Capítulo 10 – Gotitas de lluvia
A la mañana siguiente, todos se despertaron tarde, en especial Akashi, quien se levantó a las 11 porque había dormido plácidamente. Al acostarse la noche de ayer, había caído en un sueño profundo. Se estiró empujando levemente a Midorima desde el pecho. Hace tiempo que no se sentía tan relajado. Abrió los ojos y se dio cuenta que Shintarō todavía seguía sin despertarse.
—Shintarō… Shintarō… —lo llamó varias veces, pero él no le respondió.
Akashi se quedó observándolo al presentir que Midorima no le haría caso. Habían estado jugando hasta altas horas de la noche. Partida tras partida. "Como antes", susurró al acordarse lo bien que la pasaban en Teikō, antes de pelearse. Pero un desosiego le recorrió, ya que las palabras despectivas de Midorima también invadieron el recuerdo —aunque se burló de ellas en su momento—. Se sentó en la cama y salió de la cama yendo hacia el baño.
Ayer, las palabras de Kazunari le habían fastidiado. Seijūrō no iba a permitir que nadie los distanciara después de haberse amistado hace menos de medio año. Como tampoco quería Midorima se llegara enamorar de otro. Llámese orgullo de su parte o el hecho que Shintarō pudiera superarlo. No lo consideraba un capricho, sino su necedad de seguir siendo el más importante.
Volvió a la cama y enredó sus dedos entre los cabellos verdes de su amigo, Midorima gruñó antes de levantarse. No veía nada sin lentes, pero esas motas medio rojizas indiscutiblemente eran de Akashi. Le puso la mano en la cara y lo tiró de nuevo al colchón para que no se hiciera el payaso.
—¿Qué pasa? ¿Qué hora es? —le pregunto ya despabilándose.
—Eso no importa, Shintarō —le respondió acomodándose en la cama. Se sentó sobre él a la altura de la pelvis—. Necesito departir contigo algo de absoluta relevancia.
Midorima palpó encima de la mesita buscando sus lentes. Cuando Akashi usaba ese vocabulario, era porque estaba diciendo la verdad. Seijūrō se inclinó hacia adelante y le puso las gafas para que dejara de buscar en vano.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó ajustándose bien los lentes— Debe ser importante, para que me acorrales así.
—Ayer cuando bajé a buscarte, escuché a Kazunari confesarle a Yukio cuánto te ama y lo enamorado que está —dijo sin rodeos—. No te voy a decir, "te lo dije". Pero creo que es conveniente que hables con Kazunari para aclararle las cosas.
—¿Para qué? Ya te he dicho que no me afecta. Además, no tendría por qué hacerlo, Akashi —respondió.
—¿Te fijarías en él? —Se intrigó— ¿Te gusta Kazunari, Shintarō?
—No, realmente me incomoda cuando él se pone muy insistente. Pero no puedo negarte que quizás en algún futuro me pueda gustar —Admitió—. A mí no me gusta apresurar las cosas, quiero conocerlo más.
—Ya veo.
Akashi se bajó de su encima y, en pijama, salió del cuarto para no tener que seguir mirándole la cara a Midorima. Su respuesta le había arruinado por completo la mañana de un bonito efímero comienzo. "¿Por esa poca cosa, me quieres olvidar? Ja, como si fuera permitirlo", masculló mientras caminaba por el pasillo.
En el camino se encontró con Kuroko que entró al ascensor, tenía el cabello desarreglado y los ojos rojos nuevamente. Ambos se saludaron y estuvieron callados hasta que llegaron a recepción donde se dieron cuenta que eran los únicos ahí.
—¿No ha bajado nadie? —preguntó Akashi a la recepcionista.
—La señorita Aida y el joven Hyūga han salido a las 9 de la mañana al parque de atracciones. El joven Murasakibara bajo hace unos momentos a llevarse más dulces junto con el joven Himuro y justo hace unos segundos el joven Aomine salió con una pelota de básquet hacia las canchas.
Eso fue todo el reporte.
Como les empezó a rugir el estómago, los dos fueron a cafetería y se sentaron en una de las mesas, ordenando algo simple: Café, y un pan con huevo revuelto y jamón inglés.
—Tetsuya, esto es en efecto un hotel, pero cuídate.
Akashi pudo deducir fácilmente que otra vez había estado teniendo sexo. Tenía ojeras y los ojos se le cerraban de vez en cuando, sin contar, que se le veía muy cansado.
—No te preocupes, Akashi-kun —dijo bostezando—. Todo está bien.
—¿Los están usando?
Tetsuya se sobó los ojos y negó con la cabeza.
—A Kagami-kun no le gusta usar esas cosas —le explicó—. Pero por ahora no hay problema.
Por el momento, no había ningún riesgo ni nada, que después del campamento quizás ni siquiera volverían a pasar un momento así de juntos. Por eso, estaban "aprovechando" el tiempo que estarían ahí en la playa y en un hotel de 5 estrellas.
Akashi sonrió de lado y le volvió a advertir que no se confiara. También lo felicitó por haber logrado tener algo más con Taiga sin haberlo drogado, atado o emborrachado; eso implicaba un gran progreso o algo parecido.
Kuroko asentó, no le quedó tiempo para comentarle mucho, ya que su luz bajó a los 10 minutos al igual que Kise y Yukio que venían conversando muy amenamente y se sentaron junto con ellos.
—¡Hola! —saludó enérgicamente Kise a todos— Hoy parece un buen día, ¿no?
Varios sonrieron y le respondieron el saludo. A los 5 minutos también aparecieron Takao, Midorima, Mitobe y Teppei que andaban buscando a Junpei y Riko por todas partes, incluso le preguntaron a los presentes por ellos.
—Fueron a la feria, Kiyoshi-senpai.
—Se fueron sin mí —se quejó—. Otra vez me van a excluir, me hicieron lo mismo en la cabaña del terror, me dejaron botado.
Uno que otro le dijo que no se preocupara.
—Hoy iremos a la pelea de pintura —decía Kise mostrando el folleto—. Parece divertido.
Midorima miró el volante y pareció interesado.
—Shin-chan ¿Quieres ir?
—Soy muy bueno en el tiro —dijo acomodándose los lentes—. Incluso podría ganarle a mi estimado Akashi nanodayo.
El aludido hizo contacto visual con él, Midorima le guiñó el ojo para que dejara esa cara de amargado. No entendía ni siquiera por qué se había puesto de malhumor por una simple respuesta. Akashi jaló una sonrisa de lado.
—Lo tomaré como un reto, Shintarō —respondió finalmente—. Aunque debo decirte que yo ganaré.
Ya estaba decidido, irían a mancharse toda la ropa de pintura después del almuerzo. Aunque muchos tomarían un desayuno-almuerzo porque ya era mediodía.
-o-
A las dos, recién se aparecieron en la cancha de combate. Ya estaban con sus uniformes de soldados y, entre los que habían entrado, se separaron en dos grupos para empezar la guerra.
Por un lado estaban Mitobe, Kagami, Hyuga, Akashi, Aomine, Yukio y Murasakibara. Mientras que en el otro estaban Koga, Kuroko, Midorima, Kise, Himuro, Takao y Teppei. Habían apostado la cena, los que perderían no probarían bocado hasta la mañana siguiente.
