Capítulo 10:
Se despertó sobresaltada. Había tenido una horrible pesadilla sobre su fatídico paso por la ciudad días antes. En su pesadilla, Inuyasha, al apartarla, no recibía el balazo en un brazo sino que lo recibía en el corazón. Él gritaba angustiado por el dolor y caía. A continuación, ella corría hacia él asustada. Intentaba detener la hemorragia inútilmente mientras él inhalaba su última bocanada de aire. Tosía sangre y sus ojos perdían el brillo de la vida. Recordaba haber gritado desolada por la desesperación, recordaba a los soldados sacando del tanque a Kikio y a Shippo. Arrancaban sus manos del cuerpo inerte y sin vida de Inuyasha y los arrastraban lejos de allí. El resto de la pesadilla era tan terrible que no quería volver a pensar en ello.
— ¿Has tenido una pesadilla? — le preguntó Inuyasha al oído.
Había tenido muchas pesadillas desde que llegó allí. Cada una era mucho peor que la anterior. No sabía por cuánto más podría aguantar esa situación y proteger su salud mental.
— A veces, tengo pesadillas horribles sobre este sitio…
— Es normal, no estás acostumbrada. — le dio un beso en la nuca.
¿Era posible acostumbrarse a eso? Supuso que Inuyasha lo estaría. Llevaba viviendo esa clase de situaciones el suficiente tiempo como para que pareciera que no le afectaba. Estaba segura de que en su interior, sangraba. A pesar de todo, había tenido que aprender a vivir con ello para no volverse loco.
— ¿Qué ocurría en tu pesadilla? — preguntó con curiosidad.
— La bala no te daba en el brazo…
Lo notó tensarse a su espalda.
— ¿Dónde me daba, Kagome?
— En el corazón…
Suspiró junto a su nuca y la estrechó más fuertemente entre sus brazos mientras le murmuraba suaves palabras tranquilizadores. Hasta que él lo hizo, no supo lo mucho que en verdad necesitaba que la mimara de aquella forma. Añoraba los momentos a solas con él antes de que se encontraran con Kikio y con Shippo. Las noches durmiendo juntos, los días caminando sin descanso, pero sin separarse, las comidas charlando sobre temas triviales. Sentía que habían perdido cierta intimidad justo cuando estaban en el punto más importante de su "relación".
Sin distraerse de la voz ronca de Inuyasha, repitiéndole una y otra vez que no la abandonaría, se fijó en el suelo. Todavía era de noche, pero empezaba a clarear. Amanecería antes de una hora, así que les quedaba poco tiempo a solas disfrutando de su mutua compañía. También empezaba a subir la temperatura; ya no hacía tanto frío.
— ¿Qué habría pasado si mi pesadilla hubiera sido la realidad? — preguntó con el corazón en un puño.
— No debes pensar en eso, Kagome. Ya ha pasado todo. Lo que importa es la realidad, no las posibles pérdidas. Estamos todos sanos y salvos.
— Pero quiero saber qué…
— No, Kagome. No quieres saberlo.
A juzgar por su tono de voz, supo que en verdad él estaba pensando en algo que ella no querría saber. Aceptó su respuesta con un asentimiento de cabeza y se acurrucó aún más contra él, deseando que su cercanía no desapareciera en ningún momento del día.
— ¿Hay alguien esperándote en casa?
La pregunta se escapó sola de entre sus labios. Inuyasha nunca había mencionado ninguna novia o esposa. Dudaba que se hubiera acostado con ella de tener pareja. No obstante, una parte de su ser necesitaba confirmarlo.
— No, vivo solo. Yo no tengo gato.
Sonrió al recordar el momento en que le contó lo de su gato.
— ¿Tienes novio?
A ambos les pareció una pregunta extraña después de que él la hubiera soltado.
— No, no tengo novio. El único hombre de mi vida es mi gato.
Se habían hecho la misma pregunta el uno al otro aunque en diferentes momentos.
— ¿Alguna vez alguien te ha estado esperando?
A ella al menos no. Los hombres se aburrían rápido de su rutina.
— No, nunca me he estabilizado lo suficiente con nadie como para que eso sucediera.
