PARTE IX

Naturalmente Ava era responsable.

No directamente, por supuesto, pero lo suficientemente cerca. Finn, quien todos sabíamos era del tipo celoso, incitó a un jabalí salvaje sobre Adonis en el momento que Ava había dejado su lado. Por qué ella no había visto eso venir, yo no sabía, más importante aún, por qué ella expuso a Adonis en ese tipo de peligro, sabiendo que Finn podría intentar tomar venganza…

No importaba. Adonis ahora era un ciudadano de mi reino, y me quedé sentada inmóvil en mi trono mientras Puck explicaba lo que había sucedido. Rachel despachó a los muertos, dejándonos a nosotros tres solos, y la tensión era tan alta como siempre. Busqué en los rostros de las almas salientes, pero Adonis no se encontraba entre ellos. Realmente no era ninguna sorpresa. Un pequeño porcentaje de nuestros súbditos necesitaba ser juzgado.

—Lo siento —dijo Puck una vez que finalizó su horrible historia. Adonis se había desangrado hasta morir en la orilla de un río, y las náuseas me invadieron mientras imaginaba su sangre mezclándose con el agua. ¿Cuánto tiempo le había tomado morir? ¿Cuánto había dolido? ¿Se había quedado Finn allí, observando la vida ser drenada de él?

—No te disculpes —dijo Rachel—. Por primera vez, tú no eres el culpable. ¿Perséfone?

Era la primera vez que se dirigía a mí en todo el invierno. Levanté la vista, parpadeando lejos las lágrimas. No había ningún punto en llorar. No podía cambiar el dolor por el que Adonis había pasado, y al menos ahora estaba a salvo de los juegos de Ava.

—Estoy bien —susurré—. Necesito irme.

Sus labios se estrecharon, pero incluso aunque debió saber exactamente a dónde iba, él asintió.

—Muy bien. Hazlo rápido.

Me paré, y sin despedirme de ellos, me apresuré a través del espacio entre la nueva eternidad de Adonis y la mía. En ese medio segundo, una descarga de imágenes destellaron a través de mi mente; posibilidades de su vida después de la muerte. La playa donde nos conocimos por primera vez. La cabaña de madre. Incluso su hogar de infancia, la que nunca vi, pero que él me contó. ¿Cuáles eran los recuerdos favoritos de Adonis? ¿De cuáles querría él estar rodeado por el resto de su vida?

Contuve mi aliento mientras mis pies aterrizaban sobre tierra sólida una vez más. Sin embargo, en lugar del bosque verde que esperaba, remolinos blancos me rodearon, y algo suave y frío rozó mi mejilla. Nieve.

Mis pies se hundieron en varios centímetros de ella, y caía pesadamente del cielo gris, lo suficientemente grueso que no podía ver mis manos. Esto posiblemente no podría estar bien.

—¿Adonis? —llamé. Debía haber aterrizado en el borde de la vida de otra alma. Un paso en la dirección correcta, y esto se evaporaría, regresándome a lo familiar—. Soy yo… ¿dónde estás?

Un gruñido cortó a través del silencio, y mi corazón subió hasta mi garganta. Me revolví a través de montañas de nieves, no habituada a moverme alrededor de ella. No conseguimos exactamente mucho de ella en la cabaña de madre durante el verano.

Mi pie quedó atrapado en algo, y salí volando hacia adelante, aterrizando sobre mis manos y rodillas. Con mi nariz hacia el suelo, vi un camino carmín dirigiéndose hacia un montículo a unos pocos metros. Y visible a través de la nieve había varios mechones de un familiar cabello rubio.

No. No podía ser posible. Mi cuerpo se convirtió en hielo, y me forcé a mí misma a moverme hacia él. Alejando la nieve, encontré los restos de un torso sanando lentamente por sí mismo, y mi estómago convulsionó.

—Adonis —susurré, quitando los restos de nieve para revelar su rostro. Sus mejillas eran tan blancas como el mundo alrededor de nosotros, y sus ojos se encontraban sin brillo y sus labios azules. Él parpadeó lentamente, como si cada esfuerzo para moverse fuera una guerra, yo gentilmente lo senté.

—¿Per… Perséfone? —susurró él, con voz rasposa.