Así de motivados empezaron el juego, se dispersaron y pasaron a sus escondites después de planear una estrategia. Para Kise, el primer blanco a derrotar era evidentemente el moreno, así que se confabuló con Shintarō para entre los dos derribarlo a varios balazos de pintura.
—Por favor, Midorimacchi. Tú lo distraes y yo le doy —se rio al imaginárselo.
—¿Por qué te gusta molestarlo nanodayo? —le dijo entre que miraba hacia el otro lado de la cancha buscando víctimas—. Ya déjalo tranquilo.
—No, él me ha molestado primero, así que va a plañir. Por favor, Midorimacchi, por favor, por favor, por favor —Insistió.
—Deja de ser tan rogón, ya nanodayo —dijo aceptando al fin—. Pero no lo estoy haciendo porque somos amigos, sino porque de todas maneras es el enemigo. Vamos.
—Claro, Midorimacchi. No somos amigos —susurró incrédulo, siguiéndole la corriente para que no se pusiera espeso.
A Daiki lo encontraron detrás de unos arbustos, estaba distraído tratando de darle a Takao por molestar. Midorima apareció frente a él, Aomine se paró pensando que le daría, pero Kise lo bombardeó por la retaguardia.
—Oye, ¿entre dos? —se fastidió.
Volteó por instinto y Ryōta terminó por hacerlo perder. La luz en su pecho se había vuelto roja, lo que indicaba que estaba fuera del juego.
Aomine dejó el arma a un lado y maldijo su suerte, ni divertirse lo dejaban, ahora Akashi le daría una paliza si llegaba a perder su equipo. Después de todo, les había advertido que no quería bajas: "El primero que salga conocerá mi lado malo".
A los diez minutos nomás, salió Kuroko bañado en pintura roja, le habían dado incluso en el ojo. Pestañeaba insistente para que la vista le dejase de arder. Los siguientes en salir fueron Yukio y Hyūga —que fueron bombardeados por Himuro— y Takao que literalmente estaba todo manchado y con pintura hasta en sus calzoncillos gracias a Akashi que no se detuvo, a pesar de que sus sensores ya estaban inactivos.
—Ya, ya, ya no juego —decía cubriéndose con los brazos—. Ya deja de disparar.
—¿Tan rápido te rindes? —se burló acercándose a él.
Akashi se cercioró que nadie los estuviera mirando ni oyendo y se inclinó un poco para mirarle directamente a los ojos.
—Jamás lograrás que Shintarō te mire —le susurró— No eres ni siquiera una opción.
Takao sintió leves palmadas en su mejilla, sospechaba que Seijūrō sabía lo de su amor por "Shin-chan", pero no pensó que se lo diría tan abiertamente.
Salió del campo y fue a la banca a sentarse, se frotó el rostro y miró hacia Midorima que aún seguía jugando, realmente le había dado miedo tener los ojos de Akashi tan cerca. Le recorrió un escalofrío, pero de ahí se sacudió y empezó a reaccionar.
Los últimos en quedar fueron Akashi y Midorima, ambos por el momento estaban escondidos. El de cabellos verdes estaba cambiando el disparador de su arma para ponerlo más potente, mientras que Akashi bostezaba. Era difícil que esos dos se dieran por vencidos.
Los de afuera estaban viendo tiros de un lado para el otro, tenía el corazón en la garganta, uno de los equipo se quedaría sin cenar.
—Midorimacchi, gánale —lo animó— ¡Hoy no almorcé, tengo hambre!
Los del equipo de Shintarō estaban desesperados; en cambio, los que estaban con Akashi parecían tranquilos diciendo que, de todas maneras, no había de qué preocuparse, ese riquillo no perdía en nada.
—¡Vamos, Shin-chan! ¡Confío en ti! —dijo Takao parándose en el asiento llamando la atención de varios— ¡Ciérrale la boca a ese enfermo!
El mayor volteó molesto.
—¡Te he dicho que no le llames así nanodayo!
Cuando volvió su atención al juego, se dio cuenta que Seijūrō estaba en frente de él y tenía un dedo tapando el agujero de su arma.
—Perdiste, Shintarō.
—Debe ser broma.
Forcejeó un poco con él, lo empujó para que dejara de bloquear su arma. Pero cuando retrocedió, Akashi se percató que no podía sacar su dedo —se había atorado—. El pelirrojo hizo fuerza para zafarse al igual que Midorima para poder dispararle, pero solo se cayeron al tropezar con uno de los tantos sacos de escondites. Seijūrō quedó encima de Shintarō, pero su dedo ya estaba libre lleno de pintura roja, la caída había hecho que se desbloqueara.
—Como siempre —dijo sentándose encima de su amigo muy tranquilo—. Ahora sí llegó tu derrota.
—No se vale si no te quitas —Se enojó.
Los de afuera se habían quedado observando y más Takao que recordó que en la montaña a él le pasó lo mismo y Shintarō no dudo en botarlo a un costado como si fuera un saco.
"Será qué… Si ellos dos tuvieron algo quiere decir que Shin-chan es… bueno… se podría fijar en un hombre… pero… por qué no… No puede ser cierto lo que Akashi dijo… ¿Acaso yo… ni siquiera soy una opción?" pensó Kazunari remordiéndose de los celos.
Cuando salió de su mundo se dio cuenta que Midorima ya estaba saliendo, Seijūrō con el dedo manchado de pintura lo había condenado a perder.
La mirada de Shintarō era espeluznante, es que todos pensaron lo mismo: "Maldito, Takao, por tu culpa se distrajo". Un aura asesina recorrió a todo el equipo y golpearon a Kazunari por andar hablando demasiado y no hubo ni oportunidad de defenderse.
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Dos días después…
Akashi, al entrar al restaurante, se topó con el rubio y Yukio que andaban ordenando ya su desayuno. Los saludó y pasó a sentarse con ellos. Kise le dijo que en unos momentos venían los demás, se habían puesto de acuerdo para ir a la playa un rato. Ese día casi todos habían amanecidos de buen humor por días de recreación que estaban teniendo.
Aomine también se había unido al día de estar felices, ya que tenía motivos para estarlo, claro pero esa vez no pensaba decir nada, porque si no el rubio envidioso era capaz de arruinárselo.
En la mañana, Kuroko y Kagami habían ido a recepción a preguntar a la señorita si había alguna forma de recuperar un ticket roto que se había ganado en un concurso. La chica los hizo esperar un momento y les pidió los pedazos para ver si se podía salvar el código de barras. Se lo entregaron y tardó unos 15 minutos en volver de nuevo, les sonrió y les entregó otro pase diciéndoles que lo cuidaran, porque de suerte los patrocinadores habían accedido a mandarle la copia por fax.
Ellos agradecieron y fueron a despertar a Daiki que estaba durmiendo en la cancha de básquet al estar castigado, porque para variar había hecho algo que le había molestado a Akashi. El moreno se despertó y lo primero que hizo fue decirles "Largo, no estoy de humor". Cuando se volvió a voltear, Taiga le pateó la espalda, lo que hizo que el moreno se parara de una y lo cogiera de la camiseta.
—¿Qué chucha te pasa? —le preguntó molesto.
—Imbécil, me la vas a deber, toma. —Le mostró la entrada del partido de básquet haciendo que a Aomine se le bajara toda la cólera.
Dejó de arrugarle el polo e incluso se lo arregló de nuevo, también el cabello que lo tenía todo greñudo. Pero Taiga lo empujó para que se dejara de huevadas, no tenía que agradecer tanto.
