Capítulo 10
Sombras (Cuando los Demonios ocultan)
Con sólo el sonido del goteo de las tuberías y el zumbido de la electricidad, el búnker estaba demasiado tranquilo y Crowley lo encontró casi imposible de soportar. Las horas en las que se pasó gritando y cantando, no habían hecho mucho. Los Winchester se habían ido, llevándose con ellos a Castiel.
¿Estarían Meg y Kevin?...Crowley no estaba seguro.
Había esperado que alguno de ellos apareciera para probar algo, cualquier cosa que lo llevara a su libertad. Enojado, él tiró de las cadenas todavía sujetas a sus muñecas y sintió la quemadura del hierro en su piel.
"¡Maldición! Esto se va a irritar después". Pero a pesar de lo natural que trató de mantenerse, Crowley sabía que algo iba mal. Todavía se sentía extrañamente fuera de lugar, como si su alma estuviera partida en dos, y sólo quería un trago de whisky escocés y una cama suave por unas horas.
Mientras continuaba tirando de las cadenas, se dio cuenta de repente que ya no estaba solo en el búnker. El lento clic de tacones en el cemento lo hizo tratar de dar la vuelta para mirar hacia la puerta, pero sólo podía girar hasta cierto punto. El collar de la cadena atado a su cuello se estiró y él se atragantó por la presión.
"Bueno, bueno. Cassie te envió de vuelta para terminar el trabajo, ¿eh?" preguntó, su voz ronca de tanto gritar.
Cuando la mujer se le puso delante, él se relajó.
"Pensé que eras otra persona."
Sheol miró fijamente su postura arrodillada pareciendo etérea, aunque su vestido de seda blanca se arrastraba por el suelo manchado de sangre. "¿Qué me darías si te liberara, Crowley?" No hubo saludos ni nada. Él la conocía y sabía el poder que tenía para aparecerse allí.
"Cualquier cosa. Te daré... un montón de bebés para comer si quieres".
Lentamente se inclinó hacia él, para quedar cara a cara. "Voy a instalar un nuevo reino en el Infierno para distraer a los Winchesters, ya que tú has hecho un mal trabajo".
Crowley se inclinó instantáneamente hacia delante, dándose cuenta de que, aunque ella iba a liberarlo, iba a tener un alto costo. "No... ¡NO! ¡He trabajado mucho por eso!"
Su mano salió de repente para agarrarlo por la garganta, llevándolo cerca del límite de las cadenas. "Es eso o dejaré que tus perros te coman. Y lo tomaré de todos modos".
Sus dedos le acariciaron la cara. "Es sólo por un ratito, Crowley. Cuando los cazadores regresen, te van a purificar y perderás el infierno de todos modos. Yo voy a mantenerte a salvo".
Estaba intoxicado por su cercanía mientras ella acariciaba su mejilla, su boca apenas rozándole la suya. "¿A salvo?"
"Un Crowley ciego, sólo para mí. Todavía puedo encontrar algún uso para ti aquí, como diversión".
Los ojos de él se abrieron un poco más. Había algo que ella no le estaba diciendo, algo que ella ocultaba. Pero Sheol sonrió y puso su mano sobre sus ojos mientras él gritaba desafiante.
El fuego estalló en el calabozo en un torbellino, arremolinándose y limpiando el área antes de dejarla en las condiciones prístinas en las que había estado antes. Sheol inclinó la cabeza hacia atrás y miró fijamente a la habitación.
"Un cambio de régimen. Sólo por un rato".
Sus recuerdos compartidos con Meg sacaron uno de los recuerdos que ella quería y sonrió. Fue sencillo rastrear al demonio que Crowley tenía en mente. Más sencillo cuando los Winchesters también participaban.
"Necesito algo... oscuro. Sonrió y sus ojos se abrieron cuando encontró lo que buscaba: un alma enojada atrapada en el suelo a kilómetros de distancia. "Perfecto".
En lo profundo de Leteo, Lucifer sintió los movimientos del Sheol mientras permanecía de pie en una barandilla del balcón. A su lado, Miguel se puso de pie y miró la línea del horizonte sin fin a lo lejos. El falso sol brilló una vez, dos veces, y luego brilló en una grieta verde que partió el cielo en dos. La repercusión se desvaneció lentamente, dejando atrás una luz que latía en un verde opaco. Al bajar la cabeza, él vio como el agua en la costa aumentaba más y más. El ritmo era hipnótico y hermoso. Le recordó a ciertas partes del cielo, donde las cosas como estas eran señales.
"Ella está usando el poder" Lucifer murmuró. "Lo está usando en el infierno. Puedo sentirlo, ¿Tú puedes sentirlo?" Miguel asintió y tentativamente puso su mano sobre el hombro de Lucifer. "Ella está planeando algo para cumplir su objetivo."
Ambos Arcángeles se estremecieron, porque sabían lo que eso podría significar. Si Sheol estaba haciendo algo en el infierno, entonces el Cielo sería su siguiente paso. Su próximo paso sería mortal.
"Deberíamos estar yendo a casa pronto". Lucifer sonaba tan serio que Miguel cerró los ojos y no se atrevió a mirar a su hermano. Un leve rugido se desencadenó sobre la realidad del Leteo mientras el Infierno era invadido y conquistado en un segundo del tiempo humano. Su conexión con el Infierno, con la Jaula, significaba que ambos sintieran los movimientos repentinos de los demonios. Sintieron la forma en que los demonios que aún estaban en el pozo fueron arrastrados inmediatamente y puestos bajo un nuevo conjunto de órdenes.
Aunque no estaba claro quién estaba dando las órdenes.
"Ella nos va a llevar a casa", reafirmó Lucifer, como si el hecho de decirlo una y otra vez lo hiciera realidad. Cuando Miguel abrió los ojos, él lo observó pensativo.
"Puede ser".
El olor de humo y azufre del sueño hizo que Meg despierte, sacándola de su dormitar tan rápido que ella jadeó en busca de aire. Las visiones habían sido claras; visiones de fuego, sangre y huesos. Ella no había soñado tan vívidamente el infierno desde hace años cuando Lucifer fue liberado. Había oído voces gritando órdenes, oyó el sonido metálico de las estanterías y los gritos haciendo eco en el abismo cada vez más fuerte en sus oídos. Pero ahora todo aquello se ha ido y el silencio a su alrededor lo hizo más surrealista.
Sus músculos se apretaron y tragó varias respiraciones profundas antes de abrir los ojos. Poco a poco, su traje de carne se encontró con lo que su mente en realidad sabía, y que todo lo que había sucedido en el sueño no le había ocurrido a ella. Una corriente de aire se deslizó sobre su piel y ella sintió un escalofrío subir por la espalda que fue seguido por un repentino deseo de luchar, proveniente de su verdadera forma.
Mientras se retorcía en la cama un poco, sabía que estaba lista para correr y pelear. Una mano se deslizó alrededor de su cintura y un brazo descansó debajo de sus pechos manteniéndola quieta. Suavemente, él tiró de ella en un abrazo protector que casi la hizo entrar en pánico hasta que el agarre se suavizó.
"Estoy aquí" Castiel murmuró contra la parte superior de su cabeza. Mientras su cuerpo se acercaba más entre las sábanas revueltas. Llevo su pierna sobre la de ella para evitar que se levantara. "Estabas soñando. Lo sentí."
Casi había olvidado que él estaba aquí con ella. Ellos nunca, realmente nunca antes se habían quedado en la misma cama por mucho tiempo luego del sexo. Cada vez que habían estado juntos, ella se había alejado porque la cercanía era a menudo demasiado. Meg nunca había sido capaz de acostumbrarse a ser tocada sin dolor ni expectativa de parte de él y Castiel no había conocido lo que era quedarse acurrucado junto a ella.
Pero ahora, todo aquello, parecía ser un recuerdo lejano. Cuando Meg había conciliado el sueño él había estado viendo las cicatrices en su traje de carne y susurrándole tranquilo por lo bajo.
"Se sintió real para mí." Mirando por la ventana, ella le alejo los dedos como si fuera a tirar de ellos fuera de su piel. Él la atrajo de nuevo en la curva de su cuerpo y la mantuvo inmóvil. Se sentía bien descansando allí, detrás de ella, y en parte porque no podía ver cómo los sueños la molestaban. El abrazo no era sexual y ella se sentía relajar lentamente, centímetro a centímetro.
"Quédate. Ustedes dos necesitan descansar". Sus dedos fueron a su vientre. "Tus sueños también la están afectando a ella, creo".
Meg giró un poco la cabeza para intentar verlo. "¿Desde cuándo los ángeles se quedan en la cama?"
"Es algo nuevo", declaró él y ella sintió como su respiración le rozaba la nuca. Meg se giró un poco para mirarlo y él se encogió de hombros. "Hoy estoy dispuesto a complacer".
Estaba claro que no la iba a dejar y tampoco se había molestado en intentar hacerlo siquiera. Las sábanas colgaban sobre sus caderas, su piel lisa y suave con el olor familiar a ángel mezclado con el olor a sudor y a sexo. Meg pensó que había maneras peores que despertar luego de una mala visión del infierno. Cuando se dio la vuelta un poco más, vio que la boca de Castiel aún estaba hinchada por una marca de mordedura que ella le había dejado, su pelo desordenado y sus ojos azules permanecían medio cerrados. Parecía muy relajado, pensó ella con una sonrisa, especialmente después de haber tenido sexo. Él se veía como todo un ángel pervertido y parecía disfrutar de eso.
Aunque una cosa a ella le preocupaba sobre el cambio repentino entre ellos.
"¿Por qué las gracias?", soltó ella y él levantó la vista un poco, su boca rozándole el hombro.
"¿Las qué…?"
"Me agradeciste antes. Fue por el sexo o fue..." Ella giró los ojos. "¿Por otra cosa?"
Meg se preguntaba si el oído sobrenatural de él le había permitido oír la única cosa que ella no se atrevía a decirle a la cara. Si lo había hecho, estaba segura de que iba a huir y no volver porque no era típico de ella decir esas cosas sentimentales.
Castiel la miró. "¿Por qué? ¿Qué dijiste?" Ella entrecerró los ojos un poco y él sonrió.
"Fue por dejarme quedarme. Me sentía perdido".
Algo brillaba en sus ojos y ella se preguntó si estaba mintiendo. Castiel giró y revisó la hora. Meg se giró un poco en sus brazos, viéndole moverse y sintiendo cómo el cuerpo de él se estiraba. La piel de Castiel era increíblemente cálida en comparación con la de ella, el sólo contacto era suficiente caricia para que ella se relajara. Su cabeza se volvió hacia atrás, su boca rozando la suya cuando la miró.
"Vuelve a dormir. Tenemos algo de tiempo".
Por alguna razón, el modo en que él se giró la decepcionó mientras se movía en la cama, cogiendo una almohada del suelo y las mantas que habían sido empujadas hasta el borde. Él le metió el edredón alrededor de las caderas y luego se acostó boca arriba con un suspiro. Meg se lamió los labios y se volvió para mirar hacia la ventana.
Se mantuvieron separados un momento, él con los ojos fijos en el techo y ella en la ventana. Su respiración era uniforme, pero al cabo de poco tiempo ella lo escuchó moverse en la cama, como si estuviera anticipándose a un movimiento.
Lentamente, Meg se dio cuenta que la estaba esperando a ella.
No puede doler. Sólo una vez…~
Cuando ella se le acercó de nuevo, él se empujó contra ella y la tomó cómodamente para que ella quedara encajada en él. Comparado con ella, su cuerpo era cálido y creaba una especie de calor embriagador que la bañaba. Como el Leteo~ pensó ella confundida, pero esto es real~ Sus ojos se cerraron y ella sintió como su aliento le rozaba la oreja mientras él le apoyaba la cabeza contra la nuca.
