es pronto, y hay un montón de razones por las que…

–Sí, sí; ya lo sé. Deanna dice lo mismo, y la verdad… estoy cansado de escuchar las mismas malditas excusas –terminó en tono hosco, sin poder esconder su amargura. Después se dio cuenta de que se le había escapado–. Lo siento, tú… tú no tienes la culpa.

–No pasa nada. –Ella le quitó importancia– ¿Querías algo?

Eric titubeó.

–Eeeh… de hecho, sí. He visto, euh… ratones en casa, y quería ver si podríais dejarme veneno o alguna ratonera para deshacerme de ellos. Creo que estaban en el cobertizo de fuera, con las herramientas de jardinería. ¿Podrías… ir a buscarme algo? Iría yo, pero eso está lleno de trastos, y con el tobillo así…

–Supongo que no habría problema, pero la verdad es que no domino mucho esa zona, es cosa de Olivia –admitió ella–. Ella está ocupada y no quiero molestarla… puede que yo tarde un poco.

–¡Bien! Quiero decir… –se corrigió enseguida–, que no me importa esperar.

–Vale… –asintió Carol, lanzando una mirada de sospecha antes de salir. Eric intentaba parecer tranquilo, pero no podía disimular su impaciencia. "Realmente no puedes esperar para quedarte solo, ¿verdad?".

Obviamente ni se acercó al cobertizo. Después de cerrar la puerta tras ella, se quedó allí, contó hasta cinco y volvió a entrar con rapidez, sin llamar ni advertir de ninguna forma de que lo hacía:

–Bueno, ¿qué pasa aquí? –se encaró con Eric al verle delante de la vitrina de las armas en una posición idéntica a la que ella había estado unos minutos atrás. Éste se sobresaltó al verse pillado con las manos en la masa.

–¡Oh! Eh… Carol…

–Un poco grande para cazar ratones, ¿no te parece? –Señaló con la cabeza el fusil que Eric tenía entre las manos. Éste bajó la vista y no contestó.– ¿Para qué quieres eso?

–Es que… no me siento muy seguro ahora que Aaron se ha ido, y he oído que ya ha habido un par de intrusiones de los errantes dentro de los muros… de modo que…

–Ya, y ahora me cuentas una de indios. –Se aproximó más a él, inflexible–. Eric, quiero la verdad.

Éste no contestó, limitándose a agachar la cabeza con gesto atormentado, y entonces ella comprendió.

–Dios mío… –murmuró, consternada–. ¿Estás pensando en… salir a buscarles?

–¡No lo soporto más, Carol! –confesó el joven con vehemencia– Cada día, cada noche, es una completa agonía; cada segundo preguntándome si Aaron está vivo o muerto… No puedo dormir, no puedo comer, ¡no puedo vivir! No tienes la menor idea de la tortura que es esto.

En realidad, ella sí lo sabía. Lo sabía muy bien.

–Pero, ¿piensas ir solo?

–¿Y qué otra cosa voy a hacer? Tus amigos no quieren ni oír hablar de enviar otra expedición, ni siquiera para rescatar a uno de los suyos.

–Eso no es justo –replicó ella–. Con esa gente marcada rondando por ahí, salir fuera es más peligroso que nunca. No tienes derecho a exigirles que arriesguen sus vidas.

–Bueno, pues por eso voy a hacerlo yo.

Ella se echó el cabello hacia atrás con las manos, resoplando exasperada, y sacudió la cabeza. Cada vez sentía más indignación.

–Es… ¡es la idea más estúpida e imprudente que he oído en mi vida! –le increpó– ¿Cuánto tiempo llevas planeando esta barbaridad? –Él la observó con desconcierto.

–¿Planeando?

–Me imagino que algo así, llevarás un tiempo preparándolo en secreto. –Se cruzó de brazos.– Llevarás varios días viniendo aquí para hacer acopio de armas sin que se den cuenta… te habrás hecho con un mapa de Stafford y lo habrás estudiado al dedillo, marcando todas las zonas de riesgo y posibles rutas de escape… y habrás conseguido un vehículo que nadie eche de menos, ¿no es así?

