II

—Weiss, necesito tu ayuda. Es sobre Jaune.

—¿Qué pasa con él?

—Odio decirte esto, pero me gustaría que utilices tus contactos para, ya sabes, comprobar su historial.

—Yang… es cosa de Ruby si quiera aceptar los sentimientos de ese chico o no. No creo que debas entrometerte demasiado.

Yang frunció el ceño.

No por lo que acababa de decir, sino que por como lo había hecho. A pesar de que habían hecho las paces y se habían hecho amigas. Pero de vez en cuando la hablaba como si fuera un socio comercial o algo así. Era una Schnee, así que desde pequeña había sido criada para codearse con los de la alta sociedad. Entendía muy bien porque se comportaba de esa manera. Sin embargo, eso no evitaba que se sintiera como si estuviera hablando con alguien que tenía el doble de su edad.

En fin.

—No es eso. Jaune nunca ha mirado a Ruby con lujuria, que yo sepa. Cielos, creo que podría hacerle un striptease y él ni pestañearía. O Ren, ya estamos. O quien sea. Da igual. A pesar de lo que me dijo, mira a Ruby como si fuera una diosa, como si quisiera besarle los pies. Eso, por extraño que parezca, me preocupa más que qué estuviera enamorado de ella.

Cruzó los brazos por encima de sus pechos. Se sentía exhausta, como si llevara varios días sin dormir.

—Eso es… extraño.

—Muy elocuente, copo de nieve. Y muy cierto. Pero no me he acercado para que me des la razón. Por favor, Weiss. Ayúdame.

—No puedo. —Agacho la cabeza.

—Te lo suplico. Es mi hermana. Si algo le pasara, nunca podría perdonarme a mí misma.

—No es eso. Haré todo lo que este en mi poder, créeme, pero no estoy en posición para irle pidiendo favores a mi padre. Vine a Beacon con su aprobación, pero me la gane a regañadientes. Y de todos modos —hizo una mueca—, no querría que sus empleados perdieran tiempo siguiendo un «capricho» de su hija menor.

Yang apretó los puños.

—¿Estás segura de que no hay nada que hacer?

—Lo intentaré —dijo despacio y al cabo de un rato—. Pero no puedo prometerte nada. Los demás suelen pensar que tengo mucha suerte. Que estoy en la cima del mundo, que puedo tener lo que quiera. Pero en realidad solo soy un pájaro en una jaula. Y hasta que Jacques… hasta que mi padre muera, no seré nada más que eso.

No pasó por alto que había tenido que corregirse.

Claramente, no le tenía ningún cariño a su padre. Ella no podía entender eso. Aunque a veces papa le sacaba de quicio, incluso más que su tío, le quería desde el fondo de su corazón.

Al mismo tiempo, era consciente de que a pesar de lo mucho que había sufrido, no todos habían tenido tanta suerte como ella en cuanto a la familia.

Tenía que agradecer que su madre simplemente no estuviera, porque sería aún peor conocerla y saber que era una persona que no se merecía el amor de nadie. Por eso mismo, a veces, dudaba sobre si seguir adelante con su búsqueda.

—Oye, Yang… Lo siento —murmuró Weiss. Su voz realmente era como la de un pajarillo.

Tardó varios segundos en darse cuenta de a qué se refería.

La iniciación. El encontronazo que tuvo con su querida hermana pequeña.

—No tienes porque. Entiendo cómo te sientes, más o menos, y porque actúas como actúas. Ya te he perdonado y lo he olvidado. Seguir atormentandote con eso no tiene sentido.

—Pero…

—Déjalo, en serio. Además, aunque aún estuviera molesta, ahora tengo más problemas que tu desagradable personalidad, como te he dicho antes. —Hizo un gesto despreocupado con una mano—. Olvídalo.

—¡Estoy hablando en serio!

—Y yo también. —Viendo que estaba perdiendo la compostura, suavizó su voz—: Mira, aunque no te lo creas, hubo un tiempo en el que Ruby fue como tú.

—¿Desagradable?