—No se lo digas a nadie, —Kuroko le advirtió—, porque no nos darán otro si se vuelve a malograr, Aomine-kun.
A Daiki no se le pudo mejorar más la mañana, les agradeció y fue a su cuarto a esconder muy bien su entrada, esta vez la cuidaría mejor que a trofeo de oro puro. Cuando terminó de refundirla, bajó a desayunar y ahora ahí estaba con una sonrisa de imbécil.
Los únicos que estaban normales, algo amargos o sin cara de buena gente eran Akashi, Murasakibara y Midorima. El pelirrojo como había pasado una noche agitada no había dormido bien. Atsushi andaba con el ceño fruncido porque ayer en la noche sin querer rompió la chapa del baño y se quedó encerrado hasta la mañana que entró la muchacha de limpieza. Había estado por más de 8 horas en un metro cuadrado y lo peor de todo es que había desperdiciado mucho tiempo sin comer dulces. Y por último Shintarō que tuvo que soportar toda la bendita noche los "Shin-chan, cuéntame un cuento" "Shin-chan, ¿estás despierto?" "Shin-chan, hay que jugar algo" "Shin-chan, ¿qué es ese peluche?" "¡Shin-chan! ¡Shin-chan!". Ya hasta odiaba su nombre después de esa velada, ni siquiera sabía cómo Kazunari había logrado convencerlo para quedarse en su habitación. Pero se arrepentía.
Después de desayunar en paz y con la mayoría de buen humor, fueron a la playa donde todos los de Seirin hicieron una competencia de nado, dejando a los demás ahí bronceándose o haciendo cualquier otra cosa.
—Kasamatsu-senpai, así se va a caer —le decía dándole un balde de agua—. Tiene que ser más consistente, mira mi lado del castillo, está mejor.
—Ya te dije que me dejes hacerlo a mí.
Kasamatsu le quitó la pala y empezó de nuevo a construir una de las torres.
—Qué fea torre~ —decía Atsushi sentado a su lado comiendo dulces—. Está horrible.
—A sí seas alto sigues siendo de primer año, muestra más respeto.
El de cabellos morados hizo una mueca y siguió comiendo sus golosinas. En una de esas que Yukio dejó de mirar su torre para coger el balde, Murasakibara con el pie pateó su montículo de arena y todo su esfuerzo se vino abajo. Cuando el azabache volteó y vio su torre hecha trizas, miró asesinamente al gigante que estaba muy tranquilo como si él no hubiese tenido nada que ver.
—Aka-chin, yo también quiero broncearme —dijo disimulando y se fue lejos del moreno.
Fue donde el pelirrojo, pero este estaba debajo de una sombrilla con una toalla en la cara y por más que lo llamaba no contestaba.
—¿Aka-chin?
—Está dormido —le dijo Shintarō—. Se durmió hace un rato, quizás deba hacer lo mismo antes de que venga ese idiota.
Cogió una toalla y también se la puso en la cara para dormir en paz.
—Uhm… ya veo… se ve divertido.
El come-dulces terminó de comer sus dulces y, tal cual estaba Seijūrō y Shintarō, cogió una toalla y se echó al costado de ellos dos. Atsushi también tenía sueño, dormir en un jacuzzi no era lo mismo que la cama de 2 plazas que tenía en su casa.
Takao había ido al muelle junto con Aomine y ahí estaban los dos sentados pescando, no supieron en qué momento llegaron a esa situación.
—Qué aburrido, no hay nada —dijo tirando la caña a un lado—. Regresemos~.
—Aquí estoy bien, sin Kise ni Kasamatsu —decía de lo más tranquilo.
—Iré a ver a Shin-chan~.
Se quiso parar, pero Daiki le dijo que lo escuchara un momento. El azabache se extrañó, pero se sentó de nuevo.
—Así no vas a conseguir nada con Midorima —le dijo de lo más relajado—. Él es Tsundere y eso tú lo sabes, entre más lo molestes, peor va a ser.
Takao se sonrojó por completo, después de unos segundos, se rio y le dijo que estaba hablando incoherencias. Pero le agradeció por el consejo. Cogió su mochila y regresó con los demás y justo los de Seirin volvían de la competencia que la ganó Teppei gracias a que Hyūga y Kagami se chocaron y atrasaron al resto.
Kagami fue a recoger las sobras de Tetsuya que seguía tirado en la arena, se había desmayado. Lo cargó hasta donde estaban las sombrillas y trató de hacerlo reaccionar, pero nada, parecía dormido.
—¿Y si le das respiración boca a boca? —Lo molestó Takao—. De todas maneras, ya se ve lo de ustedes, sería normal~.
—Cállate, ese día se aprovecharon que estaba borracho.
Kazunari se río, pero aprovecharía la idea. Le tocó el hombro al pelirrojo y le señaló a Midorima para después decirle "Sh~, mira y aprende". Le mostraría cómo hacer para despertar a una persona, fue a paso rápido donde su compañero de equipo y, con mucha delicadeza, le sacó la toalla de encima dejando su rostro a la vista. El azabache tomó impulso y le abrió un poco los labios con los dedos.
—Oye, oye, te va a matar —le decía Kagami en susurros—. Oye, Takao.
El moreno parecía muy seguro, pero en realidad por dentro se estaba muriendo de los nervios, pensando qué pasaría o qué sentiría al besar a Shintarō. "Y si me excito de nuevo… no… quizás… ¡No, es mi oportunidad!" se dijo así mismo. Bajó el rostro y cuando estaba a punto de besarlo se escuchó un grito que lo paralizó.
—¡Mido-chiiiiiiiiiiiiiiiiiin, te violan! —gritó Atsushi.
El de cabellos morados había estado observando desde lejos y sabía lo que iba a ser el moreno, pero había esperado el momento perfecto para dejarlo en ridículo. Todos voltearon y se quedaron petrificados al ver a Kazunari con las intenciones de besar a Midorima, no podían interpretarlo de otra manera.
Pero el grito, en vez de levantar a Midorima, había despertado a Akashi que se sacó la toalla de encima y se sorprendió un poco al ver a Takao tan cerca de los labios de Midorima.
Para suerte del azabache, el único que no había sentido los chillidos de Murasakibara era Shintarō, recién se percataba que tenía audífonos y en su mp4 se podía ver que estaba corriendo la música todavía.
Takao suspiró aliviado y pensó que aún podía lograrlo. Pero el fuerte manazo que le tiró Akashi, lo hizo rodar por la arena. Muchos jadearon de la sorpresa, Seijūrō ya se encontraba parado y no con la mejor de las caras. Tenía los puños apretados.
—¡¿Qué te pasa?! ¡Era una broma, nada más! —le gritó encolerizado, nervioso y muy rojo— ¿Verdad, Kagami?
—A mí no me metas —dijo mirando hacia otro lado. No quería involucrarse en un problema con Akashi.
Taiga lo dejó ahí solo con el problema, porque él cargó a Kuroko en su espalda para llevárselo a la habitación. Mientras los otros se lo estaban comiendo con la mirada esperando que uno de los dos hablara, pero el silencio persistía.
—¿A ti te gusta Midorimacchi, Takao-kun? —preguntó Kise para romper con esa situación incómoda— ¿Es eso? ¿Lo ibas a besar?
