NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE RUMIKO TAKAHASHI, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS
¡Hola a todos! vayaaaa al fin pude terminar este capítulo. Me demoré más de lo esperado, aún así, creo que mi demora estuvo dentro del "rango aceptable". Mi cerebro se apagó por las vacaciones, perdonen, tardé en despertarlo, el pobrecito merecía descansar después de todo. Para no entretenerlos mucho no les dejaré una larga nota, sólo les agradeceré por su infinita paciencia, valen su peso en oro.
Reviews:
Lhya1998, AmyCat45, Yani Anderson, Monroe21, Yaelinuyasha, Nieve Taisho, LovesInu, Mizuki09, Forever MK NH, marilole.
GRACIAS POR SUS HERMOSAS PALABRAS. Lamento no dejarles mensajes personales, pero ando algo cansada y no merecen respuestas rápidas y escuetas. Quiero agradecerles de corazón porque sus mensajes tan honestos me inspiran siempre a escribirles los mejores capítulos posibles. Además, me alegra que en general les haya gustado mucho que agregara poemas en las cartas, que les dejara suspirando por el romance fue definitivamente la mejor reacción que pude provocarles.
Aprovecho para agradecer también los favoritos y alertas, que de repente aparecieron para este fic. Todos los ánimos que me manden son valiosos y hermosos para mí.
Sin más que decir ¡a leer!
Capítulo 10
Reino del Oeste, Palacio de los Vientos
"Lo que siento por ti no es amistad, voy por ti y esto va en serio. Una declaración de amor.
Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos.
Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible.
Mi táctica es quedarme en tu recuerdo, no sé cómo ni sé con qué pretexto, pero quedarme en vos.
Mi táctica es ser franco y saber que sos franca y que no nos vendamos simulacros, para que entre los dos no haya telón ni abismos.
Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple.
Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites."
Todas las noches, antes de dormir, Inuyasha releía el poema que le mandó a Kagome. Tuvo la precaución de reescribir una copia para él –aunque francamente, pensaba que sólo se torturaba a sí mismo– y revisaba a detalle qué errores cometió en dicha carta. Algunas noches se iba a la cama deduciendo que fue demasiado directo, otras, que pudo ser más romántico, algunas noches incluso se recriminaba que no debió escribirle nada y que todo eso era un rotundo error. Pero en las mañanas, cuando el sol iluminaba el cielo y llenaba a todos de optimismo, volvía a pensar que haber sido honesto con Kagome fue la mejor decisión. Sólo quedaba esperar.
Y esperó, seis días y siete noches esperó; cada día con un poco menos de paciencia, cada noche con más ansiedad, las prácticas con la espada se volvían más violentas y prestaba menos atención a los comentarios de Miroku. Su madre lo veía distraído, pero Izayoi le sonreía como si entendiera qué le pasaba. Los sirvientes murmuraban y a veces escuchaba lo que decían, pero intentaba ignorarlos, no le interesaba saber de sus apuestas. La mañana del séptimo día bajó a desayunar con semblante serio, que inmediatamente se volvió tenso al ver al mayordomo acomodar la nueva correspondencia en la charola dorada y llevársela ante él.
—¿De dónde es?—inquirió con un nudo en la garganta.
El mayordomo esbozó una mediana sonrisa, tenía sus años de experiencia, pero era más sutil que todos los demás sirvientes.
—Es del Palacio de Shikon, su alteza.—respondió en tono sereno—Del Reino del Norte, como bien sabe.
—Gracias.
Sujetó el sobre y miró el remitente, la elegante letra de Kagome tenía escritos el nombre y dirección, además, estaba el inconfundible sello de la Casa Higurashi.
—Buenos días hijo—Izayoi venía bajando las escaleras cuando se encontró a su hijo—¿Todo en orden?
Volteó a verla y le besó la mejilla, murmurando un "desde luego" que su madre no creyó, pero Izayoi no preguntó más. Ya después indagaría el asunto cuando las aguas se calmaran. Inuyasha guardó la carta en su chaqueta y acompañó a su madre en el desayuno, siguiéndola de forma superficial en una plática vacía, cuando los platos se levantaron le besó otra vez la mejilla a modo de despedida y se fue hacia el corredor exterior.
Su idea original era llegar al gimnasio y continuar con su día como si nada hubiera pasado, leyendo la respuesta hasta en la noche, pero su corazón se contrajo y su estómago se revolvía a cada paso, eso sería imposible. Dio la vuelta y corrió a su alcoba, cerrándola con llave, no quería a nadie cerca. Estaba tan nervioso que un sudor frío nació de su frente.
Al final, como si de una estocada se tratara, rasgó el sobre y sacó la carta. Era un cuadro de papel, minúsculo y sin doblar, que tenía cuatro palabras bellamente escritas. Kagome le respondió una nota pequeña, pero muy concisa:
"Yo ya te necesito"
El príncipe contuvo el aliento, luego suspiró, sonrió, y al final rio con auténtica alegría. Ya no había lugar a dudas: el joven príncipe Inuyasha Taisho estaba enamorado, y lo mejor de todo era que le correspondían.
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Palacio de Shikon, Reino del Norte
Durante el otoño, la correspondencia entre Inuyasha y Kagome fue abundante. A veces uno que otro poema acompañaba las cartas, pero mayormente los príncipes hablaban de sus vidas y de su reciente relación. No se declararon novios formalmente, de eso hablarían después en persona, pero las cartas estaban llenas de optimismo, de anécdotas y de planes futuros. Eran las típicas cartas que dos enamorados suelen escribirse (acaso menos cursis, porque Inuyasha no era dado a ese tipo de demostraciones y Kagome no quería presionarlo).
