Capítulo 10
Un mal consejo, y el triunfo del amor
A partir de aquella noche, cada que Zeke y Pieck tenían la oportunidad de estar a solas, sus bocas volvían a encontrarse, y las caricias no se hacían esperar.
No es que quisieran realmente mantener todo en secreto, pero durante esos primeros meses de relación, era tan poco el tiempo que podían dedicarse a estar juntos debido a las obligaciones militares y/o políticas de ambos, que cuando por fin encontraban un momento para estar juntos, preferían aprovecharlo ya fuera conversando y claro, con besos.
Hasta ahora, las únicas personas que sabían del romance entre Zeke y Pieck eran Colt, Galliard, los sirvientes de la mansión Fritz, Armin, quien en un fin de semana que él y Eren no estuvieron en los cuarteles se percató de las miradas y química entre la pareja, y también los Sres. Jaeger; siendo la abuela de Zeke quien más se alegraba de que el mayor de sus nietos volviera a enamorarse y ser feliz con alguien. El único que no estaba enterado del romance era el hermano menor del príncipe y claro, el Rey de Mare.
Había un evento de caridad en un museo situado en el distrito de Liberio, y como Príncipe de Mare, Zeke fue invitado a asistir, no sólo con el fin de engalanar el evento, sino que gracias a eso, se esperaba una mayor recaudación por parte de la nobleza y la clase alta de Mare.
Pieck acompañaba al Príncipe como elemento de seguridad encubierto, por lo que cualquier uniforme militar fue sustituido por un elegante vestido negro. Al igual que un año atrás en la ópera, se sentía incómoda y disfrazada; pero como debido a su rango y puesto, cada vez era más frecuente tener qué vestir a la altura de ciertos eventos, ya no era tan pesado el tener qué vestir con esos "disfraces".
Si bien Zeke ansiaba tomarla de la mano y presentarla en ese momento como su novia ante el mundo, lo detenía el hecho de las inevitables habladurías de los aristócratas, pues lo que menos quería era opacar la brillante carrera militar de Pieck al pasar a ser la novia del Príncipe de Mare. Por otro lado, antes que hacer su relación de conocimiento público, quería hacerlo oficial ante el propio Rey.
Se acercó al oído de ella —¿Ya te dije lo hermosa que te ves hoy? —susurró con voz sensual, pero intentando que todo pareciera una simple indicación, o conversación de asuntos de estado.
Se cubrió la boca con la copa de champagne que les habían ofrecido momentos antes —como diez millones de veces, al igual que ayer, y antier, y el día anterior —dijo entre risas mientras ambos observaban una pintura abstracta.
Zeke fijó sus ojos en la pintura —General, ¿Es que acaso todo esto tiene algún sentido? Creo que, quien sea que haya hecho esto, sólo derramó pintura en el lienzo.
—En realidad, alteza, el arte abstracto no tiene como objetivo representar la realidad, sino las emociones del artista. —Se acercó a la pintura —es como cada pintor se siente en el momento, estos trazos inexactos con estos colores, me atrevo a decir que quizás es desesperación, dolor, confusión; quizás un alma atormentada que quiso reflejar su caos interno.
Se acordó de sí mismo siete de años atrás, cuando estaba sumergido en el dolor por la muerte de Frieda. Su furia contra la vida y contra el destino, su dolor que lo quemaba por dentro, sus ganas de no volver a despertar y reunirse con su amada.
Presa del dolor, una semana después del funeral, justo el día en que se hubiera casado con ella; el príncipe rompió varios objetos de su sala de estar en medio de un ataque de ira y desesperación. Los objetos, y trozos de ellos quedaron regados en el suelo, más o menos como aquellos furiosos trazos en la pintura.
Afortunadamente, esa desesperación y dolor había menguado con el pasar del tiempo, y atrás había quedado esa oscura etapa de su vida.
—Tiene razón, General Pieck, viéndolo desde ese punto de vista, creo que puedo entenderlo —se rascó la nuca —no soy bueno con el arte.
El evento finalmente terminó, y la pareja abordó el carruaje del príncipe de regreso a la solitaria mansión Fritz.
—Sano y salvo, alteza —dijo riendo, y después suspiró —ahora yo debo irme a casa.
