NA: Gracias como siempre NMrsMolko por tu review a mi anterior capítulo. Y un saludo y un agradecimiento muy especial a Aya K por sus maravillosos reviews y su enorme apoyo, que realmente me han estimulado a continuar esta historia.
Cap. 7: En Ipswich está el mal
Había tratado de ser como las demás. Había desafiado a su madre de mil pequeñas maneras, había intentado deshacer el círculo que la rodeaba como a una playa…
Mamá le había dicho sombríamente que debía conservar siempre el recuerdo de ese castigo como una prueba de que su madre sabía, de que tenía razón, de que la única posibilidad de salvación estaba dentro del círculo rojo. Porque la puerta es estrecha, había dicho en el taxi. Al llegar a casa había encerrado a Carrie durante seis horas en el armario.
Stephen King – Carrie
22 de septiembre de 2006, viernes por la mañana. Lawrence, Massachusetts.
Era la hora del servicio religioso en el internado St. Mary's. A las 10, se detenían las clases y, antes del tiempo destinado al descanso, las monjas y las alumnas de todos los grados se reunían para que el sacerdote oficiara una rápida oración de gracias al Señor por aquel nuevo día.
Abigail Mathews permanecía realmente atenta al rezo mientras sus compañeras cuchicheaban o soñaban despiertas. Respondía a las preguntas del culto con verdadera devoción, en vez de ese tono automático que suele esgrimir la gente cuando se aburre en la iglesia. Físicamente era bastante insignificante. No era fea, pero no había nada que llamara la atención en ella, pasaba totalmente desapercibida entre sus alegres y llamativas compañeras. Era bajita y menuda, y su rostro, aunque armónico y de rasgos agradables, era redondo y mostraba una expresión mansa, infantil. Tenía el cabello castaño rojizo recogido en dos trenzas tirantes, no llevaba joya alguna salvo un crucifijo de oro escondido bajo la blusa y ni rastro de maquillaje. Parecía una niña de 13 años que se hubiera colado entre las de último curso. Ella lo sabía, y, probablemente algo avergonzada, se mantenía algo distante del resto y, en lugar de participar en las risitas y cotilleos de turno, prefería concentrarse en la oración.
Tras acabar la ceremonia, vio con sorpresa que una de las hermanas del St. Mary's se dirigía hacia ella.
– Señorita Mathews, vaya al despacho de la madre superiora.
Ésta asintió sumisamente, y sin demora se encaminó hacia donde era requerida.
Al recorrer los últimos pasos que cubrían la distancia hasta el despacho de la madre superiora, Abby se detuvo cuando oyó una voz masculina que conversaba con ésta, una voz que reconocía… sí, era él, era su padre. La sorpresa fue monumental… ¿Qué hacía él ahí? Si el curso acababa de comenzar… En el St. Mary, se había acostumbrado a una vida rutinaria en la que no cabían las sorpresas: estudio – rezo – comidas – sueño, y como distracciones notables las actividades del coro y obras de caridad. Nunca su padre había ido a visitarla al Internado. Durante el curso, todo su contacto con él se reducía a llamadas semanales en las que su padre, más que saludar y preguntar cómo le iban las cosas, lo que hacía era pedirle informes. En tres años él nunca se había presentado allí, y ahora que lo hacía, la muchacha sintió cierto temor. Cuando su padre hacía algo desacostumbrado, malo para ella.
Abby se acercó a la puerta todo lo silenciosamente que pudo para escuchar la conversación entre su padre y la madre superiora. Era consciente de que se la estaba jugando si la descubrían, pero tenía que saber de qué hablaban. Sabía que, lo que fuera que hubiera llevado a su padre a ir al Internado, tenía que ser grave. Si ella había hecho algo malo y la iban a castigar o algo parecido, tenía que estar preparada.
En ese momento, la madre superiora hablaba con ese tono dulce y piadoso que la caracterizaba… y también, por lo que parecía, con una cierta tristeza.
– Padre Mathews, me alegro por usted, pero lo siento mucho por Abby. Nos hubiera encantado que siguiera aquí hasta el final. Es una niña realmente encantadora: estudiosa, obediente, devota… en fin, usted es su padre, no creo que haga falta decírselo.