No sabía por qué, pero, el solo hecho de imaginar a otra mujer con Inuyasha, la ponía enferma de los pies a la cabeza. Kikio misma había conseguido sacarla de sus casillas el día anterior. Lo peor era que Inuyasha creía que ella estaba enfadada con él por cualquier cosa menos por su cercanía con la otra. Por suerte, le dio la respuesta que ella deseaba escuchar. Sabía que era verdad porque cuando Inuyasha intentaba mentirle por cualquier causa, su voz se volvía más grave. No había notado ese cambio en el tono en aquella ocasión. En verdad empezaban a conocerse…
— ¿Alguna vez…? — se cortó en mitad de la pregunta — No importa.
— Claro que importa, dime.
— No, no hace falta.
Sacudió la cabeza en una clara negativa para dar más énfasis a su respuesta. Inuyasha también era obstinado. No se conformó con esa respuesta.
— Es una tontería… — intentó convencerlo.
— Entonces, dímela y nos reiremos juntos.
— ¡No pienso decirlo!
¡Dios, era peor que un niño pequeño!
— ¡Habla! — repitió.
— ¡No!
— ¡Sí!
Le dio la vuelta bruscamente y empezó a hacerle cosquillas sin que pudiera hacer nada para detenerlo. Su primer impulso fue el de apartarle las manos, pero empezó a reírse a carcajadas y se tapó la boca temerosa de que Kikio o Shippo se despertaran. Estaba a solas con Inuyasha, hablando de sus cosas, disfrutando de su compañía en privacidad suficiente desde hacía ya una semana, y quería disfrutarlo más. Así pues, dejó que Inuyasha la torturara solo para permanecer más tiempo juntos, siendo él solo para ella.
Inuyasha detuvo su ataque de cosquillas al percatarse de que ya empezaba a respirar violentamente por el asalto y le acarició suavemente el cabello que se había escapado del interior de la túnica. Con tanto movimiento, no había podido evitar despeinarse.
— ¿Me lo dirás ahora? — insistió — ¿O quieres que siga?
La verdad era que se lo estaba pasando tan bien que no le importaría que él siguiera un poquito más. Quizás a su flato sí que le importaría. Iba siendo hora de rendirse. Si tantas ganas tenía de saberlo, se lo diría.
— Me preguntaba si alguna vez has deseado que alguien te esperara…
La sonrisa victoriosa del hombre desapareció de su rostro y la miró con tal intensidad que le secó la garganta y se le aceleró el corazón. No había pensado que las repercusiones de su pregunta pudieran llegar a ser tales. De repente, fue plenamente consciente de que estaba tumbada en el suelo boca arriba con Inuyasha sentado a horcajadas sobre sus caderas. Se le antojó de lo más erótica la situación al imaginarlos a ellos dos desnudos sobre la arena, haciendo el amor como los jeques de sus novelas románticas que se acostaban con jóvenes europeas. Ni ella era europea ni él era un jeque, pero la atracción que existía entre ellos seguía siendo tan fuerte como el primer día o incluso más.
Entonces, quiso hablar más. No solo quería hacerle esa pregunta, quería decirle mucho más y, ya que él no estaba dispuesto a contestar o a decir cualquier otra cosa, tendría que decírselo por su cuenta. Aunque le hubiera gustado saber su respuesta primero para saber si hacía el ridículo, decidió tirarse a la piscina.
— Porque yo sí que te esperaría…
Ese fue el detonante. La mirada de Inuyasha se tornó apasionada como el fuego y la miró de tal forma que se sintió desnuda aun estando tapada de los pies a la cabeza. Su grito de sorpresa fue silenciado por un beso abrazador que la dejó sin aliento. Él arrasó su boca con la suya y echó abajo todo resquicio de defensa por su parte. Para cuando fue capaz de pensar, en lo único en lo que podía pensar era en besarlo con más intensidad, en estrecharlo entre sus brazos, en clavarle las uñas en la espalda mientras la embestía. ¡Lo quería todo!
Sintió sus manos masculinas rebuscando una entrada para tocar su cuerpo por entre los pliegues de la túnica ansiosamente. Cuando dio con el broche que unía la tela, lo desabrochó y gruñó al poder descubrir su cuerpo apenas cubierto. No llevaba sujetador por mera comodidad para dormir. Las manos de él acariciando sus senos sobre el top le hicieron sacudirse. Estaba caliente, húmeda y deseosa de más, de cuanto tuviera para darle. Al girar la cabeza mientras arqueaba la espalda, vio a Shippo durmiendo.
Necesitó hacer uso de una gran fuerza de voluntad mental y física para conseguir que Inuyasha mantuviera las manos y los labios quietos el tiempo suficiente como para hacerlo entrar en razón.