—¡No! No te vayas aún —tomó la mano de ella —quédate un rato, podemos tomar una copa, té, o sólo charlar... Sólo quiero estar contigo un poco más, Pieck.
Sonrió —está bien, me hará bien una taza de té.
Se adentraron a la biblioteca del príncipe y, dado que era una noche fría, encendió la chimenea para poder quitarse los abrigos que portaban.
Después de que el mayordomo les dejara la tetera y tazas, Zeke caminó hacia el sofá, pero Pieck se sentó en la alfombra frente al fuego, por lo que Zeke se acomodó junto a ella, abrazándola. —Hace mucho que no teníamos un momento tranquilo como este.
—Lo sé —lo besó con dulzura —hemos estado demasiado ocupados últimamente... —suspiró —te extrañé.
—Yo también a ti —le devolvió el beso, primero tierno, para ir aumentando la intensidad, al punto en que Pieck tuvo qué sostenerse con sus brazos detrás de la espalda para no caer. —Estoy cansado de esto, Pieck.
—¿De qué hablas?
—De escondernos, de hacer todo a escondidas, Pieck, ¡No hacemos nada malo! —volvió a besarla —hablaré con mi tío Eren, ¡Le gritaré al mundo que eres mi novia!
Sonrió, conmovida y sorprendida por las palabras de él —¿Estás seguro?
—Absolutamente —sus labios pasaron de la boca de ella, al cuello, y a sus hombros, descubiertos gracias al corte de manga caída del vestido.
—Zeke... —dijo casi en un gemido.
—Perdón... Perdón —pronunció con voz jadeante.
—No te disculpes —sonrió, y se sonrojó —no es que hicieras algo que me molestara.
Sus ojos viajaron por toda la figura de Pieck, desde su cabello sujeto en media coleta, su cuello y hombros descubiertos, su cuerpo cubierto por la fina tela —eres muy hermosa.
—¿A pesar del disfraz? —comenzó a reír entre dientes.
—Pieck, podrías ponerte un costal de patatas, y aún así te verías hermosa —se acercó al oído izquierdo de ella —aunque si te sientes incómoda con ese vestido, te lo puedo quitar.
Se sonrojó de inmediato ante el comentario —¡Zeke!
—No lo decía en serio —dijo entre risas nerviosas.
Mordisqueó su labio inferior antes de hablar —¿Por qué no? Digo, no es que sea algo del otro mundo, tú eres hombre, yo soy mujer, nos amamos —suspiró —y este tipo de besos y caricias provocan... reacciones... en ambos.
—¿Cómo? —dijo entre risas ante el argumento casi científico de ella.
—Sólo digo que, es normal que los dos sintamos... deseos —se sonrojó.
La besó profunda y apasionadamente —¿Me deseas, Pieck? —Volvió a besarla nuevamente, antes de que ella pudiera responder —no me contestes, Pieck... Si quieres irte a casa, entonces vete ahora, no me enojaré, y mañana seguiremos como lo hemos hecho hasta hoy; de todas maneras, hablaré con mi tío sobre lo nuestro. —Se apoderó nuevamente de los labios de la joven.
—No —dijo con voz jadeante, acariciando el rostro de él —no quiero irme todavía... Pase lo que pase esta noche, no me iré.
—Pieck...
Tomó la mano de él, y la colocó sobre su pecho —Zeke, tócame... No dejes de acariciarme esta noche. —Impetuosa, unió sus labios a los de él, tomando el rostro del príncipe con sus manos para que el beso fuera aún más profundo y apasionado.
Felizmente sorprendido ante las palabras y acciones de ella, las manos de Zeke comenzaron a recorrer la silueta de Pieck por encima de aquel elegante vestido negro, bajando por una de sus piernas hasta la altura del tobillo, deslizando su mano por debajo de la falda del vestido para acariciar la pantorrilla de ella mientras el beso continuaba.
Su piel se erizó al suave tacto del príncipe en su pierna, haciéndola reclinarse hacia atrás hasta quedar recostada sobre la alfombra, mientras sentía la mano de Zeke por encima de su rodilla izquierda.
—¿Vamos a mi alcoba? —preguntó con voz jadeante, y se incorporó cuando Pieck asintió en respuesta, ofreciendo su mano para ayudarla a pararse.
