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Capítulo IX

Pesadillas y pergaminos

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Las respuestas están en lo profundo de tu mente;

las has olvidado a propósito.

Así es como funciona la mente humana:

cuando algo nos resulta demasiado desagradable o vergonzoso,

lo rechazamos,

lo borramos de nuestros recuerdos.

Sin embargo, siempre quedan huellas.

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Understanding - Evanescence

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El único sonido eran sus tenues pasos sobre el suelo de madera. El corto pasillo por donde caminaba estaba a oscuras, pero era perfectamente capaz de moverse por él gracias a la luz que iluminaba la punta de su varita.

Aquella casa era desconocida para ella, nunca antes había estado ahí. Tenía el aspecto de ser una cabaña abandonada. Las ventanas estaban tapiadas y una gruesa capa de polvo se extendía sobre una pequeña mesa de madera con la que acababa de toparse.

De pronto, oyó el crujido de la madera. Fue un sonido leve, pero suficiente para llamar su atención hacia la habitación que se encontraba unos pasos más adelante.

Aquella habitación estaba llena de muebles viejos, haciendo del lugar un escondrijo casi perfecto. Estaba un poco más iluminado que el pasillo debido a que uno de los tablones de madera que tapiaban la ventana había sido arrancado. Atenta, buscó al chico al que tenía que encontrar. Pero no tuvo que buscar demasiado porque él se descubrió a sí mismo con un jadeo involuntario. Se había escondido detrás de una cómoda polvorienta. Tenía la varita sujeta en la mano con fuerza al mismo tiempo que la miraba aterrorizado. Rápidamente se levantó y trató de huir por detrás de los muebles, no sin antes lanzar un hechizo contra ella para ganar tiempo.

Sin dificultad, Amelia repelió el ataque y, sin alterarse, esperó el momento oportuno para atacar. Pronunció las palabras necesarias y un rayo de color verde salió de su varita, golpeando al muchacho cuando estaba a punto de salir de la habitación, haciendo que cayera al suelo con un golpe sordo.

El impacto de la escena hizo que Amelia despertara de repente. Confundida por el realismo del sueño que acababa de tener, se incorporó y cogió su varita de la mesita de noche. Con un movimiento de ésta encendió las velas. Miró su habitación, asegurándose de que la cabaña no era real. Sentía la garganta seca y la cabeza le dolía. No podía dejar de repasar en su mente lo que acababa de ver en su pesadilla. No conocía al chico al que había matado en su sueño y tampoco entendía por qué lo había hecho. Pero además, dentro del sueño, tenía la inequívoca sensación de que ella solo cumplía órdenes. Y eso no dejaba de ser extraño, pues ella siempre había tenido cierta reticencia a obedecer órdenes.

Amelia se masajeó las sienes, en un intento por calmar un poco el dolor de cabeza. Cerró los ojos y lanzó un suspiro de cansancio. Quería creer que aquel sueño se debía a su reciente experiencia en el Bosque de Dean. Hacía apenas unas horas estaba ahí, luchando. Entonces miró su marca, con cierto temor. Recordó entonces la propuesta de Tom y comprendió que aquel sueño era una especie de respuesta a la molesta pregunta que se hacía su subconsciente sobre lo que sucedería si ella accediera a ser parte de los mortífagos.

-o-

Hallados muertos los seguidores de Grindelwald

Tal y como se especulaba, los peligrosos fugitivos, buscados sin descanso por los aurores, se escondían en el Bosque de Dean, en el condado de Gloucestershire.

Anoche se había programado una redada por parte del Ministerio de Magia. En plena madrugada, los aurores recorrieron el bosque una vez más en busca de los fugitivos. Y esta vez tuvieron éxito. Los encontraron a todos, a los diez seguidores de Grindelwald que tanto preocuparon y mantuvieron en vela a la comunidad mágica británica.

Lo que más sorprende a los trabajadores del Ministerio es el escenario en el que los hallaron. "Está claro que fue un duelo muy violento. Lucharon entre ellos por alguna razón que desconocemos", expresó uno de los aurores al hablar con nuestro corresponsal.

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Amelia dejó de leer el periódico en el momento en que alguien llamó a la puerta de su habitación. Extrañada, dejó el ejemplar de El Profeta sobre la cama y se dirigió a ver quién era. Sus ojos se abrieron más de lo normal ante la sorpresa que le produjo ver a quien estaba al otro lado del umbral. Era Isobel, con una expresión nerviosa en el rostro.

—Amelia —susurró soltando un suspiro de alivio—. Me alegra ver que estás bien.

Amelia se hizo a un lado y dejó pasar a la joven. Su normalmente bien peinada cabellera pelirroja lucía enmarañada aquella mañana, como si la muchacha acabara de levantarse y hubiera venido a verla a toda prisa, sin preocuparse por poner en orden sus rizos.

—Aunque bien es un término relativo —apuntó Isobel, mirándola con cierta preocupación—. ¿Necesitas más díctamo para esas heridas?

