Capítulo 9

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Hace 25 años

La luz del atardecer llenaba la torre norte de colores dorados mientras la suave brisa fría barría inexistentes hojas de las piedras del suelo.

James cerró la puerta a su espalda y recorrió el lugar con la mirada. Nunca había estado en esa especie de terraza. Demasiado alta y demasiado recóndita. Perfecta, ahora que lo pensaba.

Y, aparentemente, vacía. Sólo que él sabía que estaban allí.

La túnica negra que tenía el escudo de la casa Gryffindor bordado en el pecho se mecía sobre sus zapatos, que necesitaban una mano de betún, mientras que su pelo, tan rebelde como siempre, indicaba tantas direcciones como era posible. Apretando con fuerza bajo su brazo el paquete que había sacado de su baúl unos minutos antes, caminó con decisión hacia la izquierda. Llegó a la almena y miró con atención hacia la engañosa unión de ésta con la pared. Desde la puerta parecía que dicha unión existía. Ahora que se paraba allí, podía ver que eso no era cierto.

Bordeó el costado del muro por un estrecho pasillo que lo llevó directo hasta las paredes y techo de un cuarto que emergía del suelo y se apoyaba contra la pared, como si se tratara de un enorme escalón o un cuarto para enanos.

Sobre el techo, sentados de cara al sol poniente, con tazas de chocolate caliente apoyadas sobre sus rodillas dobladas, Mathew y Evelyn miraban hacia el patio en donde varios estudiantes descansaban de sus clases.

- ¿Qué te parece si intentamos levantar esa piedra grande que está allá? – Mathew señaló hacia un punto, en la linde del bosque.

- Pues la verdad, preferiría si practicáramos levantando a Narcissa Black y dejándola caer en la mitad del lago – dijo Evelyn, con un brillo maquiavélico en la mirada.

Mathew levantó una ceja.

- ¿Black?

- No te hagas el desentendido, Mathew Whitherspoon – le recriminó Evelyn. – Sé perfectamente bien lo que te dijo la otra mañana, cuando yo estaba en el hospital. – Mathew fue a decir algo, pero la chica levantó un dedo. – No te molestes en negarlo. ¿Estamos conectados, recuerdas? Y puedes estar seguro que si no mantiene sus sucios colmillos de víbora ponzoñosa lejos de ti, no me conformaré con hacerla levitar hasta el medio del lago. La enviaré allí de una sola patada en ese trasero caído que tiene.

Mathew la miró por un segundo y luego estalló en carcajadas.

Aprovechando la pausa en la conversación. James salió de detrás de la pared.

- Así que aquí es dónde suelen esconderse ustedes dos – dijo, contemplando el paisaje a lo lejos, frío por la brisa y dorado por el sol. - No me extraña que jamás los hayan descubierto.

Los dos jóvenes lo miraron con algo de sobresalto. Habían estado tan concentrados intentando dominar esa nueva habilidad de poder hacer magia sin varita cuando estaban los dos juntos, que no escucharon la puerta ni sus pasos.

- ¿Cómo nos encontraste? – preguntó Mathew, intentando que su voz sonara casual.

James se giró y contempló a la pareja que había sido el centro de todo comentario en Hogwarts desde que el día anterior Harold Whitherspoon anunciara en el periódico que él había pactado ese bargaine con Tadheus Bright, un día antes de que éste falleciera.

Levantó su mano derecha, mostrándole lo que aferraba.

- Tengo mis métodos.

Evelyn miró el pergamino que el chico sostenía en la mano y luego desvió sus ojos hacia Mathew, frunciendo el ceño.

- ¿No que tu brillante plan aseguraba que no iban a lograr hacer el mapa?

Mathew sonrió de lado.

- Yo sólo dije que mi plan los retrasaría, no que los detendría – estiró la mano hacia James - ¿Puedo verlo?

James pareció dudar un momento y luego se lo entregó.

Los dos jóvenes contemplaron con gran atención a Hogwarts, visto en el pergamino como una serie de líneas y pequeñas figuras que se movían.

- Este sitio no está en el dibujo – dijo Evelyn.

- Te dije que no todo estaba aquí – respondió Mathew.

- Te vi caminar en el mapa hasta la entrada de este lugar y luego desapareciste – aclaró James. – Supuse que, ya que tú me ayudaste a dibujarlo, seguro que habías olvidado agregar uno o dos lugares. Por razones obvias – agregó, mirando a Evelyn con fijeza.

- Bien, mira el lado positivo – Mathew le devolvió el mapa. – Al menos no te lo estoy confiscando.

Un silencio algo denso cayó sobre el lugar, mientras James guardaba su mapa dentro de su túnica y miraba a Mathew por un momento.

