El día siguiente, como si reflejara el ánimo de Lizzy, amanece cubierto de gris y lluvia. Lizzy observa el cielo tras el cristal de su ventana y se pregunta si alguna vez dejará de llover, si alguna vez ella dejará de llorar. Cuando por fin ha podido salir a pasear, bien entrada la mañana, evita los caminos acostumbrados, porque no quiere encontrarse con él. No quiere…

Lizzy admite que él, el señor Darcy, no tenía forma de saber que Jane amaba a Bingley. De hecho, jamás han salido de boca de su hermana tales palabras. La dulce Jane siempre ha guardado las verdades de su corazón a buen recaudo. Sí, feliz, alegre, un alma noble y generosa, pero que jamás ha dicho en voz alta: amo a Charles Bingley. Y aun así, Lizzy sabe que son ciertas…

Pero lo peor de aquel confrontamiento había sido su propia reacción… Débil, se ha mostrado débil frente a él y ha revelado más de sí misma de lo que debería haber hecho con un extraño, con alguien que no es su familia y ni siquiera su amigo… Lizzy se reprocha ese momento de indignada rabia, de debilidad de carácter a fin de cuentas, y que no le ha traído más que vergüenza sobre sí misma. Lizzy daría un reino si lo tuviera por no tener que enfrentarse a él de nuevo esta noche, demasiado pronto, durante la cena a la que Lady Catherine les ha invitado. Quisiera huir, quisiera esconderse, por haber admitido en voz alta que se vendió por un techo para su familia. Pero eso no demostraría más que su cobardía, y que los cielos la perdonen por su soberbia, pero ella jamás ha sido una cobarde…

Así que, del brazo de su esposo, Lizzy alza el mentón y esboza la educada y cortés sonrisa que se espera de ella. Sus ojos se cruzan con los del señor Darcy en cuanto cruzan las puertas de Rosings Park y ella le sostiene la mirada esperando ver en ellos desprecio e incluso repulsión. Pero de nuevo, no hay nada de eso… No, es otra cosa… Pero Lizzy —una vez más— se niega a ponerle nombre. No lo hará, no al menos ahora, cuando toda su concentración está puesta en sobrellevar y distanciarse de esta noche amarga para ella. Lizzy soporta hoy las habituales impertinencias y menosprecios de Lady Catherine y los sinsentidos aduladores de su esposo como la que contempla un cuadro: desde lejos, sin implicarse, bien situada más allá de los trazos que delinean los actuales paisajes de su vida.

Más tarde, tras la cena y en la obligada velada social —tan propia de la gente educada—, Lizzy pasea distraída los dedos sobre el teclado… Ha tenido que aguantar consejos y comparaciones constantes con la talentosa señorita Georgiana Darcy, pero aun así, el pianoforte es el único lugar de la sala que le brinda un poco de privacidad. Aún tiene el corazón dolido, por esa conversación con el señor Darcy, aún le duele ver la manera en que los sueños de las jóvenes se reducen a polvo bajo las botas de los varones…

—Señora Collins… —La suave voz del hombre que lleva evitando lo más cortésmente posible le hace alzar la cabeza del teclado y enfrentar su rostro—. Si me permite la pregunta —añade él con la misma suavidad, bajando aún más la voz—, ¿debo suponer que su hermana albergaba sentimientos sinceros por mi amigo?

Ella exhala un suspiro entrecortado, porque el señor Darcy parece sorprenderle una vez y otra vez. Mirándolo, realmente cree que su pregunta es sincera, y honesta, no nacida de una curiosidad malsana de haber sido hecha por otra persona. En sus ojos parece que anida una dulce tristeza y ella se siente tentada de decirle la verdad.

—Creo firmemente que mi hermana aún lo hace, señor, a pesar del tiempo y la distancia…

Él inclinó la cabeza reconociéndole a Jane Bennet la constancia de sus afectos, descartando así, con un gesto tan sencillo pero tan significativo, que Charles hubiera sido solo una herramienta para un matrimonio conveniente, un marido sin rostro, que aportase solo el estatus y el apellido de una mujer casada… Con ese gesto, le concedía a Lizzy la razón de su enojo hacia a él por su malhadada intervención y a la mayor de las Bennet el debido crédito a sus sentimientos y a su discreta conducta.

—Mis disculpas, señora Collins —dijo él, con formalidad—. Créame cuando le digo que es algo de lo que me arrepentiré toda mi vida… Me erigí en juez de los asuntos de otros, y solo conseguí causarles dolor a quienes me importan… —Esa tristeza seguía ahí, en sus ojos, Lizzy la veía—. Juzgué mal, terriblemente mal, y sinceramente creí que su hermana no mostraba interés por mi amigo, y quise evitarle a Charles el dolor de un corazón roto.

—¿Señor Darcy? —pregunta ella, porque realmente no sabe qué responderle. Ella que jamás pensó que alguien como él se disculpara. Y menos con ella, alguien de nivel discutiblemente inferior… Vamos, los de su estatus ni siquiera sabían lo que era disculparse… En cambio, él…

El señor Darcy es un caballero honorable, concluye ella.

Lizzy lucha contra el sonrojo delator de su vergüenza, porque ella, que tanto se vanagloria de ser conocedora de la naturaleza humana, ¿tanto y tantas veces se había equivocado con el señor Darcy? Sí, quizás fuera el desastroso comienzo de su relación, aquella noche en el baile de Meryton… ¿Pero puede alguien equivocarse tanto con una misma persona?, se preguntaba ella, con el corazón lleno de inquietud.

—Fitzwilliam —les interrumpe Richard, acercándose a ellos—, Lady Catherine te reclama… —Y luego añade, poniendo los ojos en blanco mientras una sonrisa traviesa baila en sus labios—. Algo sobre el ajuar de bodas de Anne…

Y con su partida, las palabras que Lizzy fuera a decir al señor Darcy jamás fueron pronunciadas.