DISCLAIMER: Los personajes en esta historia no me pertenecen y no lucro con ellos. He inventado varios que no aparecen en la serie original de THG ¿Pero qué voy a hacer con ellos salvo ponerlos acá? No me demanden.
CAPÍTULO NUEVE
Separados
POR: TlalGalaxia
Intentaba dormir, todo el tiempo intentaba dormir. A veces cerraba los ojos por lo que parecía ser un largo rato, horas, quizá. Pretendía que era posible descansar a pesar de la incertidumbre de no saber si volverían a interrogarla pronto. Sin saber qué nueva estrategia utilizarían esta vez.
A lo largo de cinco días, un grupo de personas vestidos con batas blancas, habían intentado todo tipo de persuasión. La primera había sido el tanque de agua. Había permanecido sumergida mucho tiempo, un par de veces casi había muerto. Pero siempre la reanimaban. Utilizaban medicamentos y aparatos en ella para hacerla volver en sí y después volvían a hacerlo.
El segundo método había sido el hambre. En el tiempo que había estado ahí, no la habían alimentado. Lo único que había circulado por su estómago había sido el agua que bebía durante las torturas y después no la liberaban para ir al baño, y los guardias resolvían el problema tirándole una cubetada de agua encima. Estaba segura que estaría muerta si no fuera por esa sustancia azul que a veces le inyectaban y la mantenía con vida. La habitación era tan blanca que parecía no tener puertas, principio o fin. Solo una cortina la separaba de su tercera tortura: Peeta.
Escuchar sus gritos y su tortura era quizá mucho más doloroso de lo que le hacían a ella. No era solo por saberlo sufriendo, de todas formas había sufrido mucho y hecho sufrir a otros tantos a lo largo de su vida, sino más bien que él era el recordatorio de su fracaso. De cómo sus deseos, tanto como el de mantener el nombre Mason con vida, como rescatarlo de la arena, habían fracasado. Ella había fracasado. Sí, quizá eso era lo peor.
-¿Estás dormida?
La voz ronca de Peeta se escuchó desde el otro lado. Johanna intentó negar con la cabeza pero recordó dos cosas: que su cabeza estaba fija a la plancha donde yacía y que de todas formas Peeta no se daría cuenta que ella negaba con la cabeza.
-No…- dijo por fin. Y se sintió humillada al notar que su voz no era más que un susurro, como el quejido de un animal malherido a punto de morir. Sintió de pronto el odio llenar los huecos de su cuerpo y devolverle las fuerzas para emular su voz real.
-Por supuesto que no…- razonó el chico,- ¿Cómo vas a dormir aquí?
-Intentaba… a veces dormito un poco.
-Disculpa… no sabía ¿Quieres que te deje en paz?
-No… no quise decir eso.
Podía decirse que Johanna sintió un poco de felicidad al darse cuenta que no se había equivocado al juzgar a Peeta. Era en efecto ese tipo de persona. Tan del tipo de Adriano y del tipo de Annie.
Annie… estaba segura de haberla escuchado llorar un par de noches atrás. De hecho había intentado escaparse para ayudarla pero solo había conseguido que la sedaran y al día siguiente nadie le respondió sus preguntas con respecto a ella y tampoco había vuelto a escucharla. Finnick, pobre Finnick. Estaba segura que no lo superaría si algo le pasaba. Finnick era en realidad una persona muy frágil y sensible. Muy pocas personas lo sabían y a veces a Johanna le parecía que no era justo. Todo mundo debía conocer al verdadero Finnick y amarlo por quien en realidad era y no por lo que aparentaba.
"No tengo deseo que el mundo me conozca en verdad. No me interesa que las personas miren en mi interior y decidan que me aman por eso. Solo hay tres mujeres que me interesa que me quieran por eso y que me conozcan perfectamente. Annie, Mags y tú"
Johanna había llorado tanto por Annie como por Finnick. Él era todo lo que le quedaba. La única persona que parecía ver más allá de su actitud o que a pesar de ella podía quererla. Era su único amigo y la única persona que entendía que solo podía seguir con vida para cumplir su misión de venganza y mientras se asegurara que cosas malas no volvieran a pasarle a personas como Adriano, como Annie o como Peeta.
Nunca se había sentido tan fracasada como en ese momento. Les había fallado a todos, su vida no estaba cumpliendo su cometido y sabía que quizá no saldría de ahí con vida. Ella era la última de los Mason y su familia jamás sería vengada y todo habría sido en vano, todos, incluso ella, habrían muerto por nada.
Y entonces había vuelto a llorar. No recordaba haber llorado tanto. No desde la muerte de Adriano.
-… pero no sé a lo que se refieren.
Johanna se dio cuenta que había estado divagando en sus recuerdos. En Finnick y en Annie, en Adriano y en Peeta y por eso no había prestado atención a lo que éste le decía.
-Tu sí sabes lo que quieren ¿No es así?
Johanna guardó silencio. Supo de lo que había estado hablando a pesar de no haber escuchado. El pobre no tenía idea de lo que había pasado en la arena. El mismo Haymitch le había asegurado que ni él ni Katniss sabrían la verdad para protegerlos a ellos y al plan.
-No sé nada,- aseguró ella tajantemente,- intenté asesinar a tu novia pero quedé inconsciente tras la explosión.
-No es verdad,- respondió él casi al instante,- no diré más pero sé lo que hiciste, así que gracias.
-No entiendo de qué me agradeces. Estás aquí conmigo. Te han torturado tanto como a mí ¿Qué hay que agradecer?
-Que Katniss no está aquí.
Había esperanza y alivio en su voz. Johanna apretó los labios. El buen Peeta ¿Cómo era posible que tuviera tan buen concepto de esa chiquilla? No sentía celos, era simplemente que no lo entendía, de la misma forma que nunca había entendido a Adriano y de la misma forma que seguramente Finnick no entendía a Annie. Y entonces la pregunta abandonó sus labios casi automáticamente.
-¿Qué hace que una personas como tú se sienta atraído a otra que es totalmente lo opuesto de ti? No lo entiendo… he escuchado su historia pero no puedo entender que simplemente la ames desde siempre y para siempre.
