Capítulo 10
La mañana me sorprendió más rápido de lo que me hubiese gustado, pero era normal, me había acostado a dormir hace apenas cinco horas, a las tres de la mañana, y no lo había hecho tan profundamente como las últimas tres semanas. Mi cuerpo volvía a estar alerta y tensionado, suponía que era por la pesada noche.
Seth había caído rendido a mi lado y su despertador había sonado tres horas más tarde, él la apagó con un manotazo y llamó a su trabajo, informando que no podría ir a trabajar por asuntos personales, pero que Richard, imaginaba que su compañero, podía cubrirlo perfectamente. Después de colgar el sonido de las teclas de su celular retumbaron en mi oído y luego se detuvo, apagó de nuevo las luces y durmió dos horas más.
Fingí estar dormida mientras hizo todo eso, quería darme la vuelta y decirle que no era necesario que faltara a su trabajo por mí y que se fuera tranquilo, ya me las arreglaría yo sola. Pero sabía que eso solo acarrearía una discusión entre nosotros, y para ser completamente sincera, no quería que se fuera. Lo necesitaba a mi lado.
Así que sólo cerré los ojos y me dormí nuevamente. Y la siguiente vez que me levanté, fue el aroma a mantequilla derretida y el sonido ligero de algo chisporroteando en la sartén. Regularmente, no comía demasiado, mi falta de apetito era casi grotesco, pero me sorprendí al escuchar mi estómago haciendo ruiditos leves por el simple olor.
Me levanté de la cama y antes de ir a la cocina, me aseé lo mejor que pude en el baño de la habitación. Seth era un buen cocinero, y el olor del tocino y panqueques casi me perforaban el vientre. Cogí una taza de café, y antes de que pudiera llevármela a la boca, Seth me la quitó de las manos.
—Coge un pan tostado antes de tomar café —ordenó, y me pareció escuchar a mamá en su voz. Asentí con una risita y tomé el pan que estaba algo pasado de tostado y cubierto de mantequilla—. Estás muy delgada, sé que no comes mucho y no me gustaría que tuvieras gastritis o algo así.
—Lo sé. Y no, no tengo gastritis, a pesar de mi delgadez, y aunque no lo creas, él no me mataba de hambre, la despensa siempre está llena y por las cosas que ni te imaginas. Pero mis ganas de comer escasean —le dije, y seguí mordisqueando el último trozo de pan.
—Bueno, de ahora en adelante y viviendo aquí, desayunaremos, almorzaremos y cenaremos juntos. Te llenare de comida como no tienes idea y eso se escases de hambre se acabará —dijo al momento de poner un plato delante de mí, con panqueques blancos de azúcar glas y dos tiras de tocino al lado.
—Seth, no quiero irrumpir toda tu vida así —le dije, agarrando un tocino con los dedos.
—Lo sé. Pero soy yo quien así lo quiere —aseguró, apoyándose en la barra del desayunador. Negué con la cabeza, devorando toda la tira. Tenía un hambre feroz y quería acabar con mi plato, pero temía sentir nauseas al hacerlo tan rápido—. Al menos por unas semanas, hasta que me pasé la sensación de perderte.
Sentí la garganta cerrándose, como si lo que acabara de comer si hubiese atorado en esa zona. Tragué con fuerza, sintiéndome mis ojos escocer al mirar los de mi hermano. Asentí levemente, y tomé su mano.
—Está bien —dije con dificultad.
Él sonrió y con un dedo señaló mi plato, insistiendo que comiera más, y para luego sacar del frigorífico una jarra con jugo. Sirvió un vaso y bebí rápido de él, para ver si ese nudo en mi garganta se desasía.
Tardó en desalojarse de mi garganta, aunque obviamente no era el tocino crujiente que me afectaba.
Después de terminar de desayunar, caí en la cuenta de lo que vestía. Pantalones viejos, tenis más viejos que los pantalones y una blusa grande y desteñida. No, definitivamente no podía ir así vestida a ese lugar lujoso donde trabajaba Jacob, sería más incómodo de lo normal, y más por todas esas mujeres vestidas como si fueran a una junta de ejecutivos o una galería de arte.
Fui otra vez a la sala, donde Seth ya bañado y vestido, veía televisión. Me quedé parada en el umbral del pasillo y él giró a verme rápidamente.
—¿Qué sucede?
—No puedo ir así vestida a la oficina de Jacob —dije como si fuera algo obvio y señalando mi simple y vieja vestimenta.
—¡Oh! ¿Te quieres poner bonita para él? —preguntó con una sonrisa divertida.
—¡No! Pero tampoco quiero ir tan pordiosera. Necesito ir a mi… a casa de Samuel y recoger algo de ropa si es que me voy a quedar aquí —me crucé de brazos.
—Bien, iremos a las doce a la oficina de Jacob, y son las nueve, nos da tiempo de ir a esa casa —dijo, consultando el reloj—. Por cierto, Jacob sabe que iras a verlo, lo llamé antes de que despertaras y me dijo que a las once estaba bien —me contó, mientras recogía las llaves de la mesita de centro y se colocaba su suéter. Asentí a sus palabras, apretando más mis brazos cruzados—. Y discúlpame, Leah, pero le tuve que contar lo del accidente de Samuel, y me dijo que esta era la mejor oportunidad para hacerlo.
Lo miré con ultraje y caminé a la puerta sin esperarlo. Sé que no debía molestarme, de todos modos, Jacob se enteraría por Edward sobre lo de Samuel y yo también se lo diría, cuando le confesara que ahora, estando Samuel como estaba, sin oportunidad de hacerme algo ya fuera ahorita o en un futuro, era el momento perfecto para divorciarme. Porque seamos sinceros, si esto no hubiese sucedido, yo no habría tomado este valor. Soy demasiado cobarde para haberlo al menos intentado
Llegamos a su auto y cuando él fue del lado del piloto, abrí la puerta y me subí, guardando silencio. Cuando él dobló hacia la izquierda y entró a la calle donde estaba la casa, tuve que sostener mis manos para que no temblaran. Era como caminar al borde de un acantilado, donde el viento azotaba con fuerza y sabes que posiblemente te caigas sin siquiera provocarlo.
Se estacionó. Bajé del auto y me detuve delante de la puerta, decidida a tan sólo recoger mis cosas y no volver nunca más. Seth se colocó a mi lado y agarró mi mano con fuerza. Miré la puerta de la casa de al lado, a varios metros de distancia, la señora de pelo blanco miraba interesada lo que hacía y de seguro pensando mal de mí y de Seth. No me importaba, ya hablaban mal de mí desde antes.
Caminé a la puerta y simplemente giré el pomo metalizado. La casa estaba más silenciosa que nunca, estaba limpia y oscura, ya que en las noches cerraba las persianas y bajaba las cortinas. Prendí las luces e hice que Seth pasara. Me quedé viendo la sala desde otra perspectiva, era grande, con sofás blancos, una enorme televisión y grandes ventanales, cuadros y espejos en las paredes color arena, y un mini bar pegado a la pared. El suelo era de mármol blanco, toda la casa lo era. El comedor era de madera oscura y un candelabro estaba sobre él. La cocina estaba apartada por una pared y una puerta blanca.
—Es grande esta casa —dijo Seth.
—Lo es. También es bonita, pero fría y silenciosa. Nunca me gustó. Espero no volver nunca más aquí —dije, apretando los brazos a mi alrededor. Suspiré y miré hacia las escaleras—. Vamos, ayúdame, trataré de llevarme lo más que pueda por si Samuel me prohíbe la entrada.
Él asintió y caminamos a las escaleras de barandal de cedro. Subimos corriendo y entramos a la habitación principal. La cama estaba deshecha y algunas prendas mías estaban regadas. la habitación era grande y tenía el suelo cubierto por una alfombra blanca, solo había una ventana y dos puertas más, una del armario enorme, que contenía más ropa de Samuel que mía y un baño de gran tamaño.