Zeke asomó la cabeza, cerciorándose de que no hubiera nadie. Tomó a Pieck de la mano, salieron a hurtadillas de la biblioteca, caminando hasta las escaleras y procurando no hacer ruido, como si fueran un par de ladrones temiendo ser descubiertos.
Subieron, conteniendo las risas para no hacer ruido, lo cual no era realmente necesario, puesto que a la media noche, el personal de la mansión Fritz, tanto elementos de seguridad como sirvientes, dormían, o Colt se encontraba en casa con su esposa e hijo; Eren y Armin estaban en los cuarteles militares; y los Señores Jaeger estaban en su casa.
Llegaron al exterior de la habitación del príncipe, quien giró el picaporte para liberar la puerta, pero aún sin abrirla. Observó a ambos lados del oscuro corredor.
—¿De quién nos escondemos? —preguntó Pieck entre risas contenidas.
—De nadie —la abrazó —pero así es más divertido —dijo antes de besarla, y hacerla retroceder hasta el interior de su alcoba, cerrando la puerta al empujarla con su pie.
Sus manos viajaban por la espalda femenina, mientras sus labios seguían ocupados con los labios de ella. Al seguir retrocediendo, hubo un momento en que Pieck pisó por accidente la falda de su vestido, haciéndola tropezar y caer sobre la cama del príncipe.
—¿Tan pronto? —preguntó Zeke con tono de voz sugerente.
—¡Me caí! —exclamó Pieck entre carcajadas, sentándose a la orilla del lecho del príncipe —estúpido vestido.
Se sentó junto a ella, y comenzó a besar suavemente el hombro, siguiendo hasta el cuello de ella —puedo quitártelo para que estés más cómoda.
Gimió cuando el lóbulo de su oreja fue ligeramente mordisqueado por él —amo que seas tan considerado —dijo entre risas.
—Lo que sea para que la mujer que amo esté cómoda —volvió a besar el cuello de ella, mientras que una mano de él intentaba bajar la cremallera del vestido, logrando su cometido luego de batallar un poco.
Suspiró cuando el vestido, aún sobre su cuerpo, se aflojó al ser desabrochado —te amo.
—Yo te amo más —acarició la mejilla de ella, y volvió a apoderarse de sus labios; se puso de pie sin romper el beso, tomándola de las manos para que también se incorporara.
En el suelo terminó el vestido, así como el elegante traje de Zeke, y cualquier prenda que en algún momento tuvieron puesta.
Tras otro beso apasionado, los labios del príncipe se dedicaron a explorar, besar y dar pequeñas succiones al cuello de Pieck; mientras sus manos bajaban por la espalda de ella hasta el área lumbar, y con firmeza la tomaba de los muslos para que las piernas de ella se aferraran a su cintura, mientras él la sostenía del trasero.
Pieck se ruborizó, al tiempo que sentía un calor interno que la recorría, no sólo por estar en esa postura, sino porque podía sentir la firmeza de él rozando su intimidad de manera superficial, provocando que empezara a humedecerse.
La depositó suavemente sobre su cama, disfrutando al palpar la suave piel de su amada, gozar de los sonidos que emanaban de su boca, y deleitarse al recorrer su cuerpo con su boca.
Se sentía vivo de nuevo, pasional. Siete años habían pasado desde que sus manos no tocaban la piel de una mujer, y ahora no podía parar de acariciarla de manera suave, o bien de maneras más atrevidas. Su piel se erizaba cada que un suspiro o gemido emanaba de la boca de ella, y el sabor de la piel femenina en su boca lo excitaba cada vez más, volviendo a sentir aquella urgencia de unirse físicamente a su amada.
Ella sabía perfectamente lo que sucedería esa noche desde el momento en que se rehusó a marcharse cuando él dijo que podía a hacerlo, también lo deseaba, por algo decidió quedarse con el príncipe; no obstante, fue inevitable sonrojarse al ver la imagen de él totalmente desnudo, acomodándose entre sus piernas.
—Zeke, yo... —dijo con voz jadeante, casi incapaz de decir cualquier cosa salvo esas dos palabras.
—Mi linda Pieck —la besó nuevamente, empujando su virilidad dentro de ella, y deteniendo toda maniobra cuando ella ahogó un grito con el beso apasionado que le propinaba. Observó la expresión de dolor en su rostro —Pieck... ¿Acaso tú eres?