– Tiene razón… no hace falta que me lo diga… – replicó fríamente su padre, sin mostrar la menor emoción ante aquellos cumplidos – Conozco perfectamente a mi hija. Y, por cierto… ¿por qué no está aquí ya? – añadió, impaciente – Creí que habían enviado a buscarla hace un buen rato.
Abby se alarmó. Temió que alguno de los dos saliera a comprobar por qué ella tardaba tanto y la descubrieran espiándolos, así que enseguida llamó a la puerta. En cuanto oyó que le daban permiso, entró con la actitud más inocente que pudo.
– Buenos días, madre. Euh… hola, papá… – añadió turbada, esperando que se creyeran que la presencia de su padre la acababa de sorprender, y enseguida bajó los ojos. Sólo se le daba bien fingir si no miraba a los ojos de la gente. – ¿Por qué estás aquí, pasa algo? – preguntó, ocultando la ansiedad que sentía por dentro.
Su padre no respondió.
– Siéntate, hija mía… – le exhortó la madre superiora, y en cuanto ella obedeció, continuó. – Tengo noticias que darte, Abigail. Lamentablemente, éste es el último día que pasas con nosotras.
Ella tuvo un escalofrío. Su padre estaba ahí, mirándola con ojos duros.
– ¿Por… por qué?... ¿Es algo que he hecho? Yo no…
– Oh, no, nada de eso, querida. Sólo que tu padre ha venido a buscarte para sacarte del Colegio.
La joven parpadeó desconcertada.
– ¿Sacarme?... Si acabamos de comenzar el curso…
– Se acabó el Saint Mary's, Abigail. Vamos a mudarnos, y tú pronto empezarás en una nueva escuela.
Abby miró a su padre con los ojos como platos... ¿Por qué? Aunque no se atrevió a preguntarlo en voz alta.
– Tal circunstancia obedece a que he cambiado de puesto docente. He obtenido el traslado a una prestigiosa Academia privada donde proporcionan a sus alumnos una magnífica educación secundaria y les abren las puertas a las mejores universidades. Por eso, creo que es más cómodo y sencillo para los dos que vengas conmigo, así podremos estar más cerca como padre e hija. – explicó éste.
Ella se sorprendió al oír eso... ¿Su padre quería tenerla cerca?... ¿desde cuándo? En Cambridge, donde trabajaba su padre como profesor en Harvard, había muy buenos institutos de secundaria, y si su padre hubiera querido tenerla cerca, habría podido matricularla en cualquiera de ellos. Además, no es que su padre hubiera descuidado su educación, pero ella nunca había tenido noticia de que se hubiera preocupado por la universidad a la que iba a ir.
– Tu padre y yo estábamos discutiendo si en realidad estabas de acuerdo con ese traslado. – comentó la madre superiora – Ya le he dicho que no había ningún problema si deseas acabar el curso con nosotras, ya que es el último…
Ella bajó los ojos y pareció reflexionar, aunque no había nada que reflexionar. Con su padre, sólo había una respuesta posible:
– Yo… haré lo que mi padre considere mejor.
Samuel Mathews esbozó una media sonrisa triunfal hacia la madre superiora.
– ¿Ve lo que le decía? – se jactó – Mi hija no es como las otras chicas de ahora, rebeldes y desobedientes. Comprende perfectamente que yo sé lo que le conviene.
– Ya lo veo… – dijo la madre, desconcertada, mientras se asombraba de lo bien educada, o más bien "entrenada", que tenía Mathews a su hija. Sabía que la muchacha era obediente, pero le maravillaba que lo fuera tanto. Había aceptado la imposición de su padre sin cuestionarla siquiera... ni una objeción, ni una queja.
– ¿Cuándo nos vamos? – fue la única pregunta de la muchacha, que aún parecía desbordada por las perspectivas.
– Ahora mismo. Sólo he pasado a recogerte y a cerrar los papeles de tu matrícula aquí para hacer efectivo el traslado a tu nuevo centro de estudio. Tengo el coche preparado para marcharnos cuanto antes, así que ahora te vas derecha a tu habitación y recoges tus cosas.
– ¿Puedo, al menos, despedirme de mis compañeras, y de mis profesoras? – En ese momento estaban en clase, pero si le daba tiempo, tal vez podría…
– No podemos permitirnos perder el tiempo, Abigail… – repuso su padre con severidad – Es un largo camino y se nos hará de noche si te paras a darte abrazos y a lloriquear con tus amiguitas.