—Oigan, no lo juzguemos, quizás sólo era una broma —les dijo Yukio para defender a su amigo.
—Broma… no, eso no era~ —dijo el de cabellos morados—. Yo lo vi con estos ojitos que me heredó mi abuelita~~… estaba tocando a Mido-chin.
—¡¿Lo tocaste?! —le gritaron todos los de Seirin— ¡Eso es acoso!
—Y-yo no hice eso —decía moviendo sus manos negando—. No lo he hecho, lo juro… solo… yo…
A Akashi se le ensombrecieron los ojos, caminó hacia Kazunari sin pronunciar palabra y lo miró altivo al tenerlo en frente.
—Creo habértelo advertido, no te acerques a Shintarō —Lo volvió a amenazar—. Si no, lo lamentarás.
—No te tengo miedo.
—No tienes idea de lo que soy capaz de hacer por Shintarō —respondió. Volteó a ver a los demás y se cruzó de brazos—. Se acabó, nadie vio ni oyó nada.
Como el pelirrojo no decía nada más, supusieron que debían ignorar el momento así que volvieron a hacer lo que estaban haciendo antes de que Atsushi gritara.
Al ver que nadie estaba mirando, Akashi se acercó a su mejor amigo y le quitó los audífonos para despertarlo, lo movió un poco y Shintarō recién abrió los ojos. Como lo primero que vio fue la cara amargada de Akashi se exaltó y retrocedió, alejándose un poco de él.
—¿Q-qué pasó? —le preguntó mientras buscaba sus lentes.
—Toma, Shintarō. —Le pasó sus gafas—. Te sorprenderás cuando te diga qué pasó, tiene que ver con tu amigo, Kazunari
—¿Qué pasó? —Se asustó—; ¿Qué hiciste ahora, Takao?
—Shin-chan, no le creas nada, solo que lo empujé y se ha molestado otra vez.
—¿Podemos preguntarle al resto qué pasó, Kazunari? —le preguntó Akashi con el ceño fruncido— O quizás prefieras que se lo cuente Atsushi.
El azabache tragó saliva, sabía perfectamente que si Murasakibara metía su cuchara terminaría en la morgue, con la cizaña que metía y encima que parecía como si disfrutara molestarlo.
—Te daré una oportunidad, díselo tú —le dijo cruzado de brazos.
—Solo… yo… bueno… es que yo… te iba a… te iba a besar —susurró lo más bajito que pudo.
A Shintarō no se le pudieron abrir más los ojos, poco a poco se iba a notando la cara de molesto que se estaba formando, incluso tenía los puños cerrados como si lo quisiera golpear.
—Eres despreciable, Takao —le dijo aguantándose las ganas de gritarle—. No solo no me dejaste dormir, ahora te gusta fastidiarme nanodayo.
—¿Cómo que no te dejó dormir? —preguntó metiéndose— ¿Han dormido juntos?
—Técnicamente me obligó a dormir con él —Midorima ajustó sus gafas y se levantó de la arena—. Pero eso no tiene importancia.
—Para mí sí tiene importancia, ¿qué hicieron?
—¡No hice nada nanodayo! —Se exaltó.
Ya no quería seguir entre esos dos, no estaba de humor. Recogió su toalla y se fue dejando el resto de sus cosas ahí. Kazunari quiso ir tras él, pero Seijūrō lo cogió del brazo. No se le escaparía.
—Suéltame, ya deja tus celos —dijo soltándose de él— ¡Tú no estás con Shin-chan ni tienes derechos sobre él!
—Los tuve, pero todavía tengo el deber de velar por su integridad física y psicológica, y lo único que tú haces es hostigarlo con tus constantes acosos.
—Yo no lo acoso. Además, si a Shin-chan le molestara mi presencia, me lo diría. Pero él también me busca y es algo que tú no podrás-…
—Solo déjalo en paz, Kazunari —lo interrumpió —. Ya no te lo advierto, te estoy amenazando: Vuelves a acercarte a Shintarō y te arrepentirás de haber nacido.
Takao se quedó en shock al escucharlo. Vio como Akashi cogió su mochila y la de Shintarō yéndose de nuevo al hotel.
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La sesión de fotos del viernes había sido un total fracaso, apenas se apareció y cruzó la puerta su representante casi se desmayaba al ver al rubio con golpes en el rostro. Kise trató de explicar que fue un accidente, pero a su manager no le importó y le gritó en frente de todos, diciéndole que eso era una gran irresponsabilidad y que lo único que estaba haciendo era perjudicar su carrera.
El director del comercial y las fotos también le dijo que estaba decepcionado de su poca profesionalidad. Le parecía el colmo que un modelo ya pagado tuviera el descaro de meterse en riñas callejeras y malograr su imagen.
Le trataron de poner maquillaje, pero para su mala suerte de Ryōta era la etapa donde los moretones se ponían más negros y las capas no servían, si seguían aumentando base su rostro se vería muy sobrecargado.
—No, me rindo, llamemos al reemplazo —dijo el supervisor—. Kise-kun queda fuera del proyecto
—¡No, espere! —le insistió—. Se puede solucionar y si me las toma del otro perfil, no es-
—Olvídelo, Kise-kun, no aparecerá en el comercial; hablaremos con su representante sobre el pago que le hicimos.
Fue todo, no pudo ni siquiera salir de extra por lo molestos que estaban en el set con él. Solo se quedó un rato a mirar, pero después se fue con el chofer de Akashi que lo había acompañado todo el viaje muy amablemente. Estaba que explotaba del coraje pensando "Maldito negro, me las pagas".
En el camino, su representante estuvo sermoneándolo, llamándole la atención por dar esa imagen de chico problemas. También le informó que mientras no se borraran por completo esos moratones, no se podía aparecer en el estudio de fotografía. Ryōta suspiró y mordiéndose la lengua tuvo que aceptar.
Entró al hotel hecho una furia, no respondió el cordial saludo de los empleados ni saludó a Kuroko que estaba en la puerta esperando a su luz, pasó de largo y justo se encuentra con Aomine muy relajado tomando un Sundae de cereza junto con Murasakibara que tenía una bandeja de helado para él solo.
Sin pensarlo dos veces, fue directamente hacia el moreno y de una patada en el hombro lo tiró de la silla, haciéndolo caer. Daiki se levantó y frunció el ceño, no recordaba haberle hecho algo al rubio.
—¡¿Qué carajos te pasa, Kise?!
—¡Ganguro de mierda! —Lo cogió del polo y lo miró con odio—; Ya no podré trabajar hasta que me sanen las idioteces que me hiciste ¡Casi me despiden!
Aomine se rio y empujó al modelo para que lo soltara. Hubiera sido comprensivo y quizás hasta le podría haber pedido perdón, pero eso ya no era una posibilidad gracias a que ayer en la noche Ryōta se encargó de molestarlo al ser realmente cariñoso con Kasamatsu, y encima lo ignoró por completo en la cena, ni siquiera le dirigió la mirada o algo parecido. Nada de nada, por eso le pagaría con la misma moneda.
—No me vuelvas a arrugar el polo, idiota —le dijo mirándose la prenda—. Y si casi te despiden no es por el moratón, seguro que encontraron la excusa perfecta para deshacerte de ti, fracasado.
—¡Yo no soy un fracasado! No tengo la culpa que seas un marginado envidioso.