Yang no pudo evitar sonreír, pese a todo. La princesita tenía uñas y dientes cuando quería.

—No. Llena de desconfianza y miedo hacia los demás. Miedo a ser juzgada y que no diera la talla. Todavía no ha podido dejarlo atrás, pero ha mejorado mucho. No sé qué te falta dentro del corazón, pero no es demasiado tarde para ti. Nunca es demasiado tarde para nadie.

Haz caso de tus propias palabras, Xiao Long, pensó con cierta amargura.

—Puedes encontrar la paz —prosiguió—. Puedes volver a ser feliz otra vez. No hay nadie que te lo impida, excepto tu misma.

Weiss se mordisqueó los labios. Apartó la cabeza, pero no antes de que viera el brillo de las lágrimas en sus ojos.

La atrajo hacía sí, y ella no se resistió. Por supuesto que no. Esto era lo que quería, aunque se negaba a admitirlo y no sabía cómo aceptarlo. Esto era gran parte de lo que necesitaba tan desesperadamente.

Es bueno que Nora no esté aquí, fue el primer pensamiento que se le pasó por la cabeza. Probablemente le habría roto tres o cuatro costillas al abrazarla.

Yang se forzó a sonreír.

Ella había criado a Ruby prácticamente sola durante muchos años, demasiados, y ahora que podía dejar que saliera del nido y extendiera sus alas, lo primero que hacía era buscarse otra hermana pequeña a la que cuidar. Sí que era estúpida. Pero…

Simplemente no podía apartar la mirada cuando veía un pajarillo con un ala rota. Tenía que cuidar de ese tipo de personas.

Weiss empezó a temblar en sus brazos.

—Tranquila —le susurró al oído—. Tranquila. No tienes porqué avergonzarte de llorar. No has metido la pata. No tiene nada de malo aceptar tus propios sentimientos.


Oía gotas de agua… de sangre, cayendo continuamente.

Oía risas estridentes, que se le clavaban en el alma.

No le gustaban las multitudes. Se sentía como si estuviera a la deriva en el mar, sin puntos de referencia, sin nada a lo que aferrarse. Pero debía soportarlo. No le quedaba otra opción.

Aun así, deseo que más estudiantes tuvieran por costumbre desayunar fuera de la cafetería.

A estas horas, siempre estaba repleta. Siempre.

Desafortunadamente, se olvidó de eso en cuanto alcanzo la mesa en la que siempre se sentaba el equipo de Ruby y el de su hermana. Sí, desafortunadamente, a causa del motivo.

Ruby estaba cabizbaja, alicaída.

Los demás le estaban susurrando cosas, probablemente en un intento de reconfortarla, pero claramente no estaba funcionando. Podía ser incluso que solo estuvieran agravando el problema.

Fuera cual fuera.

Apretó los puños, retorciendo el metal de la bandeja.

Le gustaría decir que era debido a la rabia, a que se estaba preparando para luchar por ella.

Pero en realidad sentía miedo.

Era sobrecogedor pensar que podría estar sufriendo por un problema que era incapaz de arreglar. Si la fallaba, su vida perdería todo sentido. Le invadió el impulso de darse la vuelta y echar a correr.

Se resistió.

Se acercó y se sentó en su lugar como si no pasara nada. Algo que los demás no estaban dispuestos a pretender, porque inmediatamente se callaron y clavaron la mirada sobre el como si fuera un completo extraño. No le importaba nadie excepto Ruby, pero… no le gusto esa sensación.

No debería evitar el asunto. Así que decidió ir directo al grano.

—¿Pasa algo, Ruby?

Ella levantó la cabeza. Le miró a los ojos.

Parecía que estaba a punto de echarse a llorar. El corazón se le encogió, se le partió en mil pedazos.

Su hermana… ¿Cómo se llamaba? Yang puso una mano encima de la suya.

—No quieres contarme lo que pasa. Vale, pero deberías contárselo a alguien, quien sea. No es bueno embotellar tus problemas. Así que adelante, hazlo. Te daremos privacidad si te decides.