Peeta rió a pesar de sí. Era quizá la primera y única sonrisa desde hacía mucho tiempo.
-Desde siempre y para siempre… creo que ni yo lo habría dicho mejor.
Johanna sintió remordimiento al haber puesto las palabras de Adriano en una relación distinta. Eso era lo que él siempre le había dicho "Johanna, te he querido desde siempre y para siempre". Cuando la había esperado a que llevara a cabo su venganza, cuando la había ayudado a prepararse para ganar incluso después de la muerte de su hermano. Adriano también la había querido desde siempre y jamás se había dado tiempo para cuestionarle por qué. Ahora estaba muerto y quizá nunca lo sabría.
-Katniss y yo no somos tan distintos como crees. Supongo que cualquier persona que no nos conozca en verdad pensaría lo mismo que tú pero si lo piensas de verdad, somos muy parecidos. Quizá no en la manera en que resolvemos los problemas pero sí en la manera en que vemos al mundo. Yo sé que Katniss a veces da la impresión de obstinada y de que nada le importa, pero esa es su manera de mantener alejada a las personas que no valen la pena. Sin embargo, cuando se trata de personas a las que ama, de las que en verdad son importantes para ella, hará lo imposible por ellas y será justa e implacable. Quizá la única diferencia entre Katniss y yo, es que yo veo el bien en todas las personas y a ella le cuesta un poco más. Pero eso es lo que hace tan especial el sentirse amado por ella. No sé si me ama de la manera en que yo quisiera, pero sí lo suficiente para haber hecho lo que hizo por mí en la arena.
Johanna estaba sorprendida de las palabras de Peeta. Cualquiera que los conociera de verdad, pensaría que era todo lo contrario. Que Peeta era el ídolo y que ella era su sombra ¿Cómo podía un chico tan noble aspirar a alguien como Katniss?
-Katniss no te merece,- gruñó Johanna con la voz entrecortada.- pero eres demasiado noble para verlo… o para alejarte antes de que salgas lastimado. Esa chica no aprecia…
-No me importa,- atajó él sonando un poco molesto por primera vez,- mientras ella esté bien, mientras ella sea feliz, no me importa.
Quería decirle lo frustrada que estaba porque había sido su intención, desde el momento que lo conoció, el salvarlo. Quería contarle que al salvarlo a él, sentía que salvaba a Adriano. No para ella, sino para el mundo. Porque el mundo necesitaba a personas como él que hacían las cosas que hacían sin pensar en sí mismos ¿Sería posible que Adriano se sintiera de la misma forma que Peeta se sentía con Katniss? Al verla llegar con el título de vencedora. Limpiando el nombre de su familia, dedicando su vida a una causa que ni siquiera era suya. No, eso no era posible, alguien tan fría y calculadora como ella, incluso su padre no había podido amarla luego de verla en acción dentro de la arena… Adriano ¿Qué había visto en ella para dar su vida tan fácilmente como ahora Peeta lo hacía por Katniss?
Johanna no volvió a hablar de Katniss y Peeta tampoco presionó en el tema mientras dejaba sus pensamientos alcanzar esos momentos únicos. La chica de cabello oscuro y ojos grises. Su mano al aire cuando tomaba el puesto de su hermana, pensar en ser voluntario si el nombre de alguien más salía sorteado a pesar de saber que no tendría el mismo valor para hacerlo. Hasta cierto punto se sentía bendecido porque su nombre había salido en la urna. ¿Por qué había sido tan sencillo para él involucrarse con las otras personas pero en lo que respectaba a Katniss había tomado un asunto tan fatídico para que el acercamiento sucediera? Ese siempre había sido el efecto de Katniss en él, ella no era como las demás. Además de ser valiente y autosuficiente, justa y bondadosa, estaba esa parte de ella que no dejaba de emanar belleza. La belleza de Katniss al crear más belleza de una manera que ni ella podía adivinar. Era su canto que la liberaba y comunicaba aquello que de otra forma no podía. Era muy parecido a lo que él hacía con sus pinturas. Por supuesto que Johanna no entendería esa conexión. Ella solo veía las cosas superficiales que los demás veían. Pero Katniss era el otro lado de su moneda, ambos eran dos caras de la misma moneda.
Las luces se intensificaron logrando que la blanca habitación pareciera una gran habitación de nada. Tanto Peeta como Johanna cerraron los ojos para protegerse de la claridad. El olor a rosas los puso en alerta.
-Me pregunto ¿Quién de ustedes accederá a cooperar primero? ¿Quién de ustedes será el primero en sucumbir?
-Muérete, Snow.
-Señorita Mason, tan encantadora como siempre. ¿Ha estado disfrutando de nuestros refrescantes baños?
Johanna castañeó los dientes sin poder formular una respuesta. Snow no estaba solo, mientras este hablaba, un grupo de personas con indumentarias tan blancas como la del lugar, se acercaban a ella y colocaban la plancha en posición. Del lado de Peeta parecían estar desatando las correas.
-Señor Mellark, tengo un trato que ofrecerle y estoy seguro que no podrá negarse…
El trato era sencillo e imposible de rechazar por Peeta. Le pedía participar en las entrevistas a cambio de inmunidad para Katniss cuando esta fuera capturada.
- ¿Quién me asegura que no la matará de todas formas?
-¿Piensas arriesgarte por una pequeña posibilidad? Además, señor Mellark, créame que no es mi estilo deshacer mis promesas.
-¿Qué quiere que diga en las entrevistas?
-La verdad.
-La verdad es que ni ella ni yo sabíamos nada de lo que iba a pasar.
-Entonces eso quiero que diga.
Peeta miró a Johanna antes de asentir. Ella tenía la cabeza sujeta para asentir o negarse, pero parecía ser un trato justo. Quizá podría hablar en nombre de ella y convencerlos de que no fue Katniss quien ocasionó la revuelta… pronto fue escoltado fuera de la habitación por un par de científicos de bata blanca.
-¿Y qué hay de mí?- preguntó Johanna al notar que Snow ya se iba.
-Usted y yo teníamos un trato previo a los pasados eventos del vasallaje. Ahora es su turno de enfrentar las consecuencias de sus actos.