Abrí el armario y saqué dos maletas grandes. Seth entró igual al armario y sacó mi ropa de los cajones, mientras yo descolgaba las pocas prendas del closet, vestidos bonitos que él me compró antes, que si utilicé tres veces hasta mucho fue. Él fue acomodando la ropa en la maleta abierta, y los cuatro cajones de ropa que tenía, la llenaron. Yo saqué mi ropa de los ganchos y la metí en la otra, junto mis cosas del tocador, el poco maquillaje que tenía, todas las joyas que Samuel me dio antes, cuando nuestro matrimonio era bueno, no por nostalgia o amor, pero podía venderlas y sacarle provecho.
Al igual que su gusto en casa y muebles, las joyas eran diamantes pequeños, rubís y zafiros, al igual que un bonito collar de perlas, brazaletes de oro y anillos de plata. Todo tan extravagante y terriblemente costoso, que no me emocionaban, pero que aceptaba sólo porque él me los compraba. También tomé mis zapatos, y los arrojé a una maleta más pequeña que saqué, antes me gustaba ponerme zapatillas y sandalias bonitas, ahora con simples zapatitos estaba bien. No me gustaba llamar la atención, desde que Samuel acabó con mi confianza, no me gustaba que alguien me mirara.
—Listo —anunció Seth, al poner las dos maletas grandes en el suelo.
—Espera, falta que me dé una ducha y me vista con algo mejor —dije.
Seth me miró algo desesperado, pero se sentó en la cama. Me reí un poco y subí otra vez la maleta a la cama, para abrirla y sacar ropa. Saqué unos pantalones negros y una blusa azul cielo. Fui al baño y abrí la regadera. Procuré no tardarme, así que después de unos diez, me vestí rápidamente y me coloqué la toalla en la cabeza, para que mi cabello no mojara la blusa demasiado. Me calcé un par de zapatillas de tacón bajo. No es que me estuviera afanándome en mi aspecto, pero recordaba todas las miradas que me dieron cuando fui la primera vez. Recogí mi ropa del suelo y salí para colocarla en la maleta.
—Ya ahorita nos vamos, sólo recojo mis papeles.
Busqué en el segundo cajón, donde en la madrugada había sacado los papeles de Samuel, y tomé todo los que había ahí, para no tardarme más buscando sólo los míos. Cuando lo cerré, me acordé de la pistola. Me quedé estática delante del mueble sin saber qué hacer, no sabía si tomarlo o dejarlo ahí. Pero sería estúpida si lo dejaba. No, no podía dejar esa arma en manos de Samuel. Abrí lentamente el segundo cajón, y vi la caja rectangular azul oscuro, quité el seguro y levanté la tapa: ahí estaba la pistola, era mediana, negra y pesada. Cerré nuevamente la caja y la saqué. Samuel la tenía sin permiso legal, así que lo más seguro sería llevarla para que la decomisaran.
—¿Qué es eso? —preguntó Seth al ver la caja debajo de mi brazo.
—Es la pistola de Samuel, la llevare a la policía, no tiene permiso para tenerla —le dije y él asintió con enojo.
Dejé todo sobre la cama y me quité la toalla de la cabeza, seguía húmedo mi cabello y sólo lo peiné con los dedos, colocándome un poco de crema para que no se viera tan desaliñado.
Al tener todo listo, me di cuenta que eso era todo, que no había nada más mío aquí, ni fotos, libros, recados, lapiceros, nada, no había nada que demostrara mi presencia en esta casa, todo había sido comprado por decisión de Samuel, y la casa era exactamente como él, vacía y helada.
Así era mejor. Total, este lugar nunca fue mi hogar y no la extrañaría ni un poco.
Al estar ya en el auto con Seth, sentí lo que nunca antes había imaginado. El aire era más fácil de absorber, era ligero y suave, como cuando se pasaba al lado de una panadería y el aroma a pan caliente te envuelve, o cuando coges una fruta en el mercado y el simple olor te hace saber que sería muy dulce. O simplemente podía respirar con tranquilidad y sin miedo. Daba igual lo que fuera. Estaba por fin libre de esa casa y de él.
No volvimos al departamento de mi hermano, Seth manejó directamente al edificio donde trabajaba Jacob. Eso me puso nerviosa y resistí las ganas de estrujar los papeles y pedirle que viniéramos luego. Aunque le pidiera eso, mi hermano no accedería, suficiente tiempo había pasado ya casada con Samuel, cómo para detenerme ahora.
Al entrar al lugar, no nos detuvimos en ningún momento, al parecer Seth conocía perfectamente el sitio. Subimos en el elevador y los espejos me devolvieron una imagen desordenada y casi bonita, la mala noche se notaba debajo de mis ojos, pero mi rostro estaba limpio, no había ninguna huella de golpes o chupetones. Y eso estaba muy bien, me hacían sentir bien.
Al abrirse las puertas, lo primero que vi fue la ordena y limpia sala, pero eso no capturó mi atención, pues Jacob estaba a unos metros de nosotros, haciendo sonreír a la bonita chica de la recepción que lo miraba embelesada.
—Jacob —habló Seth, acercándose a él.
El giró a vernos al escuchar su nombre, y mostró una sonrisa al ver a mi hermano. Ambos se abrazaron y se golpearon la espalda. La mirada castaña se posó en mí, y la tentación de huir me agarrotó las piernas, quería dar los cinco pasos que me separaban del elevador e irme. Él me miraba de una manera distinta a la última vez y también diferente a como miraba a la chica guapa de la recepción, quien seguía sonriendo al verlo. Eso me hizo sentir mal. No es que quisiera que me mirara con picardía o fuera coqueto, pero era obvio que yo ya no inspiraba esa reacción en los hombres. Así de mal me veía.
—Hola, Leah —saludó con una suave sonrisa.
—Hola —murmuré, en voz baja, y giré el rostro a otro lado.
—Vamos a mi oficina —declaró y señaló con una mano el camino, dándome la oportunidad de hablar.
—Sí. Yo te esperare en la cafetería de la esquina, Leah, es mejor que hablen sólo ustedes dos —dijo Seth, y golpeó el hombro de Jacob, antes de huir hacia el elevador.
—Pero ¿qué…? ¡Seth! —medio grité, pero sólo se despidió con la mano sonriendo.
Joder con mi hermano, no se daba cuenta que lo necesitaba, que no quería quedarme sola. Entonces, ¿para qué vino, sólo para asegurarse de que lo hiciera? Sí, eso era todo.
—¿Entonces vamos? —preguntó Jacob, suavemente, al verme delante del elevador.
Lo quedé viendo con enojo, pero asentí.
—Nos vemos luego, Valeria, y ya sabes, nada de citas por el momento, hasta después del almuerzo —declaró, y la chica asintió con una gran sonrisa.
—Por supuesto, abogado —confirmó la chica, tecleando en su computadora.
Miré la mano de Jacob de reojo, intentando tomarme como Edward lo hizo aquella vez, quizá con la idea de que escaparía en algún momento. Pero no estaba dispuesta hacerlo, no quería escapar, quería que él pudiera dejarme libre de Samuel para siempre de una vez. Aun así, su mano simplemente hizo el gesto, pues no me tocó para nada.
Cuando llegamos a la puerta negra de su oficina, él la abrió y me permitió el paso. Caminé hacia el escritorio y me quedé parada ahí. Él se sentó en su silla y con un movimiento de mano, me pidió que tomara asiento.
—Esperé tu llamada mucho tiempo —dijo. Detecté un tinte de reclamo en su voz.
—No sabía si era lo mejor en ese momento —dije suavemente, dejando mi bolso en el suelo.
—¿Y ahora si es el mejor momento? —preguntó.