—Ya no más —pronunció en un hilo de voz.
No se esperaba que ella fuera virgen, y no porque tuviera alguna idea preconcebida del comportamiento de una mujer con o sin experiencia sexual alguna; quizás era debido a que, a sus veintinueve años, las únicas dos referencias en su vida era la propia Frieda, que hasta antes de esa noche era la única mujer con la que había intimado.
Pero también, cuando tenía veintiún años, Zeke conoció a una prostituta contratada por el propio Rey Krueger, con intensión de que ella lo "entrenara" para su vida marital. Sin embargo, el príncipe se negó a tener intimidad con ella debido al gran amor que le tenía a la fallecida princesa.
Tras una charla y un acuerdo entre ambos, que incluía un generoso pago por parte de Zeke; Chantal le enseñó solamente en el ámbito teórico lo que el príncipe debía saber para complacer sexualmente a su futura esposa, además de mentir ante el rey al decir que había realizado la labor para la que fue contratada.
—Pieck, ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Te lastimé?
—Estoy bien —dijo mientras intentaba recuperar el aliento —estaré bien, sólo sé un poco más suave, ¿Sí?
Asintió con la cabeza, aunque en realidad estaba nervioso y más en ese momento, casi tan nervioso como aquella tarde cuando Frieda y él hicieron el amor por primera vez. Se sentía realmente inexperto y torpe en ese momento, a pesar de ya no ser casto.
Seguía intentando recuperarse de aquella primer embestida, lo cual fue más sencillo cuando el príncipe se retiró de su interior.
Se colocó nuevamente sobre el cuerpo de su amada, propinándole un dulce beso —¿Estás mejor? —suspiró —en verdad, lamento haberte lastimado.
Sonrió —ya estoy bien, no te preocupes. —Devolvió el beso.
Esta vez fue lento y suave, deslizándose con delicadeza dentro de su amada, y dando oportunidad para que ella pudiera adaptarse sin problemas a él; gracias a esto, aquel accidentado inicio quedó en el olvido, dando paso al goce de ambos.
Zeke fue aumentando el ritmo de manera gradual conforme percibía las reacciones de placer por parte de Pieck, particularmente los gemidos y suspiros que, cada vez, eran más intensos.
Finalmente ambos llegaron al clímax, y Zeke se quedó recostado sobre ella, aún unido íntimamente a su amada, quien le acariciaba la cabeza con las yemas de sus dedos.
Ataviado con su traje militar de gala, el Príncipe caminaba por los pasillos del Palacio Real para reunirse con el Rey Kruger. En un principio pensó que lo recibiría en la sala del trono, pero al llegar, fue informado que el monarca lo vería en la terraza.
—¡Zeke! —exclamó el rey al divisar a su sobrino.
Hizo una inclinación respetuosa con la cabeza al hacer contacto visual, y se acercó a su tío, reverenciándolo conforme al protocolo al estar ante él —Majestad.
—¡Oh vamos! Esto no es ninguna ceremonia formal —extendió su mano para señalar una silla frente a él. —Siéntate, anda.
En tanto el rey dio un par de pequeños aplausos, un sirviente se acercó —¿Su majestad desea algo? —dijo mientras se inclinaba sin mirar directamente al rey.
—Traigan té y bocadillos para el príncipe.
—Enseguida, su majestad —dijo el sirviente, manteniendo su mirada agachada, y alejándose para cumplir la encomienda.
—Y dime, Zeke, ¿Todo bien? No es usual que tú pidas una audiencia, sabes que tú y Eren pueden acercarse a mí en cualquier momento.
—Sí, lo sé —asintió con la cabeza, y desabotonó el primer botón del cuello de su camisa para aflojarlo un poco, pues la emoción de anunciar abiertamente su relación con Pieck, además de sus planes a futuro, le provocaban cierto nerviosismo mezclado con alegría.
—El té para su alteza y su majestad —dijo el sirviente al volver, sirviendo la bebida en las tazas y colocando una bandeja de pequeños emparedados en la mesa. Se retiró.
—Y dime, ¿De qué quieres hablar?
