10- Un hombre poseído

Sherlock se había convertido en un hombre poseído.

Llevaba cuatro días sin noticias de John, y lo que era peor, sin noticias del secuestrador. Llegados a este punto, Sherlock había esperado recibir una nota de rescate o algún tipo de mensaje, y a estas alturas del juego, empezaba a preocuparle que los temores de Lestrade quizá no fueran infundados. ¿Y si aquella persona no tenía intención de liberar a John después de cumplir sus propósitos? Tal idea se le había pasado por la cabeza, pero la había ignorado. No quería en su mente ninguna teoría que implicara la muerte de John.

Todo estaba paralizado (el caso, la compra, la limpieza general del apartamento), y así seguiría hasta que hubiera noticias. Sherlock había creído sinceramente que podría encontrar él solo a John. Pese a su aparente buen aspecto, llevaba sin poder dormir toda la semana, lo cual demostraba la profundidad de su dolor, que había hecho que pensar dejara de ser una función saludable para convertirse en una enfermedad. Ya no disfrutaba utilizando su cerebro. Comenzó a actuar mecánica, rígidamente, como una locomotora alimentada desde el exterior. La vida había perdido su esencia; se había convertido en una carga necesaria, que debía soportar lo mejor que pudiera.

¿Se atrevería a admitir que sufría? ¿Que hasta que encontrara a John su vida, junto con todo lo demás, no podría proseguir?

Pero precisamente por eso, aunque fuera por un breve tiempo, sacó fuerzas de flaqueza para mantenerse física y mentalmente entero y hacer lo que estuviera en su mano. Esa tarde, Sherlock se había gastado sus buenas cincuenta libras en la imprenta y pasado toda la noche pegando carteles con la foto del desaparecido. Era una apuesta arriesgada, pero por vagas que fueran las posibilidades, bien podría acabar siendo útil.

Acusando los efectos de la falta de sueño, Sherlock se detuvo en el rellano de las escaleras y apoyó la mano en la pared, a punto de quedarse dormido allí mismo.

Aun así, sintió una presencia.

Había algo diferente.

Alzó la cabeza y vio la puerta de su piso entreabierta. La visión le heló la sangre, y se llevó la mano al bolsillo, listo para sacar el arma si fuera necesario.

Sin embargo, cuando llegó a la puerta, su cautela se trocó en perplejidad. Nada podría haberle preparado para lo que vio.

—¿Dónde has estado toda la noche?

John.

De pie junto a la tetera.

Preparándose un té.

—Lo siento. ¿Quieres una taza?

Sherlock sintió que algo subía por su garganta, amenazando con ahogarle. Lo miró fijamente: allí estaba, tan tranquilo y despreocupado como siempre, con su pijama y su albornoz. Se quedó sin aliento, y, tal vez por primera vez en su vida, fue incapaz de pensar.

—Sherlock, ¿estás bien?

—John...

Intentó que su voz recuperase su tono habitual, intentó incluso hablar con suavidad, aunque su corazón latiera desbocadamente. Cuando logró recuperar cierto dominio, le pareció que el silencio expectante que había caído entre ambos era una fuerza viva que intentaba aplastarle.

—Yo... ¿qué? ¡John!

Añadiendo azúcar a su té, John respondió:

—¿Qué te pasa ahora? Vamos, suéltalo.

La respuesta de Sherlock fue inmediata.

—¿Dónde has estado?

—¿En la cama?

Era tan extraño sentirse tan desconcertado...

—Me he pasado toda la noche pegando carteles con tu foto por todo Londres.

—¿Y por qué has hecho eso? —rió John.

—¡Porque...! —Sherlock tuvo que detenerse un instante para tomar aliento y tranquilizarse. Se sentía peligrosamente cerca de sacar el arma y empezar a disparar a cualquier cosa al azar—. Porque desapareciste, John. Hace casi una semana.

John se apoyó contra la encimera y tomó un sorbo de té.

—Me parece que no. No.

—¿Es que no recuerdas nada?

—¿De qué, Sherlock? Me estás confundiendo.

Podría haberse echado a reír.

—Ah, ¿ te sientes confuso?

—Dios mío, Sherlock Holmes... ¡confuso! —rió John sin apartar los labios de la taza, pero antes de que llegara a dar otro sorbo, Sherlock ya había cruzado la estancia y lo agarraba por los hombros.

—¡No te rías, John! ¡Podría haberte ocurrido cualquier cosa y ni siquiera te acuerdas! —Lo zarandeó—. ¡Inténtalo, John! ¿Qué hiciste ayer?

—¡Por el amor de Dios, ya basta!

John se apartó de él violentamente, se recompuso y repasó rápidamente cualquier cosa digna de mención que pudiera haberle ocurrido. Pero no encontró ninguna.

—Lo único que hice ayer fue ir a sacar dinero del banco para pagarle el alquiler a la señora Hudson. Luego me fui a dormir. Eso es todo.

—¿Te fuiste directamente a la cama?

—De verdad, es como estar casado...

—¡Responde!

—¡Por Dios, sí! ¡Estaba cansado!

Sherlock se mostró implacable y siguió acosándolo, bombardeándolo a preguntas. Nada de aquello tenía sentido.

—¿A qué hora?

—Sobre... las diez y media, creo.

—No —meneó febrilmente la cabeza—. Yo no me fui de aquí hasta las once, y cerré la puerta. Tu cama estaba vacía.

—Yo también vivo aquí, ¿no? Tengo llaves.

—Explica lo de la cama vacía.

—No estaba vacía, ¿vale?, porque yo estaba durmiendo en ella.

—¡No, no estabas!

—¡Sí estaba, Sherlock!

La conversación había derivado en discusión. Obviamente desesperado por no obtener una explicación plausible, Sherlock se había estado volviendo loco de veras, aunque no lo admitiera, y oír a John negar lo ocurrido como si nada era frustrante. John soltó la taza, mirando a Sherlock con una expresión que le enfureció. Una expresión de lástima.

—Oye, no sé qué mosca te ha picado, pero ahora tengo que ir a trabajar.

—¡No puedes ir a trabajar! Necesitas que te examinen, que te revisen. Puede que te hayan hecho algo.

—Se acabó la conversación.

Dicho esto, John abandonó la estancia y dejó a Sherlock a solas con su cúmulo de desesperados pensamientos.