—Sí, por supuesto. —Aparté unos cuantos copos de su frente—. Ven. Vamos a sacarte de aquí.

—No. —Una gota de fuerza regresó, y apretando sus dientes, intentó liberarse de mi agarre. Pero él estaba muy débil y yo estaba muy determinada a nunca dejarlo ir otra vez—. Tienes que… tienes que…

—¿Tengo qué? ¿Dejarte sufrir así?

—Lo merezco. —Él se desplomó contra mí—. Por favor.

—No mereces esto. Nadie merece esto.

—Yo sí. Por… por lastimarte. Ava. Tu familia. —Él tomó un gran tembloroso aliento, y un río de sangre fluyó de su cuerpo sanando. ¿Qué le había hecho esto a él?—. Vi la mirada en el rostro de Rachel…

Un rugido rompió a través de la calma, y un gran oso polar apareció a través del velo de nieve. Descubrió sus dientes, con el hocico manchado con rojo, y su zarpa arremetió hacia mí. Afiladas garras chocaron contra mi piel, pero no hizo ningún daño. Y tampoco iba a dejar que lastimara a Adonis otra vez.

—Vete —ordené—. Soy tu reina, y me obedecerás. Dejó salir otro rugido, parándose sobre dos patas.

—Por favor, déjame… —susurró Adonis, y lo sostuve más cerca.

—No —dije desesperadamente—. No mereces esto. Nunca fue tu batalla, ¿de acuerdo? Por favor, puedes hacer esto mejor para ti. Puedes controlarlo.

El oso arremetió otra vez, y cuando sus garras atraparon mi rostro, grité. No por dolor, no con miedo, sino con absoluta furia. Conmigo misma, con Ava, y este maldito y miserable lugar, este no podía ser la eternidad de Adonis. No podía.

Con un pensamiento, lo arrastré a través del espacio entre su sección del Inframundo y al palacio, dejando atrás al oso. Un remolino de nieve batió alrededor de nosotros mientras aterrizábamos en el salón del trono, y en mis brazos, Adonis gruñó. Sus heridas sanaron instantáneamente, y su color regresó más rápido de lo que hubiese hecho si estuviese vivo, pero su rostro todavía se tensaba con dolor.

—Perséfone. —Rachel se puso de pie—. ¿Qué estás haciendo?

—Se estaba torturando a sí mismo —dije, ayudando a Adonis a pararse. Su expresión estaba en blanco, y no mostró ninguna sorpresa a la repentina aparición en un palacio. No muchas almas se daban cuenta donde se encontraban, pero Adonis debió saber.

—¿Así que lo removiste de su vida después de la muerte? Envolví mis brazos alrededor de Adonis.

—No tuve opción.

—Pero no era tu decisión para hacerla.

—Un oso lo estaba comiendo vivo en medio de una tormenta de nieve —espeté—. No me importa cuál es su religión o lo que sus creencias dicten. ¿Qué hizo él para merecer algo así?

La expresión de Rachel permaneció dolorosamente neutral.

—Alguien podría decir que tener un romance no con una, sino dos diosas casadas puede muy bien ser un catalizador suficiente para hacerle creer que merece tortura eterna.

—Él me hace feliz. —Mis palabras fueron pesadas, y me aferré a Adonis. Rachel no ganaría esta, no esta vez—. Tenemos que arreglar esto.

—Conoces las reglas. Si un mortal no pide por nuestra guía, no alteramos su vida después de la muerte.

—No me importa nada sobre tus malditas reglas. Me importa Adonis.

—¿Y qué hay de mí? —dijo Rachel suavemente. El dolor que había desaparecido durante esos períodos de paz entre nosotros resplandeció a través de su rostro, el primer indicio de emoción que había visto de ella en meses—. Me estás pidiendo que vaya en contra de mis propias reglas y apruebe tus romances.

—Te estoy pidiendo que hagas lo correcto. Una vez me dijiste que todo lo que querías era que yo fuera feliz. ¿Eso todavía es cierto?

Silencio, y al final ella asintió.