Eric sacudió la cabeza, aturdido.

–A decir verdad, no… Sólo sentí el impulso y vine a por un arma para salir cuanto antes. Ya he aguantado suficiente tiempo sin hacer nada.

Carol entrecerró los ojos.

–Así que no has hecho nada de eso. ¿Te has creído que eres Rambo o algo así? Y encima, con el tobillo todavía débil, que ni siquiera podrás correr… –lo señaló con gesto de desaprobación–. Déjame que te diga lo que vas a conseguir: que te maten. Y aun en el mejor de los casos, que consiguieses encontrarlos y estuvieran bien, para ellos sólo serías un estorbo, un lastre.

Él miró hacia el suelo, cabizbajo, y consciente de que, pese al tono duro de sus palabras, ella tenía razón.

–Esto es lo que vamos a hacer –continuó Carol, con la severidad de una institutriz alemana–. Vas a devolver esas armas donde estaban –dijo, mientras le quitaba de las manos el fusil y la munición sin que él se resistiera, y los colocaba en su sitio–. Sí, la que tienes ahí atrás también –Suspirando resignado, Eric se sacó el revólver que había escondido en la parte de atrás de la cinturilla de sus pantalones y se lo entregó–. Y ahora volverás a tu casa y vas a tener paciencia, esperarás como un buen chico y te mantendrás a salvo, para que cuando Aaron regrese te encuentre de una pieza… y sobre todo, vas a dejar de fastidiarme.

–¿Fastidiarte? –Eric parpadeó sorprendido– ¿En qué iba a fastidiarte a ti que yo…?

–¡Se lo diré a Deanna! –le amenazó ella, con un gesto similar al ataque de una cobra– Mejor dicho: se lo contaré a Rick. Él hace todo lo que yo le digo, ¿sabes? –presumió, consciente de su exageración– Y te encerrará por ladrón si se lo pido. Y te juro que lo haré, a menos que te vayas a tu casa y te olvides de esto.

Eric entrecerró los ojos y le lanzó una mirada de agravio.

–No eres tan simpática como quieres hacer creer.

–Me partes el corazón –se burló ella con sarcasmo–. Ya me agradecerás algún día que te haya salvado la vida.

Reconociendo su derrota y apoyándose aún sobre su bastón, Eric se dirigió a la puerta para marcharse, pero antes dijo con tono resentido:

–Si me hubieras cubierto las espaldas con esto, habría podido ayudar también a tu amigo Daryl… pero no debe importarte mucho lo que le pase.

–Largo de aquí –susurró ella, conteniendo su rabia. Eric cerró tras de sí con un portazo.

Una vez sola, Carol se permitió relajarse un poco, apoyándose sobre el arcón y emitiendo un suspiro de alivio pero descorazonado a la vez. Eric le daba un poco de lástima: se veía buena persona y estaba claro que quería apasionadamente a su novio. Pero, lesionado como estaba, no podía contar con él –habría sido justo lo que le había dicho, lo que ella misma había sido tiempo atrás: un lastre–; y tampoco podía permitir que siguiese adelante con aquello: aunque comprendía lo que lo había movido a hacerlo mejor que nadie, hacía peligrar sus propios planes.

Pero, y más que ninguna otra cosa, no podía consentir que aquel pobre chico se arrojase a los tiburones en Stafford aún medio impedido, y apenas armado con un miserable fusil y una porquería de semiautomática. No habría durado ni un par de horas allí, y si al final Aaron volvía para descubrir que su pareja había muerto, ¿cómo habría podido mirarle a la cara? No más muertes sobre su conciencia, por favor. Ya había tenido suficientes de ésas para atormentarle durante el resto de su vida.

Aun así, Eric no podía saber que lo hacía por él. Carol entendía su rencor, su frustración: le estaba impidiendo ayudar a la persona que más quería. Pero de todas formas, su último ataque le había acertado en un punto débil.