—Tengo suficiente —respondió la joven. Y antes de que pudiera expresar su desconcierto ante la repentina visita o preguntarle si algo le había ocurrido, Isobel señaló el periódico que Amelia había estado leyendo.

—Parte de eso es obra tuya, ¿verdad? —le preguntó levantando una ceja.

—¿Cómo...? —empezó Amelia, aún más extrañada que antes.

Isobel le sonrió de manera tranquilizadora.

—Me lo contó Abraxas Malfoy —murmuró, sonrojándose de repente. Desvió la mirada, algo nerviosa al mismo tiempo que no dejaba de girar un anillo que tenía puesto en el dedo índice de la mano izquierda.

Amelia, que sabía que aquella no era una actitud muy propia de la joven, se dio cuenta rápidamente de lo que sucedía. Y el anillo solo corroboraba lo que imaginaba, pues lo acababa de reconocer como el que Malfoy solía llevar en Hogwarts.

—Entiendo —expresó Amelia sin saber qué más decir.

—Vino a verme esta mañana y me contó lo de anoche —le explicó—. Y me dijo que tú también estabas ahí y que te habían herido. Me insistió en que estabas bien, pero necesitaba verte con mis propios ojos. Estaba preocupada.

—Te agradezco que te hayas preocupado —musitó Amelia con una leve sonrisa—. Pero ya ves que Malfoy no te mentía. Estoy bien.

Isobel asintió, sonriente, y ambas se sentaron sobre la cama.

—Lo que no termino de entender es cómo sucedió que tú y Malfoy... —habló Amelia dejando su frase en el aire, sin saber cómo acabarla.

Isobel se encogió de hombros, volviendo a sonrojarse. Amelia tenía que admitir que en aquel momento no había ni rastro de la muchacha ruda que se había vengado de Avery sin pestañear.

—A comienzos del último curso tuve una especie de relación con Avery —le confesó—. Fue algo extraño y fugaz. Un día vi un tatuaje en su antebrazo izquierdo y quise saber de qué se trataba, pero él se puso algo agresivo. Me dijo de muy mala manera que no me metiera en sus asuntos. No me tomé nada bien su reacción y lo golpeé. Solo fue un puñetazo en la nariz, pero no volvió a hablarme y yo tampoco lo intenté. No quería saber nada de él. Y luego pasó lo del bosque.

—Cuando lo viste junto a Malfoy escondiendo una cajita —recordó Amelia.

—Sí. Como te conté, Avery me persiguió y me encontró en Hogsmeade. Había enviado a Abraxas a buscarme al otro lado del pueblo, por lo que no nos vimos. Avery me quitó la varita, me amenazó e intentó ahorcarme —susurró sin mirarla, aún con el rencor impregnando su voz—. Pero ese chico Gryffindor apareció y me ayudó.

»Después planeé mi venganza y como sabes, Avery no tenía que averiguar quién fue su atacante, la poción que le di lo impediría, pero él sospechaba de mí. En Hogwarts, se puso a acorralarme en los pasillos hablándome agresivamente, esperando que confesara. Y entonces, hace un mes más o menos, seguro de que había sido yo, se le ocurrió contarle a Abraxas que se desharía de mí. Pero él no sabía que él y yo ya estábamos juntos. Y por eso se sorprendió tanto cuando él lo enfrentó y le dijo que no se le ocurriera hacerme algo.

—Eso explica la tensión que había ayer entre ellos —comentó Amelia.

—Y eso me lleva al asunto de los mortífagos —mencionó Isobel soltando un suspiro de cansancio. Su interlocutora la miró con sorpresa—. Sí, lo sé todo. Abraxas me habló sobre ellos hace muy poco. No quería contarme nada al principio, pero había días en que lo veía tan desganado e incluso un par de veces me dijo que odiaba ser tratado como una marioneta, que al final terminó contándomelo todo y mostrándome su tatuaje. En Hogwarts lo veía siendo tan agradable con Riddle, considerándolo una especie de dios, ¿sabes? No podía entenderlo. Los demás no se esforzaban tanto y eran tratados de mejor manera. En fin —soltó otro suspiro—, lo importante es que se dio cuenta de que no estaba contento con lo que hacía.

—Ayer vi cómo le decía a Tom que no quería continuar más con los mortífagos —le contó Amelia—. Se veía muy decidido.

—No sé lo que pasará ahora —le confesó Isobel con una mirada sombría—. No sé si Riddle tomará represalias por su decisión o lo dejará tranquilo. Y a todo eso, ¿qué haces tú con alguien como Riddle?

Amelia sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Es complicado.

—De complicado, nada —la regañó—. Riddle intentó asesinarte, ¿lo recuerdas? Deberías estar vengándote de él.

—Es lo que hago, Isobel —respondió a la defensiva—. Pero esto no es tan fácil. No puedo ir y atacarlo como tú hiciste con Avery. No gano nada con solo eso.

—Mira, no voy a meterme en lo que tengas planeado, pero no dejes que tus sentimientos interfieran y te jueguen una mala pasada, alejándote de tu objetivo.