Abby no entendía por qué tanta precipitación, y por qué había venido habiendo dado las cosas por hechas, sin consultarle, aunque eso lo había hecho siempre, ya debería estar acostumbrada. Pero se decepcionó al saber que no le iba a dejar ni un minuto para despedirse de quienes dejaba allí.
La madre superiora, viendo la expresión desilusionada de la joven, intentó consolarla:
– No te preocupes, hija mía, yo me despediré de todas por ti.
– ¿Lo hará?... ¡Oh, muchas gracias, es muy amable! – Abby sonrió agradecida.
El rostro de la madre se enterneció. Una niña tan dulce, tan buena... Tal vez su padre, por muy hombre de Dios que fuera, era demasiado duro para alguien como ella.
– Adiós, Abigail. – la abrazó – Has sido una alumna ejemplar, excelente estudiante y muy piadosa. Te vamos a echar de menos.
– Y yo a ustedes… – Eso era verdad, por lo menos en lo que se refería a la madre superiora y al resto de las monjas, que se habían portado muy bien con ella. No tanto en lo que se refería a sus condiscípulas. Aunque su compañera Liz Marrow nunca se hubiese portado mal, sabía perfectamente lo que pensaba de ella: que era una sosa y una simplona, aunque la toleraba como compañera de cuarto porque era fácil convivir con ella. Pero no le guardaba rencor. Seguramente tenía razón.
Una vez en su habitación, empezó a sacar sus escasas pertenencias aparte de su uniforme y sus libros escolares. Algo de ropa de calle (todo lo más simple y funcional posible), algunos libros, varias fotos. Toda su vida cabía en una maleta, lo que era de agradecer en esa circunstancia, porque su padre se impacientaría si tardaba demasiado.
Metiendo ordenadamente sus posesiones en la maleta, sacó de su cajón la foto de su madre, la única que tenía de ella.
Qué guapa era, pensó. Muchos amigos de su padre que también la habían conocido, le decían a menudo que se parecía mucho a ella, aunque ella no se lo creía: ni en sueños podría ser ella tan bonita como lo fue su madre. Agarrando esa foto con fuerza, Abby lamentaba intensamente no haber podido conocerla, porque salvo esa foto y algunas cosas que amigos de su padre le habían contado, no tenía ningún recuerdo de su madre. Ella murió cuando Abby era demasiado pequeña para acordarse, y Mathews nunca le había hablado de ella. Las pocas veces que Abby se había atrevido a preguntarle, él había eludido el tema, enfureciéndose si ella insistía.
Debía haberla querido de veras y haber sufrido tanto con su muerte, pensaba Abby, para rechazar de forma tan sistemática y violenta el hablar siquiera de ella. Por eso ya hacía mucho que ella tampoco preguntaba por su madre.
"Ojalá estuvieras viva", Abby le habló a la foto con melancolía. "Si estuvieras aquí, quizás papá no sería el hombre intolerante y amargado que es ahora. Las cosas serían muy diferentes para todos".
Pero era inútil atormentarse por lo que debía haber sido y nunca fue. Y debía darse prisa, porque ya había perdido bastante tiempo extasiándose con sus reflexiones.
Tras cambiarse el uniforme a unos vaqueros y un jersey de lana y dejar el uniforme pulcramente doblado sobre su cama impecablemente hecha, cerró la maleta y escribió una breve nota de despedida a Liz. No sabía si a ella le importaría recibirla, pero era lo menos que podía hacer.
Era casi mediodía cuando llegó hasta el Volvo azul marino de su padre, quien ya le estaba esperando en el coche. Antes de llegar, vio algo en el asiento trasero que le hizo chillar de júbilo, y dejó caer descuidadamente la maleta para correr hacia el coche y abrir a toda velocidad la puerta trasera, encantada por la agradabilísima sorpresa.
– ¡¡Max!! – exclamó llena de alegría. Hacía mucho que no veía a su querido perro, un Cocker Spaniel de cinco años; estaba prohibido mantener mascotas en el Saint Mary's, y en los tres años que llevaba allí interna sólo había podido verlo durante las vacaciones de verano.