"Habría podido ayudar a tu amigo Daryl… pero no debe importarte mucho lo que le pase". Lo que le dolía no era que Eric pensase así, sino que probablemente Daryl también se había marchado con la misma idea. Sacudió la cabeza, desalentada, y arrojó el arma que le había quitado a Eric junto con las demás.

De nuevo se puso a rebuscar, ya había perdido mucho tiempo y si subía Olivia se preguntaría qué hacía allí todavía. Sin embargo, no llevaba ni un minuto intentando decidirse por el arma que se llevaría, cuando oyó más voces masculinas al otro lado de la puerta. Exasperada y mordiéndose la lengua para no lanzar un gruñido de frustración, retrocedió de nuevo hasta volver a colocarse al lado del arcón frigorífico. Estaba claro que aquel día no la dejarían tranquila.

–…Y entonces, ¡va el tío y nos suelta que no había ninguna cura en Washington! –comentaba Abraham mientras entraba junto a Tobin– Que todo había sido una puta patraña para que le llevásemos allí y le hiciésemos de niñera mientras tanto.

–Vaya… –Tobin sacudió la cabeza–. Me imagino que eso debió dejarte frío.

–¿Frío? Por poco me lo cargo allí mismo. Tiene suerte de estar vivo…

–Pero creo que ahora os lleváis bien.

–Qué remedio; era eso o cargármelo del todo. Estamos en el mismo bando, ¿no? Aunque es un poco rarito… bueno, raro de cojones; se disculpó. Y además, le echó bastantes huevos ayudando a Tara, así que… –Por fin los dos repararon en su presencia, y Abraham la saludó– Ah, hola Carol. –Ella le devolvió el saludo:

–Hola –Y luego se obligó a añadir, algo cohibida–. Buenos días, Tobin.

–Buenos días –respondió éste en tono neutro, observándola con cautela. Durante aquellos días transcurridos desde el encontronazo del alejandrino con Daryl y la marcha de éste, ella había evitado a Tobin de todas las formas posibles, siendo su única interacción con él a la hora del almuerzo, mientras le servía la comida. E incluso en esas ocasiones, apenas hablaba dos palabras con él: saludos, comentarios relativos al plato del día y poco más. Aquélla era la primera vez que se encontraban fuera de aquel contexto, y no se sentía nada cómoda.

Ambos hombres se dirigieron al baúl que había bajo la vitrina de las armas; habían acudido a recoger munición para asegurar la protección de la cuadrilla de construcción para los próximos días frente a los ataques de caminantes… y quién sabía si de alguien más.

–Vaya, ¿no te parece que hay menos armas que antes? Es como si el montón hubiera bajado –comentó Abraham a su compañero de cuadrilla, y Carol sintió que un escalofrío le subía por la columna, pero se mantuvo en silencio.

–¿En serio? –Tobin echó un vistazo al baúl, sin excesivo interés–. Yo lo veo igual.

–Deberíais llevar un recuento de estas cosas –aconsejó el primero, y por fortuna el tema no pasó de ahí. Además, ella tenía otras cuestiones por las que preocuparse. Abraham seguía concentrado en su tarea de reunir munición, mientras Tobin y ella trataban de aguantar el tipo como podían en aquella situación tan incómoda. Carol intentaba rehuir su mirada todo lo posible, pero el interés con que él la observaba no se lo ponía fácil.

–Mmm, ¿qué es esto? –oyeron la voz de Abraham mientras revolvía en el baúl, junto a las municiones–. Vaya juguetito tenéis aquí.

El comentario atrajo la atención de ambos, y se acercaron para ver lo que había despertado la curiosidad de su amigo. Abraham sostenía entre sus manos un objeto similar en aspecto a unos prismáticos, pero de un solo ojo y de unos quince centímetros de largo.

–¿Un objetivo de cámara? –se extrañó Carol– ¿Qué hace en el baúl de las armas?

–No es un objetivo de cámara –la contradijo su compañero pelirrojo–. Es un visor térmico, y de los mejores: un Elcan Specter. Distingue calor y movimiento a un rango de hasta quinientos metros. Esta monada vale más de diez mil pavos… bueno, valía, cuando usábamos dinero.