Pero realmente esas demostraciones no faltaban, las cartas eran por sí mismas muy cariñosas y los dos estaban muy emocionados como para precipitarse. Con la agudeza que los príncipes se ven forzados a desarrollar en la corte, sabían que debían ser muy cuidadosos con su imagen, cualquier cosa que les comprometiera en lo más mínimo podía dejarlos mal parados.
Dejando esos pensamientos de lado, la verdad era que estaban muy emocionados. Hasta Miroku y Sango intercambiaron correspondencia comentando lo felices que se veían sus amigos. Como los jóvenes estaban contentos y emocionados, contagiaban esa alegría en los demás, de repente el Palacio de Shikon y el Palacio de los Vientos rebozaban de alegría juvenil.
—Últimamente cantas todo el tiempo—dijo Sango con sonrisa pícara—¿A qué se debe, eh?
—¡Sí, Kagome! ¡Andas más feliz de lo normal—Shippo saltaba alrededor de su prima demandando atención—¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué es?
—No es nada, Shippo—repuso sonrojada—Absolutamente nada.
—Nadie te cree.
—Chitón—le siseó a su amiga.
No fue suficiente para colmar la curiosidad de Shippo, que siguió molestando a Kagome siguiéndola por todos los corredores media hora más, cuando la niñera le habló y le mandó a hacer sus deberes. Lejos de disfrutar su respiro, Kagome quedó a solas con Sango, que tenía esa mirada en los ojos llena de obstinación.
—Imagino que cierto príncipe tiene mucho que ver con tu buen humor—le dijo.—¿Han avanzado las cosas entre ustedes dos?
Sango sabía que sí, pero quería que su amiga terminara de confirmarlo. A final de cuentas eran muchachas jóvenes que gustaban de relajarse y cuchichear de vez en cuando.
—Vamos Sango, ni que fuéramos unas niñas—rezongó, todavía algo insegura—Esos temas ya no son relevantes.
—Dejarán de serlo cuando no te pongas a saltar en tu alcoba al recibir una carta de Inuyasha.
Sonrojada hasta las orejas, Kagome balbuceo unas cosas incoherentes mientras Sango la seguía analizando con su mirada.
—No sé de qué me hablas—fingió demencia, sin éxito.
—A mí no puedes engañarme, no sé exactamente qué tengan tú e Inuyasha en mente, pero me imagino que es algo bueno.
—¿Cómo estás tan segura?
—Veamos: estás de buen humor, todo el tiempo, sonríes, cantas cuando crees que nadie te escucha, das pequeños saltitos cuando te encierras en tu cuarto a leer la correspondencia y tienes mirada soñadora muy seguido.
Kagome tragó duro ¿tan transparente era, o su mejor amiga la conocía de fondo?
—No es nada serio—susurró.
—¿De verdad?—alzó una ceja incrédula—Bien, si no quieres decírmelo, tus razones tendrás ¿de qué servimos las mejores amigas, eh?
—¡Estas chantajeándome!
—Claro que no, ¿de dónde sacas esas ideas?
—Bien, te digo, pero no le cuentes a nadie—Kagome miró a su alrededor, había un grupo pequeño de sirvientes cerca limpiando las cortinas—Aquí no.
Tomó la mano de su amiga y caminaron juntas hacia la habitación de la princesa. Los sirvientes en el Palacio de Shikon no eran tan chismosos como en el Palacio de los Vientos, pero valía la pena prevenir.
—Inuyasha… prácticamente se me declaró—admitió sonrojada, ya a solas en la privacidad de su recámara.
—¿Declaró?
—Sí, técnicamente.
—No hay medias tintas en eso ¿lo hizo, o no?
—Sí.
Kagome suspiró, pero Sango estaba tan emocionada que dio un salto, la princesa inmediatamente la contuvo para que no hiciera ruido, lo que menos deseaba era seguir llamando la atención.
—¿Qué no son buenas noticias?—inquirió Sango confundida—Pensé que te gustaba.
—Sí, son buenas noticias pero… tu sabes lo de nuestro compromiso.
—¿Qué tiene eso de malo?
—No quiero que papá (ni nadie) nos obligue a acelerar las cosas. Por el momento solamente estamos felices ¿sabes? Ni siquiera hemos hablado del futuro. Temo que si alguien se interponga, las cosas se arruinen.
—En términos simples: quieres que, si las cosas no funcionan, puedan romper el acuerdo sin que nada los comprometa.
—Bueno—ella se encogió un poco—Diciéndolo así suena algo cobarde ¿no?
—Más que cobarde, diría precavido.
La princesa se dejó caer sobre su cama, la enorme falda abultada se alzó tan bruscamente que sintió un tirón en la cintura, donde estaba amarrado el miriñaque, Sango sonrió, conteniendo la risa al ver así a su amiga, pensaba aún en lo que Kagome le había confesado, algo que ella misma sospechaba, pero le aliviaba mucho confirmarlo.
Kagome se removió en la cama, intentando acomodarle el miriñaque, pero no pudo ¿por qué rayos estaba vestida de gala si era tan temprano en la tarde? desesperada se puso de pie y se llevó las manos a la cintura, desamarrando el miriñaque para quitárselo. La estructura de aros metálicos forrada en suave algodón cayó al suelo, y la abultada falda se amontonó a sus pies en grandes centímetros de tela arrugada. Pudo entonces recostarse en la cama, viendo hacia el techo en calma.
—¿Qué es lo que te preocupa?—preguntó Sango, sentándose a su lado y pasando suavemente una mano sobre sus cabellos despeinados.
—Es como cuando las cosas van tan bien, que tienes un fuerte presentimiento de que las cosas saldrán mal.
—Tú nunca has sido así de pesimista.