—Deberías hacer caso a tu hermana —dijo Jaune. Se inclinó hacia delante—. Ruby, soy tu protector… Tu amigo. Puedes contarme lo que sea. Yo no juzgo, solo acepto. Y ayudó. Haré todo lo que esté en mi mano por ti…

—Basta. Basta, no tienes que convencerme. —Se enjugó las lágrimas con el dorso de las manos—. Sé muy bien cómo eres. Pero no me pasa nada, así que no me mires de esa manera. No hables así.

—Ruby, sé que no nos conocemos desde hace mucho, al fin y al cabo. Por lo tanto, aprovechare para dejarte claro una cosa. Nunca trates de mentirme. Tu cara es como un libro abierto. No solo para mí, para todo el mundo.

—Sí, bueno. —Se rió amargamente—. No me culparas por intentarlo, ¿eh?

—No seas cabezota. Si no quieres contárselo a nadie, entonces dilo. Pero no finjas que no tienes un problema.

Se había olvidado de la presencia de los demás.

Ahora, en esta mesa, solo existían él y Ruby. No, desde el principio los otros personajes solo habían sido parte del decorado para él. No le importaba si se divertían o sufrían.

Ruby apartó la mirada.

Sabía que tenía razón, aunque no quería admitirlo. Esa era una buena señal. Siempre y cuando pudiera manejar bien lo que seguía. Ya le sorprendía bastante que sus pobres intentos de hacerla sentir mejor aún no le hubieran explotado en la cara.

—Te conozco —dijo él. Un empujoncito más—. Tú no eres así. Cuando te hacen daño, confías en tus amigos, tu familia. No les das la espalda. Ni siquiera se te pasa por la cabeza.

—¿Y cómo es que me conoces tan bien, cuando solo llevamos juntos unas cuantas semanas? ¿Quién te crees para decirme como pienso, quién soy? Me gustaría saberlo. Yo, en cambio, no sé nada de ti. Siempre estás hablando de protegerme, que es tu deber. O algo así.

Jaune se quedó sin palabras. Sin aire.

La mirada de Ruby, llena de furia, le tenía clavado al asiento. Nunca pensó que pudiera expresar esa emoción convincentemente. Y si lo hubiera hecho, se habría esperado algo como la rabia de su hermana, que al fin y al cabo venía de su gran corazón. Pero esos ojos…

Era como los de Weiss cuando se enfadaba. Lagos helados.

Estaba completamente indefenso bajo la rabia de la única persona que le importaba. Si le clavaran un cuchillo, ni sentiría la hoja deslizándose entre sus costillas.

—Hasta ahora lo he pasado por alto —prosiguió—. Pero ya no puedo. ¡Estoy harta de fingir que no veo lo extraño que eres! ¿Por qué dices esas cosas? ¿Quién eres en realidad? Jaune… si es que ese es tu verdadero nombre.

Trago saliva. Los bordes de su visión bailaban como si fueran a desprenderse.

Esta, sin duda, era la peor situación posible.

Y ni siquiera había pensado en cómo salir de esta. Ahora no podía. Tenía la mente en blanco.

(no quiero morir)

—¿Qué? ¡Vamos! —Ruby golpeó la mesa con los puños, se levantó de repente. Lagrimas corrían por sus mejillas—. ¿Por qué te importo tanto? ¡Dilo!

—Porque te amo.

Las palabras se deslizaron de su boca antes de que se diera cuenta. Pero no podía y no quería retirarlas. Mientras las decía, descubrió que eran ciertas.

Amaba a Ruby Rose.

Ella dio un paso atrás, tropezó con la mesa y casi se cayó al suelo de espaldas. Era imposible distinguir su rostro de su capa por el color.

—Sí, te amo —repitió como si estuviera hablando consigo mismo—. Entonces es lo más natural del mundo que quiera saber que te tiene triste y que quiera protegerte. Pero solo seré capaz de hacer eso si me dejas.

Ruby no reaccionó perceptiblemente. Le miraba como si no estuviera segura de que estaba viendo.

Jaune se levantó.