— Shippo…
Eso fue bastante para hacerle entender. Miró a Shippo con los ojos entreabiertos aún nublados por la pasión y la frente perlada por el sudor e hizo la cosa más sorprendente. La abrazó contra su cuerpo y rodó con ella lo suficiente como para que ni siquiera pudieran rozar al niño. Entre el niño y la antigua animadora y ellos se alzaban unos cuantos metros de distancia de repente. En cuanto dejaron de rodar, volvió a lo suyo.
— ¡Inuyasha! — le riñó.
— Es un niño… — musitó — Los niños no se enteran de estas cosas…
Se rio cuando él volvió a besarla y no pudo resistirse a sus caricias. A los pocos minutos, con su mano apostada firmemente entre sus muslos, dentro del short, tuvo el primer orgasmo desde que le bajó la regla en aquel horrible lugar. Alentada por la pasión, introdujo ambas manos en sus pantalones para brindarle también el mismo delicioso placer. Lo acarició y masajeó y se ocupó de hacerle ver el cielo, tal y como lo había hecho ella minutos antes. Inuyasha tuvo que besarla para no lanzar un gutural gruñido que habría despertado a toda la isla.
Aun con todo, no fue suficiente. Inuyasha era insaciable e inagotable. Su capacidad de recuperación para mantener relaciones sexuales la dejaba asombrada. Luchó contra sus pantalones para bajárselos por los muslos y, luego, con sus braguitas. Intentó impedírselo, aunque sus quejas no sonaron muy convincentes mientras se reía por el placer y la alegría que estaba sintiendo. Inuyasha le daba suaves piquitos en los labios para distraerla mientras continuaba con su tarea y supo que ya era demasiado tarde cuando la penetró en una rápida y potente embestida.
Los dos se relajaron al sentirse unidos de nuevo y ella aprovechó el momento de quietud para comprobar que tanto Kikio como Shippo continuaron dormidos. Ambos dormían. A Shippo podía verle la cara, parecía profundamente dormido; Kikio roncaba como un camionero. Si estuviera despierta, no se pondría en ridículo de esa forma.
— Si nos pillan… — musitó sonrojada.
— No lo harán, ambos duermen. — volvió a besarla — Te prometo que seré muy rápido.
En verdad fue rápido, pero eso no le quitó placer al acto. Los dos disfrutaron enormemente del cuerpo del otro, se movieron al mismo tiempo y les fascinó la forma en la que sus cuerpos se acoplaban. Si parecía que estuvieran hechos para encajar el uno con el otro. La idea le encantó y la aterrorizó al mismo tiempo, aunque estaba tan ocupada disfrutando del momento que en seguida lo olvidó y se concentró en el placer de ambos. Se besaron para silenciarse mutuamente al culminar. Después, se asearon lo mejor posible y se dispusieron a preparar el desayuno juntos.
Inuyasha volvió a encender la fogata de la noche anterior usando las brasas y calentaron la comida para bebé que cogieron. Se les ocurrió coger para el desayuno unos briks infantiles de una pasta líquida que contenía mucho calcio. La gran ventaja de tomar eso era que no se estropeaba fuera de la nevera. Lo calentaron y, al probarlo, descubrieron que estaba cremoso y muy rico. Sacaron para acompañarlo unos bollos que caducaban al día siguiente. Los encontraron en el supermercado por un pelo en el fondo de un cajón repleto de bolsas caducadas.
Mientras esperaban a que los demás se despertaran para desayunar o a que fuera la hora límite en la que podían despertarlos, se abrazaron y se gastaron bromas el uno al otro. A las siete de la mañana, decidieron que ya era hora de desayunar. Los despertaron poco a poco y los guiaron hacia el fuego. Kikio, como ya era costumbre, se quejó de que le dieran comida para bebés, pero se la comió y relamió el vaso.
— Si hoy lo hacemos tan bien como ayer, deberíamos llegar al campamento mañana al mediodía.
Shippo y Kikio se mostraron muy emocionados ante la noticia, pero a ella no le hacía la misma ilusión. Eso significaba separarse de Inuyasha. Después de lo sucedido esa mañana entre los dos, le resultaba más y más difícil. Bebió un poco más de aquella pasta dulce y le dio otro mordisco a su bollo.
— Oye Kagome, — la llamó Shippo — ¿qué harás cuando vuelvas a tu casa?
— Creo que me tomaré un largo día de descanso después de esto o tal vez una semana… — se encogió de hombros — Seguro que en la biblioteca lo entienden.