—No he sido muchas cosas hasta ahora ¿oh no?—dijo con sarcasmo.
Preocupada por el tono melancólico en su voz, Sango le puso la mano en la frente y le miró a los ojos.
—Kagome, enserio ¿qué va mal?
La princesa no pudo soportar la honesta mirada, llena de auténtico interés, que provenía de su amiga. Se sentó a su lado y, sacando la perla de Shikon de su corsé, le enseñó el resplandor mágico de la joya mientras le narraba con lujo de detalles todo lo que sabía de ella. Le contó, además, la situación de la anciana Kaede, de sus abuelos, y los sueños y presentimientos que tenía ella, dándole pistas confusas sobre los peligros que se avecinaban. Sango estaba impresionada ¿cómo es que su amiga había soportado guardar silencio ante tantas angustias? Aunque una parte de su mente estaba paralizada intentando asimilar el grueso de información recibida, el resto de su ser se convencía de que ayudaría a Kagome sin importar qué. La princesa ya no soportaría esa carga sola.
No terminaban aún de hablar cuando una criada tocó a la puerta, le dijeron que se marchara, pero la suave voz de la mujer les dijo, a través de la puerta, que la corte estaba llegando al salón y el rey se preguntaba en dónde estaban.
—¡La corte!—Kagome se puso de pie en un salto, viendo al miriñaque en el suelo ¡por eso se había vestido tan formal, había una reunión especial de la corte y el consejo esa tarde!—No puede ser, no puede ser… —corrió hacia el espejo para verse de pies a cabeza, tenía la falda arrugada y caída, el corsé desapretado y el peinado desecho—¡Papá va a matarme!
—Nada de eso—la voz de Sango era firme y conciliadora al mismo tiempo, estuvo a su lado en un parpadeo—Yo te ayudo, date la vuelta.
Ágilmente le quitó el corsé y desabrochó la larguísima falda, dejó ambas prendas sobre la cama y sacó del armario un vestido más sencillo, de color verde olivo bordado en dorado con detalles cafés. Realzaba bien el cabello azabache de Kagome y combinaba con el clima fresco del otoño. Kagome se dejó hacer mientras su amiga le colocaba el hermoso vestido, que no necesitaba ni corsé ni miriñaque, sólo una enagua de algodón cómoda y práctica. El escote ovalado revelaba parte de la cadena que sujetaba a la perla de Shikon, así que Sango sacó del armario un grueso collar de oro y cuentas coloridas, que realzaba el delgado cuello de la princesa.
Kagome sólo veía su transformación en el espejo, perpleja de que su amiga estuviera terminando de arreglarla en tiempo récord. Vio que Sango estaba muy bien vestida: su vestido de color rosado claro, con detalles negros, se le veía de maravilla. En ningún momento de su vida, Kagome sintió tanta gratitud hacia su amiga como en ese momento, cuando la ayudaba a vestirse después de escucharla, sin juzgarla, siendo tan incondicional como de costumbre.
—¿A qué esperan, señoritas?—Miss Dokima entró a la habitación justo cuando Sango terminaba de peinarla—¡Vamos! La corte está casi completa y ustedes no pueden faltar.
—Si ya vamos…
—Un momento—dijo Kagome, abriendo su cajón de joyas y rebuscando entre los cofres de madera—Sólo un momento…
La mirada firme de Miss Dokima no dejaba lugar a dudas: estaba molesta de que las dos se hubieran demorado tanto. Pero a pesar de sentir la potente mirada de reproche de la institutriz, Kagome rebuscó hasta sacar un cofre pequeño, que contenía un bello collar de cadena de oro gruesa con un broche de zafiro.
—Ten, Sango—se lo tendió y, como presentía, le sentaba de maravilla con el vestido—Gracias, por ser tan buena amiga el día de hoy.
La condesa asintió sus ojos llenarse de lágrimas, no dijo nada mientras su amiga le colocaba el collar, luego le inclinó a su oído y dijo:
—No estás sola en esto.
—¡Señoritas!
Ambas amigas se miraron a los ojos, sellando el pacto: estaban más unidas aún que antes.
Fueron escoltadas por una molesta Miss Dokima hacia el salón, pero nada podría ponerlas de mal humor esa tarde.
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La corte era, en muchas ocasiones, francamente odiosa. Sango llegó a su casa en la noche, sólo después de asegurarse de que Kagome estaba bien. Las reuniones con esos nobles fueron desgastantes aquella tarde, porque todos los altos nobles sabían que una guerra era posible y la tensión agitaba de tal modo el ambiente que por cualquier comentario se creaban grandes discusiones. Casi toda la tarde, el rey y Kagome estuvieron de intermediarios evitando las discusiones entre los duques y marqueses, Sango estaba tan fastidiada de sus gritos que de buena gana los hubiera regañado como niños pequeños, pero claro, el protocolo lo impedía.
"Dichoso protocolo, sólo sirve para dificultarnos la vida" pensaba Sango, respirando con alivio en la comodidad de su alcoba.
Despidió a las doncellas, no quería a nadie cerca, y ella sola se quitó el vestido de gala que siempre se le hacía pesado y estorboso de usar. Lo arrinconó en la esquina, sin importarle que se arrugada, y se sentó en el diván para quitarse los zapatos de tacón bajo. Lo último en quitarse fue el collar de oro con zafiro que le dio Kagome esa tarde, siendo una joya real, supuso que debería regresarlo, pero de eso hablarían después. Esa noche se limitó a ponerlo en su cofre de objetos más queridos –con los broches de su difunta madre y el primer collar que le regaló su padre– asegurándose así de que estuviera seguro.