—Eso no va a pasar —se apresuró en contestar.

—Espero, Amelia, por tu bien, que no te hayas enamorado de él —musitó Isobel con un tono de voz sombrío.

-o-

Durante varios días, Amelia trató, sin mucho éxito, de descifrar los signos que había copiado del libro de notas del señor Burke. Los libros que le había dado Morgana le estaban siendo de mucha ayuda y había aprendido cosas interesantes, pero lastimosamente, no podía encontrar la clave para dar con los datos que hablaban de quien tenía en su poder el medallón de Slytherin.

Entonces decidió regresar a los Archivos del Ministerio de Magia y buscar algo que le sirviera. Al llegar al lugar, se encontró con Agnes, quien la reconoció inmediatamente y mandó a Johnson a que la ayudara. Amelia le explicó que buscaba algo sobre giratiempos y dialectos antiguos o extraños.

—Tienes intereses muy peculiares —le comentó él, mientras se dirigían a la sección adecuada— ¿Planeas trabajar en el Departamento de Misterios?

—Podría ser —respondió la muchacha. A medida que hablaban, Johnson le parecía cada vez más familiar, como si ya lo hubiera visto antes de que lo conociera aquel día en que Dumbledore le había mostrado el pergamino de las reliquias de los fundadores.

—He oído que dentro de unos meses se abrirá la convocatoria para los que deseen entrar al departamento —le contó el chico—. Son pocos puestos y se requiere cierto nivel, pero podrías intentarlo.

—Suena muy interesante —comentó Amelia con una sonrisa.

Siguieron caminando por los pasillos que formaban las estanterías mientras Amelia no dejaba de pensar en una teoría que cada vez cobraba más fuerza. Misma que se confirmó en cuanto atravesaron un pasillo y se toparon con una mujer de mediana edad que cogía un archivador y recorría con la mirada el estante buscando otro.

—Tía Mary —saludó Johnson amablemente— ¿Necesitas ayuda?

La mujer se sobresaltó ligeramente pero sonrió con afecto en cuanto vio al joven.

—Marcus, qué alegría verte. No te preocupes, solo tengo que buscar unos archivos antiguos que quieren ver en la oficina.

El muchacho se disculpó con Amelia e insistió en ayudar a su tía. Hablaron brevemente sobre los documentos a buscar y al final los hallaron. En cuanto volvió con Amelia, que se había quedado en el pasillo, se disculpó de nuevo. La joven, por su parte, hacía lo posible por no mostrar su sorpresa ante su recién confirmada teoría.

De repente, todo había cobrado sentido y entendió por qué el rostro de aquel chico se le hacía tan familiar. Él era Marcus Johnson, el mismo que conoció en su época, claro que mucho mayor. Técnicamente lo conocería en el futuro, muchos años después, aunque para ella el futuro era su pasado. Se trataba del mismo el mago que, junto a su esposa Nina, la habían acogido después de la fuga masiva del Ministerio de Magia. El mismo mago que le había contado sobre los giratiempos y a quien le había robado uno.

Continuaron su camino hasta llegar a la sección donde, al parecer, estaba todo lo relacionado con los viajes temporales. Curiosamente, había muy poca información, comparada con otros temas que ocupaban estanterías completas. Marcus la ayudó a sacar los documentos y a llevarlos hasta una mesa cercana para estudiarlos.

—Creo que me ocuparé de esto y luego buscaré información sobre los dialectos —le dijo Amelia.

—Bien —asintió Marcus—. Avísame cuando termines y te ayudaré a buscar la otra sección.

—Te lo agradezco.

El joven le sonrió y se marchó escaleras abajo. Amelia observó las carpetas y se sentó, preparada para descubrir su contenido.

Mientras leía, su mano se dirigió a su cuello, buscando su collar. Había adquirido la costumbre de tocarlo siempre que se concentraba con algo. Pero esta vez su mano no lo encontró y volvió a sentir el vuelco en el estómago al recordar que lo había perdido. Se dio cuenta al regresar a su habitación luego de la batalla en el bosque. Y supuso que se había caído ahí, quizás roto por algún maleficio. Pensó en regresar y buscarlo, e incluso había dejado abierta la ventana de su habitación toda la noche esperando que apareciera volando, pues lo había convocado con un Accio, pero no había funcionado. Tal vez tenía que admitir que ya no lo recuperaría. Era una verdadera pena porque se había encariñado con él, además de que la protegía de la maligna influencia de los horcruxes.

Con un suspiro alejó de su mente aquellos pensamientos y continuó leyendo.

Encontró archivos antiguos e interesantes, pero la mayoría no estaban completos y tenían un sello oficial con una nota que indicaba que eran archivos confidenciales del Departamento de Misterios.

Sin embargo, halló registros de viajes temporales a gran escala, casi siempre con catastróficos resultados. También encontró una nota que hablaba de un experimento para crear giratiempos más eficientes y un informe del Departamento del Uso Indebido de la Magia en el que se mencionaba que se había sancionado a un mago por tratar de dotarle de más características a un giratiempo convencional mediante magia oscura.