No había hablado con su primo desde que regresó a Hogwarts hacía tres noches. Por supuesto, había leído en el periódico El Profeta la declaración que su tío Harold había hecho acerca del bargaine. Y aunque sabía que podía ser cierta, algo le decía que no era verdad.

Sin embargo, lo que definitivamente era verdad era el matrimonio entre los dos Premios Anuales de Hogwarts. Eso y que ninguno de los dos parecía dispuesto a dar demasiadas explicaciones acerca de los como, cuándo y por qué.

- ¿Y bien? – dijo Mathew.

James le devolvió la mirada, algo desafiante.

- ¿Y bien qué?

- ¿Por qué me has seguido? ¿Hay algo que tengas que decirme o esto es sólo una repentina necesidad de pasar tiempo conmigo?

James apretó las mandíbulas y frunció el ceño.

- No te vengo a ver a ti – dijo con dureza. Se volvió hacia su nueva prima política. – La buscaba a ella.

Evelyn le devolvió la mirada con calma muy bien fingida. Había estado temiendo ese momento. Aún cuando la opinión del resto del mundo no le importaba, sabía lo importante que era para Mathew la reacción de James.

Ya bastante malo era que Arthur todavía no le hubiera escrito.

- ¿Qué puedo hacer por ti, Potter?

- Vine a devolverte esto – respondió el muchacho, tendiéndole el paquete que tenía bajo el brazo. Hizo una pausa y agregó: – Y a agradecerte que me salvaras la vida la otra noche.

Evelyn miró los brillantes ojos celestes del muchacho, quien evidentemente había hecho un gran esfuerzo para tragarse su orgullo e ir a hablarle. Al fin y al cabo, nadie olvida tantos años de desprecio de la noche a la mañana. Pero al menos, debía reconocer que lo estaba intentando.

Inclinó la cabeza y le sonrió, mientras tomaba el paquete que le tendía.

- De nada.

James se metió las manos en los bolsillos y la miró desatar el lazo con que había sostenido el papel. La capa invisible y el sweater negro que había sacado del armario en la casa de Tadheus Bright aparecieron a la vista.

Mathew no dijo nada. Conocía bien a su primo y sabía que se moría por hacerles un millón de preguntas, pero el orgullo hacía que se mordiera la lengua. Era mejor si lo dejaba tomar la iniciativa.

James se quedó allí un momento, en silencio, como si quisiera marcharse pero no se decidiera a irse. Hasta que finalmente el orgullo perdió y se apoyó contra el techo en el que su primo y Evelyn estaban sentados.

- Es una capa estupenda.

Mathew sonrió. Evelyn también. Sólo que por razones distintas.

- Era de mi tío – los ojos de la chica parecían dos soles extraños con la luz de esa hora. O eso sintió James cuando lo miró. – Al igual que el sweater.

- ¿Y dónde está él? – preguntó James.

- Murió – respondió Evelyn en voz queda.

James abrió los ojos algo asombrado. Sabía que su madre estaba muerta, había visto lo que pasó con sus abuelos. Y ahora, su tío. La verdad que la idea de estar emparentado con esa chica no le entusiasmaba demasiado.

- Lo siento – dijo incómodo.

Por un momento Evelyn se quedó callada, acariciando levemente la tela de la capa.

- Pasó hace mucho tiempo – levantó un hombro, como si estuviera intentando restarle importancia a la historia. – Estoy segura de que le hubiera gustado saber que su amada capa sirvió para protegerlos a ti y a Evans.

Otro silencio cayó en el lugar, a medida que el sol se iba preparando para desaparecer.

Mathew permanecía callado, esperando. Evelyn se quedó como perdida en sus recuerdos. Y James pareció decidir que ya que estaba allí, y no lo habían echado, bien podía preguntar algunas cosas más.

- ¿Puedo preguntarte algo?

Ella lo miró por un largo rato antes de hacer una mueca que no llegó a sonrisa.

- ¿Quieres saber por qué les corté la cabeza, verdad?

James parpadeó, pero asintió.

- Bueno, supongo que fue porque Angelus los podría haber engendrado – un escalofrío le recorrió al recordar al vampiro. - Es decir, estuve pensando en eso y recuerdo haber visto las marcas en el cuello de ambos, pero… no se volvieron ceniza ni se prendieron fuego ni… nada.

Podía ver que la joven apretaba la taza con fuerza en su mano, mientras cerraba el puño apresando la capa. Mathew, por otro lado, se había quedado muy quieto, como si estuviera listo para reaccionar ante lo que fuere que pudiera suceder. Y James se preguntó si no acababa de meter la pata de manera mayúscula.

- Escucha… lo siento – se apresuró a decir. – Yo… bueno, supongo que no tengo derecho a venir e interrogarte sobre algo que pude ver que fue doloroso. No tienes por qué responder.