Ya sin enaguas, corsés, corpiños ni prenda alguna, la condesa vio en el espejo su desnudo cuerpo, iluminado sólo por la tenue luz de las velas ¿por qué una mujer debía ponerse esas capas y capas de tela adornada para verse hermosas? Ella pensaba que su cuerpo esbelto era más lindo que cualquiera de esos vestidos. Se encogió de hombros, la moda era una de esas cosas que no entendía ni le interesaba entender, se puso la pijama y una bata encima, luego salió por el corredor.
Llegó en poco tiempo a la habitación de Kohaku, como lo esperaba, su hermano no estaba aún dormido. El joven tenía ya 13 años, pero su cuerpo no aparentaba tener más de once años. Aunque ya era mucho más sano que en su infancia, las constantes enfermedades en sus primeros años de vida menguaron mucho su desarrollo. Todos se daban cuenta de eso y, al ser el menor de la familia Fukugawa, ni el conde ni sus hijos deseaban exponerlo mucho.
Esa situación hacia que Kohaku, a sus 13 años, no supiera de pelear más que lo estrictamente básico, y fuera literalmente el consentido, en todo lo bueno y malo que eso implicaba. Así como estaba alejado de la vida militar de su familia, estaba apartado de la vida cortesana, lo único que Kohaku sabía de bailes y de reuniones con nobles era lo que le contaba su hermana mayor, porque el Conde Fukugawa le tenía estrictamente prohibido acudir a ese tipo de ceremonias.
Era evidente para todos que Kohaku vivía en una especie de burbuja, construida por su padre y vigilada por sus hermanos mayores, siendo Sango su única ventana al mundo exterior. El muchacho estaba fastidiado de ese modo de vida, pero ¿qué más le quedaba? Era joven para rebelarse a su padre y, con la timidez típica de una persona que ha sido protegida toda su vida, no atinaba a saber cómo convencer a su padre de hacerle cambiar de parecer.
—¿Qué tal estuvo la reunión, hermana?—preguntó Kohaku cuando vio a Sango llegar, ella le sonrió y se sentó frente a él.
—Muy aburrida—dijo—No te perdiste de nada.
Ella siempre hacía sonar al mundo exterior como algo menos maravilloso para no hacerle sentir más desdichado, pero pocas veces funcionaba.
—Aún así, hubiera sido interesante ir.
—Sólo discutieron entre ellos, te digo, esos hombres son muy orgullosos.
—¿Papá y nuestros hermanos fueron?
—Sólo papá—repuso—Ni Kaori ni Kiten se aparecieron.
Kaori y Kinten, sus hermanos mayores, se habían casado y hacían vida familiar en la parte este del palacio, donde tenían algo más de privacidad. Aún no tenían hijos, así que ni Sango ni Kohaku tenían sobrinos que mimar, pero vaya que los esperaban. Ninguno de ellos era particularmente adepto a la política y, si Sango no fuera amiga de Kagome, ella tampoco lo sería.
—Al menos ellos tienen la opción ¿no?
—Cuando crezcas también la tendrás—dijo ella en tono conciliador—Papá no me dejó ir a esos eventos hasta que tuve 15 años.
—Hermana, sabes que a si a ti te dejó ir a los 15 años, a mí me dejara ir hasta que cumpla 20.
—No exageres.
—No lo hago, papá me tiene prácticamente encerrado.
—¿Encerrado? ¡estuviste en el Palacio de Shikon esta mañana, jugando con Shippo! No estás encerrado.
—No lo entiendes, hermana—suspiró con resignación—Nadie puede entenderlo.
Ella sí lo comprendía, más de lo que le dejaba saber, pero Sango sabía por qué su padre lo trataba así. Todos en realidad lo sabían.
—Te dejaré entonces descansar—colocó una mano sobre su frente, Kohaku cerró los ojos y se dio la vuelta, alejándose de su toque—Buenas noches.
—Buenas noches—dijo hosco.
Ella salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.
Intentaba, de verdad que intentaba, no tomarse personal esos arranques de necedad de su hermano, pero a veces la dejaban herida. Sin querer pensar de más, Sango regresó a su alcoba y prendió una veladora para sentarse en el escritorio. En una hoja en blanco escribió palabras clave: perla de Shikon, leyenda de la sacerdotisa Midoriko, ancestros Higurashi… cosas que después indagaría por su cuenta en la nutrida biblioteca de su padre.
Ya más calmada, dejó esa hoja de lado y preparó más tinta, respiró hondo, aclarando su mente y corazón, después empezó a redactar con delicada caligrafía una carta honesta y directa, que considerando la personalidad de la condesa, bien podría ser una entrada de un diario personal.
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Estimado Duque
Aprecio mucho sus amables palabras, le confirmo que mi familia se encuentra espléndidamente y eso incluye a mi hermano menor (con el único detalle de que Kohaku, como cualquier joven, está algo sensible).
En materia de mi queridísima amiga la princesa, puedo confirmarte que ella se encuentra muy contenta. Nuestras sospechas sobre su relación con el príncipe fueron ciertas. Espero que, por su parte, pueda comprobar que el príncipe también responda de forma correcta estos sentimientos. Le recuerdo que nunca perdonaré a nadie que haga el menor daño a mi querida amiga.
Abusaré de su confianza confesándole que, en estos momentos, tengo el ánimo un poco perturbado. La princesa Kagome me confesó inquietudes que tiene y que me dejaron inquieta también, nada de lo cual está relacionado al príncipe. Además, mi hermano menor Kohaku resiente cada vez más las normas protectoras de mi padre, y eso lo vuelve desgraciado, en consecuencia, yo misma estoy confundida ¿realmente estaremos haciendo lo correcto? Con los aires de cambio que se respiran acá en el norte, quizá sea lo mejor que mi hermano empezara a independizarse.