Murasakibara, que estaba ahí de espectador, solo se dedicaba a comer su helado mientras veía como si fuera una película como esos dos se gritaban.
—No tengo ni por qué tenerle envidia a un estúpido rubio pálido desabrido anoréxico y horrible COMO TÚ. —Se molestó—. Ni tu madre te quiere, tan feo que saliste.
—¡Fea tu madre, tu abuela y toda tu familia completa! —le gritó.
El moreno lo cogió con ambas manos del chaleco al rubio y lo acercó a él.
—¿Qué dijiste rubio engreído? ¡Ni a mi mamá ni a mi familia las metes en esto!
El rubio sonrió burlón, quiso decirle algo más ofensivo, pero al ver a lo lejos a Akashi con Kagami acercándose tuvo una mejor idea.
—¡Ahora te quedas callado, cabro de mierda!
Dejó que Daiki lo zarandeara y se preparó mentalmente, respiró profundo y de la nada empezó a llorar, las lágrimas le caían sin detenerse lo que hizo que el moreno lo soltara preocupado.
—Oye, Kise, ¿qué te pasa? No te he golpeado, no exageres —dijo nervioso.
—… Mine-chin… lo hiciste llorar —decía Atsushi mientras cogía otro sundae.
—E-eres… ¡Eres crueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeel! —le gritó tapándose el rostro con las manos.
El moreno, que no sabía qué mierda estaba pasando, quiso consolarlo y acercó su mano hacia la cabeza del rubio, pero Ryōta lo rechazó y siguió llorando.
—Daiki, de nuevo —dijo Akashi llegando a la escena.
—Oye, Kise, ¿qué te pasa? —le preguntó Kagami acercándose a él—; ¿Qué te hizo?
—¡No le he hecho nada! Es puro teatro —dijo inmediatamente—. Está exagerando, ni siquiera lo he tocado.
El rubio se puso a chillar más fuerte haciendo que todas las miradas recayeran en el moreno, incluso Kuroko que estaba afuera se acercó al oír llorar al Kise.
—Kurokocchi —dijo abrazándolo—, Aomine es un maldito marginado, es un marginado.
—Oye, idiota, sigo aquí.
Tetsuya trató de decirle que parara de llorar, ya que le estaba mojando la camiseta, pero el rubio ni caso, él se estaba explayando.
—¿Qué le hiciste, Daiki? Te estoy dando la oportunidad de defenderte.
—Nada, no le he hecho nada. Él vino como un salvaje a tirarme de la silla diciendo que su trabajo fue un fracaso por los golpes, de ahí me insultó y de la nada empezó a llorar.
Atsushi, que vio que la cosa se ponía buena, cogió el helado que quedaba y se acercó a los demás.
—Kise-chin, ya no llores…
—¿Cómo quieres que no llore? Si él insultó a mi familia, se burló de mis hermanas y encima de todo casi mata a mi abuelita con esas palabras tan frías, ¡¿cómo quieres que no me sienta así?! Mi abuelita… ella no será la mujer más bella del mundo, pero-pero me cuido desde que era pequeño y yo… y yo…
Otra vez el rubio se colgó de Kuroko y chilló más fuerte.
—Oye, idiota, con la familia no se mete —le dijo Kagami al moreno.
—Pero yo no-
—Mine-chin, con los abuelitos no... —le dijo dejando el helado a un lado—. Eso es sagrado.
—Aomine-kun, pensé que no eras de ese tipo.
Era increíble que todos creyeran el teatro de Kise, pero lo que le llegó a Aomine fue el comentario de Atsushi, ese había escuchado perfectamente toda la conversación.
Sin embargo, no sería tan idiota como para dejarlo hablar, lo conocía y sabía que eso no más sería una desventaja para él. Así que sólo seguía defendiéndose como podía, pero las lágrimas de Ryōta eran muy convincentes.
—Espera —dijo el moreno de la nada—. Ahora que recuerdo… ¡Oye, Kise, tú ni siquiera tienes abuela, mentiroso!
—La mató, ya vez, Akashicchi. La mató
"¿Qué mierda? Ya me jodí de nuevo, puto rubio" pensaba Aomine.
A los minutos llegó Kasamatsu y sacó a Kise de ahí, mientras que a Daiki le caía el sermón de parte de todos. Más de Atsushi, se estaba conteniendo, pero cuando tuviera la oportunidad, se las iba a cobrar en grande por haberse puesto del lado de Ryōta en vez de ayudarlo.
Yukio salió con el modelo hacia la piscina y le preguntó qué había pasado. El rubio se secó las lágrimas y le sonrió de oreja a oreja.
—Nada, Kasamatsu-senpai —dijo muy radiante—. Vamos al parque de atracciones. Kagamicchi y Kurokocchi me dijeron que es muy divertido, vamos.
—Oi, Kise y qué fue lo de…
—¿Eh? Ah eso, nada, solo quería hacerle pagar a ese —sonrió—. Te equivocaste, ya ves que yo sí puedo ser un gran actor.
El moreno rodó los ojos y prefirió no seguir con el tema, le ponía de malas hablar de Daiki. Aprovecharían ese día soleado para ir a divertirse un rato al parque de diversiones. No era una mala idea.
-o-
Kazunari seguía parado en frente de la puerta de Midorima, estaba ahí desde mediodía. El de gafas, que pensaba salir, se encerró de nuevo y le pidió de una manera nada cortés que se largara. Pero el azabache no se movió de esa puerta, iba a hablar con su tsundere así tenga que esperar por horas.
Las 4 de la tarde y nada de abrirle la puerta, volvió a tocar y escuchó de nuevo el "Largo, Takao, déjame en paz nanodayo". Suspiró y se sentó en el suelo, tarde o temprano saldría por hambre o cuando la de limpieza viniera, aprovecharía para meterse.
Estuvo jugando con su cabello hasta que al fin vio que la puerta se abría. Se paró de inmediato, pero al único que vio salir fue a Seijūrō, ya le parecía raro que el zafado no haya pasado por ahí ni haya salido de su habitación en tanto tiempo.
—¿Qué hacías ahí? —le preguntó celoso.
—Fue un juego extenso y productivo —le dijo sereno—. En realidad lo siento, Kazunari, no te quiere ver.
—A qué te refieres… oye… Akashi.
Lo siguió un tramo, pero el pelirrojo no volvió a voltear, se subió al ascensor y se fue. Takao se quedó mirando el pasillo por donde se fue Seijūrō y ni se dio cuenta que Midorima había salido y se había deslizado muy silenciosamente hacia el otro ascensor. Había caído en la trampa.
El de gafas llegó a recepción y fue hacia la cochera donde estaría Seijūrō ya en el carro.
—Gracias por distraerlo nanodayo —suspiró aliviado.
—Olvídate de eso —le dijo dándole las indicaciones al chofer para que ya arrancara— ¿Por qué tu madre sonaba tan preocupada?
—Nada importante, ya la conoces, solo me quiere ver —dijo algo avergonzado.
A veces la madre de Shintarō se preocupaba demasiado. Ese día tuvieron que ir a la ciudad más cercana, ya que los padres de Midorima justo estaban haciendo negocios por ahí y querían verlo antes de volver a casa.