La presión de la mano sobre la taza disminuyó y ella tomó aire, cerrando los ojos.

- Está bien – dijo quedo. – No te disculpes. Al fin y al cabo, tuviste que verlo. Yo… supongo que esperaba que tú también me preguntaras sobre eso.

- ¿Alguien más te preguntó? – dijo extrañado, para responderse a sí mismo un segundo después. - ¡Ah! Evans.

Evelyn asintió. Se tomó un momento y, como si hubiera logrado controlar lo que fuere que estuviera intentado controlar, tomó aire y dejó la taza a un costado.

- Como ya sabes, soy la Cazadora – el muchacho asintió, sin interrumpirla. – Bien, te diré algo. Ser la cazadora puede resultar fabuloso. Tengo mejores reflejos que ningún humano. Soy extremadamente fuerte. Puedo recuperarme de heridas como la que me hizo ese vampiro con muchísima rapidez. Jamás me enfermo. Y soy muy veloz.

Se interrumpió y Mathew tomó la mano que ella había dejado a un costado de la taza, apretándosela con cuidado.

Ella lo miró un momento antes de regresar sus ojos hacia James, que esperaba expectante.

- Pero el ser la Cazadora hace que uno tenga muchas reglas que seguir. Hay mucho que estudiar. Mucho que practicar. Técnicas de combate que aprender y libros sobre demonios que leer. Hay que tener disciplina y saber que la mayor parte de esas cosas que todo adolescente, mago o muggle, considera un derecho, como divertirse o incluso tener amigos, te serán vedadas. Porque sólo hay una y no es algo que puedas elegir dejar de ser – apretó los labios y volvió a tomar aire. – Sin embargo, de todas las reglas que uno aprende, hay una que sobresale por encima de todas las demás. Y es que la misión, siempre está primero.

James frunció el ceño, algo confundido.

- ¿La misión?

- La misión – repitió Evelyn. – El ser una Cazadora es una misión, un deber, una obligación, un destino o como quieras llamarlo. Una cazadora es la Cazadora siempre. No importa el momento ni el lugar. Ni… las personas. Debes hacer lo que tienes que hacer cuando lo tienes que hacer. Matar vampiros es mi tarea. Pero evitar que un vampiro se levante como tal de su tumba es también parte de esa tarea.

James podía ver por el rabillo del ojo que la mano de Mathew estaba blanca allí donde los dedos de la joven se cerraban con fuerza, pero su primo se mantenía silencioso, aunque él estaba seguro que un apretón como ese debía estar doliéndole.

- Y por eso hiciste eso... porque iban a despertarse como vampiros – comentó el muchacho, como si estuviera constatando una idea.

Había un mundo de tristeza en esos ojos color de oro al mirarlo.

- Ellos no iban a despertarse como vampiros – murmuró con infinito dolor en su voz – Pero yo no podía saberlo en ese momento.

De repente, James se percató de todo el panorama y la miró, espantado.

- ¿Estás diciendo que les cortaste la cabeza y… no era… necesario?

La sonrisa de Evelyn podría haberlo hecho llorar.

- A veces lo más difícil de todo es simplemente tomar la decisión de hacer lo que tienes que hacer.

James no supo qué contestar. No podía siquiera imaginar lo que significaría para él tener que pararse delante de sus abuelos y, sabiendo que tal vez no era necesario, decidirse a hacer semejante cosa.

Y la enormidad de la fortaleza de esa chica lo golpeó, haciéndolo sentir un imbécil. Recordó todas las veces que la había insultado, todas las oportunidades en que había intentado, incluso, hechizarla. Por no contar aquel día, la primavera anterior, en que le dijo, delante de todo el colegio, que debería morir para limpiar esa escuela.

Y el saber que había dicho eso sólo porque Mathew había impedido que se siguiera mofando de Quejicus hizo que se sintiera más estúpido todavía.

Avergonzado de su accionar, bajó la cabeza, incapaz de mirarla de frente.

- Lamento mucho tu pérdida, Bright - murmuró, metiéndose las manos en los bolsillos. – Yo... ni siquiera puedo imaginar lo que debiste sentir.

Se quedó allí parado, inmóvil. Y un momento después, escuchó el suave roce de alguien deslizándose hacia donde él estaba parado.

La delgada mano de Evelyn se posó en su hombro y presionó con suavidad. Cuando levantó la vista, ella le sonrió con tristeza.

- Quiero que te quedes con esto – le dijo, colocando la capa en su mano.

James frunció el ceño, sorprendido.

El suave tacto de la prenda se sentía como agua.

Había acariciado esa capa sentado en su cama, deseando tener algún día una así. Era mejor que la de Mathew, y él siempre había querido una como la de su primo.