"Estamos casi acurrucados, Clarence", murmuró ella. "¿Eso te parece malo?"
"¿Debería?"
"Es raro para un ángel y un demonio, ¿no?"
El resopló y ella sintió como sus dedos se deslizaban sobre la cresta de su cadera y a lo largo de su cintura. "Debimos haber pensado en eso hace meses entonces".
"Touché"
Tropezando por el pasillo hasta el baño de Chuck, Dean bostezó mientras se frotaba la cara. Necesitaba una ducha sólo para despertar y pensó que si él era el primero en aparecer allí, al menos tendría la oportunidad de bañarse con agua caliente. Había sido una larga noche y el viejo colchón en la habitación de huéspedes había sido suficiente para causar más que un par de dolores. Pensando, oyó la apertura de la puerta del dormitorio de Chuck y se dio la vuelta. Después de la noche que acababa detener, él no iba a agradecer a su anfitrión por lo que muy lejos aquello estaba de parecerse a una cama. Pero la puerta estaba cerrada y cuando lo pensó bien, estaba seguro de que Chuck se había quedado tirado abajo, abrazado como él lo había visto, a esa botella de Whisky. Se encoge de hombros, pensando que tal vez era sólo su cerebro cansado jugandole una mala pasada, pero cuando se dio la vuelta de nuevo para ingresar al baño, se encontró cara a cara con Castiel. El ángel lo miró pacientemente mientras que Dean tuvo que contenerse para no chocar contra él y se detuvo a distancia.
"Cas! ¿Cuántos años y todavía no aprendes lo que significa espacio personal? "
"Lo siento". Castiel miró hacia atrás y luego se volvió a él. "¿Pasa algo malo?"
"Me pareció oír la puerta de Chuck abrirse. Pero sigue abajo, ¿verdad?"
"Sí, por supuesto. Revisé el perímetro otra vez para asegurarme de que todo estaba tranquilo".
"Bien. Quiero salir de este lugar rápido antes de que más demonios vengan a husmear", Dean caminó alrededor de él y se dirigió al baño. "¿Dónde está Meg?"
"Está por aquí. Descansando".
"Sí, bueno, cargar con la semilla de un demonio y romperle la nariz a un profeta la habrá cansado", dijo Dean.
"Sí, estoy… estoy seguro de que fue eso". La voz de Castiel estaba un poco apagada y Dean se giró para verlo mirando la puerta del dormitorio de Chuck.
"¿Pasa algo?", preguntó y el ángel agitó la cabeza.
"No".
"Bien, porque odiaría ver que algo más saliera mal". Cerró la puerta del baño y se apoyó contra la pared, suspirando. "Otra vez"
Castiel cerró la puerta del dormitorio detrás suyo y se sorprendió al darse cuenta de que Meg se estaba vistiendo. Se movía con lentitud, haciendo una pausa para mirar por la ventana o los objetos del dormitorio de Chuck. Algo le llamó la atención en el rincón de la habitación cuando sólo llevaba puesto el sostén y los pantalones vaqueros. Su cabello se deslizó sobre su hombro cuando se inclinó para revisar una pequeña caja de notas.
Apoyándose contra la puerta, Castiel esperó a que ella se fijara en él. Pero Meg estaba hojeando las notas y su mirada estaba demasiado concentrada.
"¿Qué pasa?"
"Sólo me preguntaba cuánto sabe este Chuck". Ella le mostró las notas y él finalmente cruzó la habitación para verlas con ella. Era un conjunto de hojas con argumentos con líneas resaltadas y marcadas. Uno de ellos era la resolución de las pruebas y la destrucción de la creación, de los ángeles y de los demonios, si ello sucediera. Las notas estaban fechadas varios años antes.
"Pero..." Castiel agitó la cabeza y frunció el ceño. "Es un profeta, Meg. Es posible que Dios le diera estas visiones".
"O tal vez Dios no se había decidido sobre si quería destruir el mundo o no. ¿Acaso le importa?"
La miró fijamente, listo para decirle algo por esa blasfemia, pero ella arqueó una ceja desafiante, y él se echó atrás, distinguiendo una pelea al verla.
"Dean está despierto. Quiere irse antes del amanecer".
Ella lo miró deslizándole sus dedos alrededor de la muñeca cuando él iba a alejarse. "Clarence…"
Castiel hizo una pausa y miró hacia el agarre en su muñeca, y luego a su cara con curiosidad. El demonio hizo un pequeño gruñido y se rindió, sacudiendo la cabeza. Enderezó los hombros y todo lo que había estado a punto de decirle fue reemplazado por una sonrisa arrogante. Él vio el cambio en ella, extrañado de cómo no lo dejo ir. Pero luego, Meg llevó hacia atrás los dedos en su piel, dejando tras ellos una frialdad fantasmal.
Castiel desconcertado, observó como ella terminaba de vestirse. Quiso preguntarle qué era lo que había querido decirle, pero antes de que pudiera hacerlo, ella estaba saliendo de la habitación y ya no había nada que pudiera hacer más que seguirla.
La casa estaba espeluznantemente tranquila y Sam sintió como si cada paso que daba hacía crujir las tablas del piso. Dean lo había despertado de su primer sueño profundo en días, un sueño que había sido tan profundo que no había soñado en absoluto.
"Lo siento, Sammy, pero tenemos que volver antes de que Crowley dañe el búnker o a Kevin. Puedes dormir en el auto". La preocupación de Dean había sido tan profunda que en realidad había tenido que ayudar a Sam a vestirse, comentando de vez en cuando lo delgado que estaba su hermano. Sam finalmente le había gritado que lo dejara solo y Dean no había discutido.
Si Dean no discutía con él, significaba que sabía que algo andaba mal.
Cuando pasó por la cocina, Sam sintió su estómago voltearse ante el olor a tostadas quemadas y café negro, e hizo una mueca mientras caminaba hacia el pequeño estudio. Meg y Castiel estaban allí; Meg estaba apoyada contra la ventana y Castiel estaba hojeando un viejo libro. Sam lo miró con curiosidad, notando que cuando volvía a la portada, las páginas del libro se volteaban hacia atrás, aparentemente sin que Castiel las tocara. El ángel seguía leyendo de todos modos y Sam giró los ojos antes de mirar a Meg, que estaba observando por la ventana, aparentemente vigilando.
La única persona que faltaba era su hermano. "¿Dónde está Dean?"
"Fue a hablar con Chuck". Castiel pasó una página, sin levantar la vista del libro. "Pero el profeta no está sobrio. Entonces Dean hizo un café fuerte y está tratando de que hable un poco más".
"Okay". Sam miró nerviosamente a Meg. El demonio miraba fijamente, con los ojos negros a la calle mientras el amanecer comenzaba a colorear el cielo con violetas y rojos. Un dedo estaba rizando un mechón de pelo distraídamente mientras su otra mano descansaba sobre su estómago.
Con un ojo puesto en Castiel, Sam se paró calladamente junto a ella y miró por la ventana.
"Necesito preguntarte algo".
Los ojos de Meg se movieron bruscamente hacia él y Castiel también levantó los ojos de su lectura.
"¿A mí?... ¿Como qué producto uso para tener ondas flexibles y sensuales en mi pelo?", se burló ella y Sam la miró enojado, no estando de humor para su frivolidad.
"Sobre el Leteo". Algo se cerró en Meg, un parpadeo físico que atravesó todo su cuerpo. El cazador pudo ver la ira tensa en ella, pero siguió adelante. "Eres la única que sabe algo de esto, Meg. Yo… necesitamos tu ayuda".
El demonio cruzó sus brazos sobre su pecho y giró un poco hacia él. Respiró hondo y luego asintió. "De acuerdo. Dispara".
"¿Cómo es?"
Meg miró fijamente. Nadie le había preguntado eso realmente. Era una conversación que Castiel había evitado y ella había estado feliz de no pensar en ello. Por el rabillo de su ojo, ella vio que el ángel estaba leyendo otra vez, pero tenía la sensación de que él estaba espiando de todos modos.
"El paraíso es lo más cercano que se me ocurre, pero sin el verdadero lado Celestial de las cosas. Es todo lo que nunca pensaste que podrías desear: satisfacción, protección, amor, plenitud. Cosas que no siempre se encuentran en este mundo". Meg sabía que Castiel la estaba vigilando de cerca ahora, como si tratara de ver si estaba muy afectada por la pregunta de Sam. Ambos recuerdan claramente los meses anteriores, y su estado casi catatónico.
"Entonces este… Caos, este Olvido, ¿ella es... Sheol?" Tosió alrededor de la palabra y luego se sentó en el marco de la ventana. "Entonces, ¿estás diciendo que esta Sheol quiere destruir el mundo para que todos en él puedan pertenecer a uno mejor?"
"Define MEJOR".
Sam gesticuló con sus manos en el aire. "Bueno, quiero decir, el Paraíso suena bien".
"El Leteo no es el cielo, Sam. No tengo mucho para comparar, nunca he estado allí excepto de una manera metafórica". Ella se aprovechó de que Sam tenía su cabeza girada para sonreír y guiñarle el ojo a Castiel. El ángel parpadeó, un poco confundido, antes de que las insinuaciones sexuales le quedaran claras y miró de nuevo hacia su libro, incapaz de ocultar su sonrisa engreída. "El Cielo es todo Luz y calidez, una recompensa por medio de la dicha. Esconde los horrores, te permite revivir los buenos recuerdos y sólo lo bueno. ¿Verdad?"
Sam se encogió de hombros. "Sí, claro".
"Y no es el Infierno. El Infierno es fuego y sangre. Es cada tortura que puedas imaginarte porque trae a la superficie esos horrores que merecías. En ambos lugares te conservas, pero Leteo lava tu alma. Es purificada y limpiada hasta que te adormece de todo ello. No conservas tu alma. Te conviertes en parte de un todo y pierdes lo que te hace esencialmente tú. Te pierdes porque no se te permite recordar y te conviertes en nada. No sientes realmente lo mismo, no sientes nada, excepto entumecimiento. Si eres un demonio, eso puede ser una versión del Cielo".
"El Leteo blanquea todo".
"Ese es el propósito. Como sumergirse en una gran tina de lavandina". Meg se pasaba los dedos entre el pelo y pensaba. "Sheol no se parece en nada a Dios ni tampoco a Lucifer. El Leteo no se ocupa de ese asunto del bien y del mal. A ella no le importa. Lo que le importa es purificar y proteger". Meg se inclinó a su lado.
Sam suspiró. "Debe estar enfadada con Dios para hacer todo esto".
Castiel miró a ambos. "¿Enojada con Dios? ¿Por qué?"
"Piénsalo. Ella se enfrenta a todo esto, y tiene que seguir haciendo su trabajo, durante siglos, viendo a Dios y a los ángeles luchar de un lado a otro. Dios lanza una gran manta sobre eso y se aleja. Abandona todo".
Castiel puso su libro en el bolsillo de su abrigo. "Sam.…"
"Es sólo que tal vez, frente a toda este abandono, a ella dejó de preocuparle".
Meg lo miró fijamente. "¿Seguimos hablando del Leteo, Sam? Parece que esto podría ser una nueva obsesión para ti".
Se levantó y se palmeó sus manos entre sí "Sólo intento entender. Esto es un desastre".
"Okay". Los ojos de Meg se dirigieron a Castiel y vio al ángel mirando fijamente al Winchester.