— ¿Trabajas en una biblioteca? — preguntó Kikio con voz burlona — ¡Ja! Debí saberlo.
Esa vez no se lo iba a pasar.
— Para tu información, trabajo en la biblioteca nacional de los Estados Unidos, una de las bibliotecas más importantes del mundo. Además, no soy una simple bibliotecaria, soy la directora administrativa y tengo a muchos becarios trabajando para mí y mi propia secretaria personal. Cobro más dinero al mes de lo que tú cobrarás en un año como cajera de supermercado y tengo un apartamento sin hipoteca, totalmente libre de cargas. Como puedes ver, no me va nada mal como "bibliotecaria".
Kikio cerró la boca al escucharla y tragó hondo. No apartó la vista de ella, esperando que intentara devolverle el golpe de alguna manera, preparada. Kikio no pudo devolvérselo aunque notó en su mirada que trataba de encontrar algún comentario mordaz con el que contestarle. La mujer estaba demasiada impresionada por la información nueva y leyó la derrota en sus ojos. Nunca se había burlado de alguien de esa manera, ni había fardado tanto de su trabajo hasta ese día. Kikio sacaba lo peor de ella.
Miró a Inuyasha con el rabillo del ojo, avergonzada, para comprobar que él no se hubiera enojado con ella por su pueril comportamiento. Ahora bien, lo que vio en su mirada fue un brillo de diversión. A continuación, consciente de que ella lo miraba, bebió un trago de su desayuno líquido y le dirigió un disimulada brindis silencioso en honor a su victoria.
— ¡Guao, Kagome! — exclamó Shippo — Pareces alguien muy importante.
A decir verdad, tampoco era tan importante. Su puesto era de gran relevancia, cobraba mucho aunque también trabajaba mucho, tenía empleados a su cargo y acudía de vez en cuando a congresos o los organizaba. Sin embargo, ella ni siquiera fue a la universidad a pesar de su elevada nota media.
— Bueno, la verdad es que no es tanto como parece…
Tal vez, la forma en la que se expresó, dio a entender mucho más de lo que en realidad era.
— ¿Inuyasha y tú vivís juntos?
Los dos se atragantaron con lo que estaban bebiendo al escuchar al niño hacer esa pregunta. Los había pillado a ambos por sorpresa con semejante "sugerencia".
— No, Shippo. — contestó ella — ¿D-De dónde sacas eso?
— Yo creía… bueno, vosotros… — se encogió de hombros y sus mejillas se sonrojaron — ¿No sois novios?
Ella misma sintió que sus mejillas ardían al escuchar la atrevida pregunta del niño. Inuyasha y ella, ¿novios? Era bien cierto que en su viaje habían desarrollado una relación que iba más allá de la relación entre agente de la CIA y ciudadana estadounidense o más allá de una relación de amistad. En otras palabras, se habían acostado y, entre ellos, se había desarrollado una cierta intimidad más típica de los novios. Aunque nunca habían determinado qué eran exactamente. Porque eran algo, ¿no?
Dirigió la mirada hacia Inuyasha discretamente. Él la apartó en cuanto la descubrió como si le quemara. ¿Tan malo era que fueran novios? Tal vez, no fuera tan fascinante como Kikio físicamente, pero tenía sentimientos y sabía que entre ellos dos había algo aunque él no estuviera dispuesto a admitirlo. También sabía que era muy probable que estuviera exagerando lo que él sentía. Al fin y al cabo, ¿qué sabía de los hombres una mujer de la que todos huían?
— Es hora de partir.
Esa fue la respuesta de Inuyasha a la pregunta de Shippo. Le gustara o no, tanto el niño como ella tuvieron que conformarse con eso por el momento. No pensaba dejarlo pasar tan fácilmente, no después de lo que habían compartido esa misma mañana y después de la confesión que ella le había hecho. Le debía una explicación antes de que tuviera que marcharse de allí. Ya podía prepararse porque, de un modo u otro, se lo sonsacaría.
El día resultó ser tan abrasador como el anterior. Kikio se volvió a pegar como una lapa a Inuyasha. Solo por no escuchar sus incoherencias y competir con ella entrando en su mismo terreno, tal y como lo había hecho en el desayuno al humillarse de esa forma, se alejó y se ocupó de Shippo. Así, al menos, evitaría que el niño se metiera en líos con una serpiente cascabel. Aunque parecía que al escorpión ya le había cogido miedo, aún quedaban otros animales peligrosos en el desierto.