-¿Por qué no simplemente me matas?
-Porque eso sería demasiado sencillo, señorita Mason. Necesito una testigo para el día que capture a esos rebeldes y también necesito una evidencia de lo que les pasa a quienes desafían al capitolio.
La plancha descendió nuevamente y Johanna se encontró sumergida en el agua de inmediato. Una vez más sentía la desesperación, su imposibilidad de moverse, la pérdida de aire y la sensación de mareo que pronto se transformaba en un sopor que oscurecía sus sentidos. Asfixia, terror, la blancura del cuarto se perdía detrás de una capa de agua.
Johanna y Peeta no volvieron a verse. Mientras Peeta era puesto en una habitación dentro de la casa presidencial, los científicos del capitolio intentaban extraer de Johanna nombres y el plan con métodos más innovadores.
Fue justo tres días después de la partida de Peeta. Habían empezado a alimentarla y habían parado de sumergirla en el estanque. Aunque su estadía en la plancha era lo suficientemente tortuosa como para recordarle que podía volver a ocurrir en cualquier momento. Un grupo de esos hombres entraron de improviso, la desatador y la llevaron a rastras fuera de la habitación blanca. Había pasado tanto tiempo ahí dentro que le costó trabajo acostumbrarse a los matices de colores a los que no estaba habituada. No podía mover ninguna extremidad, estaba segura que era a causa de haber estado atada por tanto tiempo.
Fue conducida a una nueva habitación que era oscura y fría. Las paredes parecían estar hechas de metal pero en ese momento no resplandecía mucho pues la luz era de un verde tenue. Le daba la impresión de estar dentro de una cueva. La dejaron caer al suelo y se marcharon cerrando la puerta metálica detrás.
A diferencia de la habitación blanca, ahora Johanna sentía que estaba en un cubo de metal. Miró al techo de dónde provenía la luz verde esmeralda y notó que había rejillas de ventilación. Seguramente tenía más propósitos que ventilar pero por el momento le dio satisfacción el saber que no moriría asfixiada. Por lo menos no por falta de aire.
Todavía recostada en el piso, estuvo viendo el techo por horas sin que nada sucediera. Le dolía el cuerpo. Tenía las palmas sobre el vientre pero apenas podía sentir nada debajo de ellas. La mirada se le comenzó a nublar y la tenue luz verde se comenzó a difuminar con la oscuridad de la celda.
Unas pisadas la hicieron reaccionar de golpe.
-¿Quién…?
No podía terminar la pregunta, no tenía las fuerzas suficientes.
-Levántate…
Fue una voz familiar. Estaba en la habitación pero era imposible.
-Levántate,- repitió ahora con mayor decisión,- no me sacrifiqué para que te quedes ahí. Johanna, tienes qué vivir.
Ella apretó los ojos, sintió algo duro en la garganta. Apretó también los labios y las manos contra su vientre. Sintió su cuerpo temblando, vibrando contra el suelo duro y frío. Luchó inútilmente contra las lágrimas que corrían a los costados de su rostro.
-Vete,- le dijo finalmente, su voz apenas era un gemido lastimero,- no eres real, vete.
-Por supuesto que no me iré,- la voz se percibía cada vez más cercana. El aroma inconfundible le erizó la piel,- ya te lo he dicho. Estaré contigo por siempre y para siempre.
Sintió el impulso de ponerse de pie. De confrontar al impostor que Snow había enviado para lastimarla pero no tuvo las fuerzas. Apenas reincorporó medio cuerpo. Estaba sentada en el suelo con las piernas extendidas y él estaba de cuclillas frente a ella. La sonrisa que se dibujaba en su rostro era inconfundible. Era Adriano ¿Pero cómo era eso posible?
-Eres un mutt,- le dijo deseando que su corazón no estuviera palpitando tan rápidamente.
-¿Te sentirías mejor si lo fuera o si no lo fuera?
Johanna no quiso contestar a la pregunta. Ni siquiera estaba segura de cuál era la respuesta.
-No podrías ser tú ¿Cómo podrías ser tú? Estás muerto.
-O estoy aquí, frente a ti,- agregó extendiendo los brazos hacia ella,- ¿Qué quieres que sea?
Johanna extendió los brazos. Sintió sus manos reposar sobre las palmas de Adriano ¿Qué otra cosa podía querer?
-No puedes ser tú ¿Cómo puedes ser tú?- volvió a preguntar mientras se inclinaba para abrazarlo.
El olor era el mismo, se sentía como el mismo ¿Pero cómo podía ser? Estaba tan cansada que ya no podía cuestionar. Quizá era un mutt, un engaño del capitolio ¿Pero qué más daba si lo aceptaba en ese momento? Era Adriano, era su Adriano.
No muy lejos de ahí, Peeta obtenía una recompensa similar a la de Johanna. A pesar de lo improbable de la situación, Katniss estaba con él. Había aparecido en su jaula de metal, otra réplica a la habitación de Johanna.
-¿Te atraparon?
- No me atraparon, yo me entregué. Debemos apoyar al capitolio, es hora de detener la guerra.
-¿Cómo vamos a detener la guerra?
-Unificando el Capitolio.
-¿Obedeciendo lo que dice Snow?
-Ya no quiero más muertes ¿Tú quieres más muertes?
Katniss lo había convencido de hacer los comerciales. De participar en las entrevistas. De llamar al cese de la guerra y las armas. En realidad a Peeta tampoco le había agradado mucho la idea de una rebelión ¿Por qué no podían arreglarse las cosas por la vía pacífica? Quizá se podía llegar a un arreglo con Snow ¿Por qué no?
Por su parte, Johanna había aceptado a Adriano en un principio pero no por mucho tiempo. Después de todo, su vida había sido siempre desconfiar.
-¿Por qué has venido? ¿A qué te han enviado?
-Debemos luchar a favor del Capitolio, Johanna. Debes sugerir eso, estoy segura que te darán un trato. Serías un soldado de alto rango. Con tus habilidades…
-¿Fue así como lograste sobrevivir a tu supuesto suicido?