Akashi se acomodó en el asiento, reclinándose para una mejor posición. Suspiró y miró de reojo hacia su amigo. Midorima se mantenía mirando por la ventana, con una mano sostenía su barbilla. Esa vista la había tenido por muchos meses, o eso recordaba cuando hacían sus extensos viajes en días libres. Dejó salir una sonrisa, por un momento recordó al pequeño nerd de la clase "Las abejitas". Aquellos recuerdos que lo invadieron, fue el comienzo de todo.
Aquel año, su padre había decidido matricularlo en un jardín cerca de la zona residencial de donde vivan. El jardín de niños: "Gotitas de lluvia". Al principio, entró con desconfianza. Pero poco a poco se fue acostumbrando. No le iba mal y tampoco le desagradaba ese nido, pero como siempre sucedía —hasta en su vecindario—: Los niños no se le acercaban al pequeño Akashi. A muchos les parecía un niño muy raro por tener esos ojos dispares, además de su personalidad autoritaria y esa aura que le daba escalofríos a cualquier persona normal.
Mayormente Seijūrō pasaba los recreos enteros solo a un lado del patio, comiendo su lonchera y mirando unas piezas que nadie entendía que eran. A la hora de clases, también pasaba lo mismo: Nadie le hablaba, ni hacían grupo con él, lo excluían de tal manera que hasta la profesora se daba cuenta. Aunque Akashi tampoco hacía ningún esfuerzo por hacer amigos, es más, parecía que ni siquiera le interesaba.
En ese salón, también se encontraba un niño de cabellos verdes que lo molestaban porque era más alto que el resto y porque tenía un acento medio raro. El niño se llamaba Midorima Shintarō. Él poco afectado no se sentía por la discriminación y a veces no le importaba si nadie le hablaba, se la pasaba armando rompecabezas o jugando con un cubo mágico.
Esos dos eran los solitarios del salón de clases "Las abejitas". Ellos dos tampoco se hablaban, solo se miraban de vez en cuando.
Un día cualquiera, Shintarō se olvidó su libro de dibujo. Se puso a llorar diciendo que su madre lo castigaría por su irresponsabilidad, que no merecía vivir. Se estaba flagelando con su cuaderno de ideogramas, se daba de librazos en la cabeza.
—Shintarō-kun, basta. ¡No hagas eso!
—¡Me olvidé mi libro de dibujo! ¡Me olvidé mi libro de dibujo! —decía en desesperación sin dejar de golpearse.
La maestra tuvo que intervenir y quitarle el libro para que dejara de hacerse daño. Se puso de cuclillas y con palabras dulces trató de hacerlo entrar en razón. Los ojos del menor estaban llenos de lágrimas, le pedía perdón por haber cometido una falta tan grave como no traer sus útiles, había deshonrado al salón y al nido entero.
—Claro que no, Shintarō-kun. Un descuido a cualquiera le pasa.
—¡Yo no soy cualquiera nanodayo!
La profesora se corrigió para no ofenderlo y le sugirió, que en vez de lamentarse, formara equipo con alguno de sus compañeros. Pero la mayoría de niños alejó su silla y escondió el libro de trabajo para no tener que hacer dúo con Midorima.
—Vamos, mis pequeños, ¿quién quieres trabajar con Shintarō-kun? Él es un niño muy aplicado y muy inteligente.
Ninguno de sus compañeros levantó la mano.
Akashi —que estaba sentado a un rincón— al ver que nadie iba a querer, levantó la mano siendo la salvación de la educadora en esos momentos. Shintarō estaba a punto de un ataque de nervios. La maestra señaló a Seijūrō y Midorima le dirigió la mirada, aún empapada de lágrimas.
—Vas a trabajar con tu compañerito Seijūrō-kun.
Ella se aseguró de sentarlo al lado de Akashi, quien le prestó su libro para que pudiera copiar la caricatura en la hoja blanca y también le dio sus crayolas.
—Gracias —dijo casi susurrando. Pero a los segundos, se quedó mirando fijamente hacia el paquete de minas de colores— ¡Mis crayolas! —gritó al darse cuenta que también se había olvidado. Se había exaltado y estaba cogido de la silla aferrándose a ella.
Todos voltearon a mirarlo. La profesora se cubrió el rostro con la mano, iba a empezar de nuevo. Akashi arrugó el ceño, aunque también tenía muchas ganas de reírse.
Midorima hizo de nuevo un drama, la maestra ese día decidió asegurarse de ver la mochila de Shintarō cada mañana para evitar ese tipo de espectáculos.
En el recreo, se infiltró en el patio un niño que era mayor que todos, ese gordito ya estaba en inicial. Pero como vio que la supervisora no estaba, se metió a la zona de 3 años y comenzó a quitarles los dulces y sus loncheras a los niños. El matón se acercó al menor de cabellos verdes y lo empujó comenzándolo a molestar, le quitó los lentes y le sacó la lengua. Ese no era el mejor día de Midorima.
—Niño cuatro ojos, niño cuatro ojos —le empezó a decir.
Los demás que estaban mirando, se pusieron a un costado y dejaron que le sigan haciendo bullying a Shintarō. Pero eso no duró mucho, ya que Akashi apareció y se puso en frente del niño con problemas de peso.
—Dáselos —le dijo serio.
—Oblígame.
El niño mayor lo empujó, haciendo que Seijūrō cayeran sentado al suelo. El pelirrojo se sacudió su mandil y de la nada sacó las tijeras que tenía ahí. Sonrió y con la cara de niño enfermo que ya tenía desde que lo parieron, lo amenazó y le dijo de nuevo que le devolviera los lentes. El niño soltó las gafas y se fue corriendo asustado, incluso lo había hecho llorar. Akashi se rio y recogió los lentes para devolvérselos a Shintarō.
—Estos son tuyos. —Akashi se los entregó y Midorima se quedó mirándolo con ojos de agradecimiento y admiración.
—Muchas gracias nanodayo.
Shintarō se fue un momento, corrió hacia las bancas, y de su loncherita sacó un paquete bien envuelto para que se mantuviera tibio. Volvió donde Seijūrō y se lo entregó en compensación por su ayuda.
—Toma.
Akashi lo recibió y se dio cuenta que era una bola de arroz rellena de teriyaki, sonrió suave y le dio una pequeña mordida.
—Delicioso —dijo sorprendido. Ni sus empleados cocinaban tan rico.
Nuevamente envolvió esa bolita de arroz y le señaló un árbol casi al fondo del patio, era el lugar donde normalmente comía. El pequeño niño de lentes le hizo caso y lo siguió.
Los dos se sentaron, en el suelo, debajo de un árbol que había en el patio y comenzaron a hablar. A Akashi le sorprendió de que el chico le hablara de lo más normal y no le tuviera miedo como los otros niños y mucho menos que se le quedara mirando con cara de idiota por tener los ojos de distintos colores.
—¿Tú no me tienes miedo, Shin-chan?
—No, el gato de mi tía tiene los ojos como tú —le dijo mientras mantenía su vista en la comida. Estaba pelando su mandarina.
—¿Tienen un gato en tu familia? Papá no me deja tener gatos…
—Es de mi tía ¡A mí no me gustan los gatos! ¡Arañan nanodayo! —Le mostró la aún visible costra que tenía en la frente.
Akashi tocó su herida y palpó cuidadosamente. A él nunca le había arañado un gato, pero estaba seguro que su primer amigo habría hecho algo para que el felino le saltara encima a atacarlo.