Amelia anotó en un pergamino toda la información relevante que había encontrado y acomodó los archivos de vuelta en la estantería. Fijándose en la hora, se dio cuenta de lo tarde que era y que ya no le quedaba tiempo para investigar sobre dialectos, de modo que decidió regresar al día siguiente. Así se lo comunicó a Marcus en cuanto lo encontró. Se despidió de él y se marchó.

Durante los días siguientes, Amelia pasó la mayor parte del tiempo en los Archivos del Ministerio, leyendo información sobre dialectos antiguos y extraños. Al contrario de lo que sucedía con el asunto de los viajes temporales, este tema tenía mucha más información y documentos donde buscar.

Así, luego de escribir en varios pergaminos la información más relevante e intentar descifrar la clave del dialecto del señor Burke, creyó que tenía lo necesario para proseguir con su tarea en la soledad de su cómoda habitación. Porque en ese momento sentía que había pasado demasiado tiempo tratando de encontrarle sentido a aquellas extrañas inscripciones y que ya no podía pensar con claridad debido al cansancio que empezaba a sentir.

En ese momento oyó que alguien se acercaba e instintivamente se irguió y giró la cabeza para ver de quién se trataba. Era Marcus.

—Ya vamos a cerrar la sala —le dijo en cuanto llegó hasta ella.

—De acuerdo —respondió empezando a recoger sus pergaminos con rapidez—. Ya me voy.

—Tranquila —le sonrió Marcus—. No te apresures.

Tenía un montón de pergaminos repartidos por la mesa y muchos se estaban mezclando con los archivos del Ministerio. En cuanto terminó de acomodar los suyos en su bolso, se dispuso a guardar las carpetas, pero Johnson la detuvo amablemente.

—No te preocupes por esto, ya me encargo yo —dijo él cogiendo una carpeta y apilándola sobre otras—. ¿Tu búsqueda ha dado resultados?

—Me parece que sí. Hay información muy interesante aquí, pero me sorprende ver que hay muchos archivos que están clasificados.

—Eso es verdad —repuso Marcus con una ligera mueca de decepción. Luego bajó la voz y miró a su alrededor para asegurarse que nadie venía, algo muy poco probable teniendo en cuenta que casi nadie aparecía por ahí—. Hay un archivo secreto donde están los documentos completos, pero hay que ser alguien muy importante en el Ministerio para poder acceder a ellos.

—¿En serio? —Amelia abrió los ojos con interés— ¿Dónde está ese archivo?

—En la misma planta donde el Ministro tiene su oficina —le contó en voz muy baja—. Una vez intenté acceder, pero es imposible engañar la barrera mágica. El resultado fueron tres semanas en San Mungo.

—Por Merlín, ¿tan grave fue?

—Sí, los hechizos protectores son realmente poderosos.

—En fin —Amelia soltó un suspiro—. No parece ser viable acceder ahí.

—No te lo aconsejo —el joven negó con la cabeza—. A no ser que sepas cómo anular esa magia o te conviertas en jefa de algún Departamento.

Amelia sonrió levemente. Se puso el bolso al hombro y se dispuso a marcharse.

—Te agradezco mucho la ayuda —hizo un leve movimiento con la cabeza para acentuar sus palabras—. Me voy ya.

—¿Volverás mañana? —quiso saber Marcus.

—No lo creo. Eso sí, si tengo que investigar más cosas, ten por seguro que volveré.

—Bien, en ese caso, espero que pases por aquí muy pronto. Las cosas por este lugar son algo aburridas y siempre viene bien ver a alguien interesado por viejos archivos.

—Lo tendré en cuenta.

Luego de despedirse, Amelia se encaminó por los pasillos hacia la salida de la gran sala, rumbo a las escaleras que la llevaron a la planta superior, donde recién pudo coger el ascensor que la dejaría en el Atrio. En una de las paradas en que las puertas se abrieron, Paul apareció, alegrándose enormemente al verla.

—He hablado con mi jefe sobre tu caso —le contó después de saludarla—, pero considera que es más fiable creer a un funcionario respetable como Abbott que al amigo de la chica en cuestión.

—Me lo imaginaba —musitó Amelia con desgana.

En ese momento, justo antes de que las puertas del ascensor se cerraran, el mismísimo Abbott entró en él, no sin antes lanzar una mirada de desdén hacia Amelia.

—¿Otra vez metida en líos, señorita? —le preguntó con una leve ironía.

—Oh, no, señor —respondió Amelia con un tono igualmente irónico—. Estoy escribiendo un artículo sobre funcionarios incompetentes, ¿y qué mejor sitio que el Ministerio para buscar a los protagonistas de tal historia?

Paul contuvo la risa a duras penas mientras Abbott le lanzaba una mirada asesina a Amelia. Su rostro había adquirido un impresionante tono rojizo lo que le hacía parecer un gran tomate de aspecto furibundo. Por suerte, y antes de que él pudiera contestarle, las puertas del ascensor se abrieron de nuevo. Habían llegado al Atrio.