—Adonis me hace feliz. Él me hace más feliz de lo que Puck o tú alguna vez me han hecho. No porque es hermoso, sino porque somos dos mitades en un mismo agujero. Encontré a mi persona, Rachel. Y lamento tanto, lo siento más de lo que jamás pudiera decirte, que no eres tú. Sino Adonis. Y renunciaría a todo para asegurarme que esté bien, incluso si eso significa sacarlo de aquí. —Me moví—. Por favor. Te estoy rogando… haz algo.

Rachel cerró sus ojos, su rostro arrugándose. Era lo más cerca que la había visto de llegar a llorar. Por un largo momento no dijo nada, y Puck miró de uno al otro como si estuviera decidiendo si hablar o no.

—Lo siento —dijo Rachel, su voz nada más que palabras débiles y angustiadas—. Sabes tan bien como yo que no hay nada que pueda hacer. La única persona que puede cambiar su vida después de la muerte es el mismo Adonis.

—Entonces… ¿entonces qué lo haría cambiarla? —dije—. ¿Podemos razonar con él? ¿Hacerlo ver que es mi culpa, no la de él? Podrías… perdonarlo o…

Rachel alejó la mirada, la luz del fuego reflejándose en sus ojos llorosos. No, ella no lo perdonaría, y mi rostro quemó con vergüenza por siquiera preguntarlo. Además, Adonis no era al que tenía que perdonar. Yo lo era.

Hundí mi rostro en el hueco del cuello de Adonis, balanceándolo adelante y atrás. Él no podía regresar allí. Daría cualquier cosa… mi libertad, mi amor, toda mi existencia para asegurarme que no lo hiciera, ¿pero qué podía tener yo que posiblemente lo hiciera cambiar de opinión?

—Lo siento —susurré—. Siento que no estuviese allí para ti. Por favor no hagas esto. ¿Por favor… no hay algo que quieras más que torturarte a ti mismo?

Él tomo mi mano y pasó su pulgar contra mi palma. A mí. Él me quería a mí. Incluso en la tormenta de nieve, me llamó, dejándome salvarlo más allá del punto que debería haber sido posible.

Una idea se formó en mi mente, algo tan loco y absurdo que lo descarté inmediatamente. Pero volvió antes de que pudiera continuar, metiéndose dentro de mis pensamientos, negándose a irse.

Era demente. Más allá de las palabras. Sin embargo, incluso mientras luchaba por encontrar algo real, persistió.

Podía hacerlo con el permiso del consejo. Destrozaría todo, y no habría vuelta atrás, pero si lo hacía… si Adonis realmente me amaba de la manera en que yo lo amaba a él… podría ser lo suficientemente loco para funcionar.

—Puck —dije en una voz tan calmada como podía manejar—. ¿Ayudarías a Adonis a ir a una de las habitaciones de huéspedes y le harías compañía? Necesito hablar con mi esposa a solas.

—Por supuesto —murmuró Puck, y ayudó a Adonis a pararse. Adonis se tambaleó, pero logró enderezarse, y al final dejó ir mi mano. Pero incluso mientras ellos caminaban por el pasillo, su toque todavía permanecía sobre mi piel.

Sí. Era loco. Descabellado. Pero lo amaba demasiado para no intentarlo. Una vez que se fueron, me paré y alisé mi vestido.

—Siéntate —dije suavemente, y aunque Rachel frunció el ceño, obedeció. Tomé un profundo respiro. Ahora o nunca—. Quiero renunciar a mi inmortalidad.

Sus ojos cafés se abrieron de par en par, y su mandíbula cayó. Antes de que pudiera discutir, continúe.

—La manera en que te sientes por mí… así es como me siento por Adonis. Lo amo. Él me trajo la vida de regreso, y no quiero nada más que pasar la eternidad con él. Tú renunciarías a tu inmortalidad por mí. Sé que lo harías. Y no puedo decirte cuánto significa eso para mí… cuánto significas tú para mí, incluso si no puedo demostrarlo de la manera en que te gustaría. Pero quiero hacer lo mismo por Adonis. Y necesito tu ayuda.

Rachel se me quedó mirando por los minutos más largos de mi vida. No parpadeó, no respiró, e incluso su corazón dejó de latir. El silencio creció alrededor de nosotros, pesado con todo lo que no podíamos decir, y al final me estiré para tocar su mano.