La principal causa de mi perturbación es que, en ambos escenarios, mi participación es muy escasa. No puedo intervenir mucho en la manera que mi padre desea educar a mi hermano, a fin de cuentas es su hijo, y está fuera de discusión la limitante que tengo con respecto a la princesa Kagome (aunque sea yo una condesa, hay cosas en que la nobleza no puede hacer nada, y queda todo a cargo de la familia real) tratándose de dos personas que estimo demasiado, me llena de ansiedad no ser capaz de ayudarlos como quisiera.
No espero que entienda completamente mis tribulaciones, porque usted debe tener las suyas. Sólo escribo esto para hacerle saber de mi verdadero estado mental y emocional, además, muy en el fondo, espero que sus atinadas palabras puedan conciliarme. A pesar de las diferencias que podamos tener, su amistad es siempre un bálsamo reconfortante para mí, y espero que lo sepa bien.
Espero que estas inquietudes revelen pronto la forma en que deberán solucionarse. Le mando mis más sincero agradecimiento y aprecio, así como mis mejores deseos a sus familiares.
Atentamente, condesa Sango Fukugawa.
Miroku dobló la carta con una expresión pensativa, esperó unos minutos para preparar la tinta y escribir así la respuesta, escribió más de veinte minutos, en los cuales la tinta se secó rápidamente y pudo sellar el sobre para que fuera mandado a la mayor prontitud al Reino del Norte.
Se puso de pie y caminó fuera de su alcoba, hacia un balcón cercano donde gustaba sentarse a meditar. En esa ocasión no estaba en el Palacio de los Vientos, estaba en su hogar, en el territorio de los duques Miyamoto. Miroku pasaba mucho tiempo con el príncipe, pero de vez en cuando tenía que regresar a gestionar que todo anduviera en orden en su palacio y en sus tierras.
Aunque casi nunca hablaba de ello, Miroku era huérfano, su madre murió dándole a luz y su padre de una enfermedad desconocida por todos los médicos del reino, cuando era muy niño. Tenía amenos recuerdos con él, pero cada vez más borrosos. Creció bajos los cariñosos cuidados de Sir Mushin, uno de los mejores amigos de su padre, que si bien fue atento con él era ya un señor algo mayor y descuidado en los aspectos morales, pegándole una que otra maña.
Aún así, su vida podía considerarse amena. Contaba con Sir Mushin, sirvientes muy leales, una riqueza incuantificable dignamente heredada, juventud, salud y amistades. Las ocasionales desventuras no conseguían mermar su optimismo, y en el fondo, Miroku era feliz.
Su felicidad creció cuando ese otoño supo por su amigo Inuyasha que al fin estaba confesando sus sentimientos a la princesa Kagome. Llevaba mucho tiempo conociéndolos, y eran el uno para el otro, le gustaba imaginar que desde ese momento y en adelante los dos príncipes serían felices, siempre y cuando siguieran siendo honestos entre sí.
Pero lo que más le interesaba era esa correspondencia nutrida con la condesa Sango… en días como esos, cuando la condesa le escribía tan abiertamente de sus sentimientos, una parte de su mente le permitía fantasear con el futuro y llegaba sin querer a la misma pregunta: ¿acaso las cosas se acomodarían también para él?
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Palacio de los Vientos, Reino del Oeste
El sonido de las espadas chocando entre sí hacía eco en todo el gimnasio, un pequeño grupo de jóvenes estaba en la esquina contemplando la pelea con asombro. Por un lado, el general Totosai sostenía un arma y la blandía con la naturalidad que posee un veterano, en el otro, el príncipe Inuyasha peleaba con ahínco y la agilidad propia de la juventud. Ambos hacían un despliegue de técnica impresionante, todos los novatos y algunos ya más veteranos contemplaban la pelea impresionados.
Sabían que el príncipe Inuyasha tenía fama de buen espadachín, pero eso era impresionante, la forma en que se movía y le daba cara al general salía de toda comprensión. Y es que recientemente, desde que tenía una correspondencia especial con cierta princesa, Inuyasha se sentía más inspirado, fuerte y enérgico que nunca. Como solía pasar cuando dos espadachines habilidosos peleaban, la contienda fue extendiéndose y después de diez minutos de intensa batalla, Inuyasha consiguió desarmar a Totosai.
Nadie había vencido al anciano Totosai en años, ni siquiera el difunto rey Inu-no Taisho. Cuando la espada del anciano general rebotó en el suelo, Inuyasha solamente enfundó su arma y sonrió.
—Más de diez años me tomó, pero parece que al fin soy bueno—dijo.
—Ha mejorado impresionantemente, alteza—expresó Totosai—Mis más sinceras felicitaciones.
El grupo de observadores vitoreo mientras Inuyasha y Totosai salían del gimnasio, para la tarde en la corte se hablaría de esa batalla, pero por ahora, el príncipe solo deseaba un buen baño.
—No muchos pueden presumir de haberme vencido en combate, muchacho, así que enorgullécete.—dijo Totosai.
—Créeme que estoy contento.
—Es gratificante, más considerando que está usando esa vieja espada. Dígame ¿no ha usado aún la herencia de su padre, colmillo de acero, en entrenamientos?
Inuyasha endureció de repente su mandíbula, mientras Totosai miraba con interés. Tardó mucho en responder, pero ese tiempo el anciano caminó más despacio, dándole a entender que no le molestaba esperar.
—No—dijo al fin—No he usado esa vieja espada.
—¿Si sabe usted que es un arma legendaria, y que es uno de los recuerdos más valiosos de los Taisho?
—Sí, sí, mamá siempre me lo repite. Pero es una espada vieja y oxidada ¿cómo quieres que la use en el combate?