—Que tenga un buen día —se despidió Amelia antes de salir.

Abbott le respondió con una expresión ceñuda. Paul, por su lado, se apresuró en salir junto a Amelia, para evitar ser alcanzado por la furia de su jefe.

—No quiero sonar grosero, pero ¿qué te trae por aquí? —inquirió el joven— No me malinterpretes, me encanta verte, es simple curiosidad.

—Estuve investigando algunas cosas en los Archivos —le respondió simplemente—. Por cierto, ¿qué puedes decirme sobre los archivos secretos del Ministerio?

Logró que Paul la mirara severamente.

—¿Qué tienes entre manos?

—Es solo curiosidad, Paul —contestó con un tono inocente que no engañó al muchacho.

—Quiero creer que has seguido mi consejo, Amelia, y te mantengas del lado de la legalidad.

—No tienes nada de qué preocuparte —le aseguró ella.

—Eso espero.

Con una última mirada de advertencia mezclada con preocupación por parte de Paul, él y Amelia se despidieron y cada uno se marchó por su lado. La joven, al llegar al Caldero Chorreante, decidió comer algo rápidamente y luego subir a su habitación a descansar. Los últimos días había dormido muy poco, por lo que sentía que necesitaba urgentemente una noche tranquila para reponer aquellas horas que había perdido. Pero sucedía que cuando una cosa se le metía en la cabeza no había quién se la quitara, de modo que pasó noche tras noche hasta muy tarde tratando de descifrar el pergamino.

Pero esa noche sería diferente. Dejaría los pergaminos en su escritorio y ella se hundiría en un abismo onírico. Sin embargo, sus deseos de tener una noche tranquila se vieron truncados cuando, en plena madrugada, despertó agitada tras tener de nuevo la misma pesadilla de noches pasadas, en la que aparecía actuando como una mortífaga. Solo que esta vez veía a Tom al final del sueño. Estaba de pie, mirándola con fría indiferencia. Tenía los rasgos extrañamente deformados convirtiéndolo en alguien totalmente diferente y que sin embargo, seguía siendo el mismo. No obstante, Amelia sabía, dentro del sueño, que él ya no era la misma persona que había conocido en Hogwarts. Ese Tom había muerto y jamás volvería para ocupar el vacío que había dejado en aquel cuerpo que ya no le pertenecía.

Con una extraña opresión en el pecho, Amelia se dio la vuelta en la cama y abrazó su almohada, hundiendo el rostro en la suave tela. Cerró los ojos queriendo volver a dormir pero no pudo hacerlo. El alba la sorprendió poco tiempo después, obligándola a levantarse y a dejar de pensar en la pesadilla.

Esa mañana, después de un desayuno apresurado, Amelia regresó a su habitación para poner en orden sus documentos. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que el pergamino con la profecía que le había dado Morgana había desaparecido. Estaba entre las hojas de un libro sobre códigos secretos que había llevado consigo en sus excursiones al Ministerio y que sin embargo ahora ya no estaba. Claramente lo había perdido, imaginaba que se había quedado traspapelado entre los numerosos archivos que había estado revisando y que luego Marcus había devuelto a las amplias estanterías. ¿Tendría algún sentido volver para buscar un pequeño trozo de pergamino?

Con ese pensamiento, se encaminó hacia el Callejón Knockturn, decidida a mostrarle a Morgana lo que había descubierto sobre giratiempos. Con el tiempo, se había acostumbrado a no impresionarse demasiado por lo que pudiera decirle la bruja o su madre, la vidente, pero cuando atravesó la puerta de la pequeña tienda aquella mañana y vio a Morgana salir a su encuentro para decirle que su madre la esperaba, no pudo evitar sorprenderse.

Tras seguirla hasta la trastienda, la delgada figura de la vidente le dio la bienvenida, sentada a su habitual mesa, como siempre que la veía, silenciosa y con la mirada perdida en la bola de cristal que tenía frente a ella. Apenas levantó la mirada cuando Morgana le anunció la llegada de Amelia.

—Siéntate, muchacha —le dijo con voz queda. Entonces volvió a centrarse en el artefacto adivinatorio que tenía sobre la mesa. Murmuró algo ininteligible y después de un par de minutos en los que Amelia ni se atrevió a respirar, la vidente suspiró y miró a la joven—. El collar que perdiste, querida, ya no es lo que era. En cuanto lo tengas de nuevo en tus manos, debes destruirlo.

Amelia abrió la boca ligeramente, sorprendida.

—A estas alturas ya no debería sorprenderte nada de lo que te diga mi madre —comentó Morgana sentándose frente ella.

—Es verdad —musitó la joven tras un par de segundos de silencio.

—Y no te preocupes por la profecía que también perdiste —continuó la vidente—. No la busques y deja que siga su camino.

—De acuerdo, lo tendré en cuenta —habló Amelia, aún sorprendida.

—Bien, dame la mano herida —le ordenó Morgana—. Tengo tu antídoto.