El perrillo, reconociendo la voz de su dueña, saltó en sus brazos con un agudo ladrido, como si la saludara. Abby, plena de felicidad, lo acogió en sus brazos y rió mientras el animal le lamía la cara. Adoraba a su perro y lo pasaba mal cuando estaba en el Saint Mary's separada de él, sabiendo que se quedaba solo en casa de su padre, quien le daba de comer y pagaba a un chico para que lo sacara a pasear, pero que no le mostraba ni un ápice de afecto. En fin, algo bueno tendría el mudarse. Ahora podría hacer todas estas cosas por sí misma y darle a Max todo el cariño que merecía.
– Deja de hacer tonterías con ese animal, Abigail. – La inflexible voz de su padre rompió aquel momento eufórico – Ya nos has retrasado bastante, mete tu maleta y entra de una vez.
Ella se sobresaltó; en su alegría por ver a Max se había olvidado completamente de su padre.
– Sí, papá. Perdona. – se disculpó humildemente, y se apresuró a hacer lo que le habían ordenado.
Una vez en el asiento del copiloto, con el cinturón de seguridad puesto y Max en sus brazos, Abby miró por última vez las paredes y alrededores del Saint Mary's, que habían sido su hogar durante los tres últimos años. No es que hubiera sido especialmente feliz allí ni lamentaba demasiado el no volver a verlo nunca más, pero ya estaba acostumbrada a vivir allí, era algo que podía manejar. Ahora se dirigían a un sitio nuevo, desconocido y quién sabía si peligroso u hostil. Los sitios nuevos y los cambios siempre la asustaban.
Abby dejó a Max acomodarse y adormilarse entre sus brazos y miró de reojo a su padre. Su expresión pétrea no había cambiado ni un ápice en casi una hora que llevaban de camino, no había pronunciado ni media palabra. De hecho, si no hubiera sido por la emisora de noticias que captaba la radio del coche, el silencio allí habría sido sepulcral.
Pasó un largo rato mientras se armaba de valor para interrumpir la concentración de su padre mientras conducía, y preguntarle lo que verdaderamente le interesaba.
– Papá…
Éste siguió sin mirarla, atento a la carretera.
– Dime, Abigail… – respondió sin embargo.
– Aún no sé a dónde vamos... ¿Me lo puedes decir?
Mathews tardó en contestar.
– A Ipswich.
– ¿Ipswich?... – Ella se quedó pensativa – ¿Para qué?... ¿Por qué has pedido el traslado a Ipswich… qué hay allí de especial?
Mathews se quedó callado durante otro largo rato. Abby no insistió, sabiendo lo mucho que le disgustaba a su padre que le preguntaran lo mismo varias veces. Al final, cuando ella pensaba que no le iba a responder, éste contestó:
– El mal, hija. En Ipswich… está el mal.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos, impresionada y realmente desconcertada por la dramática declaración.
– ¿El mal?
– Sí, Abigail… un mal que mi incompetencia dejó existir hace ya años y cuya semilla ha germinado, acabando por echar raíces en ese pueblo como hace siglos las formó en Salem.
La muchacha sacudió la cabeza con incredulidad. No se estaba enterando de nada. No era la primera vez que su padre hablaba de forma tan críptica, pero que usara esos términos para justificarle que ambos lo dejaran todo de un día para otro y se trasladaran a un sitio totalmente desconocido para ellos, ya era el colmo. Pese a todo permaneció callada, mientras su padre añadía:
– Ahora debo redimir mi culpa yendo hacia allí a arrancar esa semilla antes de que origine más sufrimiento, y engendre nuevos brotes de perversidad. Es la expiación por mi pecado de negligencia y mi misión… y también la tuya. Porque tú me ayudarás.
Abby miró hacia la carretera para que su padre no se diera cuenta de la expresión alucinada de su cara. Decir que estaba flipando era poco. Desde niña, había oído calificar a su padre como un fanático, como un exaltado… y no habían faltado quienes sostenían que, simplemente, estaba loco de remate. Aquellas veces, siempre había sentido por él el suficiente cariño como para que le dolieran tales afirmaciones; pero, y a la vista de su comportamiento y las cosas que decía, a veces no podía menos que pensar que tal vez, sólo tal vez, podrían tener razón.