—Quizá si su alteza fuere más abierto a la posibilidad de…
—No es algo que quiera discutir—le cortó tajantemente—Iré a darme un baño. Nos vemos después.
Se fue por el pasillo a pasos rápidos, sabiendo que el anciano estaba algo cansado como para intentar seguirle. Totosai se quedó de pie, frunciendo los labios, físicamente el príncipe había avanzado mucho, pero espiritualmente seguía dejando mucho de qué hablar.
—A veces me pregunto si será cierto que éste muchacho es el príncipe que mencionas, viejo Myoga—dijo, sabiendo que el susodicho estaba escondido atrás de una cortina.
—¡Bien lo sabes, bien lo sabes!—respondió enérgicamente, saliendo del escondite—¡Tú mismo te has dado cuenta! es la primera persona en vencerte en siglos, Totosai.
—Sí, pero ni siquiera se ha percatado del verdadero poder de la espada.
—No le reprendas, tampoco hemos hecho gran cosa para que aprenda de su verdadera naturaleza ¿cierto?
—Pues no sé qué más hacer. Le he enseñado todo cuanto sé en artes marciales y tú en historia. La buena reina le ha enseñado todo lo que una persona educada y honorable debe conocer. Aún así…
—Olvidas que es joven y terco. Tenle más paciencia.
—¿Paciencia? ¿cómo me pides eso, cuando bien sabes que el mal está tan cerca?—dijo enfadado—Las nubes negras cada vez se acercan más y si el príncipe no reacciona como debe entonces…
—Pero Totosai, estás olvidando que no toda la responsabilidad es de él. Después de todo, el sello no puede ser roto por ningún Taisho.
El anciano general suspiró en frustración, porque su amigo tenía toda la razón. No podía echarle toda la culpa a Inuyasha, aunque eso hubiera sido reconfortante para sus nervios cada vez más tensos. Myoga veía a su amigo con una mueca analizadora, de repente, Totosai caminó a paso rápido por el pasillo contrario bajando los escalones que encontró, Myoga le siguió sin decir nada, quería saber a dónde se dirigía.
Llegaron al cuarto especial donde estaban guardadas las cosas del difunto Inu-no Taisho. Se supone que nadie debía entrar ahí, pero se deslizaron al interior cuidando no ser vistos, y una vez dentro, Totosai sacó de su caja especial a Colmillo de Acero.
La desenvainó, contemplando bajo la luz diurna el metal deteriorado y medio oxidado que formaba la hoja del sable. La empuñadora de cuero raído y el pomo de oro viejo completaban el retrato de una espada tan vieja como su persona, y es que Totosai había perdido la cuenta de los siglos que habían pasado desde que forjó esa poderosa arma para uno de sus más queridos y respetados amigos.
Pero todo el poder de esa espada, así como buena parte de sus habilidades y las del viejo Myoga, estaban selladas por los poderosos conjuros que aquella mujer les puso tantos siglos atrás. Conjuros destinados a protegerlos –al menos en teoría– y que, en palabras de aquella mujer, serían retirados cuando el tiempo lo decretara prudente. Pero ahí estaban, a poco o nada de que la oscuridad los embistiera en un ataque potente y fuerte, sin nada con lo cual defenderse. El sello no mostraba signo alguno de deterioro, y sin la espada ¿cómo podría el joven príncipe proteger su linaje?
Guardó la espada en la negra funda y la dejó en donde debía estar, Myoga vio la desesperación contenida en los ojos de Totosai, pero no dijo nada, esperando a que él hablara.
—Sólo espero que las cosas no se compliquen innecesariamente, amigo mío—expuso.
No respondió, pues sinceramente ¿qué podía decirle?
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—Pareces muy contento, hijo mío—dijo la reina Izayoi, encontrándose con Inuyasha en los jardines este—Ha llegado hasta mis oídos la noticia de que derrotaste al general Totosai. Nadie que conozca lo ha hecho.
—Lo sé, me costó mucho, pero al final pude hacerlo—exclamó él orgulloso.
El amor y orgullo en los ojos de Izayoi era imposible de retratar o de describir, pero Inuyasha guardó lo mejor que pudo esa imagen en su mente.
—Felicidades, hijo mío. Ya he mandado hacer tus postres favoritos para esta noche.
—No era necesario.
—Quería hacerlo—le dijo—Aunque en el fondo, sé que no es tu única felicidad.
Inuyasha se sonrojó, porque sabía que no podía ocultarle nada a su madre. Izayoi se acercó a él, no dijo nada, dándole tiempo a su hijo de que acomodara sus ideas en su mente para hablar.
—Madre…dentro de poco serán las fiestas por mi cumpleaños 21.—dijo Inuyasha—Sé que se invitarán a grandes personajes y… en general, serán eventos importantes.
—Lo sé, todavía estoy haciendo los preparativos.
—¿Me dejarías ser yo quien invite a Kagome?
—Ella y su padre ya están contemplados. Incluso pensé en la condesa Sango.
—Sí, ellos también. Pero ¿puedo invitar yo a Kagome?
—Si eso deseas está bien—repuso serena—¿Pero por qué deseas hacerlo tú?
—Porque… quisiera llevarla como mi pareja.
Izayoi no dijo nada, aunque por dentro gritaba de emoción.
—Ella es tu prometida, hijo.
—Sí, pero quiero llevarla como pareja más… ¿tú me entiendes, verdad madre?—preguntó Inuyasha—Claro, si ella lo acepta.
—Considerando la nutrida correspondencia que han tenido, supongo que si aceptará.
Madre e hijo se dedicaron una sincera sonrisa, luego, la reina dio un paso adelante y abrazó a su hijo. Era ahora más alto que ella, y podía reposar su cabeza en su hombro ¿en qué momento su hijito pasó a convertirse en un hombre?