Camino hasta ella y la arropó en sus brazos. Ruby no reaccionó de ninguna manera, pero tampoco se apartó. Su cuerpo era suave y cálido como un campo de rosas. Con la cabeza sobre su hombro, siguió llorando. Parecía que no iba a parar nunca.

La mitad de la cafetería les estaría mirando, pero no le importaba. Podían apuntar con el dedo, reírse y cuchichear todo lo que quisieran.

—Te lo suplico —le susurró al oído—. Déjame ser tu caballero, aunque solo sea por esta vez.

Su propia voz estaba a punto de romperse.

El dolor en su corazón era imposible de describir.

Ruby levantó las manos y las puso sobre su pecho. Para apartarle de un empujón, pensó. Pero no. Apretó la camisa, haciendo la tela un ovillo. Le temblaban las manos.

—Cardin y su equipo… CRDL, me han estado… molestando.

—Acosando. —Apenas pudo evitar que la rabia se le notara en la voz.

—…Sí. Llevan haciéndolo casi un mes.

Antes pensaba que sabía lo que era el dolor, pero se equivocaba. Esas cinco palabras, tan sencillas como eran, le dejaron medio muerto.

¿Tanto tiempo y no se había dado cuenta?

¿Dónde había estado mirando? ¿Qué coño le pasaba?

¡Eres un puto inútil!

Acarició la cabeza de Ruby, aunque no se sentía del todo como el mismo. Y tenía la sensación de que su cuerpo pertenecía a otra persona y el solo lo estaba tomando prestado.

¿Temblaba?

Sí. No podía parar.

—¿Por qué no me dijiste nada? —Lucho por reprimir las ganas de llorar.

Tienes que ser fuerte.

Tienes que estar ahí para ella, le dijo una voz familiar. Una que nunca podría olvidar. Siempre.

—Porque es humillante. Ya no soy una niña. No vivo con miedo e inseguridad. No miro para ver si hay un monstruo debajo de la cama cada vez que voy a dormir. Mi trabajo es luchar contra los monstruos de verdad. Se me da bien. De hecho, soy mejor que la mayoría. Y, aun así, cuando me ponen a otra persona delante… Cuando tengo que enfrentarme a burlas, empujones y tonos feos, me tiemblan las piernas, se me para el corazón y no puedo decir ni una palabra.

»Soy tan patética…

Apartó a Ruby de sí lo justo para secarle las lágrimas con la punta de los dedos. Cariñosamente.

—Eso no es cierto —murmuró. Sus palabras eran por y para ella—. Eres más fuerte que nadie. Pero todo el mundo tiene sus debilidades. Me ocupare de ellas por ti. Te lo aseguro. Cuando lo hagan, no volverán a pensar en hacerte daño. ¿Cómo es? ¿Ese Cardin?

—Alto y corpulento. Lleva armadura de cuerpo completo y su arma es una simple maza de guerra. Pero no hagas nada. Por favor.

—¿Por qué?

—Solo lo empeorarías. No les expulsaran, y luego… luego…

Se desquitarían con ella. Eso quería decir.

—No. Terminare con esto.

—Prométeme que no harás nada y te contare lo que quieras saber sobre mí. Cualquier cosa que se te ocurra.

Tentador. Pero no iba a quedarse de brazos cruzados cuando su felicidad estaba en juego, aunque ella se lo pidiera.

Sintió un hormigueo en la nuca.

Levantó la mirada por encima del hombro de la muchacha. Busco a su objetivo entre la multitud y lo reconoció inmediatamente, aunque ella le había dado una descripción imprecisa.

Cardín les estaba mirando.

Sonriendo abiertamente, como un rey observando la muerte de unos vagabundos al lado de la carretera. Creía que tenía el control.

Eso no duró mucho.

Su horrible sensación de satisfacción se transformó en preocupación. Normal, había visto su verdadero rostro, uno que ni siquiera le había mostrado a Ruby.

El rostro de un animal. Una criatura no menos brutal y salvaje que los Grimm.

Espera.

Tú espera ahí, qué te mostrare de lo que soy capaz en realidad.