La joven se quitó la venda y extendió la mano mientras Morgana abría un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido de un oscuro color azul. La herida estaba abierta pero sin sangrar, como si fuera reciente. La bruja vertió el antídoto directamente en la lesión provocando que Amelia soltara un quejido de dolor. Las punzadas y el ardor no cesaron hasta que la herida se cerró por completo, dejando una delgada cicatriz como único vestigio de su existencia.

—Esto ya está —habló Morgana cerrando el frasco donde aún quedaba algo de antídoto—. Procura no hacerte más heridas de este tipo.

—Muchas gracias, Morgana —musitó Amelia sintiendo por fin un inmenso alivio.

—Ahora dime qué traes para mí —siguió la mujer—, es sobre tu giratiempo, ¿cierto?

Amelia asintió. Entonces sacó de su bolso los pergaminos que quería mostrarle. Le explicó lo que había encontrado y Morgana se mostró muy interesada.

—Con esto, unido a la poción que encontré en aquel viejo libro, podré reparar el objeto —le aseguró—. Empezaré a trabajar en la poción esta noche. Durante estos días pude encontrar muchos de los ingredientes necesarios. Y eso incluye el veneno de basilisco para ti.

Su corazón saltó al escuchar esas palabras. Eso significaba que por fin, si hallaba un nuevo horcrux, podría destruirlo. Y en vista de los acontecimientos recientes, debía tener en cuenta que su collar se había convertido ahora en un objeto que contenía una parte del alma de Tom. Amelia tenía que admitir que, a pesar de estar persiguiendo esos objetos durante un año, aún se le hacía extraño pensar en aquello.

La joven guardó la botellita de veneno en el fondo de su bolso, habiéndolo envuelto antes con un pañuelo de tela. Morgana le dijo que le enviaría un mensaje en cuanto la poción estuviera lista, por lo que Amelia regresó a su habitación dispuesta a continuar con la traducción de aquel extraño dialecto sin dejar de pensar que la idea de volver a su época ya no parecía tan lejana como meses atrás.

-o-

Una semana más tarde, con la certeza de que Tom tenía ahora en su poder el collar y que lo había convertido en un horcrux, Amelia se atrevió a pasar por Borgin & Burkes. Ignorando el hecho de que lo había estado evitando durante los días pasados, la muchacha entró con paso firme en la tienda. Fue Tom quien salió al oír el tintineo de las campanillas de la puerta y su sorpresa fue auténtica al verla ahí.

—Amelia —saludó el joven.

Amelia se sonrojó sin poderlo evitar mientras el corazón le daba un vuelco. El recuerdo de su último encuentro acudió a su mente repentinamente. Pero ella fingió una serenidad que no sentía y se obligó a mantener la cabeza fría.

—Tom —saludó. Su voz sonó más dura de lo que esperaba.

—Me sorprende verte aquí —admitió él, acercándose hasta quedar a un metro de distancia. Su habitual expresión de impasibilidad se vio opacada por un extraño brillo en sus ojos.

Amelia desvió la mirada.

—No debí haber venido —susurró para sí misma. Se daba cuenta que había sido una mala idea haber entrado en Borgin & Burkes. Que esperaba, ¿que Tom admitiera haber convertido el collar en un horcrux? Eso solo lo pondría en sobre aviso.

—¿Has pensado en lo que te dije? —le preguntó él, haciendo de cuenta que no había escuchado nada.

Amelia frunció el ceño y se permitió unos segundos de silencio mientras se interesaba por los objetos de una de las vitrinas, ignorando deliberadamente la pregunta de Tom, preguntándose si no era mejor dar media vuelta y salir de la tienda.

—¿Qué propiedades tiene este cofre? —quiso saber señalando una caja de tamaño mediano, de ébano y toscamente tallada.

Tom sonrió levemente, con cierta satisfacción, dándose cuenta que Amelia trataba de evitar el tener que responder, lo que le indicaba que estaba pensando en la propuesta en lugar de rechazarla directamente.

—Esconde los objetos que se colocan en su interior —le explicó—. Para los ojos del que no es su propietario, el cofre se mostrará vacío.

—Encantamientos de ocultación, supongo —opinó Amelia.

—Muy potentes —confirmó él.

Amelia caminó lentamente, sin dejar de mirar la vitrina. Entonces se topó con un fabuloso collar de ópalos.

—¿Qué me dices de ese collar? —preguntó, señalándolo— Es precioso.

—No te lo recomiendo —se apresuró a contestar Tom, acercándose—. Está maldito.

Entonces él abrió la vitrina y arregló un pequeño letrero que se había caído. Cuando lo acomodó, Amelia pudo leer su contenido y descubrir la truculenta historia del collar.

—Vaya —musitó levantando las cejas con interés—. Tendré cuidado de no ponérmelo si decides enviármelo de regalo.

Ambos rieron suavemente debido a la broma. Sin embargo, la mirada de Amelia adquirió un matiz sombrío al pensar en que Tom era perfectamente capaz de algo así.

—No lo haría, Amelia —le dijo él en voz baja, habiendo notado su expresión.