-Ah… ¿A esa conclusión has llegado? ¿Primero no puedo ser más que un Mutt porque soy un santo y ahora dudas de mí y crees que me he vendido? Decídete, Johanna.
No podía decidirlo ¿Había muerto Adriano de verdad? Toda la evidencia que tenía era una carta. Cuando había vuelto a su distrito solo había visto la tumba y no había tenido motivos para sospechar. Pero ahora él estaba ahí y era tan real ¿Y si no era un Mutt? ¿Y si le habían ofrecido un trato que no pudo rechazar?
-¿Te están chantajeando?
-¿Qué quieres creer, Johanna?
-¡Deja de decir eso!
Desde que él había vuelto, su salud había mejorado. De hecho, era él quien le llevaba la comida y era por eso que ella la aceptaba. Ahora podía caminar, tenía las fuerzas para empujarlo como ahora lo hacía. Aunque en el fondo no era eso lo que quería hacer.
En ese momento Adriano la abrazó como siempre lo hacía cuando empezaba a perder el control ¿Cómo podía hacer eso un Mutt? ¿Cómo podía no ser él? Cuando la besaba como lo hacía en ese momento no tenía dudas, era él. Y ella lo dejaba abrazarla ¿Cuántos años había extrañado eso?
-¿Cómo es que nunca supe que estabas vivo?
-Era parte del trato…,- su voz era áspera, su mirada era un poco diferente. Pero la mano que la acariciaba y la invitaba a recostarse en el frío suelo era la misma que recordaba.
Adriano le habló del trato mientras yacía al lado de ella y la acariciaba. Había hablado directamente con la gente del capitolio y los había convencido de que lo ayudaran a fingir su muerte. Él les había dicho que el morir o hacerla pensar que había muerto tendría el mismo efecto en ella. A cambio de eso, él trabajaría para el capitolio como guardia de paz o espía en cualquier otro distrito donde nadie lo conociera.
-Pero al hacer eso me liberabas de mis obligaciones con el capitolio ¿Cómo podían acceder a eso?
-Querían saber con quién ten aliarías si eso pasaba.
-¿Pero cómo pudiste hacerlo? Todos estos años pensé…
Adriano limpió la lágrima que comenzaba a asomarse en la comisura de sus ojos.
-Lo siento… pensé que era lo mejor para liberarte de ellos.
-¿Y qué hiciste tú? ¿A dónde fuiste? ¿Por qué has vuelto hasta ahora?
-He estado en varios distritos. Como era guardia de paz, a nadie le parecía extraño que nunca antes me hubieran visto. Te vi en los juegos… sabía que saldrías con vida. Solo por eso me atreví a volver a contactar al capitolio y pedirles un favor…
-¿Pedirles qué?
- Tu vida. Sé que ellos no quieren que seas feliz, pero puedes negociar un puesto a mi lado. Ambos podemos salir de aquí y estar siempre juntos.
Johanna sintió la mano de Adriano presionando la suya. Su olor era exactamente como lo recordaba. Cerró los ojos e imaginó esa imagen que Adriano le ofrecía. Los dos como guardias de paz, con el uniforme blanco y peleando por la misma causa. Quizá nada importaría siempre y cuando estuvieran juntos…
- Quizá podría hacerlo por ti… pero sé que no me darán nada si no les doy algo a cambio.- esta vez ella abrió los ojos y se giró para verlo. Él también la estaba mirando,- ¿Qué es lo que quieren?
Él parecía un poco nervioso. Su mirada estaba desgastada, eran sus mismos ojos grises pero no era la misma mirada de tantos años atrás, parecían como nubes de tormenta. Johanna sintió un vacío formándose en su estómago.
-Quieren una confesión. Quieren la verdad de lo que pasó en los juegos…
Ahora fue Johanna quien apretó la mano del hombre a su lado. Dejó escapar una risa irónica. Pudo sentirlo tenso a su lado.
-No hay nada qué confesar, mi amor…- la última frase la soltó sin cariño. Fue más bien un reflejo, la frase que se acostumbró a decir a todos los hombres que se encontraba y terminaban en su lecho. Todos esos hombres que habían llegado a su habitación intentando llenar el vacío del hombre que ahora estaba a su lado y a quien ya no podía reconocer.- ¿Crees que fueron tan tontos como para contarme todo el plan? A mí solo me pidieron que me mantuviera cerca de los tórtolos, después de eso solo tenía que esperar.
-¿Quiénes te pidieron eso? ¿Esperar a qué?
Johanna reincorporó la parte superior del cuerpo. Dejó que sus antebrazos le sirvieran de soporte. Miró el rostro de Adriano desde una perspectiva superior. Él se cubrió los ojos pues la nueva postura de Johanna lo obligaba a mirar de frente la luz neón de la lámpara esmeralda en el techo.
- No sabía que te habían pedido la entrevista a ti.
-No lo hicieron, pero tenemos que tener una misma versión si queremos salir con vida de aquí.
-Quisiera creerte- la expresión de Johanna se había endurecido de pronto,- ¿Cómo puedo saber que no hay cámaras aquí? ¿O que te han puesto un micrófono? ¿Cómo puedo saber que no eres un Mutt? ¿Crees que no me he dado cuenta del aparato metálico que traes en uno de tus tobillos? Incluso ellos no deben creerme tan ingenua.
Adriano se incorporó también. Sentado frente a ella y abrazando sus propias rodillas. El cabello era un poco más largo de lo que recordaba. Le llegaba casi a los hombros.
-Este aparato es un sensor para saber en dónde estoy en todo momento. Tengo permiso de estar en este edificio siempre y cuando sepan en todo momento mis movimientos. Supongo que eso debes saberlo desde el principio cuando aceptas trabajar para el Capitolio.
Para ser un Mutt, el capitolio había hecho un muy buen trabajo. Se habían tomado la molestia de envejecerlo un poco más, de darle cicatrices y una que otra cana. Johanna debía aceptar que los ingenieros eran excelentes haciendo lo que hacían.