—Eso parece. Él está en un hospital en un coma inducido, con la mitad del cuerpo quemado, con la cadera y columna hecha añicos y sin posibilidad de volver a caminar. Dime tú, ¿no es un buen momento? —cuestioné indecisa, sintiéndome cruel al decir todo eso, pero no le guardaba ni un poco de respeto a Samuel.
—Lo es. Siempre ha sido la mejor opción para ti —declaró. Sus labios se estiraron en una ligera sonrisa—. Debiste haberlo hecho hace mucho, en realidad.
—Lo sé. Lo sé. Lo he escuchado tanto, pero tuve miedo y era cobarde —confesé, y desvié la mirada de su rostro. No sabía porque dije eso, pero a estas alturas ya no era un secreto.
—Eso no es verdad, no eres…
—Lo soy, ciertamente, lo soy. Quizá aún lo sea, mira que esperar a tener a mi marido en esas condiciones para pedir el divorcio. La gente pensara que soy una mujer superficial y desalmada, me odiaran cuando lo sepan, al fin de cuenta, pocos saben cómo era vivir con él —dije de corrido, sin tomar casi aire. Él me miró con dureza, como si odiara tener que escucharlo.
—Que no te importe lo que la gente piense, no lo vale —afirmó él.
—No me importa, sólo sé que es lo que van a pensar. Dara algo de pena, no por mí, ellos, me darán pena ajena que piensen y hablen así. Pero bueno, eso no importa. ¿Qué es lo que tengo que hacer? —pregunté, dispuesta a iniciar con este largo proceso.
Miré a Jacob sonreír, era esa clase de sonrisas enormes, que parecen dolorosas por el estiramiento de la cara, enseñando todos los dientes y mostrando dos lindos pliegues en la mejilla. Una sonrisa preciosa que le quedaba muy bien.
El proceso fue realmente rápido. Lo bueno es que me acordé de bajar todos los papeles del auto de Seth. Jacob trataba de que todo fuera fácil para mí, y redactó un documento con los motivos de la separación y me petición de anulación de mi matrimonio. También me pidió una constancia de todos los bienes de Samuel. Le pasé todos los papeles que había tomado del cajón, donde también venía el acta de matrimonio.
—En todo esto que me entregaste, puedo ver que es dueño de varias cosas. Tiene una casa de quinientos metros cuadrados, un departamento en la zona residencial del norte de Seattle, dos autos y un seguro de vida en caso de accidentes por medio millón de dólares, a parte de la cuenta de banco a su nombre —habló, mientras seguía leyendo los papeles.
Realmente Samuel era un hombre con buena posición económica, pero era solo la fachada, trabajaba mucho para obtener lo que tenía, pero de que servía si era una horrible personada. Al conocerlo, nada de lo que tenía parecía tan bueno. Lo que me sorprendió, fue cuando vi las escrituras del departamento y los papeles del auto rojo de Emily, y que todo estuviera a su nombre y no al de ella. Suponía que no es ningún idiota en ese aspecto, a mí tampoco me había dado ninguna propiedad.
—Sí. La casa es donde vivo con él. El seguro de vida será para sus gastos médicos ahora, en su cuenta de banco tiene como doscientos mil dólares; el departamento es donde vive su amante, Emily Young, uno de los autos es con el que se accidentó y el otro lo tiene Emily —le expliqué, sin sentir vergüenza al decir que su amante tenía más cosas que yo.
—Eso también es causa de anulación de matrimonio: adulterio —dijo sin darle más importancia, y anotando los datos en su computadora—. De acuerdo a su contrato matrimonial, se casaron por bienes mancomunados, por ley te tocaría la mitad de todo esto.
—No quiero nada. No deseo nada de él —dije rápidamente.
—Lo sé, pero la ley te lo otorgará, al menos la casa será tuya y el departamento se lo darán a él, el dinero del banco se dividirá entre ambos. Así son las cosas, Leah, además, permíteme un consejo, es mejor que lo aceptes, puedes vender esa casa y reiniciar tu vida sin limitaciones —dijo suavemente, esperando una reacción de mi parte.
Me acaricié el arco de la ceja, pensando en lo que había dicho. Era una buena idea, aunque si me tenía que quedar con algo, preferiría el departamento, sólo para poder quitárselo a Emily y vengarme de ella por ser una gran hija de puta, era mi sangre y aun así no le importó meterse con mi marido. Pero si tenía que quedarme con la casa, simplemente la vendería y Samuel se moriría del enojo al ver eso, ver como su linda casa era ocupada por alguien más.
Las dos ideas resultaban atractivas.
—Está bien —acepté sin más comentarios.
Él asintió y siguió escribiendo, mientras yo guardaba silencio. Miré su oficina y luego miré mi reloj, eran la una y media, y no entendía cómo era posible que hubiera pasado tanto tiempo. De repente empecé a sentir que las piernas se me entumían y me levanté de la silla. Jacob levantó la mirada, pero al ver que no estaba intentando escapar, volvió a mirar la computadora.
Empecé a dar pasos cortos por la oficina. Era un lugar grande pintado en color blanco, con una ventana cubriendo por completo una pared. Había cuadros de pinturas abstractas, de colores tranquilos, y en la pared delante del escritorio, había un librero en color chocolate. Era diferente al exterior, afuera los colores predominantes eran fríos, azules, plateados, rojos, negro, aquí era en tonos más cálidos, un sofá color café, paredes blancas, muebles chocolate. Era más relajante.
Miré hacia el mueble, y me acerqué despacio. Había varios objetos de cristal y otros que parecían oro, como una pequeña pirámide y piedras doradas, completamente lisas, como si de huevos de pascuas se tratara. Sonreí al mirar los pequeños autos de colección, que también decoraban el mueble, recordando que mientras estudiábamos la universidad, él se dedicaba el fin de semana a trabajar en el taller mecánico de su padre, no sabía si por gusto o por obligación, pero el punto era que realmente le gustaban los autos, tal vez no tanto como para estudiar algo relacionado con ellos, como Seth, pero si para admirarlos y querer tener una Lamborghini del año. También decía, al ver que Samuel tenía un Jeep rojo en ese entonces, que cuando tuviera la Lamborghini, yo no me resistiría a salir con él. Cómo si el auto a mí me hubiese importado en algún momento.
Seguí recorriendo el mueble, leyendo los nombres de los tomos empastados en verde y con letras doradas, hasta que llegué al espacio de las fotografías. Había varias ahí: una foto de Isabella, Edward y él, en alguna playa, una foto más pequeña de él en una montaña cubierta de nieve, y había dos más, de una chica muy bonita y joven, unos veinticinco años tal vez, de cabello negro y ojos miel, tenía la piel trigueña y una sonrisa agradable. Quizá era su esposa o su novia. La verdad es que no sabía si ya estaba casado o seguía soltero, no se me hacía correcto preguntarle. Pero de seguro era importante para él, pues había dos fotos de ella.
—Es bonita, ¿no? —preguntó.
Di un respingo al escucharlo, estando mal acostumbrada a esas sorpresas, asustada de no haberlo escuchado caminar y no haber sentido cuando se colocó atrás de mí. Era algo que Samuel hacia a veces, y regularmente, no terminaba en algo bueno. Me tuve que hacer hacia un lado, intentando no parecer un gatito tembloroso, pero al ver su mirada apenada y resentida, me di cuenta que se percató de mi estado. Él también se alejó, para darme más espacio.
—Lo es —susurré, esperando que el momento incomodo se diluyera.
Miré las dos fotos de nuevo. Quería preguntarle si era su novia o esposa. Pero me mordí la lengua antes de hacerlo. No quería que pensara que era una entrometida o algo por el estilo. En realidad, deseaba conocer ese dato, estaba curiosa por hacerlo.
—Se llama Rachel y la otra es Rebecca —señaló con un dedo cada foto, primero la de la derecha y luego la de la izquierda.
Me quedé muda al escucharlo. Había pensado que eran la misma persona.