Puso un par de cucharadas de azúcar a su té, y comenzó a menear —pues… Bueno, sabes que desde que murió Frieda, he estado enfocado más hacia otras cosas.
—Te has enfocado en deprimirte, encerrarte, y desde apenas hace dos años has vuelto a dar señales de vida —interrumpió Kruger.
—Tienes razón —bebió un poco del té, siendo imitado por su tío.
—Al menos me alegro que hayas comandado esa misión de apoyo a Erdia cuando fueron invadidos.
—Sí —
"¿Va a permitir que nuestros enemigos conquisten el reino de ella? ¿Los dejará pisotear su tumba con sus sucias botas?"
Las palabras que su amada le dijera hacía dos años sonaban en su cabeza, "Mi amada Pieck" Pensó. —No podía permitir que invadieran Erdia —bebió un sorbo —años atrás le prometí a Frieda que si el ejército erdiano era insuficiente para protegerla, pondría al de Mare a sus órdenes… Pieck me recordó mi propia promesa.
—¡Y qué bueno que lo hizo! Sólo por eso, la General Pieck merece ser la comandante suprema de las fuerzas armadas de Mare —dijo entre risas.
—Sí —sonrió —ella es un gran elemento, yo...
—Hablando de todo este tema —dijo, interrumpiendo al más joven. —He estado en contacto a través de cartas con Historia… La reina de Erdia, ¿La recuerdas, no?
No pudo evitar reír con el comentario —claro que la recuerdo, tío, conviví muy poco con ella y no la he visto desde que Erdia fue invadida, pero jamás olvidaría a la hermana de Frieda.
—¡Me alegro! Siendo así, no te será difícil comprometerte y casarte con ella.
No escupió gracias a que, previo a las palabras de su tío, había tragado el sorbo de té. —¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿Historia y yo?!
—¿Te sorprende? —arqueó la ceja —bien sabes el pacto que hubo entre mi abuelo y el bisabuelo de Historia y Frieda; y tú Zeke, como heredero al trono debes cumplir con ese pacto.
—¡No! —se levantó de su asiento sintiendo una punzada en el pecho, y único pensamiento: Pieck. —Tío Eren, ¡Erdia y Mare han estado en paz por décadas! ¡Casarme con Historia es innecesario! Además, tío, ¡Ella es una niña!
Además del hecho de estar enamorado de Pieck y querer una vida y una familia con ella, la realidad era que Zeke recordaba y veía a Historia como la niña de doce años que lloraba en silencio en el funeral y entierro de Frieda. Sí, dos años atrás la había visto, pero fue un encuentro tan breve debido al conflicto bélico, que en realidad no prestó atención a la, ahora, Reina de Erdia.
—¿Niña? —se echó a reír a carcajadas —Zeke, ¡Historia tiene diecinueve años! La vi hace un par de meses en mi última visita diplomática a Erdia, se ha convertido en una mujer muy hermosa, ¡Eres afortunado en casarte con ella!
—¡No me casaré con Historia! —golpeó la mesa con el puño cerrado, provocando que las tazas tambalearan, y no importándole el respeto y cariño que le tenía al monarca, ni siquiera la posición de él como su rey.
Estrechó la mirada y se levantó de su silla —Zeke, ¡Es tu deber! Serás el rey cuando yo deje este mundo, ¡Compórtate como el Príncipe de Mare! Y no como un mocoso inmaduro.
También se puso de pie, dispuesto a defender su amor con Pieck. —¡No lo haré! —lo retó con la mirada. —He dejado mi sangre en el frente de guerra, he comandado a tu ejército, he estado a punto de ser asesinado en varias ocasiones, ¡Todo por Mare y por tí! ¡¿Por qué tengo qué casarme con una mujer que apenas conozco y de quien no estoy enamorado?!
—¡A veces hay qué hacer sacrificios! —Dio la espalda a su sobrino —unir ambos reinos es lo mejor para Mare y Erdia, ¡Y lo sabes! Además, piensa en tu amada Frieda, que en paz descanse.
—¡No metas a Frieda en esto!
Sonrió maliciosamente, y volvió a encarar a su sobrino. —Historia es la hermana de Frieda, ¡Tú bien sabes que ella adoraba a esa niña! Y hubiera hecho lo que fuera para cuidar a su hermana, incluso traerla a Mare a vivir con ustedes, ¿O me equivoco?