Pero el recuerdo de su comportamiento pasado hizo que se sonrojara violentamente e intentara devolvérsela.

- No puedo aceptarla – dijo, aturdido, tendiéndosela.– Yo… he sido un imbécil contigo. Te he insultado y he dicho cosas horribles de ti, sin conocerte.

- Enfrentémoslo. Tú no me conoces y yo no te conozco, – respondió la chica, negándose a tomarla – pero ahora seremos… parientes. Y por lo que Mathew me ha notificado, tendrás que soportarme dentro de unas semanas, para Navidad – dirigió una fugaz mirada hacia Mathew, quien levantó las cejas en gesto decidido. – Digamos que este será mi primer regalo navideño para ti, Potter.

- Pero… - desesperado, se debatió entre la alegría de recibir semejante regalo y la certeza de saber que no debía aceptarlo – era de tu tío. Tú deberías tenerla.

- Es demasiado larga para mí – dijo Evelyn. – Y estoy segura de que mi tío habría estado orgulloso de que alguien valiente tuviese su capa. Por no contar conque ese alguien fuese algo… trasgresor.

James, que no podía dejar de mirar la capa en sus manos, hizo un esfuerzo por levantar la vista.

–Gracias. Esta capa es… fabulosa. Yo… no sé qué decir.

- Sólo prométeme que jamás vas a usarla para espiarme y me daré por satisfecha – dijo la chica mirándolo con fijeza.

James asintió, alelado.

- Lo prometo – dijo con solemnidad

- Bien – Evelyn sonrió apenas y se volvió hacia Mathew. – Dumbledore me está esperando.

- Te veré después – respondió el muchacho, que permanecía en el mismo sitio, contemplando el intercambio entre su primo y la chica.

Evelyn saludó a James con la cabeza y se alejó, dejando a los dos muchachos solos.

Por un largo rato se quedaron en silencio, uno mirando la capa que tenía en la mano, el otro contemplando los últimos rayos de un sol que ya casi no se veía.

Cuando la luz se volvió mortecina, James trepó al techo y se sentó en donde Evelyn había estado un momento antes.

- ¿Cómo murió su tío?

Mathew clavó sus ojos verdes en James y lo miró con calma.

- Cuando Evelyn tenía cinco años, Voldemort las secuestró a ella y su madre en la calle – comenzó. – Torturó y mató a su madre delante de ella. Y luego la mantuvo prisionera – James lo escuchaba en horrorizado silencio. – Él no es su padre pero está convencido de lo contrario. Y su plan era criarla para que fuese parte de su gran plan de dominación.

- ¿Y qué pasó? – preguntó James, ganando su curiosidad a su espanto.

- El tío de Evelyn logró encontrarla. Pero justo cuando estaba por largarse con ella, Voldemort apareció y le lanzó el maleficio Avada Kedavra – hizo una pausa y luego continuó. – Cayó muerto junto a Evelyn. Y entonces, ella vio el traslador que acababa de conjurar tirado a centímetros de sus dedos. Así es que lo tomó del brazo y asió el traslador. Aterrizó en la estancia de la casa de sus abuelos, aferrada al cadáver de su tío.

- Por eso dijo que su abuelo la odiaba – susurró el muchacho, sin poder creer semejante historia.

Mathew asintió, en silencio.

Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Entonces, James respiró hondo y contempló las primeras estrellas.

- Entonces… estás casado – comentó.

Mathew volvió a asentir.

- Y esa historia que tío Harry dijo al periódico, ¿es mentira?

- Sí.

James asintió repetidas veces con su cabeza, en un gesto de aceptación de los hechos. Y encogiendo las piernas, se acomodó mejor.

- Comienza por el principio, viejo. Quiero la historia completa.

Mathew sonrió.



Residencia Granger

Londres

En la actualidad

Hermione enroscó distraída un mechón de su cabello mientras leía concentrada el libro apoyado en sus rodillas. La sensual voz del cantante de U2 llegada desde su equipo de música y resonaba en el fondo de su mente, diciéndole que estaba atascada en un momento.

Había decidido invertir la mañana del domingo en releer algunos de sus viejos libros en donde se mencionaba a Angelus. El que hubiera todo un capítulo dedicado a este vampiro en su copia de "Ascenso y Caída de las Artes Tenebrosas" ya era suficientemente preocupante. Los detalles del capítulo eran definitivamente atemorizantes.

Se mordió el labio y dio vuelta la página cuando el timbre de la entrada resonó con fuerza. Miró el reloj que estaba en uno de los pocos lugares de la pared que no se encontraba cubierto con libros. Era casi medio día. Arrugó el ceño, preocupada. No esperaban a nadie a almorzar ese día.

Escuchó que su padre hablaba con alguien en la puerta y luego le llegó el inevitable llamado.