—Este es el regalo más grande que jamás podrías darme —dije suavemente—. He pasado mi existencia viviendo una vida que nunca quise. No podía estar más agradecida por todo lo que has hecho por mí, pero nosotros nunca seremos felices juntos. No de la manera en que soy con Adonis, y no de la manera en que tú lo mereces. Te he hecho cosas terribles, cosas que nunca podré enmendar, y he roto más promesas de las que puedo contar. Pero si haces esto por mí, si me apoyas frente el consejo y me das tu permiso para renunciar a mi trono, te prometo que te amaré hasta que el sol se desaparezca y no quede nada de mí.

Una sola lágrima escapó de la esquina de su ojo, corrió por su mejilla y se agrupó en la esquina de su boca. Las sombras en el salón del trono bailaron con las llamas de las antorchas, y por una eternidad, nuestros ojos se quedaron fijos en la otra mientras ella buscaba por algo que nunca encontraría.

Rachel colocó su mano libre sobre la mía, y al final susurró:

—Muy bien. Sí significa tu felicidad, entonces deberías ser libre. Toqué su mejilla, limpiando el rastro cristalino sobre su piel.

—Gracias.

Ella asintió una vez y se puso de pie, pasando a mi lado sin una sola palabra. En un caminar tranquilo, fue por el pasillo, y antes de que yo pudiera alcanzar la puerta, ya se había ido.

El consejo se reunió en menos de una hora. Lo que sea que Rachel haya dicho para conseguir que todos ellos aparecieran debió haber sido algo grande, pero otra vez, nadie antes había intentado renunciar a su inmortalidad.

Me quedé de pie en el centro del salón del trono en el Olimpo, rodeada por los catorce miembros del consejo. Mi propio trono se había ido. Zeus se levantó mientras madre y los últimos miembros se nos unían y tomaban sus asientos, y mi corazón martillaba. Ella se rehusaba a mirarme.

—Hija —dijo Zeus, y yo incliné mi cabeza con tanto respeto como podía soportar mostrarle. Después de todo, él era la razón por la que yo estaba en esta situación para empezar—. Nuestro hermano nos ha informado tu deseo de renunciar a tu rol como Reina del Inframundo y perder tu inmortalidad, todo para estar con un mortal.

—Sí —dije, mirando hacia Ava. Sus ojos estaban entrecerrados como una hendidura, y ella apretaba los brazos de su trono tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Bien—. Aunque me duele profundamente pensar en dejarlos a todos ustedes, pido que me permitas renunciar en orden para poder morir. Adonis, el mortal que amo, se encuentra atrapado en una tortura eterna en el Inframundo, y la única manera en que puedo ayudarlo es darle a su vida después de la muerte lo que más quiere.

—¿Estás segura que esto funcionará? —dijo Atenas. Sacudí mi cabeza.

—Me temo que es imposible para mí estar segura, pero creo que es lo suficientemente probable como para tomar el riesgo.

—¿Y qué si no funciona? —dijo Santana, inclinándose hacia atrás en su trono y dándome una mirada que conocía muy bien. Era la misma mirada que le daba a Ava cada vez que ella salía con uno de sus nuevos amigos.

Vacilé. ¿Y si no lo hacía? ¿Y si yo estaba haciendo esto por nada? No habría vuelta atrás. Una vez que fuera mortal y estuviese muerta, sería otro de los súbditos de Rachel, nada más. Estaría sin autoridad y sola, atrapada en el Inframundo por la eternidad…

¿Y cómo eso era diferente a mi vida ahora? Enderecé mis hombros.

—Amo a Adonis. Lo amo más que a mi propia existencia, y creo que él siente lo mismo por mí. Entiendo las consecuencias si me equivoco. Entiendo a lo que estoy renunciando, y estoy dispuesta a tomar el riesgo.

—¿Nos dejarás?

La voz de madre cortó a través de mi piel, metiéndose en un parte de mí que nadie más podía tocar. Ni siquiera Adonis, ni Rachel, nadie. Miré hacia ella, y la agonía que vi en lugar de madre…

Un nudo se formó en mi garganta. No había pensado que fuera posible que esto le hiciera daño a alguien además de Rachel, pero nunca se me había ocurrido que a madre aún podría importarle. Ella se había alejado de mí. Nunca me había escuchado cuando le decía cuán miserable era, y una y otra vez y otra vez ella había insistido en que las cosas mejorarían. Nunca lo hicieron, no de la forma en que ella quería, y por eso, estaba segura que la había perdido.