No respondió nada, sólo desvió la mirada, concediéndole la razón al monarca.
—Casándote con Historia no sólo estás asegurando la paz para ambos reinos, sino que también podrás directamente proteger y hacer feliz a Historia, tal y como Frieda hubiera hecho… ¿O acaso no te gustaría proteger a la persona que Frieda más amaba?
Sintió como si acabaran de arrojarle un barril de agua helada, y se quedó paralizado. Era cierto, Frieda amaba a su hermana más que a nadie y eso lo sabía él perfectamente; tanto que la fallecida princesa planeaba abdicar al trono y, en efecto, llevar con ellos a la más pequeña tanto tiempo como fuera posible, en tanto la menor asumía el trono erdiano.
Pieck era la mujer que amaba, quien de cierto modo lo había revivido después de tantos años de estar muerto en vida; y con quien deseaba un futuro en común.
Pero su tío tenía razón, como Príncipe de Mare y único heredero al trono, tenía un deber con su nación y un gran peso sobre sus hombros el cual, ese día, lo estaba aplastando.
Por último y no menos importante, también estaba Frieda, y lo importante que Historia fue para la princesa; y lo mucho que Frieda significaba en la vida de Zeke.
Posó su mano sobre el hombro del príncipe —tú e Historia se casarán dentro de un año, después de que ella cumpla veinte; mientras tanto, diviértete, conoce mujeres, ¡Ten aventuras! ¡Vive un poco! Y dentro de un año cumple con tu deber.
Se dejó caer de sentón en el sofá con la mirada desencajada. Su pecho dolía, sentía un gran vacío en el estómago y un nudo en la garganta.
—Es mi deber —se sentó junto a ella, y dudoso tocó su hombro.
Se apartó en tanto sintió la mano de él —no me toques. —Se puso de pie, y caminó un par de pasos en dirección a la salida del despacho en la masión Fritz, y se quedó inmóvil, pero dando la espalda al príncipe —¿C-cuándo es que… tú y ella?
Suspiró —dentro de un año.
Se tapó la boca con la mano, y trató de respirar profundo por la nariz para contener las lágrimas que amenazaban brotar por sus ojos adormecidos.
Sentía un enorme dolor en el corazón. Ella, quien siempre priorizó su carrera militar, poniéndolo incluso antes que el deseo de una pareja y familia; por fin había encontrado a un hombre a quien amaba y que ella amaba, alguien con quien compartir su vida… Y ahora debía decirle adiós.
¿Cómo es que, algo que relegó por tanto tiempo, ahora importaba tanto? Ni ella misma se explicaba el por qué sentía la urgencia de gritarle, de reclamarle, de llorar; como lo harían muchas otras mujeres en su lugar en esos momentos.
Nuevamente quería ser racional y mantenerse serena, pero hacerlo era una faena imposible.
¿Debía simplemente irse y olvidar todo? ¿Olvidarse de él?
¿Debía dejarse llevar por sus emociones, y reclamarle y gritarle?
¿Qué debía hacer?
Por primera vez no tenía una respuesta, ni sabía qué rumbo tomar. Sólo supo retirarse de la mansión Fritz.
Fueron días difíciles para ambos, pues si bien, Zeke no volvió a sumirse en una depresión como cuando murió Frieda, era innegable el que estaba demasiado irritable, además de tener una actitud más seria de lo habitual.
Y Pieck intentó evitar verlo, aunque sabía que por su posición dentro de la milicia, esto no podía ser para siempre, lo cual hubiera deseado.
Esos días sin él estuvo reflexionando sobre lo mismo: su amor por Zeke, y el hecho de que, dentro de un año, él debía casarse con otra mujer.
Lo amaba con todo su ser, y eso no podía negarlo. Lo extrañaba, más de lo que ella misma era consciente.
Extrañaba su mirada, el timbre de su voz.
Extrañaba su presencia, sus pláticas, el roce de su mano, sus besos.
Extrañaba sus bromas, sus picardías, su risa. Todo.
Y ese día, frente a la puerta de la biblioteca de la mansión Fritz tomó una decisión de la que tal vez se arrepentiría después, pero por primera vez en, quizás, toda su vida, Pieck escucharía a su corazón antes que a su cerebro.
