Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré más adelante.

CAPITULO 9

A la mañana siguiente, Isabella se despertó en la cama sola. No sabía qué esperar y aún estaba avergonzada por su comportamiento. Siempre se había considerado una buena chica, pero a pesar de pasar tan poco tiempo con Edward, ya le había hecho desear hacer cosas malas. Incorporándose, desató el cinturón del albornoz de la cabecera y se sonrojó. Le había hecho perder la cabeza, de forma impúdica, pero estaba disfrutando de cada momento.

Aunque estaba dispuesta a admitir que apenas sentía algo por Daniel, nunca pensó que le gustaría cómo la trataba Edward. Era poderoso de una forma en la que Daniel nunca podría serlo, y la forma en la que la miraba, la descomponía por dentro.

Levantándose de la cama, recogió el albornoz del suelo y se lo puso. Al salir de la habitación, encontró a Edward en el salón, inmerso en su trabajo. Sin tan siquiera mirarla, comenzó:

—Te he dejado dormir, pero nos tenemos que ir ya. Hay café en la cocina.

Asintiendo con la cabeza, se sirvió una taza y regresó a su cuarto para arreglarse. Le asombraba la facilidad con la que ese hombre pasaba de caliente a frío. Prometiéndose hacer lo mismo, Isabella se metió a la ducha.

Al desaparecer Isabella tras la puerta de su habitación, Edward exhaló profundamente. Estuvo a punto de tomarse el día libre y pasarlo con ella en la cama, pero no quería que supiera lo rápido que le había cautivado. Si quería conservar el control, tendría que distanciarse de ella a ratos. Lo más fácil sería enviarla de regreso a California, pero Edward no estaba preparado para hacer eso.

Isabella salió de la habitación, lista para irse. Se alegró de verla con otro de los vestidos que le había comprado. De camino a la oficina, le mostró varios paisajes famosos, como el Battery Park, Wall Street y el 9/11 Memorial Museum. Al llegar a su destino, las preocupaciones de Isabella quedaron olvidadas por la emoción.

La división de la costa este de EAC Enterprises era bastante menor que la sede central. Solo ocupaba media planta de un edificio moderno, cercano al distrito financiero. Isabella conoció a la directora de la oficina, Betty, una mujer corpulenta encargada de todas las tareas básicas de recepción y administración. Embry estaba al frente del desarrollo comercial, y su actual ayudante, una becaria de la Universidad de Columbia, era la dicharachera Clara. Marcus era el responsable de compras y, junto con su personal, se encontraba en uno de los negocios gestionando su renovación. Al entrar Isabella en la oficina de Edward, volvió a sorprenderse de la cantidad de espacio que había. Como esta oficina también hacía las veces de sala de reuniones, colocó su portátil sobre la mesa y se preparó para empezar a trabajar.

Las horas siguientes pasaron volando, Isabella absorta en su tarea. Betty les trajo el almuerzo, y otros miembros del equipo entraron de vez en cuando para hablar de sus proyectos; eran casi las siete de la tarde cuando Isabella se dio cuenta de que se estaba haciendo de noche. No había estado nunca tan concentrada en su trabajo, ni siquiera en clase, y se percató de que estaba disfrutando inmensamente. Se puso en pie, estirándose y arqueando la espalda para aliviar la tensión de sus músculos.

Edward levantó la mirada y vio cómo el vestido envolvente dejaba expuesta su pierna derecha, casi hasta la cadera. Sin darse cuenta de que estaba siendo observada, Isabella se colocó bien el vestido, antes de mirar a Edward. Ladeando la cabeza, intentó adivinar qué estaba pensando, pero le fue imposible. Antes de que pudiera hablar, fueron interrumpidos por las risas de Marcus, Pete y Emily, que llegaban en ese momento.