Desde ese momento comenzó su amistad, ya estando en la primaria se volvieron más unidos y paraban juntos casi todos los días. Además de estar siempre en el mismo salón de clases. Shintarō se quedaba, a veces, a dormir en casa de su mejor amigo, al igual que Seijūrō quien también pasaba tiempo en casa del de cabellos verdes; incluso ambos eran bien aceptados por la familia del otro.
Akashi rio de la nada, Midorima giró levemente el rostro preguntándole qué le estaba causando tanta risa. Hace un buen rato, lo veía abstraído en sus pensamientos. El pelirrojo le restó importancia con la mano a la pregunta.
—No es nada, solo pensaba en los días de nidos —susurró divertido—. ¿Te acuerdas cuántas veces te golpeaste la cabeza?
—Cállate, lo estás haciendo por molestar.
—No… Si no te hubieras flagelado, no nos hubiésemos hablado —le recordó.
Shintarō no contestó, regresó a su posición anterior. Faltaba todavía media hora de camino. Aunque las palabras de Akashi también le trajeron a él recuerdos que lo hicieron sonreír de la nada.
Llegaron al hotel indicado exactamente a la hora pactada. En la puerta, estaban los padres de Shintarō. La señora Midorima estaba muy feliz de ver a su hijo sano y salvo, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. El señor un poco más calmado también le dio un caluroso recibimiento.
—Disculpa, Sei, por esta salida abrupta —le decía la señora mientras llenaba de mimos a Midorima—. Ya lo queríamos ver.
El de cabellos verdes estaba avergonzado, odiaba que Akashi viera esas escenas tan amorosas de su familia. Aunque el pelirrojo estaba más que acostumbrado.
—Es natural, madre —decía sonriendo—. Ya ha pasado una semana, nos sorprendía que no haya llamado.
—Oye, Akashi. —Se ruborizó Shintarō—. No ayudes tanto.
La señora rio y dejó respirar a su hijo para poder abrazar a Akashi, que también le llegó su turno de ser casi asfixiado. Aunque, en sus adentros, reconocía que le gustaba ser tan bien recibido por la familia de Shintarō.
—Por cierto, Sei, ayer conversé con Shiori y me comentó que le hubiera gustado venir, pero, en compensación, me mandó un bonito presente para ti. —Sacó de su cartera una cajita.
—Interesante. —Tomó el regalo y lo abrió viendo una "S" de oro negro, junto con la delgada cadena—. Vaya, no me esperaba esto.
—Lo compró en su viaje a Noruega, acaba de llegar.
Estuvieron paseando por la ciudad y aprovecharon que era de tarde para almorzar todos juntos, el pobre Midorima estuvo lleno de tanto amor que sorprendía que sea tan tsundere cuando sus padres no eran nada descuidados con él.
Eran las siete y era momento de partir, ya que los padres de Shintarō tenían una reunión de trabajo a las ocho, así que Midorima fue el primero en despedirse.
—Cuídate mucho —le dijo tiernamente—. Verdad, casi lo olvido. Sei, como sabrás se acerca el cumpleaños de Shin.
—Lo tengo muy presente, no se preocupe, madre. Ya he recibido la invitación, estaré más que encantado de asistir y mis papás también lo están.
—¿Qué invitación? —preguntó de inmediato Shintarō.
Su madre le sonrió y les dio un beso en la mejilla a sus dos hijos para después subirse al carro y se fueron dejando a su hijo con la duda.
—¿Qué cosa te dijeron, Akashi? ¿Por qué no me dijiste nada?
—Vamos, Shintarō. Mi chofer espera —dijo ignorando las preguntas—. No deberías preocuparte, tus padres nunca te han dejado en ridículo frente a mí —se burló.
—¡No te pases, nanodayo!
Al de lentes, le saltaba una venita de la sien, mientras que Seijūrō lo miraba muy divertido. Jaló el helado de yogurt que todavía no terminaba, al igual que Shintarō con su batido de frutas rico en proteínas que le había pedido su madre.
—Akashi, ¿puedes llamar al mozo? Este jugo está asqueroso —Akashi se aguantó la risa y levantó la mano para que la camarera se acercara.
—Pensé que te gustaría, tiene bastante vitamina C y E. Debes evitar la anemia.
—Es imposible que me dé anemia nanodayo.
Se quedaron hasta las nueve en el restaurante, luego subieron directamente a la camioneta para volver donde los demás. Se preguntaban qué destrozos habría ocasionado Aomine, ya que no había ninguna clase de supervisión.
Akashi abrió la ventana del carro porque lo sentía sobrecargado de todo el rato que había estado parqueado. Midorima, esta vez, se recostó en la puerta mirando hacia su amigo. De noche, no había paisaje en qué distraerse. Seijūrō dejó de mirar el obsequio, que le había enviado su madre, y se dio cuenta que Shintarō no iba a estar de aburrido esa tramo del viaje.
—Shintarō, —lo llamó para atraer su atención— me he dado cuenta que tu madre nos sigue tratando como si aún fuéramos pareja.
—Nunca fuimos una pareja. Eso tú me lo dejaste en claro —recalcó el pronombre.
—Ella lo creía así, inclusive mis padres —admitió.
—Es cierto, todos lo creían, menos tú.
Seijūrō guardó silencio al notar que Midorima seguía con el mismo reproche de hace años. Pero eso lo hizo sonreír, su actitud demostraba que aún no lo había superado.
—¿Te sigue doliendo? ¿También me sacarás en cara que hace algunos días te besé?
—Ese beso no significó nada para mí.
—Demuéstramelo de nuevo entonces, Shintarō. —Akashi lo miró desafiante, era un reto. Se reclinó hacia adelante acercándose más a él— ¿Y bien? Parece que solo hablas de la boca para fuera.
Midorima bufó y lo jaló bruscamente para poder besarlo. Seijūrō correspondió al sentir sus labios, enredó sus dedos en esos cabellos verdes y tomó la iniciativa de encimarse en él. Shintarō lo jaló desde la cadera, sentándolo sobre su regazo para poder acariciar el contorno de su cuerpo al sentirlo tan dispuesto. Apretó su piel en cada curva y cortó el beso para bajar por su cuello, dejando marcas a su paso.
El chofer, que ya llevaba varios años al servicio de la familia Akashi, sabía qué era lo que tenía qué hacer. Subió la luna polarizada intermedia, que separaba la cabina del chofer con la de atrás. No quería volver a verlos en la intimidad.
—Tengo un huevo vibrador. —Midorima se estremeció al escucharlo dejando por unos segundos su piel.
Se reclinó para mirarlo a los ojos, confirmando en la mirada de Akashi que no estaba bromeando. La antigua orden seguía presente. Shintarō deslizó las manos por toda su espalda, quería terminar de comprobar lo dicho. Le desajustó la correa y coló sus manos por debajo del pantalón y parte de la ropa interior, sintiendo el fino hilo colgar. Metió el dedo en la argolla al encontrarla, dibujando una sonrisa lujuriosa en su rostro.
—Tan obediente como siempre, leoncillo travieso. —Akashi mordió su hombro y arañó sus brazos en provocación. Habían pasado años desde la última vez que habían probado sus cuerpos de esa manera.