—¿Son gemelas? Creí que eran la misma chica—pregunté incrédulamente.
—Gemelas de miedo —dijo con diversión y aflojó los hombros, como si el anterior momento de mi susto no hubiese sucedido—. Pero las amo a ambas. Son mis hermanas, después de todo.
—¿Hermanas? —repetí asombrada. Traté de serenarme, ya eran dos veces que hacía una pregunta tonta— Creí que era tu novia o esposa.
Él sonrió más ampliamente y negó con la cabeza, metiendo ambas manos a su pantalón, y me di cuenta que ya no llevaba su saco y las mangas estaban remangadas hasta el codo, dándole una apariencia relajada y atractiva.
—No tengo ni novia ni esposa, todavía —aclaró.
Miré de nuevo las fotos, al darme cuenta que me había quedado mirándolo fijamente, como si quisiera tragarme su imagen. Él igual me miraba a los ojos y sonreía suavemente, recordándome a esas épocas en la biblioteca, mientras que Edward leía un libro, Isabella escribía y yo intentaba hacer mi tarea, él me hacía preguntas tras preguntas, hasta que Edward lo regañaba, diciéndole que me dejara en paz y que guardara silencio para que pudiera concentrarse. Él obedecía malhumorado, abría un libro y fingía leerlo, pero cada vez que yo levantaba la mirada, él me sonreía con gracia.
Eran buenos tiempos, y él y Edward me hacían recordarlos muy seguido. Quizá eran los únicos momentos realmente felices antes de que todo empezara a ser amargo. Y verlo a mi lado, era revivirlo una y otra vez. Y no sabía si eso era bueno, hasta ahorita se sentía bien. Era como una pequeña esperanza, quizá mi futuro volviera a ser igual de bueno.
—No entiendo por qué —dije, y supe que debí cerrar la boca. Eso era demasiado personal y él estaba en todo su derecho de no contestarme.
—Por qué, ¿qué? —preguntó confundido.
—¿Por qué no te has casado? —pregunté. Apreté los labios, disgustada conmigo misma por preguntarlo en vez de decirle que lo olvidara—. No tienes que contestar…
—Es complicado. No te lo niego, he tenido algunas relaciones, que no han durado mucho. Estuve a punto de casarme hace dos años, Tanya, una de las primas de Edward, pero la cosa no funcionó muy bien. Terminamos rompiendo la relación tres meses antes de la boda, porque nuestras discusiones eran largas y cada vez más frecuentes, cualquier pequeña cosa era motivo de pelea. Supongo que no nos queríamos lo suficiente para aceptar todo del otro —reflexionó, y volvió a sonreírme—. Desde entonces, no he tenido nada serio.
—¡Vaya! Creí que ya estarías casado o algo.
—Pues no es así —murmuró y se sentó en el sofá. Me hizo seña para que hiciera lo mismo, y así lo hice, a una distancia prudente de él—. En este trabajo he visto tantos divorcios, por motivos tan diversos, peleándose como perros y gatos por bienes o los hijos, que la esperanza de casarme empieza a irse. No te lo niego, Leah, en verdad quisiera formar una familia con alguien, pero un matrimonio no me hace ilusión como a todos.
Asentí a sus palabras, pensándolas muy lógicas. ¿Después de ver todo eso, quien tendría ánimos de casarse? Yo por mi parte no quería saber nada de relaciones. Sabía que era joven todavía, y las personas dirían que podía volver a iniciar, pero no me sentía capaz de hacerlo. No quería volver a estar en un matrimonio nunca más. Así que simpatizaba con la idea de Jacob, pero igual sentía que era algo triste que no quisiera casarse, él era un buen hombre y podría hacer feliz a cualquier mujer, merecía tener una buena vida y una familia, merecía a lo que todo el mundo tiene derecho: un hogar, una pareja, una unión. Algunos coincidían perfectamente, otros nos damos de cabeza contra el suelo.
—Edward dice —continuó hablando, mirándome a la cara— que es porque no he conocido a la mujer indicada.
—Tal vez sea así —coincidí suavemente.
—Sí, también lo creo. Pero estoy seguro que ya la conocí, Leah, ya conocí a la persona indicada para mí —murmuró, y giró la cara para ver de nuevo el librero, donde estaban las fotos.
—¿Cómo lo sabes? —cuestioné curiosa.
Cómo podías saber quién era la persona indicada y decirlo con tanta convicción, sin dudarlo por un segundo. Yo creía que Samuel era el indicado para mí, y ahora estoy aquí, odiándolo con fuerzas, dispuesta a abandonarlo cuando más ayuda necesitaría, desesperada por alejarme de él. Me equivoqué, tengo la esperanza de que sólo eso haya sido, y que la idea de que éste debía ser mi destino no se anclara en mi mente, como si yo hubiera estado destina al fracaso, a un amor enfermo y desquiciado. No quería pensar que así era.
—Lo supe cuando la vi por primera vez, pero luego la perdí de vista, se me escapó sin remedio, a pesar de mis intentos. Ahora pienso que debí ser más serio con ella, más directo, y que no pensara que estaba jugando; me comporté como un niño, pero estaba tan enamorado, Leah —reflexionó mirando sus manos, frunciendo sus cejas como si hace mucho hubiera llegado a esa conclusión—. Ahora la volví a encontrar, y estoy muy seguro que es ella, no hay duda —me contó mirándome a la cara. Se levantó del sofá y lo miré caminar hasta el mueble, luego giró a verme otra vez— ¿Cómo te explico? La miró a los ojos y siento que no tengo retorno, siento que la quiero a pesar de todo —dijo con una gran sonrisa, mirándome a la cara.
Quería preguntar el nombre de aquella mujer que se fue sin verlo realmente, pero no tenía derecho. Quería saber quién era ella, porque no se dio cuenta de todo eso. Pero no debía entrometerme así en su vida.
Ella era otra mujer que prefirió irse sin darle una oportunidad. Otra idiota como yo que lo hizo.
—¿Y piensas dejarla ir ahora? —pregunté suavemente.
—No. No pienso perderla dos veces, no soy tan idiota como para permitir eso —contestó de manera firme.
Se pasó una mano por el cabello, sonriendo hasta más grande si era posible. Lo miré mover sus dos manos hacia su rostro y se tapó la cara por un momento, pareciendo avergonzado de algo. Quizá se sentí así por hablar con tanta pasión de alguien, pero no tenía ni idea de lo bien que se veía hablando de esa manera.
Me miró de nuevo y sonrió de medio lado.
—Pero vamos, tenemos que seguir con esto. Supongo que Seth ya ha de estar aburrido de esperar en la cafetería, o quizá ya va por el tercer postre, debo admitir que preparan unas tartaletas de frutos rojos muy buenos.
Reí al escucharlo, sabiendo que tenía completa razón: Seth podía ser demasiado goloso con los dulces. Él simplemente me sonrió y volvió a su lado del escritorio y yo me senté en la misma silla.
Él siguió preguntándome cosas, y con vergüenza y temor le fui contando todo. Prácticamente le hice un resumen del resumen que le di a Seth. Él lo fue escribiendo, y pude ver sus manos temblar y sus dedos presionando con mayor fuerza cada tecla. En sus antebrazos, las venas se marcaban, formando líneas que desaparecían debajo de su camisa blanca. Sabía que estaba poniendo todas esas palabras: insultos, amenazas, golpes, violaciones. Cada palabra más fea que la anterior.
Tampoco me miraba la cara, y se lo agradecí infinitamente. Yo igual desviaba la mirada, pero no podía evitar mirar sus cejas cada vez más juntas y sus labios apretándose un poco más. Era como si estuviera tentando a decirme algo, pero no lo hacía. Parecía enojado, como aquella vez en el ascensor, pero elevado a la décima potencia. Entonces caí en la cuenta que era por culpa de Samuel, o por mí en todo caso.