Tal vez no la había perdido antes, pero mientras la veía romperse en infinitos pedazos, sabía que ahora la había perdido.

—Si el consejo concede mi petición, nada me gustaría más que verlos a todos ustedes tan seguido como estuvieran dispuestos a visitarme —dije vacilante—. Seguiría siendo eterna, sólo en otra forma, y no tendría que ser un adiós a menos que ustedes así lo quieran.

Madre no dijo nada a eso, y al lado de Zeus, Brittany se aclaró la garganta.

—¿Lo amas más que a Rachel? —dijo con su voz infantil.

Fruncí el ceño. ¿Brittany no había entendido lo que sucedía entre Rachel y yo? ¿O estaba simplemente buscando la confirmación?

—Rachel es mi amiga. Ella siempre será mi amiga, pero nunca encajamos. Lo hemos intentado por miles de miserables años. No puedo amarla de la forma en que ella quiere que lo haga, y la forma en que estoy obligada a detenerme de su alcance es una tortura para ella. No quiero hacerle daño más de lo que ya hice, y la única manera en que confío en que yo lo haga es que renuncie y la deje por completo.

Todos los miembros del consejo se volvieron hacia Rachel, quien permanecía estoica como siempre en su trono. Brittany apretó los labios, y podría haber jurado que vi un atisbo de sonrisa. ¿Por qué? ¿Porque alguien por fin era tan miserable como ella?

No importaba. Ella podía pensar lo que quiera mientras me dejara ir.

—Esta no es una decisión fácil para mí, y estoy más asustada que nunca en mi vida—dije—. Pero Adonis necesita esto. Lo que sea que yo estoy sintiendo, no se compara en nada para asegurar su eternidad. Por favor, sé que esto no tiene precedentes. Sé que pondrá todo en un caos por un rato. Pero si permiten esto, eventualmente las heridas sanarán. Si no lo hacen, se pudrirán hasta que Rachel y yo nos convirtamos en cenizas.

—¿Y tú estás bien con todo esto, hermana? —dijo Zeus.

—Lo estoy —dijo Rachel huecamente—. He visto suficiente para saber que ella está diciendo la verdad, y no deseo otra cosa que su felicidad eterna. Pido lo mismo para todos ustedes, también.

Un murmullo recorrió el consejo, y Zeus levantó su mano, silenciándolos.

—Muy bien. Haremos una votación. Dado el peso del asunto en cuestión, pido que demos una decisión unánime. —El observó a todos alrededor del círculo, enfocándose en cada quien individualmente—. ¿Aquellos que estén de acuerdo en conceder la petición de Perséfone?

Contuve mi respiración, y uno a uno, los miembros del consejo asintieron. Brittany primero, luego Finn, luego Sam, Artemisa, , Atena, Hestia, Poseidón, Dionisio, incluso Puck. Incluso Rachel.

Y aunque sus ojos brillaban con lágrimas, incluso madre.

Pero a pesar del consentimiento de los otros, Ava permaneció quieta. Los segundos pasaron en silencio, y finalmente Zeus dijo:

—¿Y tú, mi hija?

—No. —Ella apretó su mandíbula con tanta fuerza que los cordones de su cuello sobresalían—. No estoy de acuerdo. Ella apenas conoce a Adonis, me lo robó a mí, y traicionó a Rachel y los deseos del consejo repetidamente. No veo ninguna razón para recompensarla por ello.

Abrí mi boca para replicar, pero Zeus levantó una mano nuevamente, y quedé en silencio.

—¿Esas son tus únicas objeciones, Ava?

—¿Realmente necesitas más? Porque las tengo.

En una voz gentil que sólo usaba con ella, él murmuró:

—¿Es posible que te sientas de esta manera por los celos y el dolor? Él sólo murió esta tarde.

—Él lo hizo —dijo ella, su voz temblando—. Y la única razón por la que lo hizo fue porque ella insistió que yo lo dejara. Ella no podía soportar que él me pudiera amar más.

La furia se enrolló en la boca de mi estómago, caliente e inflexible. Si esa era la clase de juego que ella iba a jugar, entonces, olviden el silencio.