Pero antes de que ángel o demonio pudieran forzar otra pregunta, Dean abrió la puerta. "Vamos, chicos. Antes de que Chuck empiece a vomitar otra vez y pida un baño de esponja".
Disgustada, Meg empujó a Sam y se dirigió al auto. Dean la vio ir y miró a Castiel, que llevaba una caja a la puerta. "¿Qué ha sucedido?"
"Le han recordado algo que ella no quería recordar. Creo que está molesta".
Sam agitó la cabeza y miró por la ventana. Sus mejillas, hundidas y demacradas, hacían que su reflejo pareciera casi una calavera. Se acariciaba la cara con la mano, con los dedos empujando lentamente. Su piel estaba fría, con sudor al tacto y sentía sus ojos casi cerrados de cansancio.
Dean lo atrapó antes de que cayera, agarrándolo con fuerza y él se le apoyó fuertemente por un momento.
"Estoy bien, Dean. Estoy bien".
"Sí, seguro que sí. Vamos a llevarte a casa antes de que Meg mate a Chuck y nos arresten a todos", murmuró Dean, ayudándolo a caminar hacia la puerta.
Faltaban cinco millas para llegar al búnker cuando Sam se desmayó en el asiento delantero. Castiel había estado ocupado en la clasificación las cosas de la caja que le habían dado, sin molestarse en pedir la atención de Meg que había dejado en claro que no tenía interés en los regalos de Chuck. Así que de vez en cuando, él leyó extractos de un libro de mitología que había encontrado. A veces Dean lo complacía respondiéndole alguna pregunta. Esto hizo que el viaje en coche pase más rápido para el ángel y los seres humanos, ya que Meg había permanecido extrañamente tranquila. Incluso cuando Dean lanzó un insulto a medias por encima de su hombro hacia ella, ella no respondió y solo miraba al ángel de vez en cuando.
Castiel parecía que siempre volvía a las mismas páginas del libro y ella estaba lo suficientemente irritada como para cerrar los ojos justo cuando Dean giró en una esquina.
Sam gimió y se volteó en el asiento del pasajero, ganándose una mirada preocupada de su hermano. Había estado hablando mientras dormía desde que abandonaron a Chuck hacía horas. Fue cuando su cabeza se desplomó por completo, casi golpeando la ventana lateral, que Dean lo llamó preocupado. Cuando no hubo respuesta, miró al ángel por el espejo retrovisor.
Poniendo el libro entre él y Meg, Castiel se inclinó sobre el asiento y apretó su mano contra la mejilla de Sam. El calor que desprendía era extraordinario y hasta Castiel sintió como se le quemaba la palma de la mano.
"Cas, ¿qué pasa?"
"Está irradiando algo. Poder, creo. Está ardiendo demasiado", explicó Castiel por lo bajo. "No estoy seguro de poder hacer algo".
"¡Inténtalo!" Dean intentaba mantener el Impala en la carretera entre sus miradas a Sam y a Castiel. El ángel asintió y se adelantó para poner ambas manos sobre los hombros de Sam. Sus ojos se cerraron y se concentró, los dedos apretando con fuerza. El suave murmullo de su Enoquiano llenó el coche y Meg observó, mordiéndole el labio pensativamente mientras veía la piel de Sam pasar de gris a un rosa más saludable. El Winchester respiró hondo y jadeante y Dean lo miró fijamente.
"¿Sam?"
"Estoy... estoy bien. Sólo necesitaba descansar mis ojos por un segundo". Sam parpadeó ante la expresión aterrorizada de Dean. "¿Por qué? ¿qué pasó?"
"Hijo de puta", murmuró Dean, concentrándose en la carretera justo a tiempo para dar el siguiente giro.
Castiel se dejó caer en el asiento trasero, con la frente sudorosa y sus manos temblando. Meg lo miró y cuando puso las palmas de sus manos hacia arriba, parecían como si hubieran sido quemadas en agua caliente. La piel estaba roja y sangrienta y ella noto que él no estaba pudiendo curarse tan rápido como solía hacer siempre. Echó un vistazo a los Winchester, vio que Dean había empezado a manejar más ligero y que Sam miraba confundido hacia la ventana. Ninguno de ellos volteó a ver a Castiel.
Empujando la caja al suelo, se deslizó rápidamente junto a él hasta que su muslo rozó el suyo. Castiel la miro sorprendido por su cercanía y cuando llevó sus ojos abajo, vio que ella tomo sus manos en las suyas. Sus dedos se deslizaron entre los suyos hasta que las manos se presionaron palma con palma. Apretando los dientes, presionó en su agarre. Castiel jadeó de dolor cuando ella desprendió el poder sobre sus manos. La piel fue de caliente a fría al tacto, su poder oscuro causo que la Gracia angelical reaccione un poco hacia ella y sintió un rasguño. Lo que había quemado a Castiel fue mitigado por la oscuridad y ella lo sintió estremecerse mientras sanaba. Cuando le soltó las manos, la piel ya no quemaba y la gracia ya no luchaba contra ella. Castiel se la quedó mirando, y ella solo deslizó fuera sus manos, llevando los ojos hacia la ventana. Él apoyó su mano lentamente sobre la de ella, enganchando el pulgar en el hueco que quedaba debajo. Se inclinó un poco más y bajó la voz. "No tenías que hacer eso."
"Ni lo menciones, guapo. Tu no puedes tener tus alas tostadas sobre mí", Meg no apartó su mano hasta que Dean giró en la esquina del búnker y ella puso decidida un poco de distancia entre ellos. Cuando el coche se detuvo chirriando, ella miró hacia él y lo encontró observándola pensativo.
Kevin estaba medio dormido cuando lo encontraron en los archivos, sosteniendo una botella de jugo de naranja y una caja de cereales azucarados. Sólo parpadeó ante su llegada, mientras Dean y Sam irrumpieron en el búnker tirando sus cosas y comprobando rápidamente el sistema de alarma. Sin otra cosa que hacer, Meg y Castiel se sentaron uno al lado del otro en la larga mesa y observaron al profeta mientras él vertía el cereal en el tazón.
Meg lo miró tan intensamente que él le devolvió la mirada, nervioso. "Así que ustedes son reales, ¿no? ¿No estoy teniendo más alucinaciones?"
"¿Qué quieres decir con más?", preguntó Castiel.
"Nada". Kevin empezó a poner jugo de naranja sobre el cereal y Meg miró a Castiel, pero no dijo nada. No fue hasta que Kevin tomó una cucharada grande y se la llevó a la boca que se ahogó con la mezcla de jugo de naranja y cereal. Casi se puso verde y corrió hacia la cocina, con el tazón en la mano.
"¿Deberíamos haberle avisado?", le preguntó Castiel y Meg se encogió de hombros.
"Fue divertido mirar su cara".
"¡CAS!" El repentino grito de Dean hizo que el ángel desaparezca en un parpadeo antes de que Meg pudiera hacer algo más que mirar hacia arriba y suspirar, yendo más lento. Eso le dio algo de tiempo para pensar en la noche anterior. Se pasó la mano por el cuello y sobre el hombro, justo debajo de la camisa. Las tenues marcas de la noche anterior aún estaban allí, y ella rastreó la hinchazón, incapaz de evitar que una sonrisa apareciera en sus labios.
Llegar al calabozo en medio de una discusión acalorada le quitó ese sentimiento casi confortable que había tenido.
"¡¿Dónde diablos está?!" Dean gritaba, recogiendo las cadenas desechadas y tirándolas tan fuerte que golpearon la pierna de Meg. Ella se encogió, sintiendo como el acero ardía un poco cuando la tocó, pero se giró para mirar alrededor de la celda.
Estaba prístina, pero lo más importante, estaba vacía.
Era como si Crowley nunca hubiera estado aquí.
"¡Oh!, debes estar bromeando!", susurró Meg.
Una fría ira se acumuló en la boca de su estómago, se encendió hasta que casi atacó a Sam cuando él se acercó a ella.
"Se ha ido, Dean. Ninguna de las guardas de alrededor está activada". Miró a Meg y luego a Castiel, que pasaba las manos por encima de los muros como si buscara un punto débil.
"Hijo de puta", maldijo Dean antes de atacar y patear la mesa. Meg casi se encontró a sí misma haciéndose eco de esas palabras, aunque sus razones para estar enojada eran diferentes a las de Dean. Las de él eran por su preocupación por Sam, para ella, eran más básicas. Más vengativas.
Sin molestarse en decir nada, ella salió de la habitación hecha una furia y se dirigió hacia la escotilla del bunker. Se detuvo entre los archivos para agarrar su chaqueta de cuero y la bolsa que Dean había tirado llena de armas y cuchillos. Envainó un cuchillo en su cinturón y buscó entre el resto rápidamente, arrancando las tarjetas de crédito y dinero de su billetera y metiéndolas en su bolsillo.
Inmediatamente, un aleteo de tela detrás de ella la hizo darse cuenta de que Castiel la había seguido. "¿Adónde vas?"
"Voy a encontrar esa polla zalamera y traerla de vuelta".
"Es muy peligroso", comenzó a decir Castiel y ella giró, insertando otro cuchillo en la parte trasera de sus jeans.
"No, lo peligroso es dejarlo vagar, medio purificado y listo para vengarse. Incluso tú lo sabes. Puedo trabajar rápido. Puedo rastrearlo si es necesario.".
"Yo encontraré a Crowley, tú necesitas calmarte".
"¿Encontrarlo?" Meg golpeó con un cuchillo en la mesa y se acercó a él. "¿Cómo? El Cielo no hablará contigo y los demonios estarán listos para enfrentarte. Él sabe cómo tratar con los de tu clase. Tú lo sabes. Yo lo sé.
Voy a encontrarlo.
Tú necesitas mantener a los Winchesters en línea, porque eso es lo que sabes que tienes que hacer. No me busques".
"No puedo dejarte hacer esto".
"¿Tienes miedo de que lo encuentre antes que tú?" intentó bromear ella, pero no había nada divertido en su expresión.
"Tengo miedo de que algo te pase a ti", murmuró él, mirando hacia el techo.
Meg lo miró fijamente y luego agitó su mano despectivamente. "Eso no funcionará. No puedes simplemente amarrarme sólo porque estás preocupado".
"Lo sé. Pero eso no significa que no pueda quererte conmigo". Retorció su mano y su espada de ángel se deslizó en su puño. La volteó y se la entregó. "Necesitarás esto. Yo puedo encontrar otra".
Meg cogió la espada por la empuñadura, su expresión repentinamente avergonzada. Castiel esperó y finalmente ella lo miró. "De acuerdo. Así que digamos que necesito contactar contigo…".
Un cierto alivio se mostró abiertamente en la cara de él. "Estaré allí. Lo prometo".
"Avanzaré limpiando mis pasos". Ella se colocó el bolso en la espalda y metió la espada de él en sus vaqueros. "Pero esta vez te dejaré señales a ti".
"Gracias" Castiel parecía aceptarlo más rápido de lo que lo hubiera hecho antes, mientras le tomó la barbilla en la mano, vacilante.
Meg lo miró, sintiendo su pulgar suave sobre su mejilla y a lo largo de su mandíbula.
"Ten cuidado".
Ella sonrió con una mueca. "Vamos, plumas, sabes que estoy bien para unas cuantas rondas. Puede que necesites darme algo de motivación para volver a ti, pero ya sabes..."
Pero antes de que ella pudiera terminar, él bajó la cabeza y le apretó un beso brutal en los labios. El sonido sorprendido que ella dio bajó hasta convertirse en un gemido mientras él inclinaba su cabeza y profundizaba el beso. El bolso cayó de sus dedos entumecidos mientras él tiró de ella para acercarla, sus labios moviéndose ásperos, pero seguros contra los suyos. Los dedos de Castiel se anclan en su pelo desde la nuca, apretando hasta que su cuero cabelludo llegó a dolerle y ella se encontró aplastada completamente contra él. Su boca se abrió los labios lo suficiente para que ella sintiera la punzada de la lengua y la calidez de su aliento.