Llevando a Shippo de la mano de esa forma, no pudo evitar recordar a su hermano Souta, lo protector que era con ella. Miró la espalda de Kikio y afloró en su mente el recuerdo del día en que se declaró oficialmente la guerra entre las dos.
Volvía tarde a casa. Después del instituto, fue a la biblioteca a hacer los deberes, pero, al terminar, cuando se estaba dirigiendo hacia la salida para volver a casa, se cruzó ante su mirada el título de una nueva novela, un best- seller del que solo había podido oír hablar hasta ese momento. Abrió el libro para leer el primer capítulo y echarle una ojeado. Cuando quiso darse cuenta, estaba sentada en una mesa y leía con ansiedad cada página. A las diez de la noche, decidió que ya era suficiente y regresó a casa, temerosa de su castigo por haber vuelto a olvidar el toque de queda. A Souta lo castigaban por llegar tarde de la discoteca; a ella la castigaban por llegar tarde de la biblioteca.
Al abrir la puerta de la entrada, escuchó los pasos de sus padres. Ya la habían detectado y corrían hacia ella temerosos de que apareciera con la cabeza colgando o algo parecido. Cuando la vieron tan sana y entera como esa misma mañana, respiraron aliviados para luego fruncir el ceño y cruzarse de brazos.
— ¿Dónde estabas, señorita? — le preguntó su padre.
— En la biblioteca, puedes preguntarle al señor Hammers.
— No me hace falta, sé que no mientes. — suspiró — Kagome, me alegra que te guste tanto leer, pero no puedes saltarte los horarios todos los días.
— También he hecho los deberes. – levantó la carpeta como si quisiera hacer una demostración — Me han sido de mucha utilidad los libros de álgebra de la biblioteca.
Su padre no pudo evitar caer en la trampa y cedió, pero su madre aún se mantenía firme.
— Kagome, sabes las normas de esta casa. Si te saltas los horarios, tienes que ser castigada, al igual que Souta.
— ¡No me prohíbas ir a la biblioteca, por favor! — le suplicó.
— No te prohíbo ir a la biblioteca cariño, te prohíbo salir de casa durante una semana. Es exactamente el mismo castigo de tu hermano.
Intentó convencerla para que le levantara el castigo alegando que en la biblioteca estaban los libros de apoyo que ella utilizaba para clase, que los necesitaba para hacer los deberes. Le dijo que estaría más atenta del reloj, que su padre podría ir a buscarla al salir del trabajo, ya que pasaba por allí, pero nada le hizo cambiar de opinión y no dejaba de pensar en que solo le quedaban tres capítulos de la emocionante novela para saber el final. Lo había dejado en la mejor parte. Si llegaba a saber que la iban a castigar así, lo habría terminado.
Subió a su habitación con la cabeza gacha ante la idea de no poder ir a la biblioteca. Cuando abrió la puerta, se encontró a su hermano tumbado sobre su cama, lanzando una pelota contra el techo para luego atraparla. Así que esos eran los ruidos extraños que escuchaba.
— ¿Qué haces aquí, Souta? — le preguntó — No me digas que tú también vas a castigarme…
— No, solo quiero hacerte algunas preguntas. — atrapó la pelota y se movió para sentarse en la cama — Quiero hablarte de Kikio.
— ¿Vas a salir con ella? — le preguntó horrorizada — ¡No será verdad!
— No, no podría salir con ella… — musitó — No después de lo que he descubierto hoy…
— ¿Qué has descubierto?
Dejó su carpeta distraídamente sobre el escritorio mientras escuchaba a su hermano.
— ¿Por qué no me dijiste antes que Kikio te estaba amargando la vida?
Por fin se había enterado y eso que Kikio se había esforzado por ocultárselo.
— Nunca le di demasiada importancia, no se la des tú.
— ¡Es importante Kagome! — se levantó de la cama — No pienso permitir que nadie te trate de esa manera, eres mi hermana.
Y él era el hermano más dulce y más tierno que cualquier hermana pudiera desear, pero necesitaba saber algo antes.
— ¿A ti te gusta Kikio o solo sería una chica más para ti? — le preguntó — No quiero que rechaces a una persona importante para ti por mí. Si sientes algo especial por ella, encontraré la forma de que nos llevemos bien y…
— ¡Kagome, por favor! — exclamó — ¡No digas tonterías! Kikio es una chica más, puedo vivir sin ella por muy buena que esté. Además, después de lo que ha estado diciendo y la forma en que te ha tratado, no creo que haya una posible tregua entre vosotras.