Quité la mirada de su rostro, y permanecí callada, hasta el último momento donde él cerró su computadora e intentó sonreírme, al decirme que eso era todo. Su sonrisa había sido una rara mueca de incomodidad, y supe que la mía al corresponder fue igual.
Eran quince para las dos, cuando todo terminó. Tomé mi bolsa del suelo y me despedí, agradeciéndole por todo lo que había hecho y le pregunté por sus honorarios.
—No te preocupes por eso todavía. Pregúntame cuando estés divorciada de Samuel —dijo con mucha dureza su nombre.
—Está bien —contesté y caminé hacia la puerta.
Las siguientes dos semanas, esperé a que todos los papeles estuvieran en orden y así poder llevarlos al juzgado, con mi firma ya en ella. Jacob me acompañaba a todos lados, decía que por ser mi abogado era su obligación hacerlo; no me molestaba que lo hiciera, por momentos se volvía incomodo, como cuando íbamos en su auto y todo se quedaba en silencio, no teníamos mucho de qué hablar, pero eso no quitaba el hecho de que a su lado el silencio era también una muestra de paz y seguridad, no podía relajarme como me gustaría, pero si podía dejar de tener miedo y, sobre todo, dejar de pensar que en cualquier momento se me rompería los tímpanos ante un grito o alguna parte de mi cuerpo recibiría un golpe. Sí, el silencio a su lado era relativamente bueno.
Pasé todo ese tiempo sin aparecerme por el hospital, pero sabía por parte de Edward que Samuel había despertado después de diez días y que su madre había llegado en la tarde del mismo día que le avisaron. Él había preguntado por mí y fue su madre quien le dijo que ningún día había aparecido por el hospital y que, en su casa, todas mis cosas ya no estaban, en sencillas palabras, que lo había abandonado. Tuvieron que darle un sedante después de eso, porque estaba tan enojado, que de rabia se había arrancado todos los cables que lo monitoreaban, con la clara intención de irme a buscar él mismo. Él no era el único enojado, su madre no dejaba de despotricar que era una desalmada, desagradecida, una maldita puta que dejó a su buen marido cuando más necesitaba ayuda.
—No sabes las ganas que he tenido de hacerla callar y sacarla del hospital —me dijo Edward, una tarde que me visitó en el departamento de Seth.
Me reí al escucharlo, de seguro que Edith, mi habladora futura ex suegra, ya lo tenía más que desesperado, y eso que Edward era demasiado paciente con todos.
—Así es ella, es una perra arpía, pero te aseguro que de palabras no pasa —le dije, y él sonrió.
Esa tarde había llegado acompañado de Isabela. Ella estaba irreconocible para mí, se había vuelto muy guapa. En la universidad parecía una chica más, fácilmente clasificada como simple, bonita, pero sin nada excepcional, y yo estaba segura que eso fue lo que había enamorado a Edward, ahora lucía hermosa y delicada, fuerte y graciosa, y más con su enorme panza de embarazo, que aun así ella llevaba con fuerza, como si ese peso extra no le afectara a su pequeño y delgado cuerpo. Fue increíble verla, aunque también algo incómodo.
Cuando abrí la puerta, me sentí feliz de ver a Edward, pero al verla ella y que me viera, así como lucía ahora, fue demasiado para mí. Ella pareció ignorarlo, y me besó la mejilla, sonriendo radiante al verme.
—Es bueno que Edward te haya encontrado —fue lo primero que dijo al sentarse en el sofá—. Te ha extrañado tanto —dijo tomando la mano de su esposo, y sonriendo suavemente—, todos lo hicimos, en realidad.
Simplemente pude asentir, tratando de sonreír, y me levanté del sofá para servirles algo de tomar, sin preguntarle si querían beber algo o no. Al igual que en un principio, cuando fui por segunda vez al consultorio de Edward, me sentí mal escuchando eso. Ellos dejaban en claro que me habían extrañado, que no habían dejado de pensar en mí, que no me olvidaron, y yo los olvidé por completo a ellos.
Al ver esos tres rostros me hacían recordar, no sólo como eran esos tiempos, sino como era yo antes, lo que sentía, lo alegre que era, lo viva que estaba, y mi deseo por volver a ser esa chica se volvían mayores. Estaba consiente que jamás podría ser ella de nuevo, que la que era antes me quedaría pequeña para lo que soy ahora, que he vivido tantas cosas que aquella Leah de la universidad, aquella soñadora y alegre chica, no soportaría jamás; sería como ponerme unos zapatos que se rompieron y que acababa de mandar a componer, sabiendo que me quedarían chicos. Así de adolorida y asfixiada me sentiría si intentara ser otra vez como era antes.
¿Por qué no mejor comprar unos zapatos nuevos, hechos a la medida y bonitos? Era así como tenía que tomar mi vida, calzarme algo que me quedara, algo más cómodo, donde pudiera entrar todo de mí.
Al volver con una bandeja, una jarra y tres vasos, noté que Isabella se había dado cuenta de mi estado, y pude ver en su mirada algo de remordimiento. Le sonreí para que se tranquilizara y pregunté por el nombre de su futura hija. Ella sonrió radiante de nuevo, murmurando Reneesme, una combinación rara y extravagante, combinación del nombre de la madre de Edward y el de ella.
Y para no tocar ni un punto sensible, como mi pasado, o algo incómodo, como mi divorcio, platicamos sobre su carrera, el éxito que había tenido, el cómo estaba su padre y su madre, los padres de Edward y sus hermanos, haciéndome recordar a la pequeña e hiperactiva Alice, diseñadora de modas, y a su gigantesco hermano mayor, piloto aviador del ejército, Emmett quien estaba ya casado con Rosalie Hale, hija de un banquero, diseñadora automotriz y modelo en sus ratos libres, hermana del futuro esposo de Alice, Jasper, abogado y próximo dueño del banco.
—¡Vaya! Eso es impresionante —no pude evitar exclamar al escuchar todo eso.
—Sí, ya sabes, mis hermanos no podían dejar de llamar la atención hasta para buscar parejas —dijo con diversión Edward, seguro por las extravagancias de su cuñada y su futuro cuñado.
—Bueno, al menos son felices —dije con una pequeña sonrisa.
—Lo son, los cuatro son felices y a pesar de lo que tienen y en la manera en cómo fueron criados, son muy honestas y amables personas: Rosalie tiene un carácter difícil, es demasiado fría y orgullosa, pero igual es muy agradable si la conoces bien, Jasper es muy serio y callado, casi inexpresivo, pero igual es amable y adora a Alice, de eso no hay duda —dijo Isabella, dejando su vaso sobre la mesita del centro—. De hecho, dos sábados al mes, Edward, Emmett, Jasper y Jacob, juegan basquetbol en el club. Deberías ir con nosotros un día.
Me sentí rara ante su invitación, no pudiendo ni rechazarla o aceptarla. No podría estar un sábado con ellos, como una persona normal, por el simple hecho que no me sentía ni a gusto conmigo misma, no hasta que mis pesadillas se acabasen y estuviera completamente divorciada y curada de Samuel. Así que no dije nada y seguimos hablando, hasta que la puerta se abrió y por ella entró Seth, llegado del trabajo. Sonrió al mirar al Edward e Isabella, y la mujer embarazada, la adorable esposa de Edward, no pudo evitar bromear a mi hermano, haciéndolo sentir muy incómodo.
—¡Oh, mira, Edward, mi eterno enamorado! —dijo en medio de una risita.
Mi hermano se sonrojó terriblemente y se disculpó con Edward, que lo miraba serio para al final terminar riendo a carcajadas por esas palabras, sabiendo las intenciones de su esposa. Yo igual reí al escucharla, pues ella no era dada a las bromas, y esa le había quedado bien.