Él la soltó antes de que ella pudiera hacer algo más quedarse allí, dejando que la besara. Meg se tambaleó vertiginosamente sobre sus pies y abrió los ojos.
"¿Qué fue eso?" Preguntó, haciendo un esfuerzo por centrarse.
Castiel estaba respirando tan agitado como ella. "Yo... Me pareció apropiado."
"Para un poco... ¿O era esa tu versión del discurso motivador 'esto es lo que te perderás'?" Su pulso corría bajo su piel y a juzgar por la forma en que el pecho de él se movía, él sentía lo mismo.
"Algo por el estilo." Castiel se acomoda la gabardina arrugada, lamiéndose los labios y la mira por última vez "Tengo que ver si puedo encontrar algo, pero iré por ti"
Él desapareció y Meg se tocó los labios doloridos. Aún podía saborear y sentir la impronta de su boca sobre la de ella.
"Maldita sea, Clarence ¡Eso fue demasiada motivación!"
Kevin permaneció oculto hasta que Meg fue a la puerta. Él sólo había oído fragmentos de los gritos, pero fueron suficientes para hacerle saber que Crowley había desaparecido. No estaba seguro de cómo, pero ni siquiera le importaba, estaba tan centrado en lo que tenía que hacer que lo de Crowley pasó a segundo plano.
Después de esa extraña conversación con Muerte, él no había salido de su habitación y estuvo más que concentrado en tratar de leer más de la tabla demonio. No sólo las palabras garabateadas, sino también lo que no dicen, lo implícito en ellas.
Leer entre líneas con la Palabra de Dios era casi imposible.
Gracias a Muerte, por lo menos él había descubierto rápidamente dónde Castiel pensaría que fuera el lugar más seguro para una tableta ángel. Sobre todo, porque él confiaba en los Winchester más que el cielo en estos momentos. Una vez que había descubierto donde Castiel había la había escondido, él podría con seguridad encontrarla sin que el ángel sepa de ello.
Sigilosamente se dirigió hasta el Impala y con extrema astucia y cuidado, desarmó el asiento principal. Allí estaba, la tableta ángel, tal y como lo había supuesto. La tomó y sin dejar rastros, entro de nuevo al Búnker. En la sala, equilibró la tableta ángel en sus rodillas. La escritura en ella era diferente. Más compleja. Como si Dios quisiera mantener a salvo a sus ángeles con una escritura llena de palabras extrañas y variaciones aún más raras de la Palabra.
Escuchar a Dean y Sam moviéndose en las profundidades del búnker golpeando puertas, hizo que Kevin se diera cuenta de que podía ser encontrado fácilmente. Tomando la cámara que le había robado a Sam, rápidamente empezó a acercarse y a tomar fotos de la escritura en la tabla. Tuvo que colocar la tabla en su lugar antes de que Castiel fuera a verificarla.
Con suerte, no necesitaría robarla de nuevo para chequearla. No había forma de que pudiera sacarla por segunda vez sin que Dean o Castiel se dieran cuenta. Se iba a tardar un rato en arreglar el lugar para que nadie se diera cuenta de lo que había estado haciendo.
Semanas más tarde …
Lucifer tarareaba para sí mismo mientras observaba la forma en que las almas se movían lentamente a través de las aguas del Leteo. La realidad había cambiado recientemente, como si algo hubiera sido blanqueado y hubiera traído a la conciencia un tipo diferente de mundo. El desnudo edificio del hospital había desaparecido, las paredes blancas y las fuentes ya no estaban. Ahora había densos pastos que bordeaban los serpenteantes ríos que desembocaban en el mar, árboles blancos rodeando el lugar donde las almas podían descansar en extrañas glorietas blancas que a veces brillaban y sonaban.
Sheol estaba cambiando las cosas y él tenía la sensación de que ella lo hacía por aburrimiento. Ella nunca le había explicado lo que le había pasado al Infierno y a él no le importaba lo suficiente como para preguntarle.
Mientras observaba a otra alma bañarse, y luego rápidamente poniéndose a llorar cuando las aguas arrastraban su pasado, supo que no estaba tan contento de quedarse allí.
Dándose la vuelta, se encontró con el Sheol de pie en medio de una fuente. Sus pies apenas flotaban sobre el agua, sin hacer una sola ondulación. Ella estaba mirando la superficie transparente y cuando él caminó a su encuentro, vio que ella estaba viendo a los Winchester y a Castiel. El reflejo era diluido, pero claro.
La boca de ella permanecía hacia abajo y Lucifer vacilante golpeó su dedo del pie contra el agua para causar una onda.
"¿Por qué no has hecho nada todavía?... ¿Has hecho algo? Han pasado semanas, casi dos meses en su mundo, podríamos haber..."
La cabeza de Sheol se irguió y él se encontró anclado en el lugar. "¿Me estás reclamando, Lucifer?" El reclamo fue hecho por lo bajo, pero él pudo sentir la amenaza.
"No. Pero quiero hacer algo, recuperar lo que tenemos. Necesito a Sam Winchester o estaré atrapado en estas fronteras para siempre. Él es el único que puede permitirme recuperar lo que realmente soy capaz de hacer en ese mundo". Con cuidado, él le tocó el hombro y sintió su piel sudorosa. "Pero...casi pareces enferma".
"Estas preocupado por mí. Qué conmovedor, Estrella de la Mañana". Se dio la vuelta y salió de la fuente, bajando sobre el césped. Lucifer la siguió.
"Estás... amargada. Tu calidez se está…desvaneciendo". Él no podía describirlo. Sin tener un alma, el cambio era sólo una pequeña cosa para él.
"Estoy cansada de juegos, Lucifer. Eso es todo". Se apoyó en el lateral de una glorieta. Sus ojos se voltearon hacia el cielo y arqueó ambas cejas. "Tu hermano se está moviendo alrededor de los límites de aquí, otra vez".
"Él no me dejará", declaró el arcángel. "Sabe que lo que haremos está bien".
"¿Lo sabe?" La cara de Sheol parpadeó un poco, como si una luz se hubiera encendido y luego apagado dentro de ella. "Tal vez".
Miguel se paró en el borde mismo del Leteo, donde la luz blanca dio paso a la oscuridad total. Sabía que la realidad no tenía un final real, que esto era sólo Olvido jugando un truco con él. Pero tomó posesión de su poder y lo probó. Como había estado probando durante el último mes. Sabía dónde estaba su lealtad. Sabía lo que tenía que hacer. Encontrar a su padre, comprender por qué estaba pasando esto.
Su devoción nunca había sido tan inestable como ahora. Todo lo que necesitaba era algo, cualquier cosa que le dijera que su Padre aún podía amarlo.
Su espalda se arqueó a medida que sus alas se extendían, transparentes e insustanciales, incluso en el Leteo. Donde estaba parado, el cielo se oscureció y abrió los ojos azules eléctricos para ver un relámpago quebrar las nubes. No había llegado a probar tan lejos antes. Al llegar al borde, extendió sus brazos.
"Ve". La voz de Sheol apareció repentinamente detrás de él y se giró, las alas moviéndose en el aire. Ella se quedó de pie, tranquila y prístina, hermosa en el resplandor de su Gracia. "Si eso es tan necesario, entonces ve".
Miguel no habló mientras ella se acercaba tanto que podía sentir su calor. Ella le dio una sonrisa casi triste y le acarició la mejilla.
"¿Pero, la respuesta? ¿La que estás tan desesperado por conocer? Puede que no te guste la que sea, Miguel".
Abruptamente, antes de que él pudiera detenerla, ella lo empujó por el pecho y lo lanzó sobre el borde del Leteo.
Kevin estaba mirando al cielo desde donde se había sentado fuera del bunker. Salió en busca de aire y también para tener la oportunidad de descansar un poco. Con los hermanos y el ángel de cacería, se sentía solo y había necesitado un poco de libertad tras un día entero encerrado en la biblioteca. Las fotografías de la tableta ángel estaban esparcidas por toda la habitación cuando él había decidido dejar de descifrarlas, hacía ya un cuarto de hora. No había importado cuántas veces trató de leerlas, no eran más claras cada vez. Quería pedirle ayuda a Sam, pero algo le advirtió que por ahora ocultara a los Winchesters la escritura de la tabla.
Suspirando, tomó un largo sorbo de cerveza y se limpió la boca. Al menos había paz afuera.
Algo se iluminó, justo fuera de su visión, y giró la cabeza para ver una estrella fugaz cruzando el cielo.
Observándola, recordó por alguna razón, la forma en que Castiel había brillado al enfrentar a Crowley tiempo atrás. Antes de que la luz llegara hasta la mitad del cielo, él entró de vuelta al búnker.
Parado fuera de la habitación de un motel, Castiel levantó la cabeza y observó el modo en que una luz pasaba como un rayo por el cielo. Algo instintivo, algo profundo en su parte de soldado, surgió dentro de él como un rugido. Miró hacia la habitación del motel, donde Dean y Sam estaban investigando, y luego hacia el cielo.
Algo estaba mal.
Agarrando el borde del enrejado, se cortó la mano y dejó que la sangre goteara por la palma de su mano. Con un rápido y errático movimiento de la mano, dibujó una guarda de protección en la puerta y miró a través de la ventana a Sam y Dean. Sam se veía notablemente bien gracias el efecto secundario de una "curación" reciente, pero Dean parecía exhausto.
Cerrando los ojos, Castiel giró, buscando en la distancia con su Gracia, y la encontró. El ensombrecido YO de Meg estaba en movimiento de nuevo, pero él sabía que ella podía sentirlo mientras dejaba que su poder la tocara suavemente. La sombra de Meg estaba en movimiento de nuevo y él sabía que ella podía sentirlo mientras la tocaba con suavidad. Ella nunca estuvo demasiado lejos de él ahora y podía verla a través del pequeño pulso de Gracia que él había sembrado en su sombra.
Suspiró y se relajó un poco.
Todos estaban a salvo.
Miguel se despertó con un dolor ardiente a través de su recipiente medio enterrado en la arena de una playa. Por algún capricho, había sido obligado a mantener el mismo recipiente, pero se daba cuenta de que aquel cuerpo no era el que necesitaba. Aunque en ese momento, eso no le importaba tanto como el hondo dolor que estaba sintiendo. Era un soldado, estas cosas deben estar más allá de él. Pero no lo estaban.
Le dolía y le ardía.
El suave y cálido lavado de poder, Gracia y Luz, le hizo darse cuenta de que había aterrizado en alguna versión humana del Cielo. Había sido llevado de vuelta al Cielo, tal vez...
"¿Padre? Padre, por favor". Sus dedos se clavaron en la arena y la oscuridad circundante comenzó a irse antes de que sus ojos se quemaran. "Sólo una palabra. ¡Dime qué hacer! ¡Necesito tu guía!"
Sus oídos repicaban mientras un zumbido bajo resonaba a través de ellos.
"MIGUEL. MIGUEL, SOY TU PADRE QUE TE HABLA. NO AYUDARÁS A SHEOL CON SUS PLANES. OBEDECERÁS MI VOLUNTAD".
Su cabeza cayó en la arena ante la pura agonía que las palabras le produjeron y gritó antes de desmayarse por la fuerza del poder que rebotaba dentro de él.