No sería fácil volver a vivir con su padre. No podía decir que no lo quisiera, pero la relación entre ellos distaba mucho de ser como las de padres e hijos normales. Sus sentimientos hacia su padre eran una caótica mezcla de terror, rabia, rencor y, a veces, un amor amargo y desesperado… pero sólo a veces. Sin embargo, no tenía a nadie más en el mundo, estaban solos. Abby realmente había tratado de amar a su padre, intentando pasar por alto todas aquellas cosas de él que le inspiraban miedo y resentimiento: su fanatismo religioso, su frialdad para con ella, su intolerancia, incluso a veces la deliberada crueldad con que la trataba cuando ella no le obedecía tanto o tan rápidamente como él requería. Y ella había intentado aún con más ahínco que él la quisiera, complaciéndolo en todo lo que podía y obedeciendo todas sus órdenes por absurdas y retrógradas que le parecieran. Pero no era tan sencillo. Su figura seguía provocando en Abby más pánico que afecto, y, en cuanto a él… bien, nunca había mostrado el más mínimo interés en su hija salvo para censurarle cosas y darle órdenes, algo de lo que la joven había dejado de dolerse hacía ya tiempo.
Abby pensó con tristeza que le era mucho más fácil expresar su cariño a su perro, que a su propio padre. Éste nunca había jugado con ella, ni se dejaba hacer bromas o caricias; y si alguna vez Abby lo había abrazado, se había quedado rígido y sin apenas corresponder. Eso le dejaba a Max como único objeto sobre el que volcar todo el afecto que encerraba dentro de sí. Abby sabía que tener un perro como único ser del mundo al que demostrar amor era patético, pero tampoco podía permitirse ser demasiado exigente.
Hacía mucho tiempo ya que Abby había desistido en sus intentos por ganarse el cariño de su padre, o incluso de comprenderle. Lo mejor que podía haber entre ellos era tolerancia y convivencia… al menos durante algún tiempo. Desde hacía mucho, anhelaba con ansiedad e ilusión el momento de cumplir los 18 años, puesto que a esa edad ya podría emanciparse legalmente de la tutela de su padre sin que éste pudiera hacer nada. Aún faltaba un año y medio para ello... Ella siempre había pensado que esa parte de su condena la pasaría también en el Internado, pero ahora su padre se descolgaba con esa sorpresa. Otra vez tendría que convivir con él, de nuevo tendría que soportar sus normas estúpidas, sus oraciones y sus críticas… pero tendría que armarse de paciencia y soportarlo como mejor pudiera. Mejor no buscarse problemas con él, cuando la libertad estaba tan cerca.
Academia Spenser, Ipswich.
Era casi de noche cuando llegaron a su destino. Mientras recorrían el camino que conducía hacia la Academia Spenser, Abby no dejaba de mirar por la ventanilla lo que pronto iba a ser su nuevo hogar. Al atardecer, Ipswich tenía un aspecto pacífico y tranquilo, menos bullicioso que a horas más tempranas. El sol se ponía lentamente y sus últimos rayos se reflejaban en los escaparates de las tiendas. Su padre hizo algunos giros y de repente la ciudad pareció desaparecer completamente, y Abby se sorprendió al notar que ahora iban por una carretera de campo con granjas y pastos. Y entonces, como por arte de magia, la Academia Spenser apareció ante ellos.
No parecía un colegio, al menos, tal como lo entendía Abby. Era por lo menos tres veces más grande que el Saint Mary's, o más; una imponente estructura hecha de bonitos ladrillos rojos, con chapiteles blancos y tejados de pizarra azul grisácea. Tenía una gran extensión de terreno alrededor con setos marcando el camino y árboles por todos lados. Al ser finales de septiembre, todo estaba cubierto de hojas, lo que le daba un bonito y melancólico aire otoñal.
La entrada principal parecía la de una gran mansión. Tenía largos y anchos escalones que conducían a las columnas y al pórtico, sobre el que estaban grabadas las palabras Spenser Academy. Aunque había un espacio para aparcar en el frente, su padre condujo hacia la parte trasera del edificio, donde aparcaban los profesores y el resto del personal.
Su padre aparcó en una de las plazas de estacionamiento y ambos salieron del coche. "Quédate aquí, Max, y sé bueno", le susurró Abby a su perro, quien le contestó con un agudo ladrido. Ella siguió a su padre a través de la entrada trasera que les condujo a una pequeña escalera que llevaba al corredor principal de la Academia. Los corredores estaban inmaculados, ni pintadas, ni manchas. La moribunda luz del sol penetraba a través de una ventana en la esquina dando al suelo un resplandor rojizo.