—Pieck… —susurró con melancolía para sí mismo, sentado en aquel sillón de una plaza mientras intentaba, sin éxito, leer un libro.
—Zeke —dijo en voz alta al entrar en la biblioteca, cerrando la puerta tras de sí.
Se levantó de inmediato y, llevado por el impulso, corrió al encuentro de la mujer que amaba —¡Pieck! —exclamó con alegría.
Se apartó cuando él trató de abrazarla —debemos hablar.
Decepcionado, pero resignado, el príncipe intentó guardar la compostura —¿Sobre qué? —suspiró —la reunión con Magath y los capitanes es la próxima semana —dijo, tratando de sonar indiferente.
Tomó aire, y se colocó cara a cara frente a él, propinándole una fuerte bofetada —¡Esto es por tu compromiso con la Reina Historia!
—Lo merezco.
Estuvo a punto de volverlo a golpear, pero bajó su mano mientras respiraba agitadamente, intentando controlarse y sobre todo, intentando no llorar.
—Pieck, yo…
—¡Escucha! —sostuvo la mirada con firmeza —¡Cumplirás con tu deber! ¡Te comprometerás y te casarás con la Reina Historia dentro de un año! ¡Un año es lo que nos queda!
—¡¿Qué dices?! —pronunció confundido.
Se acercó a él, tomándolo de la camisa y, de un movimiento abrupto, lo hizo agacharse para darle un beso furioso y furtivo —tenemos un año para ser felices y amarnos, ¡Sólo un año! Y cuando ese año se cumpla, tú te casarás con la Reina Historia, la amarás, ¡Y serás feliz con ella! —rechinó los dientes. —¡Y entonces yo encontraré otro hombre! Me casaré con él, ¡Y lo amaré más de lo que te amo a ti!
Un año y siete meses después
Aguardaba en la sala de espera del hospital de su abuelo paterno. Miraba el reloj, se rascaba la barba, y miraba una y otra vez la puerta para ver si el doctor, una enfermera, o su abuelo se apiadaban de él y le daban noticias.
—Tranquilo, Zeke —dijo la Sra. Jaeger, posando su mano en el hombro del mayor de sus nietos. —todo saldrá bien.
Si bien, Zeke era un hombre de 30 años, en ese momento se sentía como un niño pequeño, y temeroso de lo que pudiera ocurrir; pero el ver la sonrisa de su abuela era reconfortante, y lograba calmar sus nervios.
—¿Por qué tiene qué tardar tanto? —dijo Eren.
—Así son estas cosas —respondió la Sra. Jaeger —cuando su padre nació, estuve doce horas en labor.
—¡¿Tanto?! —exclamó Eren.
Se levantó de su asiento, simplemente ya no soportaba la espera —iré a ver qué está pasando.
—Zeke, ¡Siéntate y cálmate! —dijo la anciana —ya saldrá tu abuelo o alguna enfermera a darnos noticias.
Resopló por la nariz, pero entre las cosas que Zeke Jaeger no se atrevía a hacer, se encontraba el contradecir a su abuela. Tomó asiento nuevamente entre ella y su hermano menor, y recargó su cabeza en sus manos, mientras sus codos se apoyaban sobre sus rodillas.
Armin llegó con unas tazas de té para él y la Sra. Jaeger; Eren no quiso té, y Zeke estaba demasiado nervioso como para pensar en otra cosa que no fuera en cómo estarían su esposa, y si su hijo ya habría nacido.
—Recibí una carta de Annie —dijo Armin para romper la tensión.
—¡Oh! Bien —dijo Eren.
—¿Y qué te dice? ¡Cuenta! —dijo la Sra. Jaeger.
—Pues que está muy bien, de hecho iré a Erdia a visitarla en unos días, sólo aguardábamos a que naciera el hijo de Zeke —sonrió.
Cuando una enfermera salió, Zeke se levantó de manera inmediata —¡¿Cómo está ella?! ¡¿Y mi hijo?!
No podía creerlo, simplemente, era casi irreal que todo eso estuviera pasando. Al morir Frieda, nunca pensó en que podría volver a amar a una mujer, mucho menos volvió a pensar en tener una familia; pero ahora, ese día, Zeke Jaeger se había convertido en padre.