Peeta, en cambio, no supo que Katniss era un Mutt hasta que escuchó una conversación que no debía escuchar justo antes de la emisión de uno de sus comunicados. Hablaban del sinsajo, al principio no sabía de quién se trataba, pero poco a poco supo que no podía ser otra que la misma Katniss ¿Entonces quién era la joven que lo visitaba a su celda? Esa que le acariciaba el cabello mientras se quedaba dormido y le cantaba como una vez lo había hecho en la cueva de los primeros juegos del hambre que había enfrentado a su lado.
Y fue entonces cuando la verdad lo golpeó. La canción que Katniss cantaba en su celda era siempre la misma que había cantado para él en la cueva tenía que ser una grabación. La chica que lo visitaba tenía que ser una impostora… una Mutt.
Se había vuelto loco justo antes de la presentación. Se había negado, se había echado para atrás de todas sus promesas. Exigió hablar con Snow, juró que no participaría. Que no daría el informe. Así que logró su cometido, Snow estuvo en el estudio de emisiones en un instante. Su mirada parecía como incendiándose, mas no por eso perdió la compostura. Si algo se le podía atribuir al hombre era su excesiva confianza.
-Usted va a hablar frente a esas cámaras, señor Mellark… o yo mismo me encargaré de hacer volar de nuevo ese maldito distrito 13.
Peeta no sabía nada del distrito 13. Hasta donde sabía, lo habían destruido mucho antes de que él naciera. Pero entonces hizo las conexiones necesarias. Si Katniss estaba viva y lo estaban usando para llegar a ella. El único lugar en el que ella podría estar era allá, en los confines del Capitolio. Donde nadie creía que existía vida. ¿Pero cómo sabía eso Snow?
Luego de eso le mostraron los videos de Katniss. Todos los montajes en los que ella llamaba a la gente a seguirla, a unirse a la rebelión. Incluso le mostraron el video donde atacaba unas naves desde un arruinado distrito que él no reconocía. Su entrevista con Caesar Flickerman fue casi inmediatamente después de toda esa información. No estaba seguro de lo que tenía que hacer, pero su primer instinto fue seguir el juego de Snow. Hacer exactamente lo que le pedían hasta poder saber un poco más de lo que tramaban.
Johanna en su celda no supo jamás de las contribuciones de Peeta para el Capitolio. Adriano la visitaba todos los días. Le llevaba comida y la mantenía saludable. Hacía mucho tiempo que no le suministraban castigos. Había días en los que, incluso, Adriano se quedaba varias horas. A veces lo abrazaba y cerraba los ojos. Le gustaba pretender que era él. Otras veces no podía ni siquiera verlo. Era doloroso pensar en la verdad. En lo bajo que podía caer Snow para obligarla a colaborar con él.
Cuando Snow se dio cuenta de lo dispuesto que estaba Peeta para colaborar con el capitolio, lo sacó de la celda de metal. Fue instalado en una de las habitaciones dentro de la casa presidencial. Obviamente era vigilado todo el tiempo y sus puertas y ventanas tenían instalados sistemas de seguridad, pero Peeta no pensaba escapar. Sabía que tenía que aprovechar su oportunidad. Pasaba la mayor parte del día con el oído pegado a las puertas. Cuando lo mandaban llamar para hacer los spots publicitarios, intentaba entablar conversación con cualquier persona. Cualquiera que pudiera darle información de lo que Snow planeaba con respecto a Katniss era de su interés. Porque a pesar de haber hecho todo lo posible por mantenerla con vida en la arena, estaba seguro que su misión de protegerla todavía no había terminado.
Y entonces el día del hallazgo llegó. Cuando lo conducían a ver a Snow para hablarle de su nuevo comunicado, vio salir a un hombre con uniforme militar. Podía ver que era alguien importante con solo mirar su cara y sus insignias. Tenía que serlo. A propósito chocó contra él y de sus manos había caído un puñado de papeles. Unas fotos de una foto tomada con un satélite. Era un lugar en ruinas. Pero lo que más llamó su atención fue la palabra nuclear. Debía tener que ver con el distrito 13 ¿Pero qué tenía de novedoso? El distrito ya había sido atacado con bombas nucleares ¿Quizá estaban investigando la radioactividad del lugar para ir a explorar?
Snow le habló del nuevo mensaje. Debía volver a hablar del cese de fuego. Volvió a hablar de los ataques de los rebeldes y de cómo él no sonaba lo suficientemente convincente. Le explicó que tenía que señalar los daños que los rebeldes hacían a Panem y que insistiera en que lo mejor era abandonar la lucha. Los rebeldes serían enjuiciados por sus crímenes, pero el Capitolio sería benevolente.
-¿Y qué hay de Katniss?- se atrevió a preguntar.
-¿Qué hay con ella, señor Mellark?
-Me está pidiendo que hable con la gente de Panem acerca de los peligros de los rebeldes ¿Qué va a pasar con ella cuando todo esto haya terminado? ¿Qué tipo de juicio tendrá ella si hay evidencia que la señala como rebelde?
Snow sonrió levemente. Podía ver la astucia de Peeta pero tampoco se podía dejar engañar por él.
-Katniss Everdeen será enjuiciada con los demás. Si ella es tan inocente como usted una vez me dijo, no tendrá problemas en demostrarlo.
-La están usando… los rebeldes la están usando- insistió Peeta,- debe prometerme que no le hará daño. Solo entonces participaré en su informe.
-Creo que ha olvidado su posición en este lugar, señor Mellark. Usted no me pone condiciones. En cuanto a la señorita Everdeen, si en realidad es tan inocente como usted dice ¿Por qué no toma mi trato?
-¿Piensa atacarlos?
Snow no sonrió esta vez. Peeta ahora estaba de pie con las manos sobre el escritorio del Presidente Snow. Snow se reclinó en el respaldo de su silla blanca, lo opuesto a la silla de Peeta que era negra. Usa una señal para que Peeta volviera a su silla y guardó silencio. Peeta obedeció casi de inmediato no muy seguro de si su pregunta sería contestada.
-¿Por qué piensa usted eso?
-El hombre que salió antes de que yo saliera, es un hombre de la defensa militar. He reconocido su uniforme.