Ella lo miró de reojo durante unos segundos, sin saber si creerle o no, antes de seguir mirando la vitrina. Sus ojos pasaron desde los diversos objetos que estaban detrás del cristal hasta los que colgaban del techo. Su mirada se topó con una cuerda de ahorcado y unos extraños artefactos metálicos que le parecieron algún tipo de instrumento de tortura.

—¿Recuerdas mi collar, Tom? —preguntó de repente, como si fuera una pregunta casual, pero fijándose en las reacciones del chico—. El que llevé en el baile, en Hogwarts.

—Lo recuerdo —respondió sin mirarla.

—Lo perdí la noche en que estuvimos en el Bosque de Dean, no lo habrás visto, ¿verdad?

—No —negó él de manera convincente. Pero Amelia no le creyó y no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción sin que él la viera. Aquello solo le confirmaba lo que ya sabía. Tom tenía el collar y lo había convertido en un horcrux. Uno más que buscar y destruir.

—Ven —le dijo él repentinamente—, quiero enseñarte algo.

Tom estaba actuando de la misma manera que ella, hablando de otra cosa con tal de no seguir conversando del tema que lo incomodaba. A pesar de ello, lo miró con genuina curiosidad y lo siguió hasta la trastienda.

—¿Seguro que puedo entrar aquí? —preguntó en voz baja.

—El señor Burke está trabajando en el sótano —le respondió también en voz baja—. Si no llamamos su atención no subirá.

Entonces se acercó hasta una mesa donde reposaban varios objetos que a primera vista no tenían nada de extraordinario. De entre ellos Tom eligió un cofre de madera. Lo colocó sobre una pequeña mesa vacía y lo abrió. Después de retirar el terciopelo que protegía el objeto, extrajo del interior del cofre un libro tan antiguo que parecía que se desharía en sus manos. Y, con gran cuidado, lo colocó sobre la mesa.

—Estoy seguro que habrás leído que antes de fundar Hogwarts, Rowena Ravenclaw pasó un tiempo con un grupo de brujas vikingas —empezó a contarle.

—He leído respecto —comentó Amelia—. Se dice que Rowena aprendió de ellas magia muy poderosa.

—Así es —asintió Tom—. Poco tiempo después escribió todo lo que había aprendido. Siglos más tarde, alguien encontró los archivos y recopiló la información en este libro.

—¿Puedo verlo? —preguntó la muchacha, sintiendo un inmenso interés en echarle un vistazo a aquel libro.

—Por supuesto, adelante —respondió él dando un paso al costado para darle espacio a la chica.

Amelia, de manera sumamente cuidadosa y casi conteniendo la respiración, abrió el volumen. Pasó las frágiles páginas sintiéndose maravillada mientras sus ojos recorrían ávidamente la escritura rúnica, leyendo sobre magia antigua.

—¿Cómo es que este libro está aquí y no en el Ministerio? —quiso saber Amelia, levantando la mirada para observar a Tom.

—Lo encontré recientemente en el sótano —contestó—. Cuando me di cuenta de lo que se trataba le pregunté al señor Burke al respecto y me contó que lo compró hace muchos años a un mago que le trajo una gran cantidad de libros curiosos que, según él, había encontrado en un baúl del desván de la casa familiar que había heredado. Evidentemente, no le interesaban y no conocía su valor, por lo que prefirió los pocos galeones que el señor Burke le ofreció por ellos.

—Entiendo —musitó Amelia regresando a la lectura del libro—. Esto es realmente fascinante. Es increíble que se haya conservado esta información.

—Sabía que te interesaría.

Amelia miró al chico brevemente y esbozó una pequeña sonrisa antes de devolver su atención al libro.

—Aquí también se habla sobre magia oscura —comentó Amelia con un ligero tono de sorpresa tras pasar algunos minutos en silencio, leyendo con atención las páginas.

—A pesar de que te he visto luchar con maleficios, ¿sigues teniendo reparos con la magia oscura? —inquirió Tom regalándole una leve sonrisa maliciosa.

—No es eso —replicó la muchacha—. Es solo que no me imaginaba a Rowena Ravenclaw escribiendo sobre el tema.

—Debes tener en cuenta el contexto histórico de la época —comentó él—, pues aún no existía como tal la división tan marcada entre tipos de magia.

—Eso es verdad —asintió Amelia mostrándose de acuerdo—. Es en los siguientes siglos, en el momento en que empiezan a crearse leyes a partir de la imposición del Estatuto del Secreto de los Magos, cuando se determina lo que es o no magia oscura.

—Exacto. Pero es curioso preguntarse cómo se decide lo que es magia oscura, y por lo tanto, que se convierta en una práctica prohibida.

—Es fácil si recordamos que la magia oscura está creada para hacer daño deliberadamente —opinó Amelia y luego, levantando una ceja, agregó—: ¿No crees, Tom?

—Estarás de acuerdo conmigo, Amelia, en que si lo pensamos bien, todos los hechizos pueden ocasionar cierto grado de daño. Un simple Wingardium Leviosa, por ejemplo, puede causar estragos en manos de alguien inexperto o de alguien que pretenda hacer pasar un ataque por un accidente.