Mientras caminaban por el corredor, Abby contempló las aulas, que a esa hora estaban vacías. Algunas eran pequeñas, pero otras parecían verdaderos teatros, con los asientos tapizados de azul y dispuestos en forma de gradería. De nuevo, ella abrió los ojos con asombro. En su vida había dado clase en un aula así.
Su padre se detuvo frente a una puerta con un letrero que tenía escrita la frase "Rector Higgins". Rápidamente se alisó los lados del canoso cabello con las palmas de las manos y abrió la puerta. Entraron a una agradable oficina externa que tenía un pequeño mostrador mirando hacia la puerta. Había un sofá de cuero negro a la derecha y una pequeña mesa de madera delante de éste, con un montón de revistas apiladas ordenadamente. Parecía más la antesala de un médico que la del director de un colegio. Apareció una mujer alta y delgada con gafas.
– Pastor Mathews, me alegra que haya llegado… el Rector Higgins le ha estado esperando.
– Quédate aquí, Abigail. Espérame y no te muevas. – le ordenó su padre, con un tono semejante al de ella cuando se había dirigido a su perro.
Ella asintió, y se sentó obedientemente en el sofá. La mujer alta abrió la puerta del mostrador y se echó atrás para permitir a su padre pasar hacia la segunda puerta, la oficina interior del Rector Higgins. Llamó suavemente a la puerta y la abrió sólo lo suficiente para asomarse.
– El pastor Mathews está aquí, señor Rector. – indicó.
Oyeron una sosegada voz de hombre que decía:
– Hágalo pasar.
La mujer alta se apartó y su padre entró al despacho de Higgins y la puerta se cerró, dejando a Abby sola. Ella intentó sonreír a la mujer para ser amigable, pero ésta no le devolvió la sonrisa. Avergonzada, ella bajó los ojos. Se preguntó si ofendería el orden y pulcritud de aquella oficina si cogía una revista.
Mientras, en el despacho de Higgins, éste se encontraba muy complacido explicando a su nueva y flamante adquisición para el cuerpo docente de la Academia los pormenores de ésta:
– Ésta es una escuela especial. Como ve, Spenser es una de las instituciones más antiguas y notorias de todo Massachusetts, destinada sólo a jóvenes de élite de la zona como institución educativa preparatoria previa a la Universidad. Nuestros estudiantes forman parte de las mejores familias de Nueva Inglaterra, hijos de gente con patrimonio y posición. Abarcamos desde los grados 8 al 12, o sea, que los alumnos que tendrá ya no son niños, sino jovencitos hechos y derechos. – aclaró, esperando ver a Mathews satisfecho. Normalmente, salvo los maestros de primaria con vocación, a ningún profesor le gustaba dar clase a niños muy jóvenes, y menos un profesor procedente de Harvard.
Mathews no pareció satisfecho en absoluto.
– Adolescentes… – murmuró con desprecio – A esas edades ya no se les puede educar. El árbol debe templar sus ramas mientras aún está tierno, de lo contrario crecerá torcido.
Higgins carraspeó, incómodo. Mathews podía ser muy destacado como profesor, pero también era muy rarito y extremadamente difícil de complacer. Pero en fin, pensó, todo fuera por el prestigio de Spenser.
– Bueno, eso es todo… ah, no, una cosa más: recuerdo que me comentó que tenía una hija que deseaba matricular aquí.
– Sí, así es.
– Me gustaría conocerla.
Ambos hombres salieron de la oficina dirigiéndose hacia la antesala. Abby, sobresaltada por la irrupción de éstos, dio un respingo y se levantó apresuradamente como lo dictaminaban las normas de cortesía, pero a la vez mantuvo la cabeza baja, sin atreverse a mirarlos, especialmente a Higgins. Éste la observó afablemente.
– Hola, jovencita... ¿cuál es su nombre?
– Abigail Mathews, señor. – respondió ella con timidez.
– Ya me ha comentado su padre que va a ser una alumna de Spenser. – Abby miró a su padre desconcertada, pero enseguida volvió a bajar la cabeza y no dijo nada.
Higgins se dio cuenta del encogimiento de la joven que atribuyó a la impresión producida por la Academia, e intentó animarla hablándole de la brillante perspectiva que se abría ante ella.
– Quiero que sepa que éste es un centro privado y muy ilustre, con alumnos de entre lo más selecto de las familias de Ipswich. Se lo digo para que valore el privilegio de pertenecer a Spenser y haga honor a su fama.