-Parece saber más de lo que aparenta, señor Mellark. Pero no se preocupe. Yo no pienso atacar a los rebeldes a menos que ellos lo hagan primero. Pero eso sí, cualquier ataque directo, de cualquier tipo. A cualquiera de nuestros frentes… créame, no dudaré en poner todo mi arsenal en acción.
Cuando dijo la palabra "arsenal" Peeta supo a lo que se referería. Supo incluso la relación que esto tenía con lo que había visto antes de entrar a la oficina.
-¿Piensa lanzar un ataque nuclear?
Una vez más Snow mostró un rostro de piedra. No tuvo reacción alguna, pero Peeta ya sabía a estas alturas lo que eso significaba. Había dado en el clavo de lo que iba a pasar ¿Y cómo podía él prevenir que eso sucediera estando encerrado donde estaba?
No tenía otra opción salvo hacer el anuncio que Snow le pedía.
Johanna llevaba mucho tiempo en la jaula de metal con las luces neón. No sabía si eran días, semanas o meses. No podía saberlo solo con base en las comidas que le mandaban. Y ni siquiera podía recordar cuanto tiempo había estado recostada antes de que Adriano llegara la primera vez. Lo que sí sabía era que seguía ahí porque Snow esperaba que hiciera algo. Que aceptara la propuesta de Adriano o se negara para hacer algo al respecto. Ella tenía qué pensar muy bien lo que le habían propuesto. Por un lado no tenía nada más que perder, estaba atrapada en el Capitolio y si seguía con su idea de los rebeldes, solo saldría en una urna para cenizas. Pero si aceptaba lo que Snow pedía… entonces quien se perdería sería ella misma y todo aquello que representaba ser una Mason. La promesa que les había hecho a su padre y a toda su familia que había muerto en aquel incendio.
Cuando Adriano entró a su celda esa vez, llevaba las manos vacías.
-Solo me han permitido venir a por tu respuesta.
Cuando alguien entraba, el marco de la puerta se perdía en la pared. Estaba hecha para ensamblar perfectamente. O eso sospechaba Johanna. Suponía que era una advertencia clara, se habían terminado los mimos. No más comida para ella hasta que diera su respuesta.
-Adriano, me conoces perfectamente. Si eres Adriano, sabes lo que voy a decir.
-Esperaba que lo pensarías mejor. Estarás a mi lado si aceptas.
-No tengo absolutamente nada qué decirles. No sé nada fuera de mi función en los juegos. Yo solo quería sobrevivir, no sé nada más.
Él se recargó en lo que podía ser la puerta. Emitió un hondo suspiro y cubrió su rostro con sus manos.
-No tendrás otra oportunidad. Debes decir que sí. Ambos saldremos de aquí.
-Adriano nunca diría eso.
La mirada de Johanna fue muy dura al decir esas palabras. Lo despreció con todas sus fuerzas por pretender ser alguien tan importante para ella y al mismo tiempo pedirle algo así.
-Te equivocas,- replicó con el rostro todavía cubierto,- el Adriano que conociste hace tiempo quizá no lo habría dicho. El que creció a tu lado y te vio convertirte en la joven vencedora de los juegos. El que te encontró descalza fuera de su cabaña. Quien no podía dejar de tocarte aunque se lo propusiera. El Adriano que creía lo que era la vida porque todo se iluminaba con tu mirada. Con tu cuerpo frágil y fuerte al mismo tiempo entre mis brazos. Ese Adriano te habría amado mil vidas, Johanna. Pero ya no puedo ser ese Adriano.
Descubriéndose el rostro, caminó lentamente hacia ella. Johanna se quedó fría. La luz verde empezó a parpadear. Poco a poco se aclaró hasta volverse una luz blanca que dejó ver de lleno al hombre frente a ella. De pronto envejeció otros veinte años.
-tienes razón al dudar de mi,- continuó,- al creer que puedo ser un Mutt, como tú me llamas. No puedo culparte. Mírame, esto es lo que me ha hecho todo este tiempo de…
Detuvo su discurso. Johanna volvió a sentir ese vacío dentro de sí.
Él extendió su mano y la trajo hacia sí. Quizá decía la verdad. Quizá no era un Mutt. Quizá solo había cambiado debido a los años al servicio de Snow. Quería creerlo. Lo dejó abrazarla y percibió su aroma. Algo en él era exactamente igual ¿Pero qué era eso que se sentía extraño? Buscó sus labios, sabía que al besarlo lo sabría. Pero su cuerpo se erizó con la manera en que la acariciaba, con la manera en la que la besaba.
-¿Cómo puedes ser?- susurró al sentir sus pies despegar del suelo. Cualquier otro tipo de hambre no se comparaba con la que había sentido en ese momento. Al desvestirlo, al dejarlo desvestirla. Todos esos hombres intentando llenar la necesidad de esto. De este calor y este aliento que golpeaba contra su mejilla mientras se unían en uno mismo.
Sujetada de su cuello miró sus ojos. Seguían llenos de nubes de tormenta pero había algo más. Algo viejo que podía reconocer a pesar de todo. La llevó contra la fría pared de metal, pero en ese momento ni eso pudo apagar el calor que la consumía.
-Eres tú…- le susurró al sentirlo moverse dentro de sí. Como cuando era una chiquilla ingenua y él la veía como la cosa más preciosa en su vida. Como cuando se apresuraban a hacerlo a escondidas de su familia.
-Por siempre y para siempre.
En el corazón de Johanna no cupo duda. Ese era Adriano, tenía que serlo. No le importaba el cómo, ni el por qué. Solo le bastaba saber que era él, que estaba con ella. Que por fin se sentía completa.
Mientras tanto, Peeta se preparaba para hacer su anuncio solo que la situación era un poco distinta a lo que acostumbraba. Le pareció que de pronto había mucha más gente presenciando la filmación del informe. Snow parecía incluso más serio que de costumbre y el mismo Caesar parecía transpirar. No estaba en el área de proyección. Al parecer esta vez no aparecería en la transmisión. Peeta sintió de inmediato que algo andaba mal.
-Me han notificado que se reúsa a comer,- declaró Snow como quien habla del clima o los eventos más triviales.