Habían pasado todo el día en el puerto de Nueva Jersey, preparando la oficina y haciendo el papeleo necesario para comenzar con el servicio de transporte y flete. Tras la cena de la noche anterior, Nico Demolios fue el primero en otorgar autorización a EAC Enterprises para hacer negocios, y el sindicato local estuvo de acuerdo. Emily se había pasado por la oficina del puerto de Nueva York y, después de un abierto coqueteo, había logrado convencer a Steve Markos para que aceptara. Claro, que los asientos de tribuna para los próximos tres partidos en el Estadio de los Yankees, hicieron maravillas para el cierre del acuerdo.

Cuando el equipo se percató de la presencia de Isabella, todas las miradas se dirigieron hacia ella. Sonriendo, extendió su mano y se presentó. Sin saber qué más decir, se quedó allí plantada sintiéndose incómoda, hasta que Emily le agarró del brazo.

—Venga, vamos a dar una vuelta mientras Marcus habla de lo que se está muriendo por hablar con Edward— dijo Emily mientras arrastraba a Isabella fuera de la habitación.

Cuando salieron, Marcus se dirigió a Edward.

—Es muy mona. —Al ver que Edward le observaba fijamente, Marcus miró hacia otro lado. —Esto, esta noche hay un cóctel al que deberíamos asistir. Me ha costado lo mío, pero me las he ingeniado para que nos pongan en la lista.

—Y ¿por qué no estábamos antes en la lista?

—Está patrocinado por Dimitri Vulturi. Esta mañana he visto a su RP en el gimnasio y le he dicho que puede ser muy perjudicial para su empresa si Vulturi sigue insistiendo en excluirnos de un evento benéfico. Y él ha pensado lo mismo. Más que nada por miedo, supongo. —Y, mirando su reloj: —Ya ha empezado. Si tienes otros planes, podemos ir solos. Ya sé que no te cae bien.

—¿Es un evento formal?

—Curiosamente, no. Y después de echar un vistazo a la lista de invitados, creo que al menos uno de nosotros debería estar presente.

Edward se levantó cuando las chicas regresaron a la oficina.

—Vamos todos— dijo simplemente, cogiendo su bolsa.

Al ver que se estaban preparando para irse, Isabella cerró su portátil y metió la documentación en el bolso. Cuando se dio la vuelta para seguirlos, Edward le quitó el bolso y se lo colgó del cuello, mientras caminaban hacia el coche.

El cóctel era un evento informal para profesionales de la industria, en una galería de la parte oeste. El arte expuesto, creado por estudiantes, iba a ser subastado en una licitación, y todo el dinero recaudado, iba a estar destinado a becas. Cuando llegaron, Edward y Marcus estudiaron rápidamente la sala, preparándose para dividir y conquistar, ya que había proveedores y clientes potenciales con los que les interesaba hacer negocios.

Antes de que Isabella se diera cuenta de lo que pasaba, cada uno se fue en una dirección distinta. Sin saber qué hacer, se dirigió hacia el bar. Tras aceptar una copa de vino blanco, se volvió para observar la habitación, y se dio de bruces con un enorme cuerpo que apareció detrás de ella.

Dando un salto hacia atrás, profirió un grito y derramó el vino, hasta que un par de enormes manos impidieron que la cosa fuera a más. Isabella miró al hombre para pedirle disculpas, pero él le quitó el vaso de la mano y le hizo gestos al camarero para que le llenara la copa, antes de coger unas servilletas de la barra y empezar a limpiar delicadamente sus manos y las de Isabella.

—Lo siento mucho— consiguió decir. —Estaba distraída.

—No te preocupes— llegó la respuesta con un fuerte acento. —Me alegro de que solo sea vino blanco. —Cuando Isabella enrojeció, él colocó un dedo bajo su barbilla y le inclinó la cabeza para que le mirara. — ¿Cómo te llamas?

—Isabella, Isabella Swan— contestó ella extendiendo su mano. Tomándosela, la subió hasta sus labios y la besó, a la vez que la apretaba ligeramente.

—Es un placer conocerte, señorita Isabella Swan. Me puedes llamar Dimitri —le comunicó mientras le devolvía la copa.

—Oh, es su fiesta; una vez más, lo siento mucho. No puedo creer lo que acabo de hacer.