–Debieron dejárselo aquí los militares que nos evacuaron desde Washington –supuso Tobin.

–Tener esta joya aquí olvidada y sin usar… –Abraham sacudió la cabeza con desaprobación, y su compañero intentó defenderse.

–No sabíamos que estaba aquí, es la primera vez que lo veo; ni Olivia tampoco. Y si ella lo ha visto, apuesto a que ni sabe lo que es. –Pero Carol se lo arrebató de las manos a Abraham y lo observó con desdén.

–Qué más da, no sirven para detectar caminantes. Su temperatura corporal es demasiado fría como para localizarlos con estos cacharros. –Se dio cuenta de que Tobin la miraba un poco sorprendido por su firme y seco comentario, y se esforzó por volver a su papel con una sonrisa bobalicona– Al menos, eso oí por la tele… cuando empezó todo esto.

–Tienes razón, pero creo que los equipos de evacuación los empleaban mucho para encontrar supervivientes escondidos. A Daryl y Aaron les habría venido bien, si hubiésemos sabido antes que estaba aquí. Bueno, la próxima vez se lo daremos cuando vuelvan –Consciente de la intranquilidad de Carol ante el asunto, Abraham sonrió hacia ella intentando animarla–. Porque van a volver, ¿vale?

Ella le devolvió la misma sonrisa artificial de siempre.

–Sí, ya lo sé –Volvió a inclinarse sobre el baúl y colocó otra vez el visor donde estaba, al lado de otros prismáticos, objetivos y miras telescópicas para armas–. Dejaremos esto en su sitio, y ya se lo daremos cuando regresen.

Abraham terminó de cargar los paquetes de munición y las armas de recambio y, una vez acabada su tarea allí, se dispuso a salir; pero Tobin no parecía deseoso de irse: seguía observando a Carol.

–Yo… –miró hacia un lado y hacia el otro, como armándose de valor– ¿Te importaría que hablásemos un momento, en privado? Sólo serán cinco minutos –le prometió.


NA: Lo corto aquí porque otra vez me está quedando muy largo, en el siguiente verán el resultado de la conversación entre Carol y Tobin n.n Sean pacientes…

El asunto de las búsquedas de material por parte de Daryl (y Aaron), tiene su razón de ser, pero no voy a dar demasiadas explicaciones porque ya verán su importancia más adelante en la historia. El flashback sobre la infancia de Merle y Daryl, con el asunto de la bolsa de drogas, se me ocurrió como explicación de por qué Merle consumía y Daryl no, pese a que solía imitar casi todo lo que hacía su hermano mayor. Pese a que todas tenemos nuestra opinión sobre Merle, yo estoy convencida de que quería a su hermano. A su manera posesiva, dura y humillante, pero en el fondo se preocupaba por él, aunque luego la fastidiase. Me pareció interesante reflejar eso en la historia, y tener presente que Daryl lo sabe, aunque de forma inconsciente.

La escena con el niño de los Rayburn, una de las lectoras del grupo de Facebook me pidió que hubiese más interacción de Daryl con él.

Yendo ya a Carol. Supongo que ya habrán deducido sus planes secretos, pero por si acaso ya se aclarará todo en los dos siguientes capítulos, en especial el 12. Sé que ha tratado fatal al pobre Eric, pero si se dan cuenta, sólo trata de espantarlo de la misma forma que espantó a Sam en el episodio 5x13 (aunque con un adulto tiene que ser un poco más agresiva, como lo fue con Pete Anderson, si bien su agresividad es totalmente fingida). Y en cuanto a lo que hablará con Tobin… como decía, lo verán el próximo capítulo ;-)

Mil gracias por seguir leyendo el fic y por su apoyo y lindos comentarios; e igualmente, como siempre, a mi beta DDixonPeletier y aquí también Saandritta21 por ayudarme y asesorarme con el capítulo, son las mejores. Un abrazo!