- ¡Hermione! ¡Baja, tenemos visitas!

Suspirando, marcó la página y dejó el libro sobre el acolchado antes de salir descalza del cuarto. Llevaba uno de esos vestidos que solía ponerse en los veranos, sin magas y bastante corto, cuyo algodón estaba muy desgastado debido a la cantidad de veces que lo había lavado, lo que lo volvía ideal para soportar el calor húmedo de Londres en verano.

Cuando llegó a la escalera escuchó la inconfundible voz de Arthur Weasley en la sala, saludando a su madre. Se detuvo un momento y frunció el ceño, preocupada. Tal vez estaba allí para cumplir con el encargo de Dumbledore de llevarla a Grimauld Place, tal y como decía la carta de Ron que llegó la noche anterior.

Cuadrando los hombros, comenzó a bajar los escalones, dispuesta a rebatir cualquier argumento que el padre de su mejor amigo esgrimiera para convencerla. Lo que no esperaba era que el argumento fuera su mejor amigo.

El largo cabello rojo de Ron rebotó hacia un costado cuando él giró la cabeza al escuchar sus pasos en la escalera. Y una enorme y cálida sonrisa apareció en su rostro al verla allí parada, estática por la sorpresa de encontrarlo en el hall de entrada de su casa.

- Hola, Hermione – la saludó.

Hermione descendió los pocos escalones que le faltaba bajar con rapidez y, poniéndose en puntas de pie para poder alcanzar su cuello, lo abrazó.

- ¡Ron! – exclamó.

Ron se quedó tieso por un momento, pero sus brazos se recuperaron antes que su cerebro y se cerraron alrededor de la cintura de Hermione, apretándola con cuidado contra su cuerpo.

Hermione lo abrazó con fuerza por un instante, sintiendo que de alguna manera, regresaba a un lugar que conocía. Un lugar en donde no tenía que ocultar quién era o lo que podía hacer. Donde no tenía que decir mentiras sobre por qué le dolía respirar o tenía pesadillas. Donde Ron era parte de sus días, como la tarea, los hechizos y las pociones.

Tras un momento, se dio cuenta que se había lanzado sobre el muchacho como si ella fuese una sedienta perdida en el desierto y él fuera el oasis largamente buscado, por lo que se apartó, avergonzada e incómoda.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó, intentando que su voz sonara casual, alisándose el pelo y el vestido, todo a la vez.

Ron, que estaba totalmente colorado, abrió y cerró la boca un par de veces antes de carraspear.

- Yo… convencí a mi padre de dejarme venir con él – señaló con la cabeza hacia la sala, en donde Arthur Weasley estaba intercambiando frases con sus padres. – Le dije que me necesitaba si quería lograr llevarte con él.

Hermione lo miró con los ojos entrecerrados.

- Esa sí que es una presunción petulante de tu parte.

- Pero fue un argumento excelente para lograr salir de esa casa por un rato – le sonrió de lado, con picardía, recuperado de su momentáneo embarazo por el abrazo. – Además, de todos modos, quería verte.

Había un mundo de calidez en los ojos color cobalto y Hermione sintió esa rara sensación que le corría por el estómago cuando él sonreía así.

- Yo también me alegro de verte, Ron – dijo. Contempló las ojeras y las líneas de cansancio alrededor de la boca. – Te ves cansado.

Ron se encogió de hombros.

- Tú no pareces haber estado muy mal – replicó, mirando sus morenas piernas y sus pies descalzos.

Una incómoda sensación la invadió al recordar cómo estaba vestida. Y delante de quién. No es que Ron fuera alguien con quien no tuviera confianza, pero de repente tuvo la estúpida necesidad de correr escaleras arriba y ponerse algo más presentable.

El silencio que se había instalado entre los dos, mientras Ron todavía la miraba con esa calma que la estaba poniendo nerviosa, fue interrumpida por el alegre saludo del señor Weasley.

- ¡Hola, Hermione! ¿Cómo estás?

Hermione le sonrió, contenta de verle y olvidando por un momento cuál era la misión de ese hombre ese día, allí en su casa.

- Muy bien, señor Weasley. Me alegra verlo – dio un paso hacia atrás, aumentando la distancia con Ron de manera inconsciente.

- ¿Y tú cuánto has crecido, Ron? – preguntó su madre, mirando al pelirrojo muchacho con admiración. – Juraría que al menos cinco centímetros, desde que te vi en la estación de King Cross. ¿Con qué alimentan a este chico, Arthur?

- Deberás preguntarle a Molly. Esa es su área de conocimiento – dijo el señor Weasley, con una sonrisa de orgullo.

- Lo haré. Me parece que a Hermione le vendría bien algo de ese ingrediente secreto de Molly – sonrió su madre.