Era siempre luego de las cacerías, cuando las cosas se calmaban y la gente era salvada o al menos ayudada, que Dean miraba a Sam. Entonces podía ver las diferencias en su hermano. No es que fuera algo que nadie más notaría. Eran pequeñas.
Pero conocía a Sam y sabía lo que estaba viendo. Su condición empeoraba lentamente, su tos era más prolongada, sus huesos crujían más y su piel se tornaba grisácea. Castiel se quedaba cerca, siempre dispuesto a venir cuando Dean llamaba y a veces incluso antes de eso. Si Sam pensaba que era extraño que de repente Castiel estuviera presente para cosas tan pequeñas como las cacerías de Wendigo o la invasión de un nido de vampiros que estaban haciendo su hogar en los desarmaderos de autos de Detroit, nunca lo dijo.
Sobre todo, porque Castiel limpiaba discretamente su memoria cada vez que lo sanaba. Aunque, como el ángel le había advertido a Dean, "No hay mucho más que pueda borrarse antes de que Sam empiece a darse cuenta de lo roto que está".
Dean esperaba aguantar.
Sam saltó del Impala y se dirigió hacia el búnker, llevando su bolso y el de Dean, y se dirigió hacia la puerta. Incluso la forma en que se movía era extraña; como si hubiera un titiritero hiperactivo moviendo sus cuerdas. Sus miembros se sacudían, pero con tanta energía que se movía rápido.
Los vampiros esta vez no habían tenido ninguna oportunidad, pensó Dean con una pizca de orgullo que reemplazó la preocupación.
"Gracias, Cas", murmuró mientras seguía a Sam hacia adentro. Ni siquiera estaba seguro de si el ángel lo había escuchado. La sanación recargaba a Sam, pero a él le costaba mucho trabajo hacerlas y Dean tuvo que suplicarle para conseguir que las hiciera.
"No creo que comprendas, Dean. Cada vez que empujo este poder en él, algo en Sam se rompe. Se está haciendo cada vez más difícil reparar el daño en él".
"¿Lo mantendrá vivo?"
"Sí, por supuesto".
"Entonces, continúa haciéndolo hasta que encontremos una cura".
Castiel sólo había discutido una vez, pero cada vez que aparecía Dean sabía que no le gustaba este nuevo deber. Incluso cuando les ayudaba, no se quedaba mucho tiempo.
Mirando al cielo, Dean se apoyó contra la puerta y agitó la cabeza.
El ángel tenía ahora el hábito de desaparecer. Dean no estaba seguro de adónde iba, pero había veces en las que se había ido por horas, días, incluso una semana. Era sólo una suposición, pero sabía que probablemente era por Meg. El ángel se estaba volviendo más protector con ella, tanto como protegía a Dean y Sam, pero sus intentos de esconderlo eran lamentables. Pero él siempre estaba ahí para ayudarlos, así que Dean lo dejaba pasar por ahora.
Meg había sido una ayuda inusual para hacerles saber de los nidos de demonios que empezaban a aparecer por todas partes. Algo estaba pasando en el Infierno si los demonios se estaban moviendo a toda máquina. Estaban organizados y bajo órdenes de atacar a los Winchesters apenas los vieran. Sin embargo, no había habido ninguna señal o palabra de Crowley y Dean sabía que el estilo del Rey Demonio era anunciar su presencia fuerte y claro.
Casi le recordaba cuando los demonios habían empezado a aparecer bajo el control de Azazel.
"¡Dean!" La voz de Sam lo sacudió de su ensoñación. "Vas a querer ver esto".
Gruñendo, se alejó de la puerta y se dirigió hacia el búnker.
"Sam, si no hay una torta con una chica lista para saltar de adentro, no estoy interesado".
"Peor". Sam sostuvo un block de papel mientras Dean entraba dentro del salón principal. "Kevin se fue".
"¿Qué? ¡Acabamos de dejarlo aquí!" Dean agarró la nota y leyó rápido. "¿Dónde demonios... necesitaba encontrar algo?"
"La nota dice que tenía que hacer alguna investigación de campo y necesitaba salir de aquí. No te molestes en buscarlo, se fue armado". Sam revisó los libros que quedaban en la mesa. "Pero nos dejó algo. ¿Ha traducido la tabla y ha empezado con el... subtexto?"
"¿Una tabla tiene subtexto?" Dean miró a Sam. "Correcto. ¿Algo como qué, homoerotismo en ángeles?"
Sam giró los ojos. "No, como en busca de lo que Dios estaba diciendo entre líneas".
"Genial. Así que ahora hemos perdido a un profeta, hemos perdido a Crowley, y algo está sucediendo en el Infierno que está dejando salir cada vez más demonios. Grandioso. ¿Por qué no salgo a la carretera ahora para traer a ese chico de vuelta aquí?"
Sam estaba leyendo las notas. "No, esto es bueno. ¡Puedo leer esto!" Sus ojos casi brillaban de emoción. "El idioma sigue siendo viejo, pero puedo traducirlo. Tenemos suficientes textos de referencia. Kevin escribió que cree que la cura está en el resto de la tabla y las notas".
Dean cruzó sus brazos sobre su pecho. "¿Entonces qué hago?"
"Encuentra a Cas y fíjate si puede ayudar a averiguar dónde está Crowley. Tal vez pueda ver si Meg ha encontrado algo. Ella también estaba buscándolo ". Sam estaba ojeando las notas. "Según la traducción de Kevin, la sangre medio purificada de Crowley podría ser una forma de curar lo que me pasa. Una especie de... intercambio".
"Entonces, ¿estás diciendo que la sangre del demonio realmente te salvará?" Dean agitó la cabeza. "Hombre, nuestro mundo se ha llenado de Bizarro".
"Probablemente. Mira lo que puedes encontrar con Cas. Yo voy a investigar esto". Sam ya estaba leyendo las notas con impaciencia y Dean parpadeó.
"¿Estás... espera, ¿me estás despidiendo…?"
"Sip".
"Sí, pero Sam... " Dean lo miró perplejo, pero Sam no levantó la mirada. El hecho de que fuera extraño que Sam de repente invirtiera tanto en su salud, lo suficiente como para estar dispuesto a quedarse atrás, lo hizo quedarse mirándolo fijamente. Sam ya estaba rebuscando entre las notas y no daba signos de levantar la vista. "Bien. Voy a agarrar ropa limpia antes de llamar a Cas al nido de demonios que Garth nos contó que encontró en Wichita. Voy a ver qué puedo encontrar. Sin fiestas salvajes, ni chicas, a menos que no sean demoníacas, ¿entendido?"
"Sí, sí, seguro", murmuró Sam.
"Sin baños en espuma de malvaviscos tampoco", intentó Dean.
"Sí, lo haré", fue la única respuesta a eso. Rindiéndose, Dean tomó su bolsa de lona y salió del archivo arrastrando los pies. Sam esperó hasta que se hubo ido antes de sacar la nota que realmente le había atraído la atención.
Las notas de Kevin sobre Olvido y lo que podría significar.
Lucifer estaba merodeando. No hay mejor palabra para describirlo. Sheol lo miraba desde su lugar favorito en el corazón del Leteo, sabiendo que el aparente 'escape' de Miguel hacia el Cielo había hecho que su hermano menor se vuelva furioso. Lucifer había sido siempre tan volátil que ella sabía que tenía que tener cuidado con él.
Fue cuando ella lo vio alzar la mano e incendiar a una de sus almas que se movió rápido hacia él. Antes de que la mano del Arcángel pudiera bajar, lo tomo del hombro y con su otra mano dio un chasquido enviando al alma a bañarse en sus aguas.
De una sola oleada de poder, mantuvo presionado a Lucifer contra la pared de una glorieta.
"Si vuelves a hacer algo tan estúpido, Lucifer", advirtió, "terminaré contigo. ¿Me has entendido? No son juguetes para que tú los uses".
Asintió, pero sus ojos estaban iracundos. "Miguel se ha ido. Yo todavía estoy aquí. Dije que te ayudaría, pero ¿cuándo me dejarás hacer algo? ¿Qué estás esperando?"
"El momento oportuno. ¿Realmente crees que te dejaría suelto con los Winchesters y sus aliados sin estar segura de que estarás a salvo?" Ella lo soltó con disgusto. "Lucifer. En serio…"
"Dijiste que sólo teníamos que esperar".
"Nosotros tuvimos que esperar, porque ahora es el momento adecuado. La presencia de Miguel distraerá al Cielo, y lo que yo creé en el Infierno distraerá a los Winchesters el tiempo suficiente como para que puedas hacer lo que yo necesito que hagas. Completar las Pruebas".
Lucifer la miró sospechosamente. "¿Qué Pruebas?"
"La tabla ángel". Ella chasqueó sus dedos y fueron inmediatamente transportados a una pequeña habitación blanca, rodeada de tablas en las paredes. Lucifer parpadeó ante la vista, concentrándose en una que conocía.
"Esa tabla está escondida. La escondí yo mismo".
"Y mi demonio sabía dónde estaba. Ayudó al ángel y a los Winchesters a encontrarla. Terminó en su primera muerte, pero eso es agua bajo el puente". Sheol se alejó de él y vio a Lucifer revisar cada tabla. "Puedes completar las Pruebas porque sólo hay dos seres en existencia que pueden hacerlo".
"¿Dos?"
Su sonrisa era fría. "¿Te acuerdas de ellas?"
"Recuerdo que las Pruebas fueron creadas para que los ángeles no se atrevieran a intentarlas. Fuimos criados como una familia".
"Las Pruebas de ángeles no requieren de los hechizos, ya que tu especie es mágica y son el poder de Dios personificado. Así que son simplemente tareas. El resultado no es exactamente cerrar las Puertas del Cielo, estas deben permanecer abiertas hasta que el Tiempo termine. Ellas tratan de los ángeles en sí mismos". Empezó a tildarlas en su mano. "Una caída, la muerte de un arcángel, un ataque de una esencia angélica igual o mayor que la propia. Sólo dos ángeles tienen la habilidad de ver a través de la tercera Prueba". Ella lo señaló. "Tú, por tu caída y por haber asesinado a Gabriel".
Lucifer se encogió.
"Y Castiel. Él también cayó por su propia voluntad y asesinó a Raphael".
Lucifer giró la cabeza. No necesitaba que le recordaran que, si no fuera por Miguel, él habría sido el último de su especie.
"Sólo queda la última parte. No te pediría que tomaras la fuerza vital de tu hermano mayor. Por lo tanto, la alternativa es tomar la esencia del ángel Castiel. Él es el único serafín al que le queda fuerza, y desafió abiertamente a Rafael entre todos los ángeles. Ya que Metatrón está escondido de todos nosotros, él es nuestra única salida. ¿Entiendes?"
"Entonces atrapo a Castiel".
"Roba su Gracia". Ella chasqueó sus dedos y apareció una espada de ángel, casi zumbando. Lucifer con cautela envolvió sus dedos alrededor de ella y sintió su poder. "Esto puede ayudarte. Cuando las tareas estén completas, los ángeles llegarán al Leteo para ser purificados. Puedes tener a tu familia de vuelta, Lucifer, y ellos serán tuyos".
Ella le acarició la cara. "Es muy simple. Podemos terminar todo esto. El Apocalipsis, ya sabes, te habría dejado solo y miserable. Esto... esto te da a ti los otros. Puedes recrear el cielo en el Leteo, de la manera en que lo deseaste. Nada de monos que te roben el amor, nada de inclinarse ante nadie".
La tentación atrapó su vanidad.
"¿Soy libre de hacer esto como quiera?", preguntó él y ella lo miró fijamente.
"No mates a mi demonio. No me importa lo que le hagas a los demás. Esta vez no".