Eso era en parte verdad. Peeta había dejado de comer cuando le habían otorgado una mejor habitación. Al principio le pareció que era demasiado bueno para ser verdad, así que había sospechado de las copiosas comidas que le servían. Al principio temiendo que fuera veneno, se conformaba con probar pequeños bocados que, a su parecer, quizá no les harían tanto daño como si se comiera el plato completo. Luego el apetito se había ido solo debido al estrés. Lo que sí era obvio era su pérdida de peso. Y era quizá eso lo que Snow intentaba implicar al verlo entrar con esa apariencia nerviosa intensificada por la apariencia enfermiza que le daba la falta de alimento.
-La gente de Panem creerá que nosotros te hemos hecho esto,- agregó Snow antes de que Peeta dijera nada,- aunque quizá es buena idea que lo piensen.
Peeta asintió intentando no emitir ninguna emoción. Su plan era hacer lo que le habían pedido en lo que encontraba la manera de averiguar lo que fuera con respecto al ataque a los rebeldes. Tan solo tenía que hacer la grabación y marcharse.
-¿Qué hay con nuestra transmisión?- Preguntó al grupo de personas al fondo del set. Parecían muy apresurados intentando solucionar algo. Varios de ellos negaron con la cabeza.
-El grupo rebelde que lidera tu Katniss Everdeen ha iniciado un ataque a nuestras transmisiones. ¿Lo sabías?
Peeta negó con la cabeza.
-¿Recuerdas lo que dije con respecto a devolver cualquier tipo de ataque?
Peeta asintió con la cabeza.
-Supongo que igual sabes que no soy del tipo que rompe su palabra fácilmente. Y tampoco soy de los que bromean.
Peeta volvió a asentir.
-Sé que intentarán Hackear esta señal. Y yo espero que lo hagan. Tan pronto eso suceda, ese grupo de allá descubrirá la locación exacta de todos e iniciaremos el protocolo atómico ¿Tiene idea de lo que es eso, señor Mellark?
-Me puedo hacer una idea…
Snow esbozó lo más parecido a una sonrisa. Luego invitó a Peeta a tomar asiento en el set.
Las cámaras estuvieron listas, los reflectores se encendieron y Peeta inició con lo que había practicado originalmente. Deseando que los rebeldes no decidieran atacar la señal como estaba previsto. O que si lo hacían, el sistema no pudiera rastrear nada.
Y entonces Katniss apareció en el monitor. Peeta no podía creer lo que veía, miró al personal de rastreo, parecían ocupados. Entonces la imagen de Katniss desapareció y ahora estaba él. Intentó recuperar su discurso con respecto a los ataques rebeldes. Y entonces es Finnick quien habla en la pantalla. Peeta no puede evitar ver de nuevo al personal de rastreo que parece muy ocupado en las pantallas de sus computadoras. Entonces las imágenes se alternan, Peeta piensa que la señal invasora ha estado mucho tiempo al aire y de pronto una mano muestra un pulgar arriba. Snow sonríe esta vez con más placer.
-Supongo que alguien no vivirá para ver la luz del sol el día de mañana.
No había manera de saber el método de ataque. Tampoco la hora exacta. Peeta vio a Snow tomar el podio una vez más. Mirando a la cámara adjudica el ataque a los rebeldes. Luego mira a Peeta y pregunta:
-¿Algo más que quisieras decirle a Katniss Everdeen?
Al escuchar el nombre de Katniss, sabe que tiene que actuar rápidamente. Tiene que decir algo, tiene que advertirle. Aunque sabe las consecuencias claramente. Su ventaja es que Snow no sabe de lo que es capaz de hacer por ella.
-Katniss ¿Cómo crees que esto terminará? ¿Qué es lo que quedará? Nadie está a salvo. No en el Capitolio. Ni en los distritos. Y tú… en el 13… muerta al amanecer.
Todo sucedió muy rápido después de eso. Snow gritó algo que Peeta no alcanza a entender, los guardias que estaban en el recinto de la programación se abalanzaron sobre él. Las cámaras cayeron. Sintió el golpe seco en su cabeza y perdió el conocimiento.
Antes de esto, Johanna estaba en el suelo de su jaula en brazos de Adriano. Sin intención de volver a sus ropas, habían optado por darse calor al abrazarse el uno al otro.
-Aceptaré el trato de Snow,- susurró ella al acariciar su pecho con la yema de sus dedos.
Adriano era un hombre grande, siempre lo había sido. Tenía el cuerpo de un leñador como casi todos los de su distrito. Era un contraste enorme con la estatura más bien menuda y delgada de Johanna. Pero quizá eso era, en gran parte, el motivo por el cual se sentía atraída a él. Mientras lo acariciaba se dio cuenta de las marcas en su pecho y brazos. El trabajo como guardia de paz quizá no era tan tranquilo como ella imaginaba, pero seguramente podría con él.
-tenías razón. Es mejor estar contigo. Prefiero estar contigo y ser lo que sea que tenga que ser para estarlo. Que vivir cien vidas llenas de orgullo e intentando llenar el vacío que me quedará sin ti.
Él la trajo hacia sí y besó su frente.
-Te amo…- le dijo sujetando su barbilla para verla a los ojos.
Era él. Era él. La atrajo para besarla nuevamente y supo que no tenía nada más que pensar. Trabajaría para Snow el resto de su vida si a cambio podía conservar para ella eso que ahora estaba viviendo.
Y entonces el suelo comenzó a humedecerse.
Al principio no se dio cuenta pero el agua subió demasiado rápido. Johanna miró confundida el agua deslizándose por los muros. Los ojos de Adriano se llenaron de nubes una vez más. Ella intentaba comprender lo que intentaban decirle y entonces vio las lágrimas brotar.
-¿Qué está pasando?
Adriano negó con la cabeza. Se puso de pie ayudándola a hacer lo mismo.
-Perdóname.
-¿Qué? ¿Por qué?
Volvió a negar con la cabeza mientras el agua le llegaba a las pantorrillas.