Hermione quiso estirar una vez más su vestido, el cual no hacía nada por ocultar el peso que había perdido ese verano. Gran parte de su apetito parecía haberse esfumado una vez que le dieron el alta en la enfermería de Hogwarts luego del incidente en el ministerio. Y no había regresado hasta el momento.

- Mamá – murmuró molesta.

Su padre, viendo que se avecinaba otra de esas interminables trifulcas que habían sacudido la paz hogareña ese verano, se apresuró a intervenir.

- Arthur, Ron, tomen asiento. No teníamos idea de que vendrían hoy.

El señor Weasley dejó de mirar lo que había a su alrededor y se sentó en el sofá.

- Lamento haber venido sin avisar, pero hay algo que necesito charlar con ustedes dos y pensé que era mejor hacerlo en persona.

- ¿Ha ocurrido algo grave? – preguntó el señor Granger, sentándose junto a su esposa en el otro sofá, frente a Arthur Weasley.

Hermione se tensó y Ron, que seguía de pie, pasó su vista desde su padre a ella, algo nervioso.

Aún cuando los padres del Hermione leían el periódico El Profeta, al cual estaban suscriptos, no sabían todo lo ocurrido en el ministerio de la Magia el ciclo lectivo anterior. De haberlo sabido, tal vez no habrían permitido que ella regresara al colegio. Por ello, la joven les había contado que sus heridas fueron producto de un accidente que ella y sus amigos provocaron al experimentar con algunos hechizos, tratando de prepararse para los exámenes de las OWLs.

- ¡No, no! Todo está bien – dijo el señor Weasley, alisando sus pantalones muggles. – Es sólo que, como ustedes saben, estos dos últimos años que les quedan a Hermione y Ron en Hogwarts son los más difíciles y decisivos. En base a su desempeño en estos dos años se decidirá su futuro laboral y, cuanto mejor lo hagan, mejores serán sus posibilidades.

Los padres de Hermione se relajaron visiblemente, pero ella frunció el ceño y se cruzó de brazos.

- ¿Y deseabas que acordáramos la manera de que Hermione y Ron puedan comenzar a preparase para este año que comienza? – preguntó la señora Granger.

- En realidad, señora Granger –dijo Ron dando un paso adelante - yo quería pedirles que le permitan venir a ayudarme a mí. Verán, no soy muy bueno con el estudio. Me cuesta un poco organizarme y… bueno, Hermione siempre ha sido la que se encargó de planificar horarios y esas cosas. Harry y yo sabemos que nunca habríamos pasado los exámenes tan bien si no fuera por su ayuda.

Hermione lo miró con los ojos muy abiertos. ¿Ron le estaba mintiendo a su madre?

El muchacho ni siquiera la estaba mirando y tenía las orejas bastante coloradas, signo inequívoco de que mentía. Al menos para ella, que lo conocía bien. Su madre, por otro lado, seguramente estaba pensando que era un signo de vergüenza por confesar que era mal estudiante.

¡Dios! ¡Ella hubiera jurado que hasta se enorgullecía de ser mal estudiante! Le daba un buen motivo para hacerla enfurecer al menos una vez al día.

- ¿Y tú vas a empezar a estudiar ahora, Ron? – preguntó el señor Granger, impresionado. – Yo a tu edad, no hubiera tocado un libro en plenas vacaciones ni loco.

- Sí, bueno, yo… tampoco, – murmuró Ron, un poco más nervioso todavía – Pero no tengo más remedio. Debo aumentar mis créditos si quiero ingresar a la academia de aurores al egresar de Hogwarts. Y para eso, necesito que Hermione me ayude.

- ¿Y Harry también va a estudiar con ustedes este verano? – preguntó su madre, con esa mirada que indicaba que estaba preguntando mucho más de lo que su simple interrogación sugería.

Hermione se puso colorada al darse cuenta de lo que estaba sugiriendo.

"¡Genial, Ron! Dale más ideas de las que ya tiene", pensó, apretando los puños.

- Sí, él también vendrá – dijo Ron, con rapidez. – También quiere ser auror así es que necesita mejorar sus créditos tanto como yo.

- Ah – dijo la señora Granger, por toda respuesta, mientras los miraba con una sonrisa. – Bien, en ese caso, supongo que no hay problema de nuestra parte. Sólo falta ver si Hermione quiere sacrificar su verano para… estudiar.

Hermione apretó los labios. Ron le había tendido la peor trampa de la historia. Si decía que sí, su madre pensaría que ella se iba porque quería pasar tiempo con el muchacho. Si decía que no, quedaría como una pésima amiga ante su padre.

- Claro – dijo, tratando de no rechinar los dientes. – No es lo que tenía planeado, pero si es para ayudarlos, a ti y a Harry – remarcó –, no hay problema.