Castiel no estaba impresionado de estar atascado en el Impala cuando Dean lo llamó. No le gustaba la idea de cazar a los demonios tan abiertamente y lo dijo alto y claro.
"Vamos, Cas. Casi parece que te mantuviera lejos de algo", Dean arrastró las palabras ligeramente y Castiel resopló. Tenía su libro habitual en la mano, uno que no dejaría leer a Dean. Siempre parecía que había un libro a su alrededor en estos días. La mayoría de las veces, siempre era el mismo. Como si estuviera buscando algo o tratando de decidir algo.
"Tengo mis propias cosas que hacer, Dean. No todo se trata de ti".
"Gruñón".
"Demasiado. ¿Adónde vamos?"
"Bueno, Wichita, creo". Dean le miró. "¿Puedes llamar a Meg y pedirle que se reúna con nosotros allí?"
Castiel lo miró "¿Quieres a Meg ahí? ¿Por qué?"
"Porque creo que esta Sheol sabe lo que le pasa a Sam. Quiero respuestas y tal vez Meg las tenga".
"No le gusta recordar al Leteo", Castiel lanzó defensivamente.
"Sí, bueno." Dean se recordó a sí mismo que debía mantener la calma. "Necesitamos su ayuda. Ha estado rastreando a los demonios, ¿verdad?"
"Ha estado pasando algo, sí. No hay rastro de Crowley, pero los demonios están organizados, como si estuvieran siendo gobernados". Castiel cerró su abrigo y metió el libro en su bolsillo. "Meg dijo que era como ver a uno de los viejos demonios, como Lilith o Azazel, tomar el control".
"Oh, eso es divertido. Un demonio malvado se alzó entre las filas y ahora los gobierna a todos".
Castiel asintió y lo miró. "¿Cómo está Sam?"
"Bien, hasta ahora. Mira, estaba pensando que..."
Pero Castiel miraba por la ventana hacia un letrero de un bar de mala muerte acercándose. Cuando Dean empezó a pasar al lado, él señaló hacia el estacionamiento "Detente aquí".
"¿Qué? ¿Por qué?"
"Por favor". Era una orden disfrazada y Dean se metió rápidamente en el estacionamiento. Castiel parecía estar listo para volar del coche, incluso cuando Dean lo aparcó cerca del garaje que estaba a unas pocas puertas del bar.
"¿Tienes antojo de una cerveza o algo así?", preguntó Dean frunciendo el ceño. Salió y se apoyó en el capó del auto, mirando a Castiel. "Hombre, podemos encontrar un lugar mejor".
"Hay demonios aquí". Castiel miró fijamente a un autobús turístico aparcado. "Acaban de llegar".
"Entonces, ¿quieres matar a algunos?" Dean preguntó casi con impaciencia, pero Castiel ya se dirigía al bar.
"Meg también está aquí", dijo el ángel sobre su hombro.
Dean casi tropezó, pero se compuso y corrió junto a Castiel. "No voy a preguntarte cómo lo sabes", refunfuñó.
"Bien".
Él miró a Castiel. "Pero ¿cómo lo sabías?"
"Eso es complicado".
"¿Cuándo no lo es con Meg?", murmuró Dean.
Habían sido seis largas semanas, empeoradas por no saber más de lo que sabía cuándo comenzó el viaje. Meg estaba acostumbrada a lo extraño que era cazar demonios ahora. Había sido capaz de matar a unos cuantos aquí y allá, pero la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a mantener la oreja en el infierno. Pero no había nada. Sólo algunos rumores que había oído habían bastado para que se preguntara quién estaba a cargo. No saber hizo que se preocupara un poco más porque quizás estaba a punto de descubrir algo que no quería.
Al menos así, sus semanas en la carretera no fueron solitarias.
Meg se sentó en un extremo de la barra, medio escondida detrás del espejo y montones de vasos, mirando a la multitud en el bar beber sus vidas lentamente. Inclinando la cabeza hacia un lado, levantó una mano y la giró en el aire. Hubo un fuerte ruido y luego unos cuantos gritos de hombres cuando varias botellas explotaron en el aire, un chorro de licor lloviendo sobre ellos.
Ocultando una sonrisa, ella volvió a mirar la revista que estaba leyendo. Aburrida. No alcanzaba a describir cómo se sentía mientras perezosamente clavaba un cuchillo en su hamburguesa fría.
"¿Fue eso realmente necesario?"
Sin girar la cabeza, sonrió a las brillantes páginas. Lo había sentido llegar. "Me hizo sentir mejor, seguro".
Inclinó la cabeza hacia atrás y miró a un par de ojos azules.
Castiel suspiró y se sentó junto a ella, lo suficientemente cerca como para que su muslo la empujara. "Hacer que esta gente se moleste es más bien..."
"¿Demoníaco?", ofreció ella, volteando una página.
"Iba a decir por debajo de tu nivel".
"Sigue siendo divertido". Lo miró y luego a donde Dean estaba tratando de pedirle cerveza al camarero ocupado. "Te vi aparecer con el Deano. ¿Cómo va la caza?"
Él sacudió la cabeza. "Sam está empeorando constantemente. Cada vez que lo curo, el tiempo entre que él se siente mejor y empeora se hace cada vez más corto. Está demasiado dañado".
"Suena como un problema. ¿Estás más cerca de encontrar una cura?", preguntó ella despreocupada y él suspiró. "Eso es un no. ¿Qué tiene que decir el profeta más majo del mundo?"
"Dean dijo que no está en el búnker. Yo tampoco puedo encontrarlo."
Meg dejó la revista y lo miró fijamente. "¿Qué?"
"Dejó una nota, diciendo que iba a encontrar respuestas".
"¿Qué quieres decir con que' dejó una nota'? Crowley se ha ido, podría haberlo llevado, podría haber… "
"El infierno cree que Crowley está muerto Meg, ellos lo ha estado haciendo desde hace casi dos meses". Ninguno de los dos necesitaba que se les recordara el lento rastreo de los demonios que aparecían repentinamente. Ya no eran salvajes e inestables. Los demonios actuaban controlados y despiadados. Como un ejército en organización.
"Sí, porque ese es un plan tan bueno", gritó Meg y Castiel la miró.
"Meg. No..."
Respirando hondo, ella volvió a mirar su revista. Él la miró pensativamente y ella sintió como su codo la empujaba.
"Te he estado buscando por unos días, desde el nido de demonios del que le contaste a Dean en Lexington. No estabas en la casa segura o en los moteles donde normalmente te hospedas, así que me preocupé", dijo él finalmente y ella se encogió de hombros.
"Tú me conoces. Demonio libre y todo eso".
"Lo sé, pero me gusta estar seguro de que estás a salvo. Podrías haberme llamado al menos".
Meg giró los ojos y abandonó la lectura, colocando la revista a su lado. Miró al otro lado, donde estaba segura de que había una reunión en la sala de billar; demonio o humana, no estaba muy segura. Pero él no iba a dejarlo pasar si ella no le respondía.
"Sí, lo entiendo. Eres el ángel guardián de los Winchesters y de un demonio. Y tú eres sólo una gran bola protectora plumosa de calor pegajoso, ¿no? Me hace sentir un hormigueo en los lugares correctos".
Ella esperaba que él suspirara y volteara los ojos, que se enfadara, pero no lo hizo.
Castiel se acercó y giró la cara de ella hacia él, su palma cubriéndole el mentón. Meg le devolvió la mirada mientras él avanzaba sobre el taburete y la besaba, sus labios deslizándose sobre los de ella con una calidez familiar. Se quedó quieta mientras él movía suavemente sus labios y exhalaba suavemente. Los ojos de ella se inclinaron y empujó hacia el beso, sintiendo que el hambre se acumulaba instantáneamente en la boca de su estómago. Levantándose, ella deslizó sus dedos entre el pelo de él, probando su lengua mientras profundizaba el beso. Castiel hizo un sonido extraño, presionándola y agarrándola de su cuerpo pequeño.
Cuando se separaron, los ojos de él eran de un azul increíblemente oscuro, y Meg mordió con sus dientes su labio inferior antes de dejarlo ir.
Él se aclaró la garganta y miró hacia otro lado.
"¿Por qué fue eso?" preguntó Meg cuando encontró su voz. Castiel se encogió de hombros, intentando parecer casual.
"Asumí que ese gesto sería correcto. Te extrañé."
Ella arrugó su nariz. "Poesía. No necesitas hacerlo. No estuvimos separados tanto tiempo".
"Lo sé, pero me sentí aliviado al encontrarte de nuevo de todos modos ", los dedos se le escaparon de su cintura y él se acomodó en su taburete mirando fijamente al mostrador. Meg lo vio observar a Dean ordenar el alcohol hasta que de repente, algo grande y oliendo a whisky, se interpuso en su camino.
Un hombre de gran peso, que la cubría fácilmente con un pie, se apoyó en la barra entre ella y Castiel. "Oye. Soy Gary". Ella lo miró y se dio cuenta de lo que estaba a punto de pasar en el momento en que él la miró. "Nena, eres hermosa".
Meg le sonrió con suficiencia. "Wow… ¿tú crees?"
Su admirador asintió. "Me encantaría ponerte de rodillas para mí".
Ella giró los ojos. "¿Esa línea alguna vez funciona?"
"Estarías mejor si te fueras conmigo que con este montón de fifí".
Detrás de él, Castiel se levantó y Meg vio cómo los ojos del ángel se abalanzaban entre ellos. Incapaz de resistirse, ella inclinó la cabeza hacia atrás e hizo un mohín con sus labios en dirección al borracho.
"¿De verdad? ¿Dices que puedes sacudir mi mundo?" Los viejos clichés siempre funcionaban muy bien.
"Apuesto a que sí", dijo él. Olía demasiado alcohol y ella se sentía repelida porque apestaba. Olor a desesperación también y una mancha de sangre de demonio. Probablemente él era la diversión de una perra demonio sin darse cuenta.
"Sobre eso…" Ella lo agarró por su largo pelo y le golpeó la cabeza contra la barra, sujetándolo boca abajo. El bar estaba tan ocupado que nadie notó a una mujer pequeña golpeando a un hombre de 1,80 mts. de altura. "Piérdete".
"¡Puta!" Se retorció debajo de ella y Meg lo dejó ir. Apuntó una bofetada para ella y Meg la esquivó. Se acercó a ella, con los puños apretados para dar otro golpe, pero Castiel estaba entre ellos, su cabeza inclinada hacia un lado. El ángel lo miró fijamente, sin encogerse cuando el humano puso su nariz contra la de él.
"¿Qué? ¿Quieres que salgamos?" El hombre escupió y Castiel miró a su alrededor.
"Aquí hay suficiente espacio si tengo que luchar", respondió con tanta calma que el hombre retrocedió un paso. De repente, Dean se abrió camino entre ellos, colocando unas cervezas y un vaso de jugo sobre el mostrador.
"Lo siento, chicos". Se volvió hacia el borracho. "Atrás, hombre. Ponte sobrio antes de que salgas lastimado".
"¿Todo esto por una puta que se estaba mostrando desde que llego aquí?... ¿Tienes algo de acción para los tres?" escupió. Dean agarró el brazo de Meg antes de que ella pudiera golpear al hombre, pero Castiel se movió rápidamente, golpeándolo y clavándolo en la pared. Las copas de la pared temblaron un poco, pero nadie en el abarrotado bar pareció darse cuenta.
"Vete de aquí. Ahora," advirtió el ángel, sin levantar su voz. Los ojos del borracho se abrieron de par en par ante algo que vio allí. Tartamudeó una disculpa y rápidamente se escabulló entre ellos otra vez, abriéndose paso por el otro extremo de la barra.