—Te lo dejo a ti, entonces—se separó de él, aún sonriéndole—Iré adelantándome al comedor, te veo más tarde.
Inuyasha vio a su madre alejarse, mientras pensaba en lo que acababa de decir. Estaba dando verdaderos pasos agigantados ¡y eso que él y Kagome aún no hablaban abiertamente, frente a frente, de sus sentimientos! Pero… ¿qué más declaraciones quería, si sus poemas habían sido muy obvios? Estaba exagerando ¿no?
Se fue a su alcoba a escribir otra carta, necesitaba urgentemente que Kagome le respondiera aquella invitación.
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Reino del Valle
El Reino del Valle era muy grande, como su nombre indicaba, casi todo su territorio consistía en praderas anchas y fértiles, abundantes de ríos y de climas templados que creaban una agricultura y ganadería perfecta. Era un reino muy rico y de tradiciones bastante antiguas.
Las leyendas decían que hace siglos, un poderoso General llegó al Valle, donde tuvo un hijo al cual nombró Taisho y él se volvió rey. La familia Taisho era, entonces, bastante celosa con su linaje, lo consideraban el más puro porque podían rastrearlo muchos siglos atrás. Como suele pasar con esas familias antiguas, la verdad se confundía con la ficción, pero a nadie le importaba, porque los Taisho eran reales, vivían en el espléndido Palacio Blanco y reinaban un territorio rico lleno de personas orgullosas.
En vida, el rey Inu-no Taisho fue bastante respetado y apreciado. Su nombre derivaba del General Perro, que según la leyenda, era el ancestro común de toda la familia real. Con su esposa Irasue tuvo un hijo, Sesshomaru, y la familia real fue ejemplo de dignidad por muchos años. La triste muerte de la reina Irasue por causas naturales dejó al rey y al príncipe profundamente perturbados, pero continuaron con sus vidas, al menos en lo que pudieron.
Sesshomaru recordaba bien esos días de su infancia, su padre era amable y noble, un maestro severo y un rey justo. Su madre era delicada y tranquila, de miradas largas y silenciosas, que le enseñaba con dulzura el arte de la perfección. Creció en un ambiente de amor severo y de tradiciones rígidas, fomentadas por sus padres y terminadas por la larga lista de instructores, maestros y cortesanos.
La innegable importancia del linaje hizo que Sesshomaru, desde joven, se maravillara por la perfección de su árbol genealógico. Su madre Irasue era prima tercera de su padre, hija de un primo hermano de otro primo del abuelo paterno. Aunque había una considerable distancia parental, seguía siendo la misma línea, de ahí que toda la familia real tuviera ese cabello platinado y brillante, ojos ámbar casi dorados y finas facciones. Eran los rasgos de un Taisho.
Sintió mucho la muerte de su madre, pero tras los funerales, se dedicó a intentar olvidar. No ganaría nada si lloraba por los rincones la ausencia de una persona que jamás regresaría. Pero Inu-no no tuvo esa misma reacción, con desconcierto, Sesshomaru vio que su padre se aislaba y extrañaba todo el tiempo a su difunta esposa. Era una actitud curiosa y en cierta forma, ajena.
En su cumpleaños 16, con el fin de animar a la decaída corte, se hizo una fiesta grande a donde se invitaron a todos los reyes y príncipes aliados de la región. Sesshomaru estuvo al lado de su padre recibiendo a los invitados con las discretas sonrisas de cordialidad que exige el protocolo. No conocía a muchos y tampoco le interesaba conocerlos, aún quedaba tiempo para que debiera ocuparse en gobernar, o al menos eso creyó.
En ese mismo baile, conoció al rey Takahari Higurashi y a su esposa Saori, eran una pareja bastante afín y que se veía muy feliz, más de los que dos reyes suelen verse aún en eventos públicos. Inu-no los escoltó personalmente, pues los Higurashi eran una familia muy poderosa y, como ellos, de las pocas que poseían un linaje excepcional y antiguo. Sesshomaru veía en los Higurashi a personas de abolengo, honestas y dignas, a su criterio, eran de los pocos que realmente merecían gobernar.
Pero al escoltar a los reyes Higurashi, Inu-no conoció a una amiga de la reina Saori, la recientemente coronada reina Izayoi Tenno, una joven hermosa de cabello negro liso, piel blanca como la luna y profundos ojos castaños. Desde su posición, al otro lado del salón, Sesshomaru vio a la joven reina y la vio hermosa, pensó que muchos soberanos y príncipes esas noche intentarían cortejarla.
Jamás imaginó que sería su propio padre el que la hiciera su esposa.
Fue una noticia escandalosa en la corte del Reino del Valle, la difunta reina Irasue había muerto hace cinco años, así que el luto no era un problema. Pero ¿dónde quedaba el honor y la pureza del rey si tomaba a una nueva y joven reina por esposa? muchos lo interpretaban como si el monarca fuera una especie de "rabo verde". Era una reina extranjera, comprometida con su gente ¿cómo podría ella mudarse al Reino del Valle y pretender ser una Taisho en la corte, intentar siquiera tomar el lugar de la difunta reina Irasue? La tradición ordenaba a los reyes desposarse una vez y, en caso de enviudar, rendirle honores al occiso consorte toda la vida.
Inu-no estaba rompiendo muchas tradiciones, leyes no escritas pero consideradas sagradas en el imaginario de la obtusa corte hipócrita. Estaba casándose con una extranjera, cuando el puro linaje Taisho debía mantenerse bajo matrimonios concertados. Estaba faltando a la memoria de su difunta esposa Irasue, casándose en segundas nupcias. Y pretendía que una reina extranjera fuera la nueva reina del Valle.