Seijūrō dejó de suprimir sus emociones y relajó las piernas, sintiendo nítidamente la vibración dentro de él mordiéndose el labio inferior para no soltar un gemido. Había extrañado esa rara sensación de placer al verse sublevado. Recordando también cómo él mismo había terminado con esos juegos, con cada uno de ellos al desviar los ojos hacia otro que, en esos momentos, comenzaba a cuestionarse si en realidad había valido la pena.
-o-
Himuro le tocó la puerta a Taiga con insistencia, ya era hora de salir. Todos habían quedado en jugar en las canchas de básquet. Muchos habían concordado en recordar sus juegos de infancia también. Kagami salió junto con Kuroko, ya estaban listo para corretear más que en las prácticas. Murasakibara salió del ascensor y se colgó en la espalda del azabache.
—¿Y los demás, Himuro-san? —preguntó el menor de los cuatros.
—Abajo —respondió con desdén—. Vamos, Taiga —le dijo a su hermano jalándolo del brazo para que se apurara.
Al principio, pensaron en esperar a Midorima y Akashi, pero se estaban demorando mucho donde sea que se hayan metido. Ya les avisarían cuando vieran a la camioneta volver. O por lo menos, creían que ellos se unirían porque a veces podían ser muy aburridos o aguafiestas.
En la entrada del hotel, ya estaban todos. Kasamatsu llamó con la mano a los cuatro tardones. Himuro se excusó echándole la culpa a Kuroko. Kise emocionado pidió la atención de todos para de una vez separarse en equipos. Jugarían primero a los "Policías y ladrones". Aomine gruñó, estaba cruzado de brazos, sospechaba que en ese juego también se amargaría por alguna razón rubia.
—Bien, ¿quién quiere ser policía? Yo soy uno, así que solo quedan seis cupos —dijo el rubio, era el más entusiasmado del grupo.
—Yo, Kise-kun. —Kuroko levantó la mano también. Riko, Himuro y Mitobe también se unieron a ese equipo. Ryōta sonrió y siguió animando a los demás.
—Kise-chin, yo también quiero~~~
—Entonces yo también soy poli —dijo Takao de inmediato, no quería arriesgar su integridad física.
—Lo siento, Takao-kun, ya con Murasakibaracchi topamos el cupo. Te tocará ser ladrón con los demás.
Kazunari volteó a mirar a Atsushi que tenía una rama gruesa en las manos, su mirada de niño travieso le estaba dando miedo. A penas empezara el juego, saldría corriendo muy lejos de él.
Iban a empezar a repartirse por sus zonas, pero pararon al ver llegar la conocida camioneta negra. Akashi y Midorima habían llegado. Takao sonrió ampliamente; si estaba Midorima, Murasakibara no lo podría molestar tanto. Fue corriendo hacia el carro ya estacionado y abrió la puerta sin pensarlo dos veces, borrando la gran sonrisa en cuestión de segundos.
Akashi estaba montado sobre Midorima, no tenía camiseta y tenía marcas en su cuello, la situación daba a pensar muchas cosas. Aunque sus pantalones solo estaban algo desacomodados. Seijūrō se quedó quieto, las miradas sobre él iban siendo más a cada segundos. Midorima arregló sus lentes y carraspeó para romper la tensión. El pelirrojo se bajó de su regazo y recogió su polo del piso antes de salir del carro.
—¿Por qué me miran tanto? —les pregunto serio, su voz autoritaria trataba de darles miedo para que no empezaran con sus preguntas y burlas.
—Yo… —Takao no sabía qué decir, al igual que los otros. Sus ojos seguían sobre los cabellos rojos de Akashi.
—Se puede saber por qué abres la puerta de mi carro de manera tan abrupta, Kazunari ¿No conoces la privacidad?
Takao tartamudeó sin decir nada en específico. Kuroko se tapó la boca para no reírse al igual que Kise, Aomine y Murasakibara. Taiga no sabía qué cara poner al igual que su hermano. Mientras que los otros preferían desviar la mirada hacia otro punto.
—Grupo de memos —dijo. Empujó a Kazunari para que se quitara del camino.
Shintarō bajó de la camioneta más arreglado, dejando adentro un par de guantes que le habían servido hace unos minutos. Se acercó a Seijūrō, que seguía llamándoles la atención a los otros por chismosos, y le retiró las orejitas de león que tenía puestas desde hace rato. Akashi escondió los labios en vergüenza, se había olvidado por completo de ese detalle.
Kise no lo resistió y estalló en carcajadas, se apretó el estómago de lo mucho que se reía saliéndose las lágrimas y contagiando a los demás.
—¿Te parece muy gracioso, Daiki? —cuestionó al sentir su minúscula risa, que se podía confundir con sonrisa—. Sigue riéndote porque dormirás en el piso.
—¡¿Qué?! ¡Pero si yo apenas y me he reído! —se quejó de inmediato— ¡Ha sido el imbécil de Kise!
El rubio estaba tirado en el piso, sus risas no habían parado en todo el rato. Tanto que no podía hablar. Kagami quiso apelar por su amigo, pero se retrajo, no quería dormir en el suelo. Retuvo a Daiki del brazo para que no hiciera nada estúpido, el moreno tenía ganas de darle de patadas al rubio por su risa burlona.
—Akashi, ¿no crees que estás siendo injusto? —Seijūrō dejó de hablar al escuchar a Taiga— Kise es el que está convulsionando de la risa, no Aomine.
—Yo me puedo defender solo, idiota.
—Encima que te ayudo, Ahomine. Congélate el culo solo ahora —Kagami lo empujó hacia adelante para irse. Pero la voz de Akashi lo detuvo.
—Primero, Taiga, no me tires simios encima —dijo quitándose a Aomine del medio—. Segundo, ahora vas a congelarte con él por tu ferviente compañerismo. Vámonos, Shintarō, y nada de salir a corretear, inmaduros.
Ryōta dejó su excesiva risa en ese momento, se levantó y chilló de inmediato. ¿Por qué todos tenían que pagar los platos rotos? Akashi lo miró de soslayo y repitió las mismas palabras: "Nada de salir a corretear". Todos se quedaron mirando la espalda del pelirrojo, mientras se iba caminando. Himuro arqueó una ceja, estaba seguro que la mayoría se estaba preguntando qué era esa pita que colgaba.
—¡Oye, Akashi! —le gritó para que se detuviera— ¡Quítate el vibrador del culo!
Dicho eso, Aomine emprendió carrera. No se quedaría a escuchar otro castigo, pero no se arrepentía. Akashi se puso rojo hasta las orejas, bufó y siguió su camino. No se quedaría a aclarar o negar algo.
—¿Un vibrador? —preguntó Takao.
—En efecto, Takao-kun, es un huevo vibrador. Te lo metes en el recto, lo activas y vibra, es una especie de consolador.
—… ¿Y tú cómo sabes?
—Internet.
—¿Qué rayos ves tú en internet? —le preguntó Kagami— Akashi es igual de raro que Midorima… No podré dormir con esa cuerda en mi mente, me largo.
—¿A dónde vas, Kagami-kun?
—¿Patio? ¿Suelo? ¿Aomine? —dijo irónico.
No le agradaba la idea, pero estaba seguro que los tipos de seguridad de la entrada del hotel, ya habían recibido la orden de no dejarlos pasar. No había sido el mejor día de todos. Himuro también se despidió, Akashi había aguado todas las ganas de salir a jugar. Murasakibara siguió a su amigo, mientras que los otros poco a poco también se fueron dispersando.