Seth se quedó pálido y al final sonrió, entendiéndolo todo. Isabella se levantó con un poco de trabajo del sofá, caminó hasta Seth, le besó ambas mejillas y lo abrazó, diciéndole que sólo bromeaba, que no se preocupara, que al final de cuenta era halagador que ella hubiera podido interesarle a alguien en ese tiempo y que éste fuera menor que ella.
—Si te hace sentir mejor, Jacob igual me burlaba a mí, diciendo que nadie más sería capaz de fijarse en la pequeña nerd de biblioteca —le dijo con una gran sonrisa.
—No te espantes, Seth, sólo bromeaba, algo se le tenía que pegar de Jacob —suspiró Edward con una sonrisa, e igual levantándose del sofá para unirse con su esposa.
Ambos se despidieron después de eso, prometiendo que me visitarían pronto y extendiéndonos una invitación en su casa para cenar.
—Cualquier día de estos, Leah —dijo Isabella—. Son más que bienvenidos, siempre estamos ahí, ya casi no puedo moverme por culpa de Reneesme, así que el que vayas a nuestra casa será muy grato —aseguró, y me abrazó con fuerza.
Era muy pronto para ir a su casa, no porque el protocolo así lo dictara, sino que no me sentía bien haciéndolo. No quería estar dos o tres horas al lado de ellos, sin tener de que hablar, no quería hablar de cómo había sido mi vida después de la universidad, ni siquiera de esos momentos donde podría decirse que mi matrimonio fue bueno. Sólo quería empezar de nuevo, y hablar de eso cuando al menos tuviera una idea de por dónde comenzar.
El día que fui al juzgado, al lado de Seth y Jacob, supe que después tendría que ir al hospital para entregarle los papeles a Samuel. Según los documentos, a mí me pertenecía más de lo que pensé y más de lo que Jacob me había dicho, y demasiado para que Samuel aceptara: Jacob había pedido la casa por completo, el auto de Emily y la mitad del dinero, el departamento sería vendido e igual se me haría entrega de la mitad de la venta.
No deseaba nada de él, nada que pudiera recordármelo constantemente, no quería vivir en esa casa ni en el departamento, pero me sentía algo vengadora, quería quitarle todo a ellos, quería que sintieran una mínima parte de lo que sentí alguna vez, quería desquitar todo el dolor y humillación que me hicieron sentir con su traición y cobrarme cada golpe que mi marido me dio. Quería dejarlos a los dos sin nada, estaba dispuesta a comprar la mitad de Samuel del departamento y luego venderlo para que ellos no tuvieran nada de lo que alguna vez disfrutaron a mi costa.
Al salir de las oficinas, mis manos apretaban con fuerza la carpeta plastificada donde iban los papeles. Miré al cielo, rogando por un poquito de fuerza y valor, de que el miedo que empezaba a invadirme remitiera un poco. No quería ir al hospital, no quería ver a su madre ni estar cerca de Samuel. Pero era necesario, un paso más, un pasito más, y sería libre por completo.
Íbamos en el auto de Jacob, quien había dejado en claro que, como mi abogado, tenía que estar presente para cuando él firmara, y también por si Samuel quería presentar una contra demanda, o algo por el estilo. En fin, él afirmaba y juraba que su presencia era necesaria. No quise contradecirlo, así que lo dejé por la paz y me quedé callada, aceptando sus palabras. Además, de que en realidad me sentía mejor si también él iba.
Al llegar al hospital, no fuimos directo a la recepción para preguntar por la habitación de Samuel, sino a la cafetería, donde Edward estaba tomando su almuerzo y le había informado por mensaje a Jacob para decirnos que fuéramos primero ahí. Al vernos sonrió y nos pidió que nos sentáramos. Negamos a su invitación a comer y esperamos para que terminara. Cuando lo hizo, supe que ya no habría más obstáculos entre lo que tenía que hacer, ya no podría atrasar más el momento, aunque, internamente, deseaba que el tiempo se detuviera o que se salteara el tener que verlo y llegáramos ya al momento donde sería libre. Deseaba viajar en el tiempo.
Salimos de la cafetería y caminamos a través de la recepción para llegar a su habitación.
—Antes de ir a la cafetería, me di una vuelta por aquí, y escuché como su madre le decía que iría a casa y luego regresaría. Tarda en volver —todos los miramos y sonrió de medio lado a la mirada divertida de Jacob—. ¿Qué? He estado pendiente de sus movimientos, no pueden culparme.
—Gracias, Edward —le dije suavemente.
—No tienes nada que agradecer, haría lo que sea por ti —aseguró y pasó un brazo sobre mis hombros un momento, antes de quitarlo con lentitud, supuse que era porque estaba en su hora de trabajo y no debía ser tan cercano a ninguno de sus pacientes, y en realidad, yo lo era, era mi ginecólogo y muchos lo sabían.
Caminé sintiendo como mis rodillas temblaban y la piel se me erizaba. Edward, Seth y Jacob caminaban detrás de mí, como si de una guardia se tratara, un frente unido, un apoyo moral, y sabía que, si Samuel intentaba dañarme, ellos lo detendrían. Sentí mis manos sudar, humedeciendo poco a poco el plástico de la carpeta. Quería pasar mis manos sobre la tela de mi vestido, pero no deseaba que notaran de más lo muy nerviosa que me encontraba.
Era perfecto que Edith no estuviera aquí, no quería verla ni escucharla, si lo que Edward decía era verdad, y no dudo que lo sea, ha de estar insoportable y grosera a más no poder. Era preferible que no me la volviera a encontrar, no porque le tuviera miedo, sino que ahora nada me detendría para no contestarle cada grosería, el saber que Samuel no podría golpearme por insultarla le diría todas sus verdades, como ella lo hizo muchas veces conmigo.
Edward me señaló el pasillo correcto, cuando iba a pasar de largo. Asentí a su indicación, pues ni siquiera sabía dónde estaba, esa noche que lo trajeron no quise verlo. El pasillo estaba iluminado y vacío, y tan sólo había tres puertas de madera clara. Me detuve en medio de todas ellas y vi el dedo índice de Edward apuntando la puerta de la habitación de Samuel.
Estaba segura que detrás de esa puerta ardía el cráter de un volcán, un abismo caliente que me quemaría en el segundo que pusiera un solo pie dentro de esa habitación. Adentro había una bestia, un animal salvaje llenó de sangre y fuego, que estaría feliz de destruirme y de arrancarme la piel a mordidas. Miré el rostro de mi hermano, lucia enojado, apretando sus manos a cada lado de cuerpo, Jacob tenía la misma pose, pero mirando la puerta como si quisiera derribarla de un solo golpe.
No podía atrasarlo más, tenía miedo, demasiado miedo. Me sentía igual a esas noches donde llegaba borracho y saltaba sobre mi cuerpo sin piedad. Sentía el cuerpo paralizado, tembloroso. Mi respiración empezó a acelerarse, como si estuviera bajo el agua, con una roca pesada atada los tobillos, y tuviera los pulmones a punto de colapsar.
Caminé hacia la puerta y miré el pomo metalizado a la altura de mi cintura. La tomé entre mis dedos, estaba fría, tan fría que casi quemaba. La rodeé con mis dedos con fuerza y el sudor de mis dedos me hizo resbalar. La giré lentamente, intentando no hacer ruido y la abrí unos pocos centímetros.
—… no puedo, Samuel, no puedo quedarme así contigo —detuve el movimiento de mi mano al escuchar esa voz.
Era la voz de Emily, justamente cuando le decía que no se quedaría con él. Le pedí a mis acompañantes que guardaran silencio, colocando un dedo sobre mis labios, y señalando al interior de la habitación. Ellos se acercaron un poco para escuchar, y de repente ya tenía los ojos oscuros de Jacob en mis ojos. Giré el rostro hacia la puerta al sentir su aliento sobre mi mejilla derecha.