—No hay de qué preocuparse. Ven, demos un paseo y admiremos el arte. Quizás, si camino contigo habrá menos probabilidades de acabar mojado— bromeó.

—Oh, pero, ¿no debería…? quiero decir… yo… ¿no debería atender a sus invitados? —Preguntó Isabella con la voz quebrada.

Sonriéndole, la agarró del codo y la apartó del bar.

—Es lo que estoy haciendo. Dime, pequeña, ¿te he visto entrar con Edward Cullen?

Sonriente: —Sí, estoy de becaria como ayudante personal del Sr. Cullen durante el verano, mientras su ayudante está de baja por maternidad.

—Y, ¿te gusta trabajar para… el Sr. Cullen?

Isabella asintió. —No puedo creer todo lo que he aprendido en tan poco tiempo. Ha sido increíble.

Mientras Isabella contemplaba el cuadro colgado en la pared, Dimitri entrecerró los ojos, pensando en formas de aprovecharse de esa relación.

Los demás miembros de EAC Enterprises seguían peinando la habitación; Marcus se acercó a Edward.

—Vaya, se mueve rápido.

—¿De qué estás hablando?

—Tu becaria— respondió Marcus señalando el otro lado de la sala.

Edward se dio la vuelta y se quedó paralizado. Isabella estaba charlando y riéndose con ni más ni menos que Dimitri Vulturi, y no estaban solos. Nico Demolios, de la Autoridad Portuaria de Nueva Jersey, y otros dos hombres se disputaban la atención de Isabella, y ella parecía estar divirtiéndolos a todos con una historia. Edward se clavó las uñas en las palmas, apretando los puños con fuerza.

De toda la gente con la que podía estar hablando, tenía que ser él.

Edward recordó brevemente una época en la que él y Dimitri eran amigos. Ambos eran nuevos en el país y estaban deseosos de abrirse camino. Pero a Dimitri no le gustaba el trabajo duro; estaba más interesado en tomar la vía rápida. Cuando decidieron hacer negocios juntos, empezaron ofreciendo un servicio de transporte marino a pequeños fabricantes de vodka ansiosos por hacerse un nombre en América del Norte. Pero lo que Edward no sabía era que transportaban algo más.

Dimitri tenía otro negocio para él, importaba contrabando junto a los productos legales. Cuando Edward lo averiguó, se pelearon, y antes que arriesgarse a acabar en la cárcel, Edward disolvió la empresa y se mudó a la costa oeste. Aunque sabía que volver era un peligro, su negocio estaba en plena expansión y necesitaba afianzarse en ambas costas.

Marcus miró a Edward; nunca lo había visto tan enfadado. Le tocó ligeramente el brazo:

—Escucha, jefe, ha sido un día muy largo. ¿Por qué no dais por acabado el cóctel tú y la becaria? Nosotros nos encargamos.

Tras el asentimiento de Edward, Marcus se disponía a acercarse a Isabella, pero su jefe se le adelantó. Agarrando a Isabella por el codo, tiró de ella.

—Hora de irse— prácticamente rugió.

—Edward, me alegro de verte, viejo amigo. Le estaba contando a la encantadora Isabella que solíamos trabajar juntos. ¿Quieres que brindemos por los viejos tiempos?

—En otro momento, Dimitri.

Siguiendo aferrado al codo de Isabella, giró sobre sus talones y prácticamente la arrastró fuera de la galería.

—Edward, me haces daño, ¿qué diablos ha pasado? —Isabella peguntó, liberando de un tirón el codo.

—Ve al coche, Isabella.

—¡No! No hasta que me digas qué ha pasado.

—Isabella. Haz lo que te digo.

Cruzándose de brazos, Isabella se enfrentó con Edward.

—Te estás comportando como un neandertal. A ver, ¿qué ha pasado?

Edward luchaba por controlar su ira. Ver a Isabella con Dimitri lo había sacado de quicio, y no tenía ganas de aguantar sus rabietas. ¿Y encima le llamaba neandertal? Le iba a dar él neandertal. Gruñendo por lo bajo, empujó a Isabella hacia el callejón junto al que se encontraban. Presionando su cara contra la pared, se apoyó fuertemente sobre ella.