—No me importa si te ama más —dije—. ¿No lo entiendes? No tiene nada que ver contigo, y nunca lo hizo. Él está sufriendo. Se está torturando a sí mismo por lo que le hicimos a él, y no me importa si me odia. Lo amo demasiado para dejarlo pasar por eso, y haré lo que sea que pueda para asegurarme de que él no tenga que hacerlo, incluso si significa renunciar a esto. Incluso si significa pasar el resto de mi existencia sola.

Ava no dijo nada, y todo su ser parecía quemar con vehemencia. En lugar de hacerla ceder, como yo esperaba, mis palabras parecieron reforzar su odio. Magnifico.

Zeus suspiró.

—Ava, te daré otra oportunidad. ¿Sí o no?

—No —dijo ella—. Y será un no sin importar cuántas veces preguntes o cuánto ella ruegue. No la dejaré ganar.

Dejé escapar un ruido frustrado desde la parte posterior de mi garganta. ¿No lo entendía? No era acerca de ganar. Se trataba de Adonis y su bienestar y asegurarnos de que no pasara la eternidad en el frío, siendo devorado por un oso. Pero no le importaba, todo lo que Ava podía ver era el hecho de que yo iba a estar con él y ella no.

Yo podría haber sido egoísta por herir a Rachel como lo hice, pero en ese momento, Ava era más egoísta que cualquiera de nosotros. Debido al orgullo, la lujuria o la envidia, o los tres, ella no dejaría que Adonis tuviera la vida que merecía, y yo la odiaba. La odiaba más de lo que había odiado a nadie, incluso a mí misma.

Zeus se enderezó, un atisbo de arrepentimiento pasando por su cara, y soltó otro suspiro de cansancio.

—Que así sea. Como has dejado en claro que eres incapaz de gobernar sin prejuicios, me veo obligado a anular tu voto.

Tanto mi boca como la de Ava se abrieron simultáneamente.

—¿Qué? —chilló—. Papi, no puedes…

—Puedo, y como no me has dado otra opción, lo haré —dijo—. Perséfone, tu petición es concedida. Cuando regreses a la superficie, serás mortal. Tómate un momento para despedirte. Ava, sígueme.

Ella escupió en señal de protesta, y mientras él se abría camino en uno de los pasillos, ella pasó tempestuosa tras de él. Una vez que se hubo ido y el silencio llenó la sala del trono, miré alrededor a los miembros de mi familia, mareándome mientras la realidad se establecía.

Iba a ser mortal. Iba a morir.

Y nunca iba a volver aquí de nuevo.

Pero incluso mientras lo pensaba, me imaginé la cara de Adonis en la nieve y el oso cerniéndose sobre él. Incluso si no funcionaba y él permanecía en su congelado infierno para siempre, por lo menos tendría la satisfacción de saber que lo había intentado. Lo encontraría sin importar el tiempo que me llevara recorrer el Inframundo. E incluso si todo lo que podía hacer era sostener su mano, mientras él sufría, por lo menos yo estaría ahí para él por toda la eternidad.

Uno a uno, los miembros del consejo dijeron adiós. Mis hermanos y hermanas, me abrazaron, incluso Finn, y Hestia y Poseidón besaron mis mejillas. Brittany sonrió mientras me abrazaba, y cuando sus labios rozaron mi oído, murmuró:

—Tomaste la decisión correcta. Te mereces el futuro que deseas, y nunca hubieras sido feliz con Rachel.

Algo acerca de la forma en que lo dijo hizo que un escalofrío bajara por mi espalda, reforzando la pared que se había interpuesto entre Rachel y yo desde nuestra boda. La guerra ahora había terminado, y ni Rachel ni yo habíamos ganado. Pero por lo menos no habíamos terminado como Brittany y Zeus.

Finalmente fue el turno de Puck. Él me dio una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos, y a pesar de todo lo sucedido entre nosotros, él me atrapó en un abrazo de oso gigante.

—Te echaré de menos —dijo—. Las cosas no serán lo mismo sin ti.

—Sabrás dónde encontrarme si alguna vez te aburres —le dije, pero incluso si hacía ese viaje, él tenía razón, las cosas nunca serían las mismas—. Cuídate. Y hazte un favor y mantente alejado de Ava, ¿quieres?