—Emily, ¿no qué me amabas? —escuché decir a Samuel. No podía decir cuál era su tono, en su voz de rabia, odio o crueldad, no había mucha diferencia, los demás tonos no los conocía y menos si eran para ella.
—Sí… bueno no lo sé—murmuró de manera trémula—. Pero… pero ahora estás ahí, invalido de por vida. No podríamos vivir de esta manera, no me vas a dar a lo que estoy acostumbrada.
Hubo un silencio prolongado, nada se escuchaba y yo quería escuchar alguna palabra de ellos. Quería disfrutar el momento en que la vida de los dos empezara a caerse.
—¡Eres una maldita puta! Como sabes que ahora ya no te daré el dinero que quieres, me abandonas —dijo él con más enojo.
No pude evitar sonreír con ironía y rodar los ojos por puro fastidio. Era increíble que él hasta ahora se diera cuenta que a Emily no le interesa más que el dinero. Se me hacía ilógico que fuera tan imbécil.
—Llámame como quieras, pero esa es la verdad —la voz de Emily cambió, sonaba desinteresada, y sentí un poco de vergüenza por ella, como es que se atrevía a ser tan descarada—. Además, no te preocupes, no pienses que te quedaras solo, Leah te ama como la pobre idiota que es, y seguro que te atenderá como rey ahora. Ya sabes, mi prima es una completa ilusa.
Sentí la garganta adolorida, con unas ganas locas de gritarle, de romperle de nuevo la nariz, destruirle su atesorado rostro. Es más, estaba dispuesta a volver hacerlo. Sentí la mano de Jacob en mi hombro, deteniendo mi movimiento. Algo no había desaparecido de la vieja Leah, aquella chica que conoció la universidad, sabía que cuando me cabreaba mis manos eran las únicas que me defendían.
El suave sonido de sus tacones resonó cada vez más cerca de la puerta.
—¡No te vayas, Emily! —gritó Samuel.
Di unos pasos hacia atrás cuando la puerta fue jalada hacia dentro.
Jacob, Edward y Seth saltaran a los lados para que no viera que estaban escuchando. Ella sonrió con prepotencia y me miró de pies a cabeza, luego su mirada recorrió a mis acompañantes, elevando una ceja al no reconocer más que a mi hermano.
—¡Vaya! ¿No qué te quedarías con él, que me lo quitarías? —le pregunté con ironía.
—No sirve para nada ahora —contestó con flojera y sin arrepentimiento alguno.
—Qué puta eres —le dije.
—Sí, si como digas —contestó sin interés, moviendo la mano quitándole importancia, como si ya estuviera acostumbrada a ello. Bueno, era seguro que Samuel no fuera el único hombre casado con el que se revolcaba.
—No. No me sorprende que seas la amante de Samuel —escuché decir a Seth. Giré a verlo y él tenía los brazos cruzados, mirando a Emily con enojo.
—Qué duro, primito —contestó la aludida—. Pero miren a quien tenemos aquí: hola, Jacob, ¿cómo has estado? —preguntó.
Algo en mi pecho punzó al escucharla. No, no era posible que ellos dos se conocieran, a los únicos hombres que Emily conocía era con los que se acostaba. Esperaba, con mucha esperanza, que él no fuera uno de esos hombres. Miré a Jacob y esperé a que éste contestara, su cara estaba sin expresión y sólo elevó la ceja con casi arrogancia.
—¿Se conocen? —pregunté obligando a mi voz a salir calmada.
¡Oh, Dios! Y si ellos se acostaron, en definitiva, estaría tan decepcionada.
—Algunas fiestas resultan inolvidables —dijo ella con diversión, mirándolo coqueta.
Intenté que mi rostro no hiciera ninguna mueca de asco al escuchar eso. No quería ni imaginarme lo que podían significar esas palabras.
—Claro, también los espectáculos que se da en ellas, por cierto, ¿encontraste tu ropa esa noche, o Paul y Jared se lo llevaron como recuerdo? —preguntó con una falsa curiosidad Jacob.
Emily enrojeció, mirándolo con indignación y rabia, abriendo y cerrando la boca como pasecito, y sin decir más, dio media vuelta y se alejó por el pasillo, a pasos rápidos y ruidosos. Sonreí sin poder evitarlo, la chica sin vergüenza se había retirado humillada por completo. Miré de nuevo el rostro de Jacob y éste me guiñó un ojo con picardía. Negué con la cabeza y empecé a reír en verdad agradecida de que haya dicho eso, de que la haya dejado sin palabras y la hubiera humillado como lo hizo.
—No pensé que era ella la amante de Samuel, tú nunca dijiste nada —habló Seth, y yo me encogí de hombros.
—No valía la pena —aseguré. Realmente no me interesaba decirle a nadie quien era la amante de mi marido, ni siquiera a él o a mamá—. Voy a entrar —susurré, y tragué saliva de manera pesada, sintiendo los nervios aumentar.
—Yo voy contigo —dijo Seth.
—No. Debo hacerlo sola, debo poder enfrentarme a él por primera vez, sino tendré miedo para siempre. Yo sola me metí en esto, sola debo salir.
Él asintió no muy conforme, pero sabía que tenía razón, debía por una vez dejar de tenerle miedo, verlo a la cara y exigirle el divorcio.
Me enfrenté de nuevo a la puerta y di un paso a ella. Tomé nuevamente la manija, la apreté fuerte entre mis dedos, hasta que sentí enterrarse mis propias uñas en la palma. Respiré profundamente. Miré nuevamente los papeles en mis manos, donde mi firma estaba en la esquina inferior derecha, sólo hacía falta la de él para que todo este infierno acabara.
Moví la manija lentamente, bajándola suavemente sin hacer casi ruido. Abrí despacio y suspirando, me adentré en la habitación. Mis rodillas temblaron al entrar y me sostuve fuerte del metal en mi mano, porque sentía que de un momento a otro no seguirían soportando mi peso.
Cerré la puerta otra vez, y pude ver los ojos de Jacob mirándome antes de que la puerta se interpusiera entre nosotros. Cerré los ojos para grabarme los de él, necesitaba tener, o al menos copiar, esa fuerza que él poseía en sus ojos de azúcar quemada, necesitaba de esa osadía que expresaba, como si nada pudiera con él. Necesitaba tener eso por un momento.
Caminé por el pequeño pasillito antes de llegar a la estancia, procurando no hacer ni un sonido con mis zapatitos negros, rodeándome el torso con los brazos, abrazándome para darme más valor. Me detuve al dar dos pasos más, y enterré mis uñas en mis costillas. Sentía la garganta cerrada, los ojos ardiendo, los pulmones casi deteniéndose. No podía hacerlo. Deseaba retroceder y pedirle a uno de ellos que entrara conmigo, o a los tres para mayor seguridad. Pero no, no podía hacer eso. Era cierto lo que le había dicho a Seth, necesitaba enfrentarlo yo sola, recuperar un poco el valor y dignidad que él me había quitado.
Bajé la cabeza y empecé a respirar controladamente, buscando detener los dolorosos latidos de mi corazón, que parecía que quería romper mi caja torácica con sus rápidos movimientos.
Di un respiro más profundo, y me di cuenta que el lugar olía abrumadoramente a antiséptico y el frío era casi insoportable. O quizá era mi cuerpo nervioso que estaba más sensible a ello. Caminé lo que me faltaba y pude ver que era una habitación pequeña y blanca, que la cama estaba en medio, pegada a una pared y dos mesitas a los lados era todo lo que adornaba el lugar, la luz del sol atravesaba las ventanas y daban de llenó al cuerpo cubierto de vendas blancas que era Samuel.
Intenté no parecer impactada por su imagen, aunque estaba segura que no lo logré del todo: tenía la mitad de la cara, el lado derecho, completamente desfigurado, parecía plástico quemado, un plástico rosado derretido por el calor, ni siquiera el ojo de ese lado podía abrirlo bien, su parpado parecía una masa deforme y su ceja había desaparecido por completo; el resto de su cuerpo, de ese lado, incluyendo cuello, brazo y tal vez parte de sus piernas, estaban envueltas en vendas blancas.