Castiel lo vio irse y Dean liberó a Meg, volviendo a la barra. Buscando a sus espaldas, Meg tiró de la corbata de Castiel para que se sentara junto a ella. Todavía parecía perplejo y ella sonrió con superioridad.
"Nada mal", murmuró ella.
"Yo no hice nada".
"Ese es el punto", dijo Dean en voz alta y finalmente se acomodó junto a Meg. La miró, luego miró hacia otro lado, pero lentamente sus ojos se volvieron a ella como si no pudiese evitarlo. Meg estaba vigilando el bar y no se daba cuenta de que Dean la observaba.
Castiel se dio cuenta.
Sus ojos se entrecerraron y luego también miró a Meg de cerca. En las últimas semanas desde que Dean la había visto, su cuerpo había cambiado un poco. La camisa que llevaba, que había robado, una violeta de sus favoritas se había roto un poco en la refriega. La tela cortada tapaba sus pechos, el sujetador de encaje que llevaba apenas los contenía. La imagen lo hizo mirar fijamente antes de darse cuenta de por qué Dean estaba observando.
Se aclaró la garganta y le dedicó a Dean una mirada que hablaba por sí sola. Dean miró hacia otro lado inmediatamente, sonrojándose.
"Así que, Meg. ¿Cuál es la palabra?"
"Los Chicago Cubs entregan sus almas por un banderín". (Nota de traducción:" cachorros" en esta frase hace referencia a un equipo de fútbol americano)
Dean la miró enojado y ella sonrió. Eventualmente, él miró hacia otro lado y le dio el vaso. Ella hizo una mueca, sabiendo por qué se lo había dado. El jugo de naranja no tenía alcohol agregado.
"Supuse que tomarías bebidas vírgenes".
"Bueno, tiene que haber una virgen en nuestra multitud, supongo", murmuró ella. "Gracias".
"De nada". Dean miró a Castiel, que al parecer estaba observando a la gente.
"De todos modos. No hay nada que yo pueda averiguar. Los demonios corren por todas partes, pero en manadas". Meg se rascó sus brazos. "Se dice que el Infierno tiene un nuevo líder".
"Sí, ¿quién es él?"
"Es una mujer, en el sentido humano de la palabra. Quizá el Infierno tenga una nueva reina". Ella se encogió de hombros. "No se sabe nada realmente".
"Sí, bueno, tal vez..."
Castiel se desconectó cuando Dean empezó a tratar de sacarle información. La atención de Meg se centró por una vez completamente en el Winchester. Sus preguntas sobre el nido, sobre la afluencia de demonios, todo parecía bastante básico.
Pero en cuanto Castiel se centró en dos mujeres pequeñas que entraron en el bar, no oyó ni una palabra más. Eran demonios, pero para su visión irradiaban otra cosa. Fue una visión extraña. Tenían ese aspecto fanático que sólo había visto unas cuantas veces antes, en los tiempos durante el Apocalipsis. La misma mirada que Meg tenía cuando se conocieron.
La devoción y la Gracia de alguien las había tocado.
Los demonios lo miraron fijamente y él devolvió la mirada, parpadeando, cuando de repente se fueron.
"Ya vuelvo".
Evadió la protesta de Dean y aterrizó en el estacionamiento. El espacio tenuemente iluminado frente al Impala olía a azufre y ceniza, y cuando miró a su izquierda, los demonios se alejaban lentamente de él. Hablaban por lo bajo y él parpadeó, confundido porque uno era un viejo demonio que en su verdadera forma rugía de poder, pero ella no era uno que él reconociera.
Los siguió a una distancia prudente. Nunca se acercaba lo suficiente como para que lo percibieran realmente, pero lo suficientemente cerca como para oírlos hablar de un dirigente.
Desaparecieron a la vuelta de la esquina, entre el edificio y un pequeño taller mecánico, y él dudó, sabiendo que debía regresar por Dean y Meg.
"Castiel".
De repente, la voz estaba en su oído, un chirrido bajo y un estruendo que lo hizo girar, con una mano buscando la espada de ángel que estaba acostumbrado a tener cerca. Su mano estaba vacía, su propia espada se la había dado hacía mucho tiempo a Meg y la otra la había perdido en una pelea reciente con el nido de demonios. La explosión de la luz lo hizo protegerse los ojos antes de ser arrojado por el aire.
Dean salió corriendo del bar, Meg pisándole los talones. "Maldición, todavía se mueve rápido", murmuró el cazador, mirando a la izquierda y luego a la derecha.
"¿No recibió el memorándum de no andar por su cuenta cuando hay un nido cerca?"
"Probablemente lo olvidó". Señaló el estacionamiento vacío. "Ha estado distraído últimamente".
"¿En serio?" Meg estaba sonriendo mientras miraba a su alrededor. "No me había dado cuenta".
Dean miró enojado, pero ella estaba mirando a su alrededor. Se fijó en algo. "Así que deberíamos buscarlo por allí."
El cazador le echo una mirada "¿Por qué dices eso?"
"Bueno, solo sé que está allí" Ella torció la mano y él oyó el sonido de una espada ángel que llegaba desde la palma de la mano de ella. "Además, allí esta abarrotado de demonios. ¿Qué tan rápido puedes moverte, Winchester?"
Dean miró fijamente al grupo de hombres y mujeres, todos de pie sobre las líneas de estacionamiento del enorme y viejo garaje. "¿Qué carajos están haciendo allí?"
"Apuesto a que Castiel lo sabría. Tal vez sea el mejor momento para matar primero, hacer preguntas después, ¿sí?"
Rodeado de llamas, Castiel abrió los ojos al calor punzante. Su cuerpo le dolía como si hubiera sido golpeado como un saco de boxeo y cuando su visión se aclaró vio los estantes de herramientas y elevadores de un gran garaje.
"¿Cómo…?"
"Hola de nuevo, hermanito".
La voz sonó cortante dentro de él y Castiel giró sobre sus talones para enfrentarse cara a cara con Lucifer.
"Lucifer".
El Arcángel sonrió fríamente. "Aquí estamos de nuevo, Castiel. Con mucho más que responder. Veo que sigues rondando con Dean Winchester".
"¿Cómo estás aquí? ¡Tú estabas en la Jaula!" Castiel podía sentir el poder de Lucifer tan agudamente como una herida de cuchillo escarbando en su piel.
"Así que para ti no soy una alucinación… Excelente, porque el demonio que has tomado bajo tu ala creyó que si."
En la mención de Meg, Castiel entrecerró los ojos y su rostro se volvió pálido.
"Así que no te lo dijo".
"¿Cómo es que estás aquí?" repitió Castiel. "Estabas encerrado".
"Amigos en altas esferas. Fui amado por algo más que por Dios y por eso soy libre. Libre de todo. Y no soy el único que esta en libertad, Castiel. Gran Hermano Miguel también está fuera de allí y él no será tan indulgente como yo". Lucifer pasó los dedos sobre las llamas. "¿Entonces, ¿cómo está Sam?"
Castiel caminó hacia él y sonrió con superioridad.
"Todavía tan devoto. Parece que has escogido cosas tan peculiares a las que dedicarte, Castiel", Lucifer levantó la mano y contó. "Dean, Sam, un Dios ausente, este concepto de libre albedrío, y ahora un demonio. Uno de mis favoritos, según recuerdo".
El ángel más joven miró alrededor del garaje en vez de enfocarse en esa mirada despiadada.
"Lo sé todo, Castiel. Cómo has cambiado, lo que hiciste y cómo creaste una abominación de criatura con la dulce Meg. Todo por una razón que aún no sabes, que ninguno de nosotros sabe realmente".
Lucifer caminó rondando las llamas.
"Aun así. Fue sólo una vez, supongo que Dios mismo podría perdonar eso", dijo Lucifer, como si lo consolara. Pero el silencio de Castiel le hizo inspeccionar y sonrió con suficiencia al ver que los ojos de Castiel permanecían fríos. Fácilmente leyó debajo de la máscara de su hermano menor. "Así que fue más de una vez. Se convirtió en algo más que el simple sexo ¿no? Te llevó a la tentación. Supongo que no puedo envidiarte eso. Después de todo, la tentación es uno de mis pecados favoritos".
Castiel caminó dentro del círculo, lo suficiente como para hacerle saber a Lucifer que le había tocado un punto fuerte.
"Así que le diste un mordisco a la fruta prohibida y te gustó, ¿eh? ¿No es esa una analogía perfecta? considerando que no había nadie susurrando en tu oído cuando tomaste lo que sabías que no debías. No había ninguna serpiente en tu historia, ningún chivo expiatorio. Actuaste sólo por deseo. Casi admirable".
Lucifer le sonrió y Castiel volteó para mirarle fijamente.
"Aunque tienes que preguntarte por qué no te dijo de mi regreso. Tal vez siga siendo leal en lugar de ser la traidora que los otros demonios están diciendo que es".
"Ella no es tuya". Castiel habló bruscamente, como para cambiar de tema. Pero Lucifer sabía que había encontrado un punto sensible y quería destrozarlo.
"Ella lo es. Ella es un demonio, lo que la hace mi creación, mi súbdito. Fue torturada y perfeccionada para servirme".
El ángel se apartó. Su poder era sofocado en presencia de Lucifer. Más de lo que había sido antes.
"Entonces, ¿por qué te quedas con ella, Castiel? ¿Por qué permitirle vivir con esa cosa dentro de ella? ¿Aburrimiento? ¿No saber si tus humanos alguna vez te amarán?"
Castiel se resistió a la urgencia de voltear los ojos. "No todos nosotros usamos a otros, Lucifer. Algunas cosas las hacemos porque queremos".
"¿La amas? ¿Tú? ¿Incluso sabiendo lo que es?" Lucifer sonrió terriblemente. "Eso es patético. Incluso para ti. Un ángel que adora y ama a los humanos, ¿Pero a un demonio?" Lo miró a través de las llamas. "Eso es completamente repugnante".
"¿Por qué estás aquí?"
¿Te das cuenta de lo que lleva? Una amenaza apocalíptica si no se corrige. Libre albedrío de los humanos, las tinieblas retorcidas de los demonios, la luz de los ángeles...", la cara de Lucifer se contorsionó en un gruñido. "Debe morir".
"Si te acercas a Meg o a los Winchesters, encontraré la forma de matarte".
Lucifer frunció aún más el ceño ante la amenaza. "¿Tú? No eres más que un serafín, Castiel. Podría acabar contigo aquí con un simple chasquido de mis dedos".
"Entonces hazlo. Pero no dejaré que lastimes a Meg o a Sam".
"Entonces eso deja a Dean, ¿no? Tu precioso proyecto de mascota". Lucifer se apoyó contra un viejo coche. "¿Destruyes todo lo que tocas o sólo se trata de estos tres?"
Castiel se giró al oír el sonido de peleas justo afuera del edificio.
"¿Cas?" El grito de Dean fue contenido y por encima de él los dos ángeles pudieron oír un demonio gritando.
"Ellos van a sobrevivir a los demonios que tome prestados. Esto será divertido. ¿A quién te gustaría ver morir primero, Castiel? ¿A tu mascota humana o a tu mascota demonio?" Lucifer se golpeó la barbilla, saboreando claramente la forma en que los ojos de Castiel lo miraron. "O tal vez pueda hacer que realmente valga la pena. Desgarrar esa cosa no nacida del demonio. Ella no quería a Meg muerta ¿pero a ese bebé?... Perfecto".
Castiel vio a Lucifer girar hacia las puertas del garaje, claramente preparado para que se abrieran. Al darse cuenta de la trampa que Dean y Meg iban a encontrar, buscó rápidamente algo, cualquier cosa, que pudiera dejarlo escapar.