– Yo… le agradezco de corazón la deferencia que muestran conmigo, y le aseguro que trabajaré duramente para ser digna de ella.
– Así me gusta... ¿en qué grado estaba en el internado?
– En Senior, señor.
– ¿Ya? – se extrañó Higgins, mirando a su padre con expresión interrogante. La muchacha apenas aparentaba 14 años, 15 como mucho. Tal vez fueran las trenzas, tan semejantes a las que llevaban las niñas de primaria.
– Cumplirá 17 este marzo – explicó Mathews – Pero la avanzaron un grado en el instituto donde estaba antes del Saint Mary's, y desde entonces ha ido pasando todos los cursos que correspondían a un año más que ella.
– ¡Vaya! – respondió Higgins – Entonces debe ser buena estudiante.
– Me esfuerzo cuanto puedo, señor.
– Me alegra oírlo. Bien, es viernes, supongo que no tendrá problemas para empezar las clases el lunes.
– No, señor. – dijo ella con un hilo de voz. En realidad, sí tenía problemas con eso. Quería salir de allí, quería volver al internado, a la seguridad de lo conocido. Pero se esforzó por disimularlo.
– Bien… cuando salga, vaya a ver a Miss Murphy y déle sus datos para su tarjeta de identificación como alumna. Asimismo, le entregará una lista con los libros que debe adquirir para el curso, supongo que podrá hacerlo durante el fin de semana, y su programa de clases; y le dirá la dirección donde podrá encontrar el uniforme de la Academia. Igualmente, le será asignado un taquillero general para que pueda guardar los libros y todo su material y otro en los vestuarios del gimnasio para guardar sus efectos personales para las asignaturas de educación física y deportes... ¿ha comprendido?
– Sí, señor.
– Pues cuando tenga todo eso, venga a verme el lunes a primera hora, antes de comenzar las clases. Allí le entregaré la tarjeta y le daré más instrucciones si le hacen falta.
– Sí, señor – repitió ella humildemente – Allí estaré.
Los hombres se alejaron para hablar a solas.
– Parece buena chica. Y es muy respetuosa. – comentó Higgins con aprobación.
Mathews asintió.
– Es responsable y muy obediente. No tendrá queja de ella.
– Bien, me alegra oír eso. De todas formas, nuestro nivel académico es muy elevado, nuestros graduados acaban ingresando en las mejores universidades del país – explicó Higgins al pastor –; y por mucho que trabaje, tal vez se encuentre perdida al principio, con el curso ya empezado.
– No supondrá problema para ella.
– No, ya me imagino… De todas formas, lo que solemos hacer en estos casos es nombrar a alguna alumna de su curso como tutora, como una especie de "guía" que la oriente y la ayude a salvar la distancia que la separa del resto de alumnos.
Mathews se encogió de hombros.
– Haga lo que crea conveniente.
– Entonces... ¿quiere que se quede con usted en su casa o prefiere que duerma con sus compañeras en la residencia de estudiantes? Algunos profesores prefieren que sus hijos se alojen en la residencia para favorecer el lazo entre condiscípulos.
– No, no. No quiero que mi hija tenga más contactos que los imprescindibles con otros chicos. Mire, decano Higgins, le seré franco: opino que los jóvenes de ahora son insolentes, perezosos y viciosos. No lo digo por sus estudiantes, sino por todos los adolescentes en general, y por desgracia dudo que sus alumnos sean la excepción. Por eso, no quiero que mi hija se contamine de esa degeneración.
Higgins miró hacia otro lado, algo incómodo por lo radical del discurso. Por un lado, no estaba en absoluto de acuerdo: como director de una institución educativa juvenil, y en especial una tan exclusiva como Spenser, se tomaba su profesión con verdadera vocación y le gustaba considerar a sus alumnos, si no como hijos, sí como protegidos a los que había que guiar y alentar, la futura élite de Massachusetts. Pero por otro, no quería contradecir al pastor; tal vez tuviera opiniones un poco radicales, pero su prestigio como profesor hacía que mereciera la pena pasar por alto esas pequeñas manías, si eso no perjudicaba a su desempeño docente.
– Una cosa más, querría pedirle un pequeño favor. – agregó Mathews.
– Será un placer, si está en mis manos.