Él resopló, pero una nube pasó sobre su rostro también. Yo no entendía lo que significaba… pero pensándolo bien, tal vez no se suponía que lo hiciera. Todos teníamos nuestros demonios, y Puck tendría la oportunidad de enfrentarse al suyo cuando estuviera listo.

Una vez me dejó ir, me volteé hacia madre, quien estaba parada rígidamente junto a su trono. Sus ojos estaban fijos en el suelo, con las manos entrelazadas estrechamente, y cuando di un paso hacia ella, retrocedió. Con ese movimiento, mi corazón se rompió por completo.

—Espero que seas feliz —dijo ella con una voz extraña, casi formal—. Iré a verte cuando pueda.

—Gracias —dije en voz baja, aunque ambas sabíamos que si ella venía, no sería por mucho tiempo. Ambas habíamos cometido errores, y se necesitaría mucho más que esto para solucionar el distanciamiento entre nosotras. Pero a pesar de todo lo que había sucedido, sentía nostalgia por la certeza de que un día, las cosas estarían bien otra vez. Sin importar el tiempo que hiciera falta.

Puck puso su brazo en el de ella, y a medida que la llevaba a la sala del trono, miró por encima del hombro para darme una sonrisa más. Madre no miró hacia atrás.

Tomé una respiración profunda y temblorosa. Ahora Rachel y yo estábamos solas, paradas cara a cara, y no tenía ni idea de qué decir. Debería haberle pedido disculpas. Debería haberle dado las gracias. Debería haberle dicho un millón de cosas, pero nada salió.

—¿Estás lista? —dijo en voz baja, y asentí. Me tomó la mano, y mientras yo miraba alrededor del Olimpo por última vez, el techo azul cielo y el piso de ocaso se desvanecieron. Este era, el momento hacia el que había estado corriendo desde que Adonis había tomado su último aliento. Pero sin importar lo asustada que estaba de la mortalidad, de lo que sería tener que respirar, de lo que sería tener que sentir el dolor y el mundo a mi alrededor como una mortal, también una sensación de calma se apoderó de mí. Había tomado la decisión correcta. Eso era todo lo que necesitaba.

Cuando aterrizamos, un fuerte pinchazo sacudió a través de la parte inferior de mi pie, y abrí los ojos. Estábamos paradas en la cabaña de madre, y la luz de la luna parecía iluminar todos los rincones. Cambié mi peso, y debajo de mi pie encontré la fuente de esa sensación punzante: un guijarro.

Así que esto era lo que se siente ser mortal. Puse mi mano sobre mi pecho, sintiendo el latido de mi corazón, e inhalé cada respiración con cuidado. Todo parecía que fuese más de alguna manera… más suave, más áspero, más caliente, más frío, todo. Era como si hubiese despertado de un sueño profundo, y sólo ahora fuese consciente del mundo que me rodea.

—¿Estás bien? —dijo Rachel, y asentí.

—Es sólo… extraño.

Ella sonrió con tristeza.

—No puedo imaginarlo.

Nos quedamos allí lado a lado durante un buen rato, y lo único que hice fue respirar. Dentro y fuera, dentro y fuera, memorizando la conciencia de la mortalidad. ¿Cómo era posible sentirse tan vivo cada día y no reventar?

Pero por mucho que lo disfrutara, no podía durar para siempre, y yo no quería que lo hiciera. Me senté en el borde de la cama y metí mis manos temblorosas entre las rodillas.

—Estoy lista. ¿Cómo…?

—Déjame eso a mí —dijo en voz baja—. Ponte cómoda.

Me acosté en la cama, mi corazón latía con tanta fuerza que realmente me dolía.

—Estoy asustada —susurré, y Rachel tomó mi mano. Nunca me había dado cuenta de lo suave y tersa que era su piel.

—No lo estés —dijo—. Te prometo que todo estará bien. Por una vez, le creí.

—Gracias —susurré—. Sé que nunca fui muy buena demostrándolo, pero tú eres mi mejor amiga. Incluso cuando las cosas estaban deterioradas, siempre estabas ahí, sin importar lo que te hice. Lo lamento tanto por todo.