Dos cadenas de remolque bajas colgaban cerca.
Alargó la mano con su poder, girando su mano en el aire y las cadenas se movieron como un látigo hacia su mano. Las golpeó contra la nuca de Lucifer y el Arcángel se giró siseando mientras sanaba las heridas instantáneamente. Castiel lo hizo de nuevo y Lucifer cogió las cadenas en su propia mano antes de que pudieran golpearlo, las agarró tan fuerte que arrojó a Castiel de rodillas. Chasqueando sus dedos, las llamas bajaron lo suficiente como para que pudiera arrastrar al ángel más pequeño hasta él.
Su mano alrededor de la garganta de Castiel y sus uñas clavadas en su carne.
Castiel ahogó una maldición y golpeó la mandíbula de Lucifer con el puño. Lucifer apenas se encogió, sólo le apretó más la tráquea y lo levantó del suelo.
"Sabes, esperaba que pudiéramos haber tenido un poco más de *una pequeña charla familiar*, Castiel. Necesitas algo de disciplina en tu vida. Hiciste algunas cosas malas, incluso para un ángel. El Purgatorio, Rafael, mataste a los de tu propia especie, los Leviatanes... y ahora proteges a un demonio de su propio Padre". Se acercó tanto que Castiel pudo oler lo extraño en él. "Pero parece que tenemos que saltarnos la charla".
Castiel continuó ahogándose y Lucifer sonrió. "Pobre hermanito. Supongo que papá no te quiere tanto como pensabas".
Giró y lo arrojó contra la pared opuesta, siguiéndolo. Castiel se levantó, intentando bloquear los golpes que comenzaron a llover sobre él. Lucifer golpeó su puño contra él una y otra vez, hasta que la boca del ángel sangró y su frente estaba empapada en sangre. Se desplomó contra la pared, manteniéndose erguido sólo por la mano de Lucifer que lo estrangulaba.
"Salí de la jaula para encontrarme que tú has sido revivido más de una vez por nuestro Padre." Los celos contaminaban la voz de Lucifer. "¡Él dejó que me pudra junto a Miguel, mientras que a ti te permitió vivir!"
Lo levantó de nuevo hasta que estuvo completamente contra la pared y la fuerza de su mano sobre la garganta de Castiel empujó su cabeza hacia atrás. Castiel intentó contraatacar, levantando su mano, y vio un destello de plata en el aire.
Una espada ángel le atravesó el hombro hasta la empuñadura. El arma clavó a Castiel contra la pared como una pequeña mosca mientras gritaba de agonía. El grito de Dean se estaba acercando y oyó cómo golpeaban la puerta al costado. Lucifer retrocedió, dejándolo colgado en la pared. Su sonrisa era fría y analítica antes de girar y tomar dos barras metálicas del estante. Castiel intentó levantarse de la pared, intentó hacer algo para soltar la espada ardiente de su hombro...
"Casi muy fácil, Castiel. Con toda tu reputación y estando yo un poco oxidado. Algo te ha ablandado". Lucifer se retorció y enterró las barras en los hombros de Castiel, sujetándolo a la pared, mientras este volvió a gritar. Se adelantó y le arrancó la espada ángel, una brillante luz blanca emanaba de la herida.
Lucifer golpeó con la navaja la mejilla de Castiel. "Las cosas que hacemos por amor… Hubiera sido más fácil para todos si te hubieses quedado solo, Castiel. Si hubieras dejado esa cosa morir. Si hubierais dejado morir a Meg. Su hubieras dejado que todos mueran." Aún desafiantes, los torturados ojos azules se encontraron con los suyos.
"Pero bueno. No es un gran problema". Lucifer le acarició el pecho a Castiel con la navaja. "Necesito algo de ti antes de matarte".
Castiel sintió una corriente repentina de poder en contra de él, como el hielo y el fuego fluyendo a través de su piel. Lucifer comenzó a cantar en voz alta. Entre la agonía y el miedo, Castiel vio el filo comenzar a brillar azul. Los ojos de Lucifer se alzaron a los suyos y en su reflexión, Castiel veía sus propios ojos brillando blanco. Cuando abrió la boca para gritar, la luz empezó a salir de sus labios.
Se sentía como si estuviera dividido en dos, su Gracia escapando de su verdadera forma, girando en círculos dentro de sus ojos y en la superficie de su recipiente, como si rogara a Lucifer que la robase. Lo que lo hacía un ángel le estaba siendo robado y arrancado de él.
Lucifer agitó la cabeza. "Qué criatura tan peculiar eres, Castiel." Sonrió con ironía. "O eras".
Levantó la espada en el aire y Castiel la miró con un entumecido horror.
Otra espada voló por el aire y se clavó en su mano a través de la palma. Lucifer gritó mientras la espada ángel lo desgarraba y dejó caer su propia espada al suelo antes de arrancarse el arma de su mano.
Giró y miró a la pareja en la puerta con ira. Los propios ojos de Dean se abrieron de par en par por el horror. Meg había lanzado la espada, pero ambos apenas podían salir de la conmoción.
Lucifer se recuperó lo suficiente como para sonreír.
"Hola, Dean. ¿Cómo está tu hermano?" Preguntó amistosamente y Dean levantó una mano sosteniendo todavía el cuchillo del demonio.
"Esto no es posible".
Al lado de Dean, los ojos de Meg se dirigieron hacia donde Castiel aún brillaba, luchando contra lo que lo atrapaba. Ella no sintió que Dean se movía de su lado hasta que se dio cuenta que estaba mirando la parte de atrás de su cabeza mientras enfrentaba al Arcángel a ciegas.
Lucifer atrapó a Dean antes de que se moviera más que unos cuantos pasos, su mano cogiéndole por la garganta como lo había hecho con Castiel.
"Sí, soy yo, Dean. Ya he tenido esta charla con mi hermanito, así que te ahorraré los detalles". Apretó tan fuerte que pudo sentir los huesos delicados del cuello de Dean. "¿Tú y yo? Tenemos algunos asuntos pendientes. Tengo algo complicado que tratar contigo. Arruinaste todos mis planes, tú y tu pequeño hermano. Creo que es justo que pensemos en una forma de compensarme".
Escuchó el sonido de tacones en el suelo y su mano se extendió para atrapar a Meg por el pelo cuando ella estaba a centímetros de atacarlo. Tirándola más con su mano, forzó su cabeza hacia atrás y la arrastró junto a Dean.
"Entonces aquí estas tú, Meg. Me decepcionas de nuevo".
Lanzó a Dean a un lado como una muñeca de trapo, enviándolo a estrellarse en el lateral de un coche levantado y entonces, retorció a Meg en sus brazos. La cabeza de Dean se golpeó contra el metal y se desplomó sobre el suelo, sus ojos se fueron hacia atrás y cayó inconsciente. El agarre de Lucifer sobre Meg cambió un poco, y ella no se atrevió a moverse mientras él le presionaba la sien con los dedos.
"Podrías haber sido tan leal, pero elegiste el lado equivocado. Demonios patéticos. Todos ustedes".
Castiel se retorció contra la pared mientras observaba a Lucifer acariciar la mejilla de Meg, como un carnicero lo haría con un animal que estaba a punto de ser sacrificado. A pesar de su propio dolor, podía ver lo que Lucifer quería hacer. No había más que odio en sus ojos, y en el rostro de Meg no hubo más que terror agravado por la negrura de sus ojos.
Lucifer extendió su otra mano entre ellos.
"Sabes, ella quería que sobrevivieras a esto, pero creo que si estoy actuando en defensa propia podrá entenderlo. Al menos, me desharé de ese trozo desagradable que le está causando problemas". Sus dedos se acercaron a su vientre y comenzaron a empujar debajo de su camisa. El poder de ella se volvió contra él, con fuerza suficiente como para que la sangre apareciera en su frente. Meg gritó mientras una ardiente luz comenzó a verterse en ella como un castigo, cuando trató de defenderse.
Castiel intentó usar su Gracia para quitarse las barras, pero fue inútil. El conjuro que Lucifer tenía sobre él lo mantenía quieto y podía sentir los barrotes cavando más profundamente en su piel. La espada que Lucifer había llevado todavía estaba brillando en el suelo. Las barras se incrustaban cada vez más y más hondo, pegándolo a la pared cuando miró fijamente al techo, intentando liberarse.
"Ahora, esto puede doler un poco". Lucifer tiró de su pelo. "¿Qué estoy diciendo?... Va a doler mucho".
Él retiró la mano y sus dedos se cerraron en un puño. Meg lo miró horrorizada y Lucifer le sonrió casi pidiendo perdón antes de mover la mano por el aire. Un arco de luz salió y el chirriante sonido de su Gracia inundó el aire.
En el instante antes de que sus dedos entraran en contacto con el vientre del demonio, hubo un sonido como de una pequeña campana sonando. Los ojos de Meg parpadearon de negro a blanco mientras sentía una intensa ola de poder atravesándola. Los dedos de Lucifer apenas le rozaron la piel antes de que una segunda y extraña ola de poder puro e incontrolado, saliera de su cuerpo como una granada y empujara al Arcángel hacia atrás. Él gritó sorprendido al ser arrojado, liberando la mano que la agarraba.
Su verdadera voz rugió por el aire, pero estaba abrumado por el viento que de repente lo golpeó contra la pared.
El sonido era más fuerte esta vez y el demonio levantó una mano, cortando el aire. Volvió a poner a Lucifer de rodillas, pero él se irguió contra el golpe, luchando por conseguir su espada de ángel.
Meg se retorció un poco mientras el poder salía de ella en ondas, mezclándose con su propia oscuridad y golpeando al arcángel hasta que ya no pudo mantenerse en pie. Lucifer olvidó la espada y levanto el brazo hacia los ojos para protegerse. Castiel tuvo hacer lo mismo.
Hubo otro destello, más brillante que el primero, y como un ángel desterrado, Lucifer desapareció de la vista.
Castiel volvió a abrir los ojos y miró fijamente. El garaje estaba diezmado en el interior, las herramientas de metal derretidas y las ventanas de los coches estalladas. Pero Dean parecía ileso donde yacía en una pila de vidrio y no había rastro de Lucifer. Girando su dolorida cabeza, él intentó ver a través del humo que se evaporaba.
Con la cabeza inclinada ante el esfuerzo por mantenerse erguida, Meg se puso en pie y giró para mirarle. Sus ojos estaban negros ahora, su boca sangrando en las comisuras, y él vio que temblaba. La oleada que atravesaba el cuerpo de Castiel le era familiar a medida que su Gracia volvía a inundarse de poder,. La espada en el suelo ya no brillaba tanto, pero no podía apartar sus ojos de ella. Detrás de Meg, Dean gimió y lentamente se giró sobre su estómago.
"¿Qué demonios acaba de pasar?" Estaba sangrando por un corte profundo en su frente, pero parpadeó a través de la sangre para mirarlos. "Acabo de... Meg, ¿qué te pasa?"
Incapaz de moverse, Castiel sólo podía observar al demonio mientras ella intentaba caminar hacia él, arrastrando sus pasos. Meg estaba lo suficientemente cerca como para tocarla cuando sus piernas empezaron a doblarse. Sus ojos se voltearon hacia atrás y ella se desplomó a los pies de él. Sus brazos extendidos a cada lado de ella, respiró hondo y sus ojos recorrieron el techo del garaje sin mirar, como si viera algo por encima de ella. Sus ojos negros luego se cerraron, aunque Castiel la llamaba una y otra vez, tratando de mantenerla despierta.
Continuará en la parte dos...