—Puede que sea buen momento para mostrarte lo que puedo hacer con el cinturón— le amenazó mientras le recorría todo el cuerpo con las manos. —Porque tienes que entender que NO tolero la desobediencia.

Isabella quiso empujarle y defenderse, pero en cuanto la tocó, solo quería derretirse. Su cerebro le gritaba que le empujara, pero cuanto más la tocaba, más quería. Incapaz de controlarse, tembló, y Edward se rió.

—Puedo oler tu excitación, jovencita. Parece que te gusta enfadarme. O, al menos, las consecuencias— casi le tarareó al oído. Y separándole los pies con los suyos: —Voy a comprobar cómo estás realmente de excitada.

Al sentir la mano de Edward subiendo por debajo del vestido, Isabella gimió. Él encontró rápidamente su monte de Venus, y restregó los dedos contra sus bragas. Al deslizar los dedos hacia abajo, se sorprendió de lo mojada que estaba. De repente, su ira se desvaneció y fue reemplazada por el deseo de poseerla de nuevo. Pero antes de que pudiera continuar, los faros de su limusina parpadearon brevemente al aparcar frente al callejón. Tomando la mano de Isabella, tiró de ella hacia el coche a la vez que el conductor salía para abrirles la puerta. Tras obligar a Isabella a entrar delante de él, le dijo al conductor que los llevara a dar un paseo hasta nueva orden.

Isabella se sentó en la limusina e intentó calmarse. No entendía por qué Edward estaba tan enfadado, y le asustaba con su intensidad, pero tuvo que admitir que estaba completamente excitada. El empuje de su cuerpo contra su espalda, había hecho que le temblaran las piernas, y le daba apuro que pudiera oler su excitación. Cuando Edward entró en la limusina, Isabella se cambió de sitio, incómoda con la idea de sentarse tan cerca de él. Él se dio cuenta y sus ojos se entrecerraron. Pensando en agarrarla y arrojarla sobre sus rodillas, sonrió de repente y se pasó al asiento de enfrente de ella.

Con los pies, le separó las piernas, mientras observaba su reacción. La abertura del vestido se desplazó tentadoramente al volverse ella a mirarlo. Inclinándose, la alzó como si no pesara nada, e Isabella se encontró otra vez a horcajadas sobre Edward. Tiró del lazo del vestido y éste se abrió. Encontró el cierre en la parte delantera del sujetador y, con un chasquido, sus pechos quedaron expuestos.

Gimiendo, envolvió sus pechos con las manos y frotó los pezones. Inclinándose hacia adelante, le mordisqueó el lado de un seno antes de meterse el pezón en la boca. Isabella se arqueó, empujando el pecho más adentro en su boca, inundada con un placer que le recorría todo el cuerpo. Deslizando los dedos por su cabello, le alentó a seguir, y él le chupó ambos pezones hasta convertirlos en dos duros picos. Deslizó un dedo por la goma del tanga de Isabella, se lo arrancó y lo arrojó al suelo. Sujetándola por la cintura, la impulsó con fuerza contra su regazo, e Isabella osciló las caderas restregándose contra su erección.

—Eso es— la alentó. —Restriégate hasta que te corras.

Isabella gimió y él continuó prodigando atención a sus pezones, mientras sus manos le masajeaban las nalgas. Apretando sus muslos contra él, Isabella comenzó a moverse más rápido, y el roce del pantalón con su clítoris le produjo todo tipo de sensaciones. Edward deslizó un dedo en su vagina. Estaba empapada; un dedo pasó a ser dos, y comenzó a moverlos de dentro a fuera. Con un grito, Isabella se arqueó contra él al llegar al orgasmo. Sujetándola firmemente, Edward le chupo con más fuerza los pezones, mientras Isabella se refregaba contra él.