—Lo hecho, hecho está —dijo en voz baja—. Todo lo que siempre he querido era que fueses feliz, y si esta es la manera...

—Lo es. —Me apoyé en mi codo—. Esto es exactamente lo que quiero.

Sólo se quedó mirando nuestras manos unidas, con una expresión triste, y no dijo nada. Realmente había sido tan condenadamente maravillosa para mí, tal vez no lo había visto en su momento, pero lo hacía ahora. Se merecía algo mucho mejor de lo que yo le había dado, y en ese momento, no quería nada más para ella que lo encontrara. Solo lamentaba que me hubiese tomado tanto tiempo el darme cuenta de ello.

Antes de que pudiera detenerme, me incliné y toqué su boca con la mía. Fue un tierno beso suave, del tipo que me había dado la noche que casi habíamos dormido juntas por segunda vez. Ahora me alegraba que ella me hubiese detenido. Entre nosotros, teníamos suficiente que lamentar sin invitar nada más.

El calor se extendió a través de mí mientras movía mis labios contra los suyos, y muy pronto, ella se apartó. Durante varios segundos, ninguna de las dos dijo nada, y el latido de mi corazón resonaba en mis oídos. ¿Cómo se suponía que iba a despedirme cuando me había pasado la vida pensando que nunca tendría que hacerlo?

—Estaré allí para ti cuando me necesites —susurró—. Todo lo que tienes que hacer es pedirlo.

Un nudo se formó en mi garganta.

—Gracias. Ven a visitarme alguna vez, ¿sí?

Pero incluso mientras ella asentía, sabía que nunca lo haría, y pedírselo era cruel. Se merecía la oportunidad de seguir adelante. Ambas lo merecíamos.

—Acuéstate —murmuró, y obedecí. Sus ojos cafés se encontraron con los míos, y a medida que el peso del sueño se presionaba sobre mí, me dio una sonrisa final. Se la devolví.

—Te amo —susurré, y ella quedó en silencio. Por fin mis párpados se volvieron pesados, y la oscuridad se cerró en torno a mí mientras la eternidad me reclamaba como suya. Era indoloro, tranquilo, como toda muerte debería haber sido, y me fui tranquilamente. Me fui con mucho gusto.

Lo último que vi fue a ella.

El sol en mi vida después de la muerte no era tan caliente o tan brillante como la cosa real, pero fue suficiente para despertarme.

Me protegí los ojos, echándole un vistazo a mi entorno. Yacía en la cama en la que había muerto, pero ahora era de día. A lo lejos, los pájaros cantaban y una fuerte brisa agitaba los árboles, y las flores colgando de las vigas de la cabaña de madre llenaban la habitación con el aroma más increíble.

Así que esto era lo que iba a ser mi vida después de la muerte.

Mi vida después de la muerte. Adonis. Me puse de pie y miré alrededor de la casa de una sola habitación, pero él no estaba allí. Mi corazón se hundió. Tenía que estar aquí. Después de todo lo que había sucedido, él merecía paz.

Abrí la puerta y entré en el sol artificial. No era la cosa real, más allá de la ilusión de mi vida después de la muerte, yo estaba entre los muertos en las cavernas del Inframundo, rodeada de la misma roca que había odiado por toda la eternidad. El peso insoportable se había ido, sin embargo, junto a la pared que me había perseguido durante eones. Al parecer, habían muerto con mi cuerpo mortal, dejando mi alma libre. Finalmente.

Inhalando profundamente, miré alrededor de mi otra vida. Flores florecían en el jardín, un arco iris de colores y tan frescas y nuevas como en la primavera, y el olor de un día de verano flotaba en el aire. Era hermoso, pero no podía ser perfecto, no sin…

Una figura apareció en el camino, ensombrecida por los árboles, y el calor llenó cada centímetro de mi ser. Al entrar en la luz del sol, me sonrió y me lancé por el camino.

Adonis.

Me atrapó en un abrazo, sus brazos fuertes me levantaron en el aire, y me besó con el mismo amor, pasión y felicidad que corría por mi cuerpo. Toda duda y remordimiento que había contemplado en esos pocos segundos sin él desaparecieron, y en ese momento, vi nuestra eternidad.

Él estaba aquí. Estábamos juntos. Y, por fin, yo estaba en casa.