-Supongo que es el momento de decir la verdad…
-¿Qué quieres decir? No, espera. Yo aceptaré la propuesta de Snow ¿Por qué está pasando esto? Deben esperar a mi respuesta ¡Alguien escuche! ¡Snow! ¡He aceptado tu propuesta! ¡Detén esto!
-No, Johanna, para…- Adriano la había tomado de las manos,- no hagas eso. No sirve de nada.
-Pero…
-Nadie va a detener nada. A ellos no les importa si quieres aceptar o no. Ahora, escúchame porque es mi última oportunidad de decirte la verdad,- Johanna estaba confundida pero asintió con la cabeza muy a pesar de sí misma,- lo que te dije del capitolio ayudándome a fingir mi muerte es verdad solo en parte. Cuando fui con ellos con mi propuesta, me hicieron creer que cumplirían su parte del trato pero no lo hicieron…
Los ojos de Adriano volvieron a colorearse de ese gris oscuro, casi negro. Su voz sonaba lastimera, atormentada.
-Tan pronto llegué al Capitolio me llevaron a una celda no muy distinta a esta. Pusieron este aparato a mi pierna para evitar que me fugara. Esta pulsera en mi pie tiene un electro magneto muy poderoso que me mantiene fijo a la pared, al piso o al techo. A veces dejaban la puerta abierta solo para atormentarme. A veces dejaban de llevarme de comer por tres o cuatro días… en todo ese tiempo no hablé con nadie. Quienes me llevaban la comida tenían órdenes de no contestar mis preguntas. ¿Tienes idea de lo que eso le hace a una persona?
El agua de la celda cubría sus rodillas.
-También te dije la verdad. No soy la misma persona que te amó tanto en nuestra juventud ¿Cómo esperas que sea la misma persona de entonces? Sin importar cuanto te ame. Ahora todo lo que me queda dentro es todo este odio por Snow y el Capitolio. No solo por lo que te hicieron a ti y a tu familia, sino por todo lo que he tenido que vivir. ¿Por qué no me mataron antes? ¿Por qué no simplemente…?
Adriano rompió a llorar de una vez. El agua continuó subiendo sin parar. Ahora estaba a la altura de su cintura. Johanna dio un paso al frente.
-Así que te trajeron para morir conmigo. Solo eso…
Adriano miraba el agua que los cubría cada vez más rápido.
-Me guardaron "por si acaso". Snow sabía que llegaría un momento como este. El momento para terminar contigo.
-Pero son unos tontos…- rió ella irónicamente,- sin importar lo que sientes ahora o no. Yo te amo. Y te han traído a mi justo antes de mi muerte ¿Cómo pueden creer que con eso me destruyen?
-Porque, Johanna, tú no morirás.
Debido a la diferencia de estaturas, el agua le cubría el pecho cuando Adriano dijo esas palabras. La sujetó de la cintura como siempre lo hacía y dejó su frente reposar sobre la de ella. Aun así solo estaba ganando unos minutos más. Ambos lo sabían.
-No, esta vez nos iremos los dos juntos,- le dijo antes de besarlo,- no volveré a pasar por esto. No podría soportarlo.
Estaban flotando, el fondo de la jaula se alejaba de sus pies rápidamente. Las lámparas se atenuaron mientras se acercaban cada vez más a ellas. Adriano no dejó de abrazarla. Johanna no dejó de besarlo una y otra vez.
-No, no… no puedes morir, Johanna. Aun no has cumplido con lo que le prometiste a tu padre. Lo que le prometiste a tu familia y que en este momento quiero que me prometas.
-No, no. No viviré esto otra vez…
-Johanna, no tenemos tiempo. Prométeme que vengarás lo que el Capitolio le hizo a los Mason.
-No, no…
-También quiero que me prometas…- el agua dejó de subir pero apenas había espacio para sus cabezas fuera del agua. Las rejillas de la ventilación solo llevaban a una oscuridad infinita.- prométeme que vengarás lo que Snow me hizo…
-¡No!
-Promete…
Adriano no pudo terminar la frase. Una fuerza invisible tiró de él hundiéndolo en un segundo. Johanna fue detrás de él. Nadó hasta el fondo y lo encontró con el tobillo pegado al fondo debido a una fuerza invisible. Era el brazalete en su tobillo. Era el electromagneto. Intentó ayudarlo a zafarse de él pero era imposible. Con las fuerzas que le quedaban intentó impulsarla a la superficie pero Johanna negó con la cabeza.
Movió los labios para decir algo. Johanna pudo entender perfectamente: "vive por mi y por ti… prométeme".
Lo abrazó en esos últimos momentos en que se quedaba sin aire. Johanna pensaba quedarse ahí con él en lo que se le terminaba a ella. Pero en el último momento lo dejó ir. Recordó lo que Adriano le había dicho. Lo habían tenido encerrado en una cloaca, viviendo peor que un animal. Todas esas marcas, esa mirada nublada que intentaba ocultar la locura del confinamiento. Recordó entonces la promesa a su padre y a su linaje. Y entonces dejó que el odio fuera su motor.
Cuando Johanna y Peeta se volvieron a encontrar en la misma sala que habían compartido semanas antes, apenas habían podido reconocerse. Johanna había estado flotando en su jaula por tres días cuando decidieron sacarla de ahí. Para entonces el cuerpo de Adriano había llegado a un nivel de descomposición tal, que Johanna se desmayó en cuanto el agua se drenó lo suficiente para verlo. Peeta había llegado tan sedado que no se dio cuenta que la mujer que gritaba incontrolablemente del otro lado de cortina era ella.
Estaba de vuelta en la tabla que la sumergiría al acostumbrado castigo del agua. Solo que esta vez el agua era mucho más atemorizante que antes.
-¡En el agua no! ¡En el agua no! ¡En el agua no!
A pesar de esos gritos, Peeta solo podía más que escuchar la canción de Katniss una y otra vez. Y al ver a la joven de cabello castaño y ojos grises que pretendía acercarse a él para acariciar su cabeza antes de dormir, no paraba de murmurar…
-No eres Katniss, eres un Mutt. Eres un Mutt, un Mutt…
Gracias por venir, gracias por leer. Espero no tardar tanto la próxima vez. Agradecería un review, si no es mucha molestia.
TLAL