- Gracias – respondió Ron, sonriéndole, pero aún colorado.

- ¿Y cuándo han pensado ustedes dos comenzar? – preguntó, mirándolo de una manera que los adultos interpretaron como interesada, pero Ron sabía que en realidad estaba prometiéndole una segura represalia.

- Ehh… Harry llegará mañana o pasado – dijo, con toda la inocencia que pudo desplegar pintada en su rostro.

Hermione respiró hondo, entre enojada y preocupada.

- ¿Y qué hay de…? – dejó la frase en el aire, tratando de ver cómo le preguntaba sobre la vigilancia de sus padres sin usar esas palabras.

- ¿El temario? – dijo Ron, interpretando su pregunta inconclusa. – No debes preocuparte por eso. Papá habló con Dumbledore y me envió un plan de estudio… - buscó en el bolsillo de su pantalón y extrajo una carta que tendió a la joven. – Aquí está.

Hermione tomó la carta del director del colegio y la leyó con rapidez.

El mago le explicaba de manera concisa las medidas que iban a tomarse para proteger a sus padres y le pedía que fuera a Grimauld Place con los Weasley. No había mayores detalles, pero era más que obvio que si Dumbledore le estaba pidiendo esto no era por algo menor.

Cuando llegó a la firma del viejo maestro dobló el pergamino y levantó los ojos para encontrarse con los de Ron. Ambos se quedaron en silencio, mirándose. De alguna forma, era como si tuvieran muchas cosas para decirse pero no hiciera falta.

Ron sabía que ella iba a hacerle pagar por no dejarle opción más que acompañarlo. Hermione sabía que, aunque temía por sus padres, si iba a ocurrir algo tan grave como para que Dumbledore pidiera su presencia, habría ido con ellos sin importar la excusa que se inventaran.

- Supongo que querrán que Hermione vaya con ustedes hoy – dijo su madre al señor Weasley, rompiendo el diálogo que los dos adolescentes parecían estar manteniendo.

- Bueno… sería mucho más cómodo, pero puedo venir a buscarla en la semana.

- Por nosotros, está bien. Aunque, ya que están aquí, ¿por qué no se quedan a almorzar? Así Hermione tiene tiempo de armar su equipaje y nosotros charlamos un rato – le sonrió al señor Weasley. – Es una lástima que Molly no haya venido contigo.

- Gracias – accedió el señor Weasley. – Si no es molestia, aceptamos encantados.

- Excelente – dijo el señor Granger, poniéndose de pie. – Arthur, acompáñame. Estaba por prender el fuego para asar carne.

- Yo haré las ensaladas – agregó la señora Granger imitando a su marido. – Hermione, cariño, ¿por qué no vas a empacar?

Hermione asintió y estaba por dirigirse hacia la escalera cuando vio que Ron se había quedado allí de pie, sin saber bien si debía ir con su padre y el señor Granger, u ofrecerle ayuda para empacar.

- Ron, ven conmigo. Puedes empacar mis cosas de la escuela mientras yo me encargo de la ropa.

Las orejas de Ron volvieron a ponerse escarlatas.

- Claro.

Subieron al segundo piso en silencio, ella delante y él detrás.

Hermione abrió la puerta de su cuarto y, haciéndose a un lado, lo dejó pasar antes de cerrar y mirarlo con las manos en las caderas.

- Eso fue bajo y sucio. Puedes estar seguro de que en cuanto lleguemos a Grimauld Place yo voy a… a… - sacudió una mano, tratando de encontrar algo desagradable con qué amenazarlo, pero sin que se le ocurriera nada.

- ¿Tú vas a qué? – preguntó Ron, mirándola desde su altura, plantado en el medio del cuarto con las manos en los bolsillos. - ¿Qué harás?

- ¡Oh, no sé lo que haré! – dijo, enojada. – Pero puedes estar seguro que lo que decida será convenientemente desagradable.

Ron la miró por un segundo, parada delante de la puerta, con los brazos en jarra y echando fuego por los ojos.

- Esperaré ansioso tu decisión – dijo.

Ese brusco giro hizo que Hermione se sintiera, repentinamente, desubicada. ¿Dónde estaba el Ron que respondía a sus peleas con más pelea? ¡Diablos! Ella sabía que todo esto lo había hecho a pedido de su padre, pero… ¿acaso no veía que ella necesitaba pelear con alguien? Y, fuera de eso, ¿desde cuándo su cuarto era tan pequeño? Nunca había sido pequeño. ¡Era un cuarto grande!