– Aunque hombres de Dios, no debemos olvidar tampoco el cuidado del cuerpo, puesto que es el templo del alma. Mens sana in corpore sano, dicen. Me gusta mantenerme en forma, rector, y quisiera que me concediera permiso para utilizar el gimnasio de la Academia en ciertas ocasiones por la tarde, a última hora; o por la noche.
– Bueno… la verdad es que no suele ser una petición muy habitual, pero en tanto que el gimnasio no se utiliza a esas horas, puede contar con ello. Hablaré con el bedel para que le haga una copia de las llaves. – Higgins estaba decidido a agradar al profesor.
Tras despedirse de Higgins y partir de Spenser, ya de noche, la próxima parada fue su nueva casa, en el número 54 de Danforth Street, en una cómoda y bonita zona residencial situada a menos de kilómetro y medio de la Academia. Era una linda casa, con dos plantas, tres habitaciones en la superior con un baño, y salón, cocina, despensa y otro baño en la inferior. Tal vez algo grande para ellos, pero había que pensar que eran casas tipo para una familia, no para dos personas solas, y el alquiler era asequible para el sueldo de profesor que Mathews percibiría en Spenser. También tenían un amplio sótano y Abby se alegró. Al día siguiente llegaría el camión de la mudanza con los muebles de su antigua casa, pero también la amplia colección de antigüedades privada de su padre, y le tranquilizaba saber que habría sitio para guardarla. Aquella colección era muy especial y muy valiosa, y Abby sabía que su padre no iba a dejar que ella tocara nada ni siquiera para ayudarle a ordenarlas. Probablemente se pasaría la mayor parte del fin de semana puliendo y disponiendo cada preciada pieza con el mayor esmero en lo que sería su santuario privado, sin reparar en el resto de los enseres de la casa. Eso le dejaría a ella la mayor parte del trabajo para ordenar el mobiliario doméstico, y además, aunque la casa estaba limpia en su mayor parte, también habría que asearla, quitar el polvo de los muebles, fregar, encalar las paredes…
No le importaba, nunca le había asustado trabajar. Lo que sí la aterrorizaba era la perspectiva de empezar el lunes en aquella elitista y enorme escuela, con compañeros que conjeturaba serían todos unos snobs y sin conocer absolutamente a nadie... Dos días antes estaba con su aburrida aunque tranquila rutina en el Saint Mary's y había llegado su padre poniendo su vida patas arriba, de nuevo. Y ahora estaba allí, en un pueblo nuevo, en una escuela nueva y partiendo de cero. Lo estaba viendo venir, iba a pasarlo peor aún que cuando entró en el Saint Mary's. Mejor no pensar en eso.
El día siguiente, sábado 23 (ella no lo sabía, pero se cumplían dos semanas del combate entre Caleb Danvers y Chase Collins, y del despertar de recuerdos de su padre), fue muy ocupado para ella. Como ella había previsto, su padre se había encerrado en el sótano después de que los de la mudanza descargaran las cajas con su colección, todas marcadas con la etiqueta "Frágil", y no había salido de allí en todo el día. Así que Abby, además de todas las tareas que había anticipado, había tenido que ir a comprar los libros de la lista y el uniforme de la Academia Spenser, y prepararlo todo para el lunes.
A finales de la tarde hizo un alto para descansar, y salió a pasear a Max y a estirar las piernas que ya tenía muy cansadas. Mientras paseaba por las calles que se iban oscureciendo paulatinamente a medida que se iba poniendo el sol, su ánimo se llenó de melancolía. Tal vez fuera simplemente el efecto de las hojas caídas por el otoño, o tal vez la desazón de la sensación de encontrarse fuera de lugar en aquel sitio extraño. Además, podía sentir algo desconocido en el ambiente, onírico, misterioso. Le excitaba y le asustaba a partes iguales.
Ipswich… no sabía nada de aquella ciudad. No sabía qué iba a encontrar allí.
"El mal, hija", le había dicho su padre. No lo parecía, se veía un pueblo pequeño y de lo más tranquilo. La verdad es que su padre siempre había sido bastante agorero.
Abby esperaba que se equivocara. O, por lo menos, que no fuera eso lo único que le deparara el destino.
NA: Lo sé, en este capítulo no han salido los Hijos de Ipswich (necesitaba una presentación conveniente del personaje de Abby). Pero muy pronto volverán a escena.