A partir de ese día, Souta y todos sus amigos y amigas se habían dedicado a defenderla de Kikio Tama. Cuando Souta no estaba, que era la mayor parte de las veces porque Kikio se cuidaba de que no la viera, sus amigos y amigas la protegían. Nunca le había hecho caso, por lo que la única diferencia que representaba era que aquella voz se callaba antes. Aun así, se lo agradecía mucho. Ahora bien, las diferencias entre Kikio y ella se tornaron totalmente irreconciliables desde entonces.
Probablemente, nada hubiera sido diferente si Souta no se hubiera enterado de nada. Él habría salido con ella, se la habría tirado y, luego, habría hecho borrón y cuenta nueva. Entonces, Kikio también se habría enfurecido con ella porque su hermano le diera calabazas y se vengaría. Sí, estaría en las mismas condiciones hiciera lo que hiciese.
— ¿Sabes? Solo está contigo porque no ha encontrado a ninguna otra mujer desde que llegó…
Era tan sumamente predecible.
— Si pensar eso te hace feliz, tú misma.
— Cariño, es una pena que te hayas encontrado justamente conmigo. Nunca podrás competir conmigo y ni siquiera tendré que hacer nada para que él me persiga.
¿Por qué recordaba eso? Kikio solo estaba celosa, siempre estuvo celosa. Primero, estaba celosa porque su hermano la prefirió a ella. En ese momento, estaba celosa porque en ese país en guerra en el que les había tocado pasar sus vacaciones, un agente de la CIA no se había fijado en ella tanto como le gustaría. ¿Acaso no comprendía que su comportamiento estaba resultando realmente hiriente para las dos? ¿No se percataba de cómo se denigraba a sí misma?
— ¿Kagome?
— ¿Qué pasa Shippo?
— Yo creo que a Inuyasha no le gusta Kikio. — justamente lo que ella necesita oír — Le gustas tú.
Sus palabras hicieron que su corazón se acelerara. Era solo un niño, pero seguía siendo miembro del sexo masculino y debían entenderse entre ellos.
— ¿Yo? ¿Cómo lo sabes?
— Porque te mira cuando tú miras hacia otro lado y te mira como mi papá miraba a mi mamá…
Se sonrojó por las palabras del niño sin poder evitarlo. ¿Sería verdad? Siempre había escuchado que ni los niños, ni los borrachos mentían y no tenía ninguna oportunidad de emborrachar a Inuyasha allí. Tampoco tenía pinta de dejarse emborrachar.
— Tú también lo miras a él como mamá miraba a papá…
No podía ocultar lo que sentía; por eso Kikio lo había descubierto tan rápido.
— ¿Por qué no le dices que lo quieres?
— ¡Shippo! — volvió la mirada al frente, sintiéndose acorralada, pero ni Inuyasha ni Kikio les hacían caso — ¡No debes decir eso!
— ¿Por qué no? Es la verdad.
Se acuclilló junto a él y rezó para que ninguno de los otros se percatara de su pequeña parada.
— Verás, las cosas no son tan sencillas. Cuando eres adulto, todo se vuelve más y más complicado y no puedes decir esas cosas tan fácilmente. Es necesario que surjan una serie de circunstancias que…
— Pues yo creo que los dos tenéis miedo.
Ella al menos sí, pero se lo calló y se lo guardó para sus adentros. Agarró la mano de Shippo, tal y como lo estaba haciendo segundos antes, y continuaron avanzando. En el horizonte, vio lo que parecía la sombra de la vegetación; se estaban acercando al final del desierto.
Ya casi estaban en la zona con vegetación, en la selva que rodeaba los bordes de la isla. El campamento estaría a medio día de camino una vez llegaran hasta allí. Cuando llegaran, empezaría a anochecer. Kagome y Shippo se habían parado un momento para hablar de algo, pero no había conseguido descubrir de qué. Ella volvía a estar preocupada y ausente; él no dejaba de pensar en lo que le dijo esa mañana.
— Me preguntaba si alguna vez has querido que alguien te esperara…
La pregunta lo dejó sin habla.
— Porque yo sí que te esperaría…
Le preocupaba llegar el campamento porque eso significaba que se separarían. No obstante, esa confesión de la azabache le dio esperanza. ¿En verdad ella lo esperaría?
Continuará…