—Si lo que el rey quiere es compañía de una mujer joven, hay una enorme lista de doncellas que pueden contentarlo en las noches y desaparecer en la mañana—decían los nobles—Pero ¿casarse con esa reina joven? ¡es una afrenta a nuestra difunta reina!
—Ninguna mujer, ni siquiera una reina, debe aceptar trato semejante—decían las esposas de los nobles—Ser la segunda esposa siempre es denigrante.
Sesshomaru escuchaba todo a sus 16 años, y aunque intentaba estar del lado de su padre, la vanidad y el ego desmedido de los adolescentes se lo impidió.
Pero la cosa se puso aún peor cuando, viendo que la corte trataría mal a Izayoi, y que ella ocupaba estar en el Reino del Oeste como su monarca, Inu-no tomó una drástica decisión: demitir el cargo hacia su hijo, y marcharse con su nueva esposa.
Entonces se habló de que el rey había preferido a una mujer sobre su reino, y que era mejor olvidarlo y borrar su nombre en la lista de soberanos. Hubieran hecho eso, de no ser porque Sesshomaru era joven para tomar la corona, así pues, Inu-no seguía siendo el rey de facto, aunque su hijo fuera quien gobernara como regente.
Desde la sala del trono del Palacio Blanco, Sesshomaru veía por los ventanales las praderas de su reino. en silencio, extrañaba a su padre, pero no admitía nunca en voz alta por temor a ser juzgado débil. Inu-no le mandaba cartas constantemente, pero él nunca respondía, estaba enfadado y guardaba un verdadero rencor hacia él. Es que Sesshomaru, aún joven, pensaba y sentía que su padre le había abandonado.
Ese sentimiento empeoró bastante cuando, poco después, se supo que la reina Izayoi había dado a luz a un hijo. Un bebé Taisho. La corte quedó dividida, ese niño no podía tener derecho alguno sobre el Reino del Valle al ser hijo de una extranjera, pero, al mismo tiempo era el medio hermano de Sesshomaru, hijo de Inu-no, un rey "traidor" pero al final de cuentas, un Taisho. Desconcertados, los nobles no supieron nunca qué postura tomar, y Sesshomaru simplemente lo desconoció, si su padre era más feliz con esa segunda familia, con esa nueva esposa y con ese nuevo hijo, entonces ese no era ya su padre ni ese hijo su hermano.
Para Sesshomaru, su padre lo dejó para hacerse una nueva familia, como si él no hubiera sido suficientemente buen hijo y debiera tener otro. Eran las inseguridades de todo joven llevadas al máximo por el dañino chismorreo de la corte y la ausencia de sus padres, que no podían encaminarlo de la forma adecuada. Con los años pasando, ese odio sólo seguía creciendo.
Pero nunca se esperó que su padre muriera tan pronto, en su imaginario, Sesshomaru pensó que se enfrentaría a él algún día, pero en vez de eso, su padre falleció. Fue enterrado, desde luego, en el Palacio Blanco, con todos sus ancestros Taisho, pero las ceremonias fueron muy tristes porque nadie sabía cómo reaccionar ante la muerte del "rey traidor".
Sesshomaru fue coronado rey absoluto, pero su ira no terminó ahí, descubrió con horror que antes de morir su padre le dejó una gran cantidad de títulos a su segundo hijo Inuyasha. Lo peor era que no podía romper ese testamento ni nulificarlo, porque tenía el sello real ¡maldita sea! Era como si su tortura nunca fuese a terminar, todos conocerían eternamente su humillación.
Todo ese odio y vergüenza que sentía los sacaba de su sistema cuando Inuyasha, al ser algo mayor, empezó sus visitas al Reino del Valle. Aún recordaba al sonriente niño que llegó, absurdamente parecido a su padre –si no se pareciera tanto a Inu-no, quizá Sesshomaru no lo hubiera odiado tanto– ansioso de aprender y de hacer amistades. Casi sintió pena por él cuando aquél niño animado regresó a casa completamente cabizbajo, entendiendo que no era querido en esa corte.
Sabía que muchos lo llamarían cruel, pero eso no le importaba, a sus ojos Inuyasha era un bastardo. Y muchos en la corte lo respaldaban. No importaba que estuviera comprometido con la princesa Higurashi –¿por qué habían desgraciado de esa forma a la muchacha? Su hermoso linaje podría quedar destrozado si se casaba con su medio-hermano, en silencio esperaba que ese acuerdo se rompiera para que los Higurashi consiguieran un acuerdo mejor– Inuyasha nunca sería considerado digno en el Reino del Valle, por nadie, y menos por Sesshomaru.
Seguramente hubiera seguido así toda la vida, con odio acumulado en su interior, siendo frívolo, arrogante y testarudo, como todo el resto de su corte, condenado a una vida vacía. Pero la vida, siendo al mismo tiempo graciosa y justa, le dio el mejor castigo y recompensa: toda su redención empezó cuando conoció, en los jardines exteriores, a una doncella de nombre Rin.
Nota.-El poema al inicio el mismo de Mario Benedetti que puse en el capítulo anterior.
¿Qué les pareció? ¿les gustó? Hay algo más de Sango y de Miroku, esa pareja no creo desarrollarla tanto, al menos no al nivel de Inu/Kag, pero quiero darles sus lindos momentos después.
¿Prestaron atención a la conversación entre Totosai y Myoga? si no lo hicieron, les recomiendo releerla. De ahí partirán cosas importantes para después.
Y, desde luego, profundicé más las cosas desde el lado de Sesshomaru. Él tendrá un rol más central en el próximo episodio, ya verán porque, nos acercamos al clímax muchachos... ¿les ha gustado? ojalá que sí.
Mil gracias por leer ¡besos y abrazos!