Sus ojos me miraron como toro bravo y las aletas de su nariz se movieron al respirar con más rabia. Conocía perfectamente esa mirada, era con la que me obligaba hacer muchas cosas que yo no quería, era la que obligaba a tirarme al suelo después de un golpe, la que me humillaba al limpiar cuando tiraba el plato de comida que no era de su agrado.
—¡Vaya! Hasta que mi esposa se digna a visitarme —dijo Samuel, mirándome con el ceño fruncido.
—Hola —me mordí la legua al escuchar mi voz tan débil. Tragué la saliva, aunque para ese momento, sentía la boca casi seca—. ¿Cómo estás?
—Qué idiota eres, Leah, cómo preguntas eso después de tu ausencia —dijo con rabia. Apreté la boca al escucharlo hablar, ni siquiera viéndose en esa situación podía cambiar su maldita actitud conmigo, como si intentara culparme—. ¿Por qué es hasta ahora que vienes?
—No quería verte —dije con todo el valor que pude reunir. No iba a permitir que me atacara con sus frustraciones. No era merecedora de su rabia, sólo él tenía la culpa de lo que había pasado.
—¿Qué dijiste? —su voz había sonado amenazante.
—Lo que escuchaste, no quería verte, no quiero verte más —dije de manera clara, procurando que mis pies no dieran un paso hacia atrás para escapar de él.
Me miró con rabia, pero al mismo tiempo pude detectar la sorpresa en sus ojos. El brazo izquierdo, que estaba libre de vendas, descansaba sobre las sábanas blancas y pude ver como cada vena empezaba a ganar grosor, al igual que la vena que atravesaba su cuello. Estaba rabioso, realmente lo estaba, y simplemente esperé a que iniciara a gritarme.
—¡¿Qué coño dices, Leah?! —bramó como un perro.
—Eso. No quiero verte más, Samuel, y si estoy aquí es para entregarte los papeles del divorcio. No deseo estar más contigo —declaré y moví la carpeta en mi mano.
El único ojo bueno, se coloreo de rojo, las pequeñitas venas se marcaron más, su mandíbula se tensó y estaba segura que pronto empezaría a dolerle los dientes.
Quería pensar que esto le afectaba, no, no creía que le doliese, pero sí que sintiera frustración al saber que su esposa ya no quería estar con él, así como su amante también lo acababa de abandonar por su apariencia y su falta de dinero ahora. Realmente no deseaba que sintiera dolor por mi abandono, porque eso significaría que me quería de alguna retorcida manera y yo no podía entender qué clase de amor sería ese; sí él sintiera un poco de amor, me sentiría asqueada por su sentimiento. Quería que sintiera rabia, indignación, humillación, que se sintiera abandonado y derrotado, todo eso que él me hizo sentir desde que nos casamos. Si, tal vez un poco de dolor no estaría mal tampoco.
Miré como se recargaba por completo en el respaldo de la cama, que estaba algo inclinada para erguir un poco su cuerpo. Me miró a la cara, y tuve que resistir su mirada. Este era el primer paso para recuperarme, mirar a los ojos del verdugo y hacerle entender que ya no dolía más, que no temía más. Mirarlo a los ojos y demostrar que no soy su esposa sangrante en el suelo, que no soy la mujer pidiendo clemencia. No, ya no lo soy. O estoy muy cerca de no serlo más. Mirarlo a los ojos sin miedo y un poco de valor, quizá decirle que no valía más que yo.
—Ya veo. Eres igual a tu prima, como ahora me ves desfigurado y recluido en esta cama, como ya no te daré el dinero al que estas acostumbrada, que ya no podré follarte como la puta que eres…
—¡Cállate, Samuel! ¡No te atrevas a compararme con la perra de tu amante! ¡No te atrevas a insultarme más! —grité con rabia. Apreté las manos en puños, sintiendo las uñas enterradas en la palma de mis manos. No podía permitirle que dijera esas cosas—. Eres tan poco hombre, Samuel. Tú me has hecho esto, tú te has hecho eso —lo señalé con un dedo—. Mírate, mírate bien, si estás ahí es por tu culpa, no mía, tu maldita culpa. Y sí, quizá ella te abandonó por su perspectiva de poco dinero, por su aparente falta de sexo de ahora en adelante. Pero no, yo no te abandono por esas cosas: el dinero no me importa y el sexo contigo me da asco desde hace mucho. Yo te odio y es por eso que lo hago.
Sus ojos se abrieron en su máxima expresión y parecía alucinado por mis palabras, como si no pudiera creer que sintiera odio hacia él. Era un completo imbécil al creer que no sentiría odio después de todo. Su boca tampoco se movía, como si no supiera que más decir.
Tenía que aprovechar entonces su visible estado de pasmo, así que respiré profundamente y pensé en que más decirle.
—¿Después de todo lo que me has hecho, de que me has golpeado, violado, insultado, humillado, crees que me puedo quedar contigo? Yo tengo razones para irme lejos de ti, verdaderas razones, no las estupideces que has dicho —respiré un poco agitada, hablé sin respirar.
No podía quitar mis ojos de él, no podía permitir que se sintiera con la mínima oportunidad de hablar. Esto era como tratar con un animal salvaje, tenía que demostrarle quien mandaba ahora, así como él lo hizo mucho tiempo conmigo.
—¿Sabes? Si no hubieras hecho nada de eso, si no me hubieses maltratado como lo hiciste, yo te seguiría amando y lo seguiría haciendo a pesar de verte ahí, a pesar de tu apariencia ahora, porque no soy igual a ella, pero eso a ti nunca te importó. Ahora ya no te amo, te detesto, me das asco, te odio tanto, y tú eres el culpable.
—¡¿Cómo te atreves a decirme eso ahora que estoy así?! ¡Me estas abandonando! —gritó, saliendo por fin de su estupor.
—¿Abandonarte? Es poco a lo que te mereces. Y te lo digo así de fácil, tan fácil como a ti se te daba destrozarme la espalda a golpes, o me obligabas a tener sexo contigo. Tan fácil como ahora te pido el divorcio —dije a la carrera, antes de que el valor se me agotara y no pudiera decir la frase sin titubear.
Aventé los papeles a sus piernas.
—Jamás te daré el divorcio, eres mía, mi esposa, mi mujer —declaró, con su típica frase para mantenerme amarrada a él.
—¿Esposa? Una esposa es más que un objeto golpeado y abusado. ¿Mujer? De verdad estás usando esa palabra. Nunca fui mujer a tu lado, Samuel. Una mujer es libertad, es amor, es cariño, es fuerza. Y no soy nada de eso por tu culpa.
Me miró con rabia.
—Jamás firmare estos papeles…
—Firma o no, yo no me quedare a tu lado, y escúchame muy bien, yo buscare mi libertad a como dé lugar —me di la vuelta y me apresuré a la puerta.
Cuando la abrí, ahí estaban ellos. Jacob se detuvo de caminar y se acercó a mi rápidamente. Seth me abrazó y yo me apreté fuertemente a su pecho.
—Lo hice —dije cuando me solté de mi hermano.
Ellos tres sonrieron y Seth me besó la frente, murmurando que era tan valiente como me recordaba. Sabía que estaba mintiendo, pues esa Leah valiente había desaparecido hace cuatro años, pero quizá volviera, quizá estaba naciendo una migaja de ella, empezó a nacer allá dentro, delante de aquel hombre que la hacía sentir pequeña y cobarde.
Sí, sí, estaba naciendo de nuevo.
Estaba uniendo todas mis piezas.
Hola. ¿cómo han estado?
Espero que le haya gustado este capítulo y me permitan conocer que les pareció.