—Si lo vemos desde ese punto de vista, tienes razón. Sin embargo, todo depende de la forma en la que se utilice. Un Wingardium Leviosa no fue creado para hacer daño. Una maldición Cruciatus, en cambio, sí. Pueden ocurrir accidentes, por así decirlo, con un simple hechizo de levitación, por supuesto, pero eso no quita que sea considerado inofensivo. Lo mismo sucede con algunos ingredientes para pociones. Son beneficiosos en cierta cantidad, pero se convierten en tóxicos si se sobrepasa el límite.

—Estoy de acuerdo —dijo él. Entonces hizo una leve inclinación de cabeza—. Siempre en un placer debatir contigo, Amelia.

La muchacha se permitió sonreír antes de realizar el mismo gesto que su interlocutor.

—Lo mismo digo, Tom.

Los minutos siguientes transcurrieron mientras daban la vuelta a las páginas de aquel libro, leyendo las runas sin ninguna dificultad y comentando lo que hallaban y opinando al respecto. Era evidente que a ambos les maravillaba aquel descubrimiento y Amelia no podía evitar sentir que los rodeaba una burbuja, aislándolos de todo lo demás, haciendo de ese momento algo similar a sus conversaciones en Hogwarts, cuando se encontraban por casualidad en el lago o en la biblioteca.

En un momento en el que un breve silencio se instaló entre ellos, Amelia recordó que aún le debía a Tom una respuesta. Quería posponer el momento de tener que darla, pero no pudo evitar que un pensamiento que le había estado rondando la cabeza durante varios días se manifestara en ese instante de nuevo. Con una leve sensación de decepción, sintió que la burbuja en la que estaban inmersos estalló de repente, devolviéndolos a la realidad.

—No se me da nada bien cumplir órdenes, ¿sabes? —comentó Amelia de repente, confesando así aquel pensamiento que parecía incapaz de quedarse más tiempo en los oscuros recovecos de su mente—. Y tampoco me hace gracia que me envíes a matar a gente inocente que no quiso unirse a tus filas. Y sé que es eso lo que me espera si acepto tu propuesta.

Tom la miró algo sorprendido por el repentino cambio en la conversación pero al instante su expresión recuperó su habitual seriedad.

—No te enviaré a matar a nadie.

—En Hogwarts me enviaste a matar a Anna Blunt —musitó ella con frialdad.

Se hizo un breve silencio entre ellos en el que ninguno de los dos desvió la mirada.

—Había olvidado que Blunt resultó ser tu abuela.

—Y yo había olvidado que te inmiscuiste en mi mente sin mi permiso —soltó con cierto rencor.

—No volveré a usar la Legeremacia contigo. Y no tendrás que hacer nada que no quieras. Te doy mi palabra.

Amelia lo miró con interés, pero tras un par de segundos su mirada se tornó sombría, recordando de pronto la pesadilla que se repetía noche tras noche.

—Me cuesta un poco creer que mantendrás tu palabra dentro de algunos años, cuando la parte humana que aún tienes ya esté muerta.

La rotundidad de las palabras de Amelia dejó a Tom sin habla. Por primera vez, no supo qué responder.

La muchacha lo miró con tristeza.

—Amelia... —empezó él, pero se vio interrumpido por un ruido en las escaleras. Ambos jóvenes miraron instintivamente hacia la fuente del sonido, sabiendo que su momento de conversación privada había terminado. Los crujientes escalones de madera resonaron a medida que el señor Burke iba ascendiendo desde el sótano.

—Me gustó verte, Tom —musitó Amelia a modo de despedida. Y, tras una última mirada a los oscuros ojos del joven, dio media vuelta y se marchó.

Abandonó Borgin & Burkes con una extraña sensación instalada en su pecho. No quiso mirar atrás en cuanto cerró la puerta, pero sí echó un vistazo al escaparate, desde el cual aún podía ver a Tom en la trastienda, hablando con el señor Burke. Durante un breve instante, el muchacho miró en su dirección y sus miradas volvieron a cruzarse, ocasionando que, una vez más, el corazón le diera un vuelco.

Enfadada consigo misma de repente, desvió la mirada y empezó a caminar con rapidez para alejarse del Callejón Knockturn, deseosa de olvidar de una vez por todas las sensaciones irracionales que la embargaban cuando Tom la miraba.


N/A: Originalmente este capítulo iba unido al próximo que subiré pronto. Pero, me pareció que le faltaba algo y que iba muy apresurado, por lo que lo dividí y le agregué un par de cosas más a éste que acabáis de leer.

Espero en verdad que os haya gustado. Os agradezco las lecturas, me hacen mucha ilusión, pero me emociona mucho más cuando veo que me habéis dejado reviews. Así puedo saber lo que os va pareciendo la historia. Además, después de todo, es el único pago que recibimos los que escribimos aquí y, por qué no decirlo, levanta el ánimo :)

Victoria.