- Pues yo que tú no ansiaría tanto, Ronald – dijo, dirigiéndose hacia su baúl y comenzando a tirar de él para sacarlo de debajo de la mesa en donde estaba. – Porque si debo dejar a mis padres solos – otro tirón - para "ayudarte a estudiar", – y otro - puedes estar seguro de que eso es exactamente lo que vamos a hacer.

De repente, unas manos enormes se posaron en sus caderas y se quedó congelada.

- Déjame a mí – dijo Ron, apartándola antes de tomar el baúl por las asas y levantarlo con facilidad -. ¿Dónde quieres que lo ponga?

Hermione se lo quedó mirando por un momento, algo alelada. Ron le devolvió la mirada interrogante, levantado una ceja.

Ella carraspeó y, señalando la cama, murmuró:

- Ponlo allí – y se giró hacia su armario.

¿Qué diablos ocurría con ella? Era… Ron. Sólo Ron.

Más alto, con el pelo más largo y los hombros más grandes. Y sí, está bien, tenía algo distinto emanando de él que la ponía un poquito nerviosa. No sabía qué era, pero de todos modos, era Ron.

Se giró con una pila de túnicas y camisas del colegio y lo vio mirando el aparato de música que reproduciendo el cd de U2. Distraído, se había levantado la manga de la camiseta y se pasaba la mano por las cicatrices de su antebrazo.

La vista de las enormes cicatrices aún muy rojas, que serpenteaban por la piel como un tatuaje candente, hizo que su enojo se desvaneciera. Se quedó con la ropa en la mano, sintiéndose una idiota. Él no estaba allí por gusto, ni por capricho. Y ella no era la única que había sufrido heridas que aún dolían, o que tenía pesadillas que no la dejaban dormir. O que temía por sus seres queridos.

Ron debió sentir que ella lo estaba mirando porque dejó de mover su mano sobre su antebrazo y, al girarse y verla contemplándolo, se puso muy colorado y se apresuró a bajar la delgada tela que le cubría los brazos.

- ¿Esto es una especie de gramófono? – preguntó, intentando distraer su atención. - ¿Como el del profesor Lupin?

Hermione dejó la ropa sobre el escritorio y se acercó al muchacho hasta quedar a centímetros de distancia.

- ¿Puedo… verlas? – preguntó, señalando el brazo que él acababa de cubrir.

Ron la miró por un largo rato, sin decir nada. Finalmente, levantó las mangas de su camiseta y extendió sus brazos. Hermione no había visto las cicatrices antes, pues él todavía estaba vendado cuando se despidieron en la estación de trenes.

Extendió un dedo y, con cuidado, recorrió una de las marcas más grandes y rojas en el brazo derecho, con suma suavidad. La piel del muchacho pareció estremecerse cuando lo tocó.

- ¡Lo siento! – dijo, apartando la mano. - ¿Te duele?

Ron levantó los hombros, sin mirarla.

- A veces – respondió. – Ahora estoy mucho mejor.

Ambos se quedaron callados. Él contemplando sus zapatos. Ella mirándole los brazos.

Luego de un momento, Ron levantó los ojos y los clavó en su rostro, lleno de preocupación.

- ¿Sigues teniendo pesadillas?

Hermione esbozó una sonrisa triste.

- A veces.

Asintiendo en silencio, el muchacho se apoyó en el escritorio, cerrando las manos en el borde de la superficie de madera.

- Yo tampoco duermo muy bien. Tengo… estos sueños. No sé de quién son – dijo bajo – pero no son míos.

Hermione se mordió el labio y, apoyándose junto a él, miró su pequeña mano que descansaba junto a la enorme mano del muchacho.

- Ron… ¿crees que tengamos oportunidad de…? – se interrumpió, sin estar segura de lo que quería preguntarle.

Era como si ese algo distinto en Ron la estuviera impulsando a buscar en él algo que jamás había buscado antes.

Seguridad.

Ron siguió la vista de Hermione hasta sus manos, una junto a la otra.

- ¿De graduarnos? – murmuró.

Hermione respiró hondo antes de levantar los ojos hacia él.

- Sí – dijo. – De graduarnos.

Ron la miró por un momento y le sonrió.

- Sé que tú te graduarás con honores. En cuanto a mí… radico mis esperanzas en que logres hacer un tiempo en tu agenda para ayudarme. Ya me conoces, estudiar no es exactamente mi pasión.

Hermione le devolvió la sonrisa.

- Te anotaré en mi planificador de estudios – dijo. – Y de paso, me anotaré en el tuyo también.

- ¿Antes o después de vengarte por haberte obligado a venir conmigo a Grimauld Place?

- ¿Y quién dijo que esa no será mi venganza?

El sol entraba a raudales por la ventana. Bono cantaba en el aparato de música. Pero Hermione sólo fue consciente de que no había escuchado la risa de Ron en mucho tiempo.

Era una risa fabulosa.