—¡Zeke! —dijo el Sr. Jaeger cuando vio al mayor de sus nietos acercarse a donde él estaba.
Aceleró el paso —abuelo, ¿Cómo están?
—Pasa y averigualo tú mismo —dijo el anciano con una sonrisa en los labios.
Entró a la habitación, y al ver a su esposa sostener a dos pequeños bultos en cada brazo, la sonrisa en el rostro del príncipe fue inmediata.
—¡Pieck! —exclamó con alegría, corriendo hacia la cama, y observando con ternura a los dos pequeños. Uno de ellos dormía, mientras el otro lo miraba fijamente. —Son… Son dos —pronunció con una mezcla de incredulidad, y felicidad.
—¿Por qué no cargas a Anastasia? —dijo ella, moviendo muy ligeramente el brazo donde sostenía al bebé que estaba despierto —me vendría bien un poco de ayuda.
—¿S-segura? —preguntó temeroso, pues aquellas criaturas se veían tan pequeñas y delicadas, que tenía miedo de lastimarlos.
Asintió con la cabeza —se ve que ella quiere que la cargues —dijo entre pequeñas risas.
Respiró hondo, y tomó a la pequeña en brazos con suma delicadeza. La observó, su cabello era oscuro como el de Pieck, pero sus ojos eran como los de él. —Anastasia —susurró, y sonrió —Nastya.*
—Despertaste, Pavel —dijo Pieck cuando el bebé que aún sostenía comenzó a abrir los ojos.
El prínicpe se sentó en la cama junto a su mujer e hijo, y se quedó contemplando a este último. Tenía un poco de cabello, el cual era rubio igual que él, pero, al contrario de la pequeña, el niño tenía los ojos de Pieck.
Los ojos del príncipe se enfocaron en el rostro de su esposa, quien miraba con ternura al pequeño Pavel. —Te amo, Pieck, a los tres; no te imaginas cuánto —se inclinó para darle un dulce beso a su esposa, cuidando de no incomodar a los bebés que ambos sostenían.
F I…
¡No!
CONTINUARÁ...
*Nastya es el diminutivo de Anastasia, esto en Rusia. Como Zeke y Grisha son nombres tomados del ruso, pensé en darle nombres rusos a los hijos de Zeke; y como "Anne" o "Annie" o "Anya" me parecía que se prestaba a crear confusiones respecto al nombre de la beba, pues preferí usar su diminutivo en ruso: Nastya.
Así que, tenemos a unos bellos gemelitos: Anastasia (Nastya) y Pavel Jaeger.
RESPUESTAS A SUS REVIEWS!
Uri: Pues si, pobre Pokko, pero por baka se lo madrugaron XD y bueno, Zeke finalmente se ha podido levantar de su depresión, ¡Bien por el chango!
Sasha:Ya ves, no puede darse una manita de gato porque los otros se escandalizan xDD Y bueno, no fue tan "de buenas a primeras", tenían ya cierto tiempo de tratarse aunque todo de manera profesional, era hora de cruzar la línea.
Montse: Y si, ya superó la depresión, y quiere volverse a dar una oportunidad de ser feliz, que finalmente, pues se lo merece, como todo el mundo. Sorry, Pokko.
ParkJeBin: Galliard se durmió :( pobre. Pues no conté el cómo Reiner e Historia se conocieron ya que, bueno, al menos creo que no hay mucha ciencia en esa historia; Historia al ser la reina, obvio requiere de personal capacitado para cuidarla, y Reiner es un soldado destacado con un físico imponente, así que se designó como su guardaespaldas; y al estar tanto tiempo juntos, se enamoraron. Y como relaté en la reina y el titán, pues no se confesaron nunca sus sentimientos hasta que hubo ese beso en el río.
Como dice el summary, este fanfic es precuela de "La Reina y el Titán", quienes ya leyeron ese fanfic, pues saben cómo es que, a pesar de que Zeke cedió ante la presión del Rey Kruger para casarse con Historia; finalmente terminó casado con Pieck y teniendo gemelos con ella.
Y como lo vieron, a pesar de que esto parece el final, no es así! Y si quieren saber qué más hay en esta historia, esperen por el siguiente capítulo.
¡Besos!
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