Cuando por fin se calmó, Edward la depositó en otro asiento y la observó. Su piel estaba ruborizada, y pudo ver el sudor resplandeciente contra su cuerpo. Isabella jadeaba, horrorizada por su propio comportamiento. ¿Qué tenía este hombre, que tan fácilmente caía bajo su hechizo? El sonido de la bragueta la distrajo, y observó cómo se sacaba la polla y la acariciaba. Mojándose los labios, se bajó al suelo para colocarse entre sus piernas. Levantando la mirada, le acarició las piernas mientras él la observaba fijamente.

—Tócame— le ordenó. Tímidamente, Isabella movió la mano sobre su verga que brillaba con líquido preseminal. La piel era suave y firme, y su polla rebotó ligeramente en su mano. Envolviéndola con la mano, como él le había enseñado, dispersó el presemen moviendo lentamente la mano hacia arriba y hacia abajo. Edward le agarró la mano para hacer otra demostración, e Isabella lo entendió enseguida. Apoyando la cabeza contra el asiento, Edward disfrutó del masaje. Contuvo el aliento cuando notó que su lengua le lamía la punta como si fuera un chupachups.

Isabella levantó la vista, indecisa, pero él asintió con la cabeza, animándola a seguir. Normalmente, prefería controlar el movimiento y la intensidad de toda actividad sexual, pero le gustaba la ingenuidad y curiosidad de Isabella. Mientras ella continuaba lamiendo y chupando su pene, cerró los ojos. Sus movimientos eran forzados, pero poco a poco adquirió un ritmo constante, a medida que su boca se acostumbraba al tamaño. Lanzó un gemido cuando Isabella tocó un punto sensible. Su reacción le animó a presionar más con la lengua justo por debajo del glande, y siguió dedicándole toda su atención.

Sin saber cuánto iba a aguantar, la detuvo y la subió a su regazo. Dándole la vuelta, para que quedara de espaldas a él, introdujo la verga en su inundado coño. Aferrándose a sus caderas, comenzó a embestir con fuerza, e Isabella empujaba hacia atrás con cada arremetida. Subiendo las manos, le cubrió los senos, masajeándolos. Cada vez que le pellizcaba los pezones, Isabella se contraía sobre su polla, haciendo que él embistiera cada vez más.

Al pellizcarlos con más fuerza, Isabella gritó y se inclinó hacia adelante, golpeando sus caderas contra él. El repentino movimiento le cogió desprevenido y se corrió, chorreando dentro de ella. La sujetó contra él y besó su cuello. Al levantar la vista, vio al conductor mirándolos en el espejo. Mordisqueándole el cuello, le dijo a Isabella que mirara. Supo que ella había visto al chófer en el espejo retrovisor, cuando sintió que su cuerpo se tensaba.

—Mírale— le dijo cuando ella trató de desviar la vista. —Muéstrale tu pasión.

Isabella se volvió a mirar al conductor, inclinando la cabeza para que Edward tuviera más acceso a su cuello, y él lo besó hasta llegar a la clavícula. Subiendo los brazos, Isabella los colocó por detrás de la cabeza de Edward, y se apoyó contra él. En ese momento se sentía decadente, y se deleitaba en ser observada. Pensó que le daría vergüenza, pero al mirarle a los ojos, se dio cuenta de que le gustaba.

Continuaron viajando durante otra hora, mientras Edward la sujetaba contra sí, jugando con ella de vez en cuando. Aunque quería tenerla frente a él, le gustaba exhibirla. Introdujo dos dedos entre sus pliegues y comenzó a follarla otra vez con la mano. Isabella se apoyó contra él empujando con las caderas, y asiendo vorazmente sus dedos a cada embiste. Con el pulgar, Edward le presionó el clítoris e Isabella aulló, cabalgando en su mano y alcanzando otro orgasmo. Cuando se calmó, él le puso los dedos en la boca.

—Pruébalos— le dijo. —Saborea lo que soy capaz de hacerte. —Isabella le chupó los dedos hasta dejarlos limpios. Alzando la mirada, sonrió al chófer.

Al llegar al garaje, Edward le abrochó el sostén y le colocó el vestido por encima de los hombros. Decidió que le gustaba mucho con vestidos envolventes, y pensó